Historiografía metafísica

P. Martín Vázquez

El alcance que como vía de conocimiento Arthur Schopenhauer reconoció a lo que en su tiempo se llamaba historia osciló. Entre la primera y la segunda edición de su obra mayor, El mundo como voluntad y representación, un lapso comprendido entre 1819 y 1844, pasó de especular con que fuera una ciencia a negarlo, a reducirla a la condición de saber y a convertirla en el principio de la razón colectiva. Él mismo hizo el balance de la evolución de su pensamiento. “Recapitulando -dice en 1844-, hemos reconocido que la historia, considerada como medio para conocer la esencia de la humanidad, es inferior a la poesía, para luego constatar que tampoco es una ciencia en sentido estricto y, por último, que el empeño por construirla como una totalidad con principio, intermedio y final, junto a una conexión llena de sentido, descansa sobre un malentendido. Así las cosas, parecería que queremos despojarla de todo valor propio, si no mostráramos en qué consiste el suyo. Sin embargo, una vez superada por el arte y apartada de la ciencia, le queda un dominio muy distinto de ambos y enteramente peculiar, en el que se mantiene con todos los honores.” Y sentencia: “Lo que la razón es al individuo es la historia al género humano” (II, complementos III, cap. 38).

     Quizás no fuera una salida demasiado feliz a un problema que él mismo había examinado con tanto detenimiento. No es fácil defender una razón para el imposible ser llamado género humano. Pero sí son valiosas muchas de sus reflexiones. Si nos servimos de sus ideas sobre los géneros creativos, así como de otras piezas de su sistema, es posible llevar sus propuestas más allá de unas especulaciones cuyo balance se reduce a una transacción. Nada hay que obligue a buscarles una salida, ni el propio Schopenhauer se la propuso, ni en esta ni en cualquiera de sus investigaciones. Pero basta con servirse de su sagacidad y de su lucidez para colocar la historiografía en un lugar que al menos sea más satisfactorio que el devaluado al que se ve reducida ahora.

 

Apartada de la ciencia

Según Schopenhauer, cualquier ciencia es un sistema de verdades universales abstractas, leyes y reglas respecto de su objeto. Se compone con el principio de razón como órgano y con su objeto particular como problema. Bajo estas condiciones, está al alcance de la historia ensayar la posibilidad de convertirse en ciencia. Basta con que se atenga con disciplina a los hechos humanos como problema y utilice como órgano la ley de la motivación.

     En busca de su objeto la historia rastrea el hilo de los acontecimientos. Los acontecimientos son letras a partir de las cuales leer la idea del hombre. Los hechos humanos, los acontecimientos, el cambio, etc., son la azarosa forma del fenómeno de la idea, que es cada nivel de objetivación de la voluntad en la medida en que la voluntad es cosa en sí, no mero fenómeno sujeto a los apriorismos a partir de los cuales actúa el principio de razón (tiempo, espacio y causalidad). En los acontecimientos solo es estable y esencial a la idea la voluntad de vivir, que se muestra en las propiedades, pasiones, errores y méritos humanos.

     La ley de motivación es su órgano porque el motivo es la causalidad tamizada por el entendimiento o percepción de los fenómenos. Solo el fenómeno de la voluntad está determinado por la motivación. La voluntad se hace visible ante los motivos. Prometen continuamente con una satisfacción que la apague, y en cuanto se alcanza reaparecen bajo otra forma. Los motivos determinan la expresión de la voluntad en cada momento, lo que se quiere en cada momento.

     La historia es pragmática en la medida que deduce los acontecimientos según las leyes de la motivación, que determinan la ley de la voluntad que se manifiesta donde es iluminada por el conocimiento. Por eso puede ser una ciencia. Si los hechos humanos son la azarosa forma del fenómeno de la idea, el conocimiento de la idea a través de ellos, por ser fenómenos, está sujeto a los apriorismos a partir de los cuales actúa el principio de razón (tiempo, espacio y causalidad). Es verdad que la posibilidad de explicar la cosa en sí, el dominio de la metafísica que hace único al ser humano, queda al margen del principio de razón y que las explicaciones a partir del principio de razón son relativas, dejan sin explicar lo que se presupone; en el caso de la historia, “el género humano y todas sus singularidades relativas al pensar o al querer” (I, I, 15). Lo que no niega la posibilidad de ciencia. De los fenómenos se deducen conceptos y con estos se construyen las demostraciones racionales, y tampoco está al alcance de ninguna de las ciencias llegar hasta la idea.

     Pero las ciencias se clasifican según que sus principios universales tiendan a la subordinación o a la coordinación, de modo que unas seducen más al discernimiento y las otras a la memoria. A la historia le está negada la subordinación porque para ella lo universal es “la panorámica de los periodos principales” (I, I, 14). A partir de estos no es posible deducir lo que ocurrirá en particular, porque los hechos solo están subordinados a los periodos según el tiempo y coordinados de acuerdo al concepto. Los asuntos históricos no tienen ninguna ventaja sobre los de la mera posibilidad. Lo significativo de estos no es lo individual, sino lo universal, la idea de la humanidad que se expresa por ellos. Las posibilidades que la historiografía tiene de dar origen a una ciencia están pues limitadas a causa de su objeto.

Superada por el arte

Solo el arte es el tipo de conocimiento que examina las ideas. El arte reproduce las ideas eternas capturadas a través de la contemplación pura. Es la contemplación de las cosas independientemente del principio de razón. Se opone al examen al que lleva la experiencia y la ciencia. Saca del curso del mundo el objeto singular que contempla, en el que ve el todo, y se detiene ante él. Así para la rueda del tiempo y hace que desaparezcan las relaciones causales. Mas la creación solo se ve fecundada por el mundo y la vida mismos, la impronta de lo intuitivo.

     El objeto del arte es una idea, el fin de todo arte es comunicar la idea captada. La comunicación de la idea es la obra de arte. El material con que la reproduzca depende del género. El que llega más lejos es la música, que es trasunto de la voluntad misma. En ella la melodía, que con agudas notas altas dirige el conjunto, narra la historia de la voluntad iluminada por la reflexión.

     En el arte escrito la palabra, que es lo inmediato, es el concepto, obra de la razón, y la palabra lleva desde el concepto a lo intuitivo, que es la idea, cuya representación se confía a la fantasía del lector porque los objetos reales son casi siempre ejemplares deficientes de las ideas. De ahí que sea necesaria la mediación de la fantasía, para suplir esa carencia con lo que la naturaleza no ha podido completar. Eso aproxima la creación a la locura, porque en la locura la fantasía es la encargada de suplantar los intervalos de demencia o pérdida de memoria.

     A recorrer el trecho que media entre la abstracción o concepto y la intuición ayuda toda clase de tropos. Sus posibilidades son inagotables porque se conceden la licencia del uso de las reglas de la lengua. El cinismo, por ejemplo, aun sin estar reconocido como tropo, puede ser un recurso retórico de valor semejante a la ironía. Quien lo utiliza lo hace en beneficio de lo que intuye. En cuanto al ritmo, en el texto trasciende su elaboración porque “nuestras fuerzas representativas tienen la peculiaridad de hallarse esencialmente vinculadas al tiempo y en virtud de dicha peculiaridad seguimos interiormente todo ruido que se repita con regularidad” (I, III, 51, 287). Gracias al ritmo, queda al alcance del texto la historia de la voluntad, que de otra manera quedaría reservada a la música.

     La poesía es la encargada, en competencia con la historia, de presentar la idea de humanidad. En los géneros de poesía más objetivos la revelación de la idea de humanidad se consigue mediante la presentación de caracteres significativos o por la invención de situaciones sintomáticas. Todo lo que conmueve el corazón humano, lo que incita al hombre, lo que anida e incuba en su pecho, es el material del poeta, el hombre universal. El estado poético libera del querer y adentra en el puro conocer. Sujeto del conocer y sujeto del querer se identifican.

     El drama es el género de poesía más objetivo, más perfecto y más difícil. La tragedia, cima del arte poético, presenta un gran infortunio, siempre disenso de voluntades, por obra de la extraordinaria maldad, del ciego destino o por las relaciones que obligan a los hombres a enfrentarse. Esta última forma se desprende de los caracteres humanos.

     Mientras tanto la historia, encargada, en competencia con la poesía, de presentar la idea de humanidad, solo proporciona datos empíricos del comportamiento humano, lo que permite extraer reglas de conducta antes que sondear la esencia del hombre. En la historia el azar raramente propicia la presentación de caracteres significativos que permitan revelar la idea de humanidad. “La historia es a la poesía lo que el retrato a la pintura histórica; la historia ofrece lo verdadero en particular y la poesía en general”. Una larga comparación entre ambos géneros (I, III, 51, 288-293) permite negarle a la historia idénticas posibilidades. La historia pues tampoco entra en el campo del arte.

Revisión del objeto: la moral, la injusticia y el derecho

La voluntad en sí es absolutamente libre y no hay ninguna ley para ella, si bien la libertad es la mera negación de la necesidad, porque necesidad es la consecuencia obligada de un fundamento o causa dada. Los niveles de objetivación de la voluntad son las ideas, en el objeto se conoce la idea, y para conocer la idea en el objeto la consideración del objeto debe descansar sobre el objeto mismo.

     El conocimiento, sea intuitivo o racional, tiene su origen en la voluntad, a cuyo servicio actúa. El conocimiento es el medio en el que residen los motivos y la eficacia de los motivos requiere que sean conocidos. El conocimiento de las ideas es necesariamente intuitivo, no abstracto, y puede emanciparse y liberarse del querer. El tránsito desde el conocimiento común al conocimiento de la idea ocurre cuando se emancipa el conocimiento del servicio a la voluntad. El sujeto deja de ser sujeto individual y queda absorto en la contemplación del objeto al margen de su conexión con otros. Para ello todo el poder del espíritu debe consagrarse a la intuición. Afirmación y negación de la vida, que es la voluntad misma, proceden del conocimiento vital, que se expresa por los hechos y la conducta.

     La voluntad es lo primero y el conocimiento un instrumento suyo, y en el conocer el carácter encuentra todos sus motivos. Gracias al influjo del conocimiento sobre el obrar se desarrolla el carácter, que es la manifestación inmediata de la voluntad. Representa la voluntad en los niveles más altos de objetivación. El carácter inteligible, o abstracción de la forma temporal del carácter empírico, coincide con la idea o con el acto originario de la voluntad.

     Además del carácter inteligible y el carácter empírico existe el carácter adquirido, por cuya mediación se dice que un hombre tiene o no carácter. Se adquiere a lo largo de la vida por el trato con el mundo. Es el conocimiento más exacto de la individualidad propia, de las posibilidades inalterables del carácter empírico propio. “Cada acción individual se sigue con la más estricta necesidad del efecto del motivo sobre el carácter” (I, II, 23). Al carácter, que en cada hombre representa una idea distinta, van aproximándose cada una con sus medios las expresiones artísticas.

     La decisión electiva del hombre es la posibilidad de un conflicto entre motivos que toman la forma de pensamientos abstractos. Aunque la voluntad en sí misma y al margen de todo fenómeno es libre y omnipotente, en sus fenómenos individuales iluminados por el conocimiento se ve determinada por motivos frente a los cuales el carácter siempre reacciona del mismo modo. Como el conocimiento es variable, el modo de obrar de un hombre puede modificarse, aunque no se modifique su carácter. Solo puede actuarse sobre la voluntad mediante motivos, aunque no la modifiquen. Dado que la voluntad, en cuanto cosa en sí, está fuera del tiempo y de toda forma del principio de razón, el individuo ha de obrar siempre del mismo modo en iguales circunstancias, y si se conocieran exhaustivamente el carácter empírico y los motivos la conducta del hombre se podría calcular.

     La injusticia y el derecho son meras determinaciones morales. No tienen validez para considerar el obrar humano en cuanto tal. Casi nunca podemos enjuiciar correctamente la moralidad del comportamiento ajeno y raramente nuestros propios hechos. La moral genuina nace del conocimiento intuitivo. Es el comportamiento no egoísta o conocimiento emancipado del querer. La auténtica bondad, que es compasión, proviene de un conocimiento inmediato e intuitivo que encuentra su expresión en los hechos, no en las palabras. El significado puramente moral es el único que tienen lo justo y lo injusto para los hombres en cuanto hombres, no en cuanto ciudadanos de un estado. Es lo que se ha llamado derecho natural, que sería más adecuado llamar derecho moral.

     Cualquiera que haya hurgado en la historia del pasado reconocerá que este mundo humano es el reino del azar y del error, alentados por la maldad y la necedad. A ello se debe que lo malvado y lo pérfido afirmen su dominio en los hechos. Canibalismo, asesinato, mutilación, esclavitud y atentar contra la propiedad fruto del trabajo son grados descendentes de la injusticia, o imposición de una voluntad individual sobre otra. La razón reconoce que para disminuir el sufrimiento de la injusticia lo mejor es que todos renuncien a conseguir por el obrar injusto. Esto es el contrato social o la ley. Este es el origen del estado, que puede ser más o menos perfecto.

     Cuando la legislación está determinada por la teoría de lo justo y lo injusto es un auténtico derecho positivo y el estado una lícita institución moral. De lo contrario, la legislación positiva es una injusticia positiva. Así el despotismo, la esclavitud o la servidumbre.

Revisión del medio: el género historiográfico

Si lo significativo de los asuntos de la mera posibilidad no es lo individual sino lo universal, la idea de la humanidad que se expresa por ellos; y los asuntos históricos se equiparan en ventajas a los de la mera posibilidad, queda al alcance de los asuntos históricos deducir lo significativo, lo universal, la idea de la humanidad que se expresa en ellos.

     Historia y poesía compiten en el encargo de presentar la idea de humanidad. La esencia del hombre no es inaccesible desde la historia. A menudo la esencia del hombre se hace patente en la historia siempre que esta se examine con ojos artísticos o poéticos, es decir, siempre que se intente captar la idea y no el fenómeno, la esencia y no las relaciones. De ese parentesco entre historia y poesía (I, III, 51, 288-293) proviene “que los grandes historiadores de la antigüedad sean poetas en los detalles cuando les faltan los datos, como por ejemplo en el discurso de sus héroes. Toda su manera de tratar los materiales históricos se aproxima a lo épico, pero esto da unidad a sus crónicas y les permite conservar la verdad interna incluso allí donde la verdad externa les era inaccesible o estaba falsificada”. (I, III, 51, 290).

     En historia, que solo existe como historiografía, no se trata de perseguir el hilo de los fenómenos en el tiempo, sino de indagar el significado ético de las acciones. Seguramente la épica, con la rigidez de sus valores, no se considere ahora entre los mejores medios de expresión. Para alcanzar resultados comparables, basta incorporarse a la caudalosa corriente abierta por el género narrativo contemporáneo, del que espontáneamente, por su naturaleza, forma parte la historiografía. Nada le impide al texto de historia la invención de situaciones sintomáticas, tal como hacen los géneros de poesía más objetivos cuando se trata de revelar la idea de humanidad. Sería necesario disciplinar la fantasía, que no puede salirse de los hechos ni incluir la falsedad o la mentira. Puede encontrar su territorio natural en la conjetura, a la que si se da rienda suelta lleva por vía de intuición hasta la idea.

     La historiografía, si renuncia a ser una ciencia de la historia, solo pierde peso. Es una ventaja que de antemano puede contar en su favor con que la expresión escrita, que es su medio natural, es ya y por completo razón.


Trabajo pagado con tierra

Bartolomé Desmoulins

Cuando el trabajo ajeno se obtiene valiéndose del salario, el comprador se apropia de una fracción de su capacidad productiva, que se mide por unidades de tiempo o por actividad completada. De todas las modalidades de detracción de trabajo, la que más se le asemeja es la prestación de servicios a cambio de una parcela. En ambos casos se trata de entregar a otro tiempo dedicado a la actividad productiva. Hay, sin embargo, algo primordial que las separa, y no es la cantidad de tiempo; una parte, en el caso de quien recibe a cambio una parcela; todo el que estén dispuestos a comprarle sus demandantes, en el caso del que recibe un salario.

     Como la detracción de servicios tiene como remuneración el acceso a la tierra, y el tiempo de trabajo que se vende a otro siempre es a cambio de una renta, ha ocurrido una mutación radical. El asalariado no tiene ninguna capacidad para decidir sobre el uso del suelo, y por lo tanto sobre la cantidad de producto que de él se pueda obtener. Su remuneración se ha independizado de los rendimientos que puedan obtenerse. El contratante, invirtiendo los términos, es ahora quien le transfiere una parte del ingreso bruto que obtiene, calculada en función de su capacidad para trabajar, tal como hace para el resto de la energía que consume una labor. Es probable que esto nunca dejara de tomarlo en cuenta quien demandaba cualquier forma de trabajo ajeno porque está en el origen de la actividad humana.

     Pero ¿qué decir cuando el salario es una parcela de tierra? Entonces el fenómeno alcanza un grado de complejidad poco frecuente, que necesita análisis y reflexión. Sabemos positivamente que esto solo ocurre cuando la parcela se suma a otros medios de pago. Supongamos que fuera toda la remuneración; si era una parte de ella, es porque también podría ser toda. Sería algo similar, si no idéntico, a la muy remota relación que conectaba corveas con manso. Aunque no por eso dejaría de ser trabajo asalariado. El tiempo de trabajo vendido a otro, más aún en el caso de que sea todo, se compra entregando a cambio otro bien. Podríamos decir que es un pago en especie. Es cierto que se trata de una especie con propiedades peculiares, pero no mucho más que otras. Si en vez de recibir como pago tierra se percibiera por ejemplo lana, convertirlo en renta final propia también podría exigir añadir trabajo al trabajo ya hecho, el que ha sido pagado de aquel modo. Es verdad que se podría vender la lana, sin más, y así ya se obtendría un ingreso; como se ganaría cediendo la parcela percibida como pago a cambio de una renta, sin más. Pero extraerle a cualquiera de las dos formas de pago toda su renta posible exigiría efectivamente añadir trabajo al trabajo ya hecho: lavar, cardar, tundir, hilar, en el caso de la lana; sembrar, escardar, recolectar, en el caso del suelo.

     Probablemente, la explicación, en el caso de la remuneración mediante suelo esté en la renta que sus cualidades pueden generar, la que podría obtener el pagado con él solo a condición de que se la cediera a otro. Cuando quien compra el trabajo paga con una parcela está cediendo un valor que se expresa con la idea de renta de la tierra. Es la consecuencia de la enorme cantidad de trabajo acumulado en la que tiene utilidad agropecuaria, y sobre todo de la alta demanda de suelo fraccionado, hábil para el trabajo campesino, que provoca la concentración de su mercado. Las parcelas de pequeñas dimensiones son las que alcanzan la más alta cotización por unidad de superficie, a base de pasar de unas manos a otras, de arriendo a subarriendos, cadena de transmisiones o intermediarios, cada uno de los cuales espera su parte. Quien las tomara a ese precio tendría que disponer de unos medios y arriesgar unas inversiones imprescindibles, según el procedimiento o sistema al que se atuviera, para lo que disponía de una gama de posibilidades, siempre limitadas por las condiciones de la cesión, sobre todo por el tiempo para el que se hubiera previsto. Si dispone de todos los medios necesarios, o se resigna a los que tenga, bastará con que cuente con ellos y su trabajo. De lo contrario, tendrá que recurrir a contratar servicios que cubran sus carencias. El inventario de unos y otros, de los medios propios y de los servicios que pueden ser necesarios, sería la relación de los trabajos campesinos más completa, y a renglón seguido de las posibilidades que al trabajo ajeno se le abren.

     Si volvemos ahora a nuestro asalariado cuyo trabajo se paga con una parcela, se liquide de este modo todo o solo una parte, parece razonable pensar que el bien tierra que percibe, aunque podría trasladarlo a otro, es más probable que prefiera mantenerlo bajo su control y ponerlo a producir. A partir de aquel momento, su condición sería doble, asalariado y campesino; asalariado para otro, campesino para sí. Si además de trabajar para otro dispusiera de medios para actuar como campesino, todo consistiría en compatibilizar su compromiso laboral con el trabajo en la parcela cedida. Claro que en ese caso no podría dedicar todo su tiempo de trabajo a quien lo contrata, quien habitualmente exigía esta condición. De ser así, solo le quedaría una salida. Que los medios que necesitara para poner a producir la parcela con la que se le pagaba los adquiriera comprando los servicios que su explotación fuera necesitando.

     Nadie estaba en mejor posición para proporcionárselos que el labrador para el que trabajaba, que los tenía en abundancia, desde la simiente hasta los destajistas que segaban las mieses. Por supuesto, porque la tierra en cesión parcelada era un bien que cotizaba en alza en su mercado, además de pagarle los servicios que le prestara, como se los tendría que pagar a otro, quienquiera que los completara, tendría que pagarle a su contratante la renta de la tierra con que lo había remunerado. Pagar el trabajo asalariado con la cesión de una parcela, para quien lo adquiría tendría una doble ventaja, asegurarse la actividad del contratado a lo largo de todo el ciclo, tiempo durante el que trabajador, porque había sido anclado como campesino, tendría que asegurarse la extracción del producto a la parcela de su paga, y la percepción de rentas exigibles por la prestación de servicios y la cesión del suelo.