Tránsito ordenado

Marino Allende

M. D. recibió la noticia con calma. Donde estaba confinado ofrecen a los reos, en las horas precedentes al desenlace, consuelo espiritual. Parten de una creencia, que la conversación trascendente los reconforta, algo que los empiristas que se han interesado por estos momentos, tan cargados de tensión, aún no dan por demostrado. Nada hasta aquí ha probado que el caos en el que se bate el tránsito, interferido por los informes negativos que los sentidos insisten en mandar, se remanse por efecto de una plática. No son muy distintos a los que sobrecogen a los atletas que combaten los rápidos de los ríos, quienes, apenas piensan que la embarcación puede darse la vuelta, y ellos quedar bajo el agua, en posición invertida, porque van sujetos a la canoa de tal manera que no pueden desembarazarse de ella, atrapados en una naturaleza aviesa, como el anfibio más torpe, son presas de un vértigo desordenado que los anula como prolongación de un sistema motriz, lastrados por su mitad inerte. Por desgracia, también ocurre a las sirenas cuando encallan en un litoral, donde quedan reducidas a humanas y pueden ahogarse.

     Por principio, se la confían a un resignado sacerdote, hombre que prefiere vestirse con severidad, del mejor negro premonitorio del que disponga el sastre, pensando en sí mismo, consciente de lo que le falta. El clérigo, llevado por sus puras intenciones, se esfuerza en prefigurar los beneficios que encontrarán los convictos al otro lado de la muerte, con la misma seguridad que el cómplice de una conspiración, quien siempre habla convencido de que los conjurados pueden conseguir un suculento botín a poco que un golpe de suerte les favorezca. Les garantiza que a cambio de la amarga experiencia algo habrán de encontrar.

     Cuando no sea posible recurrir al lenguaje articulado, porque el reo prescinda de él, puede que la perplejidad se apodere de quienes deben supervisar aquellos momentos. Porque también entre los reos los hay que han desistido del uso de la palabra y se abstraen tras la más impenetrable de las sorderas, absortos por sus reflexiones, por las imágenes precursoras del final que les aguarda. Es raro el sacerdote, cualquiera que sea su confesión, que domina el morse de los sordomudos. El común, hombre de sosegada paz, más bien es elocuente y dado al sermón y la palabra divina. Por esta causa a los reos sordomudos, que aparentan el mismo hermetismo que los más intolerantes y ensimismados agnósticos, no les queda más solución que procurarse la sedación del tránsito acogidos al silencio. Por sus reacciones se sospecha que la privación de la bendita palabra los lleva a transitar durante el tiempo postrero entre insultos, deshaciéndose en improperios procaces y tan brutales que, por su torva naturaleza, no está al alcance de los textos reproducirlos, porque no es cierto que las lenguas estén capacitadas para enfrentarse a cualquier enemigo, dar la batalla con garantías de victoria frente a los peores adversarios. La barrera de la repugnancia repele lo que puede existir como idea, en el desierto del silencio, nunca como una expresión; aunque a quien los transcriba no le tiemble el pulso, en vista de lo que juzgan una inconsecuencia. Padecen torturados por la intuición de un futuro que niega lo que el discurso de aquel santo varón podría patrocinarles a poco que oyeran.

     Mucho más ingobernables son los reos más locuaces, dispuestos a contender con los encargados de proporcionarles la paz espiritual, y no son pocos los que se rebelan ante ellos proponiéndoles, si tan convencidos están de las recompensas que de la muerte es posible detraer, un feliz intercambio de papeles, que a los castos varones que consagran sus vidas al sacerdocio les podría habilitar el más allá del que están tan seguros y al reo garantizarle una gozosa condena a la existencia, colmada de carne y vino, alimentos imprescindibles que aquellos tan bien conocen. Se corre el peligro de que convictos de militancia laicista, severos e intolerantes, se ensañen con el clérigo que los reconforta, le recriminen que no paga impuestos, que se beneficia de unos ingresos que legítimamente no le pertenecen, e intenten adoctrinar con ideas derrotadas por la razón a las generaciones más recientes de los descendientes de la tribu de Leví.

     Muchos creen que es preferible mantener aislado al reo, evitar que tenga comunicación con alguien durante las horas inmediatas a la ejecución. Los que aplican este principio de la manera más radical hasta niegan el contacto con los vigilantes, que les den comida alguna, que les faciliten agua en los momentos que la necesiten porque ya la lengua se les adhiera al paladar. Quizás lo juzguen severo. Al contrario, las opiniones más autorizadas lo valoran como una experiencia ascética, bienaventuranza que puede trasladar a quien se ve sometido a sus rigores a visiones tan ajenas al mundo de los vivos que pueden convertirse en el mejor aliado para facilitar la mejor de las transiciones. Ni comunicación, ni pan, ni agua. Pueden ser las más depuradas negaciones para llegar al trato adecuado de quienes han de someterse a una experiencia singular.

     Cuando hay que consumar la sentencia, el trayecto hasta el lugar de ejecución sus responsables lo dejan expedito. Si es un pasillo en silencio, una cadena de celdas pobladas por convictos, y no una frágil tienda de campaña en la que el reo hubiera sido recluido, bajo severa vigilancia, a la espera del momento de la consumación, prefieren confiarlo al silencio y la soledad. Ningún obstáculo debe interponerse entre el reo y el lugar donde deba ser ejecutado, para que su recogimiento alcance el grado más alto.

     Hay centros penitenciarios que para aplicar la sentencia a muerte del condenado recurren a afeitarle la cabeza. Se hacen con los mejores medios que la mecánica robotizada ha puesto a su alcance. Actualmente están en activo ingenios capaces para ejecutar el rasurado del rostro por enemistad biológica con los cañones de la barba, inscrita en atavismos genéticos que aún escapan a los analistas. Quien circule ante una peluquería decorada con imágenes de varones con largas barbas, establecimientos equipados con los mejores medios, debe permanecer en guardia. Desde el interior, activando el mecanismo de apertura de la puerta, pueden asaltarle navajas barberas inteligentes. Jamás nadie puso en duda la inteligencia de barbero alguno, las ideas que provoca el fluido acelerado de la sangre a su cerebro mientras maneja una navaja de afeitar frente a la yugular de un parroquiano. Las navajas inteligentes, programadas por ellos mismos, a partir de estas experiencias, tienen previsto el procedimiento de recepción de la sangre que puede derramar cualquier desliz provocado por la atravesada idea que se cruce por la cabeza del barbero, aun en contra de su voluntad.

     Pero el hábito de afeitar la cabeza al reo es anterior a la innovación de las navajas inteligentes. Se impuso cuando se extendió el uso de la silla eléctrica. La acción directa de los electrodos sobre un cuero cabelludo sin pelos garantiza que toda la descarga será absorbida por el cuerpo del convicto, como las vitaminas que se administran en ayunas. Aún hoy la costumbre se mantiene, parece que con justificación sobrada. Un pelo que se atraviese en el camino de la muerte puede bastar para que desvíe su curso, estando este justificado por sentencia firme.

     Pero puede que el reo manifieste, como última voluntad, que prefiere morir con todos sus pelos, y hasta se resista a renunciar a ellos. En ese caso, será necesario optar por consentírselo, aunque sin renunciar a la conciencia de los efectos adversos que la condescendencia puede tener.

     Para evitar las interferencias no deseadas, no siempre es necesario servirse del barbero. Puede abogar en favor de las decisiones más acertadas que el reo ya hubiera adquirido el hábito de rasurarse la cabeza. A muchos hombres les parece hermosa la exhibición de su cabeza desnuda. Así como los antiguos se ufanaban de sus cabelleras, manifestación de juventud y fuerza, ahora muchos prefieren, antes que confesar la decadencia de su vigor, hacer ostentación de sus dotes viriles invirtiendo los términos. Comportándose de este modo han pervertido una creencia común, que los hombres que menos pelo tienen en la cabeza son los que más vello acumulan en su torso, pubis incluido, tal como los seres más primitivos de las tribus antiguas, reputados los más aptos para erigir y procrear valiéndose de su potencia porque para ello habrían sido elegidos por la naturaleza, que de este modo les entregaba su signo. Su error proviene de que la raza de los sátiros, a la que pretenden equipararse, actuó como una reserva de sementales que corrió con la responsabilidad de colonizar las tierras que bañaba el Mar Exterior, un territorio ajeno a nuestro mundo, al margen de la práctica de la pena de muerte civilizada.

     Pero también la actuación más expeditiva puede favorecerla una calvicie consolidada, desde hace tiempo conocida por todos. Evita disensiones que podrían parecer frívolas en momentos de tanta importancia. Si el disimulo de la calvicie viniera a coincidir con el hábito de rasurarse la cabeza, se puede decir que la ejecución de la sentencia ha sido bendecida por la naturaleza, que ampara tanto los consecuencias que escapan a la voluntad humana como las que creen justificarse como decisiones libres y emancipadoras. Se conocen casos en los que, habiendo el hombre nacido pelirrojo, el furor de su aspecto fue arrasado en poco tiempo por una inclemente pérdida de todo el cabello, en paralelo a su renuncia al radicalismo.

     Quienes supervisan las últimas horas en el centro penitenciario también se mantienen en guardia frente al llanto. Como reconocidos expertos en lágrimas se han curtido no tanto durante su formación como a lo largo de su experiencia. Permanecen alerta frente a la posibilidad de juzgarlo una prueba de la contrición. El llanto es más placer que pesar, y el mejor es hijo de la emoción, nunca de la pena. Los cocodrilos lloran mientras devoran a sus víctimas, las viudas enjugan sus lágrimas cuando el cuerpo consorte por fin está descendiendo a la tumba, cavada para acercar el ataúd a los infiernos. Así que si un reo suplica, según van transcurriendo las horas previas al desenlace, vertiendo lágrimas, es probable que persiga concederse el placer de embaucar a sus ejecutores. Más aún, si derrama algunas lágrimas, es que ya tiene la certeza de que lo ha embaucado. Nunca no hay oportunidad para el placer, hasta en los estados más desasosegados o en las circunstancias menos propicias. Hasta es probable que haya calculado que por su gracia pueda hacerse acreedor al indulto. Porque el llanto facilita que las imposturas que se verbalizan entrecortando las palabras sean admitidas como una evocación veraz, por ejemplo de la familia más querida, que ya no se verá más, de las fatalidades a las que el reo debió enfrentarse durante su infancia, condenada por unos padres desnaturalizados, de los obstáculos que desviaron su vida por el camino donde solo la compañía de los seres más corrompidos podía encontrar.

     Arrodillarse al mismo tiempo puede no ser una comedia, pero despierta sospechas cuando el reo ha sido persistentemente histriónico. Si en más de una ocasión, valiéndose de buenas palabras, tejió una red con la que envolver a su interlocutor, su sentencia tendrá que reconocer que actuó sirviéndose de las artes que la comedia tiene prohibidas. Puede probarse que defraudó la predisposición en su favor. Suplicar humillándose es una de las más refinadas astucias. A ella recurren quienes han llegado a desviar por el circuito de su conciencia el control de cada músculo de su rostro, una destreza que solo queda al alcance de quienes están habituados a las actuaciones dramáticas frente a los públicos pasivos. Es un arma de doble filo, expuesta a riesgos. Pero cobra buenas presas. Si alguna vez un reo, conocido el alcance de este recurso, lo utilizare, quienes hayan recibido el encargo de cumplir con la sentencia lo neutralizarán con decisiones que para él podrán pasar desapercibidas.

     La indumentaria, en todas las circunstancias, es la máscara que sin embargo fija la retina de los semejantes, la que antes puede facilitar un juicio de su parte, acertado o no. Trasciende hasta la muerte cobijada en el sarcófago protector. Cualquiera sabe que del reo, en el futuro, cuando de él solo quede la memoria, buena parte de sus fragmentos, para que a él la posteridad lo reconstruya, serán el fruto de aquellas instantáneas fosilizadas, y una y cien veces recordadas, de las que el peinado, si estaba rasurado o no, su estatura, y más aún el traje que vestía, los zapatos, si llevaba o no corbata, serán las piezas que lo harán otra vez una parte de la vida. Si alguien, tras haber sido citado antes los tribunales, en más de una ocasión, persiste en presentarse ante sus jueces con indumentaria insignificante ha renunciado a ser recordado. Si, por el contrario, mirando cara a cara a los arrogantes magistrados, recurre a presentarse ante ellos con ropas excéntricas, como de payaso, al escándalo delega su rebeldía. Las que causan mejor efecto son las que asemejan tipos cuyos comportamientos parecen previsibles, y que por tanto fácilmente se pueden contradecir, para sorprender y atraer la atención, si se modifica el lugar donde la indumentaria suele ser habitual, o el momento, la oportunidad en la que debe ser utilizada o las actitudes que debe adoptar quien las lleva.

     Reclutar el pelotón para un fusilamiento, cualesquiera que sean los preparativos que se hayan hecho, los pronósticos o las coacciones prospectivas del reo, puede ser más fácil que comer sentado. Todo depende de quién sea el protagonista. Los hay tan señalados que los voluntarios acuden en masa, incapaces para negarse el deber que les aguarda en el momento de apretar el gatillo. El capitán al mando de un pelotón de fusilamiento está capacitado por el código de la justicia más severa  para dar órdenes precisas sobre el punto al que debe ser dirigidos los disparos. De antemano, el mismo código concede que la muerte puede ser infligida en el lugar que cada uno crea oportuna, causando el daño que antes haya previsto por cuenta propia. Puede haber entre los voluntarios del pelotón quienes prefieran disparar sobre el estómago, para matar el gusano, otros sobre la cabeza, para acabar de una vez con las ideas crueles. La mayor parte de las opiniones registradas expresan como blanco preferente alguno de los pulmones, aunque las preferencias las comparten, prácticamente en pie de igualdad, izquierdo y derecho.

     Mas una viciada costumbre se ha extendido. Afecta a los proyectiles que a los soldados designados para el fusilamiento les entregan. La mitad son de fogueo, y ninguno de ellos sabe la carga efectiva del que le ha sido entregado. Es un sentido moral desorientado el que ha convertido esta manera de actuar en algo correcto. Nadie descarga su responsabilidad sobre el disparo que haga porque antes se haya convencido de que su cartucho contenía un proyectil.

     Entregar el cuerpo del reo a quienes se hagan cargo de él no es potestativo. Las autoridades están sujetas a la voluntad de los allegados. Si hay quienes muestran interés por hacerse responsables de los actos de piedad póstumos, y acreditan sus vínculos con el ejecutado, las autoridades están en la obligación de entregarles el cuerpo para que con él cumplan los ritos que sus estados, sus convicciones o los deseos expresados por el finado, cuando aún dispusiera de sus actos, marquen. Quienes aspiren a interpretar el papel de deudos deben gestionarlo con antelación suficiente.

     Supongamos alguien que desee averiguar, mediante la disección del cuerpo, dónde estaba la causa de, por ejemplo, tanta estupidez, si en el plexo solar o en el bulbo raquídeo. Deseará que se le descuartice, que sobre la losa del instituto anatómico sean separadas las vísceras y luego examinadas, sometidas en el laboratorio a reacciones que detecten qué sustancias destilaba cada parte, cómo de la combinación de secreciones pudo resultar un producto tan sumamente corrosivo e incivil, incapaz de una amistad sincera, de un gesto de cariño; cómo pudo estar tan corroído por la imbecilidad como para ser incapaz de en algún momento, aunque fuera por descuido, echar una mano bondadosamente, prestarse con alguna naturalidad a reconocer sus defectos. Quien tenga estas aspiraciones debe adelantarse a los deudos que demuestren el mejor grado de parentesco, porque, en caso de que no medie solicitud positiva, se hacen acreedores naturales a disponer del cuerpo. Aunque tampoco hay que excluir que entre ellos haya quienes deseen proceder del modo forense, porque es más frecuente que dentro de las familias sean conocidas las peores desviaciones de los comportamientos, que tanto satisfacen a quienes abnegados a ellas se entregan.

     Las leyes tienen establecido que, si alguien, independientemente del grado de parentesco o de la relación que haya mantenido con un convicto, desea disponer de su cuerpo, una vez ejecutada la sentencia, puede solicitarlo y obtener el reconocimiento a su derecho a poco que exponga las agresiones de las que pudo ser víctima, las insensateces que tuvo que soportarle, los sarcasmos con los que pretendió humillarle, las aceradas palabras con las que le abrió las entrañas sin que pudiera replicarle en términos suficientes para contener toda la venganza de la que se había hecho acreedor. De lo contrario, el cuerpo es entregado al depósito de los cadáveres, sobre los que quienes aprenden la medicina se inician en las prácticas cisorias. Ha ocurrido en épocas que el cúmulo de cuerpos almacenados por esta causa, vertiente de los enfrentamientos, así cívicos como bélicos, ha sido tanta que el número de los que llegan a las mesas de las prácticas es solo una parte de los que se amontonan en los patios del depósito. La consecuencia es que aquellos que no tiene la fortuna de ser descuartizados terminan en el osario común de un cementerio cualquiera. Tal puede ocurrir con un fusilado, sobre cuya causa de muerte no quedan dudas. Al contrario, es mucho más reconfortante que quien ha cumplido con todas las decisiones que su aguda piedad le exigía, pueda por último completar su obra con un epitafio. Por ejemplo: Este cuerpo desmembrado entregamos a la tierra con la esperanza de que permanezca incorrupto, para que en él indefinidamente se prolonguen los padecimientos de la corrosión de la carne. STTL, M. D.


La crisis del ganado

Redacción

En 1750 la parálisis agraria no solo tuvo efectos negativos para los granos y las semillas. Las fuentes señalan como otra de sus víctimas al ganado. Su pérdida fue un temor presente al menos desde diciembre, y en él se seguía insistiendo, en términos similares, tres meses después.

     Los que prefirieron hablar sobrecogidos, y no con templanza analítica, tendieron a exagerar los efectos de la sequía para las cabañas. Cuando se hacía balance de la crisis, los más proclives al drama afirmaron que todos los ejemplares de cualquier cabaña, por falta de pasto, habían enflaquecido mucho, y que cabezas de todas las especies habían muerto en una proporción considerable. Un corregidor sostuvo que quienes habían sembrado cereales habían perdido totalmente sus ganados, lo que no le impidió añadir que en el momento en el que hablaba, todavía marzo, seguían pereciendo a causa del hambre y la sed.

     La hipérbole, y tan enfáticas y ambiguas alusiones a los efectos que para el ganado tuvo la sequía, son demasiado desmedidas como para concederles algún crédito. Los hechos que dejaron por escrito los testigos directos son bastante más moderados. A juzgar por los documentos que redactaron a partir del segundo trimestre del año, cuando se vivió la fase más aguda de la crisis, nunca amenazaron con tan extraordinarias consecuencias.

     Cuando llegó la primavera, los dueños de animales de toda clase competían por el aprovechamiento de los pastos disponibles, aunque no parece que su escasez fuera demasiada. Quienes tenían cercadas las tierras que explotaban disponían de pastos en exclusiva, y todos los que emprendían el cultivo de los cereales podían disponer de espacios públicos para mantener su ganado de labor, bien bajo la misma modalidad de dehesa reservada, en este caso separada según el tipo y la dedicación del ganado, bien como tierras abiertas no cultivadas o baldías, que se disfrutaban como espacios comunales.

     Aun así, ya entonces pugnaban por cualquier pasto hábil.

     A fines de marzo, una vez reconocida una dehesa de yeguas, se llegó a la conclusión de que el pasto que había en ella no servía para alimentarlas.

     Mantener una reserva de pastos para las yeguas era doblemente provechoso para los interesados en las actividades del campo. En ellas tenían reservado un par de responsabilidades. Eran el medio de fuerza regular para la trilla, una operación dilatada y laboriosa, no demasiado esforzada pero que demandaba energía durante un buen número de jornadas. Las yeguas también garantizaban una de las inversiones más rentables de las casas agropecuarias, la cría del equino de calidad, porque contaban con el arma de caballería como cliente seguro. Una vez al año, los responsables de la remonta visitaban las cabañas de la región y adquirían los caballos que juzgaban aptos para el servicio.

     Dado que el pasto que había en aquella dehesa de yeguas era inútil para criarlas, un cabildo abierto decidió tolerar su aprovechamiento al ganado vacuno local.

     El cabildo abierto era una forma extraordinaria de la asamblea de gobierno de las poblaciones, a la que solo se recurría en ocasiones singulares. En tiempos, tal vez fuera la expresión soberana de todos los avecindados de manera regular en una población. Para fines de la época moderna, había evolucionado a una reunión de próceres que buscaba más consenso que objeciones.

     Un regidor, miembro de la asamblea ordinaria con plenitud de derechos, después seguido por otros capitulares, decidió oponerse a aquella decisión, que suponía contraria a lo que le parecía justo.

     Para resolver el enfrentamiento, recurrieron a la máxima autoridad ejecutiva de la región, quien el 3 de abril tomó una decisión que pretendía ser equitativa. Mientras no lloviera, no se impediría que las vacas de los vecinos comieran la palma de la dehesa de yeguas. Si alguien se opusiera a esta decisión, desde aquel momento quedaba condenado a las costas del recurso interpuesto.

     El colegio de los regidores acordó no poner impedimento a que las vacas pastaran en el palmar de la dehesa de yeguas mientras que no lloviera, pero reiteró que en cuanto lloviera las vacas debían ser desalojadas de ella. A los comisarios de la cría y raza de yeguas quedó encomendada la ejecución de aquel acuerdo, que muy pronto requirió las decisiones más comprometidas. Durante la madrugada del 15 de abril llovió.

     Los comisarios de las yeguas recordaron al gobierno del municipio que la licencia concedida por el asistente había sido concedida con la condición de que en el momento que lloviera el vacuno saliera. Requirieron de la autoridad que las vacas fueran desalojadas, y la asamblea ordinaria de gobierno de seguida tomó la decisión que le demandaban, e hizo responsables de la ejecución de su acuerdo al alguacil mayor y a cualquiera de los comisarios de las yeguas.

     La paja, en la otra vertiente de la alimentación del ganado, para la que desempeñaba un papel secundario, también empezó a escasear en primavera, hasta el punto que ya en mayo se competía por la que hubiera almacenada, aunque en unos términos igualmente desprovistos de dramatismo. El incremento de su importancia relativa lo había decidido la drástica restricción de los pastizales provocada por la sequía y, desde algún tiempo antes, el creciente recurso al ganado mular, consumidor de mayores cantidades de este suplemento.

     La paja de la que dispusieran las poblaciones también estaba comprometida en sus obligaciones fiscales. Con la contribución llamada de paja y utensilio, relevaban las cargas y molestias que antes soportaban a causa del deber de alojamiento de las tropas que transitaran por ellas; una obligación que incluía el mantenimiento, durante los días que durara del tránsito, de toda la caballería que desplazara el ejército.

     Del suministro de la paja al ejército se hacía cargo un asentista, quien lo contrataba en régimen de monopolio con la superintendencia de los ejércitos regionales. El medio que el intermediario tenía para adquirir sus ingresos podía variar de una población a otra, según permitieran los procedimientos fiscales del momento, si administración directa, si encabezamiento, si rentas provinciales, modalidades de gestión del ingreso  público cuya descripción en este lugar carece de interés. Para ejecutar al menos la recogida de los suministros, el asentista contrataba a factores. En su nombre actuaban y de él recibían los poderes.

     El 4 de mayo un factor de víveres y provisiones para el ejército estaba ocupado en comprar paja en una población. Por lo que se deduce de las palabras de nuestros informantes, allí la contrata del asiento debía gestionarse de la siguiente manera. Al suministro de la paja su responsable accedía en el mercado local, según fuera transitando la tropa. Cuando esta recibiera la que demandara, sus jefes emitirían el correspondiente recibo en favor de quienes hubieran entregado la provisión. El asentista recogía de manos de los suministradores los recibos que tuvieran y los pagaría al precio que con ellos hubieran acordado.

     El factor tenía calculado que para el 12 siguiente la paja que había podido acopiar para subsistencia de la tropa se le habría acabado, y que solo encontraba quien le vendiera más a unos precios que, esforzándose en ser moderado, calificaba de irregulares. El aumento del precio de la paja en los ciclos críticos era previsible, y se tomaba como precedente al inevitable encarecimiento de los cereales destinados a la alimentación humana. Solo un labrador, que decía poseer alguna que podía vender, le pedía diez pesos por la chalupada de treinta a cuarenta arrobas; ciento cincuenta reales de cuenta, lo que elevaba el valor medio de la arroba a más de cuatro reales. Le parecía tanto más irregular cuanto que le constaba que allí había paja más que suficiente.

     Sostenía el factor que el suministro de la necesaria debía garantizarlo cada población, como consecuencia de su obligación de paja y utensilio. El asentista, en su opinión, solo tenía que recoger y pagar los recibos al precio que fuera regular o al que mandara el intendente, responsable administrativo del suministro de las tropas, autoridad que recaía también en el asistente.

     En la población, apenas pasada una semana, la situación a la que se había llegado se observaba con más calma. Las dos o tres últimas cosechas habían sido escasas de paja y durante el año en curso su gasto había sido excesivo. Por la falta de hierbas y pastos, había sido necesario recurrir a ella para el consumo suplementario del ganado de labor, y su demanda se había incrementado aún más porque, para mitigar su mayor exposición a la mortalidad, había sido inexcusable que la consumieran vacas, yeguas y potros jóvenes. A todo esto había que sumar el mayor consumo que durante los meses precedentes habían hecho los ganados que daban servicio dentro del pueblo, para los cuales la paja había suplido asimismo la falta de las hierbas y forrajes con los que habitualmente se mantenían en primavera. Enumerar aquellos hechos era suficiente para reconocer que en modo alguno había paja de sobra, ni había previsión de que pudiera almacenarse mucha más.

     Al contrario, eran bastantes los labradores que no tenían la que necesitaban para mantener sus labores, y muchos, ninguna, y cualquiera de ellos encaraba el porvenir con desazón porque aceptaba que no se cogería ninguna durante la próxima cosecha; un nuevo motivo de inquietud, a sumar a la carestía de granos que ya se vivía. Si la poca paja que pudiera sobrarle a algunos, en el más favorable de los supuestos, se aplicara a usos ajenos a su consumo en el campo aumentaría la preocupación de los labradores. Se les impediría el auxilio al que podrían recurrir, por poco o por mucho precio, según el tiempo fuera decidiendo, cuando se vieran necesitados.

     Ciertamente era una situación poco favorable a la provisión, como el mismo factor reconocía. Si, como aseguraba, en aquel momento había labrador dispuesto a venderle alguna, estaba claro que lo hacía urgido por su necesidad y porque no disponía de otro recurso con que hacer frente a ella. Nadie podría cuestionar que se atuviera al precio más favorable que encontrara en la comarca, porque de otro modo no podría conseguir la venta deseada ni por tanto el socorro que necesitaba. Lo mejor que podría hacer el factor era surtirse a través del labrador que mencionaba sin demorarse demasiado, porque de no hacerlo era muy posible que se le hiciera más difícil la compra que le urgía; antes de que muchos de los que necesitaban paja, en cuanto supieran que tenía alguna para vender, acudieran a aquel labrador. El factor habría podido surtirse de sobra de la cosecha anterior a veinte reales, y aun después de pasado el tiempo de la cosecha, e incluso llegado el tiempo de la sementera siguiente pudo hacer lo mismo a veinticinco reales la carretada corsaria, lo que sin embargo en cualquiera de aquellas ocasiones despreció.

     Le recomendaban que cuando fuera tanta su indigencia que no pudiera comprar la paja que necesitara al precio que corriera en la población, podría proveerse de la que en abundancia tenía un personaje que seguro conocía, el propio asentista que lo había contratado, quien la guardaba en el cortijo de Gallegos, que este labraba, distante de la población solo legua y media.

     Por lo demás, al cabildo civil no le constaba su obligación de suministrar paja a la tropa acuartelada, una precisión nada insignificante. Cuando la tropa no estaba de tránsito, tal como ocurría durante el invierno, satisfacer sus necesidades no entraba dentro de las obligaciones a las que atendía la contribución de paja y utensilio, por cuyo concepto, recordaba, la población pagaba anualmente por los tercios que se le repartían. Por eso estaría bien que el proveedor hiciera constar los términos de la contrata de paja que el asentista había firmado y aprobado el rey.

     Su réplica el factor la concibió en términos evasivos. La contrata de paja aprobada por el rey en aquel momento no estaba en su poder, aunque sí la tenía la superintendencia del sur, por lo que avisaría al asentista para que el intendente se comunicara con el corregidor.

     Cuando llegó el verano, y ya se había consumado la caída de la producción, los problemas para el abastecimiento del ejército no hicieron más que incrementarse. El superintendente, entre los días 4 y 6 de julio, solicitó a otra población nada menos que 24.500 arrobas de paja para la tropa, las que desde la administración central se le habían repartido para atenderla.

     Es posible que en este lugar la gestión de la renta de paja y utensilio fuera directa, porque su gobierno el 10 de julio, acordó remitir a la administración central, además de la petición del superintendente, un certificado de cuánto se pagaba por los repartimientos de paja al asentista. El valor de la contribución de paja y utensilio la repartiría entre los vecinos obligados el municipio y el asentista se encargaría de su recaudación, la que lo remuneraría directamente. En la diferencia que hubiera entre lo que recaudara y el costo que tuviera la adquisición del suministro cifraría sus esperanzas del beneficio que le consentía la administración de los ejércitos al suscribir el asiento con él. Por tanto, sería de cuenta del asentista proveer la caballería.

     Sin embargo, la paja que había en la población, que se había ahorrado gracias a que se habían sacado los ganados para Extremadura y otros lugares, se había reservado para hacer la media sementera del comienzo del otoño, para la que ni siquiera era suficiente. Si la paja que había en reserva saliera de la población, sería imposible emprender aquel trabajo.

     El 21 de julio el gobernador del Consejo adelantó a la población que había escrito al asistente comunicándole que, teniendo en cuenta la escasez de paja que padecían sus labradores, había decidido que la autoridad regional buscara una solución que al tiempo que evitara la ruina de estos atendiera las necesidades inmediatas de la caballería. Como respuesta, el 27 de julio el gobierno de la población designó a un regidor para que en la capital negociara con el asistente un repartimiento de paja equitativo, y un par de días después una clemente resolución de la administración central la dispensaba del repartimiento de las 24.500 arrobas. A cambio autorizó un cargo corto de esta especie, cuyo valor, sin embargo, nuestra fuente no especifica, y ordenó que a los vecinos se les pagara pronto la que suministraran.

     No obstante, hasta el 11 de agosto los responsables de la política local no dieron su autorización para que quienes hubieran suministrado paja conocieran las decisiones de fines de julio y supieran el modo en el que percibirían su importe. En lo que se refería a la reserva que se debía tener a disposición de la tropa durante el tiempo que permaneciera en la población, y de la que transitara por ella, los diputados de guerra cuidarían de que fuera suficiente. Ellos serían los encargados de recoger los recibos y vistos buenos que fueran necesarios para su abono y hacer la justificación de los precios a que corriera cuando se tomara.

     Probablemente aquella decisión se demoró porque no fue hasta el 4 de agosto cuando el intendente comunicó a los gobiernos locales que se había decidido suspender el repartimiento de paja que previamente se había ordenado. Optar por esta solución había sido posible porque se había encontrado un remedio paliativo. Los responsables del ejército habían resuelto que salieran de las provincias de la región para las de Murcia y Extremadura dos regimientos de Caballería, así como dar la vuelta a las tensiones que  las compraventas de la paja para el suministro de la tropa habían provocado. La que ya hubiera ingresado la caballería a consecuencia del reparto, la pagaría el asentista al precio al que valiera. A los recibos emitidos por los responsables de la tropa cuando la tuvieran en su poder debía acompañar la justificación de su valor intervenida por la respectiva máxima autoridad municipal.

     A partir del día 1 de aquel mes de agosto, también se acreditaría a los municipios todo el suministro hecho durante un año, cuyo balance estos completarían descontando el importe de lo que debían satisfacer las poblaciones por concepto de paja y utensilios. Además, debían tomar las medidas que fueran convenientes para que no hubiera falta alguna en la asistencia a la caballería.

     El 6 de agosto un municipio confirió sobre el alcance que pare él tenía esta decisión. El factor del asentista se había retirado cautelosamente de la población a principios del mes de junio, después de haber sacado de ella con el mismo sigilo la paja, la cebada que ya tenía comprada y las camas y lo demás que correspondía al suministro al que estaba obligado. Por eso, desde hacía dos meses el gobierno de la población había atendido al suministro de lo necesario para la subsistencia de la tropa, tanto estante como transeúnte.

     Para que a partir de aquel momento tampoco sufriera el real servicio las faltas a las que le dejara expuesto el factor, el municipio, por el momento, seguiría haciéndose cargo del suministro, del mismo modo que lo había hecho durante los dos meses precedentes. Pero, al mismo tiempo, hizo observar que los perjuicios sufridos podrían provenir de haberle quitado a la población la factoría que siempre había tenido, hubiera sido la provisión de víveres por asiento o por administración. Así se había creído conveniente hasta entonces porque la población era grande y de mucho tránsito. Allí la provisión no podía gestionarse con acierto si no se mantenían un factor y un dependiente que le ayudara. Solicitaron a la administración central que ordenara al asentista que cumpliera las obligaciones de su asiento sin perjuicio de las poblaciones ni de sus gobiernos.

     La escasez de pastos en los espacios abiertos, ya en pleno verano, derivó en problemas para otros cultivos. Varios cosecheros, dueños de viñas, olivares, pinares, garrotales y estacadas se quejaron de los daños que padecían sus explotaciones a consecuencia de la continua entrada en ellas de ganados de todas las especies, y en especial el vacuno, el cabrío y el de cerda. En pleno mes de agosto aquellos abusos, tanto por parte de los ganados como de los ganaderos, parecían más excesivos. Querían que en el plazo de dos días salieran de las heredades todas las especies de ganados, con el apercibimiento que de no hacerlo se daría por decomiso el que en ellas fuera encontrado.

     El 17 de agosto fue discutida aquella queja en la correspondiente asamblea de gobierno, a la que le constaban los hechos que denunciaba. Por las ordenanzas estaba previsto que las viñas, olivares y demás explotaciones permanecieran cerradas a toda clase de ganado en los tiempos de fruto pendiente, que empezaban a contarse el 15 de agosto de cada año, hasta que las cosechas se hubieran alzado por completo. El correspondiente auto de buen gobierno, aprobado y confirmado por la real audiencia, así lo había dispuesto ya para aquel año.

     Probablemente mantener abiertas las explotaciones hasta tan tarde por sí mismo causaba grave daño porque los ganados ya se comían el esquilmo. Pero el año en curso, a causa de la falta de pastos, a pesar de que no había en ninguna de las explotaciones, había sido y seguía siendo muy reiterada la entrada de todo tipo de ganados, que recurrían tanto al esquilmo como a los ramones y los pimpollos de los árboles. A los olivares les restaba fruto, a la cría de pinares, plantones, y a las cercas y vallados, pitas, a consecuencia de la desmedida corta que de ellas se hacía para que sirvieran de pasto a los cerdos.

     El último recurso, para hacer frente a la necesidad de hierbas para el ganado, fue invocar las mancomunidades de pastos, un viejo recurso cuya vigencia, no sin dificultades, había conseguido sobrevivir hasta fines de la época moderna. Ya hemos mencionado que para primeros de julio, una población, queriendo asegurarse su manutención, había organizado por su cuenta la emigración en masa de sus ganados para Extremadura y otros lugares.

     Por una reunión celebrada el 3 de julio sabemos que muchos vecinos de otro lugar habían llevado los suyos a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, tierras hasta las que extendía su jurisdicción la capital, sirviéndose de la mancomunidad de pastos que el municipio mantenía con ella. Pero había ocurrido que las autoridades de aquellas poblaciones a unos les habían entorpecido el uso de los pastos y a otros se lo querían impedir.

      Buena parte de aquellos acuerdos tenían su origen en la plena edad media, cuando contribuyeron a tejer una red de intereses comunes entre poblaciones frágiles que ayudó a consolidar el control y la gestión del territorio conquistado. Como la memoria de aquel origen no se había extinguido, y la oposición al cumplimiento de los acuerdos se había mostrado especialmente intolerante, cuando terminaba el verano en la población se desató un furor anticuario inusual.

     A partir del acuerdo que el municipio había tomado el 3 de julio, un regidor, procurador mayor y alcalde de los hijosdalgo, y un presbítero, abogado del municipio, reconocieron papeles e instrumentos antiguos sobre la mancomunidad de pastos entre el municipio y la capital y la tierra de su jurisdicción. El 14 de septiembre el ayuntamiento vio su informe sobre los documentos y ejecutorias que habían encontrado. Eran favorables a los intereses de la población y acreditaban la mancomunidad, en virtud de la concordia celebrada en uno de sus templos parroquiales, a la que habían concurrido diputados de ella y del cabildo de la capital. Luego, la mancomunidad había sido aprobada por el regente y los oidores de la capital y ejecutoriada por el rey y presidente y oidores de la chancillería del sur. El gobierno de la población acordó que el original se encuadernara en el libro capitular y que se sacaran copias de la concordia y las ejecutorias, las cuales también se encuadernarían a continuación del cabildo, y que los originales fueran diligenciados. Además, fueron cometidos el regidor antes mencionado y otro más para el seguimiento de los pleitos y autos correspondientes.

     Otro problema creado por la crisis, de los derivados de la particular que padeciera aquel año toda clase de ganado, fue el desabastecimiento de carne a los mercados y los problemas que podrían seguirse de su consumo. El analista de la capital dejó escrito que en ella la consecuencia de la escasez de ganado que provocar la crisis había sido que ya durante el mes de noviembre empezó a venderse en las carnicerías carne de macho, cuando antes esto jamás había ocurrido. La ambigüedad del sustantivo no permite resolver si la especie a la que se refiere era mular o cabrío. Hubiera sido mucho más anómalo el consumo del primero. Probablemente en esta manera de expresarse, más que propósito de informar, había deseo de escandalizar a sus lectores.

     Al contrario, el término más grave al que llegara aquella vertiente de la crisis tal vez fuera la duda sobre la calidad de las carnes y las prudentes reservas sobre las consecuencias que pudiera tener para la salud. La exhibición de estas inquietudes al menos inspiró una parte de los argumentos que se utilizaron durante aquellos meses. Pero el único indicio directo de las complicaciones que pudieran derivarse del mal estado de las carnes, asociado a la posible mortalidad catastrófica que el ganado padeciera en aquel momento, es muy tenue. El 13 de abril, en una población, sus diputados para el abasto permanecían vigilantes para que no se pesara en el rastrillo carne alguna de res de la que no se hubiera verificado que había muerto con salud. Querían evitar los perjuicios que, actuando de otro modo, podían derivarse para quienes la consumieran. Nada más.

     Que esta sea toda la información sobre este asunto permite pensar que la mortalidad del ganado no parece que llegara a ser catastrófica, y mucho menos resultado de epizootias, y que la calidad de las carnes que se consumían en ningún momento alcanzaría el rango de amenaza para la salud pública. El testimonio más bien es índice de que nada evitaría que las prevenciones, cuando se trataba del consumo de carnes, fueran las mayores.

     Tal vez el problema práctico fuera que aquellas reticencias se lo crearan al abasto. Aunque el consumo de carnes tenía un alcance muy limitado en la dieta común. Su demanda era tan elástica que con facilidad soportaría las carencias que sufrieran los suministros. En primavera, se trató solo de no bajar la guardia para que no dejara de llegar carne a los mercados.

     El 25 de mayo un ayuntamiento acordó que los diputados del matadero estuvieran muy atentos para que no faltara provisión de carnes, y le bastó con salir al paso dando al corregidor con antelación suficiente los avisos que correspondieran. Pero al llegar el verano mantener el control sobre el ganado disponible empezó ser complicado, como consecuencia de su movilidad. El 20 de julio, en el ayuntamiento de la población en la que muchos de sus vecinos habían llevado sus ganados a pastar a Constantina, El Pedroso y Puebla de los Infantes, un regidor explicó que no había carneros para el abasto de las carnicerías, y que solo se encontraba a propósito una partida de 150 cabezas, por las que, dada su calidad, querían 64 maravedíes por libra. La asamblea acordó que el regidor solicitara el abasto de manera más equitativa, sin por eso dejar de plegarse al precio que corriera en el momento.

     Una semana después, 27 de julio, al ayuntamiento el corregidor informó que se estaban pesando en las carnicerías públicas borregos lechales, una carne que, en su opinión, más que salud a los enfermos, que eran quienes la consumían, causaba un daño notable. Para redimir a la población de un tan próximo mal, él había procurado con los mayores desvelos, en caso de proseguirse con este consumo, solicitar entre varias personas alguna cantidad de carneros ya hechos. Entre ellas, había una que había ofrecido para este abasto una cantidad bastante para por el momento relevar a la población de un abasto tan perjudicial. Como estos carneros eran de buena y salutífera calidad, se habrían de pagar a 68 maravedíes la libra, y no a los 60 a los que en aquel momento se vendía la de borrego lechal. En cumplimiento de la obligación aneja a su cargo, y por persistir en los buenos deseos que a él le asistían, lo hacía presente a la asamblea de gobierno, para que deliberase lo que creyera  conveniente. La asamblea, advertida de las justas y celosas expresiones del corregidor, acordó darle las gracias por lo mucho que se había esmerado y aún se esmeraba en beneficio del común, y que en observancia de su cristiano, puro y fiel deseo se pesaran los carneros en la forma que había contratado, con preferencia a cualquier carne que no excediera en calidad a la que tenían tales carneros.

     Aquella amenazante causa, que tan fatales consecuencias podía tener, en realidad podía ser crónica. En otro lugar, todos los años se padecía escasez y falta en las carnicerías públicas del abasto de carne de carnero para el consumo de su vecindario. La razón era justificable. Sus dueños sacaban los que se criaban en su término para venderlos en la feria de Villamartín y otras similares. En el año en curso, tanto por la poca cría que había habido de esta especie como por el buen deseo y necesidad que tendrían sus dueños de vender sus ejemplares, se podía prever que este abasto allí faltaría durante buena parte del año, si no se tomara una decisión que bastara para reparar y precaver los inconvenientes que por su falta se podían ocasionar.

     Así fue como al problema se le terminó aplicando la política más conservadora. El 25 de agosto el gobierno de la población acordó prohibir absolutamente la salida de los carneros que se criaban en su término para venderlos fuera, y suplicar al corregidor que contribuyera con la autoridad de sus providencias para que la prohibición se hiciera efectiva y la observaran todos los criadores y dueños de aquel ganado.

     El 31 de agosto cinco criadores de ganados, entre los que se encontraba uno que además acumulaba la condición de presbítero, presentaron al cabildo de su ayuntamiento un memorial por el que se daban por enterados, por sí y en nombre de los demás, de que no se podían sacar los carneros que pastaban en aquel término para venderlos en una feria ni en otra parte, sino que debían reservarlos para el abasto de las carnicerías. Exponían, sin embargo, que de actuar de aquel modo resultarían perjuicios. La hacienda de la corona no percibiría los derechos que por estas ventas le correspondieran, porque los criadores no podrían valerse de los carneros en los mercados exteriores. Además, como no había dehesa ni dónde poderlos mantener, perecerían muchos. Según su criterio, en vez de la decisión tomada debía guardarse el siguiente estilo: que los criadores dejaran la cuarta parte de los ganados que llevaran a una feria con la obligación de entregarlos para el abasto de las carnicerías locales.

     Se acordó que el fiel del matadero y de las carnicerías públicas redactara un certificado de las cabezas de carnero que se habían sacrificado para el abasto público desde el 1 de septiembre de 1749 hasta el día de la fecha, 31 de agosto de 1750. Y que los criadores de ganado de esta especie presentaran relación jurada, en el plazo de cuatro días, de todos los carneros que tuvieran existentes de la cría del año en curso. Pasado este plazo, se procedería a hacer registro a costa de quien incurriera en la omisión.

     El 7 de septiembre, en la reunión del ayuntamiento, un escribano informó de que solo cuatro criadores de carneros habían presentado en su oficina las relaciones juradas de los que tenían, a pesar de que se había cumplido el plazo fijado. La morosidad de los criadores más bien se reconocía en los mismos que encabezaron el memorial que había dado origen a estas providencias. En ello se conocía el dolo con que procedían, en perjuicio del beneficio común. Se acordó comisionar a los diputados del matadero para que pidieran al alcalde mayor lo que conviniera a este asunto, para que se hiciera registro íntegro de todas las crías de carnero, y asegurar el abasto de la especie.

     Ya en el último trimestre, las discusiones quedaron circunscritas a la calidad de la carne a la venta. El 9 de octubre el informe de un regidor, diputado del matadero, descubría la mala calidad de las reses vacunas que en aquel momento se estaban sacrificando en un matadero local para destinarlas al abasto. A falta de un registro de esta especie, porque se trataba de que no faltara un abasto tan preciso, se había visto en la necesidad de hacer un repartimiento que no excluyera a ninguno de los criadores de este ganado. Eran pocas las reses asignadas, para que sus dueños las entregaran obligadamente al sacrificio, y de muy mala calidad. Por eso se acordó que se publicara que toda persona que quisiera hacer aquel tipo de registro, u obligarse a abastecer de cualquier especie de ganado a la población, lo hiciera, para lo que se le admitirían las posturas que hicieran a los precios que propusieran.

     Aquel mismo 9 de octubre el ayuntamiento recibió un informe del regidor diputado de las carnicerías. Ateniéndose a un acuerdo del gobierno de la población, había optado finalmente por abastecer con cerdo las carnicerías. Pero también había faltado la especie y no había encontrado quien pudiera abastecerla. Tras repetidas diligencias, había encontrado una persona que le facilitara hoja de tocino, mitad de la canal del cerdo partida en el sentido de su longitud. Su condición era que se vendiese en las carnicerías al precio que había tenido el cerdo que se había rematado, que había sido 40 cuartos la libra, y que estos fueran los que hubiera de obtener en cada libra el dueño de la hoja. Se acordó comprar la partida de cerdo para el abasto de las carnicerías y que se vendiera al precio correspondiente, cargándose a los 40 cuartos la libra, que ingresaba el dueño de la hoja, los reales derechos. Los fieles ejecutores celarían que los carniceros no vendieran fuera de la forma que había estado en estilo, arreglándose al gasto diario de cada individuo.


Las teorías de Osborne

C. Baines

Caminaba esta mañana Osborne por la acera, las manos en los bolsillos, la mirada dirigida al pavimento. No hacía caso a transeúntes, ni árboles, ni semáforos, ni señales de tráfico, con grave riesgo para su cabeza, para su integridad si se decidiera a cruzar la calle. Quienes lo conocemos estamos convencidos de que cuando se comporta así está dedicado a elegir palabras con las que construir frases axiomáticas, aptas para sintetizar y a la vez expresar con precisión su pensamiento.

     Por su sonrisa, podía sospechar que se había entregado a las de su peculiar ensoñación, aunque nunca ninguno de nosotros le ha oído encomiar a mujer alguna. Pero por sus lecciones hemos aprendido en cuál de ellas piensa. La llama la mujer para ser amada. Parte del principio del deseo, que le parece incontestable, del que ninguna está dispuesta a prescindir. Buena parte, para buena parte de los hombres, se concentra en apelar a él. Son las mujeres para ser deseadas, algo que considera epidérmico y demasiado evidente. Las mujeres para ser amadas, mientras no se puede saber más de ellas, son menos visibles, de complexión ligera, de no demasiada estatura. No se esfuerzan en cruzar miradas, ni rechazan su intercambio saludable.

     Pero no, no iba pensando en la mujer para ser amada. Pasó a su lado, en la dirección opuesta, casi rozándole, una de las que probablemente satisfarían sus aspiraciones, o al menos atraerían su atención. Siguió adelante con la mirada baja, sin la menor alteración, indiferente a su paso.

     He creído entonces que estaría entregado a sus planes. Hace un par de días le he oído decir que disponía por fin de algún remanente y que estaba dispuesto a renovar el mobiliario del Departamento. No es que las sillas de la biblioteca estén desvencijadas. Pero han sufrido ya demasiadas reparaciones parciales, tantas que las hacen vulnerables por los flancos más imprevistos. Para el menos atento se verifican las supervivientes de más de dos y más de tres remesas, la más reciente decidida en fechas lejanas, tanto como unas de otras. También una parte de las estanterías están vencidas por el peso, a causa de los materiales con que debieron improvisarlas. La urgencia por almacenar intercambios y donaciones, en cantidad incontenible durante los años de bonanza, las impuso sin mayor reflexión.

     El enorme escaparte de una tienda de muebles, especializada en módulos funcionales y a medida, quedó a su izquierda sin que se dignara girar la cabeza.

     Tal vez sea la jubilación lo que concentra sus reflexiones, pensé, un poderoso atractivo al que se orienta sin recato, sin ocultar cada vez más su afán por alcanzarlo. De ningún modo cree que despedir a alguien, una vez agotada su edad, sea dilapidar el saber acumulado, que el pretendido derroche vaya en detrimento de las generaciones que se van incorporando a la vida activa. Nunca ha cometido el error de pensar que posee saberes que en algún sentido sean exclusivos, preciosos, cuya transmisión hubiera que garantizar. Al contrario, sin el menor asomo de modestia, ni de vergüenza, está convencido de que sus conocimientos son de lo más elementales. Repite que con los años ha llegado a descubrir algunas cosas que le parecen certezas pero que son de lo más corriente. Las oyó a sus antecesores, las ha visto impresas una y cien veces en los textos de todo tipo que han pasado por sus manos; algo perfectamente inútil como bien que sea necesario transmitir, precioso para él como conquistas y para ir poco a poco encontrando cierta paz, nunca permanente, porque los imprevistos siempre acechan, y una y cien veces son capaces de devolvernos a la duda y la zozobra.

     Es muy probable que tampoco pensara en la jubilación. Ha pasado ante una agencia de viajes y no se ha parado a estudiar los posibles destinos de su plena libertad recuperada. Ni siquiera ha hecho caso del luminoso que sobresale de su fachada, se atraviesa en la acera y casi le roza la cabeza.

     Pero unos pasos más allá, contra todo pronóstico, se ha detenido ante un gimnasio, un semisótano a un metro por debajo del nivel de la acera. Al llegar a su altura, se ha girado. Ha echado un vistazo al rotulo sobre el dintel y ha leído la oferta de actividades, ha estudiado con detenimiento la entrada y se ha demorado más de un minuto en tomar nota mental de lo que allí estaba viendo.

     ¿El profesor Osborne tentado por pasatiempos hedonistas? Pero si es el último de los estoicos, si su vida está disciplinadamente regida por la más rigurosa parsimonia. Es verdad que para su edad se mantiene moderadamente potable. Quizás le quede alguna posibilidad entre las generaciones más próximas a la suya. Tal vez esté pensando en permitirle a su jubilación expansiones que sus responsabilidades antes no le hayan permitido. ¿Por no comprometer al Departamento? ¿Para no manchar su reputación? Nunca se ha sentido reputado, en ningún sentido, mucho más porque incluso la mayor parte de sus conocidos ignora su nombre completo, y aun su apellido. Y en cuanto a perjudicar al Departamento… Bueno, no es que en sus cálculos haya entrado, en alguna ocasión, cometer un acto de sabotaje en su contra. Pero, de haber sabido que alguien lo había concebido, hubiera guardado silencio.

     Para mantener la distancia y la discreción, y para permitirle que recuperara el movimiento, me he parado delante de una peluquería, simulando que dudaba si entrar o no. En cuanto ha vuelto a caminar, he cruzado la acera. Al ver el vestíbulo que había atraído su atención, por fin he conseguido componerme una explicación satisfactoria sobre su concentrada manera de actuar hoy.

     Desde hace tiempo, el profesor Osborne está entregado a un ingenuo plan. Cree que puede hacer confluir la vertiginosa renovación del relato contemporáneo, que en su opinión ha sido capaz de alcanzar a cualquier forma de expresión escrita, con el género historiográfico. “No puede permanecer indiferente –dice– a los ingeniosos recursos que ha ideado para dar vivacidad a lo que cuenta, para llevar el pensamiento del lector lo más lejos posible. Entre otras razones, porque la narración histórica es su raíz, su germen. Sería una desnaturalizada si se desentendiera de su linaje. De la misma manera que el relato no puede pretender que en el futuro se le acepte sin más, en el estado al que ha llegado. Muchos de sus convencionalismos están agotados. ¡Qué ridículo el narrador que todo lo sabe! ¡No digamos nada del que se atreve a contar lo que ocurre en la cabeza de sus personajes, mientras los reduce al silencio! De la historiografía, con recursos inveterados y sólidos, que cuentan con el beneplácito de la veracidad, puede fluir alguna savia que contribuya a revitalizar el cuento, el mejor procedimiento para exponer las ideas sin necesidad de tomar partido por ellas. Porque permite verterlas a hechos con la mayor naturalidad.”

     Ha debido pensar, mientras caminaba, que el recurso a múltiples puntos de vista, la incorporación de distintos narradores, el manejo flexible del tiempo, la dramatización de las situaciones son medios con capacidad para expandir el relato, y son tan eficaces para neutralizar las explicaciones categóricas y cerradas que han pretendido crear solo una verdad, que no utilizarlos es persistir en la ignorancia; o instalarse en el ridículo relato de segunda categoría, reservado a quienes antes que molestarse en pensar quieren que les garanticen, elaboradas como es debido, las certezas.

     A la izquierda del vestíbulo del gimnasio había un arcón, de buena madera, quizás procedente de un anticuario, quizás durante años arrumbado en el desván de la casa donde nació quien lo dirige. Estaba cubierto por un tapete, de una apariencia no demasiado noble, pero del todo impropia del lugar, al menos de lugares semejantes. Al fondo, un escritorio de los de persiana, sostenido sobre un par de cajoneras a cada lado. Junto al umbral de la puerta que quedaba a la derecha, por donde se entrará a las instalaciones, en el suelo, la reproducción en mármol blanco, en tamaño académico, de una venus anadiomena. Ningún reclamo encarnado en ases del deporte, ninguna atractiva silueta, ningún torso musculado, ningún anuncio de anabolizantes.

     “¿De dónde habrá sacado esta criatura estas tarjetas de presentación? ¿Qué clase de vida habrá llevado para encontrarles sentido en este ambiente? Debe ser de las que crean un mundo rico en aspiraciones, con escasas referencias al que habitan, del que por todos los medios desean escapar, enormemente vulnerables a sus agresiones y sinsabores. Lo que le importarán la gimnasia y sus beneficios. Sus anhelos, que ponen al descubierto  piezas inconexas y sin sentido aparente, van en otra dirección.” Y habrá concluido: “Para prosperar en ideas imprevistas ¿es necesario recurrir a la fantasía, a las alegorías con pretensiones filosóficas, al misterio, a la intriga, al crimen?”

     La relación entre los objetos del vestíbulo del gimnasio y sus teorías sobre el relato historiográfico, en las que persiste, con escaso éxito y solo algunos devotos seguidores, más por aprecio que convencidos, tampoco parece fácil encontrarla. Pero me arriesgo a sostener que en su caso ha existido porque así de disperso e imprevisible es el profesor Osborne, y la huella que ha dejado en nosotros, imborrable. Con él he aprendido, entre otras especulaciones convincentes, que para construir historias ricas en ideas, de las que llevan el pensamiento lejos, puede bastar con abrir los ojos y estar dispuesto a quedarse perplejo.