Diplomacia de Salomón

Gedeón Martos

El paso por la tierra de Salomón dejó un rastro imperecedero. Fue el primero de los ungidos, a partir de él la unción representó el don singular de quien encarnaba la Monarquía. El aceite perfumado de aquella primera ceremonia proclamó que era el elegido de su dios, y desde entonces fue el símbolo de la condición sobrehumana de los reyes.

     Con su gobierno el reino único para el pueblo elegido alcanzó su plenitud. Heredero de su padre, el rey David, la posición que de él había recibido era lo bastante sólida como para no recelar de la estabilidad del orden institucional por este creado y que su estirpe encarnaba. Decidió engrandecerla anudando vínculos con quienes representaban la mayor fuerza en la región, una idea que le aconsejó que en las relaciones con las potencias vecinas debía dar preferencia a los lazos con Egipto, al sur. Para satisfacer aquel objetivo tuvo la iniciativa de contraer matrimonio con una hija de su rey, y aceptó las correspondientes responsabilidades.

     Para el reino que gobernaba Salomón eran muchos los beneficios que podían derivar de aquellos lazos. Gracias a ellos, pudo importar el sistema administrativo que daba estabilidad al gobierno vecino. Con el propósito de delegar en ellos la responsabilidad de sus gestiones, mientras concentraba sus esfuerzos en audiencias y consejos, el rey sabio mandó llamar a escribas duchos en el manejo del jeroglífico. También promovió un control del territorio inspirado por el centralismo, que igualmente para la monarquía meridional era un medio eficaz para garantizarse sus dominios. Aunque carecía de tradición entre las tribus de los hebreos, hasta poco antes errabundas, bastó con que el país del que el rey de los hebreos se enseñoreaba fuera ordenado en los doce distritos que las replicaban, y que la identidad que por la sangre adquirían la colmaran con la ocupación de la tierra.

     Incrementada así la confianza entre las partes, pocos años después pudo poseer carros tirados por caballos, ingenio bélico concebido por la potencia egipcia con el fin de asegurarse en las contiendas la victoria. Salomón, consciente de las consecuencias que aquella innovación tenía en el equipamiento de sus tropas, no dudó en adaptar su ejército a las fórmulas orgánicas propias de la eficaz milicia meridional, cuya capacidad ofensiva venía avalada por siglos de sangre y arrasamiento.

     El amistoso gesto abrió las puertas para que las relaciones directas con el sur se cargaran también con la mediación en la venta del armamento procedente de África. La adquisición de carros de combate, comprobadas las ventajas de su posición relativa, al rey sabio le valió también la conciencia del peso que a su reino podía convertir en una potencia regional, y a sus poderes sumó su rédito estratégico. Se convirtió en un puente necesario para el provechoso intercambio del singular medio de guerra entre los territorios que quedaban al sur, donde tenía sus instalaciones el fabricante del ingenio bélico, y los del norte, un comercio que no podía dejar de ser lucrativo para nadie.

     Más adelante, saldada con tan sólidos beneficios su inclinación al sur, Salomón ensayó contrapesar la balanza de sus relaciones exteriores. Sin repudiar lo que ya había convenido, llegó a acuerdos para la cooperación comercial con las activas ciudades de la costa de Levante. Con su peculiar perspicacia, aceptada la consolidada preeminencia que tenían en el campo del comercio por el mar, alternaba con ellas fases de estrechos intercambios con periodos de relativo desinterés, lo que incentivaba la encendida astucia traficante de los calculadores semitas. Contaba en su favor con que siempre sería pacífica, porque los de Levante, frágiles y reducidos a sus playas, habían renunciado a la guerra. La más remuneradora fue la que anudara con Hiram de Tiro, coetáneo y solidario igual de Salomón, rey de la primera de las ciudades del litoral. En aquel tiempo, Hiram  completaba su gran programa político con un gran programa de construcciones, concentrado en la fundación de muchos y sólidos templos, cuyas obras patrocinó cuando ya su dios principal era un trasunto de él, justamente llamado  Melqart, en su lengua el rey de la ciudad, su genial invención, una de las tentaciones que pondría en crisis la condición semidivina de Salomón.

     Al acrecentar sus posibilidades para el movimiento de bienes gracias a las preferentes relaciones acordadas con quienes poseían experimentadas flotas mercantes, el oro y otros géneros preciosos empezaron a llegar a sus territorios desde Arabia. Por sus rutas interiores eran enviados hacia el sur, parte del país de Ofir, desde cuyo centro, en el cuerno de África, con otras mercancías eran reenviadas a Levante a través de vías terrestres, lo que por su posición reportaba toda la ventaja al reino de Salomón. La parte interior de las rutas árabes estaban entonces bajo el control de la seductora reina de Saba, a cuyos encantos, con el fin de sellar sus intercambios, no tuvo inconveniente en rendirse.

     Comprobadas los beneficios de las relaciones que se habían levantado sobre el deseo, Salomón apuró hasta el límite de sus fuerzas el recurso a tan satisfactorio medio. Él, que en todo fue grande, también en esto resultó el más excepcional de los reyes. Después de la hija del rey de Egipto, una vez que había disfrutado las bendiciones de su primera iniciativa matrimonial, y había pasado por la abrasadora relación con la reina de Saba, decidió tomar muchas más esposas. Tan impetuoso fue el impulso dado a una política exterior tan bien concebida que poseyó en total a setecientas mujeres con rango de princesa, aparte sus trescientas concubinas.

     Tal vez pudo aspirar a disponer de un harén tan bien poblado por alcanzar la fama, porque así lo pedía la costumbre impuesta entre los hombres poderosos de su tiempo, para quienes poseer un gran harén era señal de lujo y fuerza. Sin embargo, en favor de su portentoso acopio actuó igualmente aconsejado por razones políticas, a fin de sellar alianzas y consolidar relaciones amistosas con cuantas naciones pudiera entenderse. Sus cientos de esposas eran también mujeres de otros pueblos, de muy distintas procedencias. Unas eran moabitas o amonitas, otras del país de Edom y otras de la justamente afamada ciudad de Sidón. También con mujeres hititas y otras egipcias se desposó.

     El imprevisto fue que Salomón se apegó a sus muchas mujeres extranjeras y las amó, y a causa de aquella inclinación favoreció el culto a dioses extranjeros. Fueron llegando a su palacio al mismo tiempo que las esposas procedentes de otras naciones, según se iban incrementando los éxitos diplomáticos de su reinado, que nadie no admiraba. Y cuando el rey ya había llegado a la ancianidad, parte de la vida en la que todas las fuerzas desisten, con más facilidad sus mujeres conseguían que el corazón del rey se inclinara a otros dioses.

     A partir de entonces ya no fue por entero de su dios, a quien tanto había servido. Solo confusión y sincretismo absurdo derivó de su senil debilidad. Porque no había guardado las leyes que estaban en el origen de su reinado único, las que tenían un inequívoco origen divino, provino una crisis. Un intento de sublevación protagonizado por Jeroboam, justificado por tan sedicioso desvío, aunque finalmente fracasara acabó con la armoniosa convivencia con su aliado preferente. Jeroboam, ya enemigo declarado de Salomón, había elegido para refugiarse, una vez defraudada su ambición, la corte del rey del sur, donde fue bien acogido.

     Lamentablemente ninguno de estos hechos ha sido consignado en documentos escritos en la lengua jeroglífica. Pero los registrados en el texto sagrado, más aquellos que pueden ser corroborados con testimonios de los anticuarios, prestan a cualquiera de las posibilidades con las que hemos especulado la pasable verosimilitud que le otorgan las palabras.


Investigaciones sobre Perses

Reginald Southampton

(Traducción de A. J. Baines)

Fue Hesiodo un hombre paciente y trabajador. Si además fue poeta, la condición que de él admira la posteridad, se debió a que su vida discurrió inspirada por la virtud, transacción que habilita la mejor salida a quien ha quedado, contra su voluntad, atrapado en aquella. Tanto confunde la pasión por la gloria, a los contemporáneos y a los antiguos, que todo se orilla en beneficio de la memoria que es legada, corte cuyos fastos nadie ha podido disfrutar. Viven los hombres urgidos por el inexorable paso de los días, la conciencia de sí mismos los ocupa a todas horas y ante sus ojos transcurre cuanto puede suceder sin que lleguen a tener conciencia de que conservan la vista. Los hechos conocidos de la vida de Hesiodo, al contrario, permiten concebir la esperanza de que su verdadera preocupación fue conocer a sus semejantes, y que al verso llegó cuando se vio incapacitado para decirles lo que de ellos sabía. Si hubiera guardado silencio, hoy habría que decir que fue un hombre de moral íntegra. Como dejó testimonio escrito de su pensamiento, es posible estar seguros de que actuó guiado por la virtud.

     Séanos permitido rescatar una parte de los hábitos cívicos de aquel varón ejemplar, en la medida que lo consienten los testimonios que de su paso por el mundo han quedado. Tantos siglos han transcurrido desde entonces que buena parte de sus hechos se ha extinguido. Pero la diligente iniciativa de quienes por él han mostrado interés, entre los que es obligado mencionar al esforzado Martin L. West, de Oxford, el mejor ejemplo de quienes han llegado a conocerlo, aun estando separados de él por la mayor de las distancias, permite llegar muy lejos con pocos datos.

     Las observaciones que pertenecen a esta indagación parten de una posición negativa, como el escultor que trabaja a partir de la máscara de cera de un difunto. Pretenden añadir a cuanto ya se sabe de él lo que su obra, los actos rescatados de su vida y otros testimonios permiten reconstruir de los de Perses, su hermano. En el rostro de quien se ama quien ama se ve. En alguna porción, los actos de Hesiodo están reflejados en la vida de aquel, como por el repliegue de las tropas es posible observar los movimientos de avance del ejército enemigo. Y, así como por estos las mejores astucias del general pasivo, que se resigna momentáneamente a la deshonra, para envolver a quien amenaza cede la tierra puesta bajo su responsabilidad, pueden ser admiradas, en la distancia que de las infamias de Perses su hermano tomó es posible reconocer el compadecido proceder de Hesiodo.

     El padre de ambos, al menos comerciante por mar, antes de que alguno de sus hijos hubiera nacido se habría establecido en la isla de Samos, inmediata a la Caria. Su procedencia se ignora, así como su origen. Se han reunido datos que lo hacen al menos oriundo del otro lado de la Hélade. Quienes así lo han aceptado, aunque fuera ocasionalmente, se han dejado llevar a un lugar erróneo. Algunos de sus descendientes, con el propósito de atribuirse un pasado ilustre, se entregaron a la innoble pasión del espejismo heroico. Prefirieron satisfacerse con una ampulosa prosapia antes que ceñirse con fidelidad a los datos que sobre la existencia del progenitor subsisten; que, aunque no gloriosos, a los ojos de cualquier persona capaz para distinguir la grandeza de la vida lo harían sobradamente nobles.

     En rigor, solo a partir de Samos es posible iniciar el rastro cierto de esta historia. En la decisión de establecerse en aquel lugar admiran los analistas más juiciosos la iniciativa de un hombre ingenuamente aventurero. Pero, poco antes de que al menos Hesiodo naciera, es probable que antes de que cualquiera de sus hijos hubiera llegado al mundo, llevado por el urgente deseo de disponer de hogar propio, el padre del antagonista del que se trata decidió trasladar la sede de su actividad a Beocia.

     Atribuyen los observadores el traslado de la residencia del animoso progenitor de ambos personajes al deseo de adelantar en su negocio, haciendo compatible la riqueza que del mar traía con la que le pudiera dar la tierra. Como todos los griegos de su tiempo, su dedicación al tráfico mercantil estaba asociada a la vida campesina. Durante el invierno, cuando el viento y las olas impedían dominar el aparejo, las naves permanecían sobre la arena del litoral, aguardando a que los trabajos del campo consintieran la carena. Entonces, mientras el timón colgaba sobre el hogar, responsable de su modesto bienestar era la penosa dedicación a la agricultura y a la ganadería, que sin embargo, con la cordialidad que verlos crecer le valía, alentaba a diario. Cuando había recogido el grano, y ya el tiempo sereno permitía deslizarse sobre el mar sin miedo, cargaba las bodegas con los vasos que contenían sus ahorros y se aventuraba hasta el otro lado del continente, donde el negocio aguardaba.

     Es compartida la opinión a favor de que el lugar elegido en Beocia para radicar su hogar fue la ciudad de Orcómeno, establecida donde el Cefiso desemboca en el lago Copais. Orcómeno era una de las poblaciones de la Hélade que mayor antigüedad atesoraba. El lugar había sido habitado desde que a la agricultura los hombres le  concedieran la preferencia en el suministro de los bienes para la supervivencia. Las murallas que lo protegían, como las líneas de un ejército en formación, se sucedían en terrazas por la pendiente del monte Acontio. Casas con hogar en el centro, y tumbas a las que los arqueólogos dieron el nombre de tesoros, son los mejores indicios que de su pasada grandeza se han conservado.

     En Orcómeno tuvieron su sede los minios, pueblo de leyenda, y Minias pasaba por ser su epónimo, hasta el punto que Estrabón, que siempre se dejó seducir por la observación erudita, a Orcómeno la llama Minias. A la personificación de la ciudad los analistas no tan atraídos por las imágenes, por convención, adjudicaron el principal de los sepulcros que han descubierto los excavadores. Sin que a todos haya que reconocerles atributos extraordinarios, sus habitantes pueden ser admitidos como ejemplo de riqueza entre los primeros griegos. Su bienestar provenía del comercio, sostenido por su posición en el espacio mediterráneo, que les permitía actuar como eslabón en la cadena de intercambios entre el Helesponto, la Propóntide y el Ponto Euxino.

     Por fortuna, su actividad comercial sobrepasó cualquier previsión entre los siglos octavo y sexto, razón por la que su nombre, por los autores más antiguos, fue asociado al oro y dio origen a la leyenda del vellocino; y los argonautas, asimismo en Estrabón, porque su deseo fue siempre explicar evocando, fueron llamados minios. Pero también los textos más remotos admiten que Orcómeno, ya al final de los tiempos arcaicos llegó exhausta y perdida su proverbial riqueza. Su decadencia se precipitó al ritmo que los griegos fundaban colonias en los mares con los que conectaban, atraídos por los bienes de los pueblos bárbaros que alcanzaban hasta sus líneas litorales.

     En parte, se supone que el lugar elegido en Beocia por el padre para radicar el hogar de su familia fue aquella población porque, habiendo sido Beocia la tierra donde tal vez al poco naciera Hesiodo, con el tiempo Orcómeno le concedió el honor de reconocerlo como uno de sus fundadores, con el acertado sentido traslaticio que los antiguos cargaban en sus mitos. Pudo ocurrir que Orcómeno se poblara gracias al buen nombre que Hesiodo, con sus gestas poéticas, le confiriera, aunque hasta aquí no ha sido reconocida la poesía como factor de población. Es más probable que siendo la suya, con el tiempo, familia de activos agricultores, pudo crear población en el lugar apto para la radicación de los hombres, porque la población arraiga en el campo cuando los hombres lo roturan, una vez pasada la gloria comercial, y ser feliz promotora de un lugar en crisis de nuevo habitado por su iniciativa.

     Nacería, pues, Perses en Beocia, región griega vecina del Ática, hacia el 750, el mayor de los hermanos. Se tiene algún indicio sobre la posible supervivencia, de partos previos, de otro hermano aún mayor, probablemente del sexo opuesto. Tan imperceptible es el rastro que en los textos ha dejado este vástago que bien no existió bien su vida fue del todo irrelevante, al menos para los informadores que participaron de sus existencias.

     Poco puede decirse sobre la primera década de la vida de Perses, aunque no faltan indicios de las raíces de su arrogancia. Condenado por su nacimiento a las rutinarias actividades que inmovilizan a los hombres, que aún más monótona harían la sucesión de sus días cuando finalmente se viera reducida a la que exige la crianza del ganado, también dedicaría tiempo de su vida de niño a medir sus fuerzas en el campo, oponiéndolas a las de los otros muchachos, sobre los que a toda costa deseaba prevalecer. Pudo participar en certámenes que le valieran reconocimiento a su fuerza y alentaran su orgullo. De ellos, sin embargo, se conservan pruebas que los testimoniarían no del todo limpios. Ya entonces se admiraba a sí mismo tanto que, de cuanto ocurría a su alrededor, como durante el resto su vida, solo retenía su presencia en la escena, como una instantánea reflejada en un espejo. De los demás jamás tuvo noción, razón por la cual los más radicales, reactivos a su repulsivo proceder, incluso prefieren poner en duda que pasó por el mundo, y en sus testimonios lo ignoran.

     Aunque a ambos la dedicación a los trabajos del campo ocupara la mayor parte del tiempo, además Perses, en su primera juventud, se entregó a la pintura, poseído por la idea de que era el dueño de los secretos del arte. Entonces se mostró muy activo como decorador de vasos. Gracias al método comparativo, se puede presumir que hizo suya la técnica que consistía en trazar, con incisiones, unas siluetas cuya mediación realzaba con una pincelada negra continua, y que después las colmaba con multitud de detalles superfluos y muy elaborados, alusivos a animales que desplegaba en hileras sobre fondos de flores, sin llegar al relato de historia alguna. Ilustraban objetos destinados a la decoración del hogar, parte de los cuales al menos pudo servir para nutrir el comercio del padre, que con generosidad financiaba el dispendioso gasto que originaba aquella actividad.

     Pero fracasó Perses como pintor de vasos. Parece fuera de lo posible calcular qué efecto pudo tener tan desastroso crac en la economía familiar, tanto por la porción de renta absorbida, y en consecuencia negada a otros fines, cuanto sobre los ingresos de los otros proyectos económicos del padre. Pero sí está a nuestro alcance revelar que, con frecuencia, Perses quedaba insatisfecho del acabado de sus obras, y las destruía violentamente sin reparar en el oneroso costo de los soportes.

     Tal vez aconsejado por la prudencia, de cuyo ascendiente sobre su comportamiento habitual no es fácil reunir indicios, simultáneamente se ejercitaba como poeta. De sus conquistas en este campo, pasado el tiempo, solo retuvo y consolidó una personalísima letra, que había llegado a ser muy adulta mucho antes de ser joven.

     Tocó a Hesiodo nacer bajo el signo del gobierno aristocrático. La constitución de su ciudad, apenas extendida hasta las aldeas inmediatas, aseguraba a los terratenientes el poder. Aun favorecido por la fortuna, detestaba que los hombres ganaran su estado antes de que lo merecieran, que las leyes de la herencia perpetuaran la desigualdad que se sostenía sobre la riqueza mal adquirida. Los viejos códigos, que sobre las generaciones descargan su peso, como el fardo sobre la espalda del estibador, a los observadores distantes parecen desprovistos de sentido moral. A decir verdad, bastaba con la afinidad que disuelta en la sangre fluye para que los vástagos recibieran sus obligaciones, sin que su conciencia contara. Los actos de la vida de Hesiodo, y las decisiones del impar Perses, revelan que la conciencia si podía sobrepasar a la obligación, y que el cálculo opera con la cobardía, el margen hábil que la norma jamás anula.

     Llegó la hora de la única guerra justa, la que promovieron las ciudades contra sus tiranos. Combatió Hesiodo en ella, incluso a riesgo de su bienestar. No pudo calcular que la consecuencia de su fervor político, idéntico al de otros jóvenes apasionados con los que convivió, alentara, pasado el tiempo, la injusticia que se nutre de la democracia. Perses, con el pretexto de templar su cuerpo para el anhelado futuro, en momentos tan decisivos permaneció en la retaguardia. Atenazado por su horror a la batalla, aunque se esforzaba por evitar el riesgo de parecer tibio, sobrevivió el tiempo de la contienda a la sombra que Hesiodo, aun siendo menor, le proporcionara.

    Ignoraba Hesiodo, cuando decidió entregarse a esta parte arriesgada de la vida, que entre sus antepasados pudiera contarse héroe alguno. Llegado el día siguiente a la batalla, cuando la aristocracia menos avisada momentáneamente se replegó, y volvió la paz, y el peligro que por la pasión política se podía enfrentar había desaparecido, Hesiodo creyó concluida su obligación civil. Perses, limitado su proceder por sus empresas, calculó que su vecindad al pasado y al riesgo podía valerle algún merecimiento, y ocupó en la primera fila de los desfiles un puesto acreedor a los honores, aval suficiente para que años después se convirtiera en un celebrado biógrafo de los héroes a su pesar antepasados.

      Fue cumpliendo la vida su ciclo, y al padre le llegó la hora de su muerte inesperadamente. Era Hesiodo un hombre piadoso y lloró junto al cuerpo indefenso la pérdida de quien era responsable de su vida, con tan sincero llanto que jamás alguien supo de él, a excepción de Perses, testigo de la escena. Con mirada fría contemplaba la inútil fragilidad de su hermano menor. Hesiodo volvió la vista hacia el lado donde impasible su hermano permanecía. Gracias a las lágrimas, le fue dado ver a un desconocido de una dimensión monstruosa. Celebraban los antiguos la ceremonia lustral adjudicándole la regeneración que la limpieza aparenta. Regeneró la vista de Hesiodo el llanto, y por su causa pudo observar de Perses atributos hasta entonces para él ocultos.

     Paso oscuro de la vida de ambos, habiendo los dos llegado a la plenitud, es el que la tradición narra como disputa por una mujer, la forma más vil que puedan tomar las diferencias entre los hombres. Con seguridad, su origen fue una infidelidad de Hesiodo. De esta manera tan directa se puede hablar porque jamás la ocultó, y tantos y tan explícitos datos, por su voluntad expresa, sobre ella hasta nosotros han llegado que puede decirse, si los ingredientes con que se cocina la infidelidad son la ocultación y la mentira, que otro nombre habría que buscar para aquel comportamiento. Alcanza el deseo un poder tan alto, tanto impone su tiranía al hombre, llegado a la cima de su edad, que comete el imperdonable exceso de creerse capaz para impugnar con sus decisiones todo lo que la experiencia de generaciones ha reglado. Pero no sería tan directa la causa de aquel combate. De la misma manera que, habiendo alcanzado Dios la condición de Ser Supremo, cualquiera que a Él quisiera equipararse a la condición satánica por Él se vería condenado, entre los hombres, que compiten por sus seres complementarios cruzando sus espadas, cualquiera que pise territorios consentidos como propios es objeto de persecución, combatido, al destierro relegado si el genio propio se resigna a permitir la supervivencia del opositor. Tal pudo ocurrir con Perses, que jurara odio eterno a quien se había atrevido a ser tan humano como él, secretamente infiel, y sin embargo no ocultarlo.

     La conservación de los documentos en la antigüedad no era fácil. Había que optar entre la arcilla, suministrada en placas de superficie tan pequeña como frágil, y el papiro, cuya producción estaba reducida a las áreas más meridionales del mundo alfabetizado. El transporte de la arcilla escrita era costoso y arriesgado, aunque fue la gestión administrativa la que descalificó su conservación. La opción gubernamental en favor del papiro convirtió a Perses en un experto burócrata, quien ya en la edad madura había decido emplearse en las oficinas públicas. Viajó, estudió soluciones, encabezó la difusión de los mejores procedimientos para su custodia, y así progresó casi tanto como había ambicionado.

     Afianzado su puesto, meditó sobre los conocimientos que había adquirido gracias a su cargo, y consiguió que le resultaran aún más valiosos. Convenientemente organizada la captación de la materia prima, la expansión del papiro creaba la oportunidad de un lucrativo comercio en exclusiva siempre que fuera explotado hasta su consumo como soporte de obras escritas. Abandonó definitivamente otros proyectos y decidió arriesgar como editor sobre papiro, sin por eso descuidar la actividad que le permitía sostener la economía de su hogar.

     La edición de libros, aunque limitadamente remuneradora, para los antiguos fue por compensación una vía útil para acceder a la fama, de cuya cuota correspondiente  pretendió disponer Perses con esta iniciativa. Lo quisieran o no, por aquella causa los siglos habrían de guardar memoria de su paso por la tierra, porque a la edición de ningún texto prestó más atención que a la de los suyos, de dudoso valor. Para sostener esta actividad quiso contar con Hesiodo. A pesar de que sus diferencias ya eran ostensibles, no le negó su colaboración. Sin embargo, porque Hesiodo, ya celoso de su libertad, rehusó comprometerse con la promoción del negocio, por Perses fue excluido de cualquier participación en el proyecto de entonces en adelante.

     De la animadversión que sin recato Hesiodo manifiesta al que sin disimulo detestó, una parte de la responsabilidad es atribuida a cierta herencia recibida, que unos creen procedente del padre y otros de una línea colateral. La deducción que la crítica ahora acepta sostiene que la recepción de aquellos bienes los distanció porque lamentablemente, cuando menos, hubieron de compartirla. A su favor abogaría el razonable fundamento de haberse visto obligado a dividir por dos un patrimonio que a uno solo, si se hubieran forzado las negociaciones, le habría proporcionado una pasable mediocridad cuando menos. De buen grado, sin embargo, por iniciativa propia, habiendo sido Hesiodo el gestor del traspaso de los bienes, parece que prefirió limitar las exigencias a las impuestas por la ley y compartir la herencia con cuantos legatarios fuera posible.

     En busca de otras respuestas a unos comportamientos tan discordantes se ha especulado también con el origen del tono admonitorio con el que Hesiodo prefirió dirigirse a Perses. Indicios de la intolerancia de este no faltan, ni de la facilidad con la que sus compañeros contra él animaban sentimientos adversos. Severo en sus juicios, despiadado con las faltas ajenas, frío vengador de su vanidad herida, sembró el transcurso de su existencia de guaridas desde las que ser emboscado. Desde cualquiera de ellas pudo sufrir un asalto. La reiterada intención de Hesiodo habría sido advertirlo contra la amenaza de la vanidad. Sin embargo, ninguna de sus previsiones por Perses fueron sido tomadas en consideración. Habría sido la persistencia en su desprecio a las reconvenciones la que habría aconsejado al mitógrafo emplearse contra él en el tono más severo.

     Las últimas investigaciones, sin embargo, han conseguido reunir indicios que van más allá. A Licurgo, héroe civilizador para los suyos, atribuyen los textos la promulgación del severo código que obligó a los lacedemonios a entregar sus hijos a las armas. Las otras ciudades griegas no vivieron bajo la inspiración de un orden menos exigente, aunque descargaran sobre Esparta el colmo del rigor que a los ciudadanos imponía la renuncia al amor filial en beneficio de la patria. Fueron igualmente belicosas y conservadoras, asimismo paralizadas por el temor al asalto por sorpresa y por la forma de coalición entre poderes locales que el analista contemporáneo, con rígida perseverancia, cree justo llamar anfictionía. Hasta Orcómeno también alcanzó la urgencia y la inquietud, y sus hombres, apenas llegados al principio de su edad, se veían en la obligación de entregarse a las armas.

     Se refugiaron en los ejércitos antiguos, porque ya fundaban su poder en el principio jerárquico, las severas costumbres de iniciación en la ruda disciplina ciudadana, y la parte más oscura de la ambigua manera de entender la iniciación sobrevivió en ellos con sorprendente vitalidad incluso más allá de la antigüedad. La iniciación estrictamente militar buscó la resignada obediencia, para constituir de modo incuestionable el mando y dar el mayor grado de eficacia a las órdenes que de él descendían. Brutales prácticas, que usaban la agonística como instrumento, tomaron carta de naturaleza con aquel fin. Valiéndose del rango que tenían conferido, los mandos conseguían la sumisión de sus inferiores forzándolos a una humillante pasividad sodomita.

     Hay indicios suficientes para sospechar que Perses, aún ambos conviviendo acogidos al hogar, ocupaba una parte de los ocios que el trabajo en el campo con generosidad consiente en adelantar a su hermano al menos una parte de una versión elemental de aquellos ejercicios. Del modo en que es mencionada, en aquellos pasajes que aluden a estas situaciones, más que de afirmación alguna, porque esta clase de hechos suele sellarlos el silencio, y con sus protagonistas bajan vírgenes a las tumbas, deduce la crítica que el cuerpo a cuerpo pudo concluir, con la frecuencia que se puede sospechar, con la imposición de las formas más humillantes de la iniciación, destinadas regularmente, aun al margen de la norma, a dejar constancia irrevocable de a quién corresponde la prevalencia, en el ámbito familiar únicamente decidida por la cadena biológica. Perses habría arrastrado a un Hesiodo muy joven a las formas menos confesables de la iniciación. Con el señuelo de la gloria, bajo la justificación de la grandeza de la obra que los ejércitos emprenden, lo humillaría.

     Otros creen que la causa del irrevocable desprecio estuvo en que el curso iniciático habría culminado con la revelación de las artes del homicidio. Llevaría Perses a su hermano a un lugar reservado donde pudo ver cómo con un diestro giro del cuello, impulsado con los pulgares apoyados en la mandíbula, las inocentes víctimas felinas, útiles para el simulacro, en un instante eran abandonadas a su peso, sin un gesto de dolor, sin un gemido, en el más hermético silencio. De esta manera habría pretendido hacerlo a un tiempo cómplice mudo y subordinado a su poder.

     Pudo vivir Perses hasta 675, un total de tres cuartos de siglo de existencia. La exactitud de la cifra algunos la consideran más presagio que sortilegio.


Oportunamente viuda

Carmelo Terrera, becario

La marquesa consorte, no sabemos por qué causa, enviudó el 21 de diciembre de 1749. Quedaba como albacea del difunto, tutora y administradora de los hijos habidos por el matrimonio, y lo que era peor, responsable de una pesada carga. El marqués había dejado deudas que ascendían a la monstruosa cifra de 83.686 reales 21 maravedíes, pendientes de pago a un total de sesenta y dos acreedores.

     Como consecuencia de los gastos de indumentaria en los que había incurrido debía diferentes cantidades a tres sastres y a un zapatero. A causa de sus últimos gastos de representación debía dinero a un maestro de coches, a un frenero y al guarnicionero, y es posible que la deuda pendiente con un vidriero también tuviera relación con el mantenimiento de la flota de coches de la casa. Por si la carga originada por tantos lujos no hubiera sido suficiente, debía dinero por un caballo herido que le había prestado la maestranza de caballería, y también había aceptado un gasto que probablemente creyó insoslayable, el que le había ocasionado la entrada como hermano en una hermandad del santísimo.

     Gastos pendientes de pago, de los causados por el servicio doméstico, eran los salarios de diciembre debidos a una sirviente, al despensero, a la Tía Juana, que era la cocinera, a una familiar y a un clérigo de menores que la casa criaba, y de la atención a la salud de la familia estaba por pagar la cuenta de un boticario. De los gastos ocasionados por el servicio a la labor, el núcleo de los ingresos de la familia, quedaban por liquidar los pagos al yegüerizo y a su zagal, quienes probablemente trabajaban para ella por temporadas, así como los salarios de diciembre al casero de la hacienda de olivar y al mozo de las mulas. De los pagos a los arrieros, se debían tanto el correspondiente a la hija del antiguo como el de quien luego había ocupado su lugar. También debieron ser gastos asociados a la labor los que tenían que satisfacer servicios subsidiarios habituales, como los suministrados por un herrero, un herrador y el cantero que había compuesto las piedras de los molinos de aceite. Un suministro de madera, aún no liquidado, asimismo estaría relacionado con los consumos de la labor.

     Pesaban sobre las rentas de la familia cargas civiles y canónicas. De las primeras estaban pendientes de pago dos repartimientos del vestuario de las milicias, solicitados con apremio militar, y de las segundas, los diezmos, de los que se debían el de menudos de los últimos tres años y el de lana. Hasta un total de dieciocho cantidades pendientes, que solo se identificaban por el nombre del acreedor, se pueden interpretar como deudas personales, y dos por liquidar a sendos mercaderes también pudieron estar relacionados con préstamos, del mismo modo que incluirían operaciones de crédito las rentas debidas por tres tributos. Pudo ser una transferencia financiera destinada a cuadrar cuentas el ingreso a un patronato de la familia que tampoco se había satisfecho. Para mantener activa la defensa legal de los intereses de la casa, asimismo era necesario satisfacer la cuenta presentada por un procurador. La defunción había originado sus propios gastos. Además del funeral, las misas y los lutos, estaban pendientes de liquidación los siete legados que el difunto había dictado a través de su testamento, ineludibles, que ascendían a 2.060 reales.

     El capítulo de gastos originados por el suministro al hogar y no satisfechos era el más importante. Aparte la cuenta que no se había pagado a un refino y algún gasto más, 10.542 reales del total adeudado, más de su décima parte, correspondían a pagos debidos a diferentes personas por la propia marquesa, quienes le habían hecho préstamos para atender la manutención de la casa, una responsabilidad que estaba íntegramente a su cargo y que corría de su cuenta, y que satisfacía con algunas regalías que consideraba justas.

     Tomando en cuenta esta situación, se impuso, a partir del momento en que fue responsable de ella, administrar del mejor modo todos los bienes que habían quedado tras el fallecimiento de su marido. Su objetivo era liquidar los débitos pendientes y sanear las cuentas.

     Para empezar, disponía de impagados en trance de convertirse en efectivo. Los más importantes eran las cantidades por cobrar de una venta de ovejas, que regularmente cada año se hacía para renovar la cabaña, y una cuenta, con fecha de 23 de junio de 1750, que no había satisfecho la casa de la marquesa de la Motilla. Además, hasta cuatro vecinos de poblaciones de los alrededores de la capital debían cantidades. Mientras que uno era deudor de una que probablemente fuera un préstamo privado, a otros se les había obligado a firmar vales por las cifras adelantadas, los mismos que conservaba la caja. Uno de estos había firmado dos, otro, asimismo comprometido por un documento de esta clase, había dado origen a autos ejecutivos para su cobro, y otro más en realidad había liquidado la cuenta que tenía con el difunto después de su fallecimiento. Los impagados pendientes, en total, alcanzaban los 27.550 reales 29 maravedíes. Además, la caja tenía en dinero efectivo 7.635 reales.

     Aquellas cantidades, en el supuesto de que todas fueran ingresadas, no eran suficientes para hacer frente a las deudas. Se veía, pues, obligada a vender bienes de la casa. Lo justificó por lo calamitoso del año. Al invocar así la razón de sus decisiones, sin dejar de aludir con decoro al estado en que había quedado, desvió la atención hacia la situación que se estaba viviendo en el suroeste. Incluso para neutralizar cualquier malentendido, a continuación, en la relación jurada que a este propósito redactó, afirmaba positivamente que la muerte de su marido sucedió el esterilísimo 1750, como lamenta la memoria.

     Para el día de la defunción, 21 de diciembre de 1749, punto de partida de aquel trance, ya era seguro que el año agrícola sería adverso. El otoño había sido seco y al menos una parte de las tierras previstas para sembrar cereales quedaron vacías. Valiéndome de individuos de notoria inteligencia, y mi mayor confianza, me instruí de los legítimos valores que aquella estación les permitía, y con reflexionado examen procedí a vender, dice, exigiendo de cada efecto ciertas cantidades.

     Se resignó primero a descapitalizar la casa deshaciéndose de una parte de los ganados. Reconoce que la situación que vivían conducía al desprecio, y que decidió vender por no perderlo todo, a causa de no tener arbitrio para libertarlos de la próxima mortandad que empezaron a padecer aun antes de formarse inventarios.

     En una de las ferias que cada año se celebraban en la región vendió veintitrés reses yegunas, un potro capón, siete potricos y un burranco. En otra vendió tres burras: la blanca Platera, la negra y la rucia. En una sola operación vendió a un vecino de una población inmediata a la capital una recua de nueve burros, un caballo y un mulo, y a otro del mismo lugar la mulita llamada Churumbela. Además, en diferentes momentos se deshizo de otras cuatro burras, la grande del riego de estacones, la que utilizaba el yegüerizo, la negra de la hacienda y una de la dehesa, así como de un burro que servía la hortaliza, y de los siguientes ejemplares de equino: tres caballos capones, de los cuales uno era careto y dos alazanes, y otros tres enteros, el caballo rucio que utilizaba Andrés Muñoz, el negro Batallón y uno castaño argelino.

     Del ganado bovino, el más valioso como capital, vendió dos novillos e ingresó a favor de la casa el valor de veinte cabezas de vacuno más la sexta parte de otra, cargándoselas en su ha de haber por el mismo precio en que se estaban estimando aquel 1750, seguramente a la baja por la debilidad que padecían a consecuencia de la seca, a pesar del riesgo de pérdidas que de esta manera corría, como efectivamente experimentó en parte.

     Hecho balance, ni la descapitalización había sido tanta ni la venta de ganado fue en absoluto arriesgada. El vendido era solo una parte del que estaba en el inventario, una versión del cual, próxima en el tiempo, cifra la parte estratégica de la cabaña de labor de la casa en setenta y siete bueyes, veintitrés yeguas de vientre y dos mil doscientas ochenta cabezas de ganado lanar. Aunque el patrimonio equino pudo resentirse de las ventas, la parte de vacuno ficticiamente enajenada no habría alcanzado al tercio del total de la cabaña, y el ganado merino, después de que el marqués lo hubiera negociado antes de su muerte, ni se tocó.

     Además, el patrimonio ganadero del que se desprendió no era el mejor, ni parece que su venta fuera desaconsejable. Las veintitrés reses yegunas estaban llenas de sarna y muermo. La primera era una enfermedad que se contagiaba con facilidad entre los animales, a los que se les enrojecía e hinchaba la piel, lo que les provocaba un picor intenso que los hacía inestables y de difícil manejo. La segunda, causada por un virus que les atacaba la mucosa nasal, donde provocaba úlceras y secreciones, se contagiaba con facilidad, incluso al hombre. La primera burra negra vendida tenía galápago, una dolencia del casco de las patas, agente de un crecimiento excesivo de la capa dura que lo recubre, que podía afectar también a caballos y mulos. La burra rucia estaba matada en la cruz, es decir, tenía llagas donde se encontraban los brazos con la columna vertebral, provocadas por el rozamiento de los arneses que se le colocaban para que hiciera cualquiera de sus trabajos, y tanto la burra negra de la hacienda como la burra de la dehesa eran viejas.

     Pero todas las operaciones de venta del ganado solo le proporcionaron un ingreso de 14.791 reales 7 maravedíes, una cantidad muy alejada del montante de las deudas.

     Más arriesgado tal vez fuera deshacerse aquel año de una parte de los recursos para la alimentación del ganado, y más aún en los términos tan extremos en que lo hizo, todo lo inventariado por tres conceptos. De cebada vendió, a precios comprendidos entre catorce y quince reales, trescientas fanegas; de semillas, 72 fanegas de yeros a veinte reales y medio; y de paja, dos almiares; operaciones que le permitieron sumar otros 20.601 reales. Mas, aunque el riesgo se viera recompensado por los interesantes precios conseguidos, ni aun acumuladas todas estas ventas era suficiente para hacer frente a las deudas. Sumando los impagados al efectivo y a la venta de ganado, los 20.601 reales de la cebada, la semilla y los pajares acumulaban la cifra de 70.578 reales 2 maravedíes, que todavía no alcanzaba a cubrir los 83.686 con 21 pendientes de pago.

     Decidió comerciar todo el aceite del que disponía la casa. La táctica que eligió fue concentrar las ventas y optar por la demanda al por mayor. Solo veinte arrobas fueron vendidas a un arriero. Entonces era frecuente que quienes se dedicaban a esta actividad, empresarios regulares del transporte, beneficiaran sus trayectos comprando mercancías que podían vender con ventaja en algún punto de sus rutas habituales. Por aquellas veinte la marquesa obtuvo el mejor precio, veintiún reales por cada una. Otras trescientas cuarenta y nueve fueron vendidas el 14 de julio de 1750 a veinte reales y medio. El comprador fue el Extremeño, un personaje al que no es posible identificar más pero cuya ocupación probablemente no se alejaba mucho de la arriería.

     La gran operación fue la venta el 14 de marzo de 1750 de tres mil seiscientas ochenta y dos arrobas, también a veinte reales y medio, a don Pedro Doye, del comercio, quien debió tomarlas al menos en dos fracciones porque de casi la mitad de ellas consta que fueron medidas aparte. Las dos operaciones se hicieron a través de intermediarios, que obligaron a liquidar corretaje, a razón de un cinco por mil sobre el ingreso bruto. Por la segunda, además, hubo que pagar 100 reales por la medida específica de las 1.700 arrobas y 8 reales al que agenció el despacho de Francos. La magnitud de la operación permite pronosticar, para cualquiera de las dos fracciones, un destino distante, muy probablemente trasatlántico. Gracias a esta iniciativa, el ingreso por el aceite vendido alcanzó los 82.484 reales 11 maravedíes, una cifra que por sí sola era casi suficiente para hacer frente a las necesidades que a su muerte el marqués había dejado al descubierto.

     La operación decisiva, sin embargo, resultó la venta del trigo, también todo el que tenía la casa, hasta un total de dos mil treinta y tres fanegas. Tan notable masa en poder de un solo ofertante era posible porque los labradores de la mayor escala promovían labores extensas. En este caso podemos estimar, sin demasiado riesgo de error, que el año agrícola precedente, durante el que se habría producido el grano y formado este almacén, al menos unas 200 unidades cuadradas habrían sido destinadas a producir trigo. La labor era la empresa central de todas las casas agropecuarias. Sus estrategias giraban en torno a ese producto, que efectivamente, como enseguida se verá, era capaz para proporcionar, llegado el momento, unos ingresos insuperables.

     Probablemente el número de operaciones que lo pusieron en circulación fue muy superior al que había resuelto la venta del aceite, muy concentrada. La información disponible permite discernirlas por precios, lo que es bastante para valorar el alcance que tuvo esta parte de las transacciones. Solo quince fanegas fueron vendidas a treinta y nueve reales, un precio muy interesante para mediados del siglo décimo octavo, cuando la tasa o tarifa legal vigente era de veintiocho reales. Es cierto que para entonces la tasa tenía escasa autoridad, pero no dejó de estar operativa aquel año. A precios comprendidos entre cuarenta y cinco y cuarenta y nueve reales se vendieron otras cuatrocientas setenta y dos fanegas, poco más de la quinta parte de las ventas, y otras quinientas noventa y ocho, poco menos de un tercio del total, a cincuenta y a cincuentaiún reales. Las novecientas cuarenta y ocho restantes, a cincuenta y dos, lo que significa que casi la mitad de las operaciones se concertaron al precio máximo. La marquesa creía justificado y legítimo actuar de modo tan exigente en aquel momento. Deliberé enajenar algunos efectos por conseguir el mayor valor que les proporcionaba la injuria del citado año, declaró. Fue, por tanto, el resultado de una decisión consciente.

     Mientras estas operaciones se consumaban, el comportamiento de los precios del trigo en la región, tal como lo revelan las fuentes administrativas, no debió permitir a todos los vendedores tantas ventajas. El 2 de abril, en un mercado local secundario, todavía se impuso la venta del que había en el pósito al precio de la tasa, los mencionados veintiocho reales. Como era común a los pósitos, establecimientos para la comercialización del grano sujetos a la intervención de los poderes de cada municipio, probablemente llevaba tiempo almacenado, razón que redundaba en la caída de su calidad. Dos días después, en otro mercado similar, localizado en una población de pequeño tamaño, próxima a la capital de la región y comunicada con esta tanto por vía terrestre como fluvial, la fanega de trigo que se había sacado del pósito para el abasto de la población aún se vendía a los mismos veintiocho reales. Sin embargo, aquel mismo día, en el mismo lugar, ya se empezó a comerciar trigo, que se puede suponer más reciente o de mayor calidad, a treinta y cinco reales, el precio que en aquel momento empezaba a pagarse en el mercado libre.

     Un par de días más tarde, 6 de abril, en un núcleo de población no muy grande, localizado en el centro oeste de la región y a gran distancia de la capital, con la que solo se comunicaba por vía terrestre, aunque a una distancia relativamente próxima a la frontera exterior occidental, y con fácil acceso inmediato a los puertos de la costa meridional atlántica, también estaba todavía vigente la tasa, a decir de los responsables de su gobierno, lo que significa que igualmente se pagaba la fanega de trigo a veintiocho reales.

     Algo más de diez días después, el 17 de abril, a algunas leguas al este del centro de la región, en un lugar de población significativa con rango de centro de una comarca, bien comunicado con la capital por vía terrestre, la fanega de trigo todavía se cotizaba a treinta y un reales, mientras que otros diez días después, 27 de abril, en otra población que compartía con la anterior todas las características que la tipificaban como mercado, a excepción de su posición relativa, que declinaba al sureste pero quedaba muy distante de los puertos mediterráneos, la fanega de trigo ya se vendía a treinta y cuatro reales. Pero al día siguiente, 28, en el mismo lugar, empezaron a manifestarse los que resultarían los cambios más significativos del nivel de los precios del trigo admitidos por los registros públicos. La fanega, aun declarándose del pósito, era vendida nada menos que a cuarenta y dos reales. Y el mismo día, en un mercado de menor tamaño, próximo a la capital y bien comunicado con ella, la fanega de trigo, también del pósito se había empezado a vender a treinta y cinco reales, cuando hasta entonces se había estado vendiendo a la tasa. Para la misma fecha y la misma población, hay noticias sobre el precio que allí tenía el trigo libre, que había llegado hasta los cuarenta reales la fanega.

     Dos días después, 30 de abril, en la población de rango comarcal al sureste de la capital, la fanega de trigo del pósito se seguía vendiendo a cuarenta y dos reales. Por contra, en la población de pequeño tamaño próxima a la capital y bien comunicada por las vías terrestre y fluvial, gracias a esta circunstancia el trigo del pósito para el panadeo se mantenía a unos razonables treinta y cinco reales la fanega. Tanto poder para decidir tendría esta posición relativa que casi a mediados del mes siguiente, el día 11 de mayo, en aquel mismo lugar el precio seguía manteniéndose en los treinta y cinco reales, lo que prueba a un tiempo la facilidad del suministro y la estabilidad de la demanda. También en el centro comarcal al este de la capital, quizás asimismo gracias a sus buenas conexiones, se mantenía a treintaiún reales, el mismo precio que casi un mes antes. Pero noticias del día siguiente, 12 de mayo, referidas al mismo lugar, precisan que era la fanega de trigo del vecindario la que aún se vendía a los mencionados treintaiún reales, si bien con portes y otros gastos era preciso, para sacar su coste, venderla a treinta y tres reales y cuartillo. En la misma fecha y en el mismo lugar aquel día el trigo pudo llegar a venderse a treinta y cuatro reales la fanega.

     Las tensiones de su mercado debieron alcanzar su nivel extremo algunos días después, el 18 de mayo. Su junta de granos, órgano gestor de la crisis, aunque el trigo de su pósito se estaba cotizando a poco más de treinta y tres reales, decidió fijar el precio de la fanega de trigo nada menos que en cuarenta y ocho reales, teniendo en cuenta que en la alhóndiga de la capital, el mayor de los mercados intervenidos, se estaba vendiendo a cuarenta. Por tanto, allí, en menos de una semana, el trigo incrementó su precio dos quintos.

     A partir de entonces las tensiones al alza debieron empezar a ceder. Datos referidos a pocos días más tarde, en torno al 23 de mayo, permiten saber que en la capital se estaba vendiendo la fanega de trigo a treinta y nueve reales, leve tendencia a la baja del mercado de la capital que se confirma a comienzos del mes siguiente. Para el día 8 de junio, allí se podía comprar el trigo a treinta y ocho reales la fanega. Tres días después, el 11, en el centro comarcal al este de la capital, cuyos precios mantenían regularmente diferencias con los de aquella, la fanega de trigo se estaba comprando ya a cuarenta y dos reales, seis menos que a mediados de mayo.

     Las últimas noticias de las que disponemos, referidas al mes de agosto, a pesar de su distancia permiten reconstruir con bastante precisión los tramos recorridos por los precios del trigo entre la prolongada crisis de la primavera y el pleno verano. Mientras que el día 8 en la capital todavía se vendía a cuarenta reales la fanega, lo que parece indicar que durante los dos últimos meses habían permanecido estancados a un nivel importante, pocos días después, el 13, también en la capital había irrumpido el llamado trigo ultramarino, que se vendía a precios comprendidos entre veintiocho y treinta y dos reales. No obstante, trigo declarado bajo la misma condición, que habría que suponer de calidad comparable, destinado al abasto del centro comarcal al este de la capital, sorprendentemente se estaba comprando con dinero público a cuarenta reales, un precio que permite suponer que a la condición de trigo ultramarino, subvencionado por las instituciones de gobierno de la región, debió acogerse al menos una parte del de la tierra.

     En resumen, el trigo, según la documentación administrativa, se movió entre los veintiocho reales de la tasa, a comienzos de abril, y los cuarenta y ocho de los mercados libres, máximo que se habría alcanzado en el interior rural de la región, en sus centros comarcales, en pleno mes de mayo, un estado óptimo que se prolongó hasta mediados del verano, cuando por fin se dio vía libre a las importaciones de choque. Basta esta síntesis de las noticias mercuriales de aquel año para comprobar que los comportamientos no eran uniformes ni estables, que las posibilidades de los mercados oscilaban a la vez por razón de tiempo y de lugar, y que las estrategias de  comercio se dirigirían a detectar dónde y cuándo ocurriría el máximo posible durante la circunstancia crítica, un instante capaz para absorber los costos del movimiento y reportar beneficios. El comportamiento de los principales comerciantes de grano, que eran los labradores, que vaciarían sus almacenes durante las crisis, como la marquesa viuda reconoce, estaría explícitamente orientado a alcanzar esa meta.

     Uno de sus medios consolidados al servicio de ese objetivo era el almacenamiento, que se consumaba siempre en lugares muy próximos, cuando no exclusivamente en la misma casa en la que se dormía a diario. Sin embargo, las grandes labores ganarían en su favor las mejores posiciones gracias a una red de corresponsales o de factores, más que gracias a su afán por atesorar. Además de la información sobre sus precios, del trigo vendido por la afortunada viuda solo es posible precisar que casi nueve décimas partes fueron llevadas a la capital, distante del lugar donde era guardado unas cinco leguas. Allí las mil ochocientas nueve fanegas, para cuyo desplazamiento la casa no tuvo inconveniente en cargar con el precio de los portes, a razón de real y medio por cada fanega, encontrarían las mejores oportunidades para el negocio. Sus correspondientes del centro de la región les permitirían detectar los precios máximos, que como las cotizaciones del trigo vendido por la marquesa viuda demuestran estaban por encima de los niveles que la documentación administrativa estuvo dispuesta a reconocer. Para la venta del trigo se preferiría concentrar el riesgo en el mayor mercado, que a su vez actuaría de redistribuidor de la mercancía a través de sus almacenistas y expertos en el gran comercio, los mismos que después operarían con toda la masa atesorada.

     La suma de impagados, efectivo y ventas de ganado, cebada, semilla y pajares había alcanzado los 70.578 reales 2 maravedíes. La venta del aceite le supuso un ingreso de 82.484 reales 11 maravedíes. Solo las operaciones con el trigo a la agraciada marquesa le habían permitido ganar, una vez descontados los portes, 99.237 reales 17 maravedíes. Si las primeras ventas no eran suficientes para cubrir los 83.686 reales 21 maravedíes de las deudas, y la de aceite no conseguía satisfacerlas del todo, la venta del trigo bastaba para enjugarlas y además reportar ingresos netos. Para completar tan felices decisiones, que habían permitido a la casa salir del trance, finalmente decidió vender, por no ser de moda, un reloj de faltriquera, antiguo, con caja de carey, que todavía le valieron otros 270 reales.

     Llamaba A. Coleman beneficio de oportunidad al que se obtenía cuando la mercancía se precipitaba al mercado en el que podía obtener el mejor precio, al tiempo que confesaba que se había visto impulsado a emplearse en el enunciado de esta teoría por reacción al éxito de la que explicaba el llamado coste de oportunidad, mucho más triste y resignada. Harmodius J. Livingstone, del Kenia King College, con menos énfasis, para referirse a la misma encrucijada del comportamiento económico, prefirió hablar de good opportunity. Iacint L. Stanley, de Chicago, trabajando tras su rastro, probablemente más por concesiones a su público que por replicar, prefirió hablar de golden opportunity, sin por ello cambiar la esencia de la propuesta de su predecesor. Y por oposición, la actitud pasiva frente a las oportunidades más favorables han sido condenadas como miss an opportunity, desaprovechar la oportunidad, o lose the opportunity, perder la ocasión.

     Una casa que en un año regular, como consecuencia de la comercialización de todo su producto agropecuario, ingresara 100.000 reales en bruto ya ocupaba un puesto entre las del primer nivel. La suma total que había conseguido la marquesa viuda, gracias a su audaz gestión, alcanzó la muy estimable cifra de 252.569 reales 30 maravedíes. Al margen de las circunstancias que urgieron a la marquesa oportunamente viuda, que le valieron una fortuna, de la feliz ocasión que el paso a su nuevo estado le había proporcionado, su experiencia demuestra que un año de crisis, para las casas de la mayor magnitud, que actuaban de manera coordinada en la mayor cantidad posible de frentes agropecuarios, era una bendición, un año benefactor que según las cifras reveladas les permitiría al menos duplicar las ganancias.