Los recursos humanos de los campesinos

G. Valparaíso

Entre quienes emprendían las explotaciones mínimas, de duración inferior al año, porque participaban de las urgencias que extenuaban a la agricultura de los cereales, en pleno siglo décimo octavo, por lo que puede averiguarse a partir de sus propias declaraciones, se había impuesto el matrimonio. Los casados eran más de las cuatro quintas partes. El otro quinto se lo repartían casi por mitad los viudos, que eran algunos más, y los solteros. Luego casi nueve de cada diez comprometidos con aquellas empresas habían recurrido al matrimonio, estuviera vigente o hubiera existido en el pasado.

     Entre pequeña empresa cíclica y matrimonio la identidad era tan alta que es legítimo pensar en su mutua dependencia. Para confirmarlo tampoco es necesario demorarse en especulaciones, lo que por otra parte podría parecer deseo de violentar la información que sobre el curso espontáneo de cualquiera de los dos hechos, gracias a sus palabras, se obtiene. Buena parte de los declarantes atestiguan las aspiraciones materiales que delegaban en sus matrimonios con más claridad de la que podía esperarse, tanta que a veces las expusieron con un lenguaje desnudo. No tengo más caudal que dos fanegas de pegujal, mi mujer y un niño de un año, explicó uno de ellos, mientras que otro, recurriendo a unos términos aún más radicales, declaró: Mi familia se reduce a mi mujer y una jumenta. Para alimento de ella y mis agencias mantengo a mi mujer.

     Tales modos de hablar no dejan mucho margen para dudar del papel que tenía reservado el convenio matrimonial entre los trabajadores del campo que se hacían cargo de las explotaciones marginales. Los comprometidos con pequeñas explotaciones confiarían sus recursos humanos a los proveídos por el matrimonio y su descendencia directa. Sería esta razón la que entre ellos habría impuesto la familia nuclear, absolutamente, supervivieran o no los dos cónyuges. Era más probable que ambos permanecieran vivos, aunque el matrimonio sin hijos era el más frecuente, en una proporción muy próxima a la cuarta parte. A la familia nuclear sin descendientes le seguían, en el orden de las frecuencias, el matrimonio con un hijo, el matrimonio con dos y el matrimonio con tres, que representaban proporciones muy próximas entre sí, algo por debajo de la quinta parte para cada una de las tres posibilidades. Luego la práctica totalidad de los recursos humanos de las familias campesinas estaban restringidos a estos límites. Las demás que conservaran sus progenitores, el matrimonio con cuatro hijos, el matrimonio con cinco hijos y, sobre todo, el matrimonio con siete hijos, eran hechos excepcionales. Las familias nucleares truncadas por la muerte de uno de los cónyuges, que eran la fracción restante, en torno a la décima parte del total, reproducían, descontada su carencia, el patrón dominante. Era más común la viuda o viudo, mitad por mitad, con un hijo, y de cerca, por orden de importancia, seguían la viuda o, con más frecuencia, viudo con dos hijos y el viudo sin hijos. Era excepcional el viudo con cuatro hijos.

     De estos hechos, positivamente informados por las declaraciones, se sigue que toda la esperanza de obtener la energía humana que se pudiera invertir en una de aquellas modestas empresas a su vez dependería inmediatamente de la fecundidad de la pareja, por su parte efecto, antes que de cualquier otro factor, de la edad de los cónyuges.

     Es posible conocer con datos suficientes la del hombre, ateniéndose a las condiciones bajo las cuales ha sido analizada en una entrega anterior (El riesgo de ser campesino). Pero la que tenía la mujer no se puede documentar de manera similar, dado su papel secundario en la formación de las empresas de las que se trata. Aceptando por supuesto que el matrimonio ocurría dentro de los límites de la fecundidad, porque de lo contrario carecería de sentido para quienes pensaban en los términos deducidos, para aproximarse a su potencia el recurso que permite la fuente es la sintonía entre la edad de los dos cónyuges.

     Solo está declarada en veintiocho ocasiones, y su registro puede estar contaminado por los habituales defectos de las antiguas declaraciones de edades. Tan limitado número de casos apenas permite entrever las raíces biológicas que pudieron alimentar la fundación de la sociedad matrimonial de los trabajadores del campo esporádicos campesinos. Pero consiente plantear en términos razonables el problema. Los datos que se obtienen a partir de aquellas pocas declaraciones, suministrados por los responsables de cada familia, permiten al menos detectar los proyectos de inversión de la fuerza natural que podían decidir el futuro de tan comprometidos matrimonios.

     Un mayor compañerismo matrimonial, o mayor proximidad de la edad entre los casados, significaría primero un reparto solidario del peso biológico que había recaído sobre la entente. Es cierto que la que decidía era la edad de la mujer. Pero igualmente el mayor vigor masculino, y por tanto el mayor aprovechamiento posible de toda la fertilidad, correspondería a su mayor potencia, igualmente razón del tiempo de su vida que hubiera transcurrido. Por tanto, la mayor proximidad entre ambas edades permitiría el óptimo de fecundidad por ajuste a los recursos biológicos hábiles. Al contrario, la mayor distancia entre ambos cursos vitales, fuese el femenino el que se hubiera adelantado al masculino o viceversa, incrementaría la amenaza de quebrar la duración del matrimonio, y sus beneficios fecundos, por efecto de la mortalidad.

     Aunque los valores positivos, obtenidos restando a la edad del varón la de la mujer indican una apuesta a favor de la fecundidad femenina, los frágiles datos insinúan que el compañerismo se imponía. El valor tipo de la diferencia es poco más de tres años, y la dispersión de los casos es igualmente indicativa de que se prefería la afinidad de las edades. Las cuatro quintas partes estaban comprendidos entre los cero y los seis años. Cualquier otra distancia, la mitad positiva, la otra mitad negativa, era singular.

     Sin embargo, si bien estos indicios permiten pensar que los obstáculos impuestos por la sintonía entre los sexos no podían ser muy altos, por desgracia, para quienes se aventuraban en aquella clase de empresas, alcanzar una descendencia que suministrara alta cantidad de energía humana era una aspiración severamente restringida. La escueta energía humana invertible en el compromiso empresarial esporádico la expresa con precisión el tamaño alcanzado por cada familia, tal como ha quedado expuesto. No se pude decir que su formación no se hiciera con la esperanza en el éxito del proyecto. Casi dos tercios de la descendencia de los matrimonios que es posible conocer, los que sumaban los que tenían entre uno y tres hijos, demuestran positivamente el deseo de obtener descendencia del matrimonio. Y del otro tercio, o poco menos, el que sumaban los que no tenían hijos, no se puede afirmar que al menos en una parte no orientaran la regulación de su fecundidad en la misma dirección. Pero los resultados vivos remiten a una alta mortalidad infantil, y por tanto al reducido tamaño de la descendencia superviviente que se puede observar. La inversión de la capacidad biológica en la descendencia con aptitud para contribuir con su fuerza al sostén de la sociedad familiar, completado el plazo de la crianza, era defraudada por el riguroso comportamiento de la mortalidad.

     Tal vez las esperanzas, o quizás el mayor éxito, estaban concentradas en la edad del mayor de sus descendientes masculinos. Así lo insinúa el esfuerzo por referirse a ellos, que a veces se extiende hasta la especificación de la edad de los dos primeros. En tales aclaraciones estaría inscrita una noción, probablemente resultado de una idea gregaria, sobre la edad a partir de la cual los varones habidos empezarían a ser útiles, realmente productivos, para las familias interesadas en las pequeñas explotaciones. Se pueden interpretar como la expresión de la conciencia creada sobre las edades en las que, teniendo ya capacidad para ser útiles, los descendientes aún no se habían emancipado, y por tanto estaban en condiciones de contribuir al trabajo que consumía la pequeña empresa sostenida por la familia.

     De ser ciertos estos supuestos, la edad de la emancipación revelaría el umbral biológico a partir del cual se había alcanzado la posibilidad de aprovechar el trabajo de la descendencia. Aunque se mencionan casos desde los 12 años, y para los sucesivos 14, 15 y 16, creo que la frecuencia de las menciones permite suponer que eran los 17 años la edad que las familias campesinas estaban dispuestas a admitir como apta para desempeñar con plena capacidad los trabajos que eran necesarios en una explotación con las características de las que analizamos. Para otros, tal vez fueran los 18 años, pero a partir de los 19 esa conciencia decaía, no obstante lo cual algunos estaban dispuestos a retrasar la edad de emancipación, gracias a que se hubiera adquirido la plenitud, hasta los 22. Por encima de esa edad nadie hizo mención alguna de descendientes vivos que convivieran con sus progenitores.

     Las edades de los hijos de viudo o viuda que se mantenían viviendo con su padre o con su madre podrían por tanto ser una prueba en el mismo sentido y de signo contrario. Aquellos descendientes se pueden interpretar como hombres que habían sobrepasado la frontera de la emancipación, porque ya usaban la fuerza que les permitiría sostenerse por cuenta propia, y sin embargo permanecían sujetos al hogar paterno a consecuencia  de las obligaciones familiares que habían aceptado, obra fatal de la muerte. Serían hijos sobrepasados los que convivían con viudos o viudas teniendo 19, 22, 23, 28 y hasta 40 años.

     Todo parece indicar que la familia de los trabajadores del campo con posibilidades de disponer de su pequeña explotación, cualquiera que fuera el estado de su evolución, era una célula biológica del tipo más elemental, la de menores costos posibles, concentrada en garantizar la fecundidad. Estando sus iniciativas económicas destinadas al producto de cereales, y siendo cada familia el medio social mínimo de la demanda de aquel bien, el tamaño de las familias sería el de su consumo al tiempo que el de la generación de sus recursos laborales. Fundadas por principio como sociedades, en los asuntos biológicos se comportarían como células destinadas a la creación y el reparto de bienes. Su medio natural sería el hogar, donde convergerían y serían distribuidas las energías que cada una generase.


Último deseo

Epaminondas Álvarez

Examinó con atención la carta, en presencia del maître, y antes de que hubiera pasado un minuto habló. «De entrada tomaré la ensalada de confit de pato, naranja y granada.´´ «Una atractiva propuesta. La mezcla de las frutas y la carne de pato confitada, sobre un fondo de roquette y aderezado con una suave salsa a base de vinagre de manzana, resulta deliciosa.´´ «También este assorti de paté de perdiz, foie de pato trufado y paté de foie con setas.´´ « Correcto. El foie de pato trufado tiene una entrada potente en paladar y una permanencia suave en boca. Y el paté de foie con setas, un sabor exquisito y puro, sin la menor alteración gustativa ni aromática, algo no menos estimable para un paladar exigente.´´ «¿Tienen pudding de cabracho?´´ «Excelente.´´ «¿Y angulas?´´ «Desde luego.´´ «¿Y percebes?´´ «Traídos esta misma mañana.´´ «De acuerdo. ¿Qué carne me recomienda?´´

     Atraído por el movimiento de aquellos labios seductores, mantenía concentrada su mirada en el rostro del que fluían las palabras más colmadas. «Nuestra especialidad es la carne de vacuno. La preferimos tanto por su textura como por su olor.´´ Y el maître, a la vista del efecto que estaba obteniendo su melodía, lo agasajó con su bien sabida lección. «La textura o carnosidad es obra de la configuración de sus fibras musculares. Su calmante aroma, tan característico, se debe a su tejido graso, algo realmente excepcional en los mejores cortes, dando por supuesto que nuestra carne magra solo contiene un tres por ciento de grasas. La confluencia de todas estas condiciones es la que crea la insuperable sensación que convencionalmente llamamos sabor, y un mayor marmoleado, o infiltración de grasa, en los tejidos musculares no es en sentido estricto algo que favorezca una mayor calidad de la carne.´´

     Sus ojos, rendidos a las explicaciones, se le salían de las órbitas, mientras que el deferente servidor, crecido, iba desplegando sus saberes. «No obstante, los gustos oscilan. Si se acepta la nomenclatura establecida en 1927, para referirse a los estándares de calidad de la carne de bovino según su infiltración de grasa, por iniciativa del United States Department of Agriculture, las clases más valiosas del vacuno de mesa serían, de mayor a menor calidad, la prime, que es la que contiene entre diez y trece por ciento de grasa, la choice, con una proporción comprendida entre el cuatro y el diez por ciento, y la select, que es la que solo tiene entre el dos y el cuatro. Ninguna de las demás que la misma nomenclatura reconoce (standard, commercial, utility, cutter y canner), porque a lo sumo solo contienen trazas o hilos de grasa, se consideran culinariamente relevantes. Sin embargo, en Japón sorprendentemente prefieren una infiltración de grasas mayor que las comercializadas habitualmente a un lado y otro del Atlántico. Contando a partir de las proporciones, clasifican sus carnes del cinco al uno. La calificación cinco expresa la mayor densidad de las vetas y uno la menor. La mayoría de las carnes que se evalúan con esta escala poseen al menos dos grados más de infiltración que las de más alta graduación de los Estados Unidos, la USDA prime.´´ «El exceso de grasa de las carnes del Japón, edén del minimalismo, donde con un puñado de arroz hacen un almuerzo, con un papel, un tabique, con un nicho, una habitación de hotel, no me convence´´, replicó por primera vez. «Que admitan para sus productos esos valores tiene su explicación. El vacuno selecto japonés proporciona una carne rigurosamente sana porque posee un elevado porcentaje de ácidos grasos insaturados y polinsaturados, tales como el ácido oleico, linoleico o linoleico conjugado, cualquiera de los cuales ayuda a prevenir las enfermedades más perniciosas.´´ «Me hace usted dudar.´´

     Recuperada su ventaja, reanudó el maître el despliegue de su artillería, prevista para rendir las posiciones de los más irreductibles. «Disponemos de cualquier rango de vacuno que dese. Podemos servirle ternera blanca o lechal, el producto exquisito de un animal sacrificado antes de cumplir los ocho meses, y que ha sido alimentado exclusivamente con leche materna. Su carne tiene un atractivo color rosáceo, es fácil de digerir, muy tierna y jugosa, y nuestra cocina la elabora en casi nada de tiempo.´´ «No. Alguien podría pensar que induzco al infanticidio, severamente perseguido por el sanguinario Tiberio.´´ «También tenemos a su disposición ternera, tanto macho como hembra. Cualquiera de los cortes que de este origen guarde nuestra despensa ha vivido entre un mínimo de ocho meses y un máximo de doce. Su carne es de sabor suave, y de características similares a la lechal. Fundamentalmente, tiene poca grasa y menos calorías que las de mayor edad, aunque su contenido en agua, es necesario reconocerlo, es relativamente grande.´´ «Suena muy apetitosa. Pero tal vez parezca que le hinco el diente a criaturas demasiado jóvenes.´´ «Si lo desea, podemos prepararle añojo, asimismo macho o hembra. Es verdad que la carne del añojo tiene un sabor algo más intenso. Su masa contiene algo más de grasa, pero aún resulta tierna porque los ejemplares que nos proporcionan los cortes han vivido nada más que entre doce y veinticuatro meses.´´ «Eso suena a trato con adolescentes. Entre mis compañeros, hay quienes lo consideran detestable, hasta aborrecible.´´ «No crea. En Italia, desde hace siglos, sus más expertos comensales siempre han preferido la carne de animales jóvenes, sacrificados entre dieciséis y dieciocho meses.´´ «Oscuras costumbres italianas.´´ «Bien. Si prefiere una carne de color aún más intenso y más sabrosa, aunque tal vez menos tierna que las anteriores, lo que desde luego obligaría a nuestra cocina a una elaboración algo más prolongada, en el novillo, igualmente tanto macho como hembra, cuya edad está comprendida entre los veinticuatro y los cuarenta y ocho meses, tiene la primera posibilidad. También puede optar por nuestro peculiar cebón, un macho que ha sido castrado sin haber cumplido los cuarenta y ocho meses. Es una oferta poco corriente que sin embargo tiene serias ventajas. En esta clase de animales gusto, grasa y textura están muy equilibrados. El resultado es tan sabroso como atractivo su color intenso.´´ «¿No resultará algo arriesgado?´´ «Al contrario. En Gran Bretaña, y aquí mismo, tradicionalmente se han consumido animales a un tiempo jóvenes y de varios años de edad. Siempre hemos creído que un animal de menos de veinticuatro meses es insípido y que el mejor sabor se obtiene de piezas de más de treinta y seis. La costumbre más extendida en Japón es similar. Allí el mejor vacuno se mata entre los veinticuatro y los treinta meses. Incluso después de la epidemia de encefalopatía espongiforme bovina, un contagio que estuvo a punto de acabar con todos nosotros, la política higiénica de occidente redundó en este segmento de edades. A partir de aquellos tristes hechos se extendió por toda Europa la exigencia de que el vacuno fuera sacrificado antes de los treinta y seis meses.´´ «Por fortuna, aquella epidemia es pasado, y se han recuperado los antiguos hábitos, incluso en un grado que tal vez sea excesivo.´´ «Desde luego.´´

     Los esfuerzos del maître por detectar el flanco vulnerable de quien parecía seguro de sus decisiones cargaba con algo de vulgaridad la situación. Pero el buen hombre persistía en el cumplimiento de sus obligaciones. «Si prefiere vacuno mayor, podemos ofrecerle hasta tres posibilidades: el buey, musculado macho castrado que ha vivido más de cuarenta y ocho meses; la vaca, hembra también de más de cuarenta y ocho meses; y sobre todo el potente toro, portento de macho entero con la misma edad. Cualquiera de ellos acumula en sus tejidos una cantidad de grasa mayor que la de todos los ejemplares más jóvenes, pero también más sabor, más color y sobre todo un aroma insuperable. Asimismo, su contenido en proteínas es el más alto. Cualquiera de estas carnes solo tiene el inconveniente de que puede resultar algo más dura que las otras, y que por tanto necesita más tiempo de preparación.´´ «Suena bastante mejor. Sí, definitivamente, buey.´´ «Por supuesto.´´

     Tomaba aún nota nuestro sugestivo amigo cuando le propuso: «Estaría bien probar la carne del país.´´ «Nuestra despensa no solo cuenta con carne local. Cualquiera de las tierras que hayan dedicado atención a las razas de mesa ha obtenido carnes de excelente calidad, y ninguna la ignoramos. Desde luego tenemos Charolais y Limousin. Pero también son exquisitas nuestras inglesas Shorthotn y Hereford, de fibra muy compacta y con grasa en la proporción justa, o la Amberdeen Angus escocesa, igualmente incluida en nuestra carta. Y de Italia importamos la Chianina. De Estados Unidos traemos su Hereford, así como su Black Angus. Allí, para obtener de ellas el mejor producto castran los machos cuando aún son terneros, y sacrifican las vaquillas de entre quince y veinticuatro meses que nunca hayan parido. En cuanto a la calidad de la carne de vacuno japonesa, sin que por esto deje de respetar su opinión, creo que es mi deber recordarle que hoy en día cuenta con reconocimiento mundial. Es muy apreciada su Shimofuri, carne muy veteada que tiene todas las ventajosas infiltraciones de grasa de su vacuno. La Tajima Wagyu, acrónimo de wa, Japón, y gyu, ganado, una raza probablemente originaria de la actual Turquía, de donde emigraría en torno al siglo segundo de nuestra era, es la más demandada entre nuestros comensales más exigentes porque es ideal para los tradicionales sukiyaki y shabushabu. Sus mejores ejemplares se crían en la región de Hyogo, cuya capital es Kobe.´´

     De nuevo decidió tomarse tiempo. Observando su actitud, tuve que admtir que tal vez su fruición alcanzaba los niveles más altos gracias a la acción combinada y simultánea de oído y gusto. ¿Sería posible que hubiera llegado a ser un comensal solo de oídas? «No es fácil decidirse por una.´´ «Todo depende del corte que prefiera. Nosotros, para la mesa, nos limitamos a los más apreciados, sin que por eso despreciemos ninguno. Cualquiera de ellos puede conservar sus excelentes propiedades, si es tratado de la manera adecuada. Hasta de los menos cualificados, que destinamos a meditadas elaboraciones, a nuestros clientes les proporcionamos sus excelentes efectos. El solomillo es nuestra joya, una pieza de gran ternura, que no tiene nervios y apenas grasa. Lo destinamos a preparaciones simples que no distraigan su calidad. A lo sumo, lo servimos acompañado con salsas sutiles. También resulta excelente en nuestras preparaciones en crudo, como el tartare y los carpaccios, aunque sus mejores cortes, en mi opinión, son el chateaubriand, el tournedó y el filet mignon. Del lomo alto extraemos el entrecôte, la porción carnosa que se aloja entre las costillas, que podemos presentarlo con hueso o no, según guste. También sacamos el roast-beef, al que solemos dejar una capa de grasa para cocinarlo como se merece. Al primero le aplicamos las brasas y al segundo el horno, y a cualquiera de los dos elaboraciones muy controladas para evitar que se sequen. También exige mucha atención la preparación de las piezas que se extraen del lomo, todas de primera calidad, de donde sacamos el entrecôte genuino. De la cadera es nuestro rumpsteak, filete muy recomendable. Asado moderadamente, da un producto muy tierno, aunque su aspecto sea menos lucido que el de otros cortes. Las tranches de babilla, también de excelente calidad por su ternura, son un buen sucedáneo del solomillo, aunque sin alcanzar idéntico nivel, lo que por otra parte las hace más asequibles. En cualquier caso, las preparaciones que con ellas podemos ofrecerles son las mismas que elaboramos con el solomillo. Nuestro beefsteak, extraído de la tapa, aunque puede resultar algo seco, tratado a la milanesa es muy aceptable. Con la contratapa preparamos también filetes a la plancha, buenos asados y guisos del tipo fricandeau, una suculenta olla muy recomendable cuando hay que convivir con las bajas temperaturas. El redondo lo ofrecemos braseado con verduras.´´

     El encargado del comedor se movía tras ellos cambiando cubiertos, corrigiendo la posición de los platos, seducido por lo que oía. Apenas daba indicaciones con un giro de ojos a quienes con delantal blanco, que replicaba al del encargado, con el intercambio de sus miradas y su ajetreo complicaban aún más las explicaciones. «Si prefiere descender a las carnes de segunda, podemos servirle  espaldilla, aguja o morcillo. El aspecto de la espaldilla no es muy atractivo, pero cortada a dados nos presta buenos servicios en la elaboración de exquisitos ragoûts y guisos, aunque nada impide que recurramos a ella para un razonable beefsteak de mediana calidad. La presencia de la aguja tampoco es la mejor, pero su parte superior la utilizamos tanto para freír como para guisar. En cuanto al codillo, morcillo o jarrete, estamos convencidos de que sería necesario modificar la opinión que sobre él se ha naturalizado. Proporciona una carne muy gelatinosa, muy recomendable para elaborar caldos densos, poderosamente proteínicos, a la vez que sabrosos. Para hacerse una buena idea de su calidad, basta mencionar que nuestro renombrado ossobuco lo obtenemos de esta pieza.´´

     De su actitud resignada, algo reflexiva, porque a cada tanto bajaba la mirada y jugaba con los cubiertos y la servilleta, podía deducirse que aquellas recomendaciones no estaban obteniendo de él la mejor respuesta, mientras que el maître, visiblemente, se fatigaba. «Las carnes de tercera, en modo alguno despreciables, también nos prestan excelentes servicios. La falda la destinamos a hacer rollitos y rellenarla o a picarla, pero igualmente podemos preparar con ella hamburguesas y aleta al horno con excelentes rellenos, el más apreciado de los cuales es el de quesos, cuyas variedades podría elegir. El pescuezo, carne entreverada de grasa, nos sirve para picar y elaborar mezclas con otras carnes y obtener nuestras exquisitas albóndigas. El pecho lo empleamos en la elaboración de cocidos y caldos, y el rabo es una pieza de enormes posibilidades, aún no del todo exploradas. Desde luego es insustituible para el guiso que regularmente se conoce como rabo de buey, pero sus resultados son sorprendentes en la elaboración de nuestra famosa oxtail soup y nuestros cocidos. El morro es el aliado perfecto para guisar suculentos callos y toda clase de preparaciones de casquería, y la contribución de la pata es insuperable cuando se trata de preparar fondos de salsa gelatinosos.´´

     Agotado su repertorio, el maître se mantuvo expectante, ante lo cual de nuevo se tomó algún tiempo antes de darle alguna indicación. «Es difícil decidirse.´´ «Desde luego, lo fundamental es la preparación por la que se opte.´´ «¿Qué me recomienda?´´ «Sin duda, la mejor manera de saborear el buey es evitar la manipulación excesiva.´´ «¿Brasa?´´ «Perfecto, aunque la elaboración de las carnes a la brasa exige paciencia, distancia y tiempo. La preparación que se atiene con disciplina a estos principios, porque ningún otro procedimiento requiere tanta experiencia ni tanto sentido culinario, es la correcta y marca la diferencia. Para conseguir un resultado que esté a la altura, elegir acertadamente la pieza que se desea disfrutar es lo más importante. Con un corte de segunda o tercera no se pueden pretender ni los mejores sabores ni las mejores texturas. Pero, aun así, perdóneme si insisto en ello, en mi opinión su contenido en grasa es lo primordial. Contribuye de manera decisiva a que el producto quede suave y jugoso. La grasa se derrite en el transcurso de la preparación al calor de las brasas y da como resultado una textura muy suave. Creo que el corte de carne de vacuno ideal para llegar tan lejos, trabajando en la brasa, es sin ninguna duda el entrecôte.´´ «De cuál sea el corte elegido dependen también la temperatura necesaria para preparar la carne y el tiempo que hay que invertir´´, se creció, definitivamente excitado a consecuencia de la batería de estímulos que había recibido, y añadió: «Unos cortes necesitan temperatura alta por poco tiempo, otros exigen temperatura más baja pero durante más tiempo, otros, menos calor, así como no demorarse demasiado cuando se procesan.´´ «También es importante que la pieza tenga un grosor regular, para que se haga de manera uniforme. Creo que nunca debe ser inferior a dos centímetros y medio. Un corte más fino pondría a la carne en el peligro de hacerse de manera imprevista más de lo debido.´´ «No es inexcusable, aunque comprendo su punto de vista. Lo imprescindible es que la fuente de calor sea elegida y preparada con cuidado, porque el poder calorífico de cada combustible varía, y por tanto el tiempo de cada elaboración. He comido en asadores que se deciden por la leña, por ramas sin más cortes que los inevitables, o incluso por sarmientos. Es verdad que cualquiera de ellos da resultados aromáticos a discreción, variables según las preferencias. Pero, además de que, si el combustible elegido desprende un aroma muy poderoso, puede enmascarar el de la carne, que es el primordial, leña y ramas tienen el inconveniente de que exigen su puesta a punto fuera del fogón, un trabajo paralelo que divierte la atención del cocinero, quien debe evitar la vivacidad que estas llamas espontáneamente provocan, lo que podría chamuscar la carne y precipitar su acabado antes de que hubiera alcanzado el punto deseado.´´ «Por eso en nuestra casa hemos decidido que el carbón vegetal, cuyos aromas ha moderado el paso del tiempo, envolviéndolo con otro inconfundible que remite al fuego, es lo más seguro. Permite situar la parrilla a una distancia regular, nunca demasiado cerca de la fuente de calor, y sus brasas duran mucho, y además mantienen una potencia constante. Como, por otra parte, estamos convencidos de que tan importante como el braseado es el ahumado, para completar los aromas que inevitablemente se adhieren a la carne basta con recurrir a un toque evocador del lugar donde pacieron los animales que proporcionan el placer al comensal. En los laterales de la parrilla, mientras se están haciendo las presas, dispersamos ramitas de romero y tomillo.´´ «Ojo que para que pueda ser posada en la parrilla sin riesgo, la carne debe estar expuesta a la temperatura ambiente al menos desde una hora antes de que las brasas sean encendidas; nunca exponerla a su calor recién sacada de la cámara de conservación, en la que ninguna debe permanecer más allá de un par de semanas. Además, una vez encendidas las brasas, mientras van adquiriendo el estado conveniente, y antes de que alcancen toda la potencia prevista, los responsables de manipular las piezas de carne deben mantenerlas cerca de las parrillas durante un tiempo, para que vayan sudando, sin exponerlas aún a la acción directa del fuego. Y todavía, antes de posar la carne frente al carbón, debe ser engrasada la parrilla con aceite de oliva o mantequilla derretida, para evitar que la carne se adhiera al metal y pueda desgarrarse al darle la vuelta o al retirarla, lo que provocaría al menos una pérdida parcial de sus jugos. Debe embadurnarse la parrilla con cuidado, teniendo precaución de que no caiga aceite sobre el carbón, porque este accidente podría incrementar el poder de las brasas hasta ponerlo fuera de control. Para evitar este riesgo puede ser suficiente con engrasar la parrilla con un papel de cocina untado con aceite.´´ «Que el momento de colocar las piezas sobre la parrilla ha llegado lo indica el aspecto de las brasas, aunque reconozco que los juicios sobre cuál es el más adecuado pueden divergir.´´ «Para unos, ha llegado cuando están muy vivas, prácticamente ardientes, mientras que otros creen que lo correcto es aguardar a que estén ya maduras, blanquecinas o grisáceas.´´ «En realidad, la disparidad deriva de la gama de acabados que se ofrezcan al cliente.´´ «Las carnes poco transformadas obviamente no necesitan altas temperaturas, mientras que las más hechas son consecuencia directa de la exposición a más calor.´´ «Para lograr un resultado jugoso, al mismo tiempo que marcado por fuera, el proceso debe desarrollarse completo manteniendo el fuego muy vivo, para que la carne prenda muy rápidamente, tome color y pronto se ponga crujiente por ambos lados. La exposición al calor intenso de las brasas sella la superficie de la carne que lo recibe directamente, no da tiempo a que toda se caliente y mantiene los jugos entre sus fibras. Solo procediendo de esta manera se puede obtener un acabado blue rare.´´ «No, mi paladar prefiere el otro criterio. Permite trabajar con una temperatura no demasiado alta pero durante más tiempo, lo que habilita una moderación del calor más controlada.´´ «Para responder a cualquiera de las posibilidades, basta con esforzarse en mantener dos temperaturas dentro de la parrilla; en un lado, alta y en otro, media. Estamos convencidos que actuar de otro modo, a poco que se incurriera en un error de cálculo, provocaría que la carne se reblandeciera y apareciera la fibra, razones ambas que contribuirían a un producto final muy poco recomendable.´´ «Yo lo veo de otra manera. Como, una vez colocadas las piezas en la parrilla sobre un fogón a cierta temperatura, modifica el resultado que se obtenga el tiempo que se expongan a su calor, la cocina más bien debe esforzarse por controlar el transcurso de los minutos que el proceso consume, que nunca tienen que ser muchos. Todo el que se juzga necesario para poder garantizar un buen resultado puede caber en el que emplee en acabar con los entrantes. Debe ser suficiente para dejar que las piezas se hagan tranquila, lentamente, hasta que alcancen el punto adecuado, que la carne no se queme demasiado por fuera y esté hecha en el centro.´´ «Para un beefsteak delgado puede bastar con un minuto por cada lado, si se quiere muy poco hecho. Si se prefiere hecho, el máximo debe ser tres minutos por una y otra cara, mientras que en dos minutos se obtiene el punto saignat, muy solicitado por nuestros más expertos degustadores del mejor vacuno.´´ «Las piezas de mayor grosor necesitan más tiempo. Para obtener con ellas el mejor resultado, una vez que la carne haya prendido por un lado basta con esforzarse en garantizar que la acción del fuego permanezca estable, para que la carne tome temperatura por dentro. De lo contrario, resultaría un hermoso trozo de carne carbonizada y a la vez casi crudo. A lo largo de todo el proceso, mientras se está haciendo la carne, para regular el orden de la elaboración el cocinero debe permanecer atento a la parrilla, y en las zonas con menos calor, más alejadas de las brasas, ir colocando las piezas siguientes. Las que estén expuestas a su acción no debe tocarlas, ni darles vueltas continuamente. Solamente debe girarlas cuando por la primera cara hayan alcanzado el punto pretendido. Y para manipularlas, en vez de instrumento puntiagudo alguno, porque cualquier orificio en su masa puede provocar pérdidas de sus jugos, tendrá que utilizar pinzas y espátulas. Para que la carne quede jugosa una vez hecha, al retirarla del fuego, por último debe dejarla reposar, como mínimo entre cuatro y cinco minutos. De este modo todos los jugos de nuevo se distribuirán por la pieza y quedará esponjosa y suave. Y no debe cortarla de ninguna manera, porque también en ese caso todo el jugo se saldría.´´ «Correcto, así lo haremos, aunque hay quienes piden que en el transcurso del proceso de preparación la pieza sea salada, una vez que ha prendido por uno de los lados, que le den la vuelta y la salen por encima, y luego procedan de la misma manera por el otro.´´

      Aquella réplica puso al descubierto que su interlocutor estaba rendido, y le proporcionó la certeza de que había ganado la partida. Fue suficiente para que a partir de aquel momento se concediera un creciente tono exaltado. «Creo que al poner la carne en la parrilla nunca debe sazonarse con sal. Si no se comete esta imprudencia, se contribuye a que las carnes conserven sus esencias y queden más sabrosas y crujientes, y a que cada comensal ajuste el sabor de su pieza a su gusto, una vez servidas.´´ «En la mesa podrá disponer de escamas de sal de Maldon, pimienta negra, que puede moler en el momento, ajo en polvo y hierbas aromáticas. También le ofrecemos la posibilidad de obtener un sabor extra proporcionándole aceites de oliva con romero, con tomillo o con ajo.´´ «No, de ningún modo. Para disfrutar del sabor de una carne de buena calidad, es suficiente con sazonarla con algo de sal un instante antes de morderla, para potenciar su sabor, y a lo sumo con un poco de pimienta.´´ «No obstante, con el juego de posibilidades que ponemos a su disposición, además de la degustación de la carne en estado puro, si lo desea puede disfrutarla con distintos sabores, incluso en cada bocado.´´ «Riesgos innecesarios. Si se incurre en excesos al sazonarla, el efecto negativo puede alcanzar hasta el olor. Por lo que a los aromas se refiere, porque complementan el gusto, es suficiente el que debe ser protagonista, producto de la combustión de las grasas, y los que añade el carbón durante el braseado.´´ Definitivamente, se sentía dueño de la situación.

     «¿Y la plancha?´´ «De ningún modo. La plancha prescinde de las mejores posibilidades solo con el propósito de sacar todo el partido a cualquier corte.´´ «No hay procedimiento que no tenga ventaja. Además, últimamente hemos introducido una tercera modalidad, completar la elaboración con la variante que se llama a la piedra.´´ «Me parece la consecuencia de una dudosa aplicación del principio democrático. Sus autores pretenden fomentar la participación en el proceso de las carnes de quienes las disfrutan, así como conceder un mayor margen de libertad al gusto del cliente. Yo prefiero otorgarle todo el protagonismo al chef, el insustituible experto en toda clase de preparaciones culinarias, concederle toda mi confianza. Definitivamente, entrecot de buey charolais.  A la brasa.´´

     El silencio que durante unos segundos mantuvo le sirvió para verificar que el maître, a pesar de toda su ciencia culinaria, finalmente estaba a sus órdenes. «¿Alguna guarnición?´´, le preguntó resignado. «Patatas fritas.´´ «¡¿Patatas fritas?!´´ «Sí, por favor, patatas fritas.´´ Encajado el golpe, enseguida recuperó la compostura. «Bien ¿Qué vino tomará?´´ «¿Qué me recomienda?´´ «¿Cuáles son sus preferencias?´´ «¿Burdeos?´´ «Excelente para la carne”, comentó, no sin cierta frialdad. «Inmejorable un Magnum de Petrus. De Pomerol.´´

     “Dio cuenta de la ensalada y los patés, que trasegó ayudado por reiteradas cervezas, doradas y enturbiadoras como un aura. Después, le sirvieron una fuente con angulas y percebes. Fueron suficientes para que llegara en su punto el plato estrella, el entrecot de buey charolais, que fue pasando con cortos sorbos de burdeos.

     Aún no había terminado su taco de carne cuando de nuevo llamó al maître. «Tomaré para postre brownie al aroma de menta.´´ «Adulto y refrescante. La hojita de menta crece en nuestro huerto de forma espontánea. Una delicia, estos brownies, créame, y aún más deliciosos si se toman acompañados de un té o un café. Si lo prefiere, se los podemos servir como petits-fours.´´ «¿Petits-fours?´´ «Los petits-fours son nuestras especiales preparaciones de repostería. Tienen un tamaño ideal para comerlos de un bocado. Los tenemos frescos, los clásicos, miniaturas de pasteles, creaciones sumamente tentadoras. Nuestra especialidad son los de pasta choux.´´ «¿Pasta choux?´´ «Sí, pasta choux. Es una de las elaboraciones de las que nos enorgullecemos. Tiene muchísimas aplicaciones, sea en postres sencillos o complicados, en recetas dulces o en las saladas. Es muy versátil. Combina agua, harina, mantequilla, huevo, sal y azúcar. El único cuidado que exige su preparación es que la mantequilla, que debe ser de leche de vaca, siempre en nuestro caso vaca local, ordeñada con el tacto que exige el correcto manejo de las ubres con ambas manos a la vez, ha de ser cortada en trozos, y de esa manera, sin fundir, agregarla al resto de los ingredientes.´´ «Admirable.´´ El maître empezaba a recuperar parte de su ánimo. «También tenemos petits-fours blandos glaseados de diferentes formas; con chocolate, fondant, cremas pasteleras, almendras o emborrachados. Pero todos nuestros petits-fours blandos están compuestos con una base de almendra o avellana y bizcocho esponjoso. El más exquisito, a juzgar por las preferencias de nuestros clientes, es el financier.´´ «¿Financier?´´ «Así es. Dicen que hace años se le llamó de este modo porque no mancha las manos.´´ «No me diga…´´ «Tal como lo oye.´´ «Todo un hallazgo.´´ «Si lo prefiere, nuestros petits-fours salados están hechos con masas hojaldradas, y los cubrimos o rellenamos con ingredientes como foie, jamón, queso, semillas de amapola o salmón.´´ «No parece lo más apropiado para postre.´´ «Bueno, también podemos ofrecerle los petits-fours secos. Son galletas pensadas para acompañar cualquier clase de crema, sean heladas o no, y sobre todo los sorbetes.´´ «Ah, sorbetes. Excelente idea. Y en cuanto a lo demás, probaré las especialidades de la casa.´´ «Correcto. Si se opta por agregarle un postre al plato principal, es imprescindible un sorbete. El que voy a sugerirle lo agradecerá.´´ «¿Que es?´´ «Sorbete de limón y champagne. Es un cóctel que ayuda a la digestión y que tiene un sabor extraordinario. Lo servimos en cada copa con un poco de ralladura de limón para darle un buen aroma, más unas hojas de nuestra menta para decorar.´´ Tras comprobar la hora, creí que había llegado el momento de recordarles que para las cinco estaba prevista la ejecución.


El arca de Noé

Venancio Gautier

Era Noé aficionado a coleccionar pájaros, excéntrico pasatiempo de cuya popularidad aún nadie ha dado una buena explicación. Unos creen que es la rara habilidad para crear sonidos fuera del alcance del hombre, que algunas especies tienen, lo que suscita admiración y seduce a ciertas personas, como el canto de las sirenas. Otros, sin embargo, opinan que es la posibilidad de volar, que siempre ha tentado al hombre y lo ha convertido en víctima de un deseo que nunca ha terminado de satisfacer. Por mi parte, creo que es una melancólica manera de ver el mundo. Los trinos de los pájaros emiten recuerdos, tal como el eco devuelve voces. Aunque a mi criterio, en este caso, no se le debe conceder demasiada atención. Para toda esta historia no soy más que un observador distante que habla a partir de lo que otros hablaron, y que no posee más testimonios sobre los hechos de la vida de Noé que algunas leyendas, aventuradas por personas que en su opinión, que ellas mismas avalan, son merecedoras de crédito.

     Tenía Noé una extraña manera de seleccionar sus pájaros. Los elegía por sus nombres. No le importaba que fueran conocidos o raros, que fueran la consecuencia de una onomatopeya o que los hubieran compuesto con poco ingenio. Solo las denominaciones vulgares o malsonantes no entraban en el campo de su interés. Le satisfacía ver palabras de otros significados transformados en pájaros, y pensaba que como todas las maneras de hacer nombres les habían sido aplicadas todo lo que en el mundo puede existir estaba representado por ellos. La modestia y la sencillez eran virtudes de su agrado y en los pájaros que podían considerarse bajo la jurisdicción de alguna de ellas con complacencia las veía inmortalizadas. Filomela, chercán, cañamero eran pájaros que de antemano contaban con su favor, y con la misma complacencia coleccionaba cardelinas, lúganos y copetones, mientras que a través de selectos contactos repartidos por todas las latitudes mantenía abierta la más elocuente correspondencia sobre orioles, turpiales y malvises. Había extendido su afición hasta las aves, porque era de los que pensaba, probablemente con acierto, que en realidad la frontera entre pájaros y aves, tal como la sostenía la ornitología inspirada en Linneo, no se tenía en pie. Suríes, pipos, alciones también merecían atención, así como dardabasíes, esparveles y araniegos. Y hacía años que deseaba hibridar abejas, rama de sus inclinaciones ornitológicas a la que últimamente dedicaba una atención especial. Disponía de una parcela en la que podría sembrar manuka y mandrágora. Sabía que no eran las mismas abejas las que libaban las flores del árbol y las otras. Si consiguiera unificar sus colmenas en una colonia única, antes o después obtendría una miel que entre sus propiedades curativas incluyera unas que al cuerpo humano le proporcionara experiencias singulares con un riesgo moderado. Solo aspiraba a que su ingestión detuviera el tiempo y mostrara la totalidad.

     Pero su gran reto habían terminado siendo grifos, arpías y fénices, de los que toda la información de la que disponía aseguraba que eran pájaros fantásticos. Estaba persuadido de que existían, e incluso conservaba en la memoria un rastro de haberlos visto alguna vez, cerca, frente por frente, ante sus ojos, aunque no podía decir dónde ni cuándo. De los de esta clase su pasión absoluta era el basilisco. Se apoderó de él cuando supo que podía petrificar con la mirada. A partir de aquel momento su hallazgo se había convertido en el primer objetivo de su existencia.

     Aunque a su colección de pájaros, aves e insectos dedicara todo su tiempo libre, la actividad que lo ocupaba la mayor parte del día era certificar defunciones. No examinaba muertos ni visitaba el depósito de cadáveres, aunque con esto hubiera bastado para tener la certeza de que ciertos cuerpos habían cruzado la negra frontera. Su ocupación era más delicada y más útil a la república. Se preocupaba de que ninguna muerte quedara sin verificar por su correspondiente documento. Veía con bastante escepticismo su trabajo, y en el fondo lo consideraba inútil. Pero jamás expresó opinión alguna sobre una actividad que sus semejantes creían necesaria. De la acción de la muerte nada modificaba aquella preocupación, pero le sobraban razones para pensar que aquel gesto a los vivos con los que convivía los tranquilizaba. Se limitaba a cobrar su nómina a mes vencido y estaba seguro de que con tan discreto pasar contribuía a extender la felicidad entre sus semejantes.

     Compartía la existencia con su madre, bajo cuyo gobierno vivía, bien que tiranizado, en opinión de los vecinos. Pensaban que aquella diminuta mujer era la responsable de que ambos llevaran una vida al borde de la miseria, de que la extrema delgadez que los distinguía era la consecuencia de una dieta extenuante, de que si las contraventanas de la casa siempre estaban cerradas era porque ni en visillos había gastado jamás. Con gusto los dos se atenían a aquella opinión, y esto les valía una fortuna que los más observadores calculaban en mucho más de lo que es necesario para vivir varias vidas sin la menor privación. Probablemente ahí estaba el secreto de la costosa inversión que Noé hacía en su colección de pájaros, aves e insectos.

     Un día la madre amaneció con síntomas que la alarmaron. Nada especialmente grave, aunque sí un pulso alterado, algo de mareos, sus fuerzas un poco debilitadas. A su edad, tras casi ochenta años de entrega en decenas de batallas, después de mil y un encuentros, ninguno en las condiciones que favorecen el éxito, o al menos en las que ella hubiera podido elegir, tampoco podía creer que aquellos signos eran un síntoma demasiado sorprendente. Por naturaleza era decidida y se movilizaba al primer indicio. Había llegado a creer que su longevidad era su mejor conquista. Desde que se quedara huérfana, siendo aún niña, convencida de que en tan trágica circunstancia era la única que podía preocuparse por su salud, había mantenido una atención tensa y permanente frente a cualquier síntoma de su quebranto. Es verdad que nunca le faltó el apoyo de un tutor. Pero el buen hombre era un bohemio incorregible para el que solo existía su arte. Vivía al día con lo que sus clientes le entregaban a cuenta de encargos que jamás le saldaban del todo. Se aprovechaban de que había confinado su soledad a los dominios del xinomavro, que consumía en locales que más parecían un desván que una cálida casa de honrados y solidarios bebedores.

     Pero el síntoma más inofensivo puede ser el comienzo de un desenlace trágico. Aquel día, después de verse en el espejo, no se encontraba apta para la batalla. Una vez más era su obligación enfrentarse a los pirriquios, pigmeos que aturdían más por su insistencia que por su tamaño, y no tenía cuerpo para ningún combate. A un elefante asiático, incluso que fuera tracio, traído por los ejércitos de Darío hasta las fronteras de Europa; al más capaz elefante africano, que desconcertaba a las legiones de la orilla mediterránea del continente, era posible enfrentarse a cuerpo descubierto. Pero cuando los enemigos no son uno, sino cientos, y al mismo tiempo ninguno, porque ni alguno es uno y todos son demasiados, no es posible aprestarse al combate, como no puede el hombre perdido en medio de las aguas estancadas del trópico debatirse con los insectos incansables que lo aturden, ninguno de los cuales es bastante para arredrar, cuyas formaciones en nubes dispersan todos los esfuerzos, defraudan las previsiones y desmoralizan a los ejércitos que han acudido a la contienda convencidos de su preeminencia.

     No parecía nada grave, aunque era necesario atenderla. Él sabía que periódicamente lo necesitaba. La llevó adonde prodigaban sus atenciones los médicos sabios de escasos medios, de corazones generosos, resignados a la tragedia que sobre su oficio pesaba, conscientes de que su mayor éxito era aplazar la muerte, de que nada podían hacer para combatirla con alguna posibilidad para la victoria.

     Aguardó a la puerta mientras la examinaban. La espera fue tan eterna como todas las que desean ver satisfechas sus esperanzas. Recapituló las horas que le había dedicado, las estancias que en su beneficio había organizado, los años transcurridos junto a ella, y no pudo evitar que su imaginación, como recompensa, se desbordara. Se representó el mayor de los éxitos para su proyecto más apreciado, una y otra vez pospuesto a causa de la atención que le debía dedicar a las ocupaciones de cada día.

     Hacía años que había prescrito que su cuerpo fuera reducido a cenizas insensibles, pasada la prueba del fuego, mientras que ella había decidido que el suyo fuera inhumado. Se veía en la funeraria, donde a lo largo de una pasillo interminable tenían expuestos los ataúdes, en posición vertical, sin tapa, para que el interesado pudiera evaluar la calidad de las maderas, su lacado, la clavazón de los herrajes, el acolchado de los rasos inmaculados, si la altura sería capaz para contener el rostro prominente del cuerpo previsto, si la distancia entre los ángulos escapulares, suficiente para encajar todas las espaldas. Ninguno de sus empleados, hermanos entre sí, con los que estaba conversando plácidamente, era adicto a ninguna de las necromancias a las que exponía el oficio, siendo muchos los descendientes del fundador y prolífico cada uno de ellos. Los cuatro varones, entonces responsables solidarios del negocio que satisfacía a innúmeras familias, habían sobrepasado con creces la tasa de reposición, un deber que sin que alguno de ellos lo hubiera declarado pesaba sobre sus conciencias, conscientes todos de que el negocio funerario solo puede ser expansivo si se incrementa el número de los vivos. Solo una de las hembras había optado por la enfermería, aunque la experiencia había demostrado que en su decisión estuvo más el deseo de sostener los brazos lesionados, si a consecuencia de una fractura, porque el contacto con la piel masculina satisfacía sus modestas aspiraciones de intercambio, que el de acompañar a sus pacientes hasta el borde del abismo.

     Llegó a satisfacer su encargo, frío y distante, aun así transportado por una atmósfera cargada de buenos augurios, inspirado por un eco de bienestar.

     –Desearía reservar un ataúd.

     –¿Reservar?

     –Reservar.

     –No es la costumbre.

     –Es que la difunta aún vive. Se ha propuesto sobrepasar todas la barreras, y presiento que la que a mí me impedirá el paso está próxima. Y no me gustaría abandonar este mundo sin hacerme esa concesión, sin atender a mis deberes para con mis allegados.

     –En ese caso, será mejor que actúe.

     –¿Eso me permitirá decidir cómo sea?

     –Precisamente. A ese fin se llega por la vía del encargo.

     –El cofre debe estar blindado, para que el cuerpo permanezca intangible hasta que unos arqueólogos venidos de Marte lo rescaten, una vez extinguida la vida en la Tierra.

     Cuando salió la madre, una sonrisa llenaba su cara. La había ido ampliando según transcurría la consulta, tanto que para entonces la apertura de los labios, que dejaba a la vista sus dientes, era la prueba evidente de un diagnóstico favorable. El médico había verificado el pulso, las otras constantes. No tenía dada de cuidado.

     Al oír el diagnóstico, lo paralizó un ataque, probablemente precipitado por un exceso de sangre en el bulbo del cerebro donde se concentran las ensoñaciones. Fueron transeúntes los primeros en agolparse en torno a su cuerpo, tendido sobre la acera, excitados por la vista de la muerte. Ninguno se explicaba el espasmo, nadie había visto nada anormal.

     Afortunadamente no fue fatal. Conjurado el incidente, convenció a su madre para que lo dejara tomarse unos días de descanso. Había decidido ir en busca del basilisco a los Mares del Sur. Desde hacía tiempo le daba vueltas a la posibilidad de aclimatar a la civilización occidental tan práctico animal. Había leído en algún comentarista de los viajes de Cook que de aquel ser extraordinario se habían encontrado indicios suficientes como para pensar que anidaba en el área de las islas Salomón. Gracias a sus especiales contactos, y a unos esfuerzos que si fueran relatados muchos tendrían por poco veraces, halló en ellas un pájaro que juzgó por completo desconocido en el mundo civilizado, no descrito por la literatura ornitológica y que sin embargo se atenía a descripciones de aquel ser extraordinario hasta entonces tenidas por infundadas. Cuando consiguió cazar vivo un ejemplar, sus miradas se cruzaron. Los ojos de ambos las mantuvieron durante algo más que segundos. Se apresuró a enviarlo a su casa en una jaula.

     Cuando volvió, encontró a su madre inerte, tendida en su lecho. El cuerpo tenía toda la apariencia de estar sano. Mostraba buen color, la tez carecía de pliegues morbosos, no tenía bolsas lívidas la piel que hay por debajo del párpado. Y, sin embargo, no respiraba.

Con aquellos signos, no era posible decidir sobre la causa de su muerte. Pero tampoco era necesario. Cuando alguien no espira, está muerto, y no tiene demasiado sentido demorarse en más averiguaciones. Tiempo habría de interrogar a los presentes cuando ocurrió el deceso, si es que los hubo, conjeturar sobre las posibles causas del fallecimiento de la finada. Era evidente que había sucedido la muerte y lo que urgía era deshacerse del cadáver. En poco tiempo daría olor. Aquellas son tierras de temperaturas siempre excesivas, hasta extremas, aunque las crean permanentemente gélidas. Es cierto que, cuando bajan, el frío es prodigioso. Pero en verano suben sin moderación. Aunque la defunción había ocurrido en pleno mes de enero, fatal entre los funestos, las alteraciones que la atmósfera estaba padeciendo aquel año, que la prensa juzgaba anómalas, lo estaban haciendo especialmente cálido, incluso tórrido, si no fuera porque las temperaturas, a pesar de todo lo que se esforzaban por desentonar, no conseguían dejar de ser invernales. Pero era seguro que el cadáver pronto empezaría a evaporar los fluidos de la corrosión, porque está en la naturaleza de la materia corromperse cuando se interrumpe la circulación de la sangre. Aun sin especular con lo que estuviera previsto por las leyes circasianas, era preferible no esperar a que alguna autoridad cumpliera con más formalidades que las imprescindibles. Tanta era la premura por deshacerse de su cuerpo, en otro tiempo un obstáculo frente a quienes se proponían objetivos que buena parte de quienes la conocieron preferían mantener en silencio. Porque los propósitos vitales en pocas ocasiones se benefician del sonido que satisface la curiosidad de los oyentes. Por supuesto que las palabras se lo confieren. Las lenguas no pueden prescindir del sonido, como el aire no puede renunciar al oxígeno. Pero los deseos, los útiles e irrenunciables, suelen limitarse a las palabras que pronuncia en un lugar equidistante a la garganta y a los oídos quien reflexiona, sin abrir la boca, sin que el aire salga de ella. Para que su eco suene alto y claro en la bóveda del cráneo.

     Ignoro dónde pudo estar la causa del desenlace, pero lo cierto es que durante los días siguientes a la llegada del extraño pájaro la vieron merodear al borde de un precipicio, muy apartado, al que entre los circasianos solo se llegaba por voluntad propia, no porque el lugar invitara al paseo, no porque lo sentenciara el estado. Conjeturo que fuera un maleficio cargado por la mirada del basilisco. Las maldiciones las impulsan las palabras. Pero tienen un alcance limitado, el que tiene el sonido. Los maleficios los dispara mucho mejor la vista, de un alcance muy superior en las distancias cortas, sin que apenas sean percibidos, sin que nadie sea consciente de que han sido activados. Como todas las ideas, que toman su energía de las neuronas, los maleficios permanecen flotando en el aire si nadie los consume, por demanda positiva, haya sido o no prescrita su absorción, o por azar consecuente al agotamiento de las defensas propias; solo que con más fuerza, porque vagan cargados con la proteína que les proporciona el odio, la reserva biológica de la ira. Es muy probable que el maleficio del que aquella buena mujer fuera víctima hubiera sido enunciado en los términos que quitan el sueño, y fuera el insomnio el que pudo llevarla al final.

     Del pájaro no quedaba ni rastro. Volaría sin control en un mundo que desconocía. El futuro lo amenazaba con un cataclismo. Tramitó por vía de urgencia su cesantía. Calculando con el tiempo de vida que le quedaría y los ahorros de los que disponía, decidió ponerse a salvo, y de nuevo se lanzó a la mar, solo que esta vez en un arca metió a Pushkin, a Dostoyevski y, sin olvidar a Goncharov, sobre todo a Gogol. Nunca más volvió a interesarse por pájaro alguno.


Contratiempos

Redacción

Las rogativas estaban autorizadas por siglos de cultura. En la época moderna se habían concentrado en la agraria, a la que se habían incorporado como uno de sus recursos, a la misma altura de todos los que se agregaban en el sistema, como cualquiera de ellos resultado de una prolongada tradición. Invariablemente, cuando la adversidad meteorológica se juzgaba extrema, se respondía con rogativas, con el fin expreso de orientar el tiempo atmosférico en favor de las sementeras.

     Mediaba diciembre de 1749 cuando en un templo de la capital, ante un crucifijo que era objeto de especial devoción, se concentraron los primeros inquietos por cómo el tiempo estaba actuando aquel otoño. La misericordia divina quiso que poco después lloviera algo. El ayuntamiento de la ciudad creyó conveniente solicitar del cabildo catedralicio que organizara una procesión de acción de gracias, en vista de que la divinidad parecía atender las oraciones que desde la tierra se le dirigían. Pretendía que la comitiva hiciera estación en lugares donde más devotos de toda clase solían concentrarse, como una ermita localizada en uno de los barrios más habitados, y terminara ante el crucifijo que tan eficaz mediador había sido. Pero el gobierno de la catedral no creyó oportuno proceder de este modo. Pensaba que aún no estaba satisfecha la necesidad, y a su favor señalaba como prueba que en distintos lugares otras rogativas seguían promoviéndose. En modo alguno le parecía aconsejable ignorar una corriente que apenas empezaba a crecer.

     Mientras tanto, en algunas poblaciones de la región también organizaban rogativas bajo idéntica inspiración, aunque en ellas, donde todo ocurría con más severidad y más orden, y las iniciativas no tenían fisuras, al menos aparentes, se concentraban en imágenes de reconocido prestigio en esta materia.

     Hecho el inventario de las calamidades que a fines de 1749 se padecían, porque las lluvias se habían retrasado, una autoridad local dejó constancia de que no tenía en esta ni en otras esterilidades o conflictos otro asilo para su remedio y consuelo que el amparo de la milagrosísima imagen de la Virgen santísima su patrona, de cuya benignidad había merecido siempre la grave intercesión con la divina majestad de su santísimo Hijo para el logro de sus beneficios y el de aplacar su justicia. Para impetrar la soberana intercesión de tan milagrosísima imagen decidió hacer una procesión en rogativa, pasando en la forma acostumbrada al lugar donde recibía culto, extramuros de la población, donde se hallaba depositado tan divino simulacro. Un regidor acordó con el vicario eclesiástico el día de la procesión, y los dos cabildos, el civil y el del clero, encauzaron la participación en ella de las corporaciones ciudadanas. A los pocos días la procesión tuvo lugar. Por el momento, con esto fue suficiente para que quedaran satisfechos los primeros accesos de piedad que el retraso de las lluvias allí provocaba.

     Pero para comienzos de 1750 los responsables del mismo gobierno local se habían convencido de que la rigurosa situación que se vivía convocaba la devoción, que dirigía sus clamores a la milagrosísima imagen de Nuestra Señora, por lo que decidieron convocar una reunión para que se votara su traslado a la población desde el lugar donde tenía su sede. Cuando ya se estaba confiriendo sobre este asunto, quien presidía la reunión creyó conveniente dejar constancia de que, aun sin haber llegado a tratar que la imagen fuera trasladada, sino solamente con haberlo imaginado, los campos de la población habían conseguido un copioso rocío. El portento había sucedido justo cuando se pensó trasladar la imagen si no se experimentara el alivio que tanto deseaban. Teniendo en cuenta este beneficio, porque no cabía dudar que fuera obra de su poderoso patrocinio, suplicó a la asamblea que demostrara su agradecimiento en acción de gracias por tan singular socorro. La institución, a su vez, le agradeció su celo, y por supuesto, en justa recompensa por el sumo beneficio recibido, gracias a la intercesión de Nuestra Señora, acordó promover la procesión general con la imagen que se había previsto, cuyos gastos correrían a cargo de los capitulares. A ella sería convocado el clero de la población, en la forma que creyera conveniente la primera autoridad local.

     En la capital no ocurrió algo muy diferente. Aunque ni las rogativas de diciembre ni las oraciones de las muchas almas justas que en las públicas calamidades se interesaron por el socorro del cielo pudieron ahora ablandarlo, y había entrado el año con las muestras de esterilidad consiguiente a la falta de lluvias, el efecto no previsto de este impulso de la devoción fue que a fines del mes de enero de 1750 también hubo lluvias, si bien de una intensidad que se equiparó a las precedentes. Por eso, el 23 de enero, en una reunión extraordinaria que celebraba el cabildo de la catedral, también fue necesario reconocer que la majestad divina se había dignado remediar la necesidad que había por la falta de agua, por lo que creyeron debido tributar gracias por tan gran beneficio. Fue del parecer de los reunidos que en el día de la fecha, durante el que, según lo previsto, iba a celebrarse una procesión, se entonase en la última nave un tedeum, y que al tiempo repicara la torre, para luego terminar en el altar mayor, con el fin de que se dijeran allí las oraciones acostumbradas pro gratiarum actione, y de este modo concluyera la rogativa que se hacía todos los días.

Discurrieran con más o menos fortuna las precedentes, en 1750 las rogativas alcanzaron en la capital su grado más alto a fines de febrero, un estado de excitación de la piedad que se mantuvo durante todo el mes de marzo.

     El cabildo catedralicio, terminando febrero, decidió hacer las rogativas que venía celebrando en el altar mayor del primer templo de la región después de la misa de tercia al santísimo. Bastaría con que en la celebración eucarística se dijera la coleta ad petendam pluviam, excepto los días de primera clase. De la misma forma se actuaría en las capillas de la catedral. Esta fue la causa de que a partir de la tarde de la jornada en la que se tomó esta decisión se hiciera rogativa en todas las misas y, en la forma acostumbrada en ocasiones similares, estación a la capilla donde recibía culto una imagen de Santa María que era objeto de particular devoción en estos casos.

     La misma corporación, a renglón seguido, encargó a sus diputados de ceremonias que propusieran, de acuerdo con lo que se había hecho otras veces, qué demostración pública les parecía adecuada para corresponder a la necesidad de lluvias. De todas las precedentes, la diputación de ceremonias prefirió tomar como referencia la más próxima, de la cual con facilidad pudo encontrar la documentación que avalara sus propuestas. Pocos días después, el cabildo catedralicio recibió su informe, en el que proponía que el siguiente lunes por la tarde, con asistencia de la universidad de beneficiados, clero y cruces, se hiciera una procesión general de rogativas con la imagen principal del templo. El desfile debía tener el mismo aparato y acompañamiento que se usaba el 15 de agosto, día de la fiesta anual de la imagen que iba a salir en procesión. Para que todo se mantuviera dentro de lo previsto actuaría como su preste un señor dignidad, asistido por los diáconos de semana, para su gobierno fueron nombrados diputados del cabildo catedralicio y, con el fin de sufragar los gastos, la fábrica decidió librar a la capilla real lo mismo que se empleaba en los actos del 15 de agosto. Acordado que así se procedería, se informó al titular de la sede y a la autoridad civil, por si creyeran oportuno asistir. Al provisor se le notificó el acuerdo, para que convocara a beneficiados, clero y cruces, y el maestro de ceremonias avisó del día y la hora decididos al capellán mayor de la capilla real y a los alcaldes de la hermandad del santísimo, para que también asistieran, como lo hacían en ocasiones semejantes; y a los maestro de capilla, sochantre, comendador, veedor y demás ministros de la catedral.

     Por los mismos días de fines de febrero, la corporación municipal de una de las poblaciones con rango de centro de comarca fue al lugar donde recibía culto la imagen de Santa María en la que había decidido concentrar su iniciativa piadosa. Lo hacía para cumplir con un voto anual precedente, asistir a una misa cantada ante aquella imagen en honor del santo en cuyo día precisamente la población, en una situación similar a la que entonces se estaba viviendo, mereció el beneficio de las aguas. Como la adversidad del tiempo persistía, aprovechando aquel aniversario, por iniciativa del procurador mayor se convocó una reunión del órgano de gobierno del municipio para deliberar sobre la conveniencia de llevar la milagrosísima imagen de Nuestra Señora hasta la población, y así conseguir el socorro del que tanto necesitaban los campos propios y los de la comarca.

     Al día siguiente, durante la reunión prevista, se aceptó que en todas las ocasiones de necesidad que la población había padecido, gracias a la mediación de la imagen de la que se trataba se había experimentado el beneficio de la salud pública y de las aguas necesarias para las mieses de los campos. De ahí que para remediar la necesidad de lluvias que en aquel momento se sufría acordaran que se llevara en procesión general, desde su iglesia a la mayor de la población. Con este fin convocaron al clero, a las órdenes religiosas en ella establecidas y a las hermandades que en ella existían. Era su propósito, una vez colocada la imagen en el altar mayor de la parroquia, que ante ella se celebraran nueve fiestas y rogativas, más cuantas a iniciativa de los piadosos corazones fueran necesarias, para que por su patrocinio e intercesión se alcanzara de la infinita piedad alivio en la extrema necesidad de aguas que se padecía; de la divina misericordia, las lluvias que se deseaban para la fecundidad de los campos. Una vez que hubieran terminado, la imagen se restituiría a su iglesia con la misma solemnidad y con la acostumbrada asistencia de la asamblea de gobierno de la ciudad. Para ver satisfechos sus deseos, de entre sus miembros nombró dos diputados.

     A primeros de marzo el cabildo catedralicio recibió a la diputación de la autoridad civil de la capital que correspondía a la invitación que le había remitido. Se mostró dispuesta a asistir con rueda entera a la procesión en la que se iba a sacar a la imagen elegida por los canónigos, para que por su intercesión se apiadase la divina justicia, usando de sus misericordias, y enviara el rocío general que tanto se necesitaba. El cabildo catedralicio reconoció la cortesía y, como preparación a la solemnidad prevista, durante tres noches, después de maitines, cerradas las puertas de la catedral, organizó procesiones que partían de las últimas naves. A ellas asistieron, además de los fieles que respondían a la convocatoria, el propio cabildo y ministros, que cantaban las letanías de los santos, mientras la torre tocaba a rogativa, pero no mujeres, cuya entrada en el templo para aquellos actos a deshoras fue prohibida. Finalizaron todos aquellos desfiles de clausura ante el altar mayor, descubierto el santísimo, con las preces ad petendam pluviam.

Estaba terminando la primera década de marzo cuando se celebró la procesión prevista por el clero de la catedral. No fue necesario que durante la mañana del día señalado hubiera novedad alguna, si bien, como había de hacerse luego procesión de rogativa, aquel día se omitió la que se estaba haciendo a la imagen a la que se le prestaba una atención especial en aquellas ocasiones.

     La ceremonia, una vez preparado el altar mayor de primera clase y de morado, empezó dadas las doce del día. Primero desde la torre se tocó para convocar a las cruces. A continuación, campana y esquila de la tarde tocaron de dos y media a tres, de modo que, empezada la esquila, se dio un toque de segunda clase para llamar al clero. La procesión obligaba a los capitulares y ministros catedralicios con pena de medio día. Disciplinadamente, los canónigos concurrieron al coro de la catedral vestido con las sobrepellices y dijeron las completas, tras las cuales cantaron los maitines. Concluidos, las campanas tocaron un pino de primera clase para convocar a la ciudad. Antes de salir la procesión, después de las preces, a la imagen se le cantó al menos un motete y una oración, al tiempo que se la turificaba.

     Formaron el desfile, bajo la presidencia de la máxima autoridad episcopal, además del cabildo catedralicio, los capellanes reales, la hermandad del santísimo y representaciones de órdenes religiosas y del clero secular, y es de suponer que a la comitiva se añadirían al menos los delegados por la ciudad. El cabildo, que acompañaba la procesión con las sobrepellices que vestía desde que concurriera a completas, iba cantando las letanías de los santos ateniéndose al estilo con que se cantan en las rogaciones, empezando en el coro y terminando en la capilla real. Para engrosar la salmodia, el sochantre había nombrado ministros que así mismo cantaran las letanías entre el clero en el coro.

     La procesión discurrió por las gradas de la catedral, siguiendo la línea que marcaba su nivel más bajo. Salió y entró por la misma puerta sin hacer estaciones, y mientras duró se tocó en la torre a rogativa. En determinados lugares del trayecto algunos jesuitas se habían apostado con el fin de llamar a los concurrentes a que hicieran penitencia. La severidad de aquel acto resultó más llamativa porque coadministrador y autoridades civiles, de común acuerdo, habían prohibido que en el trayecto de la procesión hubiera puestos de comidas y bebidas. Finalizó el acto en la capilla real con las preces y oraciones del ritual romano ad petendam pluviam, cantadas igualmente por el cabildo catedralicio. Aquella misma noche los jesuitas que habían arengado a los espectadores de la procesión, en uno de los barrios de la ciudad predicaron a los hombres que se habían reunido en sus templos.

En la tarde de un jueves de primeros de marzo, el gobierno de la población aludida, para cumplir con su acuerdo de fines de febrero anterior, salió de su iglesia mayor en procesión general de rogativa. También concurrieron a ella el clero y las hermandades, y se dirigió a la iglesia del monasterio donde estaba la imagen que concentraba la iniciativa piadosa. Ya en ella, su vicario, por ausencia del padre prior, por sí, y en nombre de la comunidad, requirió al gobierno de la población.

     En aquellas circunstancias, tomar posesión de la imagen, tal como este se había propuesto, obligaba a unas formalidades cuya descripción permite reconstruir al menos una parte de los ritos que pudieron sacralizar este tipo de transacciones, así como el celo que despertaba el dominio sobre una imagen en momentos como aquellos. A sus dos comisionados, la corporación había otorgado el poder necesario para que firmaran la escritura que para semejantes transferencias se acostumbraba, llamada de pleito homenaje, un arcaísmo que pretendía asemejar el acto al de fidelidad que se debía a un señor. El vicario del monasterio, al requerir al gobierno de la población tomaba la iniciativa formal para que quienes había diputado el gobierno local la otorgaran.

     La corporación se manifestó dispuesta a cumplir con este requisito. Pasaron a la capilla mayor del monasterio el corregidor y los regidores diputados para el acto y, de rodillas ante la imagen objeto de la transferencia, las manos de los diputados puestas entre las del corregidor, firmaron el documento por el que se obligaban a restituir a la iglesia del monasterio la milagrosa imagen, concluido el novenario. Prometieron, como caballeros hijosdalgo notorios, de casa y solar conocidos, una, dos y tres veces, y las demás en derecho necesarias, según fuero y leyes de España, llevar en procesión general la milagrosísima imagen de Nuestra Señora, colocarla en el altar mayor de la parroquia primera de la población y en ella celebrar el novenario de fiestas y rogativas que el municipio había decidido, y todas a las que concurriera la devoción. También se obligaron, concluidas estas, a que fuera restituida la imagen a su iglesia con la misma suntuosidad, y entregada al padre vicario y su comunidad. Para el cumplimiento de todo dieron y empeñaron palabra como caballeros hijosdalgo, bajo la pena, en caso de infringirla, de caer e incurrir en la que caen e incurren los caballeros hijosdalgo notorios que no cumplen en todo lo que prometen en las escrituras de pleito homenaje. Satisfecha esta formalidad, el fraile se declaró dispuesto por sí y su comunidad a entregar la milagrosa reliquia.

     La historiografía de las poblaciones de tamaño medio tiene su origen en la época moderna. Muy probablemente sea un producto de la cultura que hizo posible el deseo de rescatar, de manera consciente, la antigüedad. Los textos genuinos agregaron las primeras formas de la arqueología, que en aquella época fueron conocidas con el nombre colectivo de antigüedades, una limitada recepción de narraciones, una recopilación de biografías de varones ilustres de la población y una historia sacra, preocupada sobre todo por el origen de las instituciones religiosas activas en el lugar. Todo el relato estaba inspirado por el principio narrativo sublime, tanto para la detección de los antecedentes más remotos como para explicar las fundaciones piadosas o los singulares actos que probaban la grandeza personal. El comportamiento noble, único capaz de generar cuanto fuera digno de memoria, era el mismo que justificaba la hidalguía. En ese lugar encontraron su medio para propagar su manera de concebir sus obligaciones cívicas quienes actuaron ateniéndose a este tipo de culto a las principales imágenes de una población, objeto de las promociones religiosas con más posibilidades y representación por sí mismas de virtudes singulares.

Un domingo de marzo por la tarde, a punto de terminar la primera década del mes, se celebró otra procesión de rogativa con la milagrosa imagen de un cristo que recibía culto bajo una advocación concentrada en lo que a todos estaba preocupando, desde la ermita donde la tenían colocada hasta la iglesia mayor de su población. Como las demás que aquellos días se organizaban, la razón del traslado era la esterilidad que los campos padecían como consecuencia de la falta de lluvias. En respuesta al convite hecho por una hermandad establecida en la misma ermita, cuya titular era una imagen de Santa María, constituida bajo un título igualmente adecuado a las circunstancias que se estaban viviendo, a ella asistió el gobierno del municipio.

     Una vez el cristo en la población, como varios devotos suyos habían tenido la iniciativa de costear un novenario con misa cantada y sermón diario, fue necesario que permaneciera en la iglesia mayor durante los días siguientes. Actuando así, sus promotores deseaban implorar el auxilio divino, para que concediera la lluvia que tanto se deseaba para el beneficio común. El gobierno municipal, convencido de que la institución debía tratar con preferencia los deseos y afectos de los devotos, más aún en la estación que se vivía, en atención a tan justo y debido culto, acordó, en sesión celebrada después de la procesión, que el último día del novenario se hiciera por su cuenta la fiesta con misa y sermón y lo demás correspondiente. La imagen permaneció en la iglesia mayor durante aquellos días, y el último, asimismo con asistencia de representantes del municipio, otra procesión de rogativa durante la tarde la devolvió a su ermita, donde fue colocada en el lugar donde solía recibir culto.

     Mediado ya marzo, donde para disponer de una imagen de Santa María había sido necesario otorgar escritura de su cesión, una vez trasladada a la iglesia mayor se habían celebrado doce rogativas ante ella, todas las que la devoción municipal y de varios gremios le había ofrecido. Sin embargo, una vez finalizada la función celebrada del que resultó ser último día de rogativas, el gobierno de la población se reunió en la sacristía de la iglesia mayor para constatar que, después de tan repetidos cultos y devotas rogativas, persistía la esterilidad que se padecía en los contornos, y no se había experimentado el beneficio de las aguas, razones por las que aumentaban las fatigas de la población. Admitieron la justa indignación de la majestad suprema, de la que pensaron que se hallaba ofendida con la suma de culpas que incesantemente se cometían por los pecadores. No obstante, tenían entera confianza en la mediación de su divina patrona. Esperaban que teniéndola algún tiempo más en la iglesia mayor, continuando las rogativas y las súplicas de la población, se lograría de la majestad suprema el beneficio tan deseado. Con la aprobación del prior del monasterio depositario de la imagen, que estaba presente, decidieron que continuara el divino simulacro de Nuestra Señora en la iglesia mayor hasta el último día de la pascua de resurrección, que coincidiría con el último día de marzo, tiempo durante el que seguirían sus cultos. El padre prior estuvo de acuerdo con que así se procediera bajo la condición de que se reiterara la escritura de pleito homenaje suscrita a primeros de mes, lo que hubo de ejecutarse de inmediato.

     A punto de concluir la primera parte del ciclo de las rogativas en la capital, en su primer templo se seguían celebrando. Tal como se había propuesto de nuevo, su cabildo organizó actos de penitencia a puerta cerrada, solo para hombres, durante tres noches de mediados de marzo, las de los días 16, 17 y 18. Después de maitines, por las últimas naves del edificio, otra vez se organizaba la procesión. Una dignidad del cabildo llevaba la reliquia del lignum crucis, y junto a ella un coro de canónigos cantaba la letanía de los santos, que los asistentes repetían. Cuando la procesión llegaba al altar mayor, se manifestaba la majestad en el sagrario y se recitaban las preces de rigor, para acabar con el canto del tantum ergo. A juicio del analista de la capital, gracias a aquellos devotísimos actos, desde el primer día, se hizo notar que el tiempo había empezado a moverse.

     A partir del domingo siguiente, la autoridad civil también se prodigó en este tipo de actividades. Además de visitar una imagen de Nuestra Señora, decidió asistir regularmente a las rogativas que en la catedral seguían celebrándose, actitud en la que se mantuvo hasta finales del mes siguiente. De acuerdo con los escribanos públicos, los judiciales y la universidad de corredores de lonja, concurrió a otra de las parroquias de la capital para solicitar la mediación de la patrona del municipio. Allí celebraron misa votiva y fue pronunciado un sermón, en el que el orador llamó a la penitencia y a la devoción a Santa María.

     Pero no toda la actividad piadosa de la capital se daba cita en el primer templo de la región. Por los mismos días de marzo, de uno que era sede parroquial salió en procesión una imagen de Nuestra Señora, venerada bajo una advocación igualmente concordante con la situación que se estaba viviendo. La acompañaban dos hermandades, también fundadas acogiéndose a la advocación mariana, y costeó la cera otra más, y fueron en la procesión los corporativos del santísimo y el clero y cabildo de la parroquia.

     Ya de noche, una cofradía sacó en procesión su imagen del nazareno en un paso de semana santa desde el templo donde tenía su sede. Cuando el desfile alcanzó la plaza ante el edificio del cabildo civil fue pronunciado el sermón correspondiente. Y también por la noche otra hermandad, establecida en otra de las parroquias, llevó su simpecado primero a un convento de monjas y después a otro donde se celebraba rogativa. En el templo de una tercera parroquia, situada en uno de los barrios con mayor población, comenzó una novena de rogativas, y con este motivo los frailes de un convento dominico y una cofradía cuyo titular era un cristo, de nuevo bajo la recurrente advocación concordante con las circunstancias, llevaron en procesión la imagen.

Las rogativas estaban siendo tan estimuladas que llegó el momento en que cobraron un impulso tal que nada pudo detenerlas antes de alcanzar el paroxismo. Aunque alguno de nuestros informantes cree que por la multitud de estas penitencias se viene en conocimiento de lo grave de la calamidad, su frecuencia, según las mismas fuentes, dio motivo a varios desórdenes, no siendo el menor lo extraño y singular de algunas mortificaciones. Durante los días que restaban de marzo las demostraciones de laceración que exhibieron en público quienes por penitencia se humillaban llegaron al exceso. Se puede imaginar parte de aquellas formas radicales de la penitencia gracias a la persistencia de la indumentaria reservada al ejercicio de la mortificación extrema que fue utilizada durante siglos en las procesiones públicas. Permite identificar con certeza al menos dos de sus especies, los disciplinantes y los empalados. Cada uno depurado por su propia tradición, ambos  respondían al tipo genérico llamado penitentes de sangre.

     Los disciplinantes son los más conocidos. En las procesiones públicas cubrían su cabeza con un capirote blanco, que al mismo tiempo les ocultaba la cara, y vestían una túnica, también de color blanco, que dejaba al descubierto la espalda. Formando círculos o filas, unos a otros se azotaban y herían con un látigo normalmente de hilo. Blanco White, atento observador de la especie, quien los sitúa unos veinticinco años después de la fecha de nuestro interés, los refiere como gente bañada en su propia sangre que procedía de lo más abyecto de las clases bajas. Descubre que antes de incorporarse a la procesión se herían la espalda, y ya en ella se azotaban unos a otros con disciplinas hasta hacer que la sangre corriera por sus hábitos. Estaba muy extendida la idea de que este acto de penitencia tenía al mismo tiempo un excelente efecto sobre la constitución física; y mientras por un lado la vanidad se sentía halagada por el aplauso con que el público premiaba la flagelación más sangrienta, una pasión todavía más fuerte buscaba impresionar irresistiblemente a las robustas beldades de las clases humildes.

     El empalado, en contra de lo que ocurriera con los disciplinantes, ha sobrevivido, aunque en condiciones endémicas. Fuentes etnográficas permiten identificarlo como un varón que desde la cintura se cubre con una vestidura talar sobre la que sobrepone un faldellín de encajes de las mismas dimensiones. Va descalzo, y sobre el cuello sostiene un palo recto y largo, al que se han fijado sus brazos con una cuerda gruesa y basta que rodea palo y brazos con cuidado, para no dejar ver ni una ni otra cosa, ni siquiera las manos. Con idéntico procedimiento y una cuerda del mismo tipo, el tórax se recubre en toda su superficie hasta la altura de las axilas, directamente sobre la piel. La imagen que así se obtiene es la de un crucificado. Sobre los dos brazos mantenidos en horizontal cae un largo encaje a modo de sudario, que pasa de un lado a otro por la espalda del empalado. De ambos brazos, atados con cuerdas más finas, cuelgan unos instrumentos de hierro, que pueden ser tenazas o similares, evocadores de los atributos de la pasión. Cabeza y rostro del individuo van cubiertas con un velo, también de encaje. Si bien oculta los detalles del rostro, deja apreciar con nitidez sus rasgos esenciales. Sobre el velo, encajada en la cabeza, lleva una guirnalda trenzada con ramos y flores, cerrada sobre sí misma, que recuerda la corona de espinas.

     A fines del primer tercio del siglo décimo séptimo, Arguijo describió un personaje muy similar transitando por las calles de la capital un viernes santo poco antes del sol puesto. Aunque en su indumentaria haya alguna diferencia con respecto al que ha sobrevivido, no puede haber dudas sobre su identidad y sobre su ascendencia. Según aquel, iba desnudo de cintura arriba, con unos calzoncillos de lienzo, una soga de esparto al cuello y amarrados los brazos con ella y una barra de hierro. siglo décimo séptimo, y otras que certifican sus persistencia en pleno siglo vigésimo, se puede presumir que a mediados del siglo décimo octavo estaba vigente, y que, junto con los disciplinantes que impresionaban con sus hemorragias, pudo ser uno de los personajes dramáticos que incrementaron la fuerza de las rogativas de aquel año.

     Probablemente la emulación y las pasiones tendrían una parte de responsabilidad en el giro que estaban dando. Pero lo que consta por las crónicas es que fueron las órdenes religiosas, que compitieron entre sí por rentabilizar la situación que se había creado, las que más contribuyeron a que la pasión piadosa se desbordara. A la vanguardia de esta nueva corriente actuaron los jesuitas. Organizados en misión, y apoyados por el clero de las parroquias, llamaron a la penitencia en los barrios más poblados de la capital, en cuyos templos, pronunciando sermones, prolongaron su actividad durante las tardes de un par de días. Sin embargo, el exceso en las penitencias no parece que fuera responsabilidad directa de esta iniciativa. En la noche del mismo día que los jesuitas habían tomado la decisión de promover sus misiones, los capuchinos salieron con coronas de espinas y sogas al cuello, echando saetas y jaculatorias, y en tono lúgubre cantando los salmos penitenciales. Dos farolitos pequeños abrían su procesión, y otros dos iguales alumbraban al santo cristo con que concluía. Los acompañó mucha gente hasta que se recogieron, ya las dos de la madrugada.

     Los franciscanos del convento casa grande, durante tres noches de aquellos mismos días, organizaron una procesión también presidida por un cristo. En ciertos lugares del trayecto los frailes llamaban a la reforma de las costumbres y amenazaban con un castigo más terrible que el que se padecía, que no estaría lejos. Uno que formaba parte del desfile iba coronado de espinas y llevaba una pesada cruz a cuestas, lo que movía a compasión.

     Desde una de las parroquias de la capital, una cofradía sacó en procesión su imagen de Nuestra Señora, que recorrió el barrio. También en ella iban frailes capuchinos, quienes, tras presentarse con instrumentos de varias penitencias, a lo largo del trayecto pronunciaron sermones. En otra parroquia, otra hermandad de Nuestra Señora sacó en procesión su imagen, esta vez acompañada por los mercedarios descalzos de San José, cuyos individuos se presentaron con distintas mortificaciones. En la parroquia anexa a la catedral, cuando terminaba la segunda década de marzo, y durante seis noches, aprovechando el rosario que allí todos los días se celebraba al atardecer, hubo pláticas y disciplinas. Y todavía tuvieron lugar otras muchas procesiones con penitencias públicas y secretas, algunas de las cuales iban en estación a la Cruz del Campo.

     Aquellas manifestaciones radicales de penitencia fueron razón suficiente para que la máxima autoridad eclesiástica, ya comenzada la primavera de 1750, finalmente decidiera prohibir las procesiones de rogativas, a pesar de lo cual los rosarios de la capital mantuvieron las suyas. Los miembros de uno de ellos, vinculado a la primera casa de los dominicos, durante nueve noches todavía hicieron estación a distintas iglesias, aunque en ellas, una vez que el episcopado romano había tomado aquella decisión, solo fueron pronunciadas pláticas. También la autoridad municipal de la primera ciudad de la región, precedida por los alguaciles de los veinte, y contando de nuevo con los escribanos y los corredores de lonja, como penitencia todavía acordó ir  andando hasta el lugar donde recibía culto cierto cristo. Sin embargo, esta decisión fue modificada por una circunstancia que tal vez facilitó que fuera, antes que otro estímulo a los comportamientos extremos, el catalizador que precipitara la inversión del curso que antes habían tomado. A los pocos días de que el cuerpo civil de la capital acordara ir hasta el mencionado cristo empezó a llover. Fue razón suficiente para que a continuación una hermandad de Nuestra Señora, a la que ahora se adhirieron los frailes agustinos, otra vez promoviera, en vez de más penitencias, funciones de acción de gracias por el beneficio recibido.

En las poblaciones de la región, mientras tanto, todo discurría de manera más sosegada, aunque sin que tampoco en ellas faltara la interferencia de las órdenes del clero regular, que desde mediados del invierno insistentemente refractaban las rogativas.

     Estaba terminando marzo y era domingo de ramos. Para la tarde de aquel día una comunidad de clero masculino había organizado una rogativa a una milagrosa y santa imagen de Nuestra Señora, asimismo objeto de gran devoción, que recibía culto en su convento, situado, tal como era común en estos casos, extramuros de aquella población. Habían previsto un acto en dos partes, primero un sermón y luego el habitual desfile con la imagen. Con el propósito de que asistiera a ambos, habían invitado al cabildo municipal, y este efectivamente acudió. En el transcurso del sermón, aprovechando su presencia, el predicador recordó al municipio que desde antiguo estaba obligado a la mayor veneración, devoción y culto de la santa imagen a la que en aquel momento se le rogaba.

     A la vuelta de la procesión, llegada la hora del toque de la campana para la oración del ave María, el gobierno del municipio se reunió en las casas capitulares. Por experiencia sabía el patrocinio y la protección que concedía la Virgen en aquella milagrosa imagen, como testimoniaban tanto sus fieles de la población como los de todos los reinos de Castilla, e incluso los sujetos a su corona en el Nuevo Mundo. Aceptó por tanto la obligación con la que le había conminado el predicador, y por unanimidad votó corresponder a ella satisfaciendo un deseo concebido días antes, nombrar su compatrona a Nuestra Señora la Virgen María venerada en aquella imagen. En aquel asunto los capitulares actuaban inspirados por la firme esperanza de que por este medio conseguirían, tanto ellos como la población, dulce y eficaz patrocinio para el acierto y el beneficio común y particular, y logro de las consolaciones que tanto necesitaban; especialmente en la aflicción que vivían, ocasionada por la falta de agua que desde hacía tanto tiempo padecían, de tal magnitud que hacía temer que, si no se conseguía pronta y piadosa providencia divina, habría general pérdida de todas las sementeras, ganados y frutos. De este modo, en aquellos excepcionales momentos, se consumó un patronazgo, una forma muy común de alimentar la identidad colectiva en las poblaciones de la época.

     Pocos años después, uno de los regidores de una de ellas teorizó que la condición de verdadero patriota se adquiría aceptando el patronazgo de una imagen mariana. Patria, entonces, ateniéndose al sentido clásico, exclusivamente se refería a la población en la que se había nacido. Luego patriotas serían todos los que compartieran esta condición natural. Ahora bien, según aquel regidor, los habría de al menos dos clases, los verdaderos y los que no lo eran. Serían los primeros los que al mismo tiempo aceptaran el patronazgo de su correspondiente imagen mariana. Quienes no lo aceptaran, sin dejar de ser patriotas, porque esta condición se adquiría por naturaleza, incurrirían en algo aún peor, la de no ser verdaderos.

     Dado que, para entonces, mediados del siglo décimo octavo, aquellas imágenes, especialmente las elegidas para que adquirieran esta condición, contaban con al menos uno o dos siglos de culto, el número de sus devotos, entre los patriotas o nacidos en un mismo lugar, tendrían que ser significativo, en cualquier caso superior al número de los que disponían de derechos políticos. Los regidores, o miembros de pleno derecho de las asambleas de gobierno locales, y los jurados, que solo tenían voz en ellas, eran los únicos elementos de la sociedad civil que al mismo tiempo poseían derechos políticos, en los que se mantenían por vía de apropiación.

     Si nos atenemos a la teoría de aquel regidor, contemporánea de los hechos que estamos analizando, cuando una cámara de gobierno local decidía designar compatrona a una imagen habría decidido compartir su dominio con ella, puesto que este era el contenido del derecho de patronato. Más allá de la apariencia simbólica de aquella decisión, con una decisión como aquella el municipio que así actuara pretendería crear consenso para su exclusiva sociedad política nutriéndose de los devotos de la imagen, quienes, gracias al poder que a esta le reconocieran, automáticamente se lo concederían. La extensión del vínculo de identidad, o condición de verdadero patriota a todos los devotos, que tendría ser automática por el hecho de ser devoto, en la medida en que lo aceptaran los convertiría en sujetos a la exclusiva sociedad política limitada a regidores y jurados, sin que al mismo tiempo dispusieran de los derechos que eran inherentes a quienes formaban parte de ella.

     En aquel estado de calculado fervor, tras insistir en su deseo de servir más a Dios Nuestro Señor y reverenciar a Nuestra Señora la Virgen María, aquel municipio también acordó que, si en toda la santa semana que aquel día empezaba no se conseguía el beneficio de la deseada y congruente lluvia, se continuaría la rogativa comenzada con una procesión que llevara la imagen a la iglesia mayor, en donde se le haría una fiesta con la decencia correspondiente. La procesión tendría lugar el segundo día de la inmediata pascua de resurrección por la tarde, y en el siguiente la fiesta, a costa de todos los miembros del cabildo, según la devoción y facultades de cada uno, considerando no obstante el atraso tan grande y notorio de los propios. Para dar cuenta del voto que se había comprometido, al provincial de la orden en cuyo convento estaba la imagen, que residía en él, a su padre corrector y a toda la comunidad, así como para cuidar de la procesión y fiesta decididas, fueron nombrados como diputados dos regidores.

     Ya a primeros de abril, más de dos semanas después de otorgada la última escritura de pleito homenaje, un domingo por la tarde, el gobierno de la población donde se atenían con disciplina a estas formalidades organizó una procesión general con el clero, las órdenes religiosas y las hermandades. Llevaban en ella la milagrosísima imagen de María santísima madre de Dios y señora nuestra. Salieron de la iglesia parroquial mayor y fueron a la del monasterio extramuros donde se mantenía su culto. En la capilla mayor del monasterio el corregidor y los dos regidores para esto diputados entregaron la imagen a la comunidad que lo regentaba, y, en su nombre, al prior, quien otorgó que la recibía. El corregidor hizo, en forma de cancelación, alza y quita de la obligación contraída por los diputados en las escrituras de pleito homenaje, otorgadas a primeros de mediados de marzo. Declaró las escrituras por ningunas y rotas y que los diputados habían cumplido con la obligación que por ellas habían adquirido.

     Para entonces, las rogativas de 1750 podían darse por concluidas. Todo cuanto de ellas se podía esperar había sucedido.

No se debe precipitar el lector contemporáneo en su juicio sobre la pertinencia de las rogativas, aunque ahora estemos dispuestos a sonreír con benevolencia ante semejantes actuaciones. En años como aquel sobraban razones para comportarse del modo más comprometido, en modo alguno inconsciente, a la hora de la adversidad. Por desgracia, no hay muchos datos sobre los efectos inmediatos que en el transcurso de los meses siguientes, los de la primavera y el verano, la penitencia pública tuviera en el campo sobre el que pretendía incidir, lo que debe considerarse más un descuido de los autores de nuestras fuentes que falta de eficacia de aquellas transacciones. Pero, a pesar de la falta de información positiva, disponemos de indicios suficientes sobre cuáles pudieron ser. Conocidos los reiterados esfuerzos por modificar el discurrir adverso del tiempo, no es posible creer que de tan generosa entrega y tantas movilizaciones los explícitos beneficios temporales que de ellas se esperaban no dejaran rastro.

     En su momento, las rogativas eran percibidas como un hecho que, aparte sus beneficios espirituales, también podía provocarlos de orden económico. Evidentemente no tenían ningún efecto en el campo de la producción. Pero, así como el tiempo atmosférico era causante directo, porque a él está subordinada la supervivencia de las sementeras, las rogativas tenían demostrado que eran factor que modificaba inmediatamente el comportamiento de los precios del grano. Bastaba su convocatoria para que los precios de los cereales panificables subieran.

     Probablemente sería un exceso concederles toda la responsabilidad directa sobre algo que por sí mismo disponía de medios más que suficientes para alentar toda clase de oscilaciones en cualquiera de las direcciones deseadas por quienes participaran en aquellos mercados. En la época todos los interesados en su mercado eran conscientes de que la evolución del precio del trigo cada año se podía estimar con antelación. No hacía falta más que tener en cuenta el curso de las cotizaciones en los tiempos anteriores y corrientes. Perceptores de renta en especie, vendedores de grano, trabajadores agrícolas y consumidores urbanos, todos muy sensibles a todas las oscilaciones de los precios de los cereales, harían sus apuestas sobre el signo y el valor de los siguientes de acuerdo con el comportamiento de los anteriores del ciclo, en el que por experiencia sabían que estaban atrapados. Cada año, porque todos tenían una expectativa sobre el comportamiento futuro de aquellos precios, cada cual utilizaría todos los medios a su alcance para conseguir que su comportamiento le fuera el más favorable.

     Han sido ensayados distintos procedimientos estadísticos para reconstruir estas esforzadas voluntades, y ninguno ha podido ignorar, completada la observación de los precios efectivos, que no hay modo de representar con una sola imagen un único orden armónico que las evoque al menos transitoriamente compatibles. A decir de los observadores más críticos, bastaba, por ejemplo, que trascendieran al público instrucciones gubernamentales sobre el suministro de trigo y cebada al ejército y la armada para que el precio de los cereales subiera, porque al instante se difundía la sospecha de un previsible comportamiento acaparador de los asentistas, que a unos favorecía y a otros defraudaba. Pero sobre todo eran los tempranos anuncios de escasez los que  despertaban la esperanza en los precios mayores, que tampoco a todos satisfacían. La previsible caída de la producción, efecto inmediato de la sequía, era bastante para añadir, aun varios meses antes de que llegara el momento de la cosecha, el factor de incertidumbre que desde la primavera, cuando regularmente los precios del grano conocían sus máximos, los lanzaría de manera extraordinaria.

     Sin que nada de esto dejara de ser efectivo en cualquier ocasión, y todo tuviera sus consecuencias, aun así, nadie le puede negar a las rogativas, que tenían reservado su momento estelar entre el final del invierno y el comienzo de la primavera, el poder para liberar ciertas fuerzas que habían ganado. La autoridad regional, en pleno siglo décimo octavo, las identificó con claridad. Se me acaba de asegurar –dijo– que el ilustrísimo cabildo eclesiástico ha acordado hacer rogativas públicas, para obtener de la divina misericordia la lluvia que considera necesaria. Me ha sorprendido esta noticia, porque siendo tan notoria la influencia que tienen estas determinaciones públicas para alterar el precio del trigo, y demás abastos, creía yo que antes de determinarlas debía ser previa la solicitud del gobierno, y su conformidad. Nada hay más temible, cuando se trata del abasto del pan, que el hambre aprensiva, y esta se suscitará infaliblemente por el mero hecho de ver el pueblo se hacen rogativas públicas, porque suponen estas hallarnos amenazados de una calamidad. Por otra parte, no veo que el estado de las sementeras exija el recurso al medio extraordinario de las rogativas.

     Las previsiones que podían hacerse sobre cómo las rogativas podían repercutir en los mercados del grano, en caso de que fueran convocadas, eran tanto más certeras cuanto que sus programas habían llegado a ser igualmente reiterativos e insistentes. Poco más de diez años antes, durante el trimestre del invierno, en una de tantas poblaciones de rango medio fueron movilizadas las fuerzas necesarias para que todo ocurriera según era habitual. Llegado marzo, se acordó un novenario a un cristo y su procesión, y la corporación pública, experta y previsora, aunque participó de la iniciativa de los devotos de la imagen, decidió prever también, aparte la común rogativa para que lloviera, para el caso de que ocurrieran las deseadas lluvias, una fiesta solemne de gracias, en la que se cantara un tedeum y que se complementara con el sermón a propósito. Como, pasados los días, persistió la sequía, aparte lo que ya había previsto, optó por solicitar al arzobispo que enviara a un capuchino para que predicara una misión por las tardes durante un novenario de rogativas, y creyó conveniente, para preservar la dedicación a la penitencia, que se evitaran licencias para romerías, sobre todo a mujeres que no fueran acompañadas de sus maridos. La misma secuencia de actividades, si bien resumida, con que la que se actuó en 1750.

     Aunque las rogativas puedan reducirse a uno de los recursos agronómicos relacionados con las creencias, servido por una tradición milenaria, en pleno siglo décimo octavo habían conseguido ser algo más. Eran un medio eficaz para extender la conciencia de que los granos se encarecerían, condición que inmediatamente ayudaba a que así ocurriera. No es necesario discutir que, si algo así efectivamente pasaba, solo convenía a los que poseían grano. Pero la convocatoria de las rogativas, más allá de lo que a cada cual interesara, preparaba a todos para enfrentarse a precios altos. Entonces, como luego la publicidad, aquellas movilizaciones de devotos, que aspiraban a comprometer a patrióticas mayorías, preparaban la demanda del grano para un consumo resignado a los precios altos.

     Convocando las rogativas no es seguro que se obtuviera el benéfico efecto, pero cuando menos no era descabellado intentarlo. Allí donde se esperaba recibir los mayores beneficios de la crisis, como en la capital de la región, mercado de primer orden, porque las posibilidades para la venta del trigo eran las más extensas, las rogativas serían más tempranas y más frecuentes. Mientras tanto, en las poblaciones medias de la región, muchas de las cuales actuaban como centros comerciales de alcance comarcal de un tamaño estimable, seguirían aquel rastro, aunque con una actitud más contenida y bajo un mayor control de los medios que ponían en acción. También es probable que fuera el final del invierno el tiempo preferido para desencadenar las rogativas asociadas al comportamiento adverso del tiempo que prometía tiempos expansivos. Era un lugar común de la época que los precios del grano se iban incrementando según se iba agotando el producto precedente, más aún cuando la cosecha próxima se pronosticara deficiente justo como consecuencia de un imprevisto efecto del clima.

     Como las rogativas se habían consolidado como un recurso reservado para momentos excepcionales, el comportamiento adverso del tiempo en 1750 creó la oportunidad para comprometerse con una declaración pública de que un tiempo singular debía comenzar. Poco antes de 1750 todos reconocían la atonía de los precios de los productos de la agricultura de los cereales de la región. Se aceptaba que estaba estancada. Aquel año, ante la oportunidad que ofrecía la naturaleza, a algunos también pudo tentar el estímulo de sus precios al alza, utilizando para ello todos los medios racionales al alcance de las empresas que invertían en aquella agricultura, entre los que sin duda cumplían mejor con esa propiedad, porque tenían demostrados sus servicios, los proporcionados por las devociones. Entre los promotores de las rogativas de 1750 pudo haberlos interesados en extender entre sus semejantes el crecimiento que solo la multiplicación del precio de los abastos básicos podía originar. Su cálculo previo sobre cómo se podían a comportar los precios del trigo, si las rogativas fueran alentadas correctamente, crearía la opinión en favor de la necesidad de recurrir a tales medios estimulantes del precio. Su comportamiento previsible dentro del ciclo anual colmaría tanto fervor.

Todavía a comienzos de septiembre de 1750, cuando ya todo se hubiera consumado, el municipio que en marzo había designado como su compatrona a una imagen de Santa María decidió hacer cada año una fiesta a la imagen, con su misa mayor y su sermón, en la iglesia del convento donde recibía culto. Como el día ocho de aquel mismo mes se celebraba la natividad de la Virgen, y parecía la ocasión más oportuna para satisfacer este propósito, una vez meditadas sus decisiones, vio el gobierno de la población que ese día no era el más adecuado. Aquel día concurrían demasiadas cofradías o hermandades de los devotos al convento, que año tras año asistían primero a la función y luego a la procesión, haciéndola tan larga que terminaba a las cuatro o incluso a las seis de la tarde. Concluyeron que era preferible que el voto se cumpliera una semana más tarde, el siguiente día quince, octavo de la natividad. A la fiesta de ese día asistiría el cabildo, al menos representado por la diputación que para ello tendría que designar. Sería suficiente para que se tuviera por cumplida la fiesta acordada, sobre todo teniendo en cuenta lo difícil que era la asistencia de toda la corporación, tanto por lo largo de la estación como por la grave incomodidad que en los días de la octava ocasionaban los calores. Pasado el día quince, quedó suficiente constancia de lo penoso de la estación cuando los diputados para el acto presentaron las cuentas de los gastos que la fiesta había ocasionado. Hubieron de asistir, acompañados por el escribano del municipio, durante la mañana de aquel día en un coche que les costó ocho reales. En lo sucesivo, pues, tendría que ser el día octavo de la natividad de Nuestra Señora el que cada año se reservara para que con la asistencia de la corporación se celebrara la fiesta acordada. Por el municipio fueron elegidos como diputados para cuidar y asistir a ella un regidor y el alférez mayor, que al tiempo también era regidor. Al padre principal de la provincia de la orden en la que estaba el convento, a su padre corrector y a la comunidad les entregarían copia del acuerdo, para que les constara lo que la asamblea había decidido, y por ellos fuera aceptado.