Francesco Guicciardini

Apeles Ernesto

Francesco Guicciardini es un analista inexorable, al estilo clásico, el mismo que heredó y consagró Tito Livio.

     Su punto de vista es siempre el de su patria, la ciudad de Florencia, con la que se identifica mediante la primera persona del plural. Mantener invariable el punto de vista ayuda mucho a la comprensión de su relato, repleto de acontecimientos y personajes, alianzas que constantemente se agotan y renuevan, y enfrentamientos entre los poderes itálicos.

     Sin necesidad de convertirlo en objeto explícito de su narración, a cada paso revela el origen clientelar del poder florentino, y así convierte este asunto en el protagonista de su historia, probablemente lo que la hace más valiosa para el lector contemporáneo por lo que a los contenidos se refiere. Su valor perenne tal vez será revelar con lucidez, sin ambigüedad, cómo se origina y se sostiene el poder en cualquier momento, aunque pase el tiempo inexorable. Como atributos de quienes alcanzan la cima del sistema clientelar reconoce la riqueza de las familias, fundamento de su preeminencia. Luego, la formación y las letras, que asimismo puede ser una vía para la promoción personal. Por último, también acceden a la élite los que adquieren responsabilidades magistrales gracias a su valía. En su forma de indagar y concluir sobre las raíces del gobierno hay que incluir la experiencia democrática, en Florencia desencadenada y sostenida por el iluminado Savonarola, premonitor visionario.

     Cuando es necesario, para que las explicaciones tengan sentido detiene el relato cronológico y recopila antecedentes. Procede de este modo para describir conexiones y filiaciones, además de conmemoraciones de personajes y familias. Al contrario, cuando necesita mencionar algún hecho posterior, porque la secuencia del relato le obligue a mentarlo, la anticipación se limita a adelantar que lo tratará después. Su presentación completa se aplaza, advirtiéndolo, para evitar la interrupción de la prevalente exposición cronológica lineal. También para transitar recurre a breves anticipaciones. Y cuando los hechos son simultáneos, los ordena por separado y los expone sucesivamente. Un excurso, que se inserta en el orden cronológico a propósito del hecho con el que se relaciona, sirve para informar sobre una institución del estado. Y aunque no lo declare, admite la recurrencia de los hechos. Si no estuviera convencido de que actúa, no habría redactado, y revisado sucesivamente, sus Recomendaciones y advertencias, que pretenden dotar a su lector de reglas útiles para la vida. (Aunque cuando recomienda y advierte le interesa sobre todo él.)

     Al principio, parece el receptor de historias una y cien veces contadas en el círculo de los allegados a las instituciones de gobierno y las familias potentadas, bien recopiladas por él, bien procedentes de narradores que le precedieran, en cuyo caso su trabajo habría consistido en ordenarlas y verterlas en su estilo. Pero, avanzado el relato, cita fuentes, quizás porque su idea sobre estas se identifica con el testimonio directo. Tal vez porque así ganaba en aproximación a los hechos, escribió en distintos momentos.

     Su propia experiencia sería su fuente dominante, razón por la que puede protestar la certeza sobre lo que narra alegando que al suceder los acontecimientos no estaba en la ciudad. Entre sus experiencias también pudo estar ser parte de un auditorio que oyera historias alejadas en el tiempo. Pero reiteradamente alude a su memoria como medio de información, aunque a veces sea para confesar que duda de la información de la que dispone. Así, el testimonio sobre la duración de un encuentro, no demasiado creíble, que remite a lo que contaron quienes participaron en él. O para declarar que no recuerda una causa o un lugar, o hasta para admitir abiertamente ignorancia, como por ejemplo cuando debe mencionar cifras de combatientes. O para confesar que renuncia a contar porque desconoce los detalles o sus razones, y que cuando ignora prefiere callar. Pero sobre ciertas disputas políticas admite manejar fuentes propias que no revela, y a propósito de la vida de Lorenzo el Magnífico, dice que los datos que maneja no proceden de su experiencia personal, porque cuando el personaje murió él era un niño. Sus informantes, para este caso, fueron personas y fuentes auténticas, fidedignas.

     Buena parte de su interés se concentra en averiguar las causas de los hechos que narra. Al principio, la causalidad la aísla de manera directa, y la descubre inmediata y por tanto única. Pero para explicar determinados hechos duda entre dos posibilidades en al menos un par de ocasiones: “[…] no se hizo nada, ya sea porque Dios lo haya querido para algún buen fin, ya sea porque la fortuna haya decidido burlarse otra vez de nuestros afanes […]”. Efectivamente se refugia en la intervención divina cuando no encuentra otra explicación causal: “[…] aquel Dios que muchas veces nos ha ayudado en nuestras angustias no quiso que Florencia muriera […]”. O “Pero la justicia divina quiso […]”. Aunque también opta por el azar: “[…] quiso la suerte […]”, “[…] cuando de repente la fortuna […]”. Admite la interferencia de prodigios, como presagios de muerte, al estilo antiguo, en el caso extraordinario, aunque parece más un medio para enfatizar que un procedimiento para encontrar explicaciones.

     Pero se permite la conjetura cuando no está seguro de conocer la causa, y también especula con diversas causas, dos, tres e incluso más, lo que convierte al análisis y la reflexión en fuentes alternativas y punto de partida para que sus amplificaciones brillen, con tanta conciencia de su efecto que evoluciona a proclive a exponer haces de causas, y especular con distintas posibilidades para encontrar explicaciones termina convirtiéndose en un recurso frecuente. Para juzgar sobre el origen de hechos de dudosa explicación, examina circunstancias: para quiénes pudieron ser un perjuicio y a quiénes beneficiar, más allá de cuáles fueran las razones admitidas, antes de optar por una. Y a veces, con cierto aire de recurso de estilo, declara no saber por qué.

     Se decide por la ecuanimidad cuando llega el momento de enjuiciar los hechos más polémicos, y raramente toma una experiencia por modelo y generaliza. Pero cuando lo hace, moraliza, para lo que aplica lo que cree un valor universal: proteger la riqueza es beneficioso para la ciudad. A veces argumenta, en favor del relato, que se trata de hechos que no se deben olvidar, y otras, toma hechos por ejemplo para quienes deben dirigir, con el fin de advertirles que deben ser previsores si desean eludir por completo los peligros que acechan esta responsabilidad. Cuando narra la amenaza de crisis, llega el caso en el que opta por la admonición, aunque concediéndose un margen entre la ironía y el cinismo. “Quise mencionar este episodio para que los que se encuentran gobernando una ciudad tengan siempre presente que si no están en condiciones de poder coaccionar al pueblo, deben actuar con suavidad y paciencia; si se llega a la aspereza, el pueblo empieza a enojarse y resistirse, de modo que ya toda cooperación resulta imposible.” (XIX, [6]). Y no le parece razonable quitar la vida a un militar porque haya prestado sus servicios a quien le pagaba.

     Casi no enfatiza ni se destempla. Expone sin que le altere el asunto y apenas adorna el texto. Ya muy avanzado el relato, en el capítulo XXIII, recurre al símil del piloto del barco para referirse a quien tiene la responsabilidad del gobierno. Poco después, en el XXV, insiste en él, y todavía, ya casi terminando el texto, en el XXVIII, retorna otra vez a lo mismo. En los últimos capítulos se adorna algo más, aunque con sencillez: “[…] ponían oídos de mercader […]”, “[…] tenía en sus manos una carta segura […]”, “[…] fue lo mismo que hablar a sordos […]”.

     Tan solo se traiciona parcialmente cuando retrata a Lorenzo el Magnífico; parcialmente, porque en realidad se atiene al canon del encomio del héroe o varón ilustre. Dejándose llevar por un tópico similar, el retrato del antihéroe lo personifica el papa Alejandro VI. Y duplica el encomio del héroe con la semblanza de Savonarola, el otro protagonista de su relato, cuya semblanza alcanza un tono muy intenso cuando relata su muerte, cumbre de su estilo lineal. Las efemérides de los protagonistas, en particular las defunciones, las aprovecha para insertar sus biografías, también en esos casos a modo de encomio fúnebre.

     Pero, tal como ocurre con todos los clásicos, lo que seduce al lector de la posteridad es casi tan eufónico como conceptual. Los criterios para la correcta elección de los sustantivos, y la elocuencia cuando adjetiva y amplifica las explicaciones, están tan cuidadosamente elaborados que el lector los acepta como una propiedad natural de su discurso, aunque demuestra que es un recurso consciente que explícitamente valore que la elocuencia no sea artificiosa y abstrusa, sino natural y comprensible. El resultado es un relato diáfano que no desfallece, directo y claro cuando plantea cualquier asunto. Lo vertebra con una red de verbos que ejecutan la acción continua, y nunca recurre a grandes complejos sintácticos. Para sus periodos, decide unas duraciones y se impone una melodía. Las longitudes de cada unidad se atienen a medidas previstas y, en una versión al castellano respetuosa con el original, el lector aprecia que resuelve sus cortas cláusulas con ritmo trocaico, aunque las cargue internamente con contrapuntos moderados.



Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.