Deudores rurales

Narrador

Los prestatarios o deudores también eran instituciones y personas, tal como los vendedores de créditos, solo que a este lado de los negocios el valor relativo de cada posición era el inverso. Mientras que el número de instituciones deudoras se limitaba a la quinta parte del universo de los prestatarios, las personas que se habían comprometido con un crédito eran los otros cuatro quintos. Con el tiempo, este reparto de papeles, en el mercado que se fue imponiendo, el de los censos, depuraría aún con más nitidez las posiciones de las partes actuantes. Observadas desde la contabilidad del convento de referencia, parece que el valor relativo de cada una fue incrementándose con su respectivo signo: el comprador de los censos de la primera mitad del siglo décimo octavo, en nueve de cada diez operaciones, era personal. Cuando además es posible observar el volumen de dinero comerciado, como en el caso del consumo de los créditos circulados por memorias, también se observa que la posición de mayor volumen era civil: seis de cada diez unidades monetarias eran cedidas por instituciones eclesiásticas en algún grado y movilizaban renta apta para financiar gastos de personas o grupos familiares útiles. Desde este punto de vista, todavía se deduce otro rasgo que parece característico de la demanda del crédito rural cuya restitución perseguimos. Su grado de concentración era alto: un tercio de la demanda captaría casi tres cuartas partes de la oferta. Del dinero vendido, a las manos de ese tercio habrían ido a parar siete de cada diez unidades monetarias, un fenómeno que afectaba aún más a la fracción institucional de los compradores.

El deudor corporativo en casi todos los casos al mismo tiempo era canónico. Cuatro reales, de cada diez vendidos por vía de memoria, no salían del dominio de las rentas eclesiásticas o asimiladas. La porción más explícita, que sumaba quince de cada cien operaciones de este tipo, era la que absorbían los conventos, cinco de cada seis de los cuales eran femeninos. De todo el dinero que salía a esta fracción del mercado reciclaban, por vía de crédito con memoria, una porción igual, lo que correspondía casi a la quinta parte del capital que por ella circulaba. Los regímenes económicos de una parte de las capellanías, y también de buen número de cofradías y hermandades, muy frágiles, les obligarían a financiarse regularmente con créditos, que podían obtener con preferencia en este circuito de las memorias, más limitado y más asequible. Sobre todo las cofradías, que suscribirían un crédito tipo alto (2.649,9 reales), encontrarían aquí su medio de financiación más favorable. Compradoras preferentes de créditos a través de esta fórmula, adquirían la décima parte del valor nominal de sus principales. Los patronatos, asimismo diversos, también consumían una parte significativa de esta oferta. El crédito medio que sintetizaba su demanda (420,4 reales) indica una baja capacidad para el endeudamiento. De las restantes posiciones canónicas (clérigos regulares y una monja, fábricas parroquiales), solo un hospital destacaba, aunque con una cuota por debajo de la vigésima parte.

La demanda de los tributos aparentaba mayor nitidez de los comportamientos, porque la parte institucional de las operaciones crediticias conceptuadas como tributos era la mayor. Al mismo tiempo, su grado de concentración de la demanda parecía más alto que el de todas las operaciones precedentes. Casi tres cuartas partes de los deudores mantenían más de un tributo anual. Aunque es cierto que la mayoría de estos apenas alcanzaban los cuatro compromisos de pago, había otros que satisfacían un número importante de tributaciones. Capellanías y una treintena de clérigos de todas las clases, por igual, cargaban con algo menos de la mitad de estas operaciones. Otra fracción importante, aunque por debajo de la vigésima parte, las cargaban sobre sí los conventos femeninos, casi los mismos que simultáneamente eran acreedores de cobros comparables. Los hospitales y el colegio de los jesuitas componían una parte de la demanda solo algo menor. Las demás operaciones correspondían a las instituciones habituales (cofradías, fábricas, obras pías y patronatos). La identificación de los deudores por su razón corporativa parece corresponder al hecho de que la carga se hubiera aceptado para financiar el gasto de la institución enunciada. El examen tipológico de la parte de los deudores identificada mediante esta razón, así como el de los instrumentos que utilizaban para endeudarse, nos ha permitido llegar a una conclusión que ya el análisis del tributo como tipo de contrato crediticio nos había adelantado, tan inmediata como valiosa para completar los rasgos del mercado del dinero en el campo. Una parte significativa de este orden tenía que ser cruzada, dado que las mismas instituciones eran acreedoras y deudoras.

Las corporaciones vinculadas al canon eclesiástico que adquirían censos, donde se concentraba en la primera mitad del siglo décimo octavo la masa de los compradores de dinero, también eran capellanías, cofradías, conventos y patronatos, pero ninguna pretendía crédito en una cantidad que fuera significativa, y desde el lado de los censos no era tan visible la parte endógena del crédito rural. A primera vista, parecía que las deudas institucionales fueran cruzadas que a un lado y a otro aparecieran fundaciones de la misma clase. Pero solo excepcionalmente encontrábamos la misma institución en las dos bandas (una hermandad, un convento de carmelitas calzados y un patronato), y aun en esos casos con preferencia se situaban en una y excepcionalmente a la otra. En los demás, las instituciones, aunque fueran de la misma clase, no eran idénticas.

Pero para las memorias y los tributos la ambivalencia sí era un hecho regular. Cada fundación conventual, porque su régimen económico tenía su origen en una adjudicación de bienes privativa, se podía mantener a su modo. Fueran de clero masculino o femenino, unas podían no ser deficitarias y otras sí, y de estas unas más que otras. Al tiempo, ocurría que los establecimientos femeninos podían disponer de un régimen propio de ingresos, sostenido a lo largo del tiempo al margen de las rentas proporcionadas por el patrimonio inmovilizado, que los distinguía de los masculinos, el que le permitían las dotes de las profesas. Comprometer memorias y tributos, sin transferencia previa de capital, podía ser un medio para redistribuir, entre las instituciones afines deficitarias, no necesariamente de la misma orden, sus vigorosas rentas. Por lo que podíamos observar, las fundaciones conventuales masculinas, y sobre todo el beneficio parroquial podían ser sus correspondidos más probables. De clérigos regulares, monjas e incluso de las fábricas parroquiales podía esperarse que sus memorias y tributos, cuando fueran de iniciativa propia, no resultado de una sucesión, podían ser compromisos que utilizaban este procedimiento sin contrapesarlo con una cesión de capital, para transferir renta, fuera de manera estable o para salir al paso de un balance anual que no les favoreciera. En reciprocidad, la participación del consumidor corporativo común en estos mercados, por las modalidades que los documentos registran (cofradía, colegio, convento, fábrica, hermandad y patronato) se explicaría porque para una parte de ellos, en determinadas circunstancias, podían ser imprescindibles, quizás solo con fines contables, los créditos cruzados. Así se sostendría regularmente una circulación fiduciaria o primitivo dinero bancario en el medio rural moderno.

En paralelo a esta trama actuaban las instituciones típicamente deudoras, la primera el municipio. Los propios intervenían en el mercado del crédito exclusivamente como demandantes. Y así como era excepcional en el ambiente del endeudamiento el patrimonio público municipal, porque al mismo tiempo no se detectaba como acreedor, salvo su excepcional mediación fiduciaria, las instituciones estrictamente civiles deudoras eran vínculos, mayorazgos y títulos. Un título, un par de mayorazgos y, sobre todo, diecinueve vínculos, acumulaban la mitad del tráfico de los créditos conducidos a través de la memoria. Sus grandes consumidores, los vínculos, encontraban en ella la demanda adecuada porque concentraban la tercera parte, tanto de las operaciones como del dinero transferido. El cuadro de la demanda civil del crédito conmemorado lo completaban un título y un par de mayorazgos. Sobre todo estos eran excelentes compradores de inmovilizados derivados a principales. El volumen de las iniciativas personales conducidas a través de cualquiera de estas tres instituciones familiares permite pensar que un grupo de la población, ya segregado por iniciativas legales precedentes, pudo abundar en su preeminencia representando el culto a sus antepasados, para con él encubrir al menos una parte de su compra regular de dinero. Dado el limitado valor del crédito tipo que compraba, es posible creer que a esta fórmula recurría para hacer frente a los gastos de menor entidad.

Entre los deudores institucionales y civiles de tributos, que eran pocos, la identificación de las instituciones que los avalaban comprende cinco que pesaban sobre mayorazgos y ocho sobre vínculos. De las instituciones civiles que adeudaban censos la mitad eran vínculos necesitados de financiación. También eran deudores de censos dos mayorazgos, e igualmente había títulos en el lado de los deudores comprometidos por la relación financiera directa. Siendo todas personas demandantes de crédito que se identificaron al mismo tiempo como dueños de bienes inmovilizados, hay que admitir que las rentas que estos les proporcionaran serían insuficientes para sus proyectos económicos; de lo contrario, no comprarían dinero. No sería correcto incluirlas entre quienes sostenían su posición gracias a la renta que, valiéndose de la inmovilización, deducían al trabajo. Eran los deudores institucionales en los que más ha insistido la historiografía. Parece que era frecuente entre quienes debían sostener su iniciativa económica sobre bienes vinculados que utilizaran para extraerles liquidez los recursos habituales. Uno de los más comunes era cargar sobre ellos alguna de las obligaciones crediticias que estamos analizando. Si el titular de un bien con esta sujeción no tenía con qué financiar sus explotaciones o empresas podía recurrir a cargar sobre ellas un crédito; para lo cual, además de su habitual relación con los bienes vinculados o con los destinados a fines piadosos, podía comprometer a los suyos que no estuvieran de antemano limitados. Como la consecuencia era que por esta causa solo adquiría la obligación de pagar cada año una modesta cantidad, que el bien inmovilizado pudiera soportar este peso podía ser un incentivo para que el propietario abandonara la inversión productiva, eludiendo los gastos y el trabajo de la gestión de la empresa y reduciendo el recurso al capital a su papel de bien hipotecado.

Pero la dirección del crédito rural con preferencia iba de las corporaciones, que disponían de ahorro inmovilizado al que debían extraerle renta, a las personas físicas que lo demandaban. Sabiendo ya que cualquier comportamiento que tuviera alguna oportunidad en el mercado rural del dinero estaría acogido a sagrado; que sus prestamistas individuales igualmente sobrevivirían al calor del invernadero canónico, en mayor o menor grado; la amplia relación de los deudores del convento fue la que nos permitió verificar el análisis deducido de las fuentes más generales. Para conocer cuanto fuera posible de los deudores personales el rastro más seguro que los documentos permitían era su identidad, concentrada en la mención de sus nombres, la referencia que más concedían sus redactores. Solo averiguando de aquellos cuanto estos permitieran se podría satisfacer la descripción completa del ciclo crediticio. Deseábamos progresar en el análisis de los deudores sobre todo porque aspirábamos a conocer el empleo que daban a los préstamos, y especialmente si el destino que les aguardaba era productivo o no.

A partir de la identificación nominal ensayamos diversas formas de aproximación a las características de esta vertiente de aquel sistema. La primera con algún resultado consistió en detectar los posibles créditos cruzados, para restaurar la dimensión efectiva del número de los demandantes, antes de avanzar en cualquiera de las otras facetas del análisis. El balance fue satisfactoriamente precario. Solo dos personas eran simultáneamente acreedoras y deudoras. Eran los únicos comportamientos en los que podíamos apreciar un indicio que nos permitiera pensar que en este ámbito pudo actuar el financiero especulador. Creímos que era suficiente para afirmar que este comportamiento, aparentemente al menos, estaba excluido de aquellos mercados.

La dispersión del crédito era alta. Casi cuatro de cada cinco deudores de censos estaban comprometidos solo por una deuda, eran insignificantes los que tenían que responder por tres y nada más que uno mantenía cuatro, valor máximo del acaparamiento. Apenas una décima parte estaba obligada por los réditos de dos préstamos distintos. De esta manera de comportarse, de la que parece más responsable los que vendían el dinero que quienes lo demandaban, porque la entidad que nos permitía estas estimaciones periódicamente ingresaba importantes cantidades en su caja de los préstamos, aptas para ser activadas en el mercado del crédito, se podía deducir que la capitalización sería una posibilidad permanentemente abierta.

De los deudores personales de censos, solo tres vigésimos eran mujeres, y de estas la cuarta parte se declararon viudas. Mujeres, de las que no constaba que pudieran tener alguna relación con institutos eclesiásticos, también tenían presencia significativa en el mercado de los créditos cursados mediante memoria. Aunque eran algo menos del vigésimo de los demandantes, algo menos de la mitad de los capitales adquiridos estaban suscritos por ellas. Parecía que también eran circunstancias biológicas las que decidían sobre tan alta presencia femenina en la compra de esta clase de créditos. Concluidos sus matrimonios a consecuencia de la acción selectiva de la muerte, para cuyo apetito eran precedentes los ejemplares del otro sexo, habrían recibido en exclusiva la responsabilidad de una carga en su momento contraída por dos. Pero también había sido posible que la capacidad de endeudamiento de la familia se expandiera recurriendo a la cónyuge como responsables única del compromiso crediticio. Razones dictadas por la ineludible consanguinidad asimismo alentarían otras variantes del préstamo. Más de una cuarta parte de las deudas censatarias recayó en sus responsables por herencia. El compromiso se perpetuaba constituyéndose en deudores los herederos del prestatario primitivo, lo que en algunos casos aconsejó su transferencia a un solo pagador.

Entre los hombres que adeudaban censos era una porción irrelevante, inferior a la décima, la que decidió identificarse declarando, junto a su nombre, alguna referencia a su formación o a su actividad. Se preocuparon por actuar así, más que cualquiera de los otros, los eclesiásticos, en especial los que solo podían titularse presbítero, pero también frailes y clérigos de órdenes menores. De la población civil, fueron los jurados de la cámara del municipio quienes gustaron más hacer ostentación de su título. Solo un doctor en medicina hizo constar esta formación.

Los indicios sobre la posición relativa de los acreditados, dentro del agregado de las poblaciones, que eran universos porque al mismo tiempo eran lugares discretos, podían completarse con el examen del recurrente tratamiento, cuyo limitado valor provenía de su casi insobornable rigidez. Aunque nunca nos había parecido un recurso del que se pudieran esperar buenos resultados, ahora deseábamos agotar todas las posibilidades a nuestro alcance, dada la importancia de esta parte del problema. El grupo de quienes hacían ostentación, para que les sirviera de cobertura, del tratamiento que públicamente se les concedía era particularmente destacado entre la fracción de los consumidores que prefirieron el mercado específico de los créditos con memorias. Un tercio de sus deudores requirió el común a la distinción básica, don para los hombres y doña para las mujeres. Conducían una parte nada despreciable, del total de sus necesidades financieras, por este camino, como demostraba que el crédito tipo que obtenían estaba por encima del medio. La población civil significada con tratamiento la representaban dos vecinas y nueve vecinos, que acumulaban una décima parte del valor nominal de los créditos vendidos por esta vía. Podríamos haber enfatizado la alta proporción de dinero que acaparó el grupo, con seguridad muy superior a la que correspondía a su valor relativo en cada población. De proceder así, hubiéramos invertido un esfuerzo de documentación cuya rentabilidad no hubiera sido diferente a la que nos permitía la conjetura. Claro que esta manera de proceder es heterodoxa, pero el valor relativo del problema recomendaba correr el riesgo antes que dilapidar energía. La presencia de eclesiásticos entre los deudores de esta fracción del mercado, que avisaba de la importancia que pudo tener el trato preferente en las concesiones de préstamos, no restaba valor al peso civil de esta demanda porque era baja.

Más fecundo aún nos pareció el análisis complementario, que demostró para la oferta común de dinero a través de memorias lo asequible que para una parte de la población pudo ser. De dos terceras partes de los compradores pudimos tener la certeza que pertenecían al común porque no habían sido registrados con tratamiento. El tamaño del común, en las poblaciones modernas, también correspondería a una proporción más alta, que tampoco era necesario cuantificar para dar satisfacción a este axioma. Su valor efectivo, para nuestro análisis, indicaba la amplia difusión de la posibilidad de invertir, a través de la financiación que el crédito modesto facilitaba. Porque, al mismo tiempo, el análisis de los nombres de persona sin tratamiento demostraba que esta parte de la población tenía en el mercado de los créditos con memoria una presencia limitada a menos de la vigésima parte de las operaciones y algo por debajo de la mitad de los capitales adquiridos.

El valor relativo de los compradores sin tratamiento en el mercado de los tributos podía ser una prueba de su mucho más limitada admisión en esta clase de transacciones. Solo dos tributos los debían un par de hombres que no añadieron nada más a su identificación nominativa. Este hecho nos pareció la mejor demostración, de cuantas los documentos nos permitían ahora, a favor de que el mundo de los tributos era naturalmente hermético.


León Hernández

Bartolomé Desmoulins

León Hernández, astuto mediador de negocios transnacionales en un despoblado, tan vacío que llegó a ser desnombrado, fue excluido del servicio militar a causa de la deformidad de sus plantas. Las plasmó una en un papel secante, y los doctores jurados certificaron que cargaba con un puente de un ojo tan abierto que su radio era mayor que la suma de las superficies sobre las que descargaba el peso de su cuerpo, respectivamente anterior y posterior a la comba. Había concertado con su novia de entonces, tricotadora hábil y modesta, de cuerpo redondeado por masas discretas, acogedoras, con tienda abierta por cuenta propia en las dependencias exteriores de una casa propiedad de su madre, por las que jamás le pidió nada, salvo una promesa de que sus días no terminarían en un asilo de caridad, anticuado, atendido por monjas, exigentes de la pensión que a causa de la agonía de su tiempo la titular percibiera, fuera del estado o de un fondo en el que los ahorros invertidos permitieran deducir ingresos, cumplidos los requisitos de la póliza, que lo esperaría, si fuera necesario. Había alcanzado ya la plenitud de su astucia, y acordó una sociedad con otro negociante, cuya actividad se había consolidado en poblaciones más próximas al centro de la región, incluidas algunas moderadamente recreativas. Fueron las relaciones con aquel hombre de ardides las que le permitieron la natividad de sus días de ternura. Vivía convencido de que ya los conocía, gracias a la hábil tricotadora, que recompensaba sus encuentros con cálculos y conversaciones sobre el costo del hogar que compartirían en el futuro. Mas, gracias al conocimiento adquirido, tuvo conciencia del alcance de su apostura. Por si no fuera suficiente, el ingenio para multiplicar las oportunidades se mostró fecundo, porque para los hombres la capacidad para inventar carece de límites. Así, León Hernández, que recibió la comunicación del tribunal médico una vez que hubiera decidido, porque era incapaz de sobreponerse a una renuncia temporal al tráfico de frontera que le inyectaba dinamita en las venas, exrrostrarse con un clavo su ojo izquierdo. Había evaluado sus ingresos en una cantidad muy por encima del horizonte, al otro lado de la línea entre los dos estados, que entonces le permitía alcanzar su vista. Así como Aníbal, por haberse expuesto a las aguas estancadas del lago Trasimeno, una vez recibidas innumerables heridas, curadas de urgencia en campaña, perdió un ojo, trofeo que le valió más fama que cualquiera de sus victorias, conseguidas con un equipo limitado, esperanzas defraudadas, cálculos transportados por la orina a lo largo de la uretra, alcanzó la cima de su gloria, León, quien ganó el corazón de la secretaria de su socio, cuya madre, que había enviudado joven, estaba a su cargo. Una vez que fuera equiparado a Robert de Niro, por aquella época en la plenitud de sus días, tal como aún es posible admirarlo en Taxi Driver, admitió el costo que la persistente salud de Isadora, en casa de pocas plantas viviendo, contigua a la de su hermana, no tan felizmente viuda, cuyo cónyuge, empleado en una fábrica de cerveza, durante años se había resistido a cambiar su domicilio, afrontado a la factoría, puesto que todavía amaneciendo, ya el verano vigente, el aroma del lúpulo lo despertaba, aunque por último había consentido tomar un piso en la misma planta, hacer las tareas del hogar, gestionar los pagos mensuales, pasear en solitario, una vez perdida buena parte de su olfato, añadía a la servidumbre de los tuertos. Nunca la tricotadora presumió, mientras transcurrieron sus días serenos, que el tiempo que había empleado en complementar el suministro de su tienda, a cargo de textiles del nordeste, tuviera que convertirlo en un gasto deducible. Llegaba por correo ordinario, cargado en vagones mercancía, y León, con el documento por el que ella lo autorizaba, pasaba a recogerlo, con el beneplácito de los empleados de la oficina, a cargo del tío de un amigo con el que compartía ocios y deportes, juegos de esfuerzo, antes de que fuera llamado a filas. “De poco te servirá demorarte” le oí decirle, una vez que acudí al estanco frontero, repuesto de fumadores ahorrativos, previsores del costo que el suministro a granel, a economías dependientes y de ingresos limitados, suponía, porque pasaba por la puerta y rechacé justificar con un mal disimulado despiste seguir sin saludar, el escaparate colmado de colores, apenas del ancho de una ventana, la luz de plena mañana segregando cada cual para que cada ojo los agregara en una suma, cuyo resultado en cada corazón explotaría. Cuando, conocida la secretaria, tuvo que pagar los portes, la tricotadora los incluyó en su declaración de gravámenes.


En guardia

Ángela Herodias

Cástulo es un hombre discreto, a pesar de su casi metro noventa. Calza sandalias, incluso en invierno, cuando se permite un par de calcetines, bien con estampado de colores, que se extienden sin contornos definidos por el empeine y el talón, bien de punto cruzado, para formar ingeniosas combinaciones romboidales, bien lisos, discretos de tono, probablemente más de fibra que de algodón. Sus únicos pantalones, de los que posee varios pares, ceñidos al tobillo, son piezas supervivientes de un conjunto truncado, adquiridas en mercados marginales los domingos por la mañana. Bajo el puente de las piernas le cuelgan poco menos de un palmo, y ante las rodillas mantienen una bolsa, resistente a los lavados a los que cada semana los somete. El jersey que cubre su torso recuerda a los que suministra el ejército a los soldados, de un verde apto para los camuflajes previsibles, no para las emboscadas, quizás de un tono más pálido que el original, ahora una consecuencia de su persistente exposición al sol. Se le adivina una camiseta debajo, porque algo por encima de los pectorales lleva marcado un arco y sin embargo nada asoma por el cuello, siempre completamente desnudo, tanto que al descubierto le quedan las pelusas del cogote. Tengo la certeza de que se afeita con regularidad, aunque no con frecuencia; he supuesto que los viernes, al estilo de los antepasados nuestros, quienes descubrieron que la madrugada del sábado, víspera del descanso más prolongado de la semana, relajaba las costumbres del modo menos favorable. Como tampoco frecuenta la peluquería, quizás porque ya no lo necesite demasiado, sus vecinos suponen que el momento decisivo de su vida coincidió con la ola pacifista que en los dos continentes, ambos del norte occidental, separados por un océano, suplantó la amenaza de una revolución; que después de los desastres de la peor guerra que haya conocido la humanidad cercaba a los gobiernos, inutilizaba los turnos.

Vive con la modestia que le aconsejan sus convicciones, que cela con el silencio, en poco más que una habitación; con el mayor decoro que sus circunstancias, sujetas a los ingresos de una parca prestación, le permiten. Hay que reconocer que es ahorrativo, que tiene organizados sus gastos con más rigor del que aconseja una sana economía. Compra la fruta por unidades, y la verdura, cuando la examina, ante la impaciente mirada del vendedor, la bondad hecha una estimable porción de carne, que se afeita la cabeza, la selecciona con la severidad de un almacenista, quien rechaza un lote si ve alguna pieza magullada. Y solo después toma una o dos que a lo sumo alcanzan los doscientos gramos, el cuarto de kilo como mucho. Se tiene prácticamente vedado el producto de la pesca, no porque crea nociva su carga de metales, y del vacuno su dieta, que lo restringe a una ocasión al mes, tiene aceptado el pesado hierro que destila disuelto en la sangre. Cuando le apremia la necesidad de proteína, recurre al pollo, aunque esté convencido que nada puede superar, si por las proteínas hay que preocuparse, a las legumbres, las más saludables. Al hombre sano no le tendría que estar consentido ponerles reparo porque sean flatulentas.

Pero no se puede decir que sufra privación alguna. El mobiliario de su hogar es el razonable para un hombre que vive solo. Cama, armario y los equipamientos de la cocina y del cuarto de baño son los mejores que tiene al alcance un hombre con sus ingresos. Es cierto que podría disponer de más confort en la habitación, la primera pieza de la casa que quien entra ve. Todo su mobiliario se limita a una mesa y un sofá; la mesa, para comer, el sofá, para dormir. Pero no necesita más. “Excederse en lo necesario solo conduce a la molicie”, dice.

La lluvia es un don de la naturaleza que solo quienes siembran saben apreciar. Es un milagro que en silencio, fuera de la vista, nutra la bendición de una zanahoria, el beneficio de una patata, excelsa si frita. Pero quienes habitan en las ciudades, antes que agradecerla, suelen enemistarse con ella. No es que la repudien, ni que ignoren el valor profiláctico que el lixiviado de las calles, de los edificios que las llenan y del aire urbano para ellos tiene. Sin embargo, les contraría que a todos, antes o después, les sorprenda inermes. Los que se atienen a los ritmos de la vida en la ciudad viven sometidos a una velocidad que comprime su capacidad para tomar decisiones, como cuando al frenar el autobús los cuerpos se agolpan, restringida por la duración del tiempo, tasada y medida; como en la cola de la ópera, como en las gradas del estadio. Más de la mitad de las veces los sorprende sin paraguas.

Ninguna de las medidas que la economía de esfuerzos civiles ha tomado en la ciudad, con el fin de sobreponerse a ese azar, ha conseguido evitar el peor de sus efectos. Ni escuetos gorros de alas caídas, que encajan a presión en las cabezas porque tienen las dimensiones justas, ni prendas reversibles, ni calzado impermeabilizado son solución alguna. Una y otra vez ensombrecen el paisaje urbano, tan querido, tan hospitalario, los pelos adheridos a los rostros, caídos, los peinados destrozados, los pies chapoteando dentro del calzado, los calcetines empapados, los cuerpos calados hasta los huesos. No es que el paraguas sea la solución completa a los problemas. Pero resuelve el más insoportable de los efectos de la lluvia, la cara batida por las gotas.

Lupe es una joven pariente de Cástulo que convive con una amiga. Para recordar su nombre, que rara vez llega a mencionar, él debe recorrer un camino largo, algo complicado, y no obstante infalible, en pocos instantes. En cierto restaurante, hace años, cuando aún era joven, servían un plato muy apetitoso, sencillo, a base de huevo y tomate y poco más, con el que se deleitaba con toda la frecuencia que sus escasos medios entonces le permitían. Apelar al recuerdo que conserva de aquel plato, que recupera como una imagen, un cuenco de acero inoxidable humeante, rojo, blanco y amarillo, sobre el mostrador de madera mate por efecto de la insistente limpieza, desencadena en él un flujo de las papilas generoso. La disciplina de la ayuna, que es parte del procedimiento que le permite obtener aquel resultado, la recompensa el destello de un rótulo enmarcado, en donde figura el nombre del establecimiento, el mismo que el de aquella chica.

Con Lupe esporádicamente se encuentra, y menos aún se interesa por su estado, más por educación que por interés. Sus saludos se limitan a cuando alguna coincidencia fortuita o de las programadas por la familia los hace converger. Así ocurrió el día al que quiero referirme, cuando coincidieron en un soportal próximo a la casa de él, donde los dos se habían refugiado, inermes, sorprendidos por la lluvia. Tras el intercambio de saludos, satisfecha con toda la compostura de la que era capaz la representación de la sorpresa, le ofreció arriesgarse unos metros, y a cambio alcanzar su modesta vivienda, donde podría disponer de un paraguas. Lupe aceptó. Pero cuando llegó el momento de elegir uno de los que Cástulo mantenía en su paragüero, con una desfachatez que lo encontró con la guardia baja, le afeó que los tres que ponía a su disposición estuvieran tan nuevos. Al contrario, su dueño creía, justo porque estuvieran en tan buen estado, que daban testimonio de su generosidad.

No era la insolencia, a la que en el caso de aquella criatura ya estaba acostumbrado, lo que le había desconcertado. Era su actitud desagradecida. Tal vez ni los hubiera estrenado, le dijo. Incluso sospechaba que no quisiera deteriorarlos con el uso. Para evitar un nuevo gasto, por tan ahorrativo como era. Quizás el propósito del dueño de la casa solo había sido dar algo de color a aquel rincón de la triste entrada, reflexionó en voz alta. En su vida era todo tan superficial y tan innecesario, le sentenció. Porque ni siquiera las posibilidades cromáticas de los paraguas las había aprovechado. O prefería ignorar que también en verano podían ser utilizados, bien como bastón bien como elegantes sombrillas al servicio de discretas damas de tamaños orientales.

Ignoraba Lupe que Cástulo era generoso y versátil en el manejo de cualquier clase de paraguas, que nunca los mantenía ociosos, que nadie como él les daba vida; que cuando caminaba con uno en la mano declaraba con él su pensamiento, oscilante como los ritmos de su corazón, estimulado por las instantáneas vistas al paso, por los encuentros fortuitos, los luminosos, los quioscos, los tristes automóviles que como pesadas vagonetas por el fondo de una galería penosamente circularan. Si tomado por el mango con la mano izquierda, ordenaba la rosa de los vientos, para que en sus direcciones favorables circularan quienes caminaren frente a él. Si en la derecha, mantenido algo por debajo de la cadera, sus decisiones estaban tomadas, sabía a dónde se dirigía. Tanto podía parecer báculo como batuta, sable como fusil. Tan pródigo era en darles aire, tanto sentido podían tener sus tamaños, sus colores y sus formas.

Hablar de aquel modo, tan encubiertamente amable para los oídos menos experimentados, era un hábito con el que Lupe, desde que era niña, cuando se encontraba con él, lo había gratificado. Recordaba el día que lo había sorprendido hojeando un diccionario de alemán que acababa de comprar. “¿Para qué quieres un diccionario de alemán, si tú no sabes alemán?”, le dijo. Cástulo, que siempre ha sido un hombre moderado, entonces evitó responderle con toda la crudeza que su generosa sinceridad merecía. El ponderado rechazo que incluía la pregunta, que se sostenía sobre un mal disimulado prejuicio, porque carecía de certeza sobre lo que daba por seguro, le impidió pasar del sonrojo.

Bien hubiera podido responderle que justo por lo que ella misma pensaba, en el caso de que fuera cierto, lo necesitaba. Prefirió componerse una explicación sobre aquella actitud. Las inocentes criaturas, que todos los días son convocadas a la mesa de los sacrificios y las oblaciones, obedientes a la llamada del padre celebrante, momento único en el que toda la familia se reúne, oyen de la boca de sus progenitores, sagrada como el oráculo, las mejores opiniones sobre los parientes; un modesto e inocente medio de conjurar las adversidades de la familia en la que es inevitable vivir, descargándolas sobre representaciones simplificadas de la parte más próxima, y a la vez ajena, tan conocida por los hijos, quienes con facilidad pueden identificar a sus miembros, ya clasificados, unos con favor, desfavorecidos otros, para que con ellos compongan sus primeros órdenes del mundo. Por experiencia sabía que el principio que prodigaba el trato amable entre los sentados alrededor de la mesa devoradora de víctimas propiciatorias era el de la descalificación. Estaba seguro que él había sido objeto de las más acabadas censuras de aquel género por parte de sus parientes, los padres de la criatura, algo excedidos por la edad ya cuando la concibieron, nunca del todo convencidos del acierto de su generación, durante más de uno y de dos almuerzos. Sospechaba que a causa de su parsimoniosa y retirada vida, que en nada comprometía a las ajenas, por las que en modo alguno deseaba verse concernido.

Cuando llegó a su casa, tan empapada como el día de vientos huracanados consentía a todos los transeúntes, inermes o armados, Lupe arrinconó el paraguas. En su gesto concentró su enemistad eterna con la lluvia, que no había podido vencer, el desprecio a la debilidad propia, por haber cedido a un estúpido ofrecimiento, y la condena a su pariente, tan inútil hasta en sus favores. Pero en un par de días incubó su odio como un incontenible deseo de ultimarlo, como si con aquella oportunidad hubiera ganado una posición única, que la obligaba a ser la ejecutora de una venganza, cuerpo a la vanguardia de una familia justiciera que ya había dictado sentencia contra la injustificable vida de Cástulo.

Es muy religiosa Lupe, más las fiestas de guardar que en los días laborables, y mucho más en los señalados días que en el año están reservados a la manifestación pública de la penitencia. Es seguro que sus descalificaciones de cualquiera interesan el territorio de su moral, compuesta con un buen número de juicios severos y sentencias irrevocables, dictadas por unos poderes divinos inmisericordes, ante los que solo se puede decir amén. Cualquiera de las condenas promulgadas a consecuencia de la aplicación de este código debe ser purgada con un sufrimiento. Descosió con deleite Lupe la tela, separó una por una las varillas, en aplicación del veredicto a su conciencia llegado. Y se recreó en la previsión de los posibles sucesos por venir. Si Cástulo le solicitara la devolución del paraguas, lo que sería otra manifestación de su desviada manera de comportarse, porque un paraguas no es una prenda valiosa, y no debe entrar en el canon de las personas con algo de educación solicitar que sean devueltos, apelaría al viento. Cuando volvía a casa, le diría, las rachas que acompañaban a la lluvia volvieron del revés el paraguas y lo destrozaron.

Durante algunas noches, ella y su amiga se divirtieron sirviéndose del bastón, ya sin rayos ni varillas, imitando con discutible acierto los gestos de Chaplin, los progresos de un desvalido cuponero por la acera. Cuando hubieron agotado estos ingeniosos recursos, decidieron servirse de las varillas para practicar esgrima, con tan magnífico desprecio de la experiencia, con tanta pericia en el giro de la muñeca, así como en el acoso del contrincante y el amago de las estocadas, que su amiga estuvo a punto de exrrostrarle un ojo.

Pasados los días, efectivamente Cástulo fue a recuperar lo que era suyo, y pudo ver ante sí las consecuencias de la derrota que había sufrido. Tras retirarle los restos del paraguas, que encontró desperdigados y retorcidos, a pesar de lo cual él los creía aún recuperables, a poco que les concediera algo de paciencia, y del cariño que hacia aquellos fieles concebía de manera espontánea, de él recibió Lupe generosas recomendaciones. “También en materia de parches para ojos vaciados hay tendencias. La memoria conservada de Aníbal, el más egregio de los tuertos antiguos, describe el suyo como un trozo de cuero, más becerro sin apenas curtir que suave badana, tensado por un par de tiras del mismo material, que se anudaban en vistoso lazo sobre el occipucio, una vez pasadas por encima de las orejas. A esa misma estirpe pertenecen el que lució la mejor casta de los piratas, en la que nunca faltaron héroes monoculares, y el de John Ford, que sometió su naturaleza al objetivo de las cámaras. También el del heroico Publio Horacio, apodado Cocles, hombre de la más gallarda apariencia y del más valeroso espíritu, que salvó Roma en una de sus horas más delicadas. Sin embargo, entre la aristocracia trasatlántica ahora se ha extendido otra modalidad. Consiste en acabar el parche como una concavidad, para conseguir algo de volumen, de modo que, visto el rostro de perfil, el lado en el que el ojo falta también aparente algo de su natural relieve. Para que el efecto que se pretende sea mayor, puede ser necesaria la contribución de un autor de alta costura, dados el tamaño de la pieza y la delicadeza del objeto. Pero no es necesario incurrir en dispendios. En todos los barrios hay gente con buenas manos, capaces para resolver la pieza con una sola costura central, para que recuerde los párpados cerrados. Incluso las puntadas, si se ejecutan con paciencia y a trechos regulares, tal como para el punto de ojal, puede ser una ingeniosa referencia a las pestañas, que lamentablemente, si sobreviven, han de quedar ocultas tras el trozo de cuero. Las cintas, para obtener un posado del parche que se adapte con naturalidad a la cuenca donde el ojo antes se alojaba, según la nueva tendencia deben pasar divergentes, una por arriba, recorriendo la frente, y la otra por debajo del lóbulo de la oreja, y ambas encontrarse sobre el inevitable occipital, donde consiguen una mayor sujeción. Pero, al alcanzar ese término, deben ser hurtadas a las miradas, disimuladas bajo el peinado.”


Las tácticas del almacenamiento

Redacción

 

El trigo atesorado tendía a retraerse de la circulación y refugiarse en lugares oscuros y apartados, como los delincuentes a los que la justicia acosa.

Un lugar para guardarlo que contaba a su favor con una fácil coartada era el horno donde el pan se fabricaba. A ella recurrían con naturalidad los panaderos, y lo mismo hacían las personas no vinculadas al oficio pero necesitadas de su trabajo. Los que se encubrían con esta apariencia descargaban mancomunadamente la responsabilidad de su almacenamiento sobre aquel personaje si con él habían quedado comprometidos. El lazo que los unía era denominado obligación, como tantos otros compromisos que hoy podríamos llamar contratos. De la descripción que de él hacen se deduce que consistía en que una persona, habitualmente con cargo de familia, había depositado en manos de un panadero cierta cantidad de trigo, a cambio de la cual este quedaba sujeto a entregarle diariamente una cantidad regular de sus elaboraciones.

Así actuaron cuatro hombres, que hicieron su registro en el mismo documento, o en reciprocidad un panadero que mantenía una gran cantidad de trigo apartada de la circulación. Convencido de que aquellas menciones hablaban a su favor, apeló a familias de la ciudad entre las que figuraban la de un administrador de rentas provinciales, nada menos que responsable directo del sistema fiscal del momento, las de tres hombres del comercio, la de un tesorero del registro, la del regente de la audiencia, que debía celar por la justicia, la del juez de marina, la de una señora fatalmente viuda, así como la casa en la que convivían ciertas damas, sobre cuyos vínculos el documento guardó un decoroso silencio. En total, identificó veintisiete cabezas de familia que lo habían elegido para dar cobertura a su almacén de trigo. Las menciones más sorprendentes coincidían con cantidades elevadas, por encima del acopio común. Así ocurría con los cargos de la administración o, sobre todo, con los hombres del comercio, quienes difícilmente, dados aquellos tamaños del acopio, podían ocultar que en su caso había algo más que necesidad de asegurar el consumo del hogar.

La ramificación de esta forma de almacenamiento que tal vez sea de mayor interés la alentaba el comercio del grano. Valiéndose de las obligaciones que tenían contraídas, algunos panaderos que tenían a su cargo un horno justificaban su declaración de contratos porque estaban a la espera de recibir grandes cantidades de trigo, por ejemplo 2.000 unidades de capacidad, compradas fuera de la región.

Algunos vecinos de la capital recurrían a declarar que sus almacenes los mantenían en determinadas poblaciones, tan alejadas de ella que a su registro le sería imposible verificarlo. Probablemente por eso se les permitía afirmar además que allí ya había sido registrado. En otros casos, desviar el trigo a lugares alejados se justificaba por razones comerciales, porque se tuviera previsto venderlo en el lugar identificado. También podía ser consecuencia de la posición favorable que permitía la actividad de quien almacenaba. Un vecino de la capital guardaba su trigo en el palacio del señor de un lugar próximo, a medio camino entre las casas de la ciudad y las edificaciones rurales, porque era el administrador de aquel estado.

Para hacer más eficaz el almacenamiento, repartir el trigo entre distintos depósitos podía ser una buena táctica. De esta manera se complicaba el control que cualquier autoridad pudiera intentar sobre él. No debía ser nada condenable, porque había declarantes que lo afirmaban sin el menor ánimo de disimulo. En más de una ocasión quienes afirmaron actuar de este modo eran regidores de la capital, titulados caballeros veinticuatros. Supuesto que el patriciado, por razón de prudencia, se vería en la obligación de actuar en el momento crítico con la mayor integridad, es legítimo suponer que a través de los casos que revelan diversificación de almacenes estamos observando un comportamiento más generalizado.

Uno de los veinticuatros dividió su patrimonio en tres fracciones. Las dos más importantes, que juntas componían casi la totalidad del grano de que disponía, las repartió entre el cortijo que labraba en un término próximo y la hacienda que tenía en otro aún más cercano, a razón de dos tercios para el primer depósito y un tercio para el segundo. El resto, casi dos centésimas partes del total, lo guardaba en su casa. El otro veinticuatro guardaba en el cortijo que labraba, también localizado en un término próximo, algo menos de una cuarta parte de su inversión en trigo, mientras que las otras tres cuartas partes las mantenía custodiadas en la alhóndiga de la capital, en los graneros del monte de piedad.

El tamaño y la relación proporcional de las cantidades descritas permiten deducir que el trigo almacenado en casa estaba destinado al consumo familiar, tal como se hacía en otros casos, mientras que los almacenes rurales cumplirían con la función de poner a buen recaudo el grueso del capital en grano. Algo distinto parece el recurso a la institución de la alhóndiga. Si hemos de juzgar por la expresión que utiliza el autor de la declaración, parece que la abierta en la capital, en 1750, simultaneaba la función que le era propia, de mercado franco del trigo, con el de institución de crédito de grano mediante hipoteca de bienes, característica que era propia de los pósitos. Es probable que en la capital, para hacer más eficaz la política de granos en el estado de crisis, la autoridad hubiera preferido unificar las dos instituciones. Aunque pueda parecer censurable que el veinticuatro aprovechara en beneficio propio almacenes públicos, la desviación de una parte del ahorro hacia la alhóndiga indica voluntad de comercialización ateniéndose a los cauces regulares del comercio, quizás aspirando a ser estímulo para que otros tomaran iniciativas similares.

Sobre el almacenamiento en la alhóndiga es posible precisar más. Otro declarante afirmó que en su casa guardaba algo más de las tres cuartas partes del trigo que poseía, mientras que la otra cuarta parte estaba en el pósito de la alhóndiga. Con excelente criterio, comenta además que esta porción, a su vez, era el resto de una cantidad que el teniente mayor del municipio le había pedido. Aquel resto, con toda probabilidad porque así lo habría decidido él mismo, había quedado allí con la condición de que fuera reembolsada en trigo semental cuando llegara el momento de la siembra siguiente.

Parece que la alhóndiga, bien para atender las necesidades de venta en los momentos de mayor caída de la oferta bien para cubrir los servicios que se esperaban de los pósitos, de menor demanda en una población con escasa dedicación a la agricultura, se servía del ahorro privado en trigo. La devolución de patrimonio que así tomaba la iría efectuando la institución según acuerdo entre las partes, en el que seguro incluirían en concepto de intereses algunas ventajas materiales para el dador, como recibir trigo apto para la siembra. No habría en esta diversificación del almacenamiento más que una estimable dosis de buena voluntad, o a lo sumo una posición política que obligaba a actuar de este modo.

En otros casos la diversificación se extiende, no solo en el sentido horizontal, sino también en el vertical. Un hombre que labraba un cortijo en una población cercana guardaba en grano y en harina. Tres cuartas partes del patrimonio en grano lo custodiaba en sus propios almacenes, que estaban en la capital, en el sitio de la Pajería, mientras que en el cortijo mantenía la otra cuarta parte. Al tiempo, también en el cortijo, conservaba una cantidad de harina aproximadamente similar al grano allí depositado, medida en unidades de capacidad. Este comportamiento apunta en dirección a la apertura de un frente para la captación de demanda, el trigo que fluía a la primera población regional. Que la parte transformada en harina se mantuviera en el cortijo indica que lo que allí permanecía almacenado tal vez estuviera destinado al consumo interno de la explotación.

Algunos labradores dijeron servirse de los graneros de un monasterio, más allá de una de las puertas de la ciudad, o del granero del que disponía una hermandad de caridad, que estaba junto a su casa. Acogerse a una institución piadosa para almacenar trigo podía ser algo más rutinario de lo que estos casos aparentan. También eran fundaciones de este tipo las que habitualmente cargaban con el crédito común. El almacén de trigo de una institución piadosa podía proporcionar una cobertura similar, aunque en este caso no se hubiera consolidado un medio legal, equiparable al censo consignativo, que permitiera encubrir la forma de proceder. Pero el efecto sería idéntico. La institución piadosa almacenaba para hacer frente a sus fines, y el almacén de la institución relevaba de la responsabilidad de la ocultación al grano que a ella se acogiera, como apartaba del censo consignativo la pesada carga de la acusación de usura.

Podemos asegurar también que el trigo, en las situaciones de crisis, completaba el servicio que de él se esperaba cambiando de almacén. Aparte los efectos que pudiera tener para la exactitud de los registros, el movimiento era una fase de la acumulación que aproximaba a la satisfacción de los deseos que llevaran a tomar la decisión de guardar. Con el movimiento se buscaba el mejor mercado posible. Las noventa y ocho unidades de trigo que tenía un hombre que explotaba un pegujal habían sido compradas, por mano de un intermediario, vecino de una población próxima y panadero que amasaba el pan a ciertos ganaderos, a un vecino de otra inmediata.

Una variante del almacenamiento doméstico, que no carece de interés, era la desviación del almacén propio a la casa de otro. La razón que aconsejaba actuar así no se deduce con certeza del análisis comparativo de los casos en los que esto ocurría, pero en ocasiones se descubre que mediaban vínculos que facilitaban su formación. Siempre eran lazos de parentesco los que podrían explicar la decisión, como la de aquel boticario que almacenaba en las casas de su suegro, que vivía en su mismo barrio, o la de aquel hombre que guardaba en el mismo lugar que su hermano. Además, había quien elegía la casa de otro para almacenar mencionando sitios con nombre propio, lo que tal vez esté indicando que la derivación buscaba localizar el almacén en la periferia de la ciudad; mientras que un hombre del comercio dijo que el trigo que poseía lo pasó del almacén que tenía en las inmediaciones del río a un convento de monjas próximo, donde profesaba una hija, a la que por su pobreza aún mantenía. No parece que correspondan a las coartadas las tiendas y los puestos, donde también se almacenaba. Un hombre con tienda de semillería y puesto de cebada que guardaba en este, así como el que lo hacía en su casa estanco del tabaco, no disponían de cantidades más allá de las que necesitaban para surtir sus ventas al por menor.

Pero todavía es posible avanzar más en el conocimiento de los recursos de los que se nutría la ocultación observando cómo se actuaba cuando el almacén se había localizado en el campo. Cuando sus guardianes menos avisados eran sorprendidos con trigo, y a la vez se resistían a declararlo, recurrían a un argumento tan previsible como el de la llave. Lo exponían de una manera tan indefinida como ingenua, comparable a la justificación que de las travesuras hacen los niños. En tres ocasiones los interrogados afirmaron que la llave del cuarto, granero o soberado que estaba cerrado la tenía el amo de la explotación, que no estaba presente. En dos de ellas, en el transcurso de la declaración, los interrogados terminaron admitiendo que en las dependencias a su cuidado había trigo, pero que no les era posible averiguar la cantidad por la misma razón. Tal acceso de sinceridad, emergencia de una punta de reflexión sobre la ridiculez del argumento, haría manifiesto el deseo de eludir responsabilidades personales.

En otros casos, a la vez que no se resignaban a reconocer su ingenuidad, los declarantes pretendían dar solidez al argumento tomando distancia, cuanta más mejor, incluso concediéndose la confesión abierta de que en las dependencias cerradas había trigo. Mientras que un responsable de su custodia decía que las llaves de los graneros donde estaba guardado las tenía un padre de uno de los colegios jesuitas de la capital, a cuyo cargo estaba la explotación, y que en aquel momento se encontraba en ella, otro explicó que el granero estaba cerrado y la llave la tenía el mayordomo del dueño, quien estaba en Extremadura cumpliendo con sus obligaciones.

Lo sorprendente es que bastara esto para no seguir adelante y el registro quedara suspenso. Como en ningún caso se utiliza un argumento distinto al de la llave, habrá que pensar que las tácticas aplicadas al retraimiento de la circulación del grano eran igualmente elementales, tanto como elegir dependencias con puertas provistas de cerradura, echar la llave y hacerla desaparecer. Evaluada la escasa entidad del argumento, más bien habrá que deducir que la tolerancia encubría la elemental táctica de la ocultación, alimentada por hábito con subterfugios y mentiras groseras.

Los titulares de derechos sobre el diezmo tenían su propia red de dispersión del trigo. Utilizaban las cillas como almacén un hombre de actividad indeterminada, que guardaba en la que el cabildo catedralicio tenía en una población en plena campiña, donde recogía el pan terciado de los diezmos; el mayordomo de la fábrica de una parroquia de la capital, que mantenía en poder del arrendador del diezmo de pan de la collación lo que le tocó a la fábrica en el reparto de 1749, y al declarante como percepción por ser mayordomo; y un contador de la real caja de subsidio, quien, de las sesenta fanegas, siete almudes y dos cuartillos de trigo que tenía, veinticinco fanegas las guardaba en las casas donde vivía, otras veinticinco, siete almudes y dos cuartillos las tenía en poder de un presbítero, arrendador de la renta de pan de otra de las collaciones para el año de 1749 y otras diez fanegas en poder del arrendador de la renta de pan de cierta población en el año 1748.

El cabildo además poseía el granero de la santa iglesia o cilla central, donde una viuda, a cuyo cargo estaba la mayordomía de la mesa capitular, guardaba lo que le había tocado a su hijuela de pan en el año en curso, mientras que lo que le correspondió en la concordia de otra población de la campiña lo mantenía en poder de quien la administraba.