Fondos de inversión

Bartolomé Desmoulins

Manejan quienes pescan cerca de esta costa un arte parecido a la nasa, cuya denominación, oscilante a lo largo de todo este litoral, no termina de quedar consolidada. Algunos lo llaman rémora y otros huércano, si bien entre los marineros de los poblados más lejanos rige el excesivo nombre de vampira. Con acierto la duda en la elección es juzgada como prueba de la incertidumbre que su uso engendra, implícita confesión de la conciencia de que con ella se está recurriendo a medios en alguna medida reprobables.

Pero sirve al deseo de asegurar a los que a ella recurren excelentes rendimientos con nulos riesgos, un cálculo que siempre inspirará el trabajo de quienes se adentran en el mar justo hasta donde se está a punto de perder de vista la costa; temerarios aventureros de litoral que puede distinguirlos el curioso con algo de atención y un poco de la perspicacia que deben poseer quienes dotados de aquella condición pasean por la orilla del mar. Suelen llevar barba de varios días, aun recién afeitados, pipa curva y la característica gorra con la que el frívolo revolucionario continental subía a la tribuna de la arenga. Algunos están tan poseídos por estos caracteres que no necesitan mojarse las manos. Les basta con exhibirlos durante todo el día a la puerta de algún establecimiento público. Los demás embarcan a la hora a la que los veraneantes aún tienen la oportunidad de admirar su porte, la nobleza con la que soportan el rigor de la vida que les ha tocado. Su entereza les lleva a tolerar la injusta distancia que los separa de quienes entregados a una vida regalada los miran ignorando absolutamente su presencia.

El arte consiste en una red cónica, reforzada con aros de junco o madera muy flexible. Tejen el largo cono previendo que una vez echado quede sumergido en la posición normal de esta figura geométrica, la base siempre por delante avanzando hacia las profundidades. La longitud que para él juzgan apropiada es la que permita llegar hasta el fondo, siempre próximo en las cotas del litoral.

Calculan el perímetro de la circunferencia principal tan extensa como la combinación de calado y eslora que cada embarcación permite, porque del punto de equilibrio de esas dos dimensiones depende la estabilidad de la nave desde la que se opera cuando se levanta el copo. Su extensión es llevada al límite para abarcar la mayor cantidad de presa posible. El uso correcto del arte consiste en ir soltando los pliegues de la red a trechos, según marcan los aros que la circundan de tramo en tramo.

Las especies que conviven acogidas a los lugares donde se sienten más seguras son primero abarcadas, y según va descendiendo el ingenio acosadas. Los más despiadados manipuladores del arte cuelgan del aro inferior fantoches y caretas, con el fin de sobrecoger a los desvalidos peces. Bajo la convicción de que las especies que deben ser devoradas sobre la mesa temen la presencia de otras que tienen por superiores y abrumadoras, los pescadores deforman con desbordado patetismo medusas y congrios fabulosos, o seres inexistentes que juzgan pavorosos por su tamaño o por su color. No está demostrado que las criaturas que han preferido sobrevivir aun hundidas en el agua sean receptivas a las misma insensateces que desconciertan a las que viven sobre la tierra. Sí ha podido comprobarse sin embargo que una reacción nerviosa de los seres sumergidos sigue a la aparición de aquellas fatalidades. Pero los analistas opinan que el hecho de que los peces, una vez sustraídos al medio marino, invariablemente aparezcan con los ojos exorbitados y aparentando pasmo no se debe adjudicar al estupor que pueda causarles la fealdad de engendros mal concebidos y peor ejecutados, y sí tal vez a que sean conscientes de la inminencia de la muerte.

Lo cierto es que quienes utilizan el arte convencidos de que es el arma más eficaz sostienen, fundados en unos principios que no pueden ser rebatidos, que proporciona sus mejores beneficios cuando consigue que los peces se vean obligados a invertir la dirección que siguen mientras van escapando. Ante el acoso de la red huyen, bien sea por instinto o bien dominados por el pavor que pueda provocarles, hacia las profundidades. Descender más y más en dirección al centro de la tierra es cavar la tumba. Si ya no pueden bajar más porque encuentran el fondo, y al tiempo el aro del arte lo toca, invariablemente todos los ejemplares cercados se convierten en presa, y ya atrapados ascienden en loca carrera por un embudo en el que finalmente quedan inmovilizados.

Cuando los activos pescadores consideran que han embolsado presa bastante, con un cabo que llega hasta la boca del arte lo cierran. Lo arrastran hasta ganar la posición más favorable, protegida del viento y de la marejada, y entonces lo elevan y lo descargan sobre la cubierta. El trabajo de selección y reparto lo completan los servidores de la nave antes de llegar a puerto, acosados por las voraces gaviotas de pico narigudo.

Los viejos y expertos marineros de esta costa enuncian así el principio de eficacia de la despiadada vampira. Quien por su uso desee los mayores beneficios debe localizar el lugar donde el fondo está exactamente a la distancia que la longitud de red prevista es capaz de cubrir. A esto los pescadores más expertos llaman dar con el fondo de inversión correcto.


Los bienes inmovilizados

Narrador

Apartados por las familias rurales, protegidos con todos los medios que a su disposición ponía la norma civil, los bienes que tendrían que ser los responsables de la generación de la renta de cada fundación solo excepcionalmente eran de gran valor. Había muchas fundaciones conventuales realmente potentadas, cualquiera de ellas disponía de patrimonios raíces importantes. También acumularon riquezas sobresalientes las corporaciones de los beneficiados. La que nos había servido como campo para la experimentación recibió tierras, casas y dinero en cantidades que sumaron cifras significativas. Pero en el medio rural era más frecuente, porque era más probable el ahorro modesto, que las operaciones inmovilizadoras fueran aplicadas a la protección de patrimonios moderados.

Un hombre dotó su vínculo con una mata de olivar de 40 aranzadas y tres cuartas partes de un molino, y una viuda desvió con el mismo fin una casa, 10 aranzadas de olivar en cuatro pedazos, 4 fanegas de tierra campa o desmontada y dos créditos, concedidos ateniéndose a las condiciones de los censos, uno de 700 ducados de principal, que hipotecaba unas viñas, y otro de 100 ducados sobre un olivar. Quizás los vínculos algo más valiosos fueron los que se habían propuesto proteger la tierra dedicada al cultivo de los cereales. Así, el que recayó sobre 54 fanegas de tierra o el que afectó a otras 280 de tierra de labor equipadas con instalaciones, entre las que se enfatizaba un pozo de agua dulce con sus pilas porque los estanques eran un medio para alimentar la cabaña al servicio de la explotación que se radicaba en ella.

Las capellanías más elementales o memorias obtenían sus rentas de una casa, la que había servido de residencia a la familia o cualquier otra, o de una parcela de olivar que no excedía, en los casos en los que fue descrita, las 5 aranzadas de extensión. Solo un fundador destinó a este fin una cantidad en efectivo, para que con ella se comprara una posesión que sufragara la manda piadosa.

También los bienes inmovilizados por las iniciativas de este tipo cruzadas con vínculos eran equiparables a los que sostenían las memorias más sencillas. Consistían en la casa que se habitaba y olivares de una extensión máxima de 5 aranzadas. Hasta reaparece en ocasiones el encargo de comprar un olivar, con el remanente que se dedujera del cumplimiento de las obligaciones testamentarias, aunque un matiz negativo devaluara algunos de tales bienes relativamente. Tanto la casa como el olivar de mayor extensión garantizaban sendos créditos de 200 ducados de principal. Excepcionalmente, una iniciativa sobrepasó estos límites. Estuvo fundada sobre 24 aranzadas de olivar, 8 de las cuales ya pagaban una memoria de 5 reales a un convento, dispersas en seis parcelas, y 16 fanegas de tierra para cereales, en las que había sembrados algunos frutales.

El inventario más completo de los bienes inmovilizados a partir de las iniciativas civiles lo proporcionaron los documentos que describían las fundaciones de las capellanías autónomas, el instituto destinado a tal fin preferido por las familias del medio rural. Eran, a mucha distancia de los demás, olivares. En sus dos terceras partes los fundadores apartaron al menos alguna parcela de esta clase. Esta porción de sus patrimonios, sobre su frecuencia, era notablemente dispersa y pequeña. El valor tipo del número de parcelas que se elegían para contener el ahorro era casi tres y la superficie media que ocupaba cada una no alcanzaba las cinco aranzadas (4,7).

Del exceso, tanto de la división del espacio dedicado a este cultivo como de la fragmentación en la que se incurrió al dotar las capellanías, puede ser una muestra la descripción de un lote inicial. Fue compuesto con una parcela de ¾ de aranzada y 11 estadales, otra de 1 aranzada 1 ochava y 7 estadales, otra de 3 ¼ aranzadas y 15 estadales, otra de 3 aranzadas y 1 ochava, otra de 7 ¾ aranzadas y 20 estadales, otra de 1 ½ aranzada y 30 estadales y otra de 1 aranzada 1 ochava y 32 estadales de olivar. Considerando una aranzada de 400 estadales, que es admisible y facilita los cálculos, las siete parcelas apartadas para formar un lote solo sumarían poco más de 18 aranzadas (18 ¼ aranzadas, 5 ochavas y 15 estadales).

Casi la quinta parte de las iniciativas se concentró en las viñas, en unas condiciones similares al olivar, aunque para este cultivo nuestras informaciones no se detenían a registrar cuántas parcelas, en cada caso, eran transferidas. Aun admitiendo, en el menos favorable de los supuestos, que a cada extensión declarada correspondiera un espacio continuo, la parcela tipo solo tendría una superficie de poco más de 6 aranzadas (6,3).

Por número de casos, el valor relativo de las hazas, unidades espaciales de la explotación dedicada al cultivo del cereal, era solo algo inferior al de las viñas. La extensión normalizada de cada una, algo por encima de las 100 fanegas (105,25), admitida como representativa, a la tierra más preciada le concedería una falsa relevancia en la inmovilización del patrimonio de las familias. Si apartábamos un caso, de extensión anómala, la parcela tipo baja a las 20 fanegas (20,3), más descriptiva, aunque en síntesis, de lo que era común.

Extraordinariamente las familias desviaban su plan para asegurar el ahorro a una huerta, tanto que este tipo aparecía en una proporción inferior a la décima parte de los casos. Nada podíamos saber de sus cultivos o de sus extensiones, lo que no obstaba para que los documentos se esforzaran en destacar las condiciones que las convertían en valores apreciables. De una de ellas fue especificado que contaba con agua que manaba de la roca, con el tono que corresponde a la descripción de los fenómenos singulares.

Los edificios destinados a vivienda, con preferencia el que habitaba la familia cuando tomaba esta decisión, eran objetos que fácilmente absorbían el remanente disponible. Casi la mitad de las iniciativas incluyó al menos uno, aunque fueron raras las que acumularon dos o más. El límite superior lo fijó la retención de cuatro casas completas más una parte de otra.

Al contrario, era raro que una familia contara entre sus bienes atesorados con instalaciones productivas localizadas en la población. La mayor frecuencia de los casos, algo por encima de la décima parte de los analizados, nominalmente correspondió al molino para la producción de aceite, aunque solo en uno fue adquirido uno completo. En los demás el bien fue una participación en su propiedad, que osciló entre un sexto y tres cuartos. Aunque era algo menos frecuente, cuando se trataba de hornos destinados a la cocción de pan el número total de instalaciones completas adquiridas por las capellanías fue ligeramente superior porque se incorporaban íntegros al patrimonio segregado. A esta relación hay que sumar, como hechos en absoluto sí excepcionales, la adquisición de una tienda, cuya especialidad no se declaró, y la de un mesón. La participación en un tejar fue desviada a su renta, que al menos en parte estaba acordada en especie, de la que en un caso, a favor de la capellanía, se dedujeron 1.200 tejas y labores.

El traspaso de ganado tampoco era frecuente. Fue una porción de los bienes fundacionales en menos de la décima parte de las adquisiciones, y su estimación llegó a ser tan marginal que en las escrituras no se identificaban la especie ni el número de cabezas. Solo en una ocasión pudieron ser mencionadas expresamente 300 ovejas.

Una de las capellanías analizadas fue conocida, durante toda su existencia, como la prestamera. El informador no se ocupaba en la descripción de sus bienes, quizás porque le pareciera innecesario. En el arzobispado, a la clase de las prestameras pertenecían las participaciones personales en el diezmo, deducidas del tercio de los beneficiados, que la autoridad episcopal, con al menos algún grado de autonomía, solo con su decisión podía adjudicar. No parece probable que una renta transferida bajo estas condiciones fuera inmovilizada para siempre. En la naturaleza del beneficio eclesiástico estaba, además del disfrute vitalicio, su adjudicación mediante concurrencia de aspirantes, que hacían valer sus méritos personales ante la justicia canónica. Pero también es cierto que una parte de las rentas diezmales, con tanta más probabilidad cuanto más específicas eran, fueron sustraídas, mediante concordia con su primitivo titular y gestor, el cabildo catedralicio, al régimen general de las asignaciones.

Valiéndose de su puesto en la administración de la iglesia romana, la astucia del arcediano fundador de la capellanía conocida como la prestamera pudo emplearse en adjudicar un beneficio de libre provisión, que se disfrutaba en vida, a una memoria, cuyo cumplimiento era obligado indefinidamente, una vez consumada la muerte del testador. Si estábamos en lo cierto, una porción del tercio de beneficiados de la parroquia donde se fundara sería el bien dotal inmovilizado. El capellán, al adjudicársela, adquiriría la condición de titular de la prestamera, lo que proporcionaría a esta iniciativa, además de una singularidad absoluta, una doble preeminencia: era ya renta neta, sin que fuera necesaria otra mediación que la correspondiente a la gestión anual y al cobro de la generalidad de los diezmos, y garantizaba unos ingresos extraordinariamente sólidos.

Los créditos, también valorados como forma de retención del ahorro, asimismo tuvieron alguna importancia en la constitución de los patrimonios fundacionales. De ellos se hizo uso con este fin en una proporción de casos comprendida entre la décima y la quinta parte. El crédito tipo inmovilizado fue 385 ducados nominales. Solo en un caso se recurrió sencillamente a preservar el dinero líquido para mantener el excedente que la renta había permitido, pero tampoco en este se fio a su conservación la supervivencia del valor ganado. Las cantidades que en su caso fueron desviadas, que tampoco siempre se especificaron, con más frecuencia debían ser empleadas en la adquisición de una finca, para con ella incrementar el patrimonio de la obra.

Tan excepcional fue, y la misma justificación tendría, añadir al lote unos bienes muebles, identificados como parte del ajuar doméstico. Quien los mencionara como objeto patrimonial encargaría que fueran vendidos y comprar, con la cantidad obtenida, entre 48 y 60 fanegas de tierra (4 o 5 cahíces) para añadirlas a los bienes ya asignados.

Había pues dos tipos de inmovilizaciones familiares. La común dio origen a una célula económica muy sencilla, cuyo tesoro principal era la agricultura del olivo, dependiente de una explotación dispersa en varias parcelas, cada una de escasa dimensión, de un valor acumulado, en el mejor de los casos, que apenas superaba la decena de aranzadas. A los olivares era probable que se le sumara una vivienda, así como algún otro bien quizás más sustancioso, activo en cualquiera de los sectores comprendidos entre la producción de cereales y el negocio financiero. La otra, excepcional, era más potente en términos económicos. Reunía bienes con una alta capacidad para generar renta cada año, como los ingresos deducidos de la participación en el diezmo o una explotación para producir cereales de una extensión importante (360 fanegas), a la que se sumaba una buena serie de bienes inmobiliarios urbanos (molino, tienda, tejar y casas).

El análisis del patrimonio acumulado por una de las instituciones inmovilizadoras del segundo tipo permitía además, gracias a su tamaño, generalizar sobre la importancia de los bienes inmovilizados en relación con las épocas en las que precedió cada forma. Llegó a acumular 2.732 fanegas y 2 almudes de tierra de labor en 45 parcelas, lo que daba el estimable valor medio de 60,7 fanegas por parcela; 4 aranzadas y 15 pies de olivar en dos unidades de explotación, una huerta de 4 fanegas, 15 casas y 62 capitales que al final de su existencia sumaban un valor nominal de 111.196 reales 28 1/3 maravedíes.

Las tierras se impusieron como bien garante de la inmovilización en la baja edad media, más en el siglo décimo cuarto que en el décimo quinto, y apenas fueron elegidas para este fin en la época moderna. Aparte los fines declarados o solo inspirados por la última pasión a sus promotores, cualquier adscripción de bienes a un destino permitía al menos atesorar los ingresos detraídos por cualquier medio con preferencia transformados en esta clase de bienes territoriales, ya entonces los de menor costo de mantenimiento si en el espacio se había consumado su capitalización roturándolo.

Las casas fueron siempre un recurso discreto y estable. El menos seleccionado –no llegaban a la quinta parte de las inmovilizaciones en el momento de la fundación– satisfacía, a lo largo de los siglos, un número similar de proyectos, si se exceptuaba el décimo sexto, cuando el retroceso se podría explicar por razones que trascienden el tipo de bien. El dinero, en cualquier cuantía, fue el elegido con mayor frecuencia. La mitad de las inmovilizaciones se decidieron por una cantidad denominada en la moneda circulante en cada momento. Más de un tercio de tales decisiones se tomaron en la primera mitad del siglo décimo sexto, tiempo origen de las tensiones inflacionarias que marcaron la administración Austria.

Mediante acumulación, una parte de los patrimonios de las obras además pudo ser incrementada. En 1492 una madre habría creado una capellanía con todos los elementos habituales. Su hija pudo instituir una agregación a la misma, que en origen actuaría como capellanía independiente, también fundada con todos los requisitos comunes. Cuando muriera el capellán designado por la hija, por decisión de esta, la fundación original y su agregación quedarían reunidas en el mismo instituto. Un padre pudo fundar en 1519 también una capellanía y por un codicilo, de 1556, su hijo le haría una agregación. En 1586 sería un canónigo quien decidiera aumentar el patrimonio de otra que ya existía, mientras que a una tercera, fundada en 1630, le sería añadido posteriormente otro bien.

Aprovecharon los fundadores de cualquier clase de instituto, al describir algunos de los bienes que desviaron hacia ellos, para aludir a cómo los habían adquirido, y a las exigencias legales que podían limitar su uso. Todas las referencias que las fuentes consignaron sobre los medios de acceso al dominio remiten a las dos vías previsibles, la compraventa unos años antes y la transmisión del patrimonio familiar.

Más valor tienen las reiteradas protestas sobre las condiciones con que los bienes llegaron a poder de las familias. Siempre que eran una parte de los argumentos, dejaban claro que estaban libres de toda carga, de donde se deducía que invariablemente pasaron de la plena disponibilidad a la inmovilización.
Para la evolución del medio rural del sudoeste entre la edad media y la moderna la constatación de un hecho como este; en especial, que afectara a todos los casos que mencionaban la circunstancia bastaba para reconocer a las decisiones inmovilizadoras una responsabilidad primordial en los sucesos antiguos. La progresiva reducción de los bienes disponibles, obra simultánea y en secuencia de un número significativo de familias, que para determinadas decisiones que afectaban a la transmisión de sus patrimonios contaban con respaldo legal, estuvo en el origen de la disminución de posibilidades de acceso a las fuentes de renta, correspondiente a aquella.

En la misma medida fueron incrementándose los depósitos de ahorros, extraordinariamente garantizados por las exigencias legales de la inmovilización, pero en potencia útiles para sostener toda clase de inversiones.


Un fracaso, sus culpables y los convictos. Segunda parte

Redacción

Los tumultos causados por el traslado de una partida de cereal, justificado porque había sido vendida a un comprador que residía en otra población, eran habituales en la época. Según algunos observadores, de ellos solían ser protagonistas mujeres, porque por su condición no se las podía contener, una observación que silencia la parte de la condición femenina que les valía el papel protagonista.

Además, eran causas de tumulto reconocidas por los contemporáneos la escasez de granos en los mercados, la subida excesiva tanto de sus precios como del pan, o elaboración regular del trigo, y el hambre física. Ninguna de ellas es defendida por ninguno de los polemistas que deben leerse, desapasionados cuando argumentan sobre estos hechos, como un mecanismo iniciador de una relación causal inmediata, sino como razón que podía avalar la gestación y el desarrollo de la protesta.

Probablemente los alentados a partir del exceso de los precios fueron los más frecuentes.

Una forma moderada de expresar el descontento por el alza que afectaba al del pan, así como de emerger del modo más prudente la actividad de sus promotores, era fijar pasquines impugnándola. A propósito de una de estas situaciones, una de las más conocidas, podían ser difundidas letras anónimas como esta: “Señor, si Usía celara / que del pan corriese el trato / Usía, y más barato / ¿quién su celo no ensalzara? / Mas, si nos sale a la cara / lo que nos cuesta congojas, / venirse con esas flojas / de querernos descapar, / diga Usía: ¿no es tomar / el rábano por las hojas?”

No es difícil reconocer en tan inspirados versos la coincidencia del factor aceptado por la opinión del momento como causa justificada de la protesta, la manipulación de los hechos a la que propenden los autores, partícipes de la trama clandestina de la conspiración, y el comportamiento irracional al que se pretende arrastrar a las poblaciones con esta manera de argumentar.

El comportamiento gregario de hombres y mujeres, durante los tumultos a los que con facilidad, a consecuencia de tal manera de actuar de los inversores a los desórdenes, evolucionaba el malestar causado por el incremento de los precios de las subsistencias era más probable y menos previsible. Para pleno siglo décimo octavo se ha descrito un buen número de excesos asociados al alza del precio de los bienes que utilizaban las poblaciones para alimentarse. Eran posibles el asalto y pillaje de los almacenes donde sus dueños guardaban el cereal, que las poblaciones sabían reconocer, a pesar de los esfuerzos por ocultarlos que se habían impuesto los actores de la cultura rural. Cuando la autoridad judicial quería actuar para salir al paso de los excesos, sirviéndose de alguaciles y otros ministros de la justicia, se la cercaba y se la insultaba, ante lo cual reaccionaba retirándose.

Una masa en acción también podía optar por el secuestro de personas significadas, lo fueran por su dedicación al comercio o porque estuvieran investidas de alguna autoridad; forma de extorsión que se proponía tener un efecto inmediato sobre el comportamiento de las cotizaciones en el mercado de los bienes con los que se sobrevivía. Para inmovilizarlas se utilizaban las cárceles de las poblaciones, previamente asaltadas. Podían ser apedreadas las ventanas de las casas de los comerciantes, saqueadas sus tiendas, asaltadas y destruidas sus propiedades. Se llegaba hasta el incendio de las residencias objeto de la ira, incluso de otras cualesquiera, y el homicidio de las personas secuestradas. Acciones cargadas con idéntica ira, también descritas por los documentos, eran el asalto, pillaje y quema de panaderías, porque quienes las regentaban podían personificar, para la parte de los exaltados que juzgaba por las apariencias, la responsabilidad de la carestía.

Los promotores de los tumultos coaccionaban a los colaboracionistas con amenazas de lesiones. En una, cursada a través de un libelo anónimo, fueron mencionados como instrumentos de agresión, esperando de la nómina que fuera bastante para disuadir a quienes se sintieran concernidos por ella, escopetas, trabucos, sables y espadas, lanzas y rejones, hachas, porras y palos y piedras, así como, con celebrada ironía, la buena voluntad. De ahí que la administración de justicia, como medio represivo universal, a salvo de actuaciones más rigurosas, cuando cada caso las hiciera necesarias, castigara la participación en los tumultos con la cárcel y el embargo de los bienes de quienes resultaran encausados.

Después de los acontecimientos de la tensa mañana del 9 de mayo, la asamblea de gobierno de la población se reunió, mientras los peores presagios alentaban el pesimismo entre los concurrentes. La situación había escapado de las manos de quienes parecían llevar la iniciativa, y lo que finalmente había ocurrido con el proyectado transporte de trigo a la capital era una derrota completa para ellos. El corregidor, quien mejor la personificaba, a decir del relato contemporáneo puso a consideración del senado local lo ocurrido, aunque a cada uno de sus miembros ya le constaba. Su objetivo era que el colegio de los próceres decidiera, cumpliendo con su obligación y de acuerdo con su parecer, qué podía remediar la situación.

Las poblaciones habían sido constituidas en municipios por la corona, a cuya expansión sirvieron. Pero, a diferencia de lo ocurrido en las periféricas del imperio germánico, que vieron crecer su poder, en la medida en que el imperio se debilitaba, tanto que alcanzaron el estado de repúblicas independientes, las repúblicas urbanas hispánicas a lo sumo consiguieron una autonomía limitada, más fruto de la necesidad de servicios, de los que la corona jamás pudo prescindir, que de la pujanza de las instituciones locales. Cuando el imperio coincidió con el dominio de Castilla, al contrario la tentación autonómica a la que cedieron aquellas repúblicas, por atracción de las más brillantes del continente, que durante un tiempo habían sido capaces de recuperar parte del equilibrio político que garantiza la constitución igualitaria, fue radicalmente defraudada. La sumisión al poder central marcó la historia de las repúblicas urbanas de Castilla durante la época moderna, y los cambios que el modelo francés introdujera, que alentó su existencia, no fueron bastantes para modificar el sentido de aquella relación. Pero ni dejaron de ser repúblicas ni un poder, que durante todo este tiempo compitió con los otros, y que en ocasiones ponía al descubierto las diferencias que de los demás lo distanciaban.

La asamblea de gobierno urbano, a mediados del siglo décimo octavo, era llamada ciudad, no porque abusando del lenguaje se tomara la parte por el todo sino porque era la única institución en la que se alcanzaba la plenitud de los derechos políticos. Formada por un par de docenas de regidores y jurados, solo los primeros tenían voz y voto, mientras que los segundos a lo sumo habían alcanzado, tiempo atrás, la condición de tribunos. Cuando al referirse a la asamblea el corregidor la llamaba ciudad empleaba con rigor el lenguaje, porque solo allí estaban presentes quienes podían disponer de la plenitud de los derechos de ciudadanía, realmente existentes antes de la revolución que pretendiera extenderlos pero restringidos porque a ellos se había accedido por compra.

Un escribano público ya había redactado diligencias y autos sobre lo sucedido, ordenados por la autoridad judicial de municipio. Entró el relator en la sesión para leer todo lo que había escrito, que se concentraba en los acontecimientos del día, sobrecogido e impresionado por ellos. Por el momento, la asamblea acordó que se copiara todo el texto a continuación del acta del capítulo que se estaba celebrando, tras lo cual el escribano salió de la sala donde se celebraba la reunión.

Una vez oído lo expuesto por el corregidor y lo que había leído el escribano, los ciudadanos primero se hicieron cargo del desasosiego ocurrido en la población por segunda vez, aunque ahora con otro énfasis. No había bastado a contenerlo, dijeron, la autoridad del corregidor, ni la de los caballeros que le habían ayudado, ni tampoco la acertada persuasión con la que todos habían acudido a desvanecer las fantásticas ideas de la plebe, por completo inquieta.

Tal como estaban las cosas en aquel momento, no le era posible al gobierno de la población, ni al corregidor, hacer efectiva la conducción del trigo a la capital; como, de acuerdo con su legítimo deseo, con los mayores esfuerzos, esta había solicitado. En aquellas circunstancias, lo único que podían hacer era acordar que se diera cuenta por el posta, mediante copia legalizada, de los autos de cuanto había ocurrido, que ya estaban registrados, al gobernador del Consejo, máxima autoridad de gobierno para esta parte de los territorios de la corona. Sabiendo que todos estos hechos provenían de la necesidad que padecían las poblaciones, comunicaría las órdenes que creyera convenientes.

A partir de aquel momento, tristemente marcado por la derrota, una actitud algo más magnánima inspiró las decisiones. La ciudad diputó a un regidor que desde el principio había actuado como hombre bueno, proponiendo iniciativas a un tiempo valientes y abnegadas, un trabajo comprometido, ir a la capital e informar al asistente y a los miembros de la junta de granos de lo que había ocurrido. Habiéndolo puesto en sus manos, el poder de la ciudad dependía de sus palabras.

El acuerdo se extendió en consideraciones tan explícitas que delimitó con exactitud los términos en los que debía presentarle al intendente el informe. Primero había de enfatizar el insuperable obstáculo que a la ciudad y a su corregidor se les oponía en esta ocasión para atender a la capital con sus medios, como había hecho gustosamente en las demás oportunidades que se le habían ofrecido. Que lamentablemente lo dificultaba la invasión y el mal fundado juicio de las gentes que temían la salida del grano, pero que contaban con que, una vez que fueran informados, estimulados por su comprensión, prudencia y benignidad, sabrían elegir el medio más oportuno para serenar los bulliciosos ánimos de la plebe. Así conseguiría la inocencia del resto del vecindario la tranquilidad que convenía. Por último, para completar las decisiones que en aquel momento parecían oportunas, también se acordó escribir al arzobispo coadministrador, responsable efectivo de la administración religiosa católica organizada para la región.

La situación que se había creado era lo bastante delicada como para que todo ocurriera deprisa, y también para que la mutua desconfianza a la que degenera el fracaso empezara a desviar las relaciones por tránsitos imprevistos.

No obstante el acuerdo del día 9, por el que se comisionaba al hombre bueno con cargo de regidor, por una razón que no dejan a la vista los medios para reconstruir aquellos hechos, entre aquel día y el 11 siguiente a la institución de gobierno de la ciudad finalmente le pareció necesario, aunque pueda parecer reiterativo o incluso contradictorio, escribir al asistente, informándole de los sucesos que el 9 habían impedido que el trigo del labrador llegara a la capital.

Los términos de la carta no eran exactamente los del informe del que era portador el regidor comisionado, al menos hasta donde es posible conocerlos. Al asistente, en la misiva que a su nombre se cursó, se le informaba que llevar el trigo hasta la capital había sido imposible por la oposición encontrada; que el corregidor y varios caballeros seculares y eclesiásticos habían hecho eficaces diligencias para contener el ímpetu de la plebe, y que de todo habían dado cuenta al gobernador del Consejo. Probablemente resultó un texto más ceñido a la formalidad administrativa que los informes que pudo presentar la diputación enviada.

Poco debió tardar la autoridad regional en contestar aquella carta, porque ya el 11 de mayo acusó su respuesta el ayuntamiento, nombre que ya entonces habían dado a la reunión de la ciudad para evitar hablar de cabildo, una institución que incluía la posibilidad de la concurrencia abierta a todos los vecinos en las ocasiones más comprometidas. Se desconocen las palabras con las que iba redactada la contestación del asistente, pero sí se sabe que ante ellas la autoridad municipal reaccionó a un tiempo con escrúpulo administrativo y tomando distancias. Se declaró dispuesta a cumplir cuanto se le ordenara, pero también, hasta que el Consejo resolviera sobre cómo conducir el trigo, a no tomar otra decisión sobre el asunto. Negó además lo que inmediatamente antes había afirmado, ignorando la autoridad del intendente. Tal vez de los informes que al tiempo enviaba el regidor diputado, que aquel mismo día informaba por carta de las gestiones que ya había hecho en la capital, se dedujeran algunos indicios que recomendaran fijar de aquel modo la posición de la autoridad municipal.

Paralelamente, aquel mismo 11 de mayo, en la junta de granos de la capital, se reunieron el teniente primero de asistente, en representación del titular, que estaba fuera de la ciudad, el jurado y el individuo del comercio. Recibieron informe de las posibilidades que en la población a Domingo García le habían ofrecido, tras la oposición de su vecindario a la salida de trigo, impedimento del que ya sabía la junta por haberlo informado el propio asistente. Como asimismo eran conscientes de que el asunto ya era conocido por el gobernador del Consejo, también creyeron conveniente aguardar a su decisión. Así la junta de la capital reconocía la preeminencia de la autoridad estatal. La distancia que del asistente el corregidor había decidido tomar poco antes había sido un cálculo correcto, en la medida en que la situación la permitiera favorable a lo que de independencia le pudiera quedar.

El 13 de mayo, desde Madrid, el gobernador del Consejo respondió a la información que se le había enviado sobre los levantamientos de los días 5 y 9. El Consejo y el gobernador se dieron por enterados de todo lo que les contaba la carta enviada el 9, en la que se les relataba lo ocurrido durante aquellas dos jornadas, mientras se intentaba sacar de la población una parte de las 2.000 fanegas de trigo que a un labrador le habían sido compradas de orden del asistente para el abasto de la capital. Los términos en los que hablaba el gobernador no eran del todo exactos. Por su parte hubiera sido más correcto afirmar que las 2.000 fanegas eran compradas para Manuel de la Calle, para que fueran vendidas al por menor, con la aprobación del asistente, a panaderos comprometidos con la elaboración de pan para el suministro de la capital.

Pero, si sus palabras no satisfacen por su calidad descriptiva, son lo bastante sintéticas como para no dejar dudas sobre el tono expeditivo de quien habla. Sobre este asunto ya se había tomado otra decisión conveniente, de cuyo contenido se limitaba a adelantar que el corregidor ya sabría cómo proceder por el juez que había de ir a la población.

A los jueces de residencia o comisión desde la baja edad media se recurría al menos en situaciones de excepcionalidad. Actuaban sobre las instituciones locales para investigar y resolver asuntos determinados. Solo por lo que se le adelantaba, el corregidor ya podía deducir que su actuación administrativa estaba siendo objeto de expediente, del que tendría que derivar la correspondiente resolución. Ya podía estar seguro de que su posición había llegado a su momento más delicado. El gobernador prescribía además que al juez que iba a llegar se le debía prestar el auxilio correspondiente, y se le había de asistir en cuanto pudiera contribuir a los fines de su comisión, cuyo propósito era recuperar la quietud pública y el respeto a la justicia, por lo demás obligaciones del corregidor y de los miembros del concejo, justicia y regimiento de la población.

Aquel mismo 13 de mayo, desde Madrid, por efecto de una provisión del Consejo, Juan Palanco, el teniente segundo del asistente, era enviado a la población. El máximo órgano de gobierno del territorio le comunicaba que convenía que se trasladara a ella para que se hiciera cargo de la jurisdicción ordinaria, al tiempo que ordenaba al corregidor y al alcalde mayor que le entregaran sus varas sin más dilación, y al concejo y ayuntamiento que lo admitieran en aquel ejercicio. El alguacil mayor también había sido destituido de su cargo transitoriamente. Es muy probable que asimismo lo hubiera decidido el Consejo. Palanco tendría que ejecutar lo que se le ordenaba en una instrucción específica, a él dirigida por su gobernador. Debía investigar quiénes habían sido los culpables de los alborotos ocurridos durante los días 5 y 9 de mayo. Tendría que emprender cuantos autos y diligencias creyera convenientes a este fin, sin excusa ni dilación alguna.

Mientras tanto, también el 13 de mayo, en la junta de granos de la capital, se hacían las recomendaciones que parecían más prudentes en aquellas circunstancias. La autoridad de una población a la margen izquierda del primer río de la región, así como cercana a la capital, había consultado a la junta sobre la posibilidad de abastecerse de trigo en el mismo mercado objeto de las tensiones, donde cómodamente podría hacerlo porque le constaba que allí era abundante. La junta creía conveniente evitar el riesgo de sucesos similares a los que habían ocurrido, al menos hasta que se decidiera lo más conveniente en esta materia. Sería mejor que la población necesitada de trigo acudiera a la capital, o a otra parte donde se vendiera, y por sí o por medio de un corredor hiciera por el momento el ajuste de unas 100 fanegas con las que hacer frente a sus urgencias. La inestabilidad que provocaban las tensiones en el mercado de los granos modificaba las direcciones de su comercio. Sin que se interpusieran en sus políticas más pragmáticas las convicciones librecambistas, la junta todavía recomendó a las autoridades de la población que la consultaba que, si le pedían un precio exorbitante, se lo comunicara para ver qué medidas tomar; expeditivo proceder al que solo se le ocurrió añadir que acudiera, si la urgencia fuera tanta que no diera tiempo a gestiones dilatorias, al teniente primero de asistente para que socorriera a la población de la forma que estuviera a su alcance.

La fase más sombría de la crisis abierta con los acontecimientos del 5 de mayo comenzó el 16 siguiente. Aquel día fue conocida en la población teatro de las tensiones la respuesta del gobernador del Consejo, fechada el 13. Vista la comunicación, el ayuntamiento acordó cumplir lo que aquel había decidido, y que en nombre de la ciudad se diera escolta al juez enviado. Con ese encargo fueron designados dos de sus regidores, quienes además habrían de asistir al juez en todo lo que necesitara.

En cuanto tuvo noticia de que había llegado a la población Juan Palanco, teniente segundo del asistente, el corregidor había ido a visitarlo a casa de Francisco Javier de la Portilla, un ministro de rentas provinciales, donde durante el tiempo que permanecería en la población vivió. En su encuentro con el corregidor el juez comisionado le explicó que venía con despacho del Consejo, y que para cumplirlo era preciso que el corregidor convocara a la ciudad a cabildo, para que con su asistencia y la del alcalde mayor pudiera presentar el despacho del que era portador. En vista de aquellas credenciales, el corregidor mandó citar a los capitulares para celebrar ayuntamiento inmediatamente.

El traspaso de poderes tuvo lugar el día siguiente, 17 de mayo, domingo. Cuando ya la asamblea que institucionalizaba la ciudad estaba junta, el todavía corregidor informó de su entrevista con Palanco. Luego se avisó a los diputados que habían sido encargados de cumplimentar a este, que aguardaban la decisión que les ordenara cumplir con su encargo, para que fuesen con él hasta las casas capitulares. Así lo hicieron. El enviado, por el momento, no entró en la sala donde se estaba celebrando la reunión. Un escribano de la audiencia regional solicitó licencia para entrar en ella, anunciando que traía despacho del Consejo. Su intención era leerlo. Entró, se sentó entre los escribanos y leyó el fechado en Madrid el 13 de mayo. La asamblea, oído su contenido, declaró obedecerlo. El corregidor y el alcalde mayor lo tomaron en sus manos, lo besaron y lo pusieron sobre sus cabezas, y lo mismo hicieron quienes estaban junto a ellos, en señal de obediencia, tal como era de rigor.

Después se mandó entrar a Juan Palanco, que fue acompañado hasta la sala capitular por los dos regidores que habían sido designados diputados con aquel fin. Dentro ya de la sala, se procedió a la transferencia de la jurisdicción, necesaria para que el enviado pudiera proceder con plenos poderes. Juan Palanco juró por Dios y la señal de la cruz usar el empleo de corregidor de la ciudad bien y fielmente, defender sus privilegios, guardar sus buenos usos y costumbres, administrar justicia a las partes y defender el misterio de la concepción purísima de Nuestra Señora la Virgen María, así como valerse de la protección del arcángel San Miguel. El corregidor y el alcalde mayor le entregaron la vara alta de justicia que tenían en sus manos, en señal de posesión del corregimiento, en la que Palanco quedó, sentándose en el asiento correspondiente. A continuación, se despidieron el corregidor y el alcalde mayor y ambos salieron de la sala, igualmente acompañados de los dos caballeros diputados que anteriormente habían asistido a Palanco.

Así el 17 de mayo, domingo, Juan Palanco se hizo cargo a un tiempo de las jurisdicciones de corregidor y alcalde mayor, y a partir de aquel momento actuó como máxima autoridad interina de la ciudad.

No demoró el juez su comisión y empezó a actuar al instante. Aquel mismo domingo, día 17 de mayo, declaró que la primera razón por la que se hacía cargo de la jurisdicción comarcal, alcance del corregimiento, era atender al abasto de pan. Sabiendo que para este fin había formada junta en la población, ordenó que sus miembros fueran citados para las nueve de la mañana del día siguiente.

El día siguiente, ya bajo la presidencia de Palanco, la junta local de granos tomó unas decisiones que cambiaron su rumbo. Primero modificó su composición. Uno de los regidores que formaba parte de ella, según se esfuerzan por justificar las fuentes, estaba indispuesto. En la práctica, había sido sustituido por otro mucho más activo, que había presentado los documentos que lo acreditaban solo unos días antes, el 9 de mayo, en plena crisis. A la reunión del día 18 acudieron tanto el titular como el suplente, quien a partir de entonces fue admitido como un miembro más. Por tanto, aquella decisión supuso la ampliación de la junta, quizás el refuerzo de alguna de las posiciones enfrentadas en ella. Además de la toma de posesión formal del nuevo miembro del gabinete de crisis, se acordó que a partir de aquella fecha celebraría al menos reunión ordinaria los miércoles de cada semana a las nueve de la mañana. Pero sobre todo revisó una decisión anterior que resultaba primordial, al menos por su contenido político, dado el curso de los acontecimientos. A iniciativa del juez, decidió respetar la plena libertad del comercio del trigo, a la que anteriormente había sido reacia. La opción política del corregidor, contraria a aquel principio, quedaba definitivamente desautorizada.

Pero de la población la calma aún estaba lejos. Para pregonar los acuerdos que la junta había tomado, aquel mismo 18 de mayo fue necesario que en la plaza pública, en presencia de muchas personas, estuviera formada la tropa de caballería con la espada desenvainada. La tensión que acompañaba al conocimiento de las decisiones de la junta fue prólogo de acontecimientos que de nuevo escaparon al control del gobierno local, ahora en manos de un gestor de excepción.

Se desarrollaron durante la tarde del día siguiente, 19 de mayo. En las inmediaciones, y en la propia calle que se prolongaba en el camino hacia la capital, de nuevo hubo tumultos, en este caso en presencia del mismísimo Palanco. No puede dilucidarse si se trató de un acto hostil hacia su persona o de una reproducción de las protestas vividas durante los días precedentes. Pero, aunque no conozcamos el por menor de la nueva agitación, se puede creer que no degeneró a un estado de tensión comparable al del día 9, a juzgar por los indicios conservados. No obstante, permiten saber que el juez debió verse en una situación complicada, y que aun así en su auxilio solo acudió un caballero capitular.

Pero ocurrieron en un estado especialmente sensible a este tipo de hechos. Quizás no fuera casual que tuvieran lugar cuando ya el corregidor había sido destituido y vinieran a demostrar que tampoco la autoridad de Palanco era tan sólida como pretendía.
No perdió la calma el juez a consecuencia de lo ocurrido aquel día. Pero el 25 siguiente, en la reunión que celebró el ayuntamiento, recordó que el día que se hizo cargo de la jurisdicción señaló a la ciudad que estaba obligada a contribuir a la preservación de la paz y a mantener la autoridad real, no obstante lo cual se había visto solo en el transcurso de la agitación ocurrida durante la tarde del 19.

La ciudad le respondió con énfasis que obedecía ciegamente al rey y juraba mil veces su obediencia, si fuera necesario. Nunca había sido su intención incumplir sus obligaciones y consideraba grave el cargo que el juez le hacía. Replicó que el lugar donde habían ocurrido los hechos estaba muy retirado de las viviendas de los capitulares y de sus negocios, y que muchos de ellos, en el momento en el que sucedieron, estaban en el campo, ocupados en cumplir encargos del corregidor y de los propios o en sus casas. Por estas razones no pudieron conocer lo sucedido ni supieron nada del asunto hasta muy a deshoras de aquella noche o al día siguiente, y aun ni siquiera entonces todos lo supieron por sí mismos. De haberlo sabido, habrían estado dispuestos a asistirlo, acudir en defensa de la real y suprema majestad y, en caso necesario, perder sus vidas. Creían firmemente que los demás caballeros y gente principal de la población harían lo mismo. Todos siempre habían demostrado celo, amor y obediencia a cuanto fuera del real servicio.

Por todo eso creyeron necesario que el procurador mayor escribiera con expresiones de sumisión al gobernador del consejo de Castilla, para que su piedad se sirviera poner a los pies del rey el deseo del municipio, que era verse libre de los trabajos que lo amenazaban, especialmente en aquel año de calamidad. Afirmaban además algo que resulta de enorme valor para rescatar con la mayor integridad posible la evolución de los acontecimientos: que todos los promotores de los tumultos se habían ausentado, y que entre ellos no había persona principal alguna, ni aun de mediana calidad. De esta manera de hablar tenemos que colegir que estaban identificados y que contarían con al menos algún auxilio que les habría permitido evadirse. La ciudad acordó que esta misma decisión se hiciera saber al asistente y suplicó al corregidor interino que avalara estas representaciones.

El juez y la corporación, en aquel momento, ocupaban posiciones distintas. Palanco pretendía aprovechar el incidente del 19 para imponer su autoridad y los promotores de los tumultos cuando menos se habían escondido. La inquietud sin embargo no se había extinguido del todo. Aquel mismo 25 de mayo, para que ayudaran a los diputados de guerra en la distribución de la tropa y lo demás necesario para su inspección, fueron nombrados dos regidores y tres jurados.

La acción de Palanco contra los promotores de los tumultos, el objetivo judicial de su comisión, pronto dio con algunos a los que inculpar. Fue hecho prisionero un número indeterminado de personas, contra una parte de las cuales el juez comisionado se encargó de incoar las instrucciones correspondientes. Uno de los encausados se llamaba Bartolomé Gamero y otro Juan Manta. También fueron detenidos Cristóbal Jiménez y José Lara, y sin mencionar sus nombres las fuentes se refieren a otros diez hombres que se vieron reducidos a idéntica condición.

Se sabe algo de las condiciones a las que estuvieron sujetos los detenidos. Al menos entre el 21 y el 28 de mayo estuvo activo en la población el que las fuentes primero llaman ejecutor de la justicia y después abiertamente verdugo. Durante aquella semana paró en la posada de cierto mesonero. La crónica local permite pensar que al menos fue empleado para templar las actitudes más rebeldes con azotes. De sus víctimas solo menciona a un indeterminado hombre de baja esfera, promotor de otros de su clase, alguien que no habría conseguido ocultarse a tiempo.

Para hacer frente a las responsabilidades judiciales, al menos una parte de los bienes de los reos fue embargada. Hecho el balance de su valor en el transcurso del procedimiento, Palanco creyó que de los catorce encausados solo cuatro podrían hacer frente a las obligaciones pecuniarias a las que diera lugar la información abierta. A Bartolomé Gamero se le despojó de su capital personal líquido: 26 fanegas de garbanzos raídas, 52 fanegas y media de trigo y 600 reales en dinero. Pero a Juan Manta le fue embargada al menos una parte de sus bienes domésticos: una cama de barandilla, un colchón, dos sábanas, dos almohadas, una cubierta, dos sillones, un arca de pino, otra más pequeña, tres cuadros de a dos varas, tres de a media vara, cuatro de una vara y media, una tarima de copa con su cazoleja de cobre, una mesita, una tinaja de agua, un cubo, un carrillo, 18 fanegas de trigo en grano, una artesa, una fanega de harina, dos jumentos y un caballo; modesto patrimonio que sin embargo tenía salida en los mercados.

Cristóbal Jiménez otorgó fianza de cárcel segura. Palanco ordenó, en razón de lo que tenía entregado, y porque según sus investigaciones no estaba mancomunado con los demás, así como porque le constaban sus cortos posibles, que no se le cargara cantidad alguna. También quedó constancia de que José de Lara igualmente tenía posibles cortos, así como de que los otros diez reos tenían cortos embargos.

La historiografía especuló con la posibilidad de que los movimientos que llamaba motín hubieran alcanzado el grado de la organización, adelantándose a posteriores formas de acción pública. El rigor analítico que conviene a su procedimiento reduce a elementos poco compatibles motín y organización. Si según sus premisas el motín es una forma elemental del comportamiento gregario, asegura este efecto que carece de organización alguna. No es fácil por tanto sostener que este tipo de actuaciones dispusieron de algo parecido a una conspiración. Aparte evidencias precedentes, la última prueba que la fuente proporciona aboga sin embargo a favor de una abolición de tales fronteras. La mayor parte de los encausados fueron declarados cómplices. Como además se estableció que Cristóbal Jiménez y José Lara no estaban mancomunados con los demás, se debe deducir que pudo haber cierto grado de organización de los tumultos. Pero no es posible pasar del indicio. No hay nada más sobre tan fundamental asunto, ni tampoco prueba alguna que permita excluir que la acusación de complicidad sea un argumento que proporciona al juez un agravante.

Las actuaciones contra los reos de los tumultos pudieron prolongarse, como muy tarde, hasta el 18 de junio. Para esta fecha los catorce encausados ya habían sido sentenciados por la justicia local y conducidos como presos desde la cárcel de la población al centro de reclusión de la capital. Sobre las condenas que sobre ellos cayeron no hay información precisa, pero sí se sabe que las penas pecuniarias accesorias en ningún caso fueron graves.

Las sanciones materiales fueron reducidas a las costas originadas por el procedimiento, el gasto ocasionado a Palanco a consecuencia de su traslado y residencia transitoria en la población, que fue estimado en 6.000 reales de vellón, y el valor del caballo muerto durante las protestas, valorado en 14 doblones. El gobernador del consejo de Castilla, en carta de 23 de junio, comunicó que el gobierno había decidido mostrarse magnánimo con los condenados. Dio instrucciones para que de los bienes de los cuatro reos que podían hacer frente a algún costo se tomara con este fin una moderada parte, la que Palanco estimara que no los arruinaría ni incomodaría mucho. El resto de los gastos procesales tendría que cubrirse con el sobrante del derecho que el municipio cobraba sobre el aguardiente, un expediente habitual para hacer frente a los gastos públicos.

En aplicación de estas instrucciones, de los bienes de Bartolomé Gamero fueron deducidos 700 reales y de los de Juan Manta 300. A Cristóbal Jiménez y a José de Lara, por las razones ya conocidas, no les fue cargada cantidad alguna, ni al resto de los encausados. Sirviéndose de este fondo, se pagaron los salarios del escribano de la comisión, el alguacil, el portero y el escribiente. Liquidados estos, quedaron aún por pagar los 14 doblones del caballo del sargento y el gasto ocasionado a Palanco. Tal como se había ordenado, fueron cargados sobre el derecho del aguardiente. Después fueron desembargados los bienes de todos los reos y se cancelaron las fianzas.

Palanco además inhabilitó a José González de Lara, uno de los dos escribanos de cabildo. Días después fue condenado a una suspensión de su oficio durante seis meses y al pago de 20 ducados para la cámara del rey. El motivo invocado para las sanciones fue lo ocurrido durante los alborotos. No está claro qué clase de responsabilidad contrajo en su transcurso. La coincidencia entre su nombre y el de uno de los encausados permite admitir la completa identidad, dada la flexibilidad con que habitualmente usaban los nombres las fuentes del momento, o en el parentesco. De ser cierta la primera posibilidad, la inhabilitación habría que interpretarla como una pena accesoria.

El escribano de cabildo pudo ser la vía de conexión entre el corregidor y los alborotadores. El procedimiento judicial pudo sustanciar la inocencia de Cristóbal Jiménez y José de Lara. Es legítimo pensar que durante la investigación pudo descubrirse que se trató de agitadores, a su vez inducidos por la opción política que en el momento en que se desató el primero tumulto estaba interesada en que ocurriera. Por eso el castigo añadido tampoco llegaría demasiado lejos. Solo un mes después de que Palanco hubiera sentenciado, el gobierno de la población solicitaría al presidente del consejo de Castilla que levantara la suspensión del ejercicio de su oficio de escribano a José González de Lara. El presidente del consejo accedió a la petición siempre que el encausado liquidara la multa que se le había impuesto. Poco después se verificaría su solvencia y el pago, e inmediatamente se le readmitiría en su puesto.

El 9 de junio el gobernador del consejo de Castilla ordenó a Palanco, previas instrucciones sobre la conclusión del proceso judicial que había sido motivo para su nombramiento como juez especial, que se retirara de la población en la que había actuado transitoriamente como corregidor. Asimismo le mandó que llamara al corregidor titular, al alcalde mayor y al alguacil mayor para reintegrarlos en sus poderes, una vez que había cumplido la comisión sobre los alborotos ocurridos los días 5, 9 y 19 de mayo.

La retirada de Palanco empezó por la junta de granos local. Al día siguiente, 10 de junio, la reunión se limitó a admitir la sustitución de uno de sus miembros más activos, regidor, que estaba ocupado en la compra de granos en la capital, por otro de su misma clase sin la menor objeción. A partir de entonces la actividad de aquella junta decayó, y fue habitual que faltara a sus convocatorias un número significativo de sus miembros, cuando hasta entonces había sido extraordinario que alguno no concurriese. Así, vista la experiencia, comenzaría la decadencia de las juntas de granos locales, constituidas para hacer frente a las urgencias derivadas de la caída del producto, en beneficio de la junta regional.

Días después, el 16 de junio, Palanco envió respuesta al gobernador del consejo de Castilla, al tiempo que tomaba las decisiones dirigidas a que la normalidad jurisdiccional fuera restablecida. Comunicaba a la administración central que había escrito a los tres interesados para que volvieran a la población. Solo había recibido respuesta del corregidor, quien le había adelantado que en la tarde de aquel día llegaría. Como podría ocurrir que él tuviera fletada su vuelta a la capital antes de que llegara el corregidor titular, decidió poner la jurisdicción restituida en el regidor decano de los que estaban presentes en el cabildo. Entregó y puso en sus manos el bastón que la simbolizaba y el regidor lo recibió y lo retuvo en su poder. A continuación Palanco se fue.

El día siguiente, 17 de junio, la crisis más grave conocida por aquella población durante la época moderna estaba a punto de cerrarse. Aquel día, miércoles, a las nueve de la mañana, tenía intención de reunirse, como lo tenía por costumbre, la junta local de granos. Acudieron a la convocatoria una parte de sus miembros. No comparecieron el vicario, el abad de la universidad de los beneficiados, dos de los regidores ni el caballero labrador que estuvo en el origen de la operación comercial que en su momento había causado los tumultos. Tampoco estaba presente el corregidor. Quienes habían concurrido con este fin a las casas capitulares decidieron enviar recado a su casa para que acudiera. Respondió el corregidor que por sus ocupaciones y las visitas que había de recibir no le era posible dejar su casa. Si los señores de la junta deseaban reunirse, podían hacerlo bajo la presidencia del regidor decano, corregidor interino. Ante tal respuesta, los miembros de la junta decidieron retirarse sin celebrar la reunión.

Aquel mismo día, en la reunión del ayuntamiento, el corregidor interino notificó que el día anterior había recibido como testimonio de restitución la vara que Palanco, por orden del consejo de Castilla, había tomado al titular del corregimiento para que se la entregara a este, al alcalde mayor y al alguacil mayor. Dos de los reunidos fueron comisionados para que acudieran a la casa del corregidor y lo acompañaran hasta el lugar donde la reunión de la cámara ciudadana se estaba celebrando. Así lo hicieron y el regidor decano repuso al corregidor titular en la jurisdicción que antes tenía. También hizo entrega de su jurisdicción al alcalde mayor y los reunidos acordaron que asimismo el alguacil mayor usara su empleo tal como estaba previsto en la orden del consejo de Castilla.

El enfrentamiento concluyó con una representación de la armonía restaurada. A fines del mes de junio, el ayuntamiento corrió con los gastos de una cena en honor de Juan Palanco, juez pesquisidor que había actuado en la ciudad para depurar las responsabilidades adquiridas por quienes habían protagonizado los acontecimientos de mayo.


Geografía de los precios

Bartolomé Desmoulins

La mejor encuesta moderna también acredita valor digno de encomio al suministrar informes sobre los precios que regían los mercados de cada especie cultivada por cada población. Aunque la información no es tan depurada como la que proporcionaría un cuadro de cotizaciones, o la contabilidad que registrara unos gastos efectivos, porque los declarantes hablaron, cuando les tocó expresarse sobre este asunto, de manera muy grosera, promediando con unas exigencias que se pueden presumir relajadas los valores, según dicen, de nada menos que un quinquenio, con ajuste a determinadas cifras, que más parecen obra de los redactores del documento que de sus informantes, no impide, además del cálculo propuesto, reconstruir la conciencia que de la fragmentación de los mercados de los productos agrarios, el mayor lastre del crecimiento económico antiguo hasta aquí admitido por la teoría, tuvieran entonces quienes convivieran con ella. La atención que ahora es obligado dedicarle puede ser útil, llegado el momento, para alentar argumentaciones de distinto alcance. El análisis de los precios sobre un fondo geográfico, a consecuencia de que sea necesario tomar este punto de vista, descubre factores que pueden revelar ideas que de otro modo quedarían ocultas, caudal de información secundario o derivado, en modo alguno de menos valor. A su favor se podría afirmar, en sentido opuesto, que tienen toda la solidez de los juicios, capaces para imponerse sobre opiniones y apariencias. Con los datos del análisis de los precios que suministra la encuesta, aun actuando con las precauciones que recomiendan las salvedades adelantadas como advertencia, a la clase de los hechos inapelables podrían enviarse las habituales observaciones sobre la fragmentación de los mercados.

Si se toman como testimonio más revelador los precios de los dos cultivos principales cuando alcanzan a convertirse en mercancías, a mediados del siglo décimo octavo las diferencias de cotización entre mercados locales serían de órdenes muy distintos a los que pudiéramos observar entre bienes de similar estimación para la misma escala de concurrencia ahora. En el marco de las 31 poblaciones de la muestra el precio de la cebada, donde se cotiza más es más de la mitad mayor del que tiene donde se paga menos por ella, y el del trigo casi se duplica. No pueden caber dudas sobre que existía conciencia del valor que tenían las distancias para el comportamiento de los mercados, ni de las oportunidades que para el negocio comercial por esta razón estaban siempre al alcance, aun partiendo del supuesto de la estabilidad de los precios que las declaraciones incluyen porque promedian, el menos probable de las economías que son objeto de observación en estos análisis. Avanzar en el esclarecimiento de lo que justificaba que pudieran los contemporáneos concebir esperanzas de lucro por esta causa, porque el documento es desabridamente hermético cuando debiera afrontar estas explicaciones, es lo que permiten moderadamente, mediante aproximaciones de flanco, los juicios que se pueden fundar sobre un mapa, más aún si se combinan con otros instrumentos de cerco asequibles.

En el dominio de la dispersión la sierra septentrional, otra vez, parece un mundo tan equilibrado y homogéneo, tan constantes se presentan sus cadenas de circunstancias, que alienta el enunciado tentativo de algunas como si fueran las reguladoras de los fenómenos que ahora se aspira a desvelar. Si se exceptúa por el momento un caso, que igualmente es el más aislado, sus poblaciones son las que a un tiempo descubren los precios regulares más altos y con menor distancia entre sí. Mientras que el trecho entre la cotización más alta y la menor era en los mercados del trigo de dos unidades monetarias de cuenta, equivalentes a una décima parte de la base o precio más bajo, en los de cebada la diferencia se reducía a sólo un real contable, también décima parte del valor de la cifra menor. La mayor cantidad de tiempo que consume el movimiento en tierras con mayores pendientes relativas, porque el análisis topográfico enseña que es un hecho generalizado en la zona, es el factor común que cuenta con mayores posibilidades explicativas, dados los medios disponibles para restituir ahora la época. Si se añade a esta posibilidad una conclusión precedente, que se trata del dominio natural de las rozas o agricultura itinerante, que aquí los precios sean regularmente algo más altos habría que atribuírselo al costo añadido que en tiempo exige la producción de los cereales. Y aunque se trate de tierras con reserva de espacio, la práctica de las rozas, que consume grandes cantidades de tierra expuestas permanentemente a la pérdida de suelo a causa de las pendientes, incrementa el valor relativo del espacio cultivado con cereales hasta límites equiparables a los de otras zonas, en la mayor parte de los casos; a límites muy altos en los términos, o dominios disponibles para la población radicada, más pequeños. No sería correcto sin embargo alentar, con afirmaciones como las precedentes, la idea de que la satisfactoria correspondencia entre las dos constantes, pendientes y rozas, y un modo de agotar las posibilidades agrícolas del suelo disponible para cada población es capaz para dar cuenta de la homogeneidad de los mercados de los que se trata. A similares comportamientos de los precios podían corresponder estados opuestos del aprovechamiento del suelo: cuatro quintas partes de todo el posible frente a poco más de la quinta. Sólo el caso que antes quedó apartado, por comparación con los otros observados, parece indicar cierta consecuencia entre precios de los cereales y espacio dedicado a su cultivo. A un bajo aprovechamiento del suelo con este fin, algo superior a la décima parte, correspondían los precios más bajos de la zona. Si se recurre a un cuarto factor, el tamaño de las respectivas poblaciones, también disponible, no se avanza mucho en el aislamiento tentativo de razones que permitan construir un relato plausible del comportamiento en el espacio de los mercados básicos. Sin salir del ámbito de la población moderada (poco más de 2.500 habitantes es el tamaño de la mayor y algo más de 500 el de la menor) tampoco es posible descubrir dependencia directa entre cantidad de habitantes de un lugar y los precios de sus cereales. Justo los dos casos extremos mencionados se atenían a las mismas cotizaciones medias de los cereales. Teniendo en cuenta, por lo que se refiere a los precios, que se trata de cifras groseras, depuestas por interesados, solo queda retornar al punto de partida y reconocer, aunque falten buenas razones para explicarlo, que los contemporáneos al fenómeno en la sierra del norte vivían conscientes de que en sus mercados del trigo y de la cebada regía la conexión mutua. Es lo que significa el hecho del que ha quedado constancia al principio. Si entre los precios de los mercados de la zona, tanto en los que se comerciaba con trigo como en los que cotizaba la cebada, la diferencia mayor era de la décima parte del menor, en la sierra septentrional al menos a mediados del siglo décimo octavo sus mercados habían creado ya un área estable de intercambios por encima de la dimensión local.

Cuando algo así ocurre deben existir, según enseñan los principios generales, una red de comunicaciones, un sistema de transportes y comerciantes interesados en el beneficio que proporcione colocar en otro las mercancías captadas en un lugar. Sobre la red de comunicaciones entonces hábil en la zona hace unos años fue ensayada una experiencia para recuperar sus itinerarios con resultado satisfactorio. Aunque preocupada por sus conexiones con el sistema de primer orden de la región, que localizaba su nudo en latitudes más al sur, pudo demostrar su densidad en el confín occidental y sobre todo cuál era su trazado. No había rincón del espacio regional, por lateral que fuera, que estuviera aislado, aunque sus vías, como cualquiera entonces, solo fueran transitables durante una parte del año a lomos de caballerías. Tampoco en ninguna población faltaban arrieros que sostuvieran la fracción regular del sistema de transportes, a los que se sumaban, cuando los trabajos agrícolas lo permitían, quienes disponiendo de ganado de labor apto para el transporte deseaban complementar con el comercio sus ingresos anuales. Es posible perfilar los rasgos del comerciante interesado en el grano de aquella sierra porque se han difundido pruebas de su existencia. A mediados del siglo décimo octavo el arzobispo, que cuando menos detraía para sí una cantidad algo por debajo de la sexta parte de los diezmos, prefería liquidar los de la sierra del norte cobrados en especie -precisamente los que cargaban las cosechas de los cereales con la décima parte de su volumen- en el lugar donde eran recaudados, antes que transportarlos a su sede, localizada en la capital de la región. El costo de una operación así, porque el precio del transporte, calculado por unidad itineraria, era entonces muy alto, hubiera sobrepasado la mejor compensación que pudiera permitir su venta, en las condiciones de comercio habituales en los mercados con demanda más a favor del comerciante que operaba en la región. Siendo regular esta decisión, si se recapitula se puede obtener una secuencia explicativa de la peculiaridad de aquellos mercados a poco que se inviertan los términos. Pudiendo contar las poblaciones de la zona con la salida a la venta de esta fracción del producto, su captación por quienes estuvieran interesados en su posterior expedición, que actuarían en todos los mercados locales, podrían ser los responsables directos de una primitiva homogeneidad de los precios que al final podría dar origen también a los precios medios más altos y generalizados de la región. La pendiente, que puede proponerse como responsable del incremento de los costos de la producción de las rozas, con más probabilidad pudo actuar como el estimulante al alza de los precios de transporte, al menos en el interior de la zona, que repercutió en el valor final que el grano alcanzaba en los mercados locales. Todo esto sería satisfactorio si las demandas locales, expresadas por el tamaño de sus poblaciones, fueran correspondientes al comportamiento de los precios, o si el estímulo al espacio cultivado con cereales pudiera reconocerse como obra inmediata de cualquiera de estos dos factores. Ya se sabe que los hechos no ocurrieron así. Es probable que el comportamiento del arzobispo fuera más consecuencia que causa.

La experiencia que permitió restaurar parte de la red de comunicaciones de aquellos territorios, cruzada con informes que enlazaban con decisiones estratégicas tomadas en la baja edad media, puso al descubierto la vigencia continuada de un eje de comunicaciones norte-sur, que partía del pie de la sierra septentrional para ganar en línea recta la costa, por donde se drenaba el cereal. Su captación por comerciantes, similares a los que se pueden detectar en las compraventas episcopales, tendría la ventaja, como origen de las explicaciones sobre el comportamiento de los precios, que podría dar cuenta de la reacción de todo el producto, y no sólo de la décima parte, y podría emancipar definitivamente los precios de las demandas locales, estimadas por el tamaño de las respectivas poblaciones, y de la diversa respuesta de los espacios dedicados por cada una al cultivo de los cereales. Incluso tal atracción podría explicar, con una dosis mayor de flexibilidad, una gama de iniciativas sobre el uso del suelo útil tan abierta, siendo las poblaciones a la vez modestas y divergentes en tamaño, que podía aconsejar a más de la mitad de ellas emplear en la siembra de cereales en torno a la mitad de sus espacios cultivables. Hasta las rozas, que todas practicaban, casi exclusivas de las tierras comunicadas con el eje referido, podrían ser concebidas como recurso límite, próximo al agotamiento de las posibilidades biológicas, al servicio de una atractiva economía comercial.

En el área del gran valle central, donde los precios, tomados como un todo, son más moderados que en la sierra del norte, los comportamientos mercantiles que se pueden observar por medio de las cotizaciones eran al mismo tiempo muy distintos, tanto que coincidían en el mismo espacio máximo y mínimo absolutos del trigo. Parece aconsejable, para esta parte de la geografía de los precios, antes que una explicación única, frente a la cual los datos se muestran celosamente herméticos por contradictorios, aproximaciones a los argumentos más capaces para representar buenas razones con los datos disponibles en cada situación, estrategia que puede permitir por acumulación depurar las ideas a las que se conceden las mayores posibilidades para dar cuenta de las divergencias de aquellos comportamientos de los precios de los cereales. Las esperanzas del analista pueden ser tan legítimamente ambiciosas cuanto quieran, a condición de que sepan resignarse a los medios disponibles. El desgaste, el acoso paciente, la dosificación de las fuerzas propias sin agotar nunca la reserva, que alimenta la perseverancia, no son reconocidos como grandes virtudes, las que elevan a los hombres hasta el grado de la admiración, los hace dignos de la confianza de sus semejantes, hasta el punto que lo gratifiquen con la capacidad para decidir por ellos, en héroes pueden convertirlos, cumplido todo este tránsito sin ser sorprendidos en actos indignos, a horas inapropiadas, en brazos no tan cálidos como los que tonifican el contacto cotidiano en el lecho del hogar.

Debe ser una meta moral, exigible a cualquiera, aspirar a una condición tan alta. Pero en las maniobras de aproximación actuar siempre con espíritu aventurero puede ser contradictorio, porque el precio a pagar por el esfuerzo, aun tratándose de una operación secundaria, puede equivaler al aliento. Cuando debe ser tan largo y amplio que ha de pasar por teorías de la dehesa, cálculos sobre inversiones en simiente y hasta discusiones sobre unidades métricas, aspirar a cada vuelta de página a que las ideas desfilen deslumbrantes, como el alférez al mando de su sección, el camarero que sirve en convenciones o las olas que se suceden ante la mirada átona de los veraneantes, puede ser, aún más que agotador para quien se esfuerza en maniobras con argumentos seductores, bandera bajo la cual se vayan reuniendo los desertores.

Dejar constancia de que allí donde se pagaban los precios más altos, tanto de la cebada como del trigo, para producirlos la población aprovechaba su unidad territorial sólo en una quinta parte puede ser suficiente aunque resulte modesto, porque identifica una relación inmediata entre factores que parece posible. Si disponiendo de espacio, para satisfacer el consumo de dos bienes básicos no se incrementaba su producción, fuera porque el suelo que se hubiera formado no fuera capaz o porque no se había invertido en prepararlo, los hombres se exponían a sus precios altos, porque la oferta del producto local podía quedar por debajo de la necesidad que de él hubiera. Concurría además una circunstancia que hace aún más verosímil esta afirmación. El número de habitantes del lugar donde se observan estos fenómenos era el mayor de los analizados, dentro de los límites de la encuesta, entre los de su tercio de la región. Pudiendo con legitimidad identificar tamaño de la población con dimensión de la demanda, al menos por lo que se refiere al trigo, porque su harina panificada era el alimento común, tanto más la presión de los compradores del producto local pudo estimular al alza los precios de su mercado. Solo una objeción podría oponérsele a esta cadena de sucesos que parece tan real. Se trataba de una población litoral, clase de posición para la que se reconoce una mayor capacidad para abastecerse de grano, dado que su transporte en masa entonces lo absorbía la vía marítima. Esta otra circunstancia podría explicar que sus hombres volvieran la espalda al uso agrícola del suelo, que prefirieran obtener por el comercio lo que tendrían que aguardar del cultivo, pero no que los precios fueran altos. Al contrario, la llegada de mercancía a través del mar tendría que facilitar su moderación. Pero ocurría que el lugar observado como punto de encuentro mercantil, además de localizarse a orillas del mar, era fronterizo. Por esta circunstancia su tamaño, el del mercado, crecería con la afluencia de transeúntes en busca de la oportunidad que les pudiera ofrecer situar la mercancía al otro lado de la línea, donde el valor lo medía otra moneda cuyo manejo para el cambio, porque era otra operación de compraventa, que cuando coincidía con la precedente era apodíctica, podría añadir incentivo y beneficio.

Analizar a esta escala quizás reduzca los hallazgos a las causalidades directas, distantes de la brillantez de las abstracciones, las responsables de los enunciados legales más sólidos, de eficacia apreciable; tanto más si una parte de las ideas ya argumentadas, habiendo resistido razonablemente la confrontación con los hechos, pueden ser útiles para entender lo que ocurría en otros lugares. Una pequeña población, que no disponía de mucho espacio que aprovechar, casi lo había agotado dedicándolo al cultivo de los dos cereales básicos. Tal como era presumible, sus precios, en su mercado, eran altos, en un orden de magnitud inmediato tras el mayor. Su localización lejos de la costa, en un área bien comunicada pero con una de las frecuencias más altas de lugares habitados, junto con su débil población, casi la menor absoluta, comprimía sus posibilidades de abastecimiento exterior hasta los límites que causaban el efecto observado.

Que en un lugar deshabitado hubiera un mercado de cereales parece un contrasentido, a pesar de lo cual la fuente insiste en que tal cosa ocurría. Durante décadas se discutió sobre el significado que había de atribuirse a la clasificación por este documento de un lugar como deshabitado, y no obstante lo registrara. Cuando se aplica a la región, es muy probable que el primitivo sea legal y no biológico, aunque tenga que incluir el segundo, porque, como para identificarlo en todos los casos recurre a un topónimo, siempre designará -con la misma precisión que el enunciado de unas coordenadas- la posición discreta de una célula humana. Aunque la palabra elegida para expresar la categoría de la presencia de los hombres en el espacio, que fue la voz despoblado, con el tiempo consagrada por los trabajos censales hispánicos, parece incluir una precisa historia de cada uno de tales lugares, a pesar de lo cual invariablemente hubiera concluido con la extinción de una comunidad precedente, se puede demostrar que el objeto primitivo de ese modo de enunciar fue dejar constancia de que el lugar así designado disponía de jurisdicción propia, distinta a la de todo el espacio que lo envolvía, cuando aquel no disponía de término propio y por tanto estaba incluido en otro municipio, un asunto, el del señorío jurisdiccional, que preocupaba especialmente a los promotores de aquella encuesta y que con la distorsión, a quien después la utiliza como medio para restaurar la plenitud del siglo décimo octavo, amenaza constantemente.

Para muchas unidades de explotación agropecuaria sus dueños compraron a la corona, con servicios de toda clase, tanto más útiles si habían sido vertidos al instrumento que regulaba la medida del valor, en el siglo décimo séptimo más que en épocas precedentes, la jurisdicción completa sobre ellas, lo que, si les permitía la esporádica administración de justicia, incluía habitualmente el mucho más cotidiano derecho de cerramiento, que también pudo adquirirse por separado, aunque no tuviera tan altas consecuencias institucionales, por el cual aquellas tierras quedaban exentas del costo, en modo alguno despreciable, que solía llamarse derrota de mieses, interesante para el aprovechamiento comunal de al menos los rastrojos propios. La vertiente agraria de esta composición legal obliga por tanto a impugnar el prejuicio sobre la población al que condena el sentido administrativo de la voz elegida para designar el tipo, cuyo propósito literal pudo ser que no cupieran dudas sobre la inexistencia de siervos en aquella clase de señoríos. Ya se ha reconocido, en otro lugar, que en las instalaciones que eran comunes en el sudoeste, a la descripción de cuyos atributos a mediados del siglo décimo octavo también se dirige este texto, si estaban activas tenían que sostenerse sobre un ciclo biológico humano pautado por el movimiento. No eran en ella probables los nacimientos, las defunciones eran esporádicas, pero las migraciones eran constantes; desde las llamadas pendulares, si la explotación soportaba los costos del desplazamiento cotidiano hasta el hogar estable, hasta las que el análisis clasifica, aun con las escalas contemporáneas, entre regiones. El flujo permanente de personas hasta aquellos nódulos de la población, a falta del crecimiento vegetativo, garantizaba que ninguno de estos lugares, si permanecía activo, estuviera en momento alguno despoblado. El tamaño de sus poblaciones, si bien que toda fuera transeúnte, conocía un ciclo anual cuyo máximo coincidía con la plenitud del verano, cuando la mies era segada y la parva separada del grano, actividades que consumían la mayor cantidad de trabajo del año, absoluta y en relación con el tiempo que exigían, y cuyo mínimo venía con el invierno durmiente, cuando en las instalaciones de la explotación solo tenían que asistir quienes habían cargado con la servidumbre al ganado de labor, cuya alimentación diaria era insoslayable. En algunas instalaciones rurales había días de invierno (es conocido porque se han conservado testimonios documentales que lo relatan con la debida puntualidad) tan sonámbulos que toda la actividad que en ellas hubiera podía quedar a cargo de una persona, a lo sumo auxiliada por su familia. Bajo su responsabilidad había quedado la guarda y vigilancia de la empresa, lo que en modo alguno le impedía proveer a las necesidades del ganado.

Es suficiente reconocer la existencia de este núcleo mínimo de población para aceptar que en las instalaciones rurales pudieron mantenerse mercados de cereales, imposibles sin la presencia humana. Pudieron actuar como lugares comerciales pasivos. Cualquier instalación rural servía como almacén del producto. Las denominaciones de sus espacios, subdivisiones del volumen único, porque eran funcionales demuestran que cobijaban grano. Colindantes se encontraban los pajares. Un comprador podía acudir a ella con la esperanza fundada de una oferta de grano, y con la certeza del monopolio, porque en sus coordenadas era única entre las de una escala que agotaba todo el espacio disponible en los cultivos del trigo y la cebada. Como el caso de la muestra enseña, tendría que pagar por cualquiera de los dos granos un precio relativamente alto.

En el orden siguiente, el de las poblaciones radicadas con idénticos comportamientos de los mercados, tal como expresan los mismos precios que se pagan en la explotación, el análisis debe reconocerse incapaz para elegir causas posibles que ayuden a explicarlos. Los elementos puestos a su disposición para esta experiencia –vías de comunicación, tamaño de las poblaciones (porque son, en este caso, de los mercados en potencia) y proporción del suelo dedicado por cada una al cultivo de los cereales– se muestran erráticos en los tres casos que lo representan. Solo es posible reconocer, como argumento común, que la aproximación a los comportamientos más frecuentes durante las compraventas, muy probablemente porque son por naturaleza los más gregarios, bien son de una complejidad que desborda la provisión de elementos bien tienen su origen en otro orden de razones, que podrían ser menos previsibles por más elementales. Habiendo preferido que el esfuerzo se dirigiera al aislamiento de las raíces del fenómeno, de nuevo se corre el peligro de no tomar en consideración lo que es una evidencia en la superficie. Los tres casos a los que se ha hecho referencia no estarían en la obligación de explicar variaciones de los precios en el espacio de clase alguna, puesto que son idénticos. Al contrario, son otra prueba de que entre los mercados locales podía haber conexión, de la que se encargaban comerciantes y arrieros y a cuya actividad, en este análisis, aun así no se le ha concedido papel alguno. Tampoco es inconveniente para seguir poniendo a prueba el plan previsto, que como todos los experimentos está en la obligación de consumarse ateniéndose al principio de ensayo y error. Además de la justificación de método, a su favor militan las covariaciones que es posible seguir observando.

Una población próxima al centro regional, de las que habían descargado una parte de su actividad económica sobre su abastecimiento de pan, el de la capital, aprovechando a la vez su posición y la norma que se preocupaba desde antiguo por que no faltara un suministro al que también desde siglos atrás se le había concedido un alto valor político, proporcional a los poderes concentrados en los lugares, que empleaba la mitad de su espacio en el cultivo de los cereales y que concentraba algo menos de 5.000 habitantes, un tamaño poco más que medio para los tiempo y lugar, mantenía los precios de su mercado local en una posición muy próxima a los valores centrales. Puede pensarse, con estos datos, que había conseguido un estado de equilibrio. Contando con que la molturación del grano y su panificación, así como el transporte a la capital del producto elaborado, para el que era suministro energético útil la cebada, no saldrían del dominio de la población, a la que le permitirían obtener el valor más alto de una línea productiva única, que se hubiera mantenido una reserva muy importante de espacio, gracias a un cálculo ajustado a la doble demanda, la local, importante, y la externa inmediata, de dimensiones tales que no era capaz para satisfacerla por completo, había permitido nivelar los precios del cereal de tal modo que no fueran un costo que asfixiara tan próspera industria y su comercio. La importación de granos hacia el lugar, si en su caso pudiera verificarse, aunque sería responsable de una parte de la contención de los precios, sólo reduciría el alcance de la explicación que ha sido posible imaginar con los datos usados, de total a parcial, pero no la invalidaría.

Como asimismo se pueden presentar como razón unos hechos, aunque se asemejan a los descritos precedentemente para un nivel de los precios próximo algo superior, se someten con relativa disciplina a cierta lógica. Eran los mismos para el trigo en tres poblaciones, descendientes, una unidad monetaria tras otra, para la cebada si se ordenan con el criterio del comprador optimista. Casi en el mismo orden eran descendentes los espacios que cada una de las poblaciones destinaba al cultivo de los cereales. El incremento relativo del espacio dedicado a la cebada, en el limitado campo de observación ganado gracias al descenso de su precio, tensaba las cotizaciones del trigo para mantenerlas a un nivel tonificante, para que pudieran aprovechar las demandas locales, cuyos tamaños, de las poblaciones respectivas, una vez más, en dos de los tres casos eran casi idénticos. Podrían ser buenas demostraciones de las agriculturas de los cereales sostenidas sobre el ajuste a una demanda local modesta y cerrada a consecuencia de su limitado tamaño, aunque pudieran recurrir a ejes de las comunicaciones, factor, tratando de las interiores, que parece del todo relegado cuando se desciende por debajo de cierto grado de uso del espacio. Si al cultivo de los cereales solo se le dedicaba la cuarta parte del disponible o menos, aun siendo las que tomaban tales iniciativas poblaciones de un tamaño notable, por encima de mil, los precios de los dos cereales se hundían idénticamente. De ahí que sea obligado deducir que la demanda local, porque el espacio disponible era todavía mucho, estaba satisfecha por la producción propia, y aún sería capaz para cubrir más si aquélla se incrementara.

Al contrario, el orden más bajo observado era una obra directa de las comunicaciones fluviales, un clásico del comportamiento de las variaciones de los precios del cereal en el espacio. Una población con casi dos mil habitantes a orillas del primer cauce de la región, río arriba de la capital, tenía más de la mitad de su espacio agotado por los cultivos dominantes, a pesar de lo cual el precio del trigo que en ella se comerciaba era menos de la mitad que el de donde se pagaba más, mientras que el de la cebada, en relación con el más alto, solo perdía la mitad de su valor. El grano que descendiera por el río, para alcanzar el codiciable mercado de la capital, en parte derivaría a la población para satisfacer desde fuera sus necesidades. Llegaría a una cotización tan capaz para competir, porque aún una parte de la población lo demandaría, que esta prefería aceptar el precio que finalmente fijara el mercado local antes que invertir en su producción sobre la reserva todavía disponible, así liberada para otros usos; gracias a que el transporte fluvial, rápido y al que se oponían menos barreras fiscales, cargaba el precio definitivo con unos costos muy inferiores a los que soportaba el terrestre.

Así como se identifican ciclos en el tiempo parece que los hubiera en el espacio, como si la sección transversal del valle fuera igualmente la representación simplificada del movimiento de las cosas según pasan días o meses, las horas y las vidas enteras. Porque los precios antiguos, que en las estribaciones del norte se portaban de una manera tan homogénea, una vez completada la experiencia de su paso por el valle, que los aproximaba al abismo del desorden, de nuevo ganaban una apariencia de equilibrio cuando ascendían las primeras pendientes de la alta muralla suroriental. Allí las cotizaciones más altas, que para el trigo lo eran en el mismo grado que en su par del norte, algo menos para la cebada, parecían directamente estimuladas por el tamaño de las poblaciones. La del mayor absoluto que haya entrado en el campo de observación permitido por la muestra, que reunía poco menos de 27.000 personas, localizada muy cerca del límite este de esta tercera porción del espacio regional, es también la de los precios del trigo más altos. Con la mitad de su espacio local dedicado a cultivar cereales, también parece materializar cierto equilibrio. Permite descomponer al detalle el mayor grado de diversidad en el uso del espacio agrícola cuya observación haya sido posible. Del mismo modo que cualquier división del trabajo era inevitablemente germen de mercados, la apertura de la producción agrícola a bienes distintos al cereal obligaba a quienes así decidían a convertirse en demandantes de trigo, si se atenían a las reglas de consumo alimenticio que se reconocen como habituales. La dedicación de la mitad del espacio disponible al cultivo de los cereales, porque es la cifra en torno a la cual puede reunirse un tercio de los casos de la muestra, al tiempo que cualquiera de las demás proporciones posibles significaría, para todos los analizados, frecuencias muy inferiores, representaba para aquellas agriculturas una frontera consciente, a la que decidían atenerse para de este modo desactivar en parte el alto riesgo económico cargado en la concentración en un producto, el cereal de consumo común, cuyo valor conocía fuertes oscilaciones. Podría tratarse de una frontera correspondiente al tamaño de la población que tomara una decisión así, por la vía intelectual convencionalmente llamada sistema de cultivos, si a su vez todo el espacio del que pudieran disponer sus hombres se hubiera constituido, bajo el estatuto de término, proporcionado a un número de habitantes. Está demostrado que las poblaciones de la época son estables, cuando no estacionarias, lo que añadiría verosimilitud al supuesto, y convendría a reconocer que causa directa de cierta tensión al alza de los precios, como ocurre en este caso, pudo ser un incremento positivo reciente del crecimiento de la población.

Hay otras dos, de un total de tres que inmovilizan el escalón inmediato inferior del nivel de los precios, que podrían avalar este cuadro de circunstancias. Aunque una de ellas parece haber agotado algo más su reserva de espacio, las dos, en la jerarquía de las poblaciones según tamaño, ocupan las posiciones segunda y tercera, quedándoles la frontera de los 6.000 habitantes por debajo. Dar por bueno que cierta tensión al alza de los precios del cereal, tanto mayor cuanto más grande es el tamaño de las poblaciones, es consecuencia de alguna propensión a su incremento, sostenida durante algún tiempo y simultánea a un estancamiento en el uso del espacio, es también reconocer el aislamiento relativo de las comunidades humanas que pasan por esta experiencia. A ellas no llegaría del exterior la masa de grano suficiente para contrarrestar la presión añadida a los mercados por el incremento del número de personas que alimentar. Es una razón que de nuevo puede parecer adecuada a las pendientes que tendrían que vencer las acémilas, que incrementan el precio del grano en razón directa a la cantidad de tiempo que necesitaban consumir en el esfuerzo para vencerlas. En la otra población cuyos precios eran altos este factor pudo actuar porque estaba localizada donde la sierra era más severa. Pero es más probable que fuera un sumando disuasorio absoluto, al margen de todas las decisiones. Una concentración humana moderadamente alta, como respuesta a los obstáculos al movimiento, y una aplicación al cultivo de los cereales por debajo de la cuarta parte del espacio del que dispusiera, consecuente con las dificultades para conservar el suelo que añaden las pendientes, cuya demolición obligaría a invertir cantidades fuera del alcance de los beneficios que reportan los ciclos productivos, son bastantes para explicar de manera convincente, en aquel medio, tal comportamiento del precio, como no es necesario mucho más argumento que el del sistema de transportes para dar cuenta del último comportamiento de los precios en el espacio.

El primer puerto del Mediterráneo en el litoral del sur, a solo unos 20 kilómetros del límite este de la región, se había convertido en un importante polo hacia el que fluían bienes desde el valle. Es probable que empresas de arriería consolidadas se hubieran constituido en las poblaciones que jalonaban otro de los ejes del sistema de comunicaciones meridional, que unía el centro de la región con el mencionado puerto a través del tercio de su espacio en el que ahora la atención debe concentrarse. Tres de las poblaciones de esa ruta, una parte de cuyos habitantes se declaraba dedicada de manera estable a la modalidad de comercio referida, han quedado incluidas en la muestra. Sus precios de los cereales son los más bajos de la zona, tanto para el trigo como para la cebada. El tránsito sostenido de recuas por sus calles, habitadas por comunidades de menos de 2.000 personas, permitiría que se beneficiaran de precios asequibles, aun teniendo los recursos agrícolas de sus espacios casi agotados. Una de las poblaciones había conseguido hacer compatible la dedicación de casi todo su suelo a la producción de los cereales, la mayor presión de un grupo humano sobre el espacio que permite documentar la muestra, con la bonanza de las cotizaciones, coincidencia singular.

Aún queda por mencionar un par de mercados locales, cuyos precios son en un caso casi idénticos a los que se relacionan con la primera ruta del comercio oriental, en otro solo algo más altos. Las poblaciones que nutren sus demandas eran muy similares en tamaño, poco menos de 3.000. Del uso del espacio que en una de ellas hacían no hay buena información, y del que hicieran en la otra se puede afirmar que se aproximaba al que ha quedado reconocido como comportamiento más probable, el que prefiere limitar a la mitad del espacio disponible su empleo en el cultivo de cereales. Su respectiva vecindad al primer puerto mediterráneo del sur, aunque no fueran nudos del eje de comunicaciones terrestres que conducía hasta él, permite presumir que pudieron beneficiarse también, en sus mercados de cereales, del tránsito por sus caminos de quienes estaban interesados en la actividad comercial que atrajeran las línea secundarias que llevaban al eje de la red.