Anales asirios
Publicado: enero 13, 2014 Archivado en: Recopilador | Tags: historiografía Deja un comentarioRecopilador
Buena parte de la información disponible sobre las iniciativas de los reyes asirios procede de sus renombrados anales, uno de los momentos de la formación de la historiografía de más valor. La reconstrucción de los orígenes de tales textos alecciona hasta tal punto sobre los principios que alientan la creación de esta literatura que puede estar justificada su breve evocación, más aún si deseamos decidir sobre el valor de las informaciones de nuestro interés que proporcionan.
Se reconocen como sus antecedentes más remotos las primeras inscripciones reales asirias, todavía del siglo décimo cuarto, que no tenían otra misión que celebrar la actividad del soberano como constructor. Aquella justificación original de las inscripciones, si no prevaleció, al menos sobrevivió, hasta el punto que hasta el final del reino de Asiria casi todas las inscripciones siguieron conmemorando al menos una obra de promoción real. Así fue como la iniciativa edilicia quedó autorizada como la razón de ser del texto epigráfico.
A partir de Adadnirari I, quien reinó entre 1305 y 1274, las inscripciones también habían comenzado a mencionar otra parte relevante de las actividades del soberano, sus campañas militares, bien que asociándolas a aquella función principal de los textos. Desde entonces, tras presentarse, y antes de hacer referencia a sus trabajos, los reyes acostumbraron a relatar sus victorias en primera persona. Los que ya se conocen como anales de Tiglatpileser I, que mantuvo el gobierno asirio entre 1114 y 1076, son un excelente ejemplo, tanto del estado entonces alcanzado por la precedente manera de proceder como del primer vínculo entre las inscripciones y los posteriores textos narrativos. En lo fundamental se sigue tratando de documentos de fundación, idénticos a los que sus predecesores redactaban, y que como ellos hacía depositar en los monumentos que construía o restauraba. A la vez, son los primeros dignos de conocerse con el nombre de anales porque, al suministrar los primeros textos en los que el monarca se extiende en la descripción de sus victorias, hacen el relato de sus numerosas campañas en orden cronológico.
Dos siglos después, durante el reinado de Asurnasirpal II, entre 883 y 859, las inscripciones reales se habían ramificado en un buen número de modalidades. Una parte era escrita sobre las piedras con las que eran construidos los palacios, a cuya decoración en adelante contribuirían. Se adaptaron a cualquier clase de transformación del material. Unas serían grabadas directamente en los muros y otras figurarían en las estelas que decoraran la gran residencia. También toros monumentales o bajorrelieves sirvieron como soportes circunstanciales de los epígrafes. Incluso en las losas de sus pavimentos, algunas de ellas también esculpidas, se impuso la costumbre de grabar textos. Pero la mayor parte de los relatos del tiempo de Asurnasirpal II fueron escritos sobre arcilla, algunos en tablillas, la mayoría en cilindros y prismas, grupo este dentro del que están casi todos los que hay que llamar propiamente anales. Es muy probable que a partir de entonces valiera parte de su fortuna a la vigorosa tradición surgida de este género el tratamiento que recibieron cilindros y prismas de arcilla fina. Inscritos con cuidado extremo, fueron endurecidos mediante una cocción que les confería una mayor resistencia al paso del tiempo.
La historiografía que sostenían solo se ocupaba de los acontecimientos recientes. Excepcionalmente, también a partir de entonces, el asunto de las inscripciones se renovó recurriendo a relatos recibidos. Las campañas del remoto Sargón, así como las de sus inmediatos sucesores, fueron relatadas en un gran número de inscripciones, muchas de las cuales nos han llegado. Desde entonces alimentaron parcialmente la analística. Relatos con estos temas se encuentran entre las más atractivas creaciones de los escribas reales de entonces, tan hermosos que algunos fueron conservados para que sirvieran de modelo a los futuros escribas.
Más adelante, en tiempos de Senaquerib, que reinó entre 704 y 681, el género de los anales se puede considerar ya tan definitivamente consolidado que se ha convertido en el género literario más común. A su éxito va asociada, como principal característica, cuando se trata de un texto de esta modalidad, aunque sigue estando destinado a depósitos de fundación -como es natural en la casi totalidad de los anales asirios-, que la referencia a la construcción queda relegada al final de los textos, lo que, si no es una novedad, se convierte en una reiterada norma.
Senaquerib promovió grandes trabajos en Nínive, y excusado es decir que lo haría por razones distintas a las literarias, aunque por la abundancia de sus conmemoraciones el lector puede incurrir en la infundada sospecha de que lo hacía aconsejado por el deseo de crear oportunidades para celebrar cada una de sus acciones. No puede caber duda de que era la construcción, y no la guerra, lo que motivaba la redacción de sus inscripciones. A la conmemoración de construcciones diferentes hubo de ser asociado el relato de una misma campaña, puesto que no serían tantas las acciones bélicas como las construcciones públicas. Por su parte, los textos escritos sobre piedra, que se siguieron haciendo, y que debían ser visibles, daban una versión abreviada de los mismos acontecimientos. La crítica no encuentra razón aparente que explique que el texto de las hazañas del rey presentado a sus contemporáneos hubiera de ser menos extenso. Los principios más elementales de la inscripción epigráfica -escritura sobre un soporte que ofrece enorme resistencia- son bastante para dar cuenta de lo que no tiene que parecer una anomalía.
La confluencia de los distintos tipos de expresión escrita con la incontinente actividad constructiva del monarca permitió que los anales de aquel reinado llegaran a ser numerosos, y que como consecuencia haya más de ciento cincuenta inscripciones, completas o fragmentarias, relativas a las guerras de Senaquerib. Dado que era necesario reiterar el relato de idénticas acciones, vino a ocurrir que cada campaña real fue objeto de muchas recensiones, cortas o largas, que contienen numerosas variantes, cuando no contradicciones que los propios textos no permiten resolver.
En tiempos posteriores, las diferencias que pudieron tener su origen en la distinta función de los mismos textos, corroborada por las técnicas al servicio de sus tipos, se consolida como divergencia de los contenidos. Está demostrado que para la época de Asurbanipal, quien reinó entre 668 y 631, se convirtió en algo regular que de los mismos hechos se redactaran textos diferentes, no ya para atender a las demandas que de ellos hubiera, sino para de antemano hacer frente a las eventuales necesidades que de ellos pudiera haber. Para algunos textos inscritos en bajorrelieves es posible hacer una reconstrucción satisfactoria de la relación que pudiera haber entre todas las formas del relato que se fueron consolidando, gracias a que se han rescatado también sus versiones escritas sobre tablillas. Al parecer, los mismos departamentos de la administración que se encargaban de redactar los anales preparaban numerosos relatos breves de distinta extensión, a los cuales se recurría según aconsejaran las circunstancias, con el fin de ilustrar el mismo bajorrelieve. Anales en sentido propio convivieron con una serie de relatos breves derivada que compusieron sencillas inscripciones enunciativas, dedicatorias y escuetos epígrafes. Para la crítica no hay duda de que los textos más cortos fueron redactados a partir de los anales, porque así permiten deducirlo las lecciones similares que efectivamente entroncan en el arquetipo que el texto sobre arcilla proporciona.
Esto redundó en la divergencia de los textos que ya en tiempos de Senaquerib había comenzado, un momento desde el que ya no hubo inconveniente en que los contenidos también variaran. Lo peculiar de la nueva fase es que lo distinto llega a ser tan natural que casi parece normativo. Un acontecimiento del reinado del mismo Asurbanipal lo ilustra con discreción y exactitud. Una de las familias de textos recibidos atribuye la decapitación del rey de Elam unas veces al dios Asur, otras al monarca y otras a un soldado. A tanto se atreven quienes se conceden la sorprendente licencia que dos versiones distintas pueden aparecer, no ya ilustrando el mismo bajorrelieve, sino en el mismo texto que lo apoya. La veracidad había quedado subordinada al relato. Según el género, la función del texto y lo que en cada circunstancia pareciera de mayor interés, se podía ofrecer tal o cual protagonista. ¿Sería que algún dogma teológico autorizaba al abuso? No hay respuesta a esta pregunta, pero hay que reconocer que también entre los asirios, desde el rey hasta el último de sus súbditos, pensaban que no eran más que los instrumentos que un dios activaba a su parecer.
Habiendo concluido en esta sorprendente desviación de la primera narrativa, faltan los medios para un mejor conocimiento de la naturaleza y la extensión de las fuentes de las que disponían los escribas para que fueran autorizados a proceder de este modo. Carecer de medios directos no ha impedido indagar sobre cómo funcionaban sus oficios y qué técnicas de redacción solían poner en práctica. Los datos que se han reunido, aunque no satisfagan por completo el deseo de precisar el origen de estos relatos, permiten evocar una escena que propone rasgos de provecho.
Aunque la arqueología no ha documentado ninguno de los medios de información, solo supuestos, que a continuación se mencionan, se acepta que la base del trabajo narrativo sería el testimonio directo. Algunos escribas acompañarían al ejército y llevarían diarios en los que anotarían tanto itinerarios seguidos por las tropas como resultado de las operaciones bélicas, así como el botín conseguido, los tributos impuestos y otras felices circunstancias que de la victoria suelen provenir. Además, las oficinas de los escribas dispondrían también de cartas y de listas, a las que podrían sumar, si necesitaban esclarecer circunstancias políticas, el testimonio directo de quienes pertenecían al palacio. Posibilidad de estar bien informados no les faltaban, y a buen seguro podrían completar sus conocimientos según iban elaborando las sucesivas redacciones.
Los testimonios directos que fueran recogidos servirían para componer un primer texto, del tipo crónica, del cual, ya con un sentido más literario, algunos pasajes serían tomados para redactar los textos primordiales, los anales. Más adelante, otras versiones podrían recurrir a las demás fuentes, y serían estas las que completarían los textos ya fijados, sin que fuera obstáculo para la derivación la posibilidad de que algún dato nuevo entrara en contradicción con lo que ya estuviera redactado. Esta manera de encadenarse la secuencia de fuentes y relatos sería origen de que no siempre la primera versión de unos hechos se pueda tener por la más acertada, al contrario de lo que a un inmediato juicio sobre la tradición gustaría; y sobre todo de que el lector posterior de la serie, en bastantes ocasiones, sea víctima de la perplejidad y la confusión que causan las contradicciones.
Apenas sabemos por qué razones un acontecimiento era en ocasiones elegido para el relato y en otras no, y casi no es posible distinguir las versiones que lo seleccionan con intención de las que prescinden de ella, aunque sobre esto se pueda conjeturar con más fundamento. Muchos factores pudieron activarse para decidir finalmente sobre el enunciado del texto. Puede haberlos puramente accidentales, como por ejemplo que el escriba no estuviera informado sobre una parte de los hechos en el momento de redactar o que fuera defectuosa su interpretación de las fuentes, las que ya de antemano podían ser contradictorias entre sí. También caben algunos que parecen menos inocentes, como que tomara determinada decisión literal fundado en criterios de forma, y que para originar ese efecto considerara más adecuado determinados pasajes recibidos, o que eligiera conscientemente un punto de vista crítico en relación con el hecho que estaba narrando.
Aun admitiendo como más probables las razones más espontáneas y menos cargadas de intención, todavía hay que reconocer que los textos divergen con tan excesiva autonomía que no es posible considerarla ajena a la voluntad. Parece prudente entonces pensar que cada versión es en realidad el reflejo de un acercamiento particular a un mismo tema y que todos eran admitidos como válidos. Resulta, por tanto, evidente que los redactores debieron disponer de libertad para fijar su texto, incluso en el caso de que estuvieran reducidos solo a la tarea de hacer copias.
No es conveniente precipitarse en los juicios e incurrir en excesos, llevados por un entusiasmo poco justificable. Todos los anales exaltaban con la mayor naturalidad la figura del rey. En todos era el representante invencible del dios Asur y cualquiera de sus acciones venía avalada por los autores con protestas de legitimidad. Tan esquemática y reiterativa manera de proceder estaba inspirada por el ingenuo deseo de mostrar a los sucesores del monarca un acabado ejemplo de comportamiento adecuado. Además, en la forma, abundaba en comparaciones, metáforas e hipérboles que los redactores repiten con el fin de evocar la gloria de un soberano que pertenece a una estirpe. No puede caber duda sobre que la representación que de él hacían seguía unas normas y que el relato del acontecimiento histórico se plegaba a ciertas convenciones literarias y de género historiográfico.
Los anales asirios y las inscripciones con ellos relacionados se pueden admitir como obras literarias que manipulaban los acontecimientos con diverso grado de conciencia, en ocasiones tal vez con fines políticos, en otras deseando efectos de forma, pero desde luego con un evidente margen de libertad. La idea de una versión canónica del relato probablemente fue extraña al trabajo de los escribas asirios y, sobre todo, no parece que entre sus preocupaciones estuviese dejar constancia de verdad alguna.
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