La renovación del poder

Recopilador

Pasarán décadas, tal vez siglos, y las antiguas instituciones egipcias, sabiamente constituidas, aún se resistirán a mostrarse vírgenes, víctimas de la timidez a la que las redujo el silencio, que devuelve a la infancia a los ancianos. Sabemos que fueron engrosando sobre una esquelética Monarquía unificada, cuyos principios se remontaban a los comienzos del tercer milenio. Aunque tampoco los indicios más remotos sobre sus articulaciones, una vez recuperada la palabra, son demasiado veraces. Porque para entonces los anales hieráticos ya pudieron presentar continuo el tiempo, puesto que en sus referencias a los siglos primitivos, en las listas levíticas conservadas, unos a otros se sucedían con satisfactoria regularidad los nombres de los faraones de la primera y la segunda dinastías, habría de admitirse la vigencia ininterrumpida de la institución. Su función garante de la continuidad del poder personal único estaría demostrada por tan modestas relaciones de nombres. Es más probable que fueran los autores de las fuentes, al representar por el procedimiento de las listas la continuidad del tiempo, quienes consumaran mucho más tarde su particular aval a una primitiva solidez de la institución monárquica que de otro modo nunca ha sido autorizada.

     Pero, aun admitiendo que desde sus orígenes la Monarquía tuviera bien fundada su continuidad, carecemos de pruebas fehacientes sobre algo tan decisivo, para reconocer la validez de cualquier fórmula política, como las instituciones que permitían la renovación del poder. Es más lo que se sabe sobre su restauración en circunstancias al margen de la ley que lo que se ha recopilado sobre la continuidad pacífica y ordenada, tal como la hubiera previsto su constitución.

     Es cierto que disponemos de informes muy valiosos sobre los medios de renovación del poder, una vez agotadas las virtudes de un monarca, cuando se justificaba único por ser dador de lluvias. Pero aquella fórmula, brutalmente expeditiva cuando las sequías se prolongaban, corresponde a una época preconstitucional que justamente se opone al efecto civilizador que universalmente le es reconocido a las instituciones ideadas en el Egipto antiguo, de tanto ingenio que fueron capaces para mantener durante siglos y siglos un poder monárquico. 

     Los indicios sobre las fórmulas renovadoras civilizadas hasta ahora más fiables son los que se relacionan con una oscura celebración, conocida como fiesta sed; una liturgia que la historiografía, cuando decide ser más descriptiva, cree conveniente llamar fiesta del jubileo del faraón. Casualmente, sus primeras noticias también remiten a los comienzos del tercer milenio, y en las fuentes asimismo coinciden con el origen de la Monarquía unificada. Se sabe positivamente que también durante la tercera dinastía, la que marca el comienzo del imperio antiguo, hacia mediados de la primera mitad del tercer milenio, aquella fiesta quedó justificada con unos fundamentos y regulada con una forma que permaneció en lo esencial invariable durante siglos. Parece que elementos de distinta procedencia, y es posible que hasta autorizados por ideas divergentes, vinieron a encontrarse entonces para fijar las formas que prevalecerían.

     De los documentos de aquellos primeros tiempos monárquicos se deduce que el fin de la fiesta sed era conmemorar la revitalización o renovación física del faraón, un ser vivo que había llegado a tal estado de deterioro material que necesitaba restauración urgente, porque era necesario que siguiera cumpliendo con su cometido. De donde se deduce que ya la constitución política egipcia había aceptado que ni al estropeado faraón solo por esta causa se le podía eliminar, sin más, como se había hecho en tiempos precedentes; ni a la naturaleza se le podía negar su papel como regulador final de las sucesiones. Para que cada uno fuera sustituido antes tenía que morir sin mediación humana de signo alguno. Al contrario, el esfuerzo de la comunidad política debía dirigirse a mantener su vida en el mejor estado posible con los medios a su alcance.

     La primitiva fiesta sed debió ser una gran ceremonia, compuesta con una meditada secuencia de ritos significativos. El momento principal de su liturgia debía representar que la vida del monarca reinante había quedado restaurada, para que se consintiera que sus poderes se habían renovado. Por tanto, en una primera parte de la alegoría moría simbólicamente, para que en la siguiente volviera a nacer. Mas la elaboración ritual de la transición entre uno y otro momento se encargó de envolverla un acto mágico, cuyo mecanismo quedaba oculto, por la misma razón que su efecto solo era alegórico.

     Por lo demás, solo de otra representación, que no es fácil situar en la secuencia de los actos, se sabe que formó parte de la liturgia original de la fiesta sed, que el rey fuera identificado como señor de las tierras que dominaba, por gestos inequívocos y reiteradas alusiones simbólicas. Hasta aquí los testimonios directos sobre los contenidos de la primitiva celebración del jubileo.

     Al principio esta ceremonia se organizaría sin periodicidad regular, aunque también desde muy pronto quedaría instituido que la primera renovación de cada reinado fuera celebrada una vez transcurridos sus primeros treinta años. Por tanto, durante los primeros tiempos de la antigua monarquía regiría el mérito temporal acumulado, o tiempo de servicio, como condición necesaria para que un rey a los beneficios políticos de la fiesta sed accediera. Incluso es posible, dada su indispensable contribución constitucional, que el jubileo, en su estado primigenio, fuera una celebración obligada transcurrido aquel tiempo de un reinado. Dando por supuesto que la sucesión de descendientes, porque pertenecían al linaje del monarca precedente, era ya el otro mecanismo previsto para la renovación constitucional y pacífica del poder, si la primera celebración sed se retrasaba al trigésimo aniversario de un reinado, a la naturaleza, con su comprobada liberalidad, le era concedida amplia capacidad para que cumpliera con tan alto cometido espontáneamente, y así ordenar la sucesión, y por tanto permitir la estabilidad que por su condición la fórmula monárquica necesitaba. Solo en el caso de que se mostrara remisa a reemplazar a un rey por otro, el pertinaz faraón reinante tendría que ser revitalizado recurriendo a la ley de los actos mágicos.

     Tanta era la honra a la que un faraón se hacía acreedor, habiendo sido capaz de mantenerse sin interrupción al frente del reino unificado durante treinta años, que solo un reconocimiento de su sobrehumana aptitud era poco. De ahí que para celebrar las siguientes conmemoraciones, una segunda y hasta una tercera, al parecer  se ganaban méritos sobrados con la celebración de la primera. Se puede demostrar que las sucesivas fiestas sed de un mismo reinado tenían lugar a intervalos más cortos, cuando la oportunidad se presentaba, a elección del superviviente, ya tan cargado de años como de razones para festejar que aún estaba vivo y sentirse urgido por la necesidad de revitalizarse.

     Sorprende sin embargo que por la reiteración fuera alcanzada la aceptación de un hecho tan extraordinario. A los egipcios, aunque antiguos, no les estaba negada la capacidad de razonar, y por muy ritualizada que estuviera la envoltura de la revitalización nadie podría aceptarla seriamente como un hecho veraz. Es posible que la responsabilidad de la alegoría fuera propiamente institucional, porque el papel que le había reservado la constitución de la Monarquía antigua era más delicado.

     Los ritos y liturgias antiguos, así como las teologías y las religiones, que generaban iglesias, comunidades públicas o políticas, cargaban con el mismo deber regulador que los parlamentos. Precedentemente, ha sido fácil colegir, del sentido dado a la fiesta sed, así como del hecho de que se trate de una celebración jubilar, que esta conmemoración debió ser una ventajosa sustitución ritual, y muy civilizada, de la primitiva fórmula constitucional que el lector de estas páginas virtuales ya conoce, la que reguló la sucesión de los reyes productores de lluvias fundándose en la desaparición física del rey, sucedida su pérdida de las virtudes en las que fundaba su extraordinario poder. Como la fiesta sed estuvo destinada a la renovación de los poderes del monarca reinante, buena parte de los egiptólogos, capaces para el análisis más riguroso de las pocas informaciones disponibles, en su origen descubren la persistencia de la constitución política que hubo de sufrir el dador de lluvias. La conmemoración ideada cuando se instituía la Monarquía unitaria sería solo una traslación litúrgica del anterior regicidio ritual. Solo gracias a que la liturgia la hizo incruenta, se habría sido civilizado, excelente justificación del jubileo y de las teorías de la revitalización.

     También en opinión de sus más expertos analistas, otra meta que los promotores de aquellos actos simbólicos deseaban alcanzar, aun cuando tuvieran cuidado en no declararlo, fue que la Monarquía quedara realzada en el sentido político, que no era distinto al religioso. Basta sin embargo con reconocerle méritos como mecanismo constitucional para la renovación de la solución política llamada Monarquía, orden sin embargo por naturaleza efímero, precedente a la infinita República. Porque así como la Monarquía está ligada a una persona, cuya existencia debe tener fin, República es toda la comunidad, universo absoluto del orden político. Si la comunidad se extinguiera, no solo sería absurdo mantener las instituciones, sino que ni siquiera podrían existir, puesto que no habría vida que las sostuviera.

     La fiesta sed sería la primera responsable de la solidez del poder personificado triunfante, un ingrediente constitucional que era necesario para su existencia y para que en lo sucesivo sobreviviera. Indudablemente su contribución al magno fraude que culminó en la Monarquía sería mucho mayor que el de las listas. Se dispone de datos suficientes como para afirmar que los ritos que en ella fueron reunidos con el tiempo serían modificados, y probablemente el sentido que sus promotores pretendían que los gobernados dieran a esta manifestación pública iría evolucionando; y hasta es posible que fuera alterado, por este procedimiento, su efecto constitucional. Pero que en lo fundamental se mantuvo como el original responsable de la renovación civilizada de sus poderes. La intriga que persiste, incluso a pesar de las más brillantes elaboraciones teóricas, es la de sus contenidos rituales, cómo representaba la revitalización del faraón para que fuera posible aceptar tan inverosímil hecho y, lo que resulta más sorprende aún, que por esta causa se pudieran perpetuar los poderes exclusivos del faraón.

 

El famoso complejo de Saqqarah, dominado por la pirámide escalonada, en cuyo interior el cuerpo exánime y eviscerado del faraón debía yacer, fue levantado durante el segundo cuarto del tercer milenio, en plena tercera dinastía. Habiendo atrapado el discurso de la fama el fúnebre edificio, ha pasado casi desapercibida un área descubierta al sur, inmediata a ese lado del monstruo mortal. Las pruebas que ha proporcionado la arqueología demuestran que los arquitectos la reservaron para un inmenso y desolado patio con planta de rectángulo, de poco más de cien metros por casi doscientos, anexa al cual, por su lado este, edificaron una serie de frágiles mamposterías, tal las membranas con las que la naturaleza concedió volar a las mariposas.

     En el patio, la moderación constructiva solo se permitió una plataforma y dos parejas de unas extrañas marcas. Aquella fue levantada en el extremo septentrional de la gran superficie, inmediatamente al pie de la pirámide, como una pequeña meseta cuadrangular, de algo más de cinco metros de lado, a la que se subía por un par de gradas de piedra. Las marcas, que formaban parejas, eran unas pequeñas elevaciones, también construidas con piedra, cada una con la característica forma que los especialistas en su momento certeramente evocaron diciendo que parecían una enorme pezuña de caballo. Ordenadas todas las obras del patio sobre su eje longitudinal, cada pareja de grandes pezuñas quedó centrada en una mitad, una ante la plataforma, a cierta distancia de ella, y la otra, separada de la primera por una distancia similar a la anterior, al otro lado, el más alejado de la pirámide.

     Las obras más visibles fueron concentradas en el lado este. Formaban una batería a lo largo de un estrecho patio secundario, delimitado por un muro que lo separaba del espacio mayor en toda su longitud. Eran obras modestas, de planta y alzado rectangulares, aunque de construcción sólida. De ellas destacaban dos grandes pabellones y otros tres más pequeños. Pero todos eran idénticamente ficticios, solo simbólicos, de ningún modo útiles a celebración alguna o para ser usados como dependencia en la que alojar una imagen determinada o cualquier otra pieza de un mobiliario ritual. Al exterior, sus detalles decorativos y la forma de su cubierta recreaban en mampostería, a escala pero en tres dimensiones, como si los elementos de una gran maqueta fueran, los llamados santuarios temporales, también conocidos como santuarios de campaña, edificios sagrados, originalmente construidos de madera y estera; una arquitectura perecedera, habitual entre los egipcios, a su vez origen del depósito reservado a la guarda y transporte de la imagen divina itinerante, obligada compañía de todas las empresas que aspiraban al éxito.

     Se ha deducido, además, sobre pruebas sólidas, que en uno de los extremos de este patio secundario también hubo otra plataforma o meseta cuadrada, asimismo con dos tramos de escaleras, para que en ella fuera colocado un doble sitial o trono. Originalmente estuvo cubierta con una pequeña construcción de piedra, que sería parte de la arquitectura de un gran dosel, a abarcar toda la superficie de la plataforma destinado, así como a garantizar que el trono quedara acogido bajo su sombra.

     El uso que de toda esta obra se hiciera, y el sentido que tuviera reunirla en aquel lugar, a la fúnebre memoria destinado, han sido discutidos con la pasión que caracteriza a los egiptólogos, gente agreste y emprendedora, inmejorables conyugados si cruzan su estirpe con las descendientes de hidras, seres de rostro angelical y dientes de hiena. Los mejores conocedores de la primera civilización finalmente han deducido, con satisfactoria certeza, partiendo tanto de imágenes anteriores a la construcción de Saqqarah, talladas durante el protodinástico o el dinástico antiguo, los tiempos más remotos de la primera civilización de la alta antigüedad, como de otras posteriores, la posible función de ambos espacios, tanto del enorme patio rectangular como de las edificaciones ficticias levantadas al este de él.

     Por una de las más remotas se averigua que un patio de grandes dimensiones con escasas marcas y una plataforma con escalones era el lugar donde el faraón pasaba revista a los animales que entraban en su patrimonio gracias a una batalla, así como a los prisioneros que tras las victorias capturaba. Otra ilustra, aunque de manera menos explícita, un marco similar pero con una actividad distinta. En esta ocasión el faraón está imaginado en un gran patio corriendo o caminando, pero con seguridad dando zancadas, entre dos pares de las mismas marcas de piedra.

     De estos testimonios se puede concluir que parece probable que una parte del primitivo palacio real, ya desde el dinástico antiguo, fuera un gran patio ceremonial en el que habían construido unas marcas. El objeto de aquella arquitectura sería acoger una ceremonia a la que los arqueólogos han llamado de los grandes pasos, ideada a su vez para proclamar los derechos del faraón sobre el territorio que satisfacía su dominio, cuya duplicidad original quedaba reconocida por las parejas de marcas.

     Se da la afortunada circunstancia, poco frecuente cuando se insiste en explotar los documentos más remotos, que el tema del faraón moviéndose entre marcas también está representado en el propio complejo de Saqqarah. Aquí es Zoser, predestinado a la tumba de escalones de pesadilla, quien corre o camina dando pasos muy amplios entre los dos pares de marcas, dibujados con la característica forma de pezuña de caballo. La feliz coincidencia de esta imagen con un par de jeroglíficos, que aparecen tras el protagonista, los empleados para escribir la palabra egipcia mdnbw, que significa límites, permite aseverar su sentido. Las marcas con forma de pezuña de caballo indicarían límites territoriales, hitos en un lenguaje más frecuente.

     Concuerda esta aclaración con referencias posteriores a estas mismas representaciones públicas, que al tiempo que corroboran el sentido deducido para aquellas marcas, permiten saber que aquel patio ceremonial, solo por tales pares de hitos interrumpido, era llamado el campo, y que al rito de los trancos entre las marcas con forma de pezuña de caballo, que desde tiempo atrás en él era representado, se le llamaba abarcar el campo o presentar el campo.

     Por tanto, así de los precedentes como de los documentos propios se puede colegir con certeza que el gran patio del complejo de Saqqarah, al sur de la pirámide, el que ha sido llamado la plaza eterna de la exhibición real, fue habilitado para que hubiera, junto al lugar del entierro del monarca, un área donde pudiera ser representado el acto ritual que por último ha sido conocido como ceremonia de la reivindicación de los derechos sobre el campo o ceremonia de abarcar el campo tal como hasta entonces era conocida. Sin duda, también aquí, en Saqqarah, el faraón caminó a zancadas entre dos pares de montículos para celebrar que era señor de un extenso territorio.

     También en la primera documentación gráfica que informa sobre aquellos espacios, el rey, vestido con ropas que lo distinguen, aparece sentado en un trono doble que ha sido instalado sobre una plataforma y está cubierto con un dosel. Y en una de las instantáneas del protrodinástico en las que está imaginado en un gran patio, corriendo o caminando dando zancadas entre dos pares de marcas de piedra, asimismo el rey aparece sentado en un trono doble, colocado sobre una plataforma con gradas y a  cubierto de un dosel. El par de asientos suele estar grabado en posiciones opuestas, dándose la espalda uno a otro, una manera de presentarlos que sin duda es un procedimiento convencional de expresión. La crítica lo admite como el recurso habitual de la obra gráfica egipcia que se propone explicar que ambos tronos representan dos mundos distintos e independientes, e incluso opuestos. El trono doble sería otra manera de simbolizar la duplicidad original del territorio dominado por el faraón. De todo esto se puede deducir que también, como parte del primitivo palacio real del dinástico antiguo, donde estuviera el gran patio ceremonial en el que habían construido las reiteradas marcas, en uno de sus extremos levantarían una plataforma para emplazar sobre ella el trono real, al que daría sombra un pabellón de característica forma, para que sirviera como estrado en las grandes ocasiones, como la recepción del tributo o la ceremonia en la que el monarca caminaba dando pasos largos entre marcas rituales.

     Los antecedentes sobre los edificios construidos al este del área sur del complejo de Saqqarah también ayudan a deducir determinadas certezas. Los primitivos testimonios gráficos que se han mencionado tienen, como fondo sobre el que desarrollar los actos de la ceremonia de abarcar el campo, una fila de santuarios, cuando menos dos, idénticos entre sí. El dibujo que los refleja no permite dudar sobre su modelo, que habría sido el santuario de campaña que más arriba se ha descrito.

     Así como los dos tronos indicarían que el faraón lo era del alto y del bajo Egipto, una referencia ya materializada en las dos marcas del patio, los santuarios esquematizados serían otra reiteración simbólica de la misma dualidad original del poder del faraón. Para las construcciones fuente de los dibujos habría dos estilos, uno propio del bajo Egipto y otro del alto, y cada uno de los edificios representaría las respectivas provincias. Su construcción como santuarios temporales, junto al doble trono del monarca, sería una prueba del homenaje que los territorios bajo su poder le rendían.

     La verificación del significado que debe reconocerse a la presencia de los santuarios de campaña en aquella ceremonia de nuevo la proporcionan escenas posteriores y muy explícitas, tanto que el sentido que tenían en el complejo arquitectónico construido alrededor de la pirámide escalonada puede quedar definitivamente aclarado por otra escena contemporánea. En una estela, Zoser, visitante de los santuarios del mismo patio que es el objeto de nuestra atención, hace un alto ante uno de ellos, el que es identificado como el de Horus de Behdet.

     Las arquitecturas que al este del gran patio de Saqqarah imitaban los santuarios también eran representativas de las provincias. Las dos edificaciones de mayor tamaño simbolizarían respectivamente los reinos del sur y del norte, o mínima arquitectura a la vez suficiente para indicar la totalidad del mundo egipcio por medio de una abstracción, mientras que los tres edificios más pequeños podrían ser alusiones a la totalidad de los santuarios de los dioses de los nomos, espacios originales de la monarquía egipcia. En cuanto al otro elemento arquitectónico del patio menor, es difícil no concluir que era la versión en piedra del estrado para el trono doble que era cubierto con un pabellón característico.

 

El examen de la arqueología de Saqqarah, a la luz de los primeros datos sobre la fiesta sed, permite afirmar que la parte meridional de la magna obra fue construida para que en ella Zoser dispusiera de un marco conveniente para las fiestas sed que hubiera de celebrar, fuera mayor o menor la duración de su reinado. El espacio reservado en Saqqarah, un lugar donde amenazaba la muerte, fue pensado para aquella fiesta, que momentáneamente la alejaba. Allí donde finalmente yacería, el faraón Zoser podría celebrar que aún estaba vivo, excelente oportunidad para hacer zapatetas ante la funesta mole que recordaría su inevitable destino.

     Es fácil explicar por qué sería escogido un lugar, acotado como espacio funerario, para dar un sitio a la celebración de la fiesta sed. La síntesis de sus actos simbólicos, donde tenía cobijo la más triste solución a los problemas derivados de la muerte, problemas sobre todo políticos en el caso de la persona del faraón, finalmente resueltos con su elaboración como tránsito, allí parecería prudente, porque la renovación de la vida que el jubileo deseaba representar, o renovación del gobierno en el exacto sentido constitucional de la celebración, debía contar con el previo recuerdo de que la particular reencarnación venía a ser una necesidad, si es que parecía práctico asegurar su dominio único para todas las tierras egipcias.

     Dar así una respuesta al sentido que tendría como parte de aquel complejo la obra anexa crea buenas bases para resolver de manera satisfactoria las dudas más arriba expresadas sobre la veracidad de los contenidos de esta celebración, así como sobre la solidez de su trascendencia constitucional. Están contenidas en la arquitectura del patio principal, para que en él fuera celebrada la ceremonia de reivindicación del campo, pero sobre todo en la levantada en el anexo, donde fueron construidos los escuetos santuarios simbólicos.

     El recorrido del faraón entre los santuarios representativos de los nomos, acto principal de la fiesta una vez meditado su significado, sería un rito de retorno de la supremacía sobre el espacio a sus legítimos dueños, los dominios provinciales representados por sus dioses y estos por sus santuarios. Así debía reconocerlo el faraón y de este modo lo aprobaba por prudente cortesía, siendo que así su autoridad superior de ningún modo resultaba deteriorada.

     Reconocido el origen de su dominio sobre el territorio, la ceremonia de reivindicar los derechos sobre el campo, en origen independiente, y que con toda probabilidad, en los primeros tiempos de la monarquía egipcia, tenía lugar con cierta asiduidad, siempre dirigida a declarar el dominio del faraón sobre todo el valle del Nilo, pareció conveniente que quedara absorbida por la más elaborada pompa de la preeminente fiesta sed porque así se haría evidente la restauración del poder del faraón sobre el alto y el bajo Egipto. Con la gran plaza ante la pirámide escalonada se le proporcionaba al faraón el marco necesario para mostrar su grandeza durante la ceremonia de su revitalización.

     La reencarnación consistiría en devolver ritualmente el poder a sus legítimos dueños, para de ellos poder recibirlo de nuevo, por tanto renovado. Morir sería acudir a los santuarios de los nomos y renacer sería recorrer el campo y, finalmente, sobre el estrado, sentado en el sitial doble, de ellos recibir el reconocimiento, a través de sus representaciones, como a él llegaban los trofeos de las victorias en la guerra o los tributos de los súbditos.

     A partir de estas decisiones cargadas de simbolismo, la imitación de los edificios del lado este de Saqqarah se convertiría en parte obligada del decorado regular de la fiesta sed clásica; como obligado sería levantar marcas separadas en espacio abierto, para que el faraón corriera de unas a otras, o disponer de un estrado con el doble trono, los dos asientos uno al lado del otro durante la celebración viva, cubierto por un dosel especial.

     Solo quedar especular sobre el cerebro de tan perfilada síntesis alegórica de la renovación del poder.

     El área sur del complejo de Saqqarah fue levantada por el responsable de toda la obra, el renombrado arquitecto Imhotep, sabio calculador de las formas adecuadas para que la arquitectura expresara lo que convenía a la Monarquía faraónica. Siendo cierto que la arquitectura del área sur fue inventada como escenario para la celebración de la fiesta sed por Imhotep, tienta la idea de atribuirle todo aquel trabajo de eficaz asimilación de significados de trascendencia constitucional en un adecuado marco arquitectónico. De su análisis hemos deducido las pruebas más sólidas de los hechos probables, lo que demostraría la temprana plenitud de la liturgia de aquella excepcional celebración. Con aquella parte de su magna obra el arquitecto habría cumplido, aparte la visible, otra obligación, ser un político previsor.

     La palabra arquitecto, que en esta lengua ha retenido uno de los más altos y nobles designios de la humanidad, el que al hombre obliga a sobreponerse a la naturaleza que su origen le impuso mejorándola, semeja un mecano. Por esta causa el lector contemporáneo de los textos que en castellano son escritos puede incurrir en el error de pensar que un arquitecto solo un artefacto vivo es. Ya sean formidables seres barbados, vigorosos hirsutos por su hormonas desbordados, ya frágiles criaturas, apenas metro y medio de anatomía de vidrio, en el origen de cualquiera de ellos está su alta responsabilidad política, puesto que a dioses se equiparan.

     Capital en la definición estable de aquella fiesta fue la elaboración de un acto cargado de sentido alegórico. Si la fiesta sed debía contener una liturgia envolvente de un acto mágico de orden superior, llegar a la abstracción política por medio de la ejecución de un símbolo arquitectónico podría pudo resultar la más convincente demostración material de que por la alegoría se podía llegar a un lugar cierto, sin necesidad de recurrir a pases ni extravagancias. La confianza en que la forma de la conmemoración fue, ya entonces, la clásica, así como la certeza de que aquel acto empezó entonces a celebrarse, está fundada en un sólido indicio arqueológico, el famoso complejo de Saqqarah.

     Hasta aquí, en la medida en que han podido ser restituidas a su estado primitivo, las justificaciones de las formas que recogieron aquella ingeniosa representación de los principios de la Monarquía, parte pretérita de la historia política.


Orígenes de la República II

Gastón Barea

 

A Melqart sus devotos también lo llamaron fuego del cielo. De esta manera fijaron la perpetua metamorfosis que en cada lengua debe garantizar la creencia en el poder sobrehumano que al ser que por la palabra existe debe serle reconocido. Así lo llamaron para asimilar a su origen un dios solar y agrícola, protector de los campos, que moría y resucitaba cada año, según los ciclos naturales. De su condición de dios agrícola derivaría que a continuación lo invocaran como dios de la fertilidad. Si Melqart era el origen de los frutos que proporcionaban los campos, los demás bienes naturales también podrían tener en él su principio, especialmente el más apreciado, el humano, el que los hombres imaginan cuando hablan de la fertilidad. Así vendría a ser fuente y base de la vida.

     La primera de las fiestas que a Melqart le fuera ofrecida celebraba este significado. También fue Hiram I, el rey de Tiro, su promotor, para que cada año, como reconocimiento al nombre del que era valedor, fuera conmemorada. Al menos a él distinguen las fuentes con el honor de haber sido el primero en celebrarla, iniciativa que equivale a la responsabilidad de su establecimiento. Con el tiempo, ha sido conocida con el nombre de egersis, y por ella sus devotos se regocijaban cada ciclo de las estaciones con la resurrección o despertar del dios. Tenía lugar a la llegada de cada primavera, durante el mes que en nuestro calendario oscilaría entre los de febrero y marzo; algunos añaden que coincidiendo con el final de las lluvias, observación que no concuerda con las fechas porque estas son anteriores o corresponden a una estación húmeda en el Mediterráneo. Por su posición en el calendario, así como por el significado inicial que le puede ser atribuido, la fiesta de la egersis sería muy semejante a las que en otros lugares del Asia próxima eran dedicadas a divinidades que morían y resucitaban. Los días elegidos pretendían destacar de Melqart su atributo solar, pero sobre todo el agrario, poderes ambos que inevitablemente confluían en aquellas antiguas y eclécticas divinidades.   

     No hay seguridad sobre todos los ritos con los que la liturgia de la egersis era organizada, pero algunos los hemos recibido con certeza satisfactoria. Además de en Tiro, la egersis de Melqart sin duda también fue celebrada en Cádiz, única segunda versión conocida de la fiesta.

     Sobre la forma de la celebración gaditana los testimonios que hasta nuestro tiempo han alcanzado son más parcos, equívocos y oscuros que los referidos a Tiro. Pausanías, sirviéndose de recursos poéticos, quizás forzados por el defecto de sus fuentes, se limita a mencionar la muerte y resurrección de Melqart en Cádiz; alusión indudable, aunque indefinida, a la egersis de nuestro dios. Además, por sus menciones, se puede pensar que el lugar para los actos que la hacían realidad, en sus tiempos, probablemente fuera el templo que a esta divinidad la ciudad tenía dedicado.

     Es posible que el relato más completo de la liturgia de la versión gaditana, aunque tardío, esté contenido en la historia marinera que contaba un Cleón de Magnesia. En Cádiz, pudo ver que echado en la playa había un gigantesco hombre marino, tan grande que ocupaba cinco yugadas, dimensión inverosímil. El monstruoso simulacro ardía a consecuencia de que el rayo que contra él Hércules había lanzado había conseguido alcanzarlo.

     Algunos han interpretado que la monstruosa imagen que Cleón vio pudo estar  inspirada en otra cuyo exacto perfil puede rastrearse por medios numismáticos. En unas conocidas acuñaciones de Tiro, un gran dios de la ciudad aparece cabalgando sobre un fantástico hipocampo o corcel marino. De ser cierta esta interpretación, habría que admitir que la persona del dios fue desdoblada para el relato de Cleón, algo al alcance de cualquier ser sobrenatural. En cierto momento de la celebración se le concebiría, aunque invisible, real y externo a su propia imagen, y sería desde este lugar exterior desde donde lanzaría el rayo que a él mismo en efigie destruyera junto con su corcel.

     Pero también pudo ser una criatura híbrida la que viera Cleón, mitad humana y mitad monstruosa encarnación de las febriles fantasías que los peligros de la navegación hace nacer en los cavilosos marineros, por la lengua común llamadas coñas, propiamente coñas marineras. Sorprende más que parte alguna de su relato que diga que la imagen que tendida sobre la playa viera era de hombre marino. Que la tradición haya conservado un epíteto sorprendente -¿por qué no marinero, o marino simplemente?- es prueba a un tiempo de la contaminación del relato en este punto y de que aquí, en un estado anterior del texto recibido, más próximo al original, probablemente era empleada una voz que nuestro comunicante, o alguna de las fuentes de las que se sirve, no habría interpretado rectamente, bien por desconocimiento de su lengua de origen bien por ser voz fruto del ingenio del autor primitivo, bien por cualquier otra causa. Un transmisor delicado del texto, que también puede ser nuestro comunicante, en el momento decisivo para nosotros tuvo el acierto de colocar en este lugar una rudeza que llamara la atención sobre lo que oculto del todo corría el peligro de quedar. Puede ser acertado entonces que imaginemos que bajo la expresión hombre marino se esconde la imagen de una criatura solo imaginaria. Seres fantásticos híbridos de animal y hombre son frecuente encarnación de la calidad extraordinaria, y hasta divina, de los símbolos que en el próximo oriente fueron usados para presentar ideas religiosas.

     Las afinidades entre esta visión y lo que es conocido de la egersis de Tiro son las que llevan a pensar que en cuanto contaba Cleón sobrevivían los restos de la antigua conmemoración de la vuelta a la vida de Melqart, no obstante inevitables transformaciones, consecuencia de otras influencias, reorganización de los símbolos por obra de una nueva reflexión teológica o simplemente por obra del deseo incontenible de innovar agradando. Que el dios al que los hombres de Cádiz dedicaban la fiesta de la resurrección para la inmortalidad sea llamado Hércules, o que su tamaño sea gigantesco hasta la monstruosidad, son elementos del relato que demuestran los cambios que hubo de conocer la fiesta con el paso del tiempo. Si lo primero indica que sin duda la versión del texto que hemos podido rescatar es romana, el tamaño de la imagen nos lleva con más precisión al bajo imperio.

     En la versión tiria clásica, el rito de la fiesta tendría como objetivo primordial representar de manera alegórica todo el año, si bien entendido con la forma de ciclo agrícola. El acto principal era la cremación de la divinidad. En el momento cumbre de la celebración una efigie de Melqart era puesta probablemente sobre una pira, y luego prendida hasta que el fuego lo consumía todo. Era la inmolación, la necesaria muerte previa a la adquisición de cualquier poder. Aceptada como redentora de la vida, que con la agricultura era identificada, la imagen moría en el fuego, símbolo del verano, año tras año.

     No fue fortuita la elección del fuego como medio de extinción de la materia viva. Al fuego le eran reconocidas propiedades extraordinarias. A un cuerpo que fuera devorado por las llamas le abría la puerta a la resurrección. La capacidad vivificadora de la cremación era una creencia cuyos antecedentes pueden rastrearse hasta la primitiva cultura de Ugarit, algunos de cuyos mitos ya hacen referencia a ella. En el caso de la resurrección de Melqart, la vía de aquel maravilloso efecto era el olfato. Melqart resucitaba al olor del humo que se desprendía del fuego.

     Sin embargo, lo más extraordinario era que, como si en una suerte de poderosa forja el cuerpo hubiese sido de nuevo fundido y templado, tras ser consumido por las llamas renacía con una condición exclusivamente divina, la inmortalidad. Más allá de la explicación sensible de la creencia, el detalle narrativo ejecutó una sintética alegoría capaz para contener el mito completo. Gracias a aquella cadena de sucesos, podía ser literalmente exacto y adecuado que Melqart fuera llamado fuego del cielo, alusión al sol que consumaba una acertada y precisa descripción del rito de la egersis en el momento insuperable, cuando la condición divina era alcanzada.

     La celebración de la fiesta continuaría con el entierro de los restos de la efigie calcinada, no obstante que el efecto prodigioso ya hubiera tenido lugar. La correcta ordenación litúrgica, que debía dirigirse al claro entendimiento de la creencia, tendría que consumar la representación de ese tránsito. Solo después del piadoso acto del entierro podría sobrevenir la epifanía del dios y su gloriosa vuelta a la vida.

     En la representación de toda aquella calculada teología, el rey de Tiro habría tenido buen cuidado de reservarse un papel protagonista en el momento sustantivo de los actos, que no ha sido con precisión situado en la secuencia litúrgica, pero que es probable que siguiera a la alegoría de la revitalización. Un matrimonio simbólico debía representarse, el de la pareja divina que Melqart y Astarté formaban. El sentido que pretendía tener aquella unión conyugal sería prodigar, desde la dominante condición divina, la fecundidad entre los mortales, un beneficio que cabía esperar del culto a una divinidad agrícola y una parte de la celebración que puede ser identificada como una versión de la habitual hierogamia de las religiones del oriente próximo.

     La pareja divina tenía que estar dignamente personificada a los ojos de los asistentes. El rey encarnaba a la divinidad masculina, la figura principal de la celebración, y Astarté sería bien una sacerdotisa bien la reina. Así, por su condición real, la pareja presente figuraba con ventaja sobre cualesquiera otros actores la alta condición divina, puesto que nadie podría competir en altura con ella.

     Para completar el conocimiento de la egersis tiria con un juicio, no es inoportuno considerar el beneficio que de esta manera de aparentar las cosas ante los súbditos deduciría la Monarquía de los fenicios. El rito del matrimonio divino sería, para los promotores de la fiesta, el que le daría todo su sentido político, y explicaría a plena satisfacción que hubiera sido Hiram I su creador. Con la descripción por medio de símbolos, de la muerte primero y de la resurrección después, que por ser obra del fuego equivalía a la adquisición de la propiedad divina, el reino ingeniaba fundamento para la Monarquía, y hasta podría justificar, si fuera necesario, el principio dinástico. Como simple celebración litúrgica, la invención  nada garantizaba, pero sí podía cobijar a la más alta magistratura que la fiesta fuera instituida, para lo que el rey era poder bastante.

     Contradiría estos planes que la fuente ritual elegida por el rey de Tiro, con el fin de inspirarse sobre las formas que debía dar a su fiesta anual, fuera de origen agrario. Siendo Tiro una ciudad comercial bien establecida, con esa finalidad creada y dirigida a ese destino, población marítima sin remisión, ¿qué tenían que representar allí los ritos agrarios? Pudiera ser que, así como los advenedizos, por carecer de orígenes equiparables en vínculos a proezas a los que, con fundamento, pueden presentarse como herederos de un dilatado patrimonio de linaje acendrado y sostenido con dignidad, son de una radicalidad en la ortodoxia adquirida excesiva y en ocasiones hasta temibles, los nuevos reyes de aquel centro comercial decidieran legitimar con la condición aristocrática la forma de gobierno elegida, aunque fuera monárquica, indicando un vínculo con la divinidad que se remontara a tiempos y poblaciones que por distantes y desconocidas podría resultar en apariencia, como extrahumanas para aquel mundo, superiores, y por inalcanzables bastantemente fundadas.

     Tampoco nada en el caso de Cádiz obliga a indagar fundamentos ni justificación, siendo también la ciudad que vigilaba la salida al Atlántico un centro obligadamente marítimo y comercial. Basta con recordar que Cádiz debía sus orígenes a Tiro para que cualquier explanación para persuadir sea innecesaria y toda responsabilidad sobre la metrópoli quede descargada.

     De esta manera queda al descubierto que la parte más antigua de Melqart estaría inspirada en algún precedente original de alguna religión vecina, de ella tomado y de allí importado a Tiro para la celebrada ocasión fundacional de la Monarquía del siglo décimo. Es muy probable que ente los fenicios su recepción se hubiera iniciado en las tierras libanesas de la vecina Biblos, donde la diosa epónima de la ciudad era objeto de cultos similares.

     Dos detalles más son apreciados como elementos que eran parte de aquella celebración. Durante la fiesta eran cantados himnos y de ella los extranjeros excluidos, hasta el punto que mientras duraba debían ausentarse de la ciudad o, si así no le decidían, correr el riesgo de una expulsión airada.

     El canto siempre ha sido un medio para  crear una comunidad, la asociación de los hombres que, como fundamento, cualquier forma urbana de gobierno necesita para estar justificada. La exclusión de los extranjeros de la ciudad sería la forma por la cual el grupo que por el canto, entre otros medios, era creado, se cerraba inicialmente como grupo nacional. Dice Cleón de Magnesia, refiriéndose a Cádiz, que cierto día, cuando se aproximaba a la ciudad con la intención de visitarla, fue obligado a navegar alejado de la isla donde los naturales residían. Así debía hacerlo porque tenía que obedecer un mandato que de Hércules mismo había emanado. Es justo en la exclusión de los forasteros en lo que las dos celebraciones conocidas más se aproximan, una circunstancia que sin embargo nunca podría admitirse como fundamento seguro de identidad si fuera única coincidencia. Son tantas y tan variadas las formas del hermetismo societario en las religiones antiguas que solo esta similitud obligaría a examinar decenas de prácticas sin más rasgos, sin más fundamento, que puedan aproximarlas a la egersis. Equivaldría a intentar fundar con argumentos razonables vínculos entre hombres tomando como criterio de afinidad que el iris de sus ojos fuera negro.

    

Gracias al análisis precedente de las dos versiones de la egersis, se ha formado además una opinión a favor de la práctica de una versión más antigua de la fiesta, en la que el objeto de la inmolación sería un ser humano. La transferencia del rito con el que era adorado el dios Melqart a seres humanos  simbolizaría la resurrección y el alcance de la inmortalidad a la que estos podrían aspirar por medio del sacrificio. Quienes así observan los antecedentes relacionan esta posibilidad con la alusión al sacrificio humano que puede leerse en el Pro Balbo de Cicerón, la única conocida a esta forma de oblación que pudiera practicarse en Cádiz durante la antigüedad, con la que el jurista romano celebra el recto juicio de César, civilizado juez que tuvo a bien prohibirlo definitivamente. La certeza de que aquellos sacrificios tuvieron un lugar en Cádiz, incluso hasta el siglo primero antes de nuestra era, de las afirmaciones de Cicerón debe ser deducida. Pudo tratarse de un acto recuperado cada año para aquella celebración.

     También contribuye a que esta idea sea alentada otra opinión, esta generalmente tomada en cuenta por la interpretación contemporánea. Fuera o no la primitiva egersis de Melqart el motivo del bárbaro ritual que el Pro Balbo alude, de ningún modo este parece que fuera un sacrificio infantil, aunque sí parece que pudo tratarse de un rito central, que compartía la versión gaditana de esta conmemoración anual con la que en Tiro era celebrada, y que por tanto esta última sería la responsable de que en ambos lugares al principio las cosas así de bárbaras fueran.

     Probablemente no sea posible encontrar mejor conexión entre las creencias religiosas que a Melqart sometían y el sacrificio de niños que posteriormente fue explicado con el mito de El. Inmolar a la descendencia en el fuego sería identificarla con este dios. Sorprendentemente, por lo que al origen de la República se refiere, de aquí derivaría la parte crítica de las invenciones de Melqart.


Anales asirios

Recopilador

Buena parte de la información disponible sobre las iniciativas de los reyes asirios procede de sus renombrados anales, uno de los momentos de la formación de la historiografía de más valor. La reconstrucción de los orígenes de tales textos alecciona hasta tal punto sobre los principios que alientan la creación de esta literatura que puede estar justificada su breve evocación, más aún si deseamos decidir sobre el valor de las informaciones de nuestro interés que proporcionan.

     Se reconocen como sus antecedentes más remotos las primeras inscripciones reales asirias, todavía del siglo décimo cuarto, que no tenían otra misión que celebrar la actividad del soberano como constructor. Aquella justificación original de las inscripciones, si no prevaleció, al menos sobrevivió, hasta el punto que hasta el final del reino de Asiria casi todas las inscripciones siguieron conmemorando al menos una obra de promoción real. Así fue como la iniciativa edilicia quedó autorizada como la razón de ser del texto epigráfico.

     A partir de Adadnirari I, quien reinó entre 1305 y 1274, las inscripciones también habían comenzado a mencionar otra parte relevante de las actividades del soberano, sus campañas militares, bien que asociándolas a aquella función principal de los textos. Desde entonces, tras presentarse, y antes de hacer referencia a sus trabajos, los reyes acostumbraron a relatar sus victorias en primera persona. Los que ya se conocen como anales de Tiglatpileser I, que mantuvo el gobierno asirio entre 1114 y 1076, son un excelente ejemplo, tanto del estado entonces alcanzado por la precedente manera de proceder como del primer vínculo entre las inscripciones y los posteriores textos narrativos. En lo fundamental se sigue tratando de documentos de fundación, idénticos a los que sus predecesores redactaban, y que como ellos hacía depositar en los monumentos que construía o restauraba. A la vez, son los primeros dignos de conocerse con el nombre de anales porque, al suministrar los primeros textos en los que el monarca se extiende en la descripción de sus victorias, hacen el relato de sus numerosas campañas en orden cronológico.

     Dos siglos después, durante el reinado de Asurnasirpal II, entre 883 y 859, las inscripciones reales se habían ramificado en un buen número de modalidades. Una parte era escrita sobre las piedras con las que eran construidos los palacios, a cuya decoración en adelante contribuirían. Se adaptaron a cualquier clase de transformación del material. Unas serían grabadas directamente en los muros y otras figurarían en las estelas que decoraran la gran residencia. También toros monumentales o bajorrelieves sirvieron como soportes circunstanciales de los epígrafes. Incluso en las losas de sus pavimentos, algunas de ellas también esculpidas, se impuso la costumbre de grabar textos. Pero la mayor parte de los relatos del tiempo de Asurnasirpal II fueron escritos sobre arcilla, algunos en tablillas, la mayoría en cilindros y prismas, grupo este dentro del que están casi todos los que hay que llamar propiamente anales. Es muy probable que a partir de entonces valiera parte de su fortuna a la vigorosa tradición surgida de este género el tratamiento que recibieron cilindros y prismas de arcilla fina. Inscritos con cuidado extremo, fueron endurecidos mediante una cocción que les confería una mayor resistencia al paso del tiempo.

     La historiografía que sostenían solo se ocupaba de los acontecimientos recientes. Excepcionalmente, también a partir de entonces, el asunto de las inscripciones se renovó recurriendo a relatos recibidos. Las campañas del remoto Sargón, así como las de sus inmediatos sucesores, fueron relatadas en un gran número de inscripciones, muchas de las cuales nos han llegado. Desde entonces alimentaron parcialmente la analística. Relatos con estos temas se encuentran entre las más atractivas creaciones de los escribas reales de entonces, tan hermosos que algunos fueron conservados para que sirvieran de modelo a los futuros escribas. 

     Más adelante, en tiempos de Senaquerib, que reinó entre 704 y 681, el género de los anales se puede considerar ya tan definitivamente consolidado que se ha convertido en el género literario más común. A su éxito va asociada, como principal característica, cuando se trata de un texto de esta modalidad, aunque sigue estando destinado a depósitos de fundación -como es natural en la casi totalidad de los anales asirios-, que la referencia a la construcción queda relegada al final de los textos, lo que, si no es una novedad, se convierte en una reiterada norma.

     Senaquerib promovió grandes trabajos en Nínive, y excusado es decir que lo haría por razones distintas a las literarias, aunque por la abundancia de sus conmemoraciones el lector puede incurrir en la infundada sospecha de que lo hacía aconsejado por el deseo de crear oportunidades para celebrar cada una de sus acciones. No puede caber duda de que era la construcción, y no la guerra, lo que motivaba la redacción de sus inscripciones. A la conmemoración de construcciones diferentes hubo de ser asociado el relato de una misma campaña, puesto que no serían tantas las acciones bélicas como las construcciones públicas. Por su parte, los textos escritos sobre piedra, que se siguieron haciendo, y que debían ser visibles, daban una versión abreviada de los mismos acontecimientos. La crítica no encuentra razón aparente que explique que el texto de las hazañas del rey presentado a sus contemporáneos hubiera de ser menos extenso. Los principios más elementales de la inscripción epigráfica -escritura sobre un soporte que ofrece enorme resistencia- son bastante para dar cuenta de lo que no tiene que parecer una anomalía. 

     La confluencia de los distintos tipos de expresión escrita con la incontinente actividad constructiva del monarca permitió que los anales de aquel reinado llegaran a ser numerosos, y que como consecuencia haya más de ciento cincuenta inscripciones, completas o fragmentarias, relativas a las guerras de Senaquerib. Dado que era necesario reiterar el relato de idénticas acciones, vino a ocurrir que cada campaña real fue objeto de muchas recensiones, cortas o largas, que contienen numerosas variantes, cuando no contradicciones que los propios textos no permiten resolver.

     En tiempos posteriores, las diferencias que pudieron tener su origen en la distinta función de los mismos textos, corroborada por las técnicas al servicio de sus tipos, se consolida como divergencia de los contenidos. Está demostrado que para la época de Asurbanipal, quien reinó entre 668 y 631, se convirtió en algo regular que de los mismos hechos se redactaran textos diferentes, no ya para atender a las demandas que de ellos hubiera, sino para de antemano hacer frente a las eventuales necesidades que de ellos pudiera haber. Para algunos textos inscritos en bajorrelieves es posible hacer una reconstrucción satisfactoria de la relación que pudiera haber entre todas las formas del relato que se fueron consolidando, gracias a que se han rescatado también sus versiones escritas sobre tablillas. Al parecer, los mismos departamentos de la administración que se encargaban de redactar los anales preparaban numerosos relatos breves de distinta extensión, a los cuales se recurría según aconsejaran las circunstancias, con el fin de ilustrar el mismo bajorrelieve. Anales en sentido propio convivieron con una serie de relatos breves derivada que compusieron sencillas inscripciones enunciativas, dedicatorias y escuetos epígrafes. Para la crítica no hay duda de que los textos más cortos fueron redactados a partir de los anales, porque así permiten deducirlo las lecciones similares que efectivamente entroncan en el arquetipo que el texto sobre arcilla proporciona.

     Esto redundó en la divergencia de los textos que ya en tiempos de Senaquerib había comenzado, un momento desde el que ya no hubo inconveniente en que los contenidos también variaran. Lo peculiar de la nueva fase es que lo distinto llega a ser tan natural que casi parece normativo. Un acontecimiento del reinado del mismo Asurbanipal lo ilustra con discreción y exactitud. Una de las familias de textos recibidos atribuye la decapitación del rey de Elam unas veces al dios Asur, otras al monarca y otras a un soldado. A tanto se atreven quienes se conceden la sorprendente licencia que dos versiones distintas pueden aparecer, no ya ilustrando el mismo bajorrelieve, sino en el mismo texto que lo apoya. La veracidad había quedado subordinada al relato. Según el género, la función del texto y lo que en cada circunstancia pareciera de mayor interés, se podía ofrecer tal o cual protagonista. ¿Sería que algún dogma teológico autorizaba al abuso? No hay respuesta a esta pregunta, pero hay que reconocer que también entre los asirios, desde el rey hasta el último de sus súbditos, pensaban que no eran más que los instrumentos que un dios activaba a su parecer.

    

Habiendo concluido en esta sorprendente desviación de la primera narrativa, faltan los medios para un mejor conocimiento de la naturaleza y la extensión de las fuentes de las que disponían los escribas para que fueran autorizados a proceder de este modo. Carecer de medios directos no ha impedido indagar sobre cómo funcionaban sus oficios y qué técnicas de redacción solían poner en práctica. Los datos que se han reunido, aunque no satisfagan por completo el deseo de precisar el origen de estos relatos, permiten evocar una escena que propone rasgos de provecho.

      Aunque la arqueología no ha documentado ninguno de los medios de información, solo supuestos, que a continuación se mencionan, se acepta que la base del trabajo narrativo sería el testimonio directo. Algunos escribas acompañarían al ejército y llevarían diarios en los que anotarían tanto itinerarios seguidos por las tropas como resultado de las operaciones bélicas, así como el botín conseguido, los tributos impuestos y otras felices circunstancias que de la victoria suelen provenir. Además, las oficinas de los escribas dispondrían también de cartas y de listas, a las que podrían sumar, si necesitaban esclarecer circunstancias políticas, el testimonio directo de quienes pertenecían al palacio. Posibilidad de estar bien informados no les faltaban, y a buen seguro podrían completar sus conocimientos según iban elaborando las sucesivas redacciones.

     Los testimonios directos que fueran recogidos servirían para componer un primer texto, del tipo crónica, del cual, ya con un sentido más literario, algunos pasajes serían tomados para redactar los textos primordiales, los anales. Más adelante, otras versiones podrían recurrir a las demás fuentes, y serían estas las que completarían los textos ya fijados, sin que fuera obstáculo para la derivación la posibilidad de que algún dato nuevo entrara en contradicción con lo que ya estuviera redactado. Esta manera de encadenarse la secuencia de fuentes y relatos sería origen de que no siempre la primera versión de unos hechos se pueda tener por la más acertada, al contrario de lo que a un inmediato juicio sobre la tradición gustaría; y sobre todo de que el lector posterior de la serie, en bastantes ocasiones, sea víctima de la perplejidad y la confusión que causan las contradicciones.

     Apenas sabemos por qué razones un acontecimiento era en ocasiones elegido para el relato y en otras no, y casi no es posible distinguir las versiones que lo seleccionan con intención de las que prescinden de ella, aunque sobre esto se pueda conjeturar con más fundamento. Muchos factores pudieron activarse para decidir finalmente sobre el enunciado del texto. Puede haberlos puramente accidentales, como por ejemplo que el escriba no estuviera informado sobre una parte de los hechos en el momento de redactar  o que fuera defectuosa su interpretación de las fuentes, las que ya de antemano podían ser contradictorias entre sí. También caben algunos que parecen menos inocentes, como que tomara determinada decisión literal fundado en criterios de forma, y que para originar ese efecto considerara más adecuado determinados pasajes recibidos, o que eligiera conscientemente un punto de vista crítico en relación con el hecho que estaba narrando.     

     Aun admitiendo como más probables las razones más espontáneas y menos cargadas de intención, todavía hay que reconocer que los textos divergen con tan excesiva autonomía que no es posible considerarla ajena a la voluntad. Parece prudente entonces pensar que cada versión es en realidad el reflejo de un acercamiento particular a un mismo tema y que todos eran admitidos como válidos. Resulta, por tanto, evidente que los redactores debieron disponer de libertad para fijar su texto, incluso en el caso de que estuvieran reducidos solo a la tarea de hacer copias.

     No es conveniente precipitarse en los juicios e incurrir en excesos, llevados por un entusiasmo poco justificable. Todos los anales exaltaban con la mayor naturalidad la figura del rey. En todos era el representante invencible del dios Asur y cualquiera de sus acciones venía avalada por los autores con protestas de legitimidad. Tan esquemática y reiterativa manera de proceder estaba inspirada por el ingenuo deseo de mostrar a los sucesores del monarca un acabado ejemplo de comportamiento adecuado. Además, en la forma, abundaba en comparaciones, metáforas e hipérboles que los redactores repiten con el fin de evocar la gloria de un soberano que pertenece a una estirpe. No puede caber duda sobre que la representación que de él hacían seguía unas normas y que el relato del acontecimiento histórico se plegaba a ciertas convenciones literarias y de género historiográfico.

     Los anales asirios y las inscripciones con ellos relacionados se pueden admitir como obras literarias que manipulaban los acontecimientos con diverso grado de conciencia, en ocasiones tal vez con fines políticos, en otras deseando efectos de forma, pero desde luego con un evidente margen de libertad. La idea de una versión canónica del relato probablemente fue extraña al trabajo de los escribas asirios y, sobre todo, no parece que entre sus preocupaciones estuviese dejar constancia de verdad alguna.