Orígenes de la República. I.2

Gastón Barea

La obra de fundición que por encargo del rey hizo para su templo de Melqart un hombre llamado Hiram Abí fue la siguiente: las dos estelas o columnas, las molduras de los dos capiteles que debían ir sobre las columnas, los dos trenzados para cubrir las molduras de los capiteles y las cuatrocientas granadas para adornar los trenzados; los diez carros de las ceremonias y los diez depósitos que debían colocarse sobre los carros; el altar, el estrado, tribuna o dosel y el mar con los doce bueyes para que lo sustentaran; y las jofainas, discutidas como ceniceros, las paletas y los acetres, que algunos textos identifican, de manera más precipitada, simplemente como recipientes, vasijas, palas y otros instrumentos necesarios para el culto. Tanta fue la copia de bienes ofrendada por el rey Hiram I a la primera casa de Melqart. Los fundió con tan enorme cantidad de bronce que no puede calcularse su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que el Viejo Rey había atesorado para proveer a la fábrica del templo. El obrador que debía fundirlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos identifican en un yacimiento al este de la Tiro superviviente, entre las poblaciones actuales de Borj al-Chmali y Bazouriye, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación.

Fundidas las dos estelas o columnas, y los dos capiteles con forma de azucena que debían montar sobre sus cimas, porque era deseo de su creador adornarlos profusamente, para que fueran colocados alrededor de cada uno fabricó primero dos trenzados a modo de cadena. Después, para enriquecer aún más uno y otro trenzado, tomando como punto de apoyo las prominencias que había por debajo de cada cadena, fueron colocadas cuatrocientas granadas, las mismas que habían sido fundidas sueltas. Fueron ordenadas en dos filas, doscientas para ponerlas alrededor de un capitel y las otras doscientas sobre el otro.

Dos tradiciones se enfrentan cuando, al mencionar el suyo, reconocen la memoria del autor de los nombres puestos a las columnas, si bien ambas están de acuerdo en que fueron distinguidas con los nombres de La Sólida y La Fuerte. Dicen algunos que fue el rey Hiram quien a la columna situada a la derecha le puso por nombre La Sólida, y a la que había sido emplazada a la izquierda, La Fuerte. Pero otros afirman que fue el mismo broncista, una vez erigida la columna de la derecha, quien la llamó con el nombre que la tradición ha conservado y puso el correspondiente a la que estaba colocada a la izquierda. Fuera Hiram I o Hiram Abí quien decidiera las denominaciones, con ellas el trabajo de las columnas quedó acabado, tal como Adán concluyera su parte de la creación.

Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes fueron fundidos un altar de bronce, al centro, en el ángulo sureste el mar y en el inmediato en la dirección septentrional, el noreste, el dosel de las celebraciones.

El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa al edificio principal era el lado oeste, frente al pórtico de aquel, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que al patrio daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce que soportaba tanto el peso como la sangre de las víctimas, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental. Así consiguió que el altar, por el lado en el que estaban sus gradas, quedara mirando al este.

En la parte más alta fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era un mecanismo mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar en su parte más baja, donde había sido practicada una fosa, para que recogiera la sangre que manaba de las víctimas. La parrilla cubría el ara. Debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo, donde eran recogidos los restos que caían desde arriba, que luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Ergasto, hecho a propósito para guardarlas.

Fue la segunda obra de Hiram el broncista el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral necesaria para las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios debían representar. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos literarios por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.

No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquilizaría al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se traslade. Es tan indeterminada su referencia que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre tantas veces con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia con sus lectores, con apariencia más favorable cuando tratan medidas. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando el misterio aparente además está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue teniendo una estima extraordinaria, a causa del grado de concentración que la lógica cuantitativa exige.

Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, enfatizó las dificultades que se interponían en el que solo podía ser tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era inaccesible. Lo haría atraído por la tentación de la lengua dorada, la que se propone llevar al límite la expresión de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Porque todo lo que había quedado oculto era inservible. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene, y el fundamento de la oscuridad en la que se había encallado, cuyo origen puede ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto; y luego una copia cada vez más alejada del sentido original de las palabras; porque es rigurosamente humana, hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.

El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Hiram Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema el buey, el holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Hiram hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas también en una sola pieza. Las calabazas daban también toda la vuelta al mar, a lo largo de los largos diez o doce metros del perímetro.

Descansaba el mar sobre otros doce bueyes o toros, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio que ocupa la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios de los tirios: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden de todo el espacio descubierto del santuario.

En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto.

Aunque la tradición no lo reconoce como obra del excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. El rey Hiram mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada apagogia. No incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Hiram Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.

Para satisfacer las necesidades de los ritos lustrales por todo el atrio interior había dispersos diez carros, que para describirlos mejor hay que llamar carros de las ceremonias lustrales del holocausto. Añadían magnificencia y suntuosidad al lugar, e incluso a todo el templo, por sus dimensiones, su hechura y su sorprendente delicadeza.

Aunque los textos insisten en utilizar la palabra basa para distinguir cada una de las piezas de esta obra de fundición, evoca mejor el sentido de este trabajo que a cada una  se la nombre carro de las ceremonias. La razón es la siguiente. En cada uno de aquellos cubos ambulantes encajaba una pila cóncava muy abierta, de tal modo que su destino final era servir de asiento al recipiente; de los que por cierto también Hiram Abí hubo de fundir en bronce diez, de un metro y sesenta centímetros de altura cada uno y una capacidad de cuarenta medidas. Aquellos lavaderos o pilas sobre los carros deambulaban por el atrio durante las ceremonias porque estaban destinados a las abluciones de todo lo que  fuera ofrecido en holocausto.

Para cada carro fundió Hiram por separado su armazón y las placas o paneles que los adornaran. El cuerpo del armazón, de forma cúbica, tenía un metro y sesenta centímetros de largo, idéntica longitud en el sentido del ancho y un metro y veinte centímetros de alto. Cuatro vástagos de bronce, de sección cuadrada de veinte centímetros de lado, delimitaban en vertical su volumen. En la misma dirección, lo completaban los cuatro paneles cuadrados que eran sostenidos por cada dos vástagos. Cruzando los vértices de sus cuatro ángulos exteriores, a sesenta centímetros por debajo del borde superior de la obra, tenía cada carro cuatro asas, que parecían apliques, aunque formaban un todo con su carro porque también con él estaban fundidas.

Cada uno de estos cuerpos cúbicos descargaba su peso sobre dos ejes, colocados en paralelo por debajo de los paneles, aunque unidos al armazón. Ambos transmitían todo el peso de la obra a cuatro ruedas, que fue necesario fundir aparte. La altura de cada una era sesenta centímetros y su forma era similar a las de un carro común, con iguales llantas, radios y cubos, todo también de fundición, como de fundición eran los ejes. (Aunque sería más apropiado evocar la similitud invirtiendo los términos, puesto que de esta modesta obra derivó luego, entre los fenicios, la carpintería de los carros, y sabios, por esta causa, también fueron los que de aquí tomando ejemplo la ejecutaron.)

El receptáculo contenido por cada armazón, que excedía la altura de su volumen cúbico, hasta sobresalir veinte centímetros por encima de los paneles, era completamente cilíndrico. Cada uno era sostenido por un ánima, también cilíndrica, de cuarenta centímetros de altura, comprendidos entre un lugar correspondiente al que por fuera ocupaban las asas y el borde del cuerpo cúbico. Por debajo de este soporte todavía dispusieron otro de sesenta centímetros de altura, embutido en el volumen del carro. Así quedó completada la altura total de un metro y veinte centímetros de la obra, si bien, observado solo, ya terminado, el armazón cúbico tenía nada más que un metro de altura; metro al que el receptáculo cilíndrico, una vez embutido, sumaba los últimos veinte centímetros.

Cada panel de los carros estaba decorado con grabados de leones, palmeras, bueyes o toros y grifos, y por encima y por debajo de los leones y de los toros el diestro broncista puso volutas. De manera similar estaban decorados los vástagos que sostenían los paneles, a lo largo de la banda de veinte centímetros con que cada uno, por cada cara, los enmarcaba. También sobre la boca del armazón, en el panel con hueco circular donde encajaba el receptáculo, y que cerraba por arriba el carro, había obra de grabado.

Así fueron concluidos los diez carros, todos iguales, una misma fundición y un mismo tamaño para cada uno. Cinco carros fueron colocados al lado derecho de la casa, a decir de los textos primitivos, y otros cinco al izquierdo. La interpretación literal debería obligar a situarlos en la nave. Pero como el altar para los holocaustos estaba fuera, ante el templo en sentido propio, el lugar litúrgicamente correcto, presidiendo el atrio de los sacerdotes, puede ser más acertado decidir que los lados norte y sur del lugar que era manchado por la sangre de las víctimas, antes purificadas, donde los carros eran de verdad útiles, eran el derecho y el izquierdo del atrio de los sacerdotes que las fuentes citan como local de los carros.

Hizo también Hiram el broncista los ceniceros, según algunos manuscritos de la versión griega y del Cronicón, o jofainas, según el arquetipo de Sancouniatón, tal como puede restituirse a través de Filón de Biblos, las paletas y los acetres. Así como los dos últimos nombres, porque no hay variantes que los hagan inestables, no están cercados por la necesidad de examen crítico, apartado a un lado el deseo de la especulación; la equipolencia entre lo que puede leerse en griego y por tanto en latín, y lo que en fenicio quedó escrito, obliga a una examen más detenido de lo que en castellano, al final, son voces que entre sí se excluyen, atendiendo al servicio al que estuvieron destinados en sus días aquellos objetos.

La interpretación concordante con cuanto hemos recopilado parece que sería la que acepta la lección jofaina, y por tanto excluye cenicero. De dos órdenes son los argumentos que la palabra proporciona, uno extraído del canon de lo consecuente o concordante, y el otro inspirado por la regla de aquel espacio, también localizado en el dominio de la comparación, que como circuito con dispositivo de seguridad llamamos contradictorio.

No parece necesaria la existencia separada de ceniceros. El único lugar litúrgico en el que habría cenizas con regularidad era el altar de los holocaustos, que contaba con un calculado dispositivo para desalojarlas inmediatamente de donde el fuego las generaba, sin que pudieran manchar el pavimento del atrio de los sacerdotes. Jofainas sí eran necesarias, las que completaban la obra de los carros de las ceremonias, recipientes del agua de los lavatorios que siempre debía estar a mano. Si vuelve a leerse lo que ha quedado escrito sobre aquellas piezas, también llamadas basas, se podrá concluir que su descripción ha sido minuciosa, y completa para la lógica del lector que fuera ensamblando las piezas en su imaginación. Y que faltaban los envases donde el agua debía ser trasvasada, que por fin dieran sentido a toda aquella obra.

Fueron además fundidos en metales preciosos, por deseo del rey Hiram, otros objetos, para que luego fueran puestos en el templo. El primero pudo ser el altar de oro que los testimonios localizan en la nave. Como de él también afirman que era para quemar el incienso, y del altar de cedro destinado a ese fin el texto fenicio dice que fue revestido de oro, puede tomarse como una certeza que altar de cedro, altar del incienso y altar de oro de la nave son todos una cosa, unas veces aludida por la materia que estaba oculta, otra por su dedicación y otra vez nada más que por su revestimiento. De donde puede concluirse que del altar del incienso en oro solo fue hecho su adorno exterior. Con un procedimiento similar debieron fabricarse las mesas que en la nave había, incluida la mesa sobre la que eran puestos los panes de la presencia.

Pero sin duda solo de oro, de oro fino, fueron hechos los diez candelabros con sus lámparas. Los fundieron según la forma prescrita, tal vez preocupada por garantizar la obligación de que tuvieran siete brazos. Y aparte cuantas lámparas tuvieran, eran también de oro purísimo las despabiladeras de los candelabros y las flores que los adornaban. De oro fino o puro fueron hechas asimismo las cucharas, los cuchillos, las copas o vasos, los braseros y otros cien acetres. Y con oro fundieron los goznes para las puertas de la cámara interior, que era la cella, para las puertas del vestíbulo y para las de la nave, así como el revestimiento de las planchas de madera de las interiores, las de entrada al santo de los santos.

Fue la nave la más favorecida por toda la obra de metal noble. Pudo así representar aquel espacio el segundo cielo, porque en él estaban al menos las siete velas del candelabro fundido para sostener estas luces, tantas como las estrellas errantes, y los doce panes de la mesa el número de los signos del zodiaco. Todas las demás estrellas del firmamento quedaban en aquel lugar indicadas por medio de las perlas incrustadas en oro que allí hubiera.

Además, todo lo consagrado por el Viejo Rey, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años, fueron traídos por Hiram I al templo y puestos en sus tesoros.

Así quedó concluida la grandiosa obra de un monarca memorable, no obstante ser predecesor de la República.



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