Resistencia de materiales
Publicado: mayo 31, 2013 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
No atrae la resistencia de materiales la atención de los hombres, estando presente en cualquier circunstancia, a la que cualquier acto está sujeto, por encima de la voluntad. El pavimento, condenado a acatar el trasiego de un número indefinido de viandantes; la lámpara del alumbrado público, que pasa la noche, y aun en ocasiones los días, en atenta vigilancia; el anónimo pasamanos, imperturbable planta que sembraron hace décadas hombres de la ciudad y que ha renunciado a crecer; delegan su presencia a su respectiva capacidad para afrontar el efecto de los agentes detractores con razonable entereza. El cuerpo mismo debe adecuar sus gestos y estados al modo en que sobre la piel repercuten el sol y el aire, la violencia con que ambos en ocasiones se emplean, el decreto que contra él dictan las autoridades que calculan la capacidad de los vagones del metro. Por fortuna solo en apariencia es frágil. Por su aspecto protege la elasticidad, que es su principal virtud, capaz para soportar la punta de un afilado abrecartas sin que penetre los tejidos o el electrodo a alta temperatura sin que sobre ella levante ampolla alguna.
Todo el saber sobre la resistencia de los materiales ha de tener como objeto primordial el cuerpo del hombre. Debe tratar de la medida en la que cada objeto, ya de espontánea existencia, porque así la naturaleza haya decidido ponerlo a nuestro alcance, ya deducido del deseo de hacer el bien o atender a la necesidad a la que voluntariamente se entregan los pensadores, se le puede oponer sin dañarlo, cómo pueden todos entre sí convivir y en qué modo los pasivos elevan al grado de bienestar la monotonía de la existencia.
Dos en mi opinión son materiales de trascendental efecto sobre la felicidad humana, el hormigón armado y el acero.
Pocos productos del ingenio podrán ser equiparados en grandeza al hormigón. Quienes lo inventaron no actuaban aconsejados por cálculos de costos, aunque consiguieran hallar un suministro que apenas gasto generaba, en un tiempo sobre el que existe la falsa creencia de que el cálculo del monto de la inversión no era parte tenida en cuenta por quienes las obras promovían. Más bien trabajaron dirigidos por el deseo de hallar material al que en cualquier lugar pudiera recurrirse y que cualquier forma, de cuantas la arquitectura propone, fuera con él ejecutable. Además, como ocurrió con el hallazgo de la electricidad, de la que nadie esperaba tanto poder, obtuvieron una masa de una dureza imprevista.
Cierto fabricante de bollos a principios del siglo vigésimo se aventuró a experimentar con una harina que importaban de la Pampa. Estaba decidido a fabricar cantidades ingentes, en la dimensión industrial, de una pieza única con el propósito de acaparar el mercado de los desayunos en París. El ardid de su plan lo satisfacía la compra a un precio bajísimo de un producto, pagado en una moneda muy débil e importado a costos irrisorios. Puestas en venta las primeras elaboraciones, a las que para enfatizar la diferencia había dotado de la característica forma circular con agujero que luego ha sido tan reconocida, fueron denunciados algunos casos de ingestión accidentada, levemente trágicos. El más grave fue la obstrucción de un esófago, que hubieron de remediar con chorros de café au lait a presión, administrados en la trastienda de un bistrot durante una cura de urgencia, precedente al ingreso en el hospital. Fueron denunciadas varias fracturas de molares y un número indeterminado de irritaciones de la cavidad bucal.
Pero la producción de bollos a gran escala había sido acometida. Era imparable. El curso de los acontecimientos amenazaba, aparte la estabilidad del negocio, que era al mismo tiempo empresa y por eso fuente de riqueza y bienestar, trabajo y rentas para quienes lo ejecutaban y el estado, la vida misma de su promotor, quien al segundo mes de estancamiento de las ventas acariciaba ante la apacible chimenea de su hogar unas pistolas de cañón con trazo helicoidal, fabricadas por encargo de su esposa; iniciativa inspirada por el deseo de colmar la sucesión imparable de los cumpleaños de quien con ella había compartido nada menos que una vida.
Por suerte para el entusiasta emprendedor estalló la gran guerra, incierta por bélica, cargada de esperanzas por tamaño. El futuro que los disparos originan cuando los gobiernos dan la orden de fuego rescató su porvenir para los años inmediatos. Podría ensayar convertirse en abastecedor del ejército. Buscó medios para entrar en buenas relaciones con los servicios de intendencia, y los encontró; y en cuestión de días contrató la venta exclusiva de sus bollos para el abasto de las tropas instaladas en el frente. Nadie pudo comerlos, ni en la primera línea ni en la retaguardia, pero la producción de su fábrica no solo no decayó sino que mes tras mes, mientras la guerra duró, fue creciendo.
Como el enfrentamiento había degenerado a conflicto de posiciones, el hostigamiento mutuo consistió en destruir cada día las trincheras del enemigo, que invariablemente durante la noche eran reconstruidas. Los bollos, ensartados en recias varas de abedul, el preferido desde la antigüedad para la fajina, y amalgamados con mortero del país, formaban altos y seguros parapetos frente a las balas que peinaban los sacos terreros. No eran invulnerables a la acción de la artillería, pero permitían mantener posiciones cuando las partes cruzaban el fuego de sus fusiles.
Nunca cada contendiente supo que también la otra parte recibía aquel suministro, que nuestro hombre había conspirado para vender su producto, definitivamente presentado como equipamiento poliorcético, a quien estuviera dispuesto a pagarlo. Los que hayan recorrido los campos de Verdún a pie, como visitantes de uno de los memoriales más sobrecogedores que se hayan erigido a las metas ganadas por las civilizaciones, con el propósito declarado de que nunca en lo sucesivo, ninguna de las generaciones que nazcan, las conquisten, habrán podido comprobarlo. A pesar del tiempo transcurrido aún pueden verse a ambas orillas del río restos, razonablemente conservados, del legendario engrudo.
La empresa no pudo sobrevivir a la guerra, ni era necesario en opinión del fiel contable de la casa, quien prefirió cobrar un sueldo modesto antes que ceder su responsabilidad a cualquier advenedizo. Con la liquidación que preparara al año de finalizar el conflicto, habiendo quedado detenida la producción meses atrás, terminó la afamada historia de la manufactura que empezó llamándose L´épi d´or y terminó siendo conocida bajo el nombre de Fournitures Dunquerque.
Algo equiparable ocurrió con el hormigón. Quienes en los venerables tiempos antiguos acometieron sus obras confiados en su mansa plasticidad jamás llegaron a imaginar que los siglos verían sobrevivir hormigón allí donde los ejércitos romanos habían llegado. Puede que nada de cuanto hace cientos de años fuera construido haya podido mantenerse en pie, que de aquellas atrevidas cadenas de cuerpos suspendidos a gran altura alguno haya conseguido seguir levitando. De la obra tiempo atrás concluida con seguridad hasta aquí ha llegado la compacta masa de hormigón que vertebró las elegantes combinaciones, las aspiraciones más altas de los divinos arquitectos; aunque aparezca derrotada, informe y a ras de suelo.
Recibió el beneficio del alma de hierro la fornida masa después. No parece sin embargo que deba ser admitida como una bendición para los que con tan poderosa combinación conviven. Nada nocivo hay en el inofensivo acto del juego. Quienes lo mezclan con la ambición lo convierten en un pertinaz ejercicio de la peor de las pasiones.
Han sido practicadas pruebas sobre la resistencia de esta combinación ante las más variadas embestidas. Moles mecánicas accionando voraces arcas dentadas, que actuaran contra compactas bandas de mezcla en las que el metal hubiera sido embutido; infatigables martillos neumáticos, cargas explosivas colocadas en los puntos concebidos para mantener la integridad, batallones enteros de obreros provistos de felices medios minadores, como si oleadas de voraces e infatigables animales que carcomen fueran. Hay productos que resisten a la iniciativa de tan eficaces agentes de la destrucción, aun actuando de manera combinada y simultánea.
No debe llegarse a tanto, no puede ser bueno para la humanidad. La obra del hombre debe ser perecedera, como perecedera es su existencia. Así como a los grandes varones, de magnitud tan alta cuando están en la edad plena que parecen a sus semejantes seres superiores, y es bueno que seres superiores parezcan; les llega el tiempo en que todos creen que la más alta condición de la especie en lo sucesivo será inalcanzable, porque degeneran y decaen; y sin embargo son sucedidos por otros vigorosos varones que renuevan la raza y la esperanza; a un edificio debe suceder otro, el puente un día debe llegar que por la corriente sea arrastrado, para que otro puente de nuevo una lo que no debe estar separado. Hasta la imponente fábrica que al subsuelo está confinada debe desaparecer de la vista para que toda la obra humana pueda ser una y otra vez de nuevo fundada. Nada debe permanecer, menos aún pretenderlo.
Alcanzados lugares donde el riesgo para lo que el hombre vivifica es tan alto, el pensamiento debe dirigirse a recuperar el espacio para su esencia, que es la desaparición. En el orden de la resistencia de los materiales los esfuerzos deben ser orientados a encontrar el fin de los que pretendan ser imperecederos.
De la resistencia del hormigón reforzado con gruesas barras de hierro para el porvenir del bienestar del hombre interesa investigar su capacidad de oponerse pasivamente cuando ha sido fijado como masa en posición vertical, no en horizontal. En ambos casos los agentes que activan el movimiento sobre la esfera que habitamos son los mismos, y actúan de idéntica manera, pero su efecto sobre la masa tiene que ser distinto.
Compongan conmigo la imagen para que el análisis sea tan preciso como las deducciones acertadas necesitan. En estos casos, como en todos en los que la física es responsable de la evocación lógica que el interesado vaya componiendo para sí, cualquier error puede tener consecuencias desagradables.
Una previsora corporación, supongamos, decide blindar hasta el extremo que esté a su alcance un lugar, porque en él pretende depositar la mejor parte de su patrimonio. ¿Qué cota elegirán para localizar aquella extraordinaria dependencia? Los antiguos colegios funerarios, cuyo patrimonio más valioso eran cadáveres, para cuya supervivencia debían ser conservados, patrocinaban criptas para depositarlos, para que allí permanecieran serena e indefinidamente y a salvo de cualquier accidente. Así las modernas previsoras corporaciones, que igualmente decidirán habilitar el lugar que desean por debajo del nivel del suelo, con el acertado convencimiento de que el tránsito de los cuerpos en el orden vertical es más esforzado, y en consecuencia menos probable, que el horizontal.
Elegido el lugar donde debe ser localizada la cámara, comprobada la consistencia del subsuelo y excavado el hueco donde debe ser alojada, ¿cómo harán para blindar el lugar que desean? Es más probable que habiliten un volumen cúbico con hormigón armado. Un potente lecho homogéneo sin fisuras, asentado sobre el cimiento, hará de suelo; cuatro gruesos muros, también sin vano alguno, serán los cuatro lados; y una masa similar a la que sirve de base cerrará la cripta por arriba. Durante la forja de esta última, su autor habrá tenido una precaución, habilitar un vacío, para que se convierta durante la vida activa del búnker en el único lugar que permita acceder a él.
¿Qué dirán ahora del programa previsto por el artífice para resistir de manera pasiva la iniciativa minadora de su obra? De sus decisiones habrá dependido que la greda envuelva el cubo, para evitar en lo posible la acción corrosiva de la humedad; que más allá de la masa construida, a calculada distancia, muros de contención eviten corrimientos de tierra que presionen en exceso cuerpo tan bien concertado.
Son las tres menos diez. No queda nadie en las mesas.
Errores sin menoscabo
Publicado: mayo 23, 2013 Archivado en: Nicomedes Delgado | Tags: constitución Deja un comentarioNicomedes Delgado
Para el siglo sexto anterior a la era la fuente sagrada permite conocer la atención concedida a las imágenes que en Babilonia eran adoradas. Incluye testimonios que hoy capacitan para restituirlas en su valor material, así como para saber el aprecio relativo que recibían, con un grado de certeza y detalle que por otros medios en modo alguno sería posible.
Se trataba de representaciones de dioses destinadas a los templos, donde recibían culto. Identificaban las creencias que se relacionaban con el resplandor del sol y la luz de la luna, las principales, y otras vinculadas a las estrellas, el relámpago, el viento, las nubes o el fuego. Aunque cada percepción, cuando llegaba a ser un objeto, había ganado una metamorfosis, que era masculina para satisfacer la representación de las abstracciones de este género, femenina si del otro, cada una de las cuales a una parte de los devotos satisfacía su noción del orden trascendente, es probable que ya entonces todas fueran versiones del concepto unitario del ser divino.
En los sexos, por efecto de las nociones más acendradas, que no solo consentían que fueran descripciones explícitas de cuerpos humanos los simulacros cuya condición divina podía ser evocada con nuestra anatomía, y en la distancia que puede separarlos, apenas un palmo, poco más en los casos más extraordinarios, tal vez hubiera una causa de las diferencias entre los precios que unos y otros alcanzaban en sus respectivos mercados.
Las fabricaban artesanos y orfebres especializados, quienes por su trabajo cobraban una cantidad importante. Podría explicar que sus exigencias fueran altas que de la configuración de cualquiera, al menos la cara debía quedar al descubierto, y en ella bien definidos los ojos, e incluso la cuenca natural que ocupan habían de reproducirla con fidelidad. También que utilizaran para ejecutarlas oro, plata y madera. Pero dado que aquellas materias no eran empleadas siempre de la misma forma, ni en las mismas proporciones, su combinación daba origen a distintas calidades de las piezas y, con toda seguridad, a distintos precios, aun siendo todos trabajos resueltos con recursos de alta estimación.
También fueron ofrecidas tres clases, según cantidad y combinación de las materias que elegían autores y clientes para su factura: las de metal precioso, las de madera chapada con oro y plata y las de solo madera dorada y plateada. Aunque de efectos similares, las tres clases impondrían tres costos bien diferenciados y tres frecuencias de demanda, decrecientes según aquellos. Las de oro y plata eran encargadas en pocas ocasiones, las recubiertas de láminas de ambos metales atraían a una porción intermedia de la clientela y las talladas en madera eran las que con más frecuencia adquirían para exponerlas en los templos. El patrón lo imponían las fabricadas recurriendo solo al metal precioso, que luego las más reiteradas pretendían imitar para conseguir un efecto de belleza similar al que con las más apreciadas se obtenía.
De la calidad de los recubrimientos metálicos usados para las del segundo tipo da idea que cuando el oro era aplicado sus conservadores no lograban que brillara, anomalía cuya causa, gracias a un dato deslizado por los informantes, se puede conocer. Las imágenes ejecutadas según este procedimiento eran atacadas por la herrumbre. Luego el hierro, como aleado y en una medida que sería variable, participaba en la composición de aquellos recubrimientos.
De la talla de las imágenes en madera, porque eran las más frecuentes, también los detalles que proporcionan las fuentes permiten aproximar su valor material. Se atenían al mismo patrón, con un grado de precisión anatómica cuyo fin descubre otra alusión, al tiempo que revela los detalles que preocupaban a los autores. Su lengua la limaba un artesano adiestrado para este fin. Gracias a su trabajo especializado, las tallas ganarían el grado más estimado en la descripción de los cuerpos, extrema veracidad necesaria para conseguir la mayor aceptación.
El relato anatómico minucioso no era incompatible con que las imágenes fueran concebidas de manera que sus pies no fueran visibles. Los testigos afirman sin ambigüedad que las tallas carecían de pies. Pudo ocurrir que este efecto no fuera una decisión del autor de la escultura, sino la imposición de una costumbre, una creencia o una superstición, cuyo resultado fuera que el cuerpo representado con madera no pudiera ser por completo visible para quienes lo observaran, y que la anatomía oculta se pudiera resolver de modo sumario o esquemático. Sin embargo, sobre su acabado recaía el mayor costo. Las imágenes lignarias eran policromadas con tonos de oro y plata hasta tal punto que llamaban la atención. Eran tan doradas y plateadas que los pigmentos que les aplicaban evidenciaban que habían sido utilizados con el exceso habitual en las piezas más pobres de cualquier arte.
Una vez terminado el trabajo del escultor, las representaciones de los dioses eran cubiertas con vestidos, con los que eran envueltas, para que poco más que sus rostros quedaran al descubierto. Para su confección se utilizaban paños de púrpura y de lino.
No es seguro que los trajes fueran el resultado de la combinación de las dos modalidades de tejido, puesto que eran compatibles el prestigioso tinte fenicio y el uso con fines textiles de la fibra que de la linaza crece. Pero los medios de información, en algunas ocasiones, al referirse a estos vestidos, mencionan solo la púrpura, de la que dicen que era utilizada para envolver las imágenes de un modo especial. Conocido el celo con el que los tirios reservaron la fórmula para la fabricación de su tintura, es más probable que la púrpura a la que la fuente se refiere fuera al mismo tiempo un tejido, y que por tanto el vestido de lino fuera una modalidad de traje o una prenda distinguida por la confección para que fuera indumentaria de las imágenes.
De la hechura de los trajes que se confeccionaban solo sabemos que eran similares, tanto en corte como en acabado, a las que entonces eran usadas allí, en la propia Babilonia. Porque variaban según sexo, sus diferencias de calidad sobre todo las marcarían las clases de tela que fueran necesarias para consumarlas. Sobre el efecto que causaban, una parte de los transmisores, adoptando una actitud que revela su falta de independencia a la hora de enjuiciar los hechos narrados, afirma que el resultado para su aspecto era tal, una vez acabada, que se la podía comparar con el de los peñascos que sacaban de los montes en las canteras. Así hablaban porque tenían el propósito de enfatizar su tosquedad.
Para proveer a su correcta identificación, completaba cada imagen un juego de sus atributos, así como una colección de lámparas, que ardían junto a ella para contribuir a la iluminación del lugar donde cada una estaba. Porque solo parcialmente es posible conocer tanto unos como otras, el sesgo del texto en este lugar tal vez pretendió inducir la lectura, para que quien la hiciera pensara que el papel que el orfebre tenía reservado en la creación de las imágenes adquiría su mayor responsabilidad llegado este momento.
Para las cabezas de las imágenes fundían coronas de oro, a cuya elaboración aplicaban el mismo criterio o el mismo gusto utilizado en el arreglo de una joven babilonia presumida, de cuyo ajuar las coronas de metal precioso serían una parte. Había imágenes que empuñaban un cetro, similar al que ostentaban los gobernadores de provincia en la baja Mesopotamia cuando impartían justicia criminal hasta el grado punitivo de la muerte, que aplicaban en caso de ofensa a la autoridad que representaban. Era un atributo propio de las imágenes que evocaban fuerzas de la naturaleza desatadas cuando se manifestaban en el grado más elevado de su poder, a su vez símbolo de la más alta capacidad de intervenir en la vida humana que a los dioses reconocían; y del riesgo que se podía correr al dudar de su autoridad, mucho si se llegaba a ofenderla, porque en el colmo de su soberbia soberanía, como los más despiadados jueces, eran capaces para castigar con el aniquilamiento.
Otras imágenes tenían en su diestra espada y hacha, ambas referencia a la fortaleza frente a las amenazas que permanentemente acechaban a la especie humana. Aunque los informantes, llegados a este lugar, otra vez presa de su incontenible intención de denostar, declinan al sarcasmo, pretendiendo que tales medios se entregaban a las imágenes para que pudieran defenderse y hacer frente a los frecuentes robos que sufrían, para los devotos expresaban la necesidad de afrontar las adversidades de la guerra.
Determinada vertiente de los atributos de las imágenes resulta sin embargo oscura. Las fuentes afirman que alrededor de ellas y sobre sus cabezas revoloteaban lechuzas, vencejos y otros pájaros, e incluso que gatos se movían en sus inmediaciones. El modo en que estas compañías son mencionadas no permite decidir si se trataba de la reproducción de animales, cuya presencia en los templos era tolerada por tratarse de formas parlantes de las respectivas virtudes que los devotos atribuían a los seres divinos, o si es una observación que pretende dar idea de la degradación y el descuido en los que caía la atención debida a los lugares sagrados, que los autores radicales utilizan como contrapunto, en apariencia narrativo, a favor de su discurso infamante. Parece más probable que fueran representaciones figuradas, que en cada caso servían para completar o asegurar la identificación correcta del significado de cada dios, para que los ingenuos creyentes consintieran mejor los maniquíes que admitían como presencias de seres superiores.
El balance del análisis de una y otra modalidad de imagen, así como de sus respectivas indumentarias y atributos, tiene que reconocer todavía otra razón del costo diferencial. La fuente afirma que de la ejecución en madera estaban excluidos por completo los orfebres. Renunciar al trabajo de una parte de los especialistas redundaría en un costo inferior.
Todas las decisiones a favor de los niveles más bajos del gasto, a los que preferentemente optaban los encargos, puesto que las imágenes en madera eran las más frecuentes, habilitarían la escala de descenso hasta el grado de ejecución límite. Se alcanzaría cuando se excluyera por completo el trabajo de los profesionales dedicados a la fabricación de las imágenes. Esta posibilidad se advierte tras el excesivo acabado de las piezas policromadas, al alcance de la voluntad de los creyentes sin pudor ni destreza. Una parte de ellas pudo ser fruto del trabajo espontáneo de algunos de sus devotos. No cotizaría en el mercado de los simulacros sagrados, lo que en modo alguno le impediría tener un costo y al mismo tiempo alto valor simbólico. Por tanto, la diferencia de precios también pudo ser el resultado de una constante amenaza de ruptura del marco racional que se esperaba de los mercados.
El costo efectivo que cada imagen tuviera, para quienes actuaban como demandantes en aquellas transacciones, tal vez estuviera modificado por otra circunstancia aún.
A las representaciones de los dioses acudían los devotos en busca de beneficios privados, antes que de asuntos que concernieran a sus semejantes, porque la pugna por la salvación del ser propio ya era entre los babilonios una virtud reconocida a consecuencia de su mejor resultado civil. Les solicitaban riquezas y dinero, que proporcionaran bienes a los hombres, y desde luego que les dieran la lluvia, capital confiado a la naturaleza. También que descargaran a los humanos de cualquier necesidad en la que pudieran hallarse, que arrancaran al débil de las manos del poderoso, que tuvieran piedad de la viuda e hicieran bien al huérfano, y que liberaran y protegieran al agraviado.
Por supuesto que también recurrían a ellas por razones de salud. Cuando un mudo no podía hablar, lo llevaban ante determinada imagen, a la que pedían que le devolviera el habla, porque a ella se le reconocían poderes sobre las lenguas que para todos los fines de su vida emplean los hombres. De manera similar actuaban en el caso de un ciego, para el que se pedía la devolución de la vista, arpón capaz para cobrar presa entre todas las palabras. Incluso incurriendo en el exceso de la exigencia, se les solicitaba que libraran a las personas de la muerte, vecino indiferente que no respeta la vida de nadie.
Hay que reconocer no obstante que no terminaba el recurso a ellas donde se agotaban los asuntos privados. También se las apelaba para las cuestiones públicas a las que se concedía mayor valor, como obtener justicia en toda clase de pleitos y defenderse de ladrones y salteadores. Y se confiaba en su poder cuando había que dirimir sobre asuntos fundamentales de estado, como maldecir y bendecir a los reyes, gestos a cuyas consecuencias prácticas, que eran la deposición y la instauración de los monarcas, se les reconocían ventajas; hacer ver a las naciones señales en el cielo y resistir al rey y al ejército enemigos.
Las evoluciones de los creyentes ante las imágenes, con el objeto de predisponerlas a favor de sus deseos, podían tomar formas diversas. Unos les hacían votos, mientras que otros las favorecían, y adoptaban ante ellas una actitud protectora y curativa. También había quienes en una suerte de rito negativo les hacían daño, probablemente fundados en la creencia de que con un trato así estimulaban mejor su reacción, o quizás confiando en la misma fuerza que alimentaba la magia negra, si lo que esperaban de la divinidad era que su fuerza se desencadenara para causar mal a alguien, beneficio que nunca los seres divinos han negado a los hombres.
El tráfico con las imágenes, con el fin de ganarse su confianza y asegurarse a cambio del gesto piadoso la recompensa a la que sus devotos aspiraban, se completaba presentándoles dádivas. Los datos disponibles dejan abierta una amplia gama de posibilidades, en lo que a bienes objeto de las ofrendas se refiere. Normalmente sus adeptos les hacían llegar recursos materiales que estimaban, entre los que se contaban piezas de oro y plata, y sobre todo adquisiciones que se hubieran hecho para con ellas alimentarse.
El rito que seguían en el transcurso de los actos durante los que sus oblaciones eran presentadas lo comparan las fuentes con las ofrendas que se hacían a los muertos, lo que en apariencia no hace más que cambiar de lugar el problema, puesto que la documentación niega datos sobre la modalidad de manifestación piadosa vigente en aquellos momentos. Pero a este propósito cita accidentalmente un detalle que resulta significativo. Mientras hacían sus ofrendas, quienes las consagraban gritaban ante las imágenes, tal como se hacía en cierta clase de banquetes fúnebres.
La relación entre ambos indicios, que comparten la mención a las ceremonias que inspira la muerte, es suficiente para pensar que a las imágenes tal vez les fueran hechas las ofrendas no solo ostensiblemente, a la vista de todos, en el templo, proclamándolas a viva voz, sino que ante ellas, como en las comidas rituales funestas, los bienes tal vez fueran repartidos entre los partícipes. Es posible llegar a este término porque además es muy probable que el rito de las ofrendas incluyera la renuncia cruenta a determinados animales, que así se convertirían en víctimas propiciatorias.
No obstante, el texto dice que la parte del ritual de las sagradas renuncias que provocaba humo se desarrollaba dentro del templo. Si esto ocurría, resulta inverosímil que los ritos asociados a los sacrificios de seres vivos, que ahora es primordial reconstruir, fueran holocaustos. En las liturgias vigentes durante la plena antigüedad era la parte anterior a los templos, al aire libre, la que habitualmente se utilizaba para exponer al fuego los animales sacrificados, cuya deglución completaba la experiencia trascendente. El humo al que hacen referencia los textos pudo provocarlo quemar incienso, un bien que igualmente era una ofrenda, aunque tal vez el efecto de ese gesto no fuera digno de considerarse ni siquiera estela provocada por una combustión.
Si no de todas, de presentar al menos una parte de las ofrendas ante las imágenes las mujeres eran las encargadas, lo que puede ser vindicativo del preferente culto a las representaciones favorables a la condición femenina. No parece que su participación en estas ceremonias estuviera limitada por normas destinadas a guardar la pureza simbólica que a tales actos suele ir asociada. Tanto las que acababan de dar a luz como las que estaban en el regular estado que los textos sagrados consideraban de impureza tocaban sus víctimas sin ninguna restricción.
De la magnitud de todas las formas de la devoción, de las que eran objeto las imágenes cada día, habla el polvo que en el templo levantaban los pies de los que entraban, prueba de un constante trasiego de personas, mientras que de las que ocasionalmente eran representadas los textos mencionan las procesiones que salían de sus respectivos santuarios, cuando las imágenes eran llevadas a hombros. Tanto por delante como por detrás, a las imágenes las acompañaba una turba que se entregaba a invocarlas con desigual fortuna. A los observadores que no habían vivido esta clase de manifestaciones, los cortejos multitudinarios que en torno a los simulacros divinos se formaban infundían temor.
Cuando sinceramente se aspira a disponer de todos los elementos de juicio que permiten completar una teoría de las diferencias de los precios, más allá de los límites que imponen las visiones parciales a las que se resignan las áreas del conocimiento cuando se compartimentan; puesto que en esos casos cualquier formulación teórica se somete a unos límites que evita traspasar; por tanto, se asegura ser parcial o incompleta, no del todo útil en consecuencia; todas las actitudes de los devotos ante las imágenes deben analizarse. Complementadas, descubren que su valor trascendía del material de su ejecución.
Al culto regular de las imágenes estaban dedicados sus sacerdotes. Para que fuera advertida su condición, vestían túnicas y se rapaban las barbas, así como la cabeza, a pesar de lo cual no tenían inconveniente en exponerla al descubierto, incluso en invierno. La primera lectura de los textos lleva a pensar que su oficio litúrgico era pasivo y estático, en modo alguno productivo, porque cada uno, en sus respectivos templos, cuando comparecía en público permanecía sentado. Pero no sería acertada la exégesis si se mantuviera en estos límites. Los sacerdotes también tenían a su cargo cultos que requerían su actividad.
Muy probablemente eran quienes voceaban delante de las imágenes con ocasión de las ofrendas, lo que les otorgaría un papel protagonista en el desarrollo de tales celebraciones, tal como era común en el oficio. Eran además los responsables de la seguridad y la custodia de los simulacros sagrados, aunque los textos no afirman positivamente que fuera cargo directo del sacerdocio su cuidado, ni que se entregaran personalmente a las tareas a que obligara. Pero sí se puede demostrar que a su cargo estaba encender las lámparas que había junto a las imágenes. Aceptado que su guarda era el fundamento de su estatuto, es posible adjudicarles la responsabilidad material de su conservación, que podrían ejercer mediante delegados.
La parte cotidiana de este cargo consistía en lavarles la cara, limpiarlas y cambiarles la indumentaria. Como sus rostros eran ennegrecidos por la humareda que dentro del templo había, y como el polvo que levantaban los pies de los que entraban lo ensuciaban y lo recubrían espesamente, hasta el punto que podía llenar la cuenca de los ojos, para desprender de él toda la suciedad era necesario asearlas con frecuencia. También, dado que el oro con que recubrían las imágenes para embellecerlas no lograba mantenerlas deslumbrantes, a consecuencia de la herrumbre que criaba, hacía falta pulirlo hasta que de nuevo le saliera brillo. Y a causa del continuado uso de los trajes, que se aprovechaban hasta el extremo que se pudrían encima de ellas, asimismo era imprescindible quitarles y ponerles los vestidos. Decidía pues sobre la responsabilidad diaria de los sacerdotes en la conservación de las imágenes su relativa fragilidad, porque una vez colocadas en el templo, debían permanecer expuestas indefinidamente, sin alterar su aspecto ni su posición, hasta el momento que fueran por completo inservibles.
Además, igualmente a causa de su deber como custodios de las esculturas divinas, los sacerdotes se preocupaban de asegurar todas las entradas a los templos donde recibían culto con puertas dotadas con cerrojos, puntales y traviesas, que cerraban para que no fueran saqueadas por los ladrones, quienes aspiraban a quitarles el oro, la plata y la vestimenta que las cubría. El grado de seguridad que con estos medios desplegaban era similar al que se creaba en torno al rey cuando se trataba de evitarle toda clase de ofensas.
También habían de mantenerse vigilantes ante cierto peligro que siempre las amenazó. Si por algún accidente en los templos el fuego llegaba a prender, las imágenes eran una presa fácil para las llamas. En los recintos sagrados el riesgo de incendio debió ser tan constante que en muchas ocasiones se consumaría del peor modo, puesto que las efigies más vulnerables, las de madera, eran también las más habituales. Tan excepcionales agresiones alcanzaban el grado más terrible cuando sobrevenían guerras o calamidades, circunstancias en las que los sacerdotes se veían obligados a tomar las decisiones más radicales. Entonces deliberaban entre ellos cuál era el lugar idóneo donde quedar ocultos, para garantizar la preservación de objetos tan apreciados, y en él se escondían con los que tenían a su cargo.
Aquellos sacerdotes nunca fueron por completo célibes. La concordancia en plural de las frases que hablan de sus mujeres impide tener certeza sobre una propiedad de sus matrimonios, nada insignificante para sondear otra vertiente de las causas por las cuales los precios cambian de un momento a otro, entre lugares: que al menos a una parte de ellos le estuviera consentida la poligamia. Pero sí es posible saber que la convivencia matrimonial les proporcionaba descendencia, que con sus progenitores compartía el hogar, razón de gasto aún más grave que la originada por el trato conyugal con más de una mujer.
Las fuentes afirman que los ingresos que por medio de las ofrendas obtuvieran los templos no solo atendían la representación de las renuncias ante las imágenes. Igualmente servían para atender las necesidades cotidianas del sacerdote y su familia. Al parecer, aquellos sobrecargados varones justificaban esta manera de actuar manifestando que las raciones que eran ofrendadas a las imágenes eran tan abundantes que no era posible consumirlas al momento, por lo que entre sus ocupaciones debía estar también poner lo sobrante en conserva, para que la donación no fuera defraudada ni en todo ni en parte. Nadie puede hacerlos responsables de que los procedimientos de conserva fueran entonces pocos y limitados, ni de que sus respectivas despensas, embriones unidos por un cordón a los almacenes matrices, se vieran en la obligación de mantenerse siempre abastecidas, sin que por eso decayera la representación pública del sacrificio a la que estaban obligados.
Quizás mal aconsejados por las necesidades que la manutención del hogar origina, que con frecuencia llegan al grado de la exigencia que urge, la custodia sacerdotal de los bienes privativos de las imágenes excedió la vigilia ante la caducidad, y no fue siempre todo lo edificante que se podía esperar de esta clase de sujetos, hasta quedar expuestos a la vergüenza ante sus contemporáneos. Ocurrió a veces, según los textos antiguos, que las víctimas de las oblaciones las vendieron para sacar mayor provecho de ellas, quitaron a las imágenes su indumentaria para emplearla en vestir a sus mujeres y a sus hijos, y tomaron para sí, no ya los bienes perecederos que amenazaban con perderse inútilmente, sino el oro y la plata donados a las imágenes, que entonces estaban ganando propiedades monetarias, para emplearlo en gastos propios.
Como el autor crítico generaliza afirmando que los sacerdotes, cuando comparecían en público, llevaban la túnica desgarrada; y también las fuentes los acusan de que escapaban y se ponían a salvo, en caso de que el templo se incendiara, y de que al llegar la guerra, cuando buscaban el mejor lugar para ocultarse, antes pensaban en salvar sus vidas; se puede creer que todo lo que concierne a la administración del patrimonio de las imágenes los antiguos también lo dejaron escrito con el propósito de agraviarlos.
Cuando se enfatiza que los sacerdotes hacían un empleo discrecional del oro y la plata donados, probablemente se está abusando, previa conjetura sobre el destino de los bienes allegados a los templos, de un hecho que era parte de su responsabilidad. Los sacerdotes eran quienes demandaban las imágenes, y por tanto quedaban obligados a liquidar cada precio que les fuera pedido, recurriendo a los fondos de las fábricas. Ha quedado establecido que el oro y la plata de los que disponían los templos donde las imágenes recibían culto procedían de las ofrendas. Dado que a las imágenes pertenecía un patrimonio tan valioso, que además estaba adquiriendo propiedades monetarias, es posible que una parte de los ingresos obtenidos en estas especies, por iniciativa de los sacerdotes, en ejercicio de la responsabilidad que habían adquirido, asimismo fuera aplicada a la fabricación de otras nuevas, a su conservación y a restaurar las que ya existieran cuando llegara el caso. También pudo ocurrir que una parte de los deberes de los sacerdotes de los templos fuera destinar lo que obtenían como ofrenda, en alguna medida, a la atención de las necesidades de los pobres y los enfermos, lo que justificaría su obligación de almacenar y la posibilidad de que hicieran uso de las despensas a discreción.
Pero lamentablemente, solo recurriendo a los remotos correspondientes, no es posible adquirir la certeza sobre los movimientos de caja de aquellas instituciones. La sombra crece, más que por el lado de los gastos, que podrían ser bastante justificados solo con las indicaciones que hacen las fuentes, que en modo alguno comprometen la honradez de los sacerdotes, por el de los ingresos, aunque resulte paradójico. No es seguro que la donación fuera la única forma de ingreso de los metales más estimados en las arcas de las fábricas.
Las mujeres que por decisión propia en Babilonia se entregaban a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad, solo una vez en su vida, como quien se impone una peregrinación esforzada, formando grupos se sentaban junto a los caminos. Se manifestaban a los transeúntes varones ceñidas con una cuerda, traslación del himen, de la que hacían ostentación mientras permanecía íntegra, para de este modo señalar que en su caso el rito que colmaba sus creencias, discretamente denominado por la cadena que ha transmitido los textos prostitución sagrada, no se había consumado. La espera hasta el momento que cada cual celebraría, mostrando cada cual su peculiar éxtasis, la entretenían quemando, como si fuera un incienso, salvado, procedente de la molturación doméstica de los cereales. A estas emanaciones algunos atribuyen valor afrodisíaco, aunque no está demostrado que la combustión de la cáscara del grano tenga tan alta propiedad. Es posible que en el camino de la tradición se contaminara la inspiración de los vapores del salvado, que obra el aparato respiratorio, con el curso que habitualmente sigue la fibra en el tracto digestivo. Es más probable que mantuvieran aquel rito en la confianza de que así ejecutaban un procedimiento mágico que contribuía a precipitar el fin deseado.
En aquella actitud permanecían hasta que eran solicitadas por algún transeúnte, a quien entonces asistía el derecho a romper la cuerda, sirviéndose del vigor de su edad. Era costumbre que cuando alguna había conseguido que la eligieran, aun antes de acoplarse con quien la designaba, afeara a las que todavía debían permanecer a la espera que no hubieran sido halladas atractivas, y que por tanto su cuerda aún no hubiera sido cortada por algún poderoso varón.
Pero en Babilonia, en el siglo sexto anterior a la era, no solo se ejercía aquel rito en las encrucijadas y sus vías de acceso. El texto menciona también a las prostitutas de la terraza, una referencia que unánimemente la crítica ha interpretado del mismo modo. En las cubiertas de los templos, bajo las cuales recibían culto las imágenes, asimismo tenía su sede un grupo de mujeres que a esta actividad prefería consagrarse. Así pues, aparte las que se entregaran a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad una vez en su vida y por iniciativa propia, en los templos de la gran ciudad había mujeres consagradas a la santa prostitución de manera estable. Por esta razón se adquiere la autoridad para pensar que las primitivas creencias sobre la participación personal en los cultos a la fecundidad habían alcanzado algún grado de sensual regeneración a principios de aquel siglo. Averiguar de quién partió la iniciativa puede ser decisivo para deducir las premisas del comportamiento diferencial de los precios.
Según afirman las fuentes, con ellas corrompían su comportamiento los sacerdotes encargados de la custodia de las imágenes. De ahí que se haya elaborado cierta especie, sirviéndose de los mismos procedimientos razonables de los que se sirve la teoría de los precios. Los sacerdotes, por efecto de aquel trato, tal vez utilizaran el oro y la plata que administraban para incentivar a las prostitutas que mantenían en los respectivos templos. Según este modo de explicar los hechos, que colma el conocimiento del valor que en Babilonia concedían a las imágenes, es muy probable que lo hicieran guiados por el instinto de la inversión, pensando que de este modo atraían la participación de los varones, titulares preferentes de los patrimonios, en las actividades del templo, de tal modo que incrementaran las donaciones.
Los sacerdotes entregarían una parte no despreciable del oro y la plata, ingresados por donación, a las prostitutas sagradas, para de este modo propagar la obtención de nuevos ingresos. La espiral de la demanda incrementaría el número de las consagradas estables, y de este modo, cada vez más, el costo y el mantenimiento de las imágenes se irían socializando. Por tanto, los sacerdotes pudieron incrementar las ganancias de sus sedes sirviéndose de unos medios no del todo ilegítimos, cobertura moral que bastaría para avalar, en caso de que fuera necesario, su desviación al gasto privado.
Si los malos consejos en la administración, o las urgencias de los consumos de las familias levíticas, desviaron una parte de los cuantiosos frutos que aquella actividad atrajera, finalmente habría que reconocer que el precio de las imágenes sería variable en función de: las advocaciones, cada una de las cuales imantaría un número distinto de devotos, y por tanto de donaciones; la figura, complexión y número de las prostitutas sagradas de los templos, que desestabilizarían el factor anterior; y la diversidad de las fórmulas conyugales que a los sacerdotes comprometiera, así como el rango al que correspondiera el tamaño de sus respectivas descendencias. Teorizar con estos factores el valor de la devoción, una vez retornada al mundo material, permitiría aislar una parte no despreciable de los factores que consentirían la variación de los precios.
Beneficio propio y capital ajeno
Publicado: mayo 21, 2013 Archivado en: J. García-Lería | Tags: agraria, economía Deja un comentarioJ. García-Lería
Un varón, que atesoraba tantas virtudes que una parte de ellas sobrepasaba las descargadas sobre él en el momento de su concepción, arrendó para su labranza un cortijo, patrimonio de un consorcio de beneficiados, en 1694. Eran 378 fanegas, compuestas en tres hazas, a sumar a las tierras del mayorazgo que poseía, colindantes. Aquel año se comprometió con ellos a pagar cada uno de los sucesivos, a cambio de la tierra, 2.600 reales de cuenta y a mostrar su agradecimiento por esta obligación con 14 gallinas, o su valor en metálico, las que también cada año habría de hacer efectivas a los arrendadores.
El compromiso había sido acordado para tres años. Antes de que concluyera, lo renovó por otro ciclo de la misma duración, previa anuencia a un detalle que los clérigos deseaban añadirle; que en lugar de 2.600 fueran liquidados por año 2.700 reales. Estaban seguros que esta modificación, porque era justa, no comprometería la agradecida recompensa de las 14 gallinas, que efectivamente nuestro hombre tuvo a bien seguir añadiendo a la renta.
No había terminado 1697 y las partes decidieron modificar lo que el año antes habían acordado. En lo sucesivo, aunque siguiera pagando las 14 gallinas, prefería satisfacer cada año por aquellas tierras 4.840 reales, en lugar de los 2.700, algo menos del doble. La cantidad acordada era la misma que había pagado el arrendatario precedente, tío del nuevo colono. La cantidad que denominaba la nueva renta fue acordada en moneda contable, aunque el arrendatario tendría que satisfacerla en la corriente que circulara y en dos plazos, cada uno de ellos por la mitad de aquella cantidad. El primero sería el correspondiente al día de Santiago y el segundo, junto con el pago anual de las gallinas, al de la pascua de navidad. Ninguna de las liquidaciones tendría que ser efectiva hasta 1698.
A cambio, el contrato tendría vigencia mientras no llegara para el arrendatario el día que no tiene final, la interrupción radical del tiempo que con discutible sentido enfático entonces llamaban comienzo de la vida eterna. Además, había obtenido una interesante ventaja. No tendría que liquidar diezmo alguno de cualquiera de los productos vegetales que obtuviera de aquellas tierras cada campaña, ni de cereales ni de semillas, a lo que podían comprometerse los cedentes porque se arrogaban el derecho sobre esta carga, de la que por tanto se beneficiaría el arrendatario. Habían transigido los contratantes con que su valor estaba subrogado en el del metálico anual y las gallinas.
Finalmente, los beneficiados, en un arrebato de generosidad, por su parte concedieron que la otra como adehalas solo liquidara cada año 12 gallinas, en lugar de las 14 precedentes, comprometiéndose a pagarlas en pluma. La costumbre había naturalizado otra transacción, que el valor de las adehalas pudiera liquidarse en efectivo. Pero los padres de la corporación las querían buenas, gordas y vivas, e incluso exigieron que la primera docena les fuera entregada en la inmediata navidad, antes que fuera obligado satisfacer cualquiera de los pagos previstos por el contrato firmado.
El arrendamiento se hizo a pasto y labor, según costumbre. Era regular que la cesión de explotaciones tomara como referencia los hábitos laborales que habían alcanzado la categoría de técnicas de cultivo. Para que coincidiera la vigencia del acuerdo con el comienzo del año natural, tiempo neutro para el campo de los cereales porque pasaba por el letargo del invierno, como primera actividad, en las tierras cedidas al arrendatario se le reconocía el barbecho, trabajo sin fruto que la tiranía del procedimiento había impuesto. Entrar barbechando era, en los contratos, el reconocimiento escrito de la transferencia material del dominio por un tiempo que habría de transcurrir tan inexorable como los ciclos naturales se suceden. Como así era admitido el comienzo de la injerencia, era inevitable reconocer que el primer ingreso productivo que el arrendatario obtendría quedaba aplazado hasta el verano del año siguiente, año y medio después de la entrada en vigor del acuerdo, puesto que las tierras, solo barbechadas a consecuencia de la forma de la incursión acordada para los orígenes, no podrían sembrarse hasta el otoño del año que había comenzado el uno de enero de la firma. A la ventura de un indefinido buen fin quedaba confiada la certeza de aquel ingreso.
Nuestro virtuoso arrendatario era un hombre calculador. Formalizó su contrato a finales de julio de 1697, justo el día de Santiago, cuando para muchos acuerdos entre partes cumplía el primer semestre de los pagos anuales que hubieran comprometido. Había convencido al responsable de los clérigos mancomunados, que se hacía titular abad, para que admitiera la vigencia retroactiva del pacto. Como aún estaba vigente el acuerdo trienal firmado en 1694, las limitaciones técnicas a la producción que pudiera imponer el nuevo contrato, la obligación de entrar barbechando, que estaba remitida al uno de enero precedente, quedaban neutralizadas. Para julio de 1697 podría estar, a un tiempo, barbechando una parte de las tierras cedidas y cultivando otra. Mientras firmaba aquel contrato, además de regidor por tiempo indefinido, era ya el alférez mayor de la población donde residía, cargo que lo convertía en el responsable del destacamento militar destinado al lugar. Además, ya hacía ostentación del título de gentilhombre de cámara del rey.
Por aquel acuerdo, la propiedad no se reservaba nada, ni dehesas, ejidos o pastos, ni abrevaderos o aguas, fueran estantes, manantes o corrientes; ni cualquiera de las otras cosas que hubiera en aquellas tierras. Además, al arrendatario quedaba autorizado por los dueños el subarriendo, por un plazo máximo de tres años, siempre que en el traspaso constara que la propiedad del cortijo correspondía a la universidad de los beneficiados. Pero a cambio, para ella, por aquel acuerdo, ganaba una sustanciosa compensación que la relevaba de invertir en el incremento de su potencia productiva. Durante los dos primeros años de vigencia del contrato el arrendatario tendría que levantar en el cortijo un edificio, íntegramente a su costa.
Debía invertir en la obra quinientos ducados. Procederían de sus ingresos, en modo alguno podría descontar el gasto del costo de la cesión de la tierra capitalizada o renta. Así quedaba comprometida como obligación la metamorfosis de una parte del beneficio en capital. Teniendo en cuenta que el resultado sería un bien raíz, que se sumaría e incrementaría el valor que en el mercado de la tierra tuviera el cortijo, era una transferencia de los ingresos de la explotación a favor de los dominios que habría que sumar a la renta y al diezmo.
Si en el plazo de los dos años acordados el arrendatario no invirtiera los quinientos ducados convenidos en aquel fin, los dueños del cortijo, mediante apremio, se los cobrarían de los bienes del arrendatario, y a su costa emprenderían los trabajos. Lo más sorprendente es que para asegurar este compromiso el arrendatario hipotecó 12 aranzadas de olivar y 8 aranzadas de viña, que incluían 3 de tierra campa, casa, bodega, lagar y vasija, si bien sobre la viña su dueño ya pagaba un tributo redimible de 80 ducados de principal. Cuando constara que la obra había sido ejecutada por el valor acordado tales bienes quedarían libres de carga. Pero si ocurriera que el arrendatario muriera antes de acometer la obra, la obligación de hacerla pasaría a sus herederos.
La poco justificable hipoteca emerge como la parte visible de un compromiso que pudo incluir la financiación de la obra por parte de la misma corporación beneficiada por el incremento del capital, lo que le agregaría al contrato la dosis de sensatez que aparenta faltarle. Aunque esto no modificaría la obligada transferencia de beneficio propio a capital ajeno, la aplazaría en los términos en que hubiera sido prevista la cesión del principal para financiar el proyecto, decididos por la forma de la redención y, en consecuencia, por el tipo de interés que correspondiera aplicar.
La organización del espacio en el nuevo edificio quedaría al arbitrio del arrendatario y es posible que la obra se ejecutara pronto. En una declaración de bienes de hacia 1750, probablemente relacionada con la Única, se mencionan las piezas que entonces componían la edificación, y por un subarriendo o traspaso del arrendamiento, de 1764, se sabe del estado de las dependencias en aquel momento. Para la segunda mitad de siglo, por un par de documentos, uno gráfico y otro escrito, suficientes para aventurar una reconstrucción fiel, neutralizadas las ambigüedades, se adquiere certeza sobre la forma que tuvo el edificio, aunque la dedicación de los espacios, medio común para identificarlos, fue evolucionando con el tiempo. Un cuarto de yeros, que al mismo tiempo sería cuarto del aperador; el gallinero, al que se asocia una recámara, y un palomar, así como el campanario, relacionado con el pórtico solo aparecen citados en la descripción de 1764. Además, había un pozo y un pilar de mampostería.
Formaba el edificio un cuerpo único dispuesto en ángulo recto, de unas 35 por 35 varas por el lado exterior. El que podemos considerar convencionalmente cuerpo superior, tal vez orientado en dirección oeste-este, además del ingreso, habilitado por su lado izquierdo, estaba separado en tres piezas, una gañanía, la cuadra y el patio que precedía y servía de tránsito a esta. En el cuerpo perpendicular estaba la otra gañanía y el tornero, y sin comunicación con las precedentes la capilla con su sacristía y su pórtico.
La primera pieza interior o gañanía tenía 12 varas y media de largo por 4 y cuarta de ancho y 3 y media de altura hasta el entresuelo, cámara intermedia que servía de granero alto, donde el cereal podía ser almacenado con menos exposición a la humedad, gracias a la mayor circulación relativa de aire. Estaba cubierta con una armadura.
La cuadra o caballeriza de bestias tenía 19 varas y media de largo, 4 de ancho y 2 y cuarta por la parte más baja, la que marcaba la línea del derrame de las aguas. Justificándolos por su anchura, incluso algo menor que en la gañanía, aunque es más probable que desearan enfatizar su longitud, los documentos precisan que en el eje en esta dirección en aquel espacio habían construido con ladrillo tres machos o pilares para sostener los maderos del techo y quitarles el cimbre. Al lado del muro superior estaban adosados los pesebres y en el opuesto estaba habilitada la puerta que daba paso al patio o corral. En la descripción del edificio de 1764 se identifican separadas una caballeriza de caballerías mayores y la caballeriza de burras.
El patio era un espacio descubierto de 21 varas de largo, 8 y media de ancho y 3 y media de altura. Estaba cerrado, excepto por su lado izquierdo, en donde una puerta comunicaba con el pasillo de ingreso desde el exterior.
La segunda pieza interior había sido destinada originalmente a granero bajo, pero con el tiempo fue una agregación a la gañanía. La transformación debió ser consecuencia del incremento de la población laboral radicada en la explotación, compatible con la disminución del producto obtenido por el arrendatario si este, a su vez, hubiera cedido parte de la tierra para que fuera puesta en cultivo por ejemplo por el cuerpo incrementado de los trabajadores directos. Era también un espacio muy amplio, de 20 varas menos un tercio de longitud, 4 y media de ancho y 3 y media de altura por la parte mas baja. Aunque los textos no hacen referencia a él, la documentación gráfica permite deducir que la techumbre de esta pieza también estaba en parte soportada por un potente machón, aún más grueso que los construidos en la cuadra. Estaba situado en su mitad superior, algo desplazado a la izquierda, de modo que simultáneamente dividía el ingreso desde la habitación contigua por ese lado, el tornero, y modificaba la entrada por el lado superior desde el pasillo, a cuya delimitación como espacio cuadrangular de tránsito, a un tiempo comunicado con el ingreso, el patio y este antiguo granero, contribuía.
El tornero o casa de tornas era una habitación de 17 varas y media de longitud, 5 y cuarta de ancho y 2 y media de altura. Estaba cubierto con techo de armadura y era el lugar donde estaba instalada la tahona que menciona el proyecto. En 1750 se le llama el amasijo y en 1764, en relación con la casa de tornas, además de la tahona se mencionan el cuartillo ante la tahona y el portal del horno. La entrada única al edificio desde el exterior llevaba inmediatamente al extremo superior de esta habitación, desde donde a su vez el movimiento era distribuido a las gañanías y el patio, según la posición relativa de los tres puntos cardinales restantes.
La capilla era la prolongación del cuerpo del tornero, así como la sacristía lo era de la segunda gañanía, de las que aisladas quedaban por gruesos muros. La primera tenía unas 12 varas de longitud y 5 y cuarta de anchura, y la segunda 7 varas y media de longitud y 4 y media de ancho. Una y otra estaban comunicadas por una puerta, habilitada en el muro que las separaba al extremo superior, observada desde el lado de la sacristía. El ara de las celebraciones, en el testero de fondo de la capilla, se apoyaba sobre el muro compartido con el tornero.
Al pórtico la documentación lo llama siempre el portalejo, porque efectivamente, para la arquitectura, estaba adosado a la puerta de entrada a la capilla, en el lado menor opuesto al altar o pies del sucinto templo. Tal vez fuera una obra posterior a la primitiva, o decidida después que el proyecto fuera acordado, porque fue ejecutado como edificación anexa al cuerpo de la obra toda. Ocupaba una superficie de 9 varas de largo y 4 y media de longitud, y alcanzaba una altura de 3 varas. Fue un espacio abierto a todas las direcciones de los vientos. Su arquitectura vertical se limitó a la construcción de seis pilares, ordenados en el sentido de la longitud dos a dos; los del testero apoyados sobre el muro del edificio rector, los opuestos triplicados en su volumen para formar el ángulo que delimitara por los laterales y el margen inferior su espacio y los centrales equidistantes de las dos series de los extremos. También fue cubierto con una armadura.
Fue comprometido el promotor de las obras a que se fabricaran de albañilería, carpintería y teja. Excepto para los elementos en los que se menciona el ladrillo, la edificación vertical sería de tapia, mientras que las cubiertas las resolvieron con armaduras de madera de pino de la tierra y de flandes combinados con castaño. Los pares de piernas de las armaduras que cada habitación necesitó los desbastaron a base de madera de flandes, mientras que la carpintería de arnados o nudillos fue resuelta con pino de la tierra o, en ocasiones, con madera de castaño. Para los tirantes que sujetaban por su base los pares los pinos de la tierra o de flandes fueron los preferidos, pero la tablazón habitualmente fue de madera de pino de la tierra, no obstante lo cual para el mismo trabajo a veces fueron utilizadas cañas. En la obra del entresuelo las vigas se hicieron con pino de la tierra y la tablazón de flandes. Para el exterior bastó con tejas, canales y redoblones. La obra fue completada con la carpintería de once puertas de madera corriente, cada una con su correspondiente llave, más las de la capilla y sacristía, cada una de las cuales también tenía su respectiva llave.
Concluida, la obra sería inspeccionada por maestros examinadores de la albañilería y de la carpintería.
El edificio construido, y atendido cuanto en él hubiera que reparar con el transcurso del tiempo, una vez terminado el arrendamiento quedarían en propiedad de la corporación de los clérigos, sin que esta tuviera que pagar algo o descontar de la renta en alguna medida. La universidad además se reservó la posibilidad de visitar cada tres años, mientras viviera el arrendatario, las casas del cortijo con la asistencia de maestros albañiles y carpinteros; visitas que podrían decidir si eran necesarias nuevas obras. Porque cualquier reparación que la edificación necesitara, fuera de obra mayor o menor, se haría a cuenta del arrendatario. Siguiendo estas previsiones, al menos en 1764 fueron acometidas renovaciones que afectaron sobre todo a las cubiertas. Pares, vigas, arnados, tablazón y tirantes fueron renovados donde el estado de la edificación lo necesitaba. Al exterior, hubo que levantar estribos para al menos los muros de cuatro dependencias, así como reforzar sus aristas.
Tan exaltado se sintió por aquellas obras el promotor que además fundó una memoria perpetua en la capilla oratorio del cortijo que había construido. Consistiría en una misa rezada muy de mañana todos los domingos y fiestas de precepto del año, para que la oyeran quienes trabajaran en él y su comarca. El patrono de la memoria sería la universidad y a su satisfacción quedaba obligado uno de los sacerdotes carmelitas descalzos del convento de la orden establecido en la población. Así debía actuar el convento porque así los había decidido el fundador.
Para que encontrara satisfacción en el cumplimento de su obligación canónica, este con aquel fin entregó 18.600 reales a la comunidad de los carmelitas en 1730, año para el que es posible que ya sintiera próxima la muerte. En el primer compromiso quedó a cargo del fundador poner bagaje, así como mantenerlo, para llevar y traer al celebrante, proporcionarle alimento y cama, y a las ceremonias cera, hostias y vino, aunque pensó luego que era más conveniente que el bagaje, los alimento y cama y las hostias, la cera y el vino de la celebración quedaran a cargo del convento. Aceptaron las partes esta cláusula nueva, previa agregación de 3.575 reales a los 18.600 ya comprometidos, con lo que la pensión de la memoria sumó el capital de 22.175 reales, los mismos que el promotor entregó al convento. La fundación de esta nueva obra pía se concluyó en diciembre de 1731, y los 22.175 reales ingresaron en el arca de los principales del convento.
Si esta cantidad, conceptuada como pensión, tal como era preceptivo en los censos consignativos, forma habitual del crédito rural cuando se combinaba con las memorias, fuera el valor de unos intereses, liquidarían de una vez el principal, quizás también los intereses acumulados durante 33 años, que la corporación de los beneficiados hubiera cedido al arrendatario para financiar la construcción de la mampostería del cortijo. Los beneficiados habrían decidido transferir la renta del dinero que hubieran vendido, cuya inversión en realidad capitalizaría un bien suyo, a los carmelitas, según se hacía cuando para las transacciones financieras cruzadas se recurría a la modalidad que en la región las fuentes llaman tributo.
Durante los años siguientes se mantuvo el acuerdo. El fundador y su esposa, durante más de diez, además del convenio, sostuvieron el gravamen sobre los religiosos con toda la magnificencia que les era peculiar, previniendo a todas las incomodidades y gastos derivados del acuerdo.
El cortijo permaneció cedido ininterrumpidamente al mismo arrendatario por el mismo precio hasta 1733, año de su muerte. Entonces lo arrendó la viuda para tres años, y con idéntica frecuencia fue renovando el contrato hasta 1743. Durante aquella década la renta osciló entre 3.500 reales y 12 gallinas más el diezmo y 4.400 reales y 12 gallinas.
Con idéntico celo, a partir de 1738 la capilla del cortijo había sido visitada por la autoridad episcopal, que delegaba la inspección en el vicario de la comarca eclesiástica o en un cura de la población. Las visitas fueron algo tan regular que se conservan al menos 17 actas de ellas que alcanzan hasta 1817.
En la declaración de bienes de hacia 1750 consta que en la capilla del cortijo se celebraba misa los domingos y días festivos, y hasta agosto de 1770 con seguridad la memoria fue atendida por el convento de carmelitas de la población. Pero pasados aquellos casi cuarenta años, los responsables del convento reflexionaron. De los 22.175 reales ingresados como pensión en 1731, en el mejor de los casos solo podían ingresar el 3 %, tal como estaba tasado para los censos por cuya mediación los habían cedido para rentabilzarlos, lo que ascendía a 665 reales y 1 cuartillo al año. Por término medio, los domingos y fiestas del año eran 85, de donde resultaba que no llegaba a 8 reales la remuneración de cada sacrificio, aunque en aquel momento la tarifa para esta clase de celebraciones estaba fijada en 8 reales.
Los gastos necesarios para mantener todo el año una bestia, los alimentos y los utensilios del altar habían crecido mucho en el transcurso de aquellos años. Sumados causaban menoscabo en las subsistencias que la congregación necesitaba. El gasto continuo que originaban sobrepasaba los réditos de la memoria. En estimación letrada, el capital de la fundación no daba ni para la mitad de la congrua.
Los malos pasos entre la población y el cortijo, sobre todo en invierno, y que la misa fuera antes de la aurora, obligaban, para no perjudicar a quien alquilaba la bestia, a que fuera ocupada por dos leguas de ida y otras dos de vuelta, desde la tarde anterior al festivo y hasta mediada la mañana siguiente. En consecuencia, era necesario pagar por su uso para cada uno de las 85 jornadas dos días enteros, lo que sumaban 170 días al año. Esto elevaba el precio anual del alquiler, sin contar el alimento de la bestia, aun estimando el más bajo, a unos 680 reales. Por tanto, les resultaba imprescindible disponer de bagaje propio y mantenerlo. Tener bestia propia significaba incurrir en un costo aún mayor. La frecuencia de la obligación y su atención en exclusiva elevaban el costo, como lo estaban comprobando, a casi 100 ducados. Esto suponía mucho más que los réditos de los 200 ducados o 2.200 reales que tenían destinados a este fin; incluso más que los réditos de todo el capital asignado a la obra por el fundador.
Los religiosos sufrían incomodidades y peligros cuando salían al campo. A fuerza de santa obediencia, debían caminar dos leguas de ida y otras dos de vuelta, por un camino malo y pantanoso en invierno, expuestos sobre una cabalgadura, aun sin práctica en montarla, a cualquier clase de temporal en todas las estaciones; y a pasar una mala noche y peor madrugada. Además de un costo, al convento le resultaba embarazoso mantener siempre en el cortijo una cama adecuada para el religioso que había de acudir, y su alimento era allí dos tercios más caro que en el convento.
También eran gastos dignos de tomarse en cuenta los de cera, hostias y vino. Solo por estos conceptos era necesario emplear cada año más de 1.300 reales, cantidad que casi duplicaba los 665 reales y 1 cuartillo de los réditos.
Había ocurrido además que en el transcurso de aquellos años el convento había tenido la desgracia de perder al menos parte tanto de los réditos como del capital correspondientes a la memoria. De los censos contratados con los 22.175 reales, en 1770 estaban redimidos 200 ducados, que permanecían en el arca de los depósitos del convento. Se daban por perdidos otros 1.375 reales, que habían sido impuestos sobre una finca anteriormente gravada con otros censos, cuyo valor no bastó para la liquidación de toda la deuda. De otros 200 ducados se admitía que eran confusos. Al resto del capital la fuente solo se refiere como mayor cantidad de este convento.
Reconocían por último los carmelitas que la misa se decía tan temprano por iniciativa de los arrendatarios; tanto que precedía a la hora a la que solían levantarse para el trabajo los que estaban ocupados en el cortijo, quienes el día anterior se habían ido a la cama agotados por la fatiga. Muchos trabajadores, incluso del cortijo, toleraban eludir el precepto por no negarse el descanso que necesitaban. De acuerdo con lo que estaba admitido, creían los carmelitas que si no se celebrara misa en el cortijo los trabajadores estarían relevados de acudir a ella por la distancia a la población.
A fines de 1770 los frailes desistieron de este cargo, y la universidad, que era el patrono de la fundación, no encontraba a quién encargarla. Tan defraudado estaba el convento que se declaró dispuesto a restituir íntegramente los fondos de la dotación. No obstante, fue persuadido para que continuara. En un contrato de arrendamiento firmado en 1808 el costo del oficio religioso, en el que aún permanecía la misma comunidad, estaba descargado íntegramente sobre el arrendatario. Afortunadamente la crisis que amenazó con dejar a los trabajadores sin misa había quedado resuelta. El cuidado de las almas laborales se había convertido en un costo del trabajo que, gracias a una obra pía, no modificaba directamente el valor de la renta.
Principios constitucionales
Publicado: mayo 6, 2013 Archivado en: Aquiles Bonardes | Tags: constitución Deja un comentarioAquiles Bonardes
Los poderes, porque los sostiene el ánimo cambiante de las poblaciones, cuya degradación la garantizan los medios legales creados para uniformarlas, afloran hoy y luego quedan abatidos, con la misma inconstancia que cambia el valor de las acciones del banco al que se le han confiado los ahorros, cuyos movimientos están regidos por unas densidades del aire que solo el padre sol, hiriente e inalcanzable, gracias al calor que les infunde decide.
A comienzos del periodo llamado predinástico, aproximadamente contemporáneo del protohistórico mesopotámico, en Egipto cada aldea era autónoma y estaba regida por su jefe. El poder de aquel hombre único se sostenía sobre su reputación como productor de lluvias, suficiente para valerle el respeto de todos y hacerlo estimable a los ojos de sus vecinos, hasta el punto que lo hacía inmune. Tan extraordinaria consideración, que la legislación contemporánea ha mantenido para que de ella se beneficie la aristocracia de los que gobiernan, parecía justa, no obstante proceder de una capacidad tan rara; tan concentrada que hasta podría parecer escasa y poco valiosa, menos aún causa suficiente para otorgar la dignidad más alta a persona alguna. Si era capaz para originar lluvias es que tenía poderes sobre el más remoto de los medios de control del caudal del Nilo. De las lluvias dependía el incremento de aquel soberbio cauce, el que con regularidad cada año debía provocar la inundación que era fuente imprescindible para cualquier forma de vida en el desierto. No es extraordinario, considerado un hombre productor de lluvias donde son escasas, que fuera admitido como soberano único.
El reconocimiento al poder deducido de la capacidad para producir lluvia, hasta tiempos recientes, se ha mantenido en algunas tribus africanas. En una parte de ellas ha sobrevivido una institución similar, conocida gracias a descripciones certeras de viajeros aventurados. Relatos que se refieren a Fachoda, tierra recóndita que tampoco pudo escapar a la guerra, registran prácticas parecidas en algunos de los pueblos colindantes con los aludidos. La antigua institución convive en todas estas poblaciones con el pronóstico del tiempo con tanta naturalidad cuanta el complaciente observador occidental, siempre comprensivo cuando ha puesto de por medio enormes distancias, que cargan en relación directa su presupuesto anual, esté dispuesto a reconocerle. Con excelente criterio, el visitante, se negará a ver la televisión local, lo que le impedirá juzgar sobre la calidad de sus partes meteorológicos.
Con una facilidad que a todos los recién llegados entusiasma, y da confianza y alivio, actuando como verificación reconfortante del acierto cuando se eligió el destino, puede observar el viajero culto, en un lugar inmediato a su hotel, todo lo que del antiguo productor de lluvias queda. A quienes aún encarnan aquellas creencias remotas ya no se les puede admitir en propiedad como reyes, pero tampoco deben ser clasificados en la categoría de brujos; menos aún, a consecuencia de juicios ofuscados, en la de pícaros. De su porte y de la dignidad con que comparecen, debidamente ataviados, hasta del trato que reciben, basado en antiquísimas reglas de cortesía, inexplicablemente supervivientes, se colige su ancestral rango.
Tanto como estimados eran aquellos hombres podían ser denostados, y he aquí lo más sorprendente de cuanto ha sido posible averiguar, gracias a las reliquias que ha salvado la documentación etnográfica sobre aquellas inveteradas costumbres. En algunas de las tribus mencionadas el extraordinario poder de estos soberanos, hasta no hace mucho, era contrapesado con la muerte a manos de los gobernados, si llegara la ocasión en que los súbditos creyeran que la propiedad del hombre singular decaía, como declina la sombra del gnomon, la cabeza del áspid; una crisis que los hechos ponían en evidencia; severa versión de la teoría que justifica la prevalencia del principio de soberanía que hoy rige nuestros estados, y de cuya conquista a tan remotos antepasados, en modo alguno inciviles, hay que reconocer autores.
La crítica no cree brutal o extraordinario este arriesgado juego, porque cualquier clase de aventura de esta clase es arriesgada, y a ninguna le cabe la gradación de la barbarie que sus promotores, para su garantía personal, desearían salvar. A favor de su argumento, como prueba, remiten al orden que rigió un sistema derivado de un principio similar, y aun así sabiamente constituido.
Entre los griegos organizaron un rito, que encarnaba un hombre al que llamaban fármaco, para que representara la impureza o miasma que la ciudad sufría, y de la que había que desprenderse para que el orden público se mantuviera. Lo expulsaban fuera de la comunidad, y en la mayor parte de sus poblaciones era llevado al grado extremo del sacrificio, una manera quirúrgica de necrosar la cápsula contaminante. En Éfeso, ciudad de la Jonia, era lapidado, y su muerte está también documentada para Leucade, donde con el propósito de cumplir con este papel, cuando la crueldad se había protegido bajo el rito, elegían a un condenado, al que finalmente arrojaban al mar durante las fiestas en honor del sanante Apolo.
La relación del rito del fármaco con Apolo los exégetas la han extraído de su faceta terapéutica. Además de terminar con la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieran, las flechas de Apolo tenían otra propiedad, que podían inocular las epidemias que exterminan a los hombres. Por la misma causa, sujeta a su voluntad, que podía difundir cualquier pestilencia, podía remediar los padecimientos humanos. Estaba dentro de sus poderes comportarse tanto de un modo como del contrario. Aquel sentido fue registrado por los relatos sobre la fundación de los templos dedicados a Apolo en Dídima y en Bassai, según los cuales ambos fueron erigidos para que cesara la epidemia que en cada caso agraviaba a sus poblaciones. Por similares razones a las que tuvieron quienes vivían en Dídima y en Bassai, sería naturalizado en Roma a partir del siglo quinto. Ofrecer el fármaco al dios del arco sería en consecuencia satisfacer la detracción por enfermedad de las poblaciones, decisión idéntica a reconocer su poder sobre la salud de estas.
En Abdera y en Massalia, colonias fundadas por griegos, el fármaco era alimentado a expensas de la ciudad durante un año, gasto que no parecía dispendio del presupuesto público, aun en las épocas menos expansivas, porque luego era expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consumaba no era un sacrificio, aunque tuviera como consecuencia la muerte de un hombre, sino un rito de purificación.
En ocasiones, las liturgias a las que era sometido el fármaco eran de crueldad moderada. En Atenas, la mejor de las ciudades griegas, según los relatos clásicos el sacrificio del fármaco no pasaba de una alegoría, tan explícita como estimulante. Durante la celebración de las targelias en honor de Apolo un hombre y una mujer eran flagelados en los genitales, a continuación paseados por la ciudad, tumefactos donde más púrpura aflora, y luego expulsados. El refinamiento ateniense habría derivado la purga a castración simbólica, poniendo al descubierto que en la emigración forzada, por consejo del radicalismo político, podía ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad.
Con el tiempo esta institución política griega, después convertida a elecciones entregadas al sufragio universal, llegó a un estado similar a la del chivo expiatorio, mantenida por algunas culturas orientales, por la cual sobre un animal eran acumuladas todas las faltas de los hombres. Con carga tan abrumadora era enviado al desierto, para que allí muriera sin misericordia y de ese modo desaparecieran con él las faltas de las que era portador.
Entre los germanos antiguos, a decir de las fuentes clásicas, de las que es obligado mencionar, tratando este asunto, por la deuda que por su causa carga sobre las explicaciones, al incomparable Tácito Córnico, hombre estival durante años afincado en el litoral del sur orientado a África; su rey justificaba que solo a él correspondiera el poder porque a él estaba reservado el papel de intermediario entre la comunidad de los hombres y el mundo de los dioses. Así debía ser porque en exclusiva le estaba concedido, antes del comienzo de los tiempos, que en él se concentrara toda la potencia sagrada. En tales términos se había dictado su origen constitucional por quienes entre ellos habían fundado el pensamiento político, juego verbal de cuya tentación nunca pudieron sustraerse los antiguos.
A consecuencia de aquella concesión capital, cumplía con las tareas de sacerdote y sacrificador supremo, de modo que alguno de aquellos cualificados autores, que con tanto provecho y frecuencia pueden leerse, pensando en un hecho similar, conocido para sus lectores, a propósito pudo decir que actuaba para toda la tribu como el padre con su familia. Era costumbre entre los antiguos de occidente, antes que la clase de los sacerdotes redujera cualquier sacrificio a la condición de oficio de su dominio, que fuera el padre de cada familia el responsable de celebrar los misterios, en beneficio de todos sus consanguíneos, sin discriminación de grado o clase de vínculo, incluido todo lo que sobrevenía a un varón a consecuencia de su contrato matrimonial.
Ente los germanos en absoluto no disponía aquel hombre único de poderes soberanos, hasta tomados en cuenta los legislativos. Todos estaban depositados en otro órgano de gobierno, de un antiguo y estricto régimen; una institución colegiada que conseguía actuar como un solo hombre en las ocasiones críticas. A quien había recibido el poder individual exclusivo le bastaba ser la encarnación de la vía directa hacia los dioses para gozar de la plenitud y la inmunidad que la realeza concede a uno solo entre todos. De sus fundamentos podría decirse que eran religiosos, si no fuera porque, como es inevitable cuando con las creencias se organizan iglesias, eran precisamente políticos.
Los linajes reales estaban justificados porque, a quienes habían alcanzado aquella gracia, se les toleraba entroncados con seres superiores. Bastaban afirmaciones sobre la certeza de que tales vínculos existían para que avalada quedara la teoría justificativa del rigor con que era aplicada tan sencilla costumbre, consentida por gente lúcida que prefería guardar silencio porque carecía de argumentos sólidos para contradecir los excesos y la osadía. El monarca solo podía elegirse entre los miembros de familias ya antes apartadas para colmar con seguridad calculada el fin deseado.
De esta justificación derivaba una exigencia compensatoria. Por ser persona sagrada por nacimiento, había que suponerla en condiciones de otorgar el bienestar a sus súbditos, y la prosperidad al territorio que habitaban. Solo pensar en la posibilidad de que no llegara a la satisfacción de lo que se esperaba del ejercicio de su poder era una afrenta a su condición real, que también era divina, y hasta delito de lesa majestad podía ser para la legislación penal más rigurosa. No era insensato ni cruel el control de la Monarquía que de esta exigencia derivaba. Para su rey, quienes estaban sujetos a su autoridad, antes pedían que fuera favorecido por la abundancia que por la victoria.
Lamentablemente no todos los reyes eran agraciados por las circunstancias. Los mejores eran los que vivían en tiempos naturalmente prósperos. El espontáneo ciclo de la vida colmaba a los que bajo su jurisdicción se mantenían activos, y el monarca lucraba los buenos tiempos representando en púbico eficaces sacrificios, subido a una tribuna, rodeado por sus fieles. Tan inequívoco signo de la acción divina veían en esta clase especial de buen gobierno que su recuerdo quedaba perpetuado por el culto que a sus tumbas dedicaban durante generaciones después. Los herederos de quienes habían recibido el beneficio de su mediación eficaz vivían convencidos que favorecían, aun muertos, el lugar en el que estaban, y desde allí alcanzaba todas las tierras y a todas las gentes del país. Así se convertían en genios tutelares de quienes se mantenían vigentes para la vida activa.
Por la misma razón, los años de escasez igualmente recaían sobre desgraciados reyes, abrumándolos. He aquí –memoria mantenida por los textos para que sirviera de ejemplo a la posteridad– el caso del pobre Dómaldi, quien se vio envuelto en una de las más angustiosas tragedias que por estas circunstancias hayan ocurrido.
El rey Dómaldi, heredero de Visbur, su padre, gobernaba Suecia. Ocurrió que al poco de recaer sobre él tan alta responsabilidad la escasez y el hambre se enseñorearon de su país. No era desconocida entre los suecos aquella calamidad, y para afrontarla algunas soluciones ya habían instituido. Según lo que en ocasiones similares se había decidido, como la más prudente medida política que primero convenía tomar optaron por organizar grandes sacrificios. Upsala, población septentrional, aislada y fría, más concentrada porque menor era el número de sus curtidos habitantes, fue el lugar elegido para una celebración solemne. Todos concedían al lugar un gran prestigio, tocante a la comunicación con los dioses, que deben sobrevivir sujetos al capricho de las emergencias. Cuando hubo llegado el siguiente sombrío otoño, allí sacrificaron bueyes para hacerse acreedores de la magnanimidad de quienes decidían por encima de los hombres.
Pero el año que siguió no fue mejor.
No fueron los suecos presa de la impaciencia, aunque por su constitución supieran que sería necesario tomar medidas tales que por su valentía con más probabilidad harían volver al curso deseado la vida.
Siguieron su cauce las estaciones, que persistieron en la esterilidad. Al llegar al segundo oscuro otoño con las despensas vacías, más drásticos puesto que más acobardados, decidieron sacrificar a un hombre. Era el siguiente grado de la oblación prescrita para la crisis. Pero tampoco la consecuencia de tan extrema decisión fue la deseada. El nuevo año incluso tuvo peor comportamiento que el precedente.
Había oficiado en ambos sacrificios Dómaldi, en ejercicio de su alta responsabilidad. De su decisión habían dependido primero la portentosa hecatombe y luego la ofrenda cruel de un hombre en la plenitud de sus días. El efecto inverso que ambos ritos habían tenido puso al descubierto la raíz litúrgica, no tanto del mal como de la crisis política, más grave que la peor de las pestes.
No era un indicio juzgado superficialmente el que a esta explicación los conducía. La misma teoría teológica que estaba en el origen de la justificación del sistema político había deducido, para las extremas circunstancias, que las razones de la adversidad podían ser dos. La más inmediata era atribuible al ejercicio del sacerdocio supremo que al rey le estaba reservado. Alguna falta litúrgica, aun cometida por descuido, podía ser castigada por los dioses del modo más severo.
Pero en aquella ocasión, por efecto del ingenio que la incertidumbre despierta en los mejores pensadores, fue explicado que la ineficacia radical de los ritos, aunque hubieran sido reiterados y recrecidos en intensidad, podía ser consecuencia, no de la falta de pulcritud en las ceremonias, sino de que la persona sobre la que hubiera recaído el derecho a la realeza podía ser inconveniente. En cualquiera de los dos supuestos, de bloqueo constitucional, no había más opción que inmolar al rey.
Fue necesario apelar al supremo oficiante, quien por el momento prefirió mantenerse sordo ante las insistentes y cada vez más directas insinuaciones sobre su probable colapso. Oportunamente algunos habían recordado que aún quedaba el recurso supremo a la asamblea, conscientes de la gravedad de ciertas situaciones, que exige medidas radicales aunque ceñidas a la ley. Gracias a aquella réplica, todavía por algún tiempo pudo el rey, en tan crítico estado, contener la descomposición de su poder.
Llegado el tercer negro otoño, los suecos de nuevo decidieron reunirse en Upsala, más sagrada y más gélida. Esta vez hasta allí llegaron los súbditos en gran número. Hasta los abstencionistas radicales, que habían rehusado en los años anteriores participar en las ceremonias santas, allí estaban. Celebraron ante su monarca la asamblea de los hombres, la que solían reservar para las ocasiones decisivas. Circunspectos fueron los pocos discursos ante ella declamados, corta su duración, escueta la retórica de los oradores. Todos, incluido el propio monarca, sabían de qué se trataba.
Terminada estuvo la junta cuando fue unánime la opinión sobre el origen de la escasez. Decidieron, en consecuencia, que la solución definitiva a sus problemas se consumara en el transcurso de un solemne sacrificio. Estaban convencidos de que así sucedería por fin un buen año.
En el mismo instante en que fue tomada aquella decisión Dómaldi desapareció, como ante los ojos del espectador atónito se evaporaba el cuerpo rebelde de Caryl Chessman. Encarnación del estado, se consideraba inmune y, como es habitual consecuencia a cuya regulación la ley se resiste, no estaba dispuesto a cumplir con el principio constitucional, modalidad de ruptura del ciclo de las instituciones hoy llamada golpe de estado, mucho más antigua que su nombre.
La crisis, como la veda, quedó abierta. Los suecos reunidos en aquella decisiva asamblea se juramentaron para capturar a Dómaldi. Fue buscado por los bosques y en las inmediaciones del lago, en las casas más apartadas, en las grutas ocultas que solo refugio de bestias eran, antes de que fuera dada por concluida la magna reunión. Habían acordado que era necesario matarlo en el mismo lugar donde la trágica decisión se había tomado, para esparcir su sangre sobre el altar que presidía el lugar sagrado y a su alrededor. Pensaban que con aquel rito purgarían la inconveniencia que padecían. Con el sacrificio del rey pretendían hacer desaparecer un personaje cuya existencia había sido reputada contraproducente para la comunidad. Por ser consecuencia de la opinión de la mayoría, era admitido como imperativo contra el que decisión alguna podía ser opuesta.
Finalmente Dómaldi fue encontrado, exhausto y hambriento, las escasas ropas que vestía desgarradas, el rostro hirsuto, solo reconocible por el puente que desde sus ojos la nariz trazaba hasta sus labios.
Detenido y llevado por la fuerza al lugar de los ritos públicos, a diferencia de lo que era habitual entre los suecos cuando se trataba del sacrificio de un hombre común, la ceremonia de la ofrenda del monarca no era seguida por un banquete a costa de su cuerpo. La inmolación de la víctima extraordinaria fue suficiente para cerrar el ciclo de las ceremonias.
Fue limpia la última, acordada entre los que estaban interesados en las consecuencias favorables de la recuperación del equilibrio litúrgico. Como no había necesidad de ensañamiento, mediante la deglución por los súbditos del hombre sacrificado, tampoco había por qué representar una inútil e injustificada venganza, menos aún un rito de acción de gracias ni de cumplimiento de un débito del que los dioses fueran acreedores. Se trataba en exclusiva de un acto constitucional, la abolición de un linaje real que se había mostrado estéril. De antemano, el monarca estaba destinado a la inmolación por justos principios políticos.
Bastó la significativa dispersión de la sangre que el cuerpo del rey había vertido para que fuera consumada. Cuanta potencia pudiera contener, a consecuencia de aquel gesto, quedó pulverizada. Con la muerte del rey culminaba la crisis, más alto no podía dirigirse proyecto de cambio alguno. La expulsión por sacrificio del elemento que impedía el correcto desarrollo de la vida colectiva permitía la renovación de la responsabilidad política. A partir de aquel momento otro linaje reservado para cargar con la realeza debía servir a todos.
Desierto diferido
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Ánderson Bonardes | Tags: agraria, economía Deja un comentarioÁnderson Bonardes
Gracias a los documentos redactados en el momento de la ocupación, es posible saber que el conquistador castellano fue extendiendo en el confín del mediodía occidental un procedimiento original para la creación de suelo agrario, en el que los siglos sucesivos perseveraron.
Las razones de la guerra pudieron ser responsables de la destrucción de una parte del bosque regional hasta entonces superviviente. El ejército que llegaba del norte, según los cronistas relataron, aplicaba con generosidad la táctica de la tierra quemada. No tendría sentido atribuir a esta manera de hostigar, pasada la circunstancia crítica de la contienda, la sucesiva contracción del medio biológico precedente en beneficio del agrícola que servía a los ocupantes. A partir de su éxito actuarían en la dirección económica inversa.
El procedimiento innovador se puede restaurar con tolerable semejanza combinando lo que describen los testimonios escritos con lo que el paisaje rural aún deja ver.
La limitada capacidad de ocupación del espacio adquirido con las armas, consecuencia de una inmigración débil a las siempre inseguras tierras de frontera, y el alto valor relativo de la economía ganadera, dentro de toda la castellana de la época, recomendarían desde el principio la destrucción moderada del bosque, cuyo producto, denominado dehesa, en algunos lugares ha sobrevivido. Al tiempo que permitía el aprovechamiento extensivo de sus pastos, en beneficio del ganado de cualquier clase, consentía un cultivo que podía ser suficiente para poblaciones pequeñas. La fórmula tenía dos ventajas automáticas. El costo de la roturación podía moderarse, puesto que solo era necesario entresacar los árboles para crear un artificio que aún podía denominarse bosque, y la fertilización del espacio cultivado estaba garantizada por la presencia simultánea del ganado. Cualquiera de las dos iniciativas era inversión. Por tanto, capitalizaba una tierra cuya utilidad posteriormente tendría que ocupar un lugar entre las demás productivas.
Es posible saber con certeza, gracias a las iniciativas más tardías, que el principio de la población, en las zonas donde la inseguridad se prolongó, estuvo asociado a la promoción de las dehesas. Para aquellas comunidades el espacio transformado con este procedimiento fue el principio del suyo, que más adelante garantizarían las instituciones municipales. Proceder de esta manera, sobre moderar los costos de la capitalización del suelo, permitiría más adelante manejar a discreción la vida del bosque intervenido, según exigiera el plan acordado por quienes de él se sirvieran; dando preferencia al aprovechamiento ganadero, si de este se obtenía la mejor renta, impulsando la ocupación agrícola si la demanda de su producto era más lucrativa.
Raramente estas decisiones se tomarían en condiciones de equidad. Las roturaciones, necesarias para que una tierra pudiera mantener cultivos, exigieron siempre un importante esfuerzo inversor, incluso si el gasto fue reducido al mínimo por el recurso a la ignición del bosque. Descepar sería una operación inevitable y obligaría a emplear cantidades extraordinarias de energía durante jornadas. Solo si el monte no incluyera árboles resultaría una operación asequible para un inversor modesto. La coacción de la que podía valerse el señorío pudo enmascarar esta capitalización de la tierra. Bastaría con que fuera hecha valiéndose del trabajo debido al que estuvieran obligados quienes vivían a él sujetos a cambio de la radicación. Sería una inversión de ingresos genuina, sin forma intermedia, hasta tal punto transparente que también permite ver que su origen está en el poder señorial, igualmente capaz para imponer tanto su deducción como su traslado a otras formas.
El área ocupada que tuviera ya la mayor concentración humana dispondría de una reserva de bosque menor, porque la mayor densidad de personas obligaba a un aprovechamiento más intenso de las posibilidades del suelo; bajo el supuesto de que era la agricultura la que lo permitía y que su destino primordial era asegurar la alimentación de los hombres. En ella la posibilidad para capitalizar el suelo por medio de la roturación sería menor, su grado de acumulación de esta forma de capital sería más alto. Por esta razón, la fuerza de las armas habría tenido que mediar para que cambiara de manos el trabajo atesorado en el suelo durante los tiempos precedentes. También por esa causa las decisiones que pudieran afectar a la transformación del bosque que aún existiera en aquellos lugares estarían más concentradas en pocas voluntades, puesto que en imponer su dominio sobre ellas se habrían esforzado los inversores en la empresa militar.
Cuanto se conoce de estos comportamientos permite afirmar que este procedimiento se impuso desde aquel momento original para toda la época moderna en toda la región; como permaneció, para el mismo espacio, durante todo ese tiempo, el régimen dominical correspondiente. A las ventajas que tuvo para el origen de la población, que es la premisa más sencilla que permite el análisis, el tiempo, aceptada la constante legal, fue añadiendo otra, un extraordinario grado de fecundidad a su favor. Las tierras que eran pacidas indefinidamente por el ganado acumulaban la mayor cantidad de fertilizante que las técnicas antiguas, que fueron mucho más un orden, resultado tanto de hábitos como de imposiciones, que unos medios, pusieron al alcance de la agricultura. Los animales, gracias a que sus costumbres depositorias se regían por el principio de azar, garantizaban la fecundidad general y homogénea del suelo que hollaban. Tomar como primera decisión entresacar la arboleda, costo que podía reducirse a mínimos de manera discrecional y pausada, y convertir el bosque inducido en hábitat del ganado era, aparte el producto proporcionado por este, de la clase que fuera, una inversión segura a un plazo indefinido. Así se iría manteniendo la reserva más importante de tierra, a un tiempo la más capitalizada por acumulación, margen superior del sistema agrario meridional.
La salida al mercado de todo el capital acumulado en estas tierras, cuando llegaba el momento, fuera oportuno o forzado, arriesgaba también la extinción definitiva del bosque superviviente en ellas, principio de su declive como tesoro de inversiones. Aunque en los términos más generales pueda aceptarse que la roturación irreversible solo tuviera sentido cuando se incrementaba de modo estable la demanda del producto agrícola, tal vez sea muy apresurado creer que el aumento sostenido de esta se nutrió siempre de los factores de una ecuación tan inmediata.
Durante siglos, aun teniendo el espacio íntegramente roturado capacidad sobrada para colmar las necesidades alimenticias de las poblaciones, se prefirió siempre contener cuanto fuera posible esta potencia, para evitar la caída del precio del producto y completar las necesidades de la demanda, en caso necesario, con importaciones masivas de grano, circunstancialmente muy lucrativas. El control sobre el crecimiento del espacio cultivado, gracias a esta manera de actuar, no fue obstáculo para el aumento del tamaño de las comunidades humanas radicadas, en particular en la última fase de la época moderna, interesante asimismo a la agricultura de los cereales porque a la vez permitía la reducción del costo del trabajo; tanto menos cuanto que la combinación de aquel beneficio con este gasto estimularía la evolución del ingreso obtenido por el trabajo a la asíntota del mínimo de subsistencia, su valor óptimo para quienes invirtieran en esta economía. Cuando el titular de los derechos sobre una dehesa decidía ofrecerlos en el mercado, incluyendo la posibilidad de su transformación completa en tierra campa, porque habitualmente lo hacía urgido por sus necesidades de liquidez, causa inmediata de la que se podía esperar una razón para este fenómeno, dado el origen de los dominios sobre la tierra, aspiraba a rentabilizar el extraordinario potencial de fecundidad acumulado en ella. Encomiaba, cuando la ofrecía al mejor postor, este atributo exclusivo, que permitiría cosechas excelentes al menos durante un tiempo; valor que distinguía a su mercancía de las demás, las comunes que se ofrecían en el mercado cotidiano de la compraventa de tierras y que permitía aspirar al mejor precio por cada unidad de superficie.
La ley actuaba a favor de esta posición en el mercado del suelo y de las decisiones que pudieran afectarle. Cualquier dehesa, desde su origen, era un espacio acotado, a salvo de las servidumbres que obligaban a las otras tierras, fundamento de su mayor valor relativo. Si el titular de los derechos sobre ella los poseía como juro de heredad, nada limitaba sus decisiones, cualquiera que fuese la dirección en la que deseara orientarlas; y si estaban limitados por el domino eminente regio, la facultad, arbitrada a discreción por los Consejos, permitía habilitar la puerta de la enajenación del directo. La derrota de mieses podía no afectar si se mantenía como derecho autónomo el cerramiento, y si terminaba alcanzando sería siempre porque la transformación completa se hubiera consumado, y por tanto cubierto el objetivo que con la compraventa se buscaba.
Ninguna cadena biológica era irreversible, y menos las vegetales cuyo secreto el hombre alcanzaba a manipular, salvo que la extinción accidental de alguna especie escapara a su control. Las del bosque inducido a dehesa no se contaban entre estas, y sin embargo aquella formación, en su grado más complejo, nunca se recuperó, antes fue evolucionando a su desaparición de la parte central y más extensa del espacio mencionado, hasta llegar a su pérdida completa en buena parte de la campiña profunda. El resultado de tal combinación de circunstancias fue uno de los desiertos más sorprendentes que puedan reconocerse en el planeta, más sabana que arenal, conocidas con el tiempo las alimañas que lo poblaron. Allí donde la fertilidad del suelo era más alta, en parte como consecuencia de un pasado biológico como el restituido, la población tuvo enormes dificultades para radicarse, si no es que había ido desapareciendo tal como iba contrayéndose el bosque. Simultáneamente, aunque resulte paradójico, aquella parte de la región fue consolidándose como la especializada en la agricultura de los cereales.
Aparte otros efectos, cuyo examen no corresponde al análisis pretendido, el económico que es necesario destacar, en especial para llegar más lejos en la observación de la renta de la tierra, es que con el bosque desapareció la conciencia de la lenta, efectiva e insustituible capitalización del suelo, si es que se deseaba destinarlo a la agricultura, mezcla de roturación con abonado a bajísimos costos durante siglos. No habiendo cepas que arrancar, ni horizonte herbáceo pacido a la sombra de árboles, pareció con el tiempo que la fecundidad del suelo era obra de la naturaleza. Lo que ante sus ojos tuvieran los observadores del paisaje suroccidental ibérico a fines de la época moderna, ya muy emancipado de su ser biológico espontáneo, con más razón pudo estimular la amnesia en las tierras inglesas, patria del pensamiento económico, desde antes abocadas a incrementar el aprovechamiento del suelo por medio de la agricultura. El resultado fue que el núcleo de la primera teoría de la renta de la tierra fue descargado íntegro sobre la estrecha franja de la fecundidad espontánea, impidiendo que el espectro más abierto de los factores de capitalización del suelo agrícola oxigenara la exégesis de los hechos. Tan restringido quedó el punto de vista que contaminó lo que en su momento pretendió ser la primera crítica a aquel cuerpo teórico, hasta el punto que tampoco en este frente fundó doctrina propia.
Es la guerra
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Diomedes del Ponto | Tags: guerra Deja un comentarioDiomedes del Ponto
En la Palestina antigua, el momento de mayor tensión hasta ahora conocido tuvo su origen, antes que en la agresividad de Akenatón, en su actitud pasiva. Dushrata de Mitanni provocó a los hititas avanzando hacia el Tauro, muralla natural de Anatolia. Cuando los hititas replicaron, Akenatón, en aquel momento la persona que encarnaba la tercera potencia regional, no reaccionó, aunque ya era habitual que la tercera fuerza de la zona fuera la decisiva en las desavenencias, puesto que su apoyo a una de las partes enfrentadas rompía cualquier equilibrio que se hubiera pactado, aun a sus espaldas. Akenatón estaba absorbido por los asuntos de su reino y poca atención quiso dirigir a los acontecimientos de Asia.
Al principio, el prestigio de Egipto indujo a quienes ya habían comprometido sus decisiones a una acción con cautela. Pero Mitanni fue destruida por los hititas y su país ocupado por el sur hasta Alepo y Alalaj. Los hititas, aleccionados por la vida en la meseta, eludieron el enfrentamiento directo con Egipto. Prefirieron fomentar, por cuantos medios tenían a su alcance, entre los vasallos que en Asia tenía la potencia africana las intrigas y el sabotaje.
Del poder que entonces los hititas desplegaron en Levante, y de la eficacia de sus métodos de intimidación y agresión indirecta, da idea que las ciudades que hasta entonces se mantenían dentro de la órbita egipcia, faltas del apoyo de su potencia, se vieron precisadas a modificar sus lealtades. Aun así, los aliados y vasallos de Asia que consiguieron mantenerse fieles, todavía una parte importante de la región, dirigieron informes y peticiones de ayuda a Egipto. Por el momento, a pesar del peligro al que estaban expuestos sus intereses, no recibieron la respuesta deseada, y todavía aún más comprometidos pudieron verse.
Hacia 1360 el gran Supiluliumas, rey hitita, torpemente inducido a una lucha dinástica con la casa real mitannia, cruzó las montañas, marchó hacia el sur y en campañas que duraron cinco años sojuzgó toda Siria, e incluso es posible que llegara a conquistar Palestina. Tan enérgicas iniciativas consiguieron acabar definitivamente con el reino de Mitanni.
Entonces Egipto no podía intentar el rescate de su puesto en Asia sin antes haber restaurado el orden interno, una vez pasada la crisis constitucional abierta por el excesivo reinado de Akenatón. Superada, gracias a la feliz iniciativa de Horemheb, Egipto estuvo en condiciones para dar la réplica al expansivo poder hitita. Fue Seti I, faraón entre fines del siglo décimo cuarto y principios del décimo tercero, quien inició la reconquista de las posiciones egipcias en Siria y Palestina. Los sucesivos ensayos fueron por año más eficaces y los avances igualmente acumulados. Sería un exceso describirlos. Baste decir que el nuevo equilibrio fue impuesto en la zona cuando el hijo de Seti I, Ramsés II, faraón cuyo reinado se estima comprendido entre 1290 y 1224, tomó la iniciativa. El alcance y el sentido político de sus acciones militares puede demostrarlos el relato de un encuentro, el que fijó las posiciones de las fuerzas que compitieron por el dominio de la zona, hititas desde el norte, egipcios desde el sur, del modo más decidido.
De nuevo aseguradas sus posiciones en el delta, tanto al norte como al oeste, Ramsés II pudo volverse para afrontar la grave situación que en Asia se había creado. Allí los hititas, bajo la dirección de su rey Muwatalli, otra vez avanzaban sobre Siria, una vez que Seti I los hubiera detenido por algún tiempo.
Por entonces los egipcios habían consolidado su posesión de la costa de Amurru, donde al norte de Beirut desemboca el río que hoy es conocido con el nombre de Nahr-el-Kelb. La línea del curso fluvial era en aquel momento una vía estratégica para los intereses egipcios en la zona porque permitía penetrar en el país desde la costa, y el transporte rápido hacia el interior de los abastecimientos que por el mar llegaban. Gracias a este vector y a su origen, que aseguraba el desembarco, venía sosteniéndose la posición de Egipto en la región.
Mas Ramsés, durante el año quinto de su reinado, decidió afrontar al enemigo del norte de un modo más decidido, porque la presencia hitita en las proximidades de los territorios que eran de su interés por días era amenazante. Partiendo de la fortaleza fronteriza de Tjel, marchó por tierra, con un ejército integrado por unos veinte mil hombres, en dirección a Siria.
Avanzaba el ejército egipcio hacia el norte organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Amón, Re, Ptah y Seth. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Ramsés, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por Palestina. Subió por la ruta próxima a la costa y, a través del Líbano, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Orontes, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad de Kadesh, aliada entonces de los hititas.
Al campamento que había instalado al alcanzar el río llegaron dos beduinos, quienes declararon ser desertores del ejército hitita, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al norte, cerca de Alepo. Juzgando por aquella información, decidió entonces Ramsés cruzar el Orontes desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra los hititas marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí.
Eligió Shabtuna, la actual Ribleh, como lugar adecuado para atravesar el río e idóneo para instalar su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Amón atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Re a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al sur, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda cada vez más próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
Pasado el Orontes por la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de Kadesh. Estaba el faraón aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías hititas en las proximidades del campamento egipcio. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por todo Asia Menor, el rey hitita lo había concentrado al otro lado de Kadesh, al nordeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Ramsés ordenara.
Reprendió severamente el rey egipcio a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió al visir y a otro mensajero, en veloces carros subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas egipcias. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas hititas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los egipcios, y de esta manera cortaron la llegada de la división Re, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del hitita que estuviera.
Observaba Ramsés desde el alto elegido para dirigir los movimientos de las tropas las acosadas y las enemigas, ya subido en su carro de combate y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. La división Re estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el faraón guardaba. De súbito, Ramsés se precipitó en la desigual batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Ramsés mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante el combate. Frente a ellos se batían dos mil quinientos carros hititas, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento egipcio a causa de esta precipitada acción, detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó aquel a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo de su saqueo. Un inesperado contingente de reclutas egipcios, procedente del noroeste, de la costa de Amurru, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los hititas habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.
La lucha abierta en la llanura se prolongó durante varias horas, y la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de carros enfrentados. Finalmente los egipcios vencieron. Los hititas que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Orontes, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos carros que la batalla habían iniciado, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.
Su rey Muwatalli contemplaba la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros hititas que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de tales héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas egipcias no fueron menos graves, mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Ramsés, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.
Kadesh no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Esta vez Ramsés prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas. Deseaba entonces de su enemigo la derrota completa.
A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso se fue imponiendo implacable el ejército egipcio, acción tras acción, hasta que el rey hitita decidió detener el derramamiento de sangre y envió al faraón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.
Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo, para reordenar el grueso de los combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente del territorio de Amurru, aun cuando el egipcio lo hubiera atravesado inopinadamente y considerase aquel país excelente retaguardia. Los generales egipcios, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad de las demandas de Muwatalli. Ramsés, al recibirlas, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde el campo enemigo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los hititas, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Ramsés con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Egipto.
No fue aquella la paz definitiva, sino una tregua. Durante los años sucesivos se reprodujeron los enfrentamientos entre el ejército hitita y el egipcio en la parte de Asia por la que entonces habían dirimido, aunque en ninguno de los casos conocidos la lucha alcanzó la grandeza de aquel combate a orillas del Orontes, que en lo sucesivo los siglos conocerían como la batalla de Kadesh, aunque de nuevo fuera el propio Ramsés quien la condujera.
Al frente de sus tropas, más tarde lucharía contra Dapur, ciudad de hititas próxima a Tunip, probablemente de la tierra de Amurru, a medio camino entre Kadesh y Alepo. Debió ocurrir este enfrentamiento durante el año octavo de su reinado. Entonces de nuevo dio sus habituales muestras de valor excepcional porque no se vistió su armadura hasta pasadas dos horas de combate. Aquel mismo año también sostuvo enfrentamientos contra ciudades más meridionales de la misma región, entre ellas Caná de Galilea. Habían pasado tres años desde la batalla de Kadesh y aún había guerra en el norte de Palestina.
El tratado de paz definitivo entre hititas y egipcios, que pondría fin y fronteras estables a los enfrentamientos por el dominio del Asia próxima, fue también una obra ejecutada durante el reinado de Ramsés II, porque los hombres grandes para la guerra, que no cierran los ojos cuando ante ellos pasa la muerte, son los más sólidos garantes de la paz. Llegó, como un fruto que hubiera necesitado muchas estaciones para madurar, durante su vigésimo primer año.
Reinaba ya entre los hititas Khatushili III, una vez que se hubiera consumado el tiempo del valeroso Muwatalli y aun entre ambos hubiera reinado Murshili III. Decidió Khatushili, cuando ya vivía los días de su poder, enviar mensajeros ante el faraón. Eran portadores de una tableta de plata con un texto para tratado escrito con cuneiforme en la lengua franca de aquellos tiempos. Tan egregia presentación era la que consideraba digna del beneficio de la paz largamente buscado. En realidad su texto ya había sido aceptado por ambas partes. En él Ramsés II y Khatushili III recordaban que, a pesar de haber celebrado una concordia anterior, no había sido posible evitar la reciente guerra. Como aquella paz no fuera garantía contra el derramamiento de sangre, declaraban que el nuevo tratado la aseguraría para el tiempo que vivieran y para el porvenir. La premisa que juzgaban necesaria para que fuera erigida sobre bases duraderas era la renuncia por uno y otro firmante a cualquier conquista territorial en lo sucesivo. Además, para anudarla con más fuerza, se prometían mutua ayuda frente a enemigos exteriores y recíproca extradición de refugiados y exiliados políticos. Y, como en la alta antigüedad para los reyes no era inmoral desear el mal, además quedaron escritas maldiciones contra cualquiera que violare el tratado, bendiciones para el que lo respetare y varios dioses, así hititas como egipcios, convocados como testigos del pacto celebrado.
No constan en el texto del tratado las fronteras acordadas, lo que no debe interpretarse como presagio de la fragilidad de una amistad a tan alto grado llevada, con tan legítima complacencia proclamada. Palestina no era el objeto de la disputa porque desde tiempo atrás estaba en manos egipcias. La incertidumbre se cierne como sombra sobre el mapa de Siria, territorio en el que en consecuencia no es posible marcar hasta dónde había alcanzado el poder de los norteafricanos.
El tratado de paz fue ratificado trece años después de su primitiva firma. Consistió la corroboración en que el rey hitita envió a Ramsés III su hija mayor, ya avanzada la edad provecta del faraón, para que hiciera la gracia de convertirla en su esposa. Era el más preciado de los presentes que una larga comitiva, colmada de regalos, llevaba desde Hati hasta Egipto. Y, todavía algo después, también la hermana más joven de la princesa hitita fue hasta Egipto a la vanguardia de otra carga de presentes.
Tal vez los hechos de Ramsés, así como las decisiones de las que se beneficiaron quienes le sucedieron en el primer trono de África, merezcan el reconocimiento más alto, el que a los héroes tributa la épica. No es probable que en la primera antigüedad puedan encontrarse circunstancias, personas y gestos tan dignos de encomio, ni incluso tomando distancia, permitiendo que bajo el objetivo queden otros seres y otras épocas. Tan grande, extenso y digno de estima es el relato que de la batalla de Kadesh y sus consecuencias ha persistido.
Holocausto
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Cosme Pettigrew | Tags: constitución Deja un comentarioCosme Pettigrew
Cruel versión de la egersis, el sacrificio de niños al dios que los fenicios adoraban se naturalizó en occidente. El siglo cuarto debió ser el del triunfo de la bárbara costumbre, también el que conociera su práctica más viciada.
Tal como ocurriera entre los fenicios, los ciudadanos de Cartago se habrían impuesto la costumbre de ofrecer en sacrificio hijos de las familias más nobles antes que alcanzaran la pubertad. Era su deseo preservar como patrimonio de la aristocracia un acto que adquiría enorme relevancia pública gracias a su monstruosidad.
Hasta el comienzo de aquel siglo la costumbre se había consolidado y sobrevivía como un deber, pero en su transcurso el legado recibido de los antepasados debió entrar en decadencia y, en vez de extinguirse, degeneró. Las familias que no tenían hijos, y que sin embargo inopinadamente se creían obligadas a cumplir con el deber del sacrificio, compraban recién nacidos para destinarlos a tal fin.
Aún fue posible alcanzar un grado más alto de perversión. Se convirtió en un hábito que las principales familias de la ciudad a las más necesitadas les compraran algunos de sus hijos, para que suplantaran a quienes de aquellas estuvieran destinados a consumirse. Cuando los adquirían, durante un tiempo los alimentaban, para que a la vista de la grey urbana representaran dignamente el papel de víctimas para el que habían sido reservados.
Refiriéndose al rito al que los niños vicarios eran sometidos, añaden las fuentes que seguía habiendo una parte de la ceremonia que consistía en degollarlos, acto en cuyo transcurso a la madre que a cada cual había dado vida se le permitía estar presente. Si tomaba esta decisión, incurría en dos obligaciones, permanecer cerca de su hijo cuando la ofrenda iba a ser completada al tiempo que contenía sus lágrimas y gemidos. Justifican los autores antiguos el segundo deber con la necesidad de no poner sobre aviso de lo que por último ocurriría a la criatura que iba a ser sacrificada, para que fuera conducida al ara ignorante de su destino.
La cadena de crueldades alcanzaba el deleite en el dolor imponiendo otra condición a la madre del sacrificado. Si, por incapacidad para contener sus sentimientos, derramaba alguna lágrima, o gemía alguna vez, quedaba públicamente deshonrada, y además perdía el dinero que por su infame venta debía percibir. La deshonra era el pago a una promesa incumplida, que tendría que haberse formalizado antes del comienzo de la ceremonia; el impago de la transacción, la respuesta a la infidelidad al mismo contrato, previsor de las exigencias rituales. Incluiría, además de las condiciones que explícitamente se mencionan, una cláusula según la cual el pago del hijo vendido no se efectuaría hasta que la inmolación no se hubiera consumado. Asimismo, estaría previsto que incurrir en el incumplimiento de las condiciones prescritas no extinguiría en el mismo instante el efecto del acuerdo. Lo que había sido previsto seguía su curso y el niño vicario, aun admitiendo la contravención de las condiciones, debía ser sacrificado.
Tan corruptas maneras de proceder fueron las responsables de que a fines de aquel turbulento siglo al rito del sacrificio infantil los ciudadanos de Cartago aplicaran una brutal corrección. Circunstancias políticas encadenadas, y no iniciativas civiles, condujeron al exceso lo que hasta entonces solo había llegado a la degeneración. La mayor responsabilidad, en la excitación morbosa del sacrificio de los niños, correspondió a los acontecimientos de 310, cuando Cartago llegó a ser asediada por Agatocles, el tirano de Siracusa, en Sicilia, la isla donde empezaba para los cartagineses la parte europea de su imperio transcontinental. A consecuencia de la iniciativa de Agatocles por primera vez Cartago llegó a temer por su existencia como república independiente.
El miedo provocado por un enemigo acampado ante los muros de la ciudad, a la vista y casi tangible, los condujo a incurrir en una superstición similar a la que había paralizado al ejército que un siglo antes cercara Agrigento. La adversidad era tan abrumadora que los cartagineses prefirieron convencerse de que estaban siendo víctimas de un castigo. Sufrían el pago que merecían por no haber cumplido con un deber que había sido prescrito por sus mayores. El dios al que los sacrificios de niños eran ofrecidos estaba indignado con ellos porque una antigua obligación, que fueran hijos de familias nobles los entregados al holocausto, a lo que estaban comprometidas por su condición, había sido relegada. La respuesta del dios a la falta de escrúpulos había sido ignorar a quienes no lo atendían según exigía su rango.
Aquellas inquietudes convocaron a los ciudadanos de Cartago para que se constituyeran, tal como tenían prescrito, cuando habían de enfrentarse a una crisis, y con las formalidades requeridas por el respeto a las instituciones.
Mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas. Hacía mucho que al dios de la metrópoli no enviaban, tal como antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. Como reconocimiento, en los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia.
Celebrado su consejo, decidieron que había llegado el momento de reconciliarse con el dios de las grandes exigencias. Transfirieron su poder a una comisión constituida para el caso, cuyo principal encargo hubo de ser restaurar el ritual de las extraordinarias ofrendas con la mayor pulcritud litúrgica. La comisión empezó por averiguar el estado al que en aquel momento había llegado la práctica de los antiguos ritos. Fue entonces cuando quedó reconocido de manera oficial que los recursos viciados se habían extendido entre quienes estaban obligados por las prescripciones tradicionales, que era frecuente entre ellos que fueran sacrificadas víctimas vicarias.
La expiación de las culpas empezó por la propagación pública del vicio adquirido, aunque todos supieran de su existencia. Además, los comisionados corroboraron que aquel era motivo suficiente para que les hubiera ignorado el dios que merecía que la vida apenas comenzada le fuera ofrecida, e incluso para que se sintiera insultado y se comportara con los cartagineses como un enemigo. Era necesario reaccionar de manera drástica, el dios que los rechazaba ahora tenía que renovar sus favores. Para atraérselo, no solo debía ser rescatado el rito, ateniéndose a los antiguos principios de su promoción pública, sino que, como reconocimiento a su inabarcable grandeza, el rescate de la debida pulcritud ritual tenía que ser solemnizado con una ofrenda de magnitud desconocida.
El peso del estado cayó sobre quienes la tradición había convertido en deudores del dios. La autoridad, urgida por salir al paso de lo que quienes habían examinado el caso habían sentenciado como falta grave, se mostró exigente. Ella sería la que esta vez sorteara, entre los descendientes de las casas de la aristocracia, una selección de doscientos niños, para que en aquel delicado instante fueran ofrendados en representación del estado. Por azar querían transferir a quienes disponían de los derechos políticos la responsabilidad de contribuir, sacrificándose, a que sobrevivieran.
Como la sujeción a un número es tan rígida como injusta, quienes también recibían del estado su beneficio, y se habían visto excluidos de la purga por obra del azar, sintiéndose tan concernidos como los que habían sido estigmatizados por la ciega justicia, se apresuraron a manifestar su mejor disposición a satisfacer también las recompensas con que fuera necesario calmar al dios. Espontáneamente, sin que nadie lo exigiera, hasta trescientas familias más comprometieron sus hijos, para que igualmente fueran inmolados en aquella excepcional ocasión. Actuaban de aquel modo no solo por solidaridad constitucional, sino también porque la opinión de sus convecinos, que en las repúblicas tiene tanto poder como en las monarquías, los forzó a sentirse tan responsables de aquel estado de indiferencia con el que el dios los castigaba como los que ya habían sido alcanzados por el sacrificio. La negra sombra del vicio, en el que por sustitución de las víctimas habían incurrido todos, parecería más onerosa a quienes habían sido favorecidos por la fortuna.
También algunos inconscientes, de familias no obligadas constitucionalmente a hacer la cruel ofrenda, se sentirían estúpidamente conmovidos, y ofrecieran voluntariamente sus descendientes para que fueran sumados al colosal holocausto. Suele ocurrir que los comportamientos aristocráticos arrastren, a consecuencia de un incontenible deseo de equipararse a quienes los personifican, a quienes viven condenados al anonimato.
Para cuando las celebraciones estaban corrompidas por el sacrificio vicario, habían maquinado en Cartago un gigantesco ingenio torturador, convencidos de que el tamaño era suficiente para disuadir a las almas gregarias de la grandeza del acontecimiento, tal como ocurre en la ópera, donde la magnitud de los decorados y el despliegue de figurantes son bastantes para convencer a los espectadores ocasionales de la grandeza de la representación. Habían fundido en bronce una imagen del dios cruel en dimensiones colosales. Lo representaba con los brazos flexionados, con sus antebrazos dirigidos hacia quien la contemplara de frente. En beneficio de su sanguinario destino los dotaron de un sencillo mecanismo. Terminados en unas manos abiertas con las palmas hacia arriba, sobre ellas era depositada cada víctima cuando se iba a ejecutar el holocausto. Activando la palanca prevista, el par de manos cedía en declive y el niño rodaba justo hasta la vertical donde habían excavado un pozo, en cuyo fondo, con ocasión de los ritos, hacía las veces de horno incinerador un gigantesco brasero ardiente. Así la victima caía en el fuego y el sacrificio se consumaba.
La ocasión que las circunstancias de 310 ofrecían era excepcional para hacer del sobrecogedor aparato el más afortunado uso que los siglos de Cartago conocieran. Con los designados por el estado, más los que por sí mismas habían aportado otras familias, estuvieran o no obligadas a ello, fue convocado el mayor holocausto de niños de los que haya memoria.
Se decidió que la celebración fuera abierta y a ella acudió la parte de los habitantes de la ciudad referida como pueblo en las fuentes, porción no comprometida con el sacrificio en el sentido activo, que podía creerse víctima de la desatención de la que había sido objeto el dios de las supremas renuncias. No sería erróneo pensar, porque también pudo ser una condición, que al menos una parte de esta masa fuera entusiasta receptora de los espectáculos cruentos, sensibilidad que en los tiempos antiguos sorprendía a los hombres antes de que su conciencia fuera alertada por alguna calificación moral de los actos que presenciaban, y que los transportaba hasta la simpatía con el torturador.
La ceremonia estuvo bajo la responsabilidad directa de al menos un sacerdote celebrante. Tal como había llegado a ser habitual, los niños que habían sido admitidos al sacrificio fueron posados sobre las manos del gigantesco dios, por ellas rodaron hasta caer en el pozo que debajo habían previsto. Allí se fueron consumiendo sobre las maderas que ardían en la hoguera dispuesta para la ocasión, también de excepcionales proporciones.
Relatan quienes aparentan ser privilegiados espectadores de aquella singular hecatombe que los niños, tal como eran llevados al lugar donde su existencia tendría que terminar, gritaban y lloraban. Sus conmovidos padres los acariciaban y besaban y se esforzaban por acallar tan desgarradoras manifestaciones de dolor. Pretendían así evitar que la criatura alcanzara presa del llanto el momento climácico del sacrificio, puesto que, tal como había quedado establecido, semejante actitud era motivo de la deshonra. Los organizadores del acto, a quienes no parecería adecuado que las expresiones de las víctimas llegaran hasta quienes asistían a la ceremonia como espectadores, ya habían acordado que ningún consuelo bastara para contener la desesperación de quienes iban camino de la muerte. Para sobrepasar cualquier lamento, se había reunido en las inmediaciones de la colosal estatua una elemental orquesta, con cuyos sonidos, creados por flautas de pocos orificios e instrumentos de percusión, quedaba colmado el aire.
A consecuencia de la violenta pérdida de humedad que las llamas provocaban, los cuerpos de los niños se contraían. El efecto de la radical desecación resultaba sobrecogedor. Al rostro de los sacrificados la mandíbula inferior se le desprendía, provocando aquella clase de expresión que desde la antigüedad, y a este propósito, con cruel ironía fue conocida como risa sardónica. Con el peculiar sentido etimológico que afecta a tantas explicaciones antiguas, los escoliastas añaden que el adjetivo estaba justificado porque de Cerdeña era nativa una planta letal cuya ingestión provocaba convulsiones que ascendían hasta el rostro de la víctima, que moría separando cuanto es posible las mandíbulas. La boca expresaba una rígida y escalofriante mueca, solo semejante a la sonrisa sardónica en la tensión de los músculos del rostro.
Siendo ya excesivo lo que hasta aquí se habían concedido, ahí no terminó lo que las fuentes amplificaron sobre aquella desconcertante imagen. Para algunos de nuestros informadores de ahí habría derivado luego una fabulosa especie, que también durante la antigüedad ya circuló: que las víctimas de aquellos sacrificios morían riendo. Los más escépticos, que prefirieron no creer tan brutal inversión de los términos, optaron por contar que los niños, ya cuando eran conducidos al sacrificio, cubrían su rostro con una máscara, similar a la que usaban los actores en el teatro, que representaba una cara en la que se había dibujado una sonrisa arcaica.
Las fuentes que informan sobre aquel magno sacrificio todavía proporcionan un detalle ritual que no puede ser asociado a los anteriores, ni valorado de la misma manera. Dicen que los niños, cuando se precipitaban a la hoguera que en el pozo ardía, ya no estaban vivos. Antes, el sacerdote celebrante, bajo cuya suprema responsabilidad había quedado la ejecución de toda la ceremonia, valiéndose de algún procedimiento que no era percibido por los asistentes, les iba dando la muerte.
Carezco de medios para saber si se trató de una novedad adoptada para la ocasión, o si fue la manifestación del respeto a uno de los principios litúrgicos que en origen regían la celebración. Que se tratara de un gesto que escapaba a la atención de los espectadores permite sospechar lo primero. Hasta aquí los textos no mencionaban nada parecido, ni siquiera insinuaban algo que permitiera pensar que la víctima era inmolada una vez muerta. La lectura de los que hacen referencia a la práctica regular del rito en los tiempos precedentes induce a interpretar que las víctimas llegaban vivas al sacrificio. Se podría concluir que la mención explícita de este detalle, tratándose de la memorable ocasión, es la prueba de una concesión final que, desde el mayor de los rigores, impuesto con el propósito de extremar los beneficios del acto, se hizo a la masiva y hasta espontánea disposición favorable al sacrificio de los ciudadanos de Cartago.
Tanta fue que con bastante probabilidad, en su transcurso, llegó el instante en el que alguien juzgó desproporcionado el número de aspirantes a la muerte. Para cuidar de la pulcritud litúrgica que la ocasión exigía, tal como desde el principio la autoridad pública se había impuesto, únicamente fueron admitidos a la inmolación los más señalados descendientes de las familias significadas de Cartago, tanto por razón de estirpe como porque hasta las más altas posiciones los hubiera elevado el poder por ellas acopiado. Así se había procedido cuando eran respetadas las reglas del sacrificio y así debía hacerse ahora. Los ciudadanos se habían mostrado particularmente exigentes a este propósito, porque el principio de restauración de las formas debidas al reconocimiento de la divinidad que se pudieran rescatar, ateniéndose a la tradición, la superstición común los había convertido en un talismán. También porque de esta manera se esperaba sobrepasar el momento de dificultad que la ciudad vivía, liberarla del enemigo que la asediaba y ganar para ella de nuevo la tranquilidad. Pesaban tanto los criterios políticos en aquella decisión que tuvieron preferencia sobre cualquier otro valor que al acto se pudiera otorgar. No todas las víctimas espontáneas fueron admitidas y resultó que la cifra de niños sacrificados en aquella ocasión, que nunca antes los siglos habían conocido, ni aun después podrían conocer, alcanzó los quinientos, verosímil como magnitud porque el resultado de un plan promovido desde el estado fue.
Anexo a la teoria de las migraciones
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Recopilador | Tags: migraciones Deja un comentarioRecopilador
Era un hecho sumamente característico de las zonas de poblamiento indoeuropeo, donde los ritos de iniciación de los jóvenes guerreros eran frecuentes, que un grupo de jóvenes, que a sí mismos se identificaban como lobos, fuera separado de la comunidad, y que a su vez los segregados organizaran una fraternidad guerrera. En los mismos grupos también los fugitivos, los exiliados y los proscritos a causa de sus hábitos inciviles fueron asemejados a lobos. Tales tipos, y los símbolos que retenían las ideas que los explicaban, con el tiempo anudaron un lazo entre ellos, seres marginales, y los guerreros antiguos que evolucionó a identidad, como con el tiempo ocurrió con la legión extranjera de los colonizadores europeos en las tierras de otros continentes. Incluso es probable que aquel nexo diera origen a una forma recíproca, de manera que representar la condición de fugitivo, exiliado o proscrito pudo allanar el acceso a las iniciaciones rituales que daban crédito para el ingreso en las cofradías secretas de guerreros.
En la península ibérica, en plena antigüedad, tuvo que existir esta clase de fraternidades justificadas por la iniciación en la guerra. Se han recuperado testimonios figurados que avalan la posibilidad, unos en verdad imprecisos pero otros razonablemente directos. De Levante procede la imagen de un guerrero que lleva un pectoral adornado con una máscara de lobo, y la cabeza de un lobo adorna un escudo de Minerva hallado en el mismo litoral bastante más al norte. El rostro del lobo es el tema principal de los bronces procedentes del cerro de Máquiz, modesta eminencia localizada en Mengíbar, un pueblo en la actual provincia de Jaén, que documentan el uso del rostro del lobo como una máscara que cubría la faz de los efebos.
Del área de la península que habitualmente se relaciona con la cultura indoeuropea proceden testimonios que hablan en favor de la misma posibilidad. En una jarra hallada en el centro de la zona celtibérica aparece una cabeza humana cubierta con la piel de un animal que probablemente sea un lobo, y en una estela hallada en un lugar de la costa norte figura un guerrero también bajo la piel de un lobo. A causa de aquella simbólica investidura los combatientes figurarían haberse transformado en este animal.
Parece pues probable que en la península ibérica, antes de que los romanos la ocuparan, una vez que se sabían insuperables en occidente, el lobo fuera un símbolo que identificaba a los jóvenes guerreros. Al menos, entre una parte de los hispanos anteriores a la conquista debió naturalizarse la costumbre de presentarse con apariencia de lobo. Algunos defienden que este signo externo aspiraba a manifestar que quienes así actuaban en público estaban bajo protección divina.
Pero también es posible que la identidad entre guerrero y población marginada, en algunas zonas al menos, llegara algo más lejos. Entre lusitanos y celtíberos, que vivían ahora acosando a las tropas romanas ahora llevando sus rapiñas a donde mayor riqueza había, se mantuvieron primitivas asociaciones de jóvenes que se comportaban como lobos, se vistieran o no con la piel de este animal, no exactamente con fines bélicos. Las noticias antiguas sobre el bandolerismo y el latrocinio lusitano, tantas veces explicadas invocando la pobreza de quienes los practicaban, también podrían justificarse como actos de iniciación de los jóvenes, tal como era habitual entre las hermandades guerreras de los grupos indoeuropeos, para que con la experiencia que adquirieran en aquellas agresivas actividades ganaran en la combatividad que necesitaban para mantenerse aptos en un medio hostil. Así una parte de las fuentes de la conquista romana presenta a quienes quedaban al margen de sus poblaciones. Además, hay otras pruebas que indican que los jóvenes lusitanos, cuando vivían de la rapiña, se sometían a cierta ordalía de iniciación, una de cuyas facetas era la imitación de los lobos. Son citadas con reiteración y coinciden en considerarlos vinculados con el mismo sanguinario animal.
Probablemente, de esta vertiente de los ritos de identificación con el lobo derivó que con medios similares fuera sacralizada la emigración. La segregación ritual de los jóvenes lobos, sumamente característica de las zonas de poblamiento indoeuropeo, como similar en determinados elementos al ver sacrum civilizado, también ha sido documentada como una evocación de las causas de la migración errática en los territorios extremos. Tanto los celtíberos como los lusitanos que emigraban de sus comunidades y buscaban nuevas tierras donde vivir, o que simplemente huían como fugitivos en busca de otro lugar donde asentarse, se comportaban como lobos, eran llamados lobos o se encontraban bajo la protección de un dios lobo; lo que explicaría que se difundiera desde los antiguos la creencia en la licantropía, la cual sin embargo llegaría a ser solo un rito de imitación del aspecto exterior de aquellos animales y de sus comportamientos, porque su finalidad, en el momento en que permiten conocerla las fuentes invocadas, está lejos de ser agresiva y es exclusivamente alegórica.
Tras el tópico de la licantropía hispana parece haber una referencia al comportamiento al margen de la civilización, que sin embargo se consuma como origen de nuevas poblaciones. Fugitivos, exiliados y proscritos, que pudieron elegir estas desviaciones, serían asimilados a un lobo porque quien se vestía con la piel de tal animal pretendía hacer evidente su deseo de quedar relevado de las costumbres y obligaciones que a los hombres los mantiene solidarios. Con este símbolo se cerraría un ciclo iniciado como consecuencia de la expulsión de miembros excedentes de una comunidad, indicio reconocible en las pretensiones de licantropía, y la creación de nuevas poblaciones.
Según cierta teoría, que sea usado el nombre de un animal para denominar a un pueblo es indicio seguro de significado religioso, por la misma razón que en las características privativas de cada tipo irracional los egipcios más antiguos creyeron ver fuerzas sobrenaturales a las que se rindieron. Se explicaría este hecho porque sus conceptos religiosos serían tan primitivos que de aquella manera encontrarían una alegoría acertada. Así, la tribu hispana de los saefes, que era un grupo étnico que tenía a la serpiente como figura evocadora de la protección que para ellos deseaban; la cual pudo cargar también con el papel de epónimo, porque saeph es una raíz, común a determinadas lenguas del continente, cuyo significado es serpiente. Es una teoría más convincente que la similar que explica la presencia de animales en el ver sacrum civilizado.
Por la misma razón no habría inconveniente en suponer que un pueblo hubiera tomado su nombre de un dios que en su opinión se hubiera manifestado bajo la forma de un lobo, o de un ancestro mítico igualmente licomorfo. En las monedas de una antigua ceca del noreste de la península era representado el lobo, en opinión de los exégetas a consecuencia de que también su condición era la de tótem. De Ilteraka, un lugar sin localización definitiva pero que con seguridad estaba cercano a Mengíbar, procede una moneda en cuyo reverso también aparece representado el lobo. De ambos casos se deduce que este animal pudo ser indicativo del origen de sus respectivas poblaciones, y que tal forma de poblar pudo ser frecuente en el área oriental de la península.
La asociación del lobo a los excedentes de las poblaciones no es un fenómeno exclusivamente hispano. Con acierto ha sido señalada la relación etimológica que hay entre los dacios y los lobos. Similares a otros pueblos indoeuropeos también en este rasgo, pudieron conocer las cofradías de guerreros que se transformaban en animales salvajes para estimular su capacidad de agresión. La creencia en la inmortalidad que por esta causa admitían, porque previamente, como ocurría entre germanos, vinculaban el disfrute del mejor más allá a la muerte en combate, además de aumentar el coraje en la guerra debió actuar en favor de la asimilación al lobo. Una fraternidad guerrera pudo estar en el origen de los dacios mismos, consecuencia de la escisión de un grupo de jóvenes sedicentes lobos.
En Irán existían ciertas sociedades secretas, que pervivieron hasta época parta en el noroeste de la región y en Armenia, compuestas por jóvenes guerreros y militares pertenecientes a la nobleza, a cuyos miembros se les llamaba lobos. Veneraban a un héroe debelador de dragones, conocido como Garsap, también mencionado en los ritos mitológicos del año nuevo de aquella región, cuyos patronos eran Mitra y Vayu. Los miembros de estas sociedades se dedicaban a cultos muy excéntricos. Reconocían como deidad a la tierra, se entregaban a ritos de fecundidad y se abandonaban al éxtasis, lo que los arrastraba a una vida tan licenciosa que más tarde sería condenada por los seguidores de Zaratustra. Además sembraban el terror en la región. Hacían ostentación del pánico que despertaban utilizando como emblemas el dragón y el lobo, y adoptando el negro como color de su armadura y de sus vestidos. Pero también era privativo de esta peculiar confraternidad celebrar holocaustos que estaban relacionados con los ritos de fundación de una ciudad, durante los que se deleitaban en la ofrenda de víctimas humanas. Conmemoraban así que Garsap, el fundador de la ciudad de Sistan, sacrificó tres mil prisioneros tomados en la batalla de Kabul porque había votado que si fundaba la ciudad mezclaría la sangre con la tierra.
La trágica confusión del principio de las poblaciones con la versión de sangre humana, que comportamientos como estos justificaron, alcanzó probablemente también a la península ibérica. Un depósito de exvotos de gran importancia, de hacia el siglo octavo antes de la era, fue hallado al otro lado de la frontera occidental de las tierras para las que se pretendió la población a principios del siglo décimo cuarto posterior, a un tiempo patrocinada por la guerra y por el comercio del trigo. Estaba contenido en una fosa abierta con forma ovalada, cuyo fondo había sido revestido con lajas de esquisto. Además, en el lado norte de la fosa habilitaron una pequeña cista cúbica, también con placas de piedra, para que sirviera como depósito reservado a un cráneo humano. El que rescataron los excavadores de aquel lugar tenía indicios inequívocos de trepanación. Para los responsables del rescate, aquella prueba permite creer en un sacrificio de fundación, por el que el depósito de los objetos votivos que a continuación se hiciera quedaría sacralizado.
A los orígenes de un poblado del valle del Guadalquivir, acogido a una meseta, fundado con seguridad hacia el siglo noveno anterior a la era, cuyos vínculos primordiales aún no han sido del todo esclarecidos, corresponde el siguiente hecho. En un lugar próximo a donde serían construidas sus murallas, en el que hasta entonces no había hogar estable radicado, a fines del siglo octavo fue depositado un niño. Los arqueólogos han rescatado sus restos, que no están acompañados por prueba alguna de ritual funerario. Aparecieron sin piernas y sin parte de los brazos, con el cráneo aplastado y con la mandíbula rota. Es posible que las mutilaciones y las heridas que le fueran ocasionadas haya que atribuirlas a una consecuencia inevitable. Durante algún tiempo habría permanecido al aire, como un expósito menospreciado, aunque no es fácil admitir como causa de tales agresiones una impiedad universal que lo mantuviera por tiempo indefinido a la intemperie. Según otras opiniones, tanto la desmembración como las aparentes lesiones pueden ser el testimonio directo de un rito de fundación. Conmemoraciones como esta obligan a reconocer que las antiguas confraternidades militares, a las que pudieron asimilarse movimientos de población, proporcionaban medios para justificar el sacrificio infantil. En la inmolación de los niños, previa la renuncia a la vida, por tratarse de un recién nacido, o a lo sumo de un individuo que aún no ha alcanzado la juventud, habría encontrado refugio la iniciación en su grado extremo.
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