Quiénes eran campesinos
Publicado: mayo 4, 2016 Archivado en: G. Valparaíso | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioG. Valparaíso
La de campesino, cuando se trataba de obtener el producto agropecuario derivado del cultivo de los cereales, siempre en una parcela de pequeñas dimensiones, raramente era una ocupación exclusiva. Quienes a mediados del siglo décimo octavo se comprometían con ella habitualmente trabajaban en otra actividad. El tránsito era tan fluido y reversible que cuantos lo consumaban, y conseguían ganar la doble condición, a juzgar por cómo se expresaban eran conscientes de que por la de campesino solo estaban pasando. Las rentas que proporcionara al menos una de las dos actividades no serían suficientes para garantizar a las economías respectivas todas las que necesitaran.
Pero sería imprudente seguir hablando en estos términos si no se especificara de inmediato que, entre las otras actividades de quienes se cargaban con aquella responsabilidad, estaba incluida, más que cualquiera de las otras posibles, otro trabajo agrario. Ocho de cada diez de aquellas modestas iniciativas eran responsabilidad de quienes al mismo tiempo trabajaban en alguna de las demás actividades del campo, y casi cinco de aquellos ocho campesinos ocasionales obtenían la parte más estable de su renta gracias al trabajo que otros les compraban.
Aquella mitad de los empresarios marginales expresaba su condición más duradera recurriendo a denominaciones muy variadas, tantas que he documentado hasta cuarenta y cinco versiones distintas del modo de identificarse; aunque todos preferían, para referirse a sí mismos, el enunciado descriptivo o el de unas condiciones antes que la síntesis de una etiqueta, y hablar en términos que pareciera que ocupaban una posición lo más cerca posible del límite inferior de aquella forma de sobrevivir. Algunos se declaraban simplemente del campo o del campo jornalero, y otros explicaban que eran del campo y al presente trabajaban a jornal. Otros decían de sí que eran jornalero del campo o escuetamente jornalero. También había quienes se presentaban como bracero o bracero del campo, y los demás decían ejercer como trabajador del campo. Por tanto, en lo fundamental a sí mismos se llamaban de alguna de estas cuatro maneras: bracero, del campo, jornalero y trabajador del campo. Algo menos de la cuarta parte incluyó en su descripción la palabra bracero, un poco por debajo de la quinta parte recurría a denominar su actividad del campo, y aún menos de la quinta parte se presentaba como jornalero, mientras que en casi la mitad de los casos se prefería la expresión neutra trabajador del campo. Luego no era jornalero la forma más común de identificarse que elegían aquellos hombres, a pesar de lo cual la administración del momento insistía en reunirlos bajo esta etiqueta.
Todas aquellas maneras de enunciar una ocupación rural expresaban algo que sin embargo no era en modo alguno complejo. Se trataba de los contratados al azar para contribuir con su trabajo a alguna de las actividades agrícolas que se sucedían en ciclos regulares, según la cantidad de tierra que una labor, o una explotación mantenida al estilo de cortijos, hubiera puesto a producir, para las que se empleaban como gañanes de la siembra y el barbecho, sembradores, escardadores, cortadores de estiércol o segadores.
Junto a este grupo mayoritario, apenas dos de aquellos ocho activos agropecuarios que al mismo tiempo disponían de una pequeña explotación se identificaban como temporiles. En el trabajo agropecuario, salvo las actividades directivas y de gestión, que en las casas de más envergadura desempeñaban cuatro o cinco personas a la sumo, no se creaba ningún vínculo laboral indefinido. La condición que más se le aproximaba era la de temporil. Con este nombre se conocían los que comprometían su trabajo para una empresa del sector durante una o las dos temporadas en las que se dividía el año agrícola, la de invierno, que duraba los siete meses comprendidos entre octubre y abril, y otra de cinco, que iba de mayo a septiembre, que se podría llamar de verano. Unos eran contratados por una de las dos temporadas y otros por las dos, y nada, a ninguna de las partes, obligaba a renovar el compromiso cada vez que se iniciaba cualquiera de ellas.
Todas las responsabilidades que en las casas tenían los temporiles podían ser recompensadas con el acceso al producto de una pequeña explotación. Pero no eran muchos los que se hacían acreedores a esta posibilidad. De los temporiles con mayores cargos, con más frecuencia lo ganaban quienes desempeñaban las tareas de dirección. En primer lugar el aperador, el máximo responsable de las actividades de las labores sobre el terreno, quien las organizaba a diario y reglaba la contratación y manejo de la tropa de trabajadores que aquellas demandaban. Como la cuarta parte de las explotaciones menores de los temporiles la tenían aperadores, se puede creer que esta recompensa era consecuencia de que se juzgaba imprescindible su contribución.
Pero también eran retribuidos con el producto que diera una pequeña explotación los que tenían altas responsabilidades en cualquiera de las otras actividades en las que estaban interesadas las casas, todos piezas valiosas del único sistema de dirección de sus empresas, aunque por su condición unos y otros fueran naturalmente singulares. Así, la de capataz, una clase de la que un par de especialidades serían las preferidas para conferirles el suplemento de la cesión: capataz de olivares y capataz de las viñas; o el responsable de la administración de la casa que todavía se identificaba como mayordomo.
Pero bajo la condición de temporil sobre todo era contratado el trabajo de quienes bregaban con las ganaderías, capital que permitía a las labores obtener sus mejores beneficios. En una, de los cincuenta y seis trabajadores del campo que contenía la nómina de sus temporiles, solo nueve desempeñaban funciones directivas, de coordinación o de custodia y vigilancia. Los demás, que sumaban más de cuatro quintas partes de todos los temporiles, eran ganaderos. Podían emplearse como tales quienes cuidaban de los animales de labor o de los de cría; estos del ovino, los otros del vacuno, del equino o del asnal. Pero todas las clases de empleados ganaderos que trabajaban para un amo podían ser recompensadas con la posibilidad de disfrutar de una explotación menor.
A juzgar por este trato peculiar, era más apreciada la responsabilidad sobre el ganado ovino, rentable complemento de las casas. Se hacían acreedores a él los rabadanes o capataces de esta cabaña –de las merinas se les nombra precisamente–, aunque sin llegar ni a la vigésima parte de las cesiones a favor de los temporiles; y también quienes cuidaban específicamente de los carneros, los carnereros, así como el resto del personal al servicio del ovino, compuesto con pastores y zagales. Aunque su importancia fuera menor, quienes trataban con el ganado de cerda, primero que ninguno el capataz de cerdos, pero también cualquiera de los porqueros, asimismo disfrutaban de esta posibilidad.
Las otras ramas de la ganadería, sin embargo, no quedaban fuera de la previsión del reparto de las pequeñas explotaciones. Eran sus acreedores quienes se dedicaban al cuidado del ganado de labor. A ellos estaba confiada la custodia y la reproducción de las especies que necesitaban las magnas explotaciones concentradas en el cultivo del trigo. Del trabajo de estos ganaderos, que actuaban ininterrumpidamente sobre las cabañas por necesidad biológica, dependía la permanente disponibilidad de la masa de energía que absorbían constantemente las labores, cuyo imprescindible y mayor capital mecánico era. Tal vez por esta causa en aquella condición, y en la consiguiente cesión del producto de una parcela de dimensiones muy modestas, hibernaba mejor la servidumbre.
Los ganaderos de labor más apreciados por los labradores eran los especializados en el trato con el boyal, la primera clase de este tipo de ganado. A juzgar por la recompensa de sus responsabilidades era reconocido, en primer lugar, el boyero, aunque la fracción de pequeñas explotaciones que lucraban los hombre con esta ocupación solo representa algo menos de una octava parte de las que obtenían los temporiles. Y también gozaron de este aprecio el conocedor y hasta el zagal del boyero.
Asimismo, era reconocido el trabajo con el ganado equino, que se dedicaba al transporte de calidad de los señores de la casa y de sus empleados más cualificados, y que cada año proporcionaba una renta estimable gracias a la demanda segura de la remonta, que llegaba cada primavera. El acreedor del producto de una pequeña parcela era en este caso el yegüero, yeguarizo o yegüerizo. Los que desempeñaban este trabajo accedían a una quinta parte de las explotaciones secundarias reservadas a los temporiles.
Había recompensas del mismo orden para otros temporiles igualmente dedicados a trabajar con el ganado de las grandes explotaciones cuya ocupación específica, no obstante, no es posible determinar, como la de quien, a consecuencia de identificarse como bracero del campo ganadero, quedaba en el limbo del tránsito. Pero de otros sí se puede decir que serían recompensados por su dedicación al transporte en una casa, como quien se declaró arriero de tiempo. En alguna ocasión, con sentido explicativo, a determinados agraciados por esta recompensa desde una posición próxima se les llamaba boyeros carreteros. Tal vez se trataba de los encargados del trabajo de transporte que las casas requerían cuando hacían sus desplazamientos en el espacio rural. Los mandaderos, que también podían ser recompensados con esta renta parcial, se pueden adscribir a este mismo grupo si se les respeta su mitad urbana.
Pieza valiosa de los sistemas de control de las labores era el casero en un cortijo, quien igualmente disponía de esta posibilidad, y a los trabajos de vigilancia que las casas necesitaban también atendían el guarda, el guarda de una hacienda y el que las fuentes llaman mozo de las noches. Salvo la primera, ninguna de estas denominaciones obliga a pensar que sus trabajos estuvieran destinados al buen fin de la empresa de labor, y todas permiten admitir que vigilaban el patrimonio de las actividades en las que estuvieran interesados los grandes inversores en los negocios rurales. Pero cualquiera de ellas también en el espacio reservado a la producción del cereal obtenía una parcela discreta.
Hubo quien a sí mismo se refirió como temporil en un cortijo, y otro dijo que estaba al presente de temporil. Por el contrario, un tercero se presentó como jornalero de arador, expresión equivalente a gañán. Aunque el trabajo de arada se reiteraba y se prolongaba durante semanas, al parecer no era fácil que quien lo hacía alcanzara el estado de temporil. Y de un bracero del campo ganadero, aunque esta fuera su manera de emplear los términos, se podía presumir que tampoco había conquistado el estado de temporil, no obstante que fuera habitual que los ganaderos de una labor recibieran aquel trato. Pero nada impidió que los cuatro accedieran a lo que entre los temporiles era una remuneración reservada.
Para referirse a todos los temporiles, además de la reiteración de la voz amo cuando se mencionaba la otra parte de la relación, es muy frecuente que la documentación de la época también utilice la expresión sirvientes de una labor, y que, reconocidos bajo esta denominación, accedan al cultivo de pequeñas explotaciones. Así, un sirviente de temporil, un sirviente que especifica que estaba sirviendo en un cortijo, otro que declaró sirvo en las casas de su morada a mi señora y otro par de sirvientes de otra señora.
Aunque la posición de una parte de quienes se declaran maestro de molino podía ser por completo independiente, entra en lo posible que su actividad estable estuviera vinculada a una casa. Tanto es así que otros activos de la misma clase aparecen identificados explícitamente como maestro de molino de pan de cierto amo, con una reiteración que no permite dudar de la interpretación que es correcto hacer. También parecen sirvientes otras personas dedicadas a la fabricación de pan en las grandes casas agropecuarias, para las que trabajarían en exclusiva, como amasadores y horneros. Cualquiera de ellos también podía disponer de su recompensa en forma de explotación subordinada, en cuyo caso el producto de esta tal vez proviniera del pago a su trabajo.
Los que mantenían otras empresas agrícolas, y a la vez emprendían una pequeña explotación de cereales, eran el que falta para completar el total de ocho que sumaban quienes al tiempo se dedicaban a cualquiera de las actividades agropecuarias, o la décima parte de todos los activos por los que se interesa este texto. Aunque solo representen la parte menor de los campesinos, son quienes descubren las condiciones que podían inducir la doble actividad con la mayor nitidez.
Cuando eran otros los que se referían a ellos, generalmente los identificaban como labrantines y hortelanos, y los llamaban labradores pelantrines cuando deseaban referirse a campesinos instalados en un cortijo que se había fragmentado en decenas de aquellas porciones menores del espacio dedicado a producir cereales. Aunque en aquella circunstancia la denominación podía oscilar, primero se los aludía como haceros y pelantrines y luego prevalecía llamarlos solo haceros.
Sin embargo, cuando hablaban de sí mismos elegían términos más estables o descripciones muy explícitas. Gracias a que actuaban así, se puede decir que quienes con más frecuencia preferían añadir la diversidad a su iniciativa económica, mediante el cultivo de una explotación menor de cereales, eran los hortelanos, simultáneamente poseedores de explotaciones hortofrutícolas intensivas. Aunque uno de sí simplemente decía que era hortelano, otro ilustró muy bien su doble dedicación al explicar que su tráfico es en la huerta y sembrar pegujales y arar olivares.
Fueron también precisos quienes, desde una posición algo más neutra, dijeron que su trabajo era arar olivares y sembrar pegujales con mis reses, o quien confesó que busco la vida arando olivares, sembrar un pegujal y a lo que sale. Y un declarante, igualmente tentado por el deseo de describir, aunque utilizaba una expresión algo presuntuosa, no dejó de esclarecer el estado que permitía aspirar a campesino. Describió su actividad diciendo algo tan displicente como me entretengo en trabajar en mi caudal. Según deduje del análisis del patrimonio que confesaba, con aquella manera de hablar pretendía hacer referencia a que tenía, además de algún ganado de labor, unas pocas tierras; un estado que compartía, como más adelante averigüé, con otros que por su parte tenían algún cortinal, algo de viña o unas cuantas aranzadas de olivar.
Los que, dedicándose a trabajos del campo, explotaban una parcela menor y tenían ganado eran más de los que describían su situación en aquellos términos tan expresivos. Entre los que preferían limitarse a declaraciones más ceñidas, probablemente porque su patrimonio era de fuerza y no de tierras, había quien explicaba que era trabajador del campo con reses mías propias, o quien era trabajador del campo con mi ganado, clase en la que incluso podía encuadrarse una mujer soltera, la única empresaria de este rango que descubría la documentación. El más expresivo de los que se movían en este límite fue quien dijo ocuparse en sembrar mi pegujal con mi ganado y después jornalero para mantenerme. El análisis de los bienes de todos los que hablaron en estos términos demuestra que quienes ocupaban estas posiciones solo eran una fracción.
Cualquiera de ellos probablemente era lo que las fuentes de la época, cuando se expresaban del modo más general, insistían en presentar como pegujaleros; incluso tal vez, con más precisión, fueran los que en la documentación administrativa eran los responsables de la modalidad de parcela dedicada al cultivo de los cereales que ella misma llamaba pegujales sueltos. Pero debe constar que cuando hacían sus declaraciones, aunque todos tenían en cuenta que mantenían una empresa menor, nadie se denominaba a sí mismo pegujalero o pegujarero, lo que demuestra que de todas las formas de actividad agropecuaria que el análisis desde este punto de vista permite observar la más efímera era la que entonces se llamaba pegujalero, en extremo transitoria e inestable.
Por eso probablemente se homologa con más facilidad su papel efectivo si se les llama campesinos, en cuyo caso representarían el que se puede considerar genuino porque tendría más posibilidades de ser estable. El perfil del tipo vendría dado por que poseía ganado, no tenía tierras de sembradura propias y transitoriamente acometía, porque su patrimonio energético se lo permitía, una pequeña explotación de cereales entre otras. Sería la parte de los activos agropecuarios que, viviendo en el territorio de tránsito entre la condición de trabajador del campo y la de pequeño empresario, efectivamente estaba con más frecuencia en la segunda gracias a su modesto patrimonio.
Además de los habituales activos del campo, que acumulaban unas ocho décimas partes de las iniciativas que se habían propuesto producir cereales en pequeña escala, se pueden estimar en dos de cada diez –el resto de los campesinos– los que se atrevían con una pequeña empresa con aquel fin sin tener como dedicación preferente las actividades agropecuarias. Componían una lista muy extensa. A las proporciones específicas que se obtendrían tomando todas las menciones no vale la pena concederle alcance cuantitativo. Pero su descripción tiene un enorme valor para averiguar hasta dónde llegaba el deseo de ser campesino.
Una parte de los que tomaban bajo su responsabilidad pequeñas explotaciones se dedicaba a actividades relacionadas con el sistema de comercio. Los había transportistas y comerciantes indiferenciados, pero sobre todo abundaban los que se empleaban en el tráfico de mercancías bajo el nombre específico de arriero, no obstante lo cual alguno de nuestros documentos prefirió reconocerlo como aljamel. También, entre los de esta clase, constan el carretero, cuya mención reiteran, el carguero y hasta una trajinera. Los había también cuya dedicación al transporte se había especializado, como el aguador, cuya emergencia a los testimonios es frecuente, y el pajero. Igualmente había quien se vinculaba a la red de comunicaciones de manera algo más remota, como un ventero, o muy remota, como un tabernero. Cualquiera de ellos podría justificar su deseo de disponer de una pequeña explotación como el propósito de contener los costos a los que su actividad les obligaba, siempre que se suponga que la parcela a la que dedicaban una parte de su atención la sembraban de cebada, el alimento preferido para los animales de carga.
Profesionales de actividades urbanas, probablemente regladas por sus respectivos gremios, también aparecen como promotores de pequeñas explotaciones. Un maestro carpintero, que tenía a su cargo un aprendiz; un maestro de herrador, que mantenía un oficial y un aprendiz de dieciséis años; y un sargento de inválidos con dispersos en su casa que efectivamente ejercía como maestro zapatero, tanto que mantiene por tiempos un oficial de zapatero, probablemente tenían en común que estaban muy cerca de las actividades subsidiarias de las labores.
Mayor autonomía parece que disfrutaban los que se declaran suministradores de servicios igualmente urbanos, tales como los relacionados con el calzado, reunidos bajo las denominaciones de maestro de zapatero, zapatero remendón o zapatero; o con la venta de alimentos, como la especiera, el cortador, el tablajero, el lechero, el confitero y el chocolatero, todos los cuales, sin embargo, asimismo decidían hacerse con su propia explotación menor. Asimismo, tomaban esta decisión albañiles, aserradores, caldereros, herreros, horneros, plateros o zurradores. Ni siquiera escapaban al deseo de actuar en este frente quienes ejercían actividades marginales, como jabonero y cisquero.
Pero no quedaban mucho más lejos de esta posición quienes confesaron una dedicación más autónoma, libre o liberal, como las de maestro boticario, médico, cirujano, barbero y maestro de escuela, o los empleados de la administración fiscal, como el administrador de rentas provinciales, y los miembros del ejército, como un sargento de milicias. Incluso los había empleados en actividades relacionadas con la administración de justicia, como cuadrillero, ministro y carcelero La independencia real de cualquiera de aquellas ocupaciones liberales puede ser mejor conceptuada si se recapacita sobre que todos los mencionados igualmente mantenían sus propias pequeñas explotaciones.
De quienes desempeñaban otras actividades y se interesaban por aquella clase de empresas, por último hay que mencionar al clero, cuya condición aparta su posición de partida al lugar más alejado de las agropecuarias. En el orden de la jerarquía local, cuando se trata del clero secular, no hay rango que deje de tomarse este interés. Aunque algunos de los comprometidos simplemente se presentan como presbíteros, el vicario, el cura y el sacristán estaban entre ellos. En ningún caso consta que alguno de los mencionados, incluso el vicario, gozara de beneficio, como por otra parte era previsible. El beneficio colocaba en un campo de rentas que en absoluto no necesitaba atenerse a la disciplina ordinaria de la iglesia romana, y menos aún recurrir a una pequeña explotación para completar las rentas propias.
También se interesaban por el cultivo de los cereales a pequeña escala individuos de órdenes religiosas, quienes disfrutaban para sí de él, como un dominico, otro que consta solo como presbítero fraile y una religiosa. Pero el clero regular prefería solventar este expediente con formas algo más indirectas. Bien eran sus priores quienes se hacían responsables de la explotación, bien era la fundación. Tres priores, el de un convento de la orden de predicadores, el de un monasterio de la orden de San Jerónimo y el de un convento del carmen calzado, y dos corporaciones conventuales, una de mercedarios y otra de jerónimos, también lo tomaban a su cargo.
Consta asimismo un ermitaño que, no obstante su existencia solitaria, había decidido acompañarla con el trabajo en una parcela de solo tres cuartos de unidad de superficie.
Supervivencia de la servidumbre
Publicado: noviembre 9, 2015 Archivado en: Heresias Canteriades | Tags: agrario, trabajo Deja un comentarioHeresias Canteriades
1. El pegujal era una institución primitiva y antigua, insistentemente mencionada por las fuentes pero escasamente conocida. Lo más explícito de cuanto sabíamos sobre sus fundamentos era su parentesco con las sernas, similares a las corveas, cualquiera de ellas impuestas por vía de vasallaje, a consecuencia de las cuales quien estuviera sometido a una autoridad dominical debía prestar servicios en las tierras del señor. La última versión castellana que de esta institución habíamos podido conocer, ya de la época moderna, era la empresa procomunal llamada senara, una parcela cultivada por un grupo, una parte del cual aportaba yuntas y arados y otra su trabajo en sucesivos momentos del ciclo vegetativo, para que con el fruto obtenido pudiera hacerse frente a un gasto público, del que todos podían beneficiarse. Pero también teníamos la certeza de que en la región, para mediados del siglo décimo octavo, el pegujal se había consolidado como sinónimo de pequeña empresa agrícola, justificada por el autoconsumo, y que además aquel nombre se había utilizado para denominar la participación en el producto que recompensaba el trabajo de algunos de los que habían contribuido a crearlo. Sin que tuviéramos certeza sobre si se había desprendido o no de alguna de las funciones con las que antes cargara, porque cualquiera de ellas, una vez ideada, podía reproducirse indefinidamente, inquietante amenaza del anacronismo, alargada sombra que se resiste a entrar en el círculo que traza el tiempo, se había naturalizado como componente de la renta del trabajo según el estilo de cortijos, una remuneración en la que se podían combinar a discreción el pago del tiempo empleado, que se liquidaba en moneda corriente, la alimentación de cada día trabajado y el pegujal.
Una de las maneras de satisfacer esta tercera pieza, a la que efectivamente se solía recurrir para completar el pago del trabajo de la clase laboral llamada sirvientes, entonces y en el lugar que la tazmía nos había revelado, podía ser tan directo y sencillo como entregar a cada trabajador 18 unidades cúbicas de trigo cada año. Un buen número de testimonios de la época podían autorizar este valor para la parte del costo del trabajo conocida con aquel nombre, así como la forma de hacerlo efectivo del modo más directo, que era entregar de una vez la cantidad acordada a quien hubiera aceptado aquella forma de pago. Pero como en los casos que pretendía dilucidar tenía la certeza de que el pegujal se había satisfecho con una cesión de suelo útil para el cultivo, en el texto dela documentación que manejaba era pequeña empresa agrícola, aunque en estos casos justificada por la necesidad de satisfacer aquella parte de la renta debida al trabajo de los sirvientes de sendas labores. Por tanto, cada uno de ellos pudo recibir en concepto de pegujal, en vez de las 18 unidades de capacidad supuestas, la cesión de por ejemplo 3 unidades de superficie, para que cultivadas por sus medios obtuviera esta parte de la remuneración que le correspondía. También sobraban los testimonios que podían avalar la sustitución y el valor que le estaba atribuyendo. Ninguna casa agropecuaria tendría la menor dificultad para disponer de tan pequeñas cantidades de superficie en sus respectivos cortijos, los hubieran adquirido plenamente o dispusieran de ellos por cesión, dadas las dimensiones regulares de aquellas grandes unidades.
Si se hubiera optado por ese tamaño de la parcela remuneradora, y el total de la superficie cedida por este concepto fuera por ejemplo 48 unidades de superficie, el número de sirvientes a los que se habría cedido tierra pudo ser 16. Como el producto que obtuviera cada una de aquellas pequeñas explotaciones sería de cada trabajador, porque era una parte de lo que se le debía por haber vendido su trabajo, suponiendo un rendimiento de 10 unidades de capacidad por unidad de superficie, aquellos 16 hombres obtendrían 30 de cada parcela. De donde cada uno deduciría a su favor, sobre las 18 en las que pudiera estar regulado en aquella población el valor del pegujal parte del salario, un superávit de 12. Y como el autor de nuestro documento tomaba como precio tipo del trigo 15 reales la unidad de capacidad, todo aquel producto podía significar un ingreso de 450 reales a favor de cada sirviente; una cantidad que cualquiera, si lo deseaba, convertiría en efectivo, si llevaba su producto al concurrido mercado de los cereales, la posibilidad más estimable en un mundo más necesitado de liquidez que de especies. La fórmula, pues, podía ser ventajosa para todos. El amo de la labor sufragaría una parte del costo del trabajo con porciones mínimas de tierra, una cantidad irrelevante para los tamaños de las grandes unidades de producción, y los sirvientes obtendrían un ingreso que incluso les permitiría sobrepasar sus necesidades de autoconsumo.
Faltó tiempo para que me fuera objetado que aquella manera de explicar la remuneración del trabajo de los sirvientes era insostenible. Cualquier amo que consintiera el beneficio estimado, el superávit que había deducido, contribuiría a encarecer irresponsablemente el trabajo. “De ninguna manera encarecía el trabajo”, repliqué, “e incluso contribuía a todo lo contrario”, insistí.
Si aceptábamos como valor del trigo los mismos 15 reales precio de la unidad de capacidad, que nuestro informador tomaba siempre como referencia, teníamos que admitir que cada cedido conceptuado como sirviente, por la tierra obtenida, estaría pagando 270 reales, los que resultaban de multiplicar las 18 unidades de capacidad del pegujal que se satisfacía en especie por el precio del trigo. Desde luego que ningún sirviente, si los términos del acuerdo entre las partes eran los expuestos, tendría que liquidar cantidad alguna al señor de la labor. Pero este no tendría que desprenderse de las 18 unidades de trigo por cada uno, las mismas que le permitirían incrementar sus ingresos del producto en aquella cantidad.
Es verdad que actuando de aquel modo el señor de la labor, que para ceder pequeñas parcelas habría renunciado a una parte de la superficie del cortijo, estaría invirtiendo porciones de la renta de la tierra que pagara, en el caso de que no fuera de su propiedad y la hubiera obtenido por cesión. Suponiendo, en el más desfavorable de los supuestos, que 8 reales fuera el precio que en el mercado de los arrendamientos de los cortijos alcanzaba, entonces y en aquel lugar, la unidad de superficie destinada a la producción de trigo, aquella parte del valor de la cesión alcanzaría los 24 reales en el caso del pegujal tipo considerado. En el supuesto de que la tierra fuera propia, ni que decir tendría que sus pagos por cesión serían muy inferiores, próximos a cero, los de mantenimiento de sus derechos consolidados sobre toda la renta de la tierra. Por tanto, como mínimo, por cesión de la tierra el amo de la labor estaría ingresando 246 reales, diferencia entre el costo de este factor para el sirviente y el que tenía para él.
Pero lo más importante era que, en contrapartida, su contribución directa a la liquidación del trabajo ajeno quedaba reducida a las 12 unidades de capacidad que alcanzaba el superávit deducido. Calculada a los mismos 15 reales de todas las operaciones, el señor de la labor pagaría por el trabajo de cada sirviente, con tan generosa concesión, solo 180 reales. De donde se deducía que el precio final del trabajo quedaría reducido en nada menos que 90 reales, diferencia entre los 270 reales de la tarifa del pegujal, cuando se pagaba en especie, y los 180 del beneficio neto del campesino. La cantidad asimismo era expresiva del balance negativo que para el sirviente resultara de renunciar al pago del pegujal en especie, que había conceptuado como costo del suelo cedido, y aceptar a cambio la fórmula de la pequeña parcela.
2. Pero admitir este balance me obligaba a reconocer que era el resultado del trabajo que cada sirviente hubiera invertido en la tierra cedida, puesto que el deudor del ajeno había recurrido al ardid de pagarlo requiriéndolo, lo que no dejaba de resultarme paradójico. Necesitaba modificar, al menos parcialmente, mi punto de vista. Debía encontrar uno que me permitiera explorar explicaciones que evitaran aquella clase de salidas, cuando menos aparentemente irresolutas.
Concentré mis indagaciones en algo que al principio me resultara inconsistente, pero que después había dejado al margen, la poco satisfactoria invocación de los pegujales de los sirvientes en el testimonio del que me estaba sirviendo. Cuando en una labor se trataba de quienes eran llamados sirvientes, como el pegujal, sin dejar de ser una empresa del orden inferior, era una parte de la remuneración de su trabajo, en cualquier explotación bastaba una pequeña parcela de tierra, apta para el cultivo de los cereales, para proporcionar a todos el ingreso que suplementara el pago de la energía que sus dueños ofrecían a quien la hubiera contratado, fin al que tal modalidad de explotación mínima, localizada en las grandes unidades, estaba dirigida. Para sufragar el pegujal, si se limitaba su tarifa a las 18 unidades de capacidad que había supuesto para desarrollar mis cálculos, con una parcela de 3.6 unidades de superficie que experimentara un rendimiento como el generalmente previsto, de 10 unidades de capacidad por cada unidad de superficie sembrada, sería posible satisfacer el doble de sirvientes que en el supuesto precedente. Es decir, que con solo la quinta parte más de superficie por parcela sería posible comprar el doble de trabajo, si el objetivo era solo pagarlo a la tarifa en vigor. Si, por tanto, con algo menos de 10 pegujales, de haber procedido de esta manera, se hubiera satisfecho el trabajo de los mismos 16 sirvientes, con que aumentara el tamaño de la superficie cedida se hubiera podido liquidar el pago de la misma cantidad de trabajo. Aceptando el mismo rendimiento, hubiera bastado una sola parcela de algo menos de 30 unidades de superficie. Pero, si se redujera este exagerado tamaño a una tercera parte, una sola parcela de 10 unidades de superficie sería suficiente para satisfacer, con los mismos rendimientos, el trabajo de casi 6 sirvientes, cifra que estaba más cerca del número real de los trabajadores de esta clase que habitualmente era remunerado con pegujal en las labores. Que el documento mencionara los pegujales de los sirvientes rozaba, en consecuencia, el contrasentido, y hasta podía interpretarse como la emergencia de una justificación encubridora.
Me bastó recapacitar en estos términos, que anulaban la veracidad del plural, para ensayar una explicación concordante con los fundamentos conocidos de la institución conocida con el nombre de pegujal. En las labores, la cesión de la superficie destinada al cultivo de los cereales bajo esta condición, porque el documento empleaba el plural, pudo también consistir en la cesión de una serie de pequeñas unidades de producción cuyo número podía exceder las necesidades de remuneración de los sirvientes que mantuviera cada labor, o de cualquier transacción que con ellos se hubiera acordado. Estaba documentado que se podía actuar de este modo al menos cuando se había obtenido por arrendamiento la unidad de explotación. Porciones de ella se subarrendaban a quienes estuvieran interesados en aquella forma de empresa marginal. El aval jurídico a esta clase de transferencias procedía de los contratos que ponían al alcance de las empresas con más ambición, cuando se relacionaban directamente con los titulares del dominio efectivo, las grandes unidades productivas, que explícitamente permitían actuar así.
Por tanto, era posible que en los pegujales de las labores hubiera más de constitución de pequeñas empresas subsidiarias que de remuneración del trabajo. No se podía excluir que bajo aquella forma compleja de hablar se ocultaran modalidades de cesión basadas en determinados acuerdos bilaterales, como todas las inducidas por la sociedad obligada entre quienes acaparaban la tierra y quienes deseaban emprender una pequeña explotación de cereales, incluso careciendo estos de una parte sustantiva del capital necesario para acometerla con perspectivas de éxito, se estuviera o no ocultando, al actuar de este modo, alguna forma de aparcería o cualquiera de las otras oscuras sociedades derivadas de la dependencia o subordinación entre cedente y cedido. Tales serían aquellos pegujales, explotaciones subsidiarias avaladas por los siglos, de las que podía sospechar, sin que me faltara base, que también tendrían que erigirse como empresas recurriendo a formas de cesión distintas a la más extendida, el arrendamiento que los escribanos comerciaban, o al menos la única que mencionaba positivamente el documento cuando se refería a la forma reglada de ejecutar las transferencias transitorias de uso. Aunque pudiera parecer anacrónico, era muy posible que el concepto sirviente, en el que insistía el documento cuando se refería a quienes trabajaban estas unidades huéspedes de las dos labores analizadas, hubiera preservado o no la obligación de prestar servicios a cambio de la cesión, mantuviera toda su vigencia jurídica cuando se trataba de formalizar ciertos pactos, dado que enunciaba que la relación acordada vinculaba el estatuto de sirviente a la obtención de la parcela de pequeñas dimensiones que el lenguaje regional llamaba pegujal.
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