El movimiento continuo
Publicado: febrero 16, 2018 Archivado en: P. Martín Vázquez | Tags: migraciones Deja un comentarioP. Martín Vázquez
Cuando el 8 de noviembre de 1917, día decisivo para la revolución, el segundo congreso de los soviets de Rusia acordó resolver sobre el problema de la tierra, puso al descubierto la mayor dificultad a la que habría de enfrentarse, la misma que estuvo en el origen de la revolución francesa, idéntica a la que tuvo que sustanciar la revolución china. La resolución sobre la paz pretendía satisfacer una aspiración compartida, más allá de asegurar el apoyo a la causa de los soldados, con buena parte de los cuales ya contaba, aún más extenuados por la guerra que la población civil. La elección del consejo de los comisarios del pueblo reconocía la hegemonía de las organizaciones revolucionarias, completaba el golpe de estado que habían consumado y salía al paso del vacío de poder que ellas mismas habían creado. La elección del nuevo parlamento y del consejo permanente de los soviets, las otras decisiones de aquel día, no pasaron de ser un trámite. Las instrucciones sobre la tierra, que serían el origen de un afamado decreto, el recurso legislativo que correspondía a una dictadura consciente, organizada por la que justificaba su prevalencia llamándose vanguardia del proletariado, se proponían afrontar el problema político que esta no había resuelto, el escaso consenso que la revolución social había ganado en el campo.
Abolieron la propiedad privada y cualquier comercio con la tierra, la confiscaron y la declararon propiedad pública. Dictaron que las explotaciones ganaderas asimismo serían confiscadas y convertidas en bien público y, aunque no la mencionaban expresamente, de las decisiones posteriores se deduce que la maquinaria agropecuaria también tendría que ser confiscada y convertida en patrimonio sujeto a la misma condición. Todos los recursos agropecuarios pasarían a ser un monopolio de una magnitud formidable, de enorme poder, bajo el control de un solo estado. Ningún producto se podría extraer de la tierra sin su mediación.
Tan solo previeron una excepción a tantas incautaciones. Las explotaciones sostenidas con técnicas adecuadas no se sumarían a la masa indistinta de bienes públicos, sino que permanecerían convertidas en granjas modelo. Así se evitarían los efectos negativos que las transformaciones previsibles pudieran tener sobre las explotaciones eficientes, una preocupación inspirada por el deseo de asegurar el producto.
Ni por la tierra, ni por el ganado, ni por la maquinaria sus dueños recibirían indemnización, aunque se prometían ayudas transitorias a los perjudicados por las confiscaciones del suelo, y la de maquinaria no afectaría a los pequeños campesinos propietarios, quienes, aunque perdieran su tierra, al menos podrían mantenerse en el disfrute de sus medios. Aunque sufrieran una agresión del legislador, con aquella excepción pretendía atenuar el golpe con lo que debió parecerle una recompensa salomónica.
La tierra incautada se pondría a disposición de los campesinos que estuvieran dispuestos a cultivarla. Todos los ciudadanos que lo quisieran podrían explotarla contando con su familia o en sociedad, pero de ningún modo contratando mano de obra. De este modo quedaba abolida la condición de jornalero y a la vez se activaban como células de la obligada captación de trabajo humano las sujetas a la consanguinidad o a la cooperación solidaria. Era suficiente para que automáticamente los trabajadores del campo con familia quedaran señalados como los mejor capacitadas para acceder a al nuevo orden, y de este modo tan directo obtener la masa de adeptos a la revolución entre quienes teniendo aquella condición carecieran de tierra en propiedad.
A partir de aquí, era necesario prever cómo se pondría a producir el nuevo orden agropecuario. Toda la tierra confiscada se depositaría en un fondo agrario general, que sería el encargado de dividir la disponible entre quienes estuvieran dispuestos a cultivarla. Para su gestion permanente, el fondo tendría que ajustarse a su redistribución periódica según criterios de productividad y población. Al imponerse la primera condición, el promotor de las resoluciones de nuevo deja al descubierto su preocupación más inmediata, asegurar el flujo ininterrumpido del producto agrario a los mercados. La segunda pretende resolver el problema político. Razona que es posible que haya quienes emigren por razones distintas a la demanda de tierra. En ese caso, cuando quienes la exploten la abandonen, será suficiente con que los predios vuelvan al fondo agrario, para el que todo se reduciría a distribuirlos de nuevo. Pero si el fondo agrario no fuera suficiente para satisfacer la demanda de tierras, el excedente de población tendrá que emigrar. Primero, emigrarán quienes lo deseen, luego los indeseables y, si no es suficiente, se hará un sorteo entre toda la población expuesta al riesgo de ser excedentaria para elegir a quienes deben ausentarse.
Que sobraran tierras nunca sería un problema grave, aunque su inactividad repercutiera en el tamaño del producto, la preocupación más perentoria. El verdadero problema aparecería cuando el tamaño de la población posible, calculada en función de la tierra a la que acceder, diera origen al saldo excedente de población campesina. Gracias a las otras decisiones, el mecanismo clásico de la presión sobre la tierra ya no tendría que enfrentarse al cortocircuito de la propiedad, que dosifica la oferta de suelo en beneficio de la caída del precio del trabajo. Pero ni con esta ventaja el freno positivo maltusiano habría desaparecido. La emigración sería inevitable y permanente. Si la solución en cada momento y cada lugar tenía que ser la descompresión por la vía de salida, sería solo cuestión de tiempo o de espacio que el problema se reprodujera indefinidamente.
Las instrucciones sobre la tierra de noviembre de 1917, cuando aceptan que la amenaza al equilibrio de la población es permanente, deja el problema del excedente sin resolver. No solo porque lo decante a la población marginal, algo tan comprometido que ya los antiguos necesitaron imaginarlo sirviéndose de mitos, sino porque el desarraigo se opone por naturaleza a la condición campesina. Por definición, no hay campesino sin tierra, y todos los trabajadores del campo, en alguna medida, esporádicamente, de manera continuada, porque las circunstancias les favorezcan o porque la servidumbre los condene, en alguna medida son campesinos. Esa es la raíz del comportamiento más conservador de cualquier población, y por extensión tal vez de todas las poblaciones radicadas, que por estarlo se resisten al movimiento, que es el cambio.
Debió ser Heráclito quien primero le dio forma legal a tan angustiosa amenaza sobre el comportamiento humano, o al menos a él la fragmentaria tradición presocrática le adjudica la premisa que la reveló en palabras, según la cual todo fluye. Pero es más conocido el enunciado de los empiristas, el eppur si muove de G. Galilei.
Principios de la población agrícola
Publicado: mayo 13, 2014 Archivado en: Redacción | Tags: migraciones Deja un comentarioRedacción
1. Entre 1290 y 1520 las administraciones que tenían la jurisdicción, para proveer poblaciones, tomaron muchas decisiones ajustadas a la radicación de comunidades humanas. En cada circunstancia combinaron unos instrumentos, de cuyo efecto poblador estaban convencidas. En la declaración de los principios que los inspiraron quedó contenida tanto la teoría que pudo alimentar sus políticas como su conciencia de las circunstancias que para sus propósitos eran un obstáculo.
Un proyecto, ejecutado entre 1290 y 1315, que afectó a varios lugares, lo habrían activado factores de orden militar y político, aunque en parte pudiera estar aconsejado por criterios económicos. Que el área estuviera localizada en el confín oeste confería valor estratégico a los límites competidos con otros reinos y otras jurisdicciones. La preocupación por la defensa del territorio y la seguridad de sus habitantes estaba entonces muy viva y alentó la suscripción de hermandades entre las grandes poblaciones, interesadas en la persecución de los malhechores allí refugiados. Para los responsables de esta clase de iniciativas, poblar sería dar seguridad al territorio por la presencia humana.
La constitución de señoríos jurisdiccionales en la misma zona y el deseo de evitar enfrentamientos entre ellos por el uso de la tierra, o que los campesinos bajo otro poder primitivo fueran atraídos con mayores compensaciones hacia las nuevas jurisdicciones, pudo también acelerar aquella iniciativa. Captar habitantes era deseo y final de cualquier poder porque todos se convertían en vasallos. La permanencia en el tiempo de esta actitud estaba tanto más justificada cuanto que se trataba de épocas de limitado crecimiento biológico de las comunidades humanas.
Para el promotor de estos primeros proyectos autónomos, aunque menos probable como causa, porque por naturaleza es inerte o inactiva, que como fuente de ideas, los repartos de bienes inmuebles promovidos a partir de 1262, tras la ocupación del territorio por las tropas patrocinadas por el rey de Castilla, al parecer resultaron insuficientes, al menos para la porción septentrional de la zona que quedó bajo jurisdicción de la primera población del centro oeste, antigua sede de un reino tan débil y degradado que fue rendido por la vía diplomática. Las heredades entonces concedidas no habrían prosperado, quedando en su lugar las tierras desocupadas; una forma de referirse al estado al que habían degenerado que aconseja aceptar como causa del poco éxito de la iniciativa de 1262 el abandono voluntario de las parcelas que recibieron los beneficiados por los repartos. La convicción sobre que tales habían sido los hechos al menos actuó como una premisa a partir de la cual argumentar. Si además se aceptara el fracaso de la repoblación de 1262, habría que admitir que una parte de las tierras ya habría sido roturada y ganada para el terrazgo. La agricultura, habiendo comenzado en aquella parte, pronto habría retrocedido porque las tierras que hubieran conocido este principio luego no habrían sido cultivadas.
Del proyecto de 1290-1315 además es posible pensar que no fue ajeno a las condiciones en las que se efectuaba el comercio del trigo en la zona. De las que inspiraron sus cálculos cuando se pretendía atraer habitantes un par de datos valiosos proporcionan los documentos de una época tan lacónica como formalista cuando se expresa por escrito. El primero está fechado en 1313. Entre otras concesiones, ese año la primera población del litoral obtuvo de la corona derecho a exportar nada menos que un tercio de su cosecha de cereales, en las mismas condiciones que ya lo disfrutaba la población principal del interior. El otro dato se refiere a 1326. Se trata de la confirmación a esta de la licencia que menciona la concesión de 1313, que así revalida un derecho activo en su caso al menos desde los primeros años del siglo décimo cuarto.
Para encontrar una explicación a la posibilidad concedida a la población del litoral, los analistas están dispuestos a reconocer alguna relación entre su señor y la salida de trigo con destino al oriente cantábrico, supuesto que el señorío de aquella ciudad portuaria lo había conseguido su titular mientras era miembro de una familia que también ostentaba el de Vizcaya. Por tanto, el objetivo de la licencia concedida en 1313 sería la exportación de trigo desde el primer puerto de la zona con destino al norte de la península. La identidad de este caso con el de la primera población del interior es tan evidente -las prerrogativas de uno se extienden al otro- que la posibilidad con la que se especula en relación con la población litoral o puerto podría aplicarse, aceptado el principio de reciprocidad absoluta que inspiran los documentos, también a la del interior y su tierra. No aclara la fuente cuándo esta consiguió tal régimen comercial, pero se tendría que aceptar que el derecho consolidado durante el primer tercio del siglo décimo cuarto también tendría como objetivo al menos una exportación similar. Dadas las premisas de su tenor, es posible afirmar que ya en 1313 en las tierras del centro oeste de la región podía ser una práctica consolidada fijar anualmente un cupo del producto de trigo para destinarlo a la exportación, que dependía del volumen de su producto bruto de cereales y que podía alcanzar hasta un tercio de este.
Puede dudarse si el contingente facilitaba la exportación o por el contrario la detenía. Lo primero es más probable para el tiempo del que se trata, porque supone que entonces sería un recurso común de la política de los mercados limitar la salida de los cereales. Así lo indica que el derecho privativo de la población del interior se obtuviera como licencia. La escasa población de sus tierras, de la que ya hay algún testimonio y sobre la cual en lo sucesivo se irán acumulando más, efectivamente no sería obstáculo para la exportación en aquellos tiempos. La demanda interna en su dominio sería muy baja.
Sin embargo, refiriéndose a la decisión de 1326, los analistas se proponen llevar más allá de la exportación las posibles causas de estas concesiones. Para una parte de ellos habría que interpretarlas asimismo como un incentivo para que en la zona fuera ampliado el terrazgo y así incrementar el producto bruto de trigo. Que la producción reciba un estímulo como consecuencia de las facilidades para la exportación casi puede admitirse como un efecto mecánico. Si se acepta el segundo vínculo que la interpretación precedente propone, realmente no se habría salido de los dominios de la idea de partida. Pero que a su vez el contingente sea un factor que potencie la roturación de tierras no parece tan inmediato. Dado que no hay indicios que permitan pensar en una mejora de las técnicas que favorezcan el aumento de la producción, por vía de mayores rendimientos, si se cree que el crecimiento del producto debe estar relacionado con las roturaciones, debe aceptarse que aumenta el número de explotaciones, que en buena medida tiene que depender del de pobladores que se incorporan a la agricultura. En estos términos deben haber ideado su análisis, porque presentan el proyecto de población correspondiente como el resultado de la forzada obligación de incrementar el número de habitantes y el aprovechamiento del suelo.
Para alcanzar a reconocer el vínculo que desde el régimen comercial lleva a las roturaciones a través de los proyectos de población, entre fines del siglo décimo tercero y comienzos del siglo décimo cuarto, es necesario pensar en las posibilidades para el comercio del trigo en la zona más allá de la exportación de grano. Precisamente porque se trata de un régimen particular para el comercio del cereal más demandado, adaptado a una zona de escaso atractivo, es posible esperar un efecto específico sobre su población. Si es cierto que en el momento en el que se toma la decisión a favor de la salida de grano la escasa población de las tierras de la primera población del interior no es un obstáculo para la exportación, porque la demanda interna en su dominio sería muy baja, hay que admitir que la atracción de pobladores puede llegar a ser un obstáculo a la exportación porque aumentaría el consumo interno. Si la zona consiguiera estar más poblada, la exportación podría ser una vía para las tensiones, un medio de desequilibrio. Una zona de escasas posibilidades con pocos efectivos puede alcanzar pronto el límite máximo de población. No valdría la pena regular hoy la exportación para mañana tener que limitarla. Si hay relación con la población en el comercio del trigo que activan las licencias este debe incluir, además de la exportación, la importación y el tráfico interno, el movimiento del trigo en todo el centro oeste de la región. Por tanto, para la población, más importantes que las expectativas en los mercados de otras economías, son las que crea el desigual mercado comarcal y regional, que como los demás de su tiempo asimismo no puede evitar la irregularidad. Debe incluir la notable posibilidad de la importación. La idea de la fuente indica un punto en el mapa que puede ser atractivo, con el que se pueden tener relaciones no solo de exportación sino también de ingreso. Los puertos deben estar abiertos para atender la demanda de cereal en el interior, en las altitudes mayores.
No es complicado demostrar que en cualquier circunstancia el producto de trigo desciende con la altura. Está al alcance de este texto defender que el incremento de la pendiente es inverso al de los rendimientos del cereal. En las tierras más al oeste, donde la pendiente se incrementa de manera constante de sur a norte, la respuesta económica a este límite es el avance de norte a sur de la población en busca de mejores rendimientos de los cereales. No es probable que opere ya en el siglo décimo cuarto en esta dirección el factor, dada la escasez de elementos pobladores. La regulación de la exportación obliga a aceptar que desde al menos 1313 es posible tener la certeza de que el del trigo es en esta zona marginal un mercado abierto, extraordinariamente abierto para un producto de subsistencia y con tantas propiedades económicas, acumuladas durante siglos. El mayor valor explicativo podría tenerlo el flujo de sur a norte de las producciones locales y de las importaciones. Entre fines del siglo décimo tercero y comienzos del décimo cuarto, cuando el espacio está escasamente poblado, el interés del comercio del trigo puede estar en que estimula el movimiento de la población. El comercio del trigo en el espacio oeste pudo ser un factor de población que debería tenerse en cuenta. El movimiento de la población del centro oeste tuvo siempre relación inmediata con el comercio del trigo. Por tanto cumple mejor con el objetivo de roturar si es un estímulo para los movimientos. Si se pone en relación la posibilidad de exportar trigo, vigente al parecer al menos desde comienzos del siglo décimo cuarto, con la política pobladora de la primera población del interior, cuyas instituciones tienen contenidos señoriales, concordarían ambas circunstancias en la insistencia por atraer población acotando dehesas boyales, pero no en la radicación mediante la siembra de vides; siempre que al mismo tiempo el trigo pudiera circular no solo hacia los puertos, al sur, sino aún más, al principio, desde estos hacia el norte.
2. Observadas las iniciativas pobladoras de la zona desde un proyecto acometido en 1311, parece más acuciante el deterioro de su población. El concejo de su núcleo más poderoso, que poseía la jurisdicción de buena parte del centro oeste, decidió crear en aquel dominio una puebla inmediata a un castillo. Algunas personas ya se habrían instalado en el lugar y se deduce que tal decisión en parte pudo ser consecuencia de una iniciativa pobladora anterior, de 1299, aunque para esta fecha es posible que allí también hubiera ya alguna gente asentada.
Los vecinos que en 1311 componían la comunidad que existiera, a la que pretendía atender el concejo con su iniciativa, vivían en condiciones de mucha pobreza. Tantas eran las dificultades en las que debían sobrevivir que decidieron amenazar con el abandono del lugar y quemar lo que hubiera de poblado. Puede que el estado que el documento describe sea una obra expeditiva de la retórica diplomática del momento, puesta al servicio de prejuicios interesados, con el propósito de ampliar privilegios a costa de la condescendiente actitud del concejo promotor. Pero es inapelable que se trata de un sitio para el que ya se había intentado, pocos años antes, una atracción de pobladores que no había satisfecho a sus promotores.
A fines del siglo décimo tercero se había decidido conceder al lugar una dehesa boyal, uno de los instrumentos para la población al que insistentemente se recurrió. Estimular la radicación humana con una dehesa común para el ganado vacuno innovó los procedimientos usados en aquel territorio, tomando como término de comparación el modelo que para el mismo fin aplicaron los primeros repartos tras la conquista castellana, concluidos cuando terminó el reinado de Alfonso X (1284). En estos la atracción de pobladores había sido confiada a la oferta de lotes individuales.
No está claro si las dehesas que se utilizaron como estímulo de la población fueron siempre y solo boyales. Datos algo posteriores permiten pensar que las acotadas con fines pobladores eran también cultivadas, pero no parece posible ofrecer con pruebas documentales una descripción que alcance hasta tales detalles de esa clase de espacios en el momento del que se trata. Serían pues al menos áreas destinadas en exclusiva a un ganado que al menos se aplicaba al trabajo del campo. Aceptando esta única premisa cierta, se puede deducir que las dehesas delimitadas tendrían como destino al menos suministrar la energía diaria que el ganado para la actividad agrícola consumía. Como se trata de un instrumento que pretende poblar, pudo hacerlo atractivo que su interposición permitiera que el consumo energético del trabajo animal no recayera sobre la renta de los campesinos.
Pero una dehesa boyal era tanto un servicio común como una renuncia particular. Desde el momento en el que se decidía su creación, la dehesa ocuparía un lugar en el espacio, por definición único y excluyente. La calidad de la dehesa, como la de cualquier otro lugar, sería irrepetible, aunque para hacerla útil al propósito poblador tendría que estar modificada por uno de los factores decisivos para conferir valor a una tierra, el de la distancia a los lugares habitados. Como la distancia se traduce en costos, y por tanto está en relación inversa con la estimación cualitativa de los espacios explotados -a mayor distancia más costos, y por tanto menor calidad-, si realmente la dehesa debe absorber gastos de la producción, porque los de tiempo empleado en el movimiento deducen cantidad de trabajo al que se pueda invertir en el suelo, siempre hablando en términos económicos, que son los de la enajenación, para con ella radicar población debe localizarse en las inmediaciones del lugar habitado.
Es muy probable que en aquel lugar simultáneamente hubiera tierras de la misma calidad disponibles para la población atraída con aquel medio en cualquier momento. De la misma manera que la dehesa no gravaría ninguna de las economías familiares, las economías concretas, tampoco cargaría sobre toda la economía de la zona ni sobre la común, de comunales o de propios, mientras hubiera espacio vacío o áreas sin colonizar de la misma calidad. Y como el ganado de labor también era utilizado para el transporte, igualmente hay que deducir que con la fórmula de la dehesa boyal el concejo patrocinador, más allá del propósito de colonizar, pretendería promover la producción agrícola a la vez que el transporte del que tuviera que servirse.
De ser correcto el contenido que para la dehesa queda supuesto, y nada aconseja pensar que se trata de una reconstrucción abusiva o que deforme de manera grave lo que ocurriera, habría que buscar en el espacio acotado las razones del fracaso que contiene el cuadro descrito para 1311. El deslinde de la dehesa hecho años antes también hubo de cargar con algunas carencias, aunque a causa del exceso verbal de los escribanos medievales permanezca la duda sobre cuáles pudieron ser las que condujeron al extremado balance que entonces por sus letras los vecinos presentaron.
Pudieron ser causa directa de la pobreza que invocaron, menos circunstanciales, más estables y constantes que las imprevistas, y en consecuencia contribuir a la crisis de la población, la insuficiencia de la extensión de la dehesa deslindada o la inadecuación de un recurso agropecuario a las actividades al alcance de los posibles pobladores. Pero es más probable que las razones del fracaso hubiera que buscarlas directamente en la deficiente producción del cereal, en las dificultades para el desplazamiento del producto en su territorio o en las dos causas al mismo tiempo. Las propiedades físicas de la zona permiten señalar la pobreza del suelo como la principal responsable de la baja producción, bien porque el espacio que fuera acotado estuvo por debajo de las necesidades energéticas bien porque el rendimiento del suelo aplicado al terrazgo fuera bajo. La tierra devolvería bajos rendimientos a cambio de altas cantidades de energía invertidas por pocas personas y pocos bueyes. Además, en el caso de que pudiera aspirarse al movimiento del cereal, más remoto, las características del espacio añadirían al transporte una dificultad que redundaría en la caída del beneficio. El error de la fórmula usada por el concejo poblador pudo estar en una inconsecuencia, el deseo de extender el crecimiento económico fundado en la agricultura a unas tierras con poco suelo. Todavía se puede sospechar que la receta aplicada alcanzaría a interesar menos aspirantes a trasladar su residencia que la alfonsina porque no modificó al instante su riqueza personal. Pero por el momento no es posible decidir si el procedimiento de la dehesa boyal complementó o mejoró aquel modelo. En cambio, se puede afirmar que la fórmula no dio el resultado que de él se esperaba.
La concluyente actitud de los vecinos, suficiente como para concederles el margen de crédito que permite tomarlos en serio, puso al descubierto algo distinto sobre las causas de la pérdida de población en la zona y por tanto del fracaso completo con el que amenazaron. Cuando expresaron sus razones no culparon a la dehesa boyal, sino que señalaron como responsables inmediatos de su amenaza los problemas de seguridad derivados de la presencia de las guarniciones encargadas de la conservación del territorio, así como las contribuciones que hubieron de pagar para costear las huestes destinadas a las campañas del Estrecho.
La guarnición territorial habría cargado sobre los vecinos deberes militares que les valieran alguna clase de gravamen. La retracción de pobladores en un ambiente naturalmente bélico pudo alentarla además el incremento no previsible de una tensión bélica habitual en la zona, descargada sobre el castillo del lugar. La que antes pudo parecer causa que invitaba a la iniciativa pobladora, la misma preocupación por asegurar la posesión del territorio, habría venido a convertirse en causa de lo contrario. A esto se añadiría la circunstancia fiscal provocada por otro deber militar. No pudo ser un objetivo declarado, aunque sí consecuencia de la sumisión al concejo con jurisdicción en la zona; consecuencia y objetivo evidentes, que sin embargo poco después también se volvieron a causa de pérdida de población. La ecuación despobladora avalada por el documento se enunciaría completa, por tanto, sumando a las iniciativas orientadas a garantizar la posesión del territorio el pago de contribuciones extraordinarias. Ambos términos acumulados originarían pobreza, y esta se convirtió en un factor de despoblación activa, movimiento negativo o emigración. De estas dos razones, la segunda desde luego era imprevisible, aunque no la primera, tratándose de un lugar contiguo a un castillo fronterizo. Lo incorrecto pudo ser aplicar un modelo general, el de la dehesa boyal, al caso.
Ante los fracasos, el procedimiento que se pretende aplicar por el plan de población de 1311 probablemente sea su mejor reconocimiento. Como indica alguno de los analistas que han sometido a examen el caso, recurre a viejas formas de reclamo de población, que basaban su atractivo en la posibilidad de incrementar el patrimonio personal. El concejo promotor exigió a los que se constituyeran en pobladores del lugar para el que se deseaba la población, si querían alcanzar la condición de vecino, plantar en dos años como máximo una parcela de viña. El patrimonio personal era al mismo tiempo que una causa o factor de población, una condición y un mecanismo de radicación. La siembra de vid otorgaría derechos a partir de la presura, un principio que nunca dejó de estar vigente como favorable a la creación de poblaciones.
Además concede a los vecinos la exención de las tributaciones concejiles durante diez años, de manera tal que pone al descubierto que la exención fiscal es su mayor atractivo. Pero la decisión, incluso para los promotores, era solo relativa o diferencial porque incluía el defecto de su limitación temporal, evidencia de que el promotor de la población no renunciaba al ingreso fiscal equivalente al reconocimiento de que el pago de servicios era un iniciador de la despoblación.
Se pretendió crear condiciones que hicieran atractiva la inmigración sin renunciar al que se reconocía como objetivo primordial del proyecto, que seguía siendo conseguir mediante la población garantizar la conservación de lo que entonces se consideraba genéricamente sierra. No se entiende que se empeñaran en dar preferencia a guarecer la tierra cuando habían debido reconocer que esta empobrecía a los vecinos y era causa de que amenazaran con destruir lo habitado e irse. El empeño estratégico de quien tenía la jurisdicción y la iniciativa pobladora, al que no deseaba renunciar tratándose de un castillo, aunque conservarlo pudiera ser causa de la despoblación y se opusiera al objetivo final de nuevo perseguido y declarado, que en consecuencia parece imponerse sobre cualquier otra consideración, pudo ser entonces el principal responsable de la despoblación, más allá de sus buenos propósitos colonizadores.
Dada además la amenaza de los vecinos de aquel lugar en 1311, ¿se puede admitir que actuaba entonces en la zona una despoblación activa o de tierra quemada? El teorema común sobre el origen de la despoblación supone el abandono o muerte lenta, una emigración paulatina hasta la extinción, que nunca es absoluta durante siglos. Según esta idea, la despoblación llevaría de la aldea al despoblado. Si se considera la posibilidad de que las amenazas contenidas en el documento se cumplieran, al contrario se podría pensar tanto en la desaparición instantánea de poblaciones como en la inmediata aparición de otra en otro lugar, si es que no se diluyen los emigrantes en una o varias poblaciones ya consolidadas. Tal supuesto permite también admitir la existencia de poblaciones itinerantes. Porque, en lenguaje demográfico ahora, no en el sentido primitivo de la palabra población, que es raíz o espacial, tal comportamiento supondría a la misma población, el mismo grupo humano, y dos lugares distintos en el espacio. De actuar la despoblación activa, el tiempo que separa la desaparición de un grupo humano de un lugar y su aparición en otro tendría que ser necesariamente corto.
Anexo a la teoria de las migraciones
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Recopilador | Tags: migraciones Deja un comentarioRecopilador
Era un hecho sumamente característico de las zonas de poblamiento indoeuropeo, donde los ritos de iniciación de los jóvenes guerreros eran frecuentes, que un grupo de jóvenes, que a sí mismos se identificaban como lobos, fuera separado de la comunidad, y que a su vez los segregados organizaran una fraternidad guerrera. En los mismos grupos también los fugitivos, los exiliados y los proscritos a causa de sus hábitos inciviles fueron asemejados a lobos. Tales tipos, y los símbolos que retenían las ideas que los explicaban, con el tiempo anudaron un lazo entre ellos, seres marginales, y los guerreros antiguos que evolucionó a identidad, como con el tiempo ocurrió con la legión extranjera de los colonizadores europeos en las tierras de otros continentes. Incluso es probable que aquel nexo diera origen a una forma recíproca, de manera que representar la condición de fugitivo, exiliado o proscrito pudo allanar el acceso a las iniciaciones rituales que daban crédito para el ingreso en las cofradías secretas de guerreros.
En la península ibérica, en plena antigüedad, tuvo que existir esta clase de fraternidades justificadas por la iniciación en la guerra. Se han recuperado testimonios figurados que avalan la posibilidad, unos en verdad imprecisos pero otros razonablemente directos. De Levante procede la imagen de un guerrero que lleva un pectoral adornado con una máscara de lobo, y la cabeza de un lobo adorna un escudo de Minerva hallado en el mismo litoral bastante más al norte. El rostro del lobo es el tema principal de los bronces procedentes del cerro de Máquiz, modesta eminencia localizada en Mengíbar, un pueblo en la actual provincia de Jaén, que documentan el uso del rostro del lobo como una máscara que cubría la faz de los efebos.
Del área de la península que habitualmente se relaciona con la cultura indoeuropea proceden testimonios que hablan en favor de la misma posibilidad. En una jarra hallada en el centro de la zona celtibérica aparece una cabeza humana cubierta con la piel de un animal que probablemente sea un lobo, y en una estela hallada en un lugar de la costa norte figura un guerrero también bajo la piel de un lobo. A causa de aquella simbólica investidura los combatientes figurarían haberse transformado en este animal.
Parece pues probable que en la península ibérica, antes de que los romanos la ocuparan, una vez que se sabían insuperables en occidente, el lobo fuera un símbolo que identificaba a los jóvenes guerreros. Al menos, entre una parte de los hispanos anteriores a la conquista debió naturalizarse la costumbre de presentarse con apariencia de lobo. Algunos defienden que este signo externo aspiraba a manifestar que quienes así actuaban en público estaban bajo protección divina.
Pero también es posible que la identidad entre guerrero y población marginada, en algunas zonas al menos, llegara algo más lejos. Entre lusitanos y celtíberos, que vivían ahora acosando a las tropas romanas ahora llevando sus rapiñas a donde mayor riqueza había, se mantuvieron primitivas asociaciones de jóvenes que se comportaban como lobos, se vistieran o no con la piel de este animal, no exactamente con fines bélicos. Las noticias antiguas sobre el bandolerismo y el latrocinio lusitano, tantas veces explicadas invocando la pobreza de quienes los practicaban, también podrían justificarse como actos de iniciación de los jóvenes, tal como era habitual entre las hermandades guerreras de los grupos indoeuropeos, para que con la experiencia que adquirieran en aquellas agresivas actividades ganaran en la combatividad que necesitaban para mantenerse aptos en un medio hostil. Así una parte de las fuentes de la conquista romana presenta a quienes quedaban al margen de sus poblaciones. Además, hay otras pruebas que indican que los jóvenes lusitanos, cuando vivían de la rapiña, se sometían a cierta ordalía de iniciación, una de cuyas facetas era la imitación de los lobos. Son citadas con reiteración y coinciden en considerarlos vinculados con el mismo sanguinario animal.
Probablemente, de esta vertiente de los ritos de identificación con el lobo derivó que con medios similares fuera sacralizada la emigración. La segregación ritual de los jóvenes lobos, sumamente característica de las zonas de poblamiento indoeuropeo, como similar en determinados elementos al ver sacrum civilizado, también ha sido documentada como una evocación de las causas de la migración errática en los territorios extremos. Tanto los celtíberos como los lusitanos que emigraban de sus comunidades y buscaban nuevas tierras donde vivir, o que simplemente huían como fugitivos en busca de otro lugar donde asentarse, se comportaban como lobos, eran llamados lobos o se encontraban bajo la protección de un dios lobo; lo que explicaría que se difundiera desde los antiguos la creencia en la licantropía, la cual sin embargo llegaría a ser solo un rito de imitación del aspecto exterior de aquellos animales y de sus comportamientos, porque su finalidad, en el momento en que permiten conocerla las fuentes invocadas, está lejos de ser agresiva y es exclusivamente alegórica.
Tras el tópico de la licantropía hispana parece haber una referencia al comportamiento al margen de la civilización, que sin embargo se consuma como origen de nuevas poblaciones. Fugitivos, exiliados y proscritos, que pudieron elegir estas desviaciones, serían asimilados a un lobo porque quien se vestía con la piel de tal animal pretendía hacer evidente su deseo de quedar relevado de las costumbres y obligaciones que a los hombres los mantiene solidarios. Con este símbolo se cerraría un ciclo iniciado como consecuencia de la expulsión de miembros excedentes de una comunidad, indicio reconocible en las pretensiones de licantropía, y la creación de nuevas poblaciones.
Según cierta teoría, que sea usado el nombre de un animal para denominar a un pueblo es indicio seguro de significado religioso, por la misma razón que en las características privativas de cada tipo irracional los egipcios más antiguos creyeron ver fuerzas sobrenaturales a las que se rindieron. Se explicaría este hecho porque sus conceptos religiosos serían tan primitivos que de aquella manera encontrarían una alegoría acertada. Así, la tribu hispana de los saefes, que era un grupo étnico que tenía a la serpiente como figura evocadora de la protección que para ellos deseaban; la cual pudo cargar también con el papel de epónimo, porque saeph es una raíz, común a determinadas lenguas del continente, cuyo significado es serpiente. Es una teoría más convincente que la similar que explica la presencia de animales en el ver sacrum civilizado.
Por la misma razón no habría inconveniente en suponer que un pueblo hubiera tomado su nombre de un dios que en su opinión se hubiera manifestado bajo la forma de un lobo, o de un ancestro mítico igualmente licomorfo. En las monedas de una antigua ceca del noreste de la península era representado el lobo, en opinión de los exégetas a consecuencia de que también su condición era la de tótem. De Ilteraka, un lugar sin localización definitiva pero que con seguridad estaba cercano a Mengíbar, procede una moneda en cuyo reverso también aparece representado el lobo. De ambos casos se deduce que este animal pudo ser indicativo del origen de sus respectivas poblaciones, y que tal forma de poblar pudo ser frecuente en el área oriental de la península.
La asociación del lobo a los excedentes de las poblaciones no es un fenómeno exclusivamente hispano. Con acierto ha sido señalada la relación etimológica que hay entre los dacios y los lobos. Similares a otros pueblos indoeuropeos también en este rasgo, pudieron conocer las cofradías de guerreros que se transformaban en animales salvajes para estimular su capacidad de agresión. La creencia en la inmortalidad que por esta causa admitían, porque previamente, como ocurría entre germanos, vinculaban el disfrute del mejor más allá a la muerte en combate, además de aumentar el coraje en la guerra debió actuar en favor de la asimilación al lobo. Una fraternidad guerrera pudo estar en el origen de los dacios mismos, consecuencia de la escisión de un grupo de jóvenes sedicentes lobos.
En Irán existían ciertas sociedades secretas, que pervivieron hasta época parta en el noroeste de la región y en Armenia, compuestas por jóvenes guerreros y militares pertenecientes a la nobleza, a cuyos miembros se les llamaba lobos. Veneraban a un héroe debelador de dragones, conocido como Garsap, también mencionado en los ritos mitológicos del año nuevo de aquella región, cuyos patronos eran Mitra y Vayu. Los miembros de estas sociedades se dedicaban a cultos muy excéntricos. Reconocían como deidad a la tierra, se entregaban a ritos de fecundidad y se abandonaban al éxtasis, lo que los arrastraba a una vida tan licenciosa que más tarde sería condenada por los seguidores de Zaratustra. Además sembraban el terror en la región. Hacían ostentación del pánico que despertaban utilizando como emblemas el dragón y el lobo, y adoptando el negro como color de su armadura y de sus vestidos. Pero también era privativo de esta peculiar confraternidad celebrar holocaustos que estaban relacionados con los ritos de fundación de una ciudad, durante los que se deleitaban en la ofrenda de víctimas humanas. Conmemoraban así que Garsap, el fundador de la ciudad de Sistan, sacrificó tres mil prisioneros tomados en la batalla de Kabul porque había votado que si fundaba la ciudad mezclaría la sangre con la tierra.
La trágica confusión del principio de las poblaciones con la versión de sangre humana, que comportamientos como estos justificaron, alcanzó probablemente también a la península ibérica. Un depósito de exvotos de gran importancia, de hacia el siglo octavo antes de la era, fue hallado al otro lado de la frontera occidental de las tierras para las que se pretendió la población a principios del siglo décimo cuarto posterior, a un tiempo patrocinada por la guerra y por el comercio del trigo. Estaba contenido en una fosa abierta con forma ovalada, cuyo fondo había sido revestido con lajas de esquisto. Además, en el lado norte de la fosa habilitaron una pequeña cista cúbica, también con placas de piedra, para que sirviera como depósito reservado a un cráneo humano. El que rescataron los excavadores de aquel lugar tenía indicios inequívocos de trepanación. Para los responsables del rescate, aquella prueba permite creer en un sacrificio de fundación, por el que el depósito de los objetos votivos que a continuación se hiciera quedaría sacralizado.
A los orígenes de un poblado del valle del Guadalquivir, acogido a una meseta, fundado con seguridad hacia el siglo noveno anterior a la era, cuyos vínculos primordiales aún no han sido del todo esclarecidos, corresponde el siguiente hecho. En un lugar próximo a donde serían construidas sus murallas, en el que hasta entonces no había hogar estable radicado, a fines del siglo octavo fue depositado un niño. Los arqueólogos han rescatado sus restos, que no están acompañados por prueba alguna de ritual funerario. Aparecieron sin piernas y sin parte de los brazos, con el cráneo aplastado y con la mandíbula rota. Es posible que las mutilaciones y las heridas que le fueran ocasionadas haya que atribuirlas a una consecuencia inevitable. Durante algún tiempo habría permanecido al aire, como un expósito menospreciado, aunque no es fácil admitir como causa de tales agresiones una impiedad universal que lo mantuviera por tiempo indefinido a la intemperie. Según otras opiniones, tanto la desmembración como las aparentes lesiones pueden ser el testimonio directo de un rito de fundación. Conmemoraciones como esta obligan a reconocer que las antiguas confraternidades militares, a las que pudieron asimilarse movimientos de población, proporcionaban medios para justificar el sacrificio infantil. En la inmolación de los niños, previa la renuncia a la vida, por tratarse de un recién nacido, o a lo sumo de un individuo que aún no ha alcanzado la juventud, habría encontrado refugio la iniciación en su grado extremo.
Teorías de las migraciones
Publicado: abril 30, 2013 Archivado en: Recopilador | Tags: migraciones Deja un comentarioRecopilador
En Varrón, escritor del siglo primero antes de la era, se lee que dos iugera, medida originada en los campos de Roma, hacían un haeredium, nombre cuyo sentido procedía de una decisión anterior. A cada quirite el legendario Rómulo habría asignado aquella cantidad de tierra incluyendo el derecho a su transmisión libre. La generosa dádiva, antes que un plan que buscara corromper las voluntades, sería un ardid para abolir definitivamente la tragedia del ver sacrum, expresión a la que en castellano se le ha dado el significado de primavera sagrada. En tan bárbara celebración, inspirada por la tiranía de la creencia en la divinidad con la que pervirtieron los antiguos las ideas que causadas por ciertas impresiones, los problemas de población y sus representaciones confluyeron hasta identificarse con el más infantil de los sacrificios.
El ver sacrum desarrollado fue una celebración dedicada a Marte, para la que algunos liturgistas sintetizaron los atributos del dios a los que se rendían sus seguidores. Sobre todo conocido como ser bélico, e incluso como potencia agrícola, de él también se admitía que proporcionaba la fecundidad, prisma del que apenas algunas caras se han hecho visibles hasta ahora, condición por la que fue apelado cuando se trataba de aquella celebración.
En su origen fue una ofrenda de primicias, presentadas al dios como prueba de reconocimiento y con la esperanza de que a sus adoradores, resignados a perder una parte de su trabajo, devolviese con creces los frutos que le consagraban. Mas si solo fuera esto lo que al ver sacrum le dio carácter, poco podría distinguirse de otras liturgias insensatas. Había acumulado suficientes rasgos peculiares como para separarlo de ceremonias religiosas que se le pudieran asemejar, fueran ritos de ofrendas de los primeros frutos o representaciones atenidas a la conmemoración de la primavera. Es probable que sus características las adquiriera porque en él, desde muy pronto, se refugiaran creencias más oscuras, ya próximas ya semejantes, relacionadas con celebraciones excesivas de la potencia para fecundar.
En una población, cuando ocurría una catástrofe, tanto natural como provocada por el hombre, así una sequía como una hambruna, una epidemia o una guerra, la respuesta prevista por el rito, dada su inspiración política, era ofrecer un sacrificio a Marte. En primavera se le entregaba todo el producto de aquel año, decisión que le daba sentido al nombre con el que fue conocida la costumbre y que la consagraba. La primavera, justo porque el esfuerzo de todo el año quedaba contenido por los bienes a los que se renunciaba cuando habían alcanzado su valor más alto, se identificaba con el transcurso completo del ciclo anual. Víctimas obligadas de aquel sacrificio eran los productos de la tierra y las crías del ganado, pero sobre todo el más preciado de los que tenían su origen en la fecundidad, los niños nacidos durante el año crítico. Los recién nacidos debían ser inmolados porque era inexcusable cumplir la promesa que sus padres le habían hecho a Marte en el momento que el destino eligiera para delegarlos al mundo, cuando eran comprometidos a cambio del éxito en el parto. En el instante mismo de cada nacimiento su progenitor, replicando al don recibido gracias a los poderes del dios, quedaba obligado a renunciar al descendiente habido cuando Marte diera pruebas de sus crueles exigencias, transmitidas sirviéndose de los sucesos adversos.
La lectura más despiadada opina que el rito, descontado el teatro de la liturgia, se puso al servicio del problema de la sobrepoblación de las comunidades que habían de acoger a los recién nacidos resistentes a la mortalidad perinatal, y no obstante carecían de medios para naturalizarlos en ellas, aunque la decisión fuera extremadamente cruel. Los adultos, porque habían alcanzado la madurez, decidían deshacerse de aquel modo de los elementos vivos más recientes cuando la supervivencia de los que ya existían estaba amenazada por la subsistencia de los últimos en llegar; como cuando se detesta el último negocio urdido en la selva de la especulación, la llegada más reciente de mercancía ganada en mercados desconocidos, el logro próximo en el tiempo de quienes decidieron ignorar a quienes junto a ellos se habían esforzado por conseguir metas similares, aun cuando arriesgaran con dinero ajeno o pretendieran salvar a sus contemporáneos sirviéndose del esfuerzo que hubieran atesorado tras años de trabajo. Tan bárbaras costumbres, que condenaban al exterminio el grano de la fecundidad, su fruto recién brotado, todavía eran mantenidas a fines del siglo décimo primero antes de la era, tiempo remoto y casi olvidado, a pesar de los esfuerzos de los documentalistas que han consumido sus vidas en perpetuar de él la memoria.
Pero a partir de un momento que no ha sido posible precisar, que pudo coincidir con el cambio de milenio, la primitiva costumbre se civilizó. Fuera en aquel momento fuera siglos después, ya en la época histórica los niños que habían nacido durante las situaciones difíciles, en lugar de ser sacrificados, eran consagrados a Marte de por vida, una manera diferida de fenecerlos.
Según aquella versión definitiva, por el ver sacrum al dios severo era consagrada la generación de jóvenes que correspondiera. Solo ellos adquirían literalmente la condición de sagrados y bajo el peso de esta carga crecían. Contando con la conciencia de sus raíces, y gracias a la satisfacción que con aquel rito se le venía proporcionando al ácido inspirador de las guerras, a cuyas simas por esta causa podían precipitarse, a partir de aquel compromiso se le quería estimular para que en recompensa actuase como protector de la juventud; papel no del todo ajeno a sus otros significados primitivos, antes a tal distancia de ellos que se podría decir que se convertía en el tercer vértice que le otorgaba el equilibrio necesario para sostenerse adorado a pesar de su sorprendente justificación como ser divino.
Llegados a la adolescencia, los que así habían sido consagrados debían recompensar la distinción en la que habían crecido, que les obligaba aun sin contar con su voluntad; como ocurriría a los bautizados al gusto romano, nacidos en las generaciones procreadas por los antepasados más inmediatos de los habitantes actuales de la parte meridional de occidente, que por decisión de sus paternidades precedentes quedaban obligados a copia de actos cuyo sentido ignoraban. Como la guerra era excepcional, y sobrevenía solo cuando el control de las voluntades estaba muy concentrado, en las condiciones habituales los elegidos, antes que abocados al holocausto, eran expulsados de la población y enviados en expedición colonizadora, cargando con el deber de encontrar una tierra en la que asentarse, excelente salida al uso atrabiliario del semen. Donde antes había muerte, gracias a tan sabia mutación, hubo emigración adulta, muerte postergada por las leyes de la movilidad. Con el nuevo ver sacrum, que los exégetas prefieren denominar ver sacrum civilizado, quedó reglada una permanente salida al comportamiento expansivo de la fecundidad, o irresponsable causante del crecimiento insostenible de las poblaciones.
Pero la superstición nunca fue ajena al movimiento, embarcados los hombres al nacer en navíos sin rumbo, ni brújula, ni radar, ni sonar, ni astrolabio, ni murciélago retenido con una cuerda que subviniera a los medios orientadores. La expedición de los jóvenes que por causa sagrada emigraban, para una parte de los analistas, la guiaba un animal asociado a Marte. Con más probabilidad pudo representarla un animal a cuyo amparo ritual, porque se le admitiera también valor simbólico de la divinidad, se desplazaría el grupo sometido a la experiencia. Representando el papel de conductores, las fuentes mencionan el toro, el lobo y un ave que durante siglos conocieron con el nombre de pico, detalle del relato de esta liturgia que los intérpretes explican con fortuna diversa.
Según la más admitida por quienes incluyeron el mito en sus explicaciones, los adolescentes consagrados a Marte que habían de emigrar seguirían a un ejemplar de alguna de estas clases salvajes, y allí donde se detuviera pararían. Ahora parecen más acertados los que aventuran que el animal conductor de la marcha de los consagrados en los textos fue la recreación literaria de la insignia que en los desplazamientos guiaría a los emigrantes.
Pero fuera viva o alegórica, creían que por aquella señal el dios indicaba cuál era la tierra que había elegido para que se establecieran los que a él habían sido consagrados. A consecuencia del ver sacrum civilizado, generaciones de jóvenes se establecerían fuera del territorio del que eran originarias. El problema que a la supervivencia de todos pudiera crear su nacimiento, en los casos cuya particular gravedad era percibida por la población germinal como una catástrofe, quedó resuelto habilitando esta válvula.
Se tratara o no de una invención propia, el ver sacrum civilizado llegó a naturalizarse como rito entre los pueblos que habitaban la península itálica. Su vigencia se detecta en buena parte de sus pobladores antiguos, especialmente los samnitas. Por el procedimiento del ver sacrum, según una antigua tradición, los sabinos habrían colonizado el Samnio. Sus primeros pobladores siguieron desde una legendaria Sabina a un toro, extraordinario hecho repleto de vigor y valentía, en memoria del cual una de sus capitales recibió el nombre de Bovianum, topónimo con el que a un tiempo se conmemoraban potencia y cuernos. La causa de aquella iniciativa se explica porque en algún momento de su existencia los primitivos sabinos se vieron afectados por un problema de sobrepoblación especialmente grave, por lo que gran parte de sus ciudades tuvieron que ser consecuencia de un ver sacrum. Por la misma causa, otro grupo de sabinos, que en los textos fueron llamados sacrani, asimismo por haber sido consagrados durante un ver sacrum, había ocupado el solar de la mismísima Roma, adelantándose a la fundación de la ciudad por Rómulo, y había sido el responsable de la expulsión de aquel lugar de sículos y ligures, sus anteriores pobladores.
Del núcleo originario de Sabina partió otra expedición, movida por idéntica necesidad a la que había recomendado las anteriores, ahora conducida por un pico. Marcharon en dirección al Adriático y en su proximidad se establecieron. A consecuencia de aquella iniciativa tuvo su origen el pueblo justamente llamado piceno o picente, para conservar la memoria del animal que había servido de guía y medio de expresión de la voluntad divina.
De los samnitas también se desprendería la tribu de los hirpinos, esta vez guiados por un lobo, según una de las tradiciones, por un cabrón según otra. La historia sobre el origen de los hirpinos, transmitida por medios diferentes, se repite para explicar la radicación de los lucanos, y entre los umbros sobrevivió una parte de los ritos del ver sacrum antiguo porque mantuvieron la costumbre de sacrificar animales recién nacidos. Los mamertinos, que tenían al dios Apolo como su divinidad principal, hasta el punto que lo habían hecho objeto de un culto civil, lo erigieron en el actor protagonista de su propia versión del ver sacrum. Todavía durante la primera mitad del siglo tercero anterior a la era mantenían tan activa la misma costumbre que fue un ver sacrum, según sus leyendas, el que los condujo a la ciudad griega de Mesina, en la isla de Sicilia, donde constituyeron un estado propio por algún tiempo.
Los contemporáneos de aquel rito tan particular, cuya práctica sorprendía a otras gentes, en especial a los griegos, vivieron convencidos de que la población de aquella península había sido consecuencia de su aplicación genuina. Por eso se puede admitir como una costumbre por completo original de Italia, aunque algunos indicios, como los que algunos han encontrado en cierto mito celta, cuyos protagonistas se dirigen hacia Italia y el Danubio en busca de tierras emancipadoras, permiten pensar en una raíz aún más remota de esta manera tan peculiar de poblar.
Pero la excelencia de estos hechos radica en que la tradición recibida sobre los ritos aplicados al origen de las poblaciones, a causa de la reducción racional de las similitudes, fue injertada por los etruscos en sus procedimientos migratorios. Sus ceremonias pobladoras, conocidas con suficiente detalle, sin enmascararlo por completo decidieron distanciarse del ver sacrum, y ateniéndose a ellas en el Lacio fueron creadas ciudades.
La fidelidad con la que pueden ser restauradas hay que agradecérsela a que entre los etruscos la literatura ya había ganado la posición política que por derecho propio consolidó con el tiempo. Gracias a esta conquista, fueron redactados ciertos libros que prescribían el rito que se debía respetar para fundar acertadamente las nuevas poblaciones. Habiendo previsto los promotores que no hubiera obstáculo alguno para la obra, se preparaba todo lo que había que emplear en los sacrificios y los festejos apropiados; de modo que llegado el momento conveniente, revelado por signos, era elegido el día adecuado a la representación del ceremonial programado y solemnemente designado para el comienzo de las actividades de la urbe nueva.
Lo primero era ponerse a bien con los dioses. Tras celebrar sacrificios en su honor, el jefe de la nueva comunidad ordenaba a quienes habían decidido acompañarlo en el inicio de la población hacer lo mismo que él, cada uno según sus posibilidades, cada cual según sus necesidades. Después tomaba los augurios divinos y a continuación ordenaba que se hicieran hogueras delante de las tiendas. Sacaba al pueblo fundador de donde transitoriamente se había cobijado. Entonces todos debían pasar por el fuego, cada uno saltando por encima de su hoguera, acto que alegorizaba la purificación de las culpas de las que pudieran ser portadores y que parecía necesario cuando se trataba de reanudar la vida en otro lugar. Las llamas carbonizarían cuanto les hubiera contaminado y traído consigo. Contaban también con que aquella exposición al riesgo sería razonablemente grata a los dioses.
Acto seguido, llamaba a todos los concurrentes al lugar elegido para delimitarlo con perpendiculares. Equipado con un arado, del que debía tirar un yugo al que se habían uncido un buey o un toro y una vaca, cualquiera de ellos capaces para el trabajo, y que él mismo había de conducir, abría un surco profundo que marcara el perímetro de la ciudad nueva. Porque el surco estaba destinado a recibir la muralla que protegería la población, cuando el tiro llegaba al lugar donde tendrían que ser construidas las puertas su guía levantaba la reja del arado. Finalizada la obra, sacrificaba buey y vaca fundacionales y acometía las primeras ceremonias de otros sacrificios. Por último, ordenaba a todos los primeros pobladores que se pusieran al trabajo.
Prescribían también los libros lo que era correcto para que las calles de la nueva ciudad fueran trazadas y sus edificios levantados; cómo debían consagrarse las aras, construirse las murallas y localizarse las puertas; cómo habían de distribuirse las gentes primeras que poblaran, en cuántas tribus, curias y centurias; cómo formar y ordenar el ejército y todo lo referente a la guerra y a la paz. Además, concorde con tan minucioso ritual, también estaba escrito en los libros sabios el de fundación de las instituciones civiles y militares, cómo firmar tratados y cómo declarar la guerra.
Era parte de las ceremonias que en el lugar que luego sería el centro civil y político, coincidente con el centro geométrico del cuadrilátero que había sido marcado para solar de la ciudad, fuese abierta una fosa delimitada por una circunferencia, la que sería llamada mundus en latín, para sembrar la buena voluntad donde la vida colectiva, una vez que la nueva población se hubiera consolidado, estaría concentrada. Allí eran arrojados las primicias de todo lo que apreciaran los primeros pobladores y testimonios de lo que les pareciera necesario para la vida, un acto de renuncia en el cual sobrevivía el último eco del ver sacrum primitivo. Los mismos que habían acompañado al líder del grupo en el trazado del surco que había de rodear el espacio de la ciudad, concluían echando a la fosa abierta las pellas de gleba que había arrancado el arado, de modo que nada quedara fuera. Para terminar, cada uno de los presentes arrojaba a la fosa el puñado de tierra que había traído de su lugar de procedencia.
Los etruscos conservaron con escrúpulo las formas de este rito fundacional y sus entendidos fueron solicitados por los romanos para que lo ejecutaran en su favor. Gracias a ellos, los magistrados de la primera ciudad del orbe preservaron la costumbre de abrir un surco que delimitara el terreno que elegían para fundar una ciudad, y cuando su ejército levantaba un nuevo campamento, quizás porque era un espacio consagrado a Marte, el rito que debía cumplir mantenía en lo fundamental el de la fundación de colonias y ciudades al estilo etrusco, por lo que en su interior erigía altares para hacer sacrificios.
Pero en la leyenda de la fundación de Roma, Rómulo, el personaje ficticio que precisamente encarna los papeles destinados a autorizar el origen de la gran urbe, aunque actúe refiriéndose a prototipos latinos, que incluirían la asimilación de las costumbres etruscas a la de otros pueblos itálicos, fue finalmente modelado con criterios griegos. Con el tiempo, a la leyenda le fueron añadidos elementos procedentes de la cultura oriental para que adquiriera el prestigio que para los antiguos romanos, a partir del siglo cuarto, espontáneamente confería cualquier contacto con el mundo helénico. En el relato, Rómulo encarna la figura del oikistés, el fundador de las ciudades griegas, un noble al que la metrópoli designaba como guía de la expedición con el encargo expreso de fundar una colonia, la que por esta razón desde el primer momento adquiría el rango de polis.
Los trabajos reservados al fundador griego eran bastante completos, tan extensos como las necesidades que pueda originar una ciudad civilizada. Aunque también debía delimitar los espacios que ocuparía, sus obligaciones preferentes eran distribuir la tierra entre los colonos, proporcionarles leyes para que pudieran gobernarse e instituir los primeros cultos públicos, a imitación de los que en la metrópoli las creencias comunes mantenían. Por eso a Rómulo no solo le es atribuida la fundación física de Roma, para la que actuó siguiendo rigurosamente los preceptos etruscos, sino que ateniéndose al modelo griego también promovió las instituciones políticas de la ciudad, el orden social a partir de la división entre patriciado y plebe y la concesión a los primeros romanos del que habría de ser su medio de vida, mediante el reparto de tierras, como haría el fundador de una colonia griega, acto en cuyo transcurso Rómulo instituiría el haeredium que pretende Varrón.
Aun así, la tradición sobre la vigencia del rito del ver sacrum la llevan al límite de lo verosímil sus intérpretes más entusiastas. Recuerdan que, a pesar de la adopción del rito etrusco de población y su contaminación con el elemento griego, el ver sacrum nunca fue del todo ajeno a Roma. En el año 215 antes de la era, porque así lo habían prescrito sus Libros Sibilinos, allí fue necesario prometer solemnemente un ver sacrum a Júpiter, previa la aprobación de sus quirites mediante consulta. En consecuencia, una ley prescribió el voto del ganado nacido durante las siguientes cinco primaveras.
Probablemente la costumbre del ver sacrum había perdido, a fines del siglo tercero anterior a la era por la que se rige la cronología occidental, su sentido originario, del que solo sobreviviría el amor por la liturgia. Por eso la iniciativa entonces se limitaría a tomar la forma de una decisión legal. También se puede pensar que estos ejemplos tardíos son explicaciones muy intervenidas por el propósito de conseguir una buena elaboración textual para el pretendido momento original de los hechos narrados. En ellos casi todo sería recreación literaria. Pero cualquiera de estas explicaciones ignoraría que el comportamiento primitivo, que emergía sirviéndose de las pasiones, fue la constante que consintió la ramificación imprevisible de cualquier creencia sobre la fecundidad. Otras visiones retrospectivas de hechos similares, igualmente alentadas por el prestigio del ascendiente helénico y la pasión literaria, desbordaron la contención y permitieron que emergieran con toda su violencia.
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