Es la guerra
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Diomedes del Ponto | Tags: guerra Deja un comentarioDiomedes del Ponto
En la Palestina antigua, el momento de mayor tensión hasta ahora conocido tuvo su origen, antes que en la agresividad de Akenatón, en su actitud pasiva. Dushrata de Mitanni provocó a los hititas avanzando hacia el Tauro, muralla natural de Anatolia. Cuando los hititas replicaron, Akenatón, en aquel momento la persona que encarnaba la tercera potencia regional, no reaccionó, aunque ya era habitual que la tercera fuerza de la zona fuera la decisiva en las desavenencias, puesto que su apoyo a una de las partes enfrentadas rompía cualquier equilibrio que se hubiera pactado, aun a sus espaldas. Akenatón estaba absorbido por los asuntos de su reino y poca atención quiso dirigir a los acontecimientos de Asia.
Al principio, el prestigio de Egipto indujo a quienes ya habían comprometido sus decisiones a una acción con cautela. Pero Mitanni fue destruida por los hititas y su país ocupado por el sur hasta Alepo y Alalaj. Los hititas, aleccionados por la vida en la meseta, eludieron el enfrentamiento directo con Egipto. Prefirieron fomentar, por cuantos medios tenían a su alcance, entre los vasallos que en Asia tenía la potencia africana las intrigas y el sabotaje.
Del poder que entonces los hititas desplegaron en Levante, y de la eficacia de sus métodos de intimidación y agresión indirecta, da idea que las ciudades que hasta entonces se mantenían dentro de la órbita egipcia, faltas del apoyo de su potencia, se vieron precisadas a modificar sus lealtades. Aun así, los aliados y vasallos de Asia que consiguieron mantenerse fieles, todavía una parte importante de la región, dirigieron informes y peticiones de ayuda a Egipto. Por el momento, a pesar del peligro al que estaban expuestos sus intereses, no recibieron la respuesta deseada, y todavía aún más comprometidos pudieron verse.
Hacia 1360 el gran Supiluliumas, rey hitita, torpemente inducido a una lucha dinástica con la casa real mitannia, cruzó las montañas, marchó hacia el sur y en campañas que duraron cinco años sojuzgó toda Siria, e incluso es posible que llegara a conquistar Palestina. Tan enérgicas iniciativas consiguieron acabar definitivamente con el reino de Mitanni.
Entonces Egipto no podía intentar el rescate de su puesto en Asia sin antes haber restaurado el orden interno, una vez pasada la crisis constitucional abierta por el excesivo reinado de Akenatón. Superada, gracias a la feliz iniciativa de Horemheb, Egipto estuvo en condiciones para dar la réplica al expansivo poder hitita. Fue Seti I, faraón entre fines del siglo décimo cuarto y principios del décimo tercero, quien inició la reconquista de las posiciones egipcias en Siria y Palestina. Los sucesivos ensayos fueron por año más eficaces y los avances igualmente acumulados. Sería un exceso describirlos. Baste decir que el nuevo equilibrio fue impuesto en la zona cuando el hijo de Seti I, Ramsés II, faraón cuyo reinado se estima comprendido entre 1290 y 1224, tomó la iniciativa. El alcance y el sentido político de sus acciones militares puede demostrarlos el relato de un encuentro, el que fijó las posiciones de las fuerzas que compitieron por el dominio de la zona, hititas desde el norte, egipcios desde el sur, del modo más decidido.
De nuevo aseguradas sus posiciones en el delta, tanto al norte como al oeste, Ramsés II pudo volverse para afrontar la grave situación que en Asia se había creado. Allí los hititas, bajo la dirección de su rey Muwatalli, otra vez avanzaban sobre Siria, una vez que Seti I los hubiera detenido por algún tiempo.
Por entonces los egipcios habían consolidado su posesión de la costa de Amurru, donde al norte de Beirut desemboca el río que hoy es conocido con el nombre de Nahr-el-Kelb. La línea del curso fluvial era en aquel momento una vía estratégica para los intereses egipcios en la zona porque permitía penetrar en el país desde la costa, y el transporte rápido hacia el interior de los abastecimientos que por el mar llegaban. Gracias a este vector y a su origen, que aseguraba el desembarco, venía sosteniéndose la posición de Egipto en la región.
Mas Ramsés, durante el año quinto de su reinado, decidió afrontar al enemigo del norte de un modo más decidido, porque la presencia hitita en las proximidades de los territorios que eran de su interés por días era amenazante. Partiendo de la fortaleza fronteriza de Tjel, marchó por tierra, con un ejército integrado por unos veinte mil hombres, en dirección a Siria.
Avanzaba el ejército egipcio hacia el norte organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Amón, Re, Ptah y Seth. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Ramsés, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por Palestina. Subió por la ruta próxima a la costa y, a través del Líbano, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Orontes, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad de Kadesh, aliada entonces de los hititas.
Al campamento que había instalado al alcanzar el río llegaron dos beduinos, quienes declararon ser desertores del ejército hitita, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al norte, cerca de Alepo. Juzgando por aquella información, decidió entonces Ramsés cruzar el Orontes desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra los hititas marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí.
Eligió Shabtuna, la actual Ribleh, como lugar adecuado para atravesar el río e idóneo para instalar su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Amón atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Re a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al sur, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda cada vez más próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
Pasado el Orontes por la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de Kadesh. Estaba el faraón aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías hititas en las proximidades del campamento egipcio. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por todo Asia Menor, el rey hitita lo había concentrado al otro lado de Kadesh, al nordeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Ramsés ordenara.
Reprendió severamente el rey egipcio a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió al visir y a otro mensajero, en veloces carros subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas egipcias. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas hititas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los egipcios, y de esta manera cortaron la llegada de la división Re, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del hitita que estuviera.
Observaba Ramsés desde el alto elegido para dirigir los movimientos de las tropas las acosadas y las enemigas, ya subido en su carro de combate y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. La división Re estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el faraón guardaba. De súbito, Ramsés se precipitó en la desigual batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Ramsés mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante el combate. Frente a ellos se batían dos mil quinientos carros hititas, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento egipcio a causa de esta precipitada acción, detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó aquel a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo de su saqueo. Un inesperado contingente de reclutas egipcios, procedente del noroeste, de la costa de Amurru, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los hititas habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.
La lucha abierta en la llanura se prolongó durante varias horas, y la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de carros enfrentados. Finalmente los egipcios vencieron. Los hititas que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Orontes, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos carros que la batalla habían iniciado, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.
Su rey Muwatalli contemplaba la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros hititas que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de tales héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas egipcias no fueron menos graves, mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Ramsés, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.
Kadesh no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Esta vez Ramsés prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas. Deseaba entonces de su enemigo la derrota completa.
A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso se fue imponiendo implacable el ejército egipcio, acción tras acción, hasta que el rey hitita decidió detener el derramamiento de sangre y envió al faraón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.
Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo, para reordenar el grueso de los combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente del territorio de Amurru, aun cuando el egipcio lo hubiera atravesado inopinadamente y considerase aquel país excelente retaguardia. Los generales egipcios, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad de las demandas de Muwatalli. Ramsés, al recibirlas, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde el campo enemigo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los hititas, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Ramsés con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Egipto.
No fue aquella la paz definitiva, sino una tregua. Durante los años sucesivos se reprodujeron los enfrentamientos entre el ejército hitita y el egipcio en la parte de Asia por la que entonces habían dirimido, aunque en ninguno de los casos conocidos la lucha alcanzó la grandeza de aquel combate a orillas del Orontes, que en lo sucesivo los siglos conocerían como la batalla de Kadesh, aunque de nuevo fuera el propio Ramsés quien la condujera.
Al frente de sus tropas, más tarde lucharía contra Dapur, ciudad de hititas próxima a Tunip, probablemente de la tierra de Amurru, a medio camino entre Kadesh y Alepo. Debió ocurrir este enfrentamiento durante el año octavo de su reinado. Entonces de nuevo dio sus habituales muestras de valor excepcional porque no se vistió su armadura hasta pasadas dos horas de combate. Aquel mismo año también sostuvo enfrentamientos contra ciudades más meridionales de la misma región, entre ellas Caná de Galilea. Habían pasado tres años desde la batalla de Kadesh y aún había guerra en el norte de Palestina.
El tratado de paz definitivo entre hititas y egipcios, que pondría fin y fronteras estables a los enfrentamientos por el dominio del Asia próxima, fue también una obra ejecutada durante el reinado de Ramsés II, porque los hombres grandes para la guerra, que no cierran los ojos cuando ante ellos pasa la muerte, son los más sólidos garantes de la paz. Llegó, como un fruto que hubiera necesitado muchas estaciones para madurar, durante su vigésimo primer año.
Reinaba ya entre los hititas Khatushili III, una vez que se hubiera consumado el tiempo del valeroso Muwatalli y aun entre ambos hubiera reinado Murshili III. Decidió Khatushili, cuando ya vivía los días de su poder, enviar mensajeros ante el faraón. Eran portadores de una tableta de plata con un texto para tratado escrito con cuneiforme en la lengua franca de aquellos tiempos. Tan egregia presentación era la que consideraba digna del beneficio de la paz largamente buscado. En realidad su texto ya había sido aceptado por ambas partes. En él Ramsés II y Khatushili III recordaban que, a pesar de haber celebrado una concordia anterior, no había sido posible evitar la reciente guerra. Como aquella paz no fuera garantía contra el derramamiento de sangre, declaraban que el nuevo tratado la aseguraría para el tiempo que vivieran y para el porvenir. La premisa que juzgaban necesaria para que fuera erigida sobre bases duraderas era la renuncia por uno y otro firmante a cualquier conquista territorial en lo sucesivo. Además, para anudarla con más fuerza, se prometían mutua ayuda frente a enemigos exteriores y recíproca extradición de refugiados y exiliados políticos. Y, como en la alta antigüedad para los reyes no era inmoral desear el mal, además quedaron escritas maldiciones contra cualquiera que violare el tratado, bendiciones para el que lo respetare y varios dioses, así hititas como egipcios, convocados como testigos del pacto celebrado.
No constan en el texto del tratado las fronteras acordadas, lo que no debe interpretarse como presagio de la fragilidad de una amistad a tan alto grado llevada, con tan legítima complacencia proclamada. Palestina no era el objeto de la disputa porque desde tiempo atrás estaba en manos egipcias. La incertidumbre se cierne como sombra sobre el mapa de Siria, territorio en el que en consecuencia no es posible marcar hasta dónde había alcanzado el poder de los norteafricanos.
El tratado de paz fue ratificado trece años después de su primitiva firma. Consistió la corroboración en que el rey hitita envió a Ramsés III su hija mayor, ya avanzada la edad provecta del faraón, para que hiciera la gracia de convertirla en su esposa. Era el más preciado de los presentes que una larga comitiva, colmada de regalos, llevaba desde Hati hasta Egipto. Y, todavía algo después, también la hermana más joven de la princesa hitita fue hasta Egipto a la vanguardia de otra carga de presentes.
Tal vez los hechos de Ramsés, así como las decisiones de las que se beneficiaron quienes le sucedieron en el primer trono de África, merezcan el reconocimiento más alto, el que a los héroes tributa la épica. No es probable que en la primera antigüedad puedan encontrarse circunstancias, personas y gestos tan dignos de encomio, ni incluso tomando distancia, permitiendo que bajo el objetivo queden otros seres y otras épocas. Tan grande, extenso y digno de estima es el relato que de la batalla de Kadesh y sus consecuencias ha persistido.
Historia cartaginesa de Sicilia
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Diodalsas de Agrigento | Tags: guerra Deja un comentarioDiodalsas de Agrigento
En el año 494-493 Anaxilao, hijo de Cretines, miembro de una familia de la aristocracia que gobernaba en Regio, población que afrontaba a Sicilia al extremo suroccidental de la península itálica, derrocó la oligarquía y se convirtió en el tirano de la ciudad. Su primera acción estuvo dirigida a recuperar Zankle, la ciudad al otro lado del estrecho de Mesina, tradicionalmente aliada estratégica de Regio, cuyos ingresos dependían del control de la navegación en aquellos lugares de obligado tránsito. A falta de otras riquezas, necesitaba de Zankle, que en los últimos tiempos era ajena a esa amistad porque hacia sí la habían atraído los tiranos de Gela, ciudad principal de la costa meridional de la isla.
Anaxilao se anexionó Zankle y organizó sobre las dos orillas su único dominio. Para la conquista contó con la ayuda de los refugiados samios y milesios que en la ciudad vivían, allí instalados tras la insurrección de los jonios contra los persas. Pero, desconfiando de ellos, al poco fueron rechazados por Anaxilao. Para ocupar su lugar hizo venir mesenios, quienes cambiaron el nombre de Zankle por el de Messana, actual Mesina.
Ocurrió después, en el año 491, que murió Hipócrates, el tirano de Gela, padre de un par de aspirantes a su puesto. Tuteló su minoría Gelón, hijo de Dinómenes, quien acabó con la crisis apoyándose en tropas mercenarias. Alcanzada la estabilidad, ignoró a los sucesores y se erigió él mismo en tirano, modalidad de autócrata que suplantaba al monarca ignorando la apariencia de legitimidad que la religión le confería.
Mientras tanto, en Siracusa, lugar principal del frente este de la isla, un gobierno oligárquico había sido sustituido por otro democrático. La aristocracia de la ciudad, repelida por el poder disoluto, buscó refugio en Cásmenas y solicitó de Gelón la ayuda necesaria para recuperar su dominio. Gelón empleó los medios a su alcance para cercar al nuevo régimen y en el año 485 a él se rindió su gobierno.
Cumpliendo lo acordado, el tirano de Gela restituyó el poder a los aristócratas, aunque en la práctica incorporó la ciudad a sus dominios, hasta el punto que la convirtió en el centro de su estado. Era el lugar con más población de la isla, estaba orientada a Italia y a Grecia, hacía de centro comercial y tenía uno de los mejores puertos del Mediterráneo. Ocupaba una posición central si se tenían en cuenta todos los dominios de quien entonces la controlaba.
Engrandeció Gelón su nueva capital. Más de la mitad de los habitantes de Gela fueron transferidos a ella con derechos de ciudadanía. Como, al tiempo, en Camarina hubo una rebelión contra el gobernador, obediente a Gelón, la ciudad fue destruida y sus habitantes asimismo trasladados a Siracusa. Algo similar ocurrió con otras dos ciudades menores, Mégara Hiblea y Eubea de Sicilia, también arrasadas ambas y sus territorios incorporados al de Siracusa.
Al conquistar Gelón Siracusa, Anaxilao, como había arrebatado Zankle a la influencia de Gela, temió por su posición y se sintió amenazado por la probable vecindad de la gran ciudad que se extendía. No tuvo más que buscar sus propias alianzas. Se casó con una hija de Terilo, hijo de Crinipo, el tirano de Hímera, ciudad al oeste de Zankle, en la costa norte de la isla, vecina a los territorios cartagineses.
Del mismo modo que los demás tiranos de Sicilia habían buscado la ayuda de los cartagineses, temerosos del aumento del poder dinoménida, la prudencia de Terilo lo había congraciado con los dueños del próximo norte de África. Amílcar, quien luego dirigiría el ejército cartaginés, hijo de Hannón, sufete de los cartagineses, y de una siracusana, era amigo personal de Terilo. Para asegurar su posición, Anaxilao se ligó con un pacto de hospitalidad a Cartago, la única potencia capaz de ayudarle en un enfrentamiento con Gelón. Cartago decidió la alianza con él porque aspiraba a controlar el estrecho de Mesina, pensando en sus intereses comerciales en el mar Tirreno.
En 489-488 Terón, hijo de Enesidemo, implantó la tiranía en Acragante, ciudad al centro del sur de Sicilia. Poco después fortaleció sus buenas relaciones con el que ya era el mayor tirano de la isla, en aquel momento aún extendiendo sus influencias, con un doble lazo. Terón se casó con una sobrina de Gelón y este con la hija de aquel. El objetivo del gran tirano, al concertar este acuerdo, era apoderarse de los emporios cartagineses en Sicilia, impuestos sobre la fracción más occidental, entre los que destacaban Panormo y Selinunte. En las alianzas anudadas con los matrimonios anidaba un proyecto dinástico que miraba a la unificación de Sicilia.
La ocasión para que los cartagineses intervinieran en Sicilia la provocó Terón, el suegro del señor de Siracusa. En el año 483-482 expulsó de Hímera a Terilo, para extender sus dominios desde la costa sur hasta la norte y crear una banda de contención para la presencia cartaginesa en la fracción occidental de las tierras insulares. Las fuerzas combinadas de Gelón y Terón de Acragante atacaron la parte occidental de Sicilia. Es posible que Terón atacara a Terilo con el pretexto de que acudía al auxilio que le pedían exiliados de Hímera.
Con el destronamiento y destierro de Terilo, Terón de Acragante se convirtió en el señor de Hímera, y con la conquista de Hímera Anaxilao empezó a ver con preocupación cómo los dominios de Acragante alcanzaban hasta lugares vecinos a los suyos en la misma costa norte. El destronado de Hímera llamó a los cartagineses para que lo ayudaran. En su auxilio, Terilo los requirió con los deberes de hospitalidad contraídos. En la renovación de la alianza entre Terilo y los cartagineses medió Anaxilao, el señor de Regio, quien hizo valer su ascendiente sobre Hannón porque Cidipa, su esposa, era hija de Terilo.
Amílcar, cartaginés por línea paterna pero siracusano por la materna, todavía no era jefe del ejército, sino solo miembro de la influyente minoría que regía Cartago. A cambio de los deberes invocados, los cartagineses obtuvieron la dirección del ejército para Amílcar, quien a su vez exigió a Anaxilao que le entregara a sus dos hijos como rehenes. A los cartagineses entregó Anaxilao sus hijos para que fueran retenidos, con el deseo de que aquellos interviniesen en Sicilia y vengasen a su suegro, quien con idéntica celeridad recibió el apoyo incondicional de su yerno. Terilo había llevado a Anaxilao de Regio y a su huésped Amílcar a una expedición de venganza. Tejida frente a él esta alianza, el rey de Acragante solo pudo persistir en el apoyo de Gelón, quien por esta causa tuvo que suspender sus deberes con los griegos.
A partir de entonces los cartagineses decidieron prepararse para un ataque a Sicilia. La solicitud para que interviniera en sus asuntos culminaba ambiciosos planes de expansión de Cartago, que aspiraba al dominio sobre toda la isla. El gobierno norteafricano acogió con agrado la petición hecha por Terilo, porque le proporcionaba un estratégico punto de partida en la parte griega.
Los preparativos para satisfacer sus aspiraciones se prolongaron tres años, durante los cuales el estado invirtió enormes sumas de dinero e hizo considerables dispendios de energía en la proyectada expedición. Por el mismo tiempo, Jerjes hacía los suyos para la invasión de Grecia.
A propósito de estos, en el año 481, Gelón fue requerido por los griegos confederados para que se uniera a la alianza contra Persia. Pudo ser argumento de los embajadores que le enviaron este probable plan estratégico de Jerjes: si lograra dominar la Grecia peninsular, sus próximos objetivos serían Sicilia e Italia. Los griegos, ya bajo la próxima amenaza de Jerjes, con tan negra premonición intentaban atraer a Gelón, el hombre con el mayor dominio sobre las tierras de Sicilia. Pero recelaba Gelón de la alianza que le solicitaban y pretextó que en otro tiempo los griegos no le habían ayudado contra los cartagineses. Gelón nunca se había enfrentado a las tropas de Cartago, aunque sí se había aliado con Terón de Acragante en el año 483 para apoderarse de los emporios cartagineses de Sicilia occidental.
Gelón evitó comprometerse con una negativa expresa. Prometió a la embajada griega doscientos trirremes, veinte mil hoplitas, dos mil jinetes, dos mil arqueros, dos mil honderos y un contingente de caballería ligera de dos mil hombres. Además, se comprometió a suministrar trigo a todos los efectivos griegos hasta que hubiera concluido la guerra. A cambio exigió sucesivamente la jefatura de las fuerzas griegas contra el bárbaro, el mando sobre la armada y el del ejército; de lo contrario, no acudiría en socorro de los griegos ni enviaría refuerzo alguno. Sabedor de que sus condiciones no serían aceptadas, Gelón, ante la posibilidad de un ataque cartaginés contra Sicilia, evitaba así cualquier obligación de apoyo a los griegos.
Tan pronto Gelón supo que Jerjes había cruzado el Helesponto, con tres penteconteros zarpó Cadmo, hijo de Escita, natural de Cos, con destino a Delfos, dado que los sacerdotes de Apolo, que por su oráculo adquirían poder sobre la anfictionía, habían mantenido una conveniente actitud ambigua ante la invasión. Llevaba elevadas sumas de dinero y propuestas de amistad, así como una orden, que debía esperar a que la guerra se decidiera. Si era el bárbaro el vencedor, le entregaría el dinero, la tierra y el agua, en nombre de los territorios sobre los que Gelón ejercía su dominio. Si los griegos vencían, debía regresar a Sicilia.
Sobre la coincidencia de los planes de Cartago y Persia, algunos pensaron en una acción concertada entre ambas potencias para atacar a los griegos a la vez en el este y en el oeste. Jerjes, tras decidirse a iniciar su campaña contra Grecia, habría concluido con los cartagineses un pacto ofensivo. Mientras él actuara contra la metrópoli, ellos deberían atacar a los griegos de Sicilia y el sur de Italia, porque Gelón y sus aliados eran la única fuerza capaz para reforzar a los griegos de la metrópoli. Es posible que sincronizaran las operaciones que cada cual preparaba, para así evitar el apoyo mutuo de los griegos, aunque más bien parece fortuita la coincidencia entre ambas iniciativas y que la alianza nunca existió. Además, los acontecimientos de Sicilia bastan para explicar la intervención cartaginesa.
Amílcar, que llegaría a sufete de Cartago por su valía personal, dirigió la expedición cartaginesa. En los tres años de preparación, la potencia africana había puesto en pie de guerra una flota de doscientos navíos y un ejército de unos treinta mil hombres, tamaño que algunas fuentes elevan a la cifra de trescientos mil, que la crítica ha valorado inverosímil. Estaba integrado por cartagineses, súbditos libios e iberos y tropas mercenarias. El estado cartaginés había reclutado con éxito combatientes a sueldo en casi todo el Mediterráneo occidental: en el norte de África, Cerdeña, Córcega, Península Ibérica, Galia y Liguria, habituales en los contingentes púnicos, e incluso en el África negra. Además, había equipado tres mil buques de carga para transportar a Sicilia caballos, equipo y víveres.
Avanzado ya el año 480, la expedición militar zarpó de Cartago con Amílcar al frente, en calidad de jefe de tan poderoso contingente. Su intención habría sido mantener en secreto el momento y el lugar del desembarco del ejército. De lo contrario, los aliados griegos, conocedores del terreno, habrían reunido sus tropas en un lugar que les fuera favorable y, bien preparados para el momento del desembarco de los invasores, podrían haberle causado serios contratiempos. Si nadie hubiera podido prever el punto donde comenzaría la ofensiva cartaginesa, los griegos se verían obligados a dispersar sus fuerzas.
Ateniéndose al plan previsto, desembarcó en el verano del año 480 en Panormo, a unos 45 kilómetros al oeste de Hímera, aunque no sin novedad. Los barcos que transportaban caballos y carros de guerra se habían perdido en la travesía durante una tempestad, lo que algunos vates interpretaron como un mal presagio.
Desde Panormo avanzó el ejército cartaginés por tierra hasta Hímera, con la intención de recuperarla para Terilo. Al oeste de la ciudad estableció Amílcar un fondeadero y un campamento. Después, se dirigió con sus tropas escogidas contra la ciudad y arrolló sin dificultades dignas de mención a los himereos que se le enfrentaron. Tampoco las tropas de Terón de Acragante que le salieron al paso pudieron cambiar el curso del avance, por lo que, sin abandonar Hímera, se dirigió a Gelón, el tirano de Siracusa, para pedirle ayuda.
Ante la iniciativa de las tropas cartaginesas, Gelón había tenido que dividir sus fuerzas. Su flota hubo de permanecer inmovilizada, interceptada en el estrecho de Mesina por la de Anaxilao, mientras que los efectivos terrestres, encabezados por el propio Gelón, se dirigieron a Hímera a marchas forzadas con cincuenta mil infantes y más de cinco mil jinetes para atender a la llamada de Terón.
Hasta entonces todo había transcurrido según los deseos de Amílcar. Pronto todo cambió con la aparición de las tropas siracusanas. Los cartagineses, cuyos caballos se habían perdido en la travesía, disponían de una caballería apenas digna de mención. Los jinetes de Gelón, sin una fuerza que pudiera equiparárseles, capturaron a unos diez mil enemigos, parte relevante de una desprotegida tropa. Consciente de su desventaja, el general cartaginés se esforzó en reclutar jinetes entre sus aliados en Sicilia. Ordenó que al menos la caballería de Selinunte fuera hasta Hímera. El mensajero que llevaba la respuesta de los selinuntios a Amílcar fue apresado por las gentes de Gelón. El tirano de Siracusa aprovechó hábilmente la información obtenida del mensajero. Sus jinetes se hicieron pasar por los aliados selinuntios que Amílcar esperaba, fueron hasta la base naval cartaginesa, mataron a los jefes e incendiaron el fondeadero de los barcos.
La batalla terrestre, junto al río Hímera, terminó con la victoria de Gelón. Dicen que el día del encuentro las tropas que conducían los cartagineses estuvieron luchando contra los griegos desde la aurora hasta muy avanzada la tarde; tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el combate. Los aliados, que estaban en minoría, consiguieron una victoria terminante. Al concluir la jornada era indudable que la gloria era para Terón y el señor de Siracusa. Una gran fracción del ejército cartaginés fue muerta, mientras que el resto, a excepción de un pequeño contingente, capituló y cayó prisionero.
Ocurrió la victoria sobre el señor de Hímera y sus aliados, en Sicilia, y la de los griegos sobre los persas, en Salamina, el mismo día, durante la última semana de septiembre del año 480, una coincidencia que desde antiguo una parte de los intérpretes piensan que no fue casual.
El epílogo de la derrota corroboró el desastre. La escuadra cartaginesa fue incendiada y la parte de las tropas cartaginesas que había conseguido escapar a la prisión de su enemigo, que aun así alcanzó a embarcar en veinte navíos de guerra, se hundió sorprendida por una tormenta. Solo unos pocos llegaron a Cartago en un pequeño bote. Los cartagineses, temiendo la presencia de Gelón en África, le pidieron de inmediato la paz, que pronto les fue concedida bajo aceptables condiciones.
En el transcurso de la batalla, a los ojos de los griegos Amílcar desapareció cuando estaba siendo derrotado. No fue encontrado vivo ni muerto, en lugar alguno, a pesar de que Gelón mandó que todo fuera rastreado en su busca. Según unos, Amílcar fue muerto por los jinetes siracusanos, mientras ofrecía un gran sacrificio a Poseidón, posibilidad que no fue avalada por la evidencia del cadáver.
Otras dos versiones de su misteriosa desaparición han intentado colmar este vacío. La interpretación siciliota pretende que Amílcar huyó sin dejar rastro, perdida la batalla. Entre los cartagineses circuló una historia sobre lo sucedido que les resultaba más verosímil. Mientras duraba la contienda, Amílcar permanecía en su campamento y ofrecía sacrificios incesantemente, en busca de presagios favorables, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Cuando estaba haciendo libaciones sobre las víctimas, vio que sus tropas se daban a la fuga. Fue entonces cuando se arrojó a las llamas y quedó reducido a cenizas.
Desde aquel momento al general Amílcar los cartagineses ofrecieron sacrificios como a un héroe, y le erigieron monumentos en todas sus ciudades coloniales, el más grande en la misma Cartago. Una parte de la veneración con que fue mantenida su memoria procede de la creencia en la predestinación. El nombre con el que fue conocido era la adaptación al griego del fenicio Abd Melqart, que significa servidor de Melqart, el imponente dios tirio. Así pues Amílcar, general cartaginés, durante la guerra que tuvo lugar en Sicilia durante el siglo quinto anterior a nuestra era, se suicidó lanzándose a la hoguera, como se hacía entre cartagineses responsables desde los tiempos de Elisa, la fundadora de la ciudad.
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