Supervivencia de la servidumbre

G. Valparaíso

Gracias a la hospitalidad que confirió a la miseria, ha sobrevivido, en el medio rural del sudoeste, el comportamiento servil.

Las condiciones legales a las que se sujetan las relaciones hace tiempo que excluyeron su reconocimiento. Si, pasados los siglos, todavía, quienes se ven sometidos a condiciones laborales onerosas, lamentan sentirse esclavizados, aunque sufran las consecuencias de la desigualdad que está en el origen de cualquiera de las de esta clase, nunca podrán decir que se vieron sometidos a ella sin que su voluntad participara en la decisión que los ha conducido al estado en el que se ven obligados a subsistir. La condición necesaria de cualquier clase de servidumbre, la que consiguió perpetuarse durante los siglos medievales y modernos, es la sumisión voluntaria a la sujeción subordinada.

Esa voluntad, sea lo que quiera la ley, no se ha extinguido. Entre nosotros, hay quienes persisten en entregarse a otros sin condiciones; de quienes esperan, a quienes se confían.

Por lo que he podido averiguar, el tránsito por las condiciones materiales de la subsistencia a fines de la época moderna contribuyó a salvar el germen de miseria que insiste en brotar como servidumbre genuina generación tras generación. Las condiciones a las que se resignó el trabajo con escasos medios, en explotaciones agropecuarias minúsculas, localizadas donde quienes disponían del uso controlado del espacio decidían, salvaron la aceptación de la miseria. El deseo que mejorar las condiciones materiales de la existencia fue el cómplice de la sumisión a unas posibilidades de crecer  tan remotas que ni el trabajo más intenso era capaz para deducir en favor del resignado el beneficio que le permitiera abandonar su condición.

La persistencia de aquellas condiciones, la imposibilidad material de escapar de aquella trampa, a una parte de quienes apostaran por aquella posibilidad los llevaría a rebelarse. Solo así saldrían del círculo de la miseria. A otra parte la condujo a someterse a la tiranía de una esperanza que se resistía a extinguirse.

Fueron estos los que a quienes les permitían seguir consumiendo sus vidas en las condiciones más miserables los siguieron llamando señor, mi señor, mi amo, aunque en su conciencia existiera un rincón en el que les estaba permitido maldecir a quienes les sometían. Aquellos siervos consentidos nunca han renunciado a su patrimonio de miseria humillante, y, valiéndose de las leyes de la herencia, se han reencarnado en quienes siguen complaciéndose en vivir encadenados.