Beneficio propio y capital ajeno

J. García-Lería

Un varón, que atesoraba tantas virtudes que una parte de ellas sobrepasaba las descargadas sobre él en el momento de su concepción, arrendó para su labranza un cortijo, patrimonio de un consorcio de beneficiados, en 1694. Eran 378 fanegas, compuestas en tres hazas, a sumar a las tierras del mayorazgo que poseía, colindantes. Aquel año se comprometió con ellos a pagar cada uno de los sucesivos, a cambio de la tierra, 2.600 reales de cuenta y a mostrar su agradecimiento por esta obligación con 14 gallinas, o su valor en metálico, las que también cada año habría de hacer efectivas a los arrendadores.

El compromiso había sido acordado para tres años. Antes de que concluyera, lo renovó por otro ciclo de la misma duración, previa anuencia a un detalle que los clérigos deseaban añadirle; que en lugar de 2.600 fueran liquidados por año 2.700 reales. Estaban seguros que esta modificación, porque era justa, no comprometería la agradecida recompensa de las 14 gallinas, que efectivamente nuestro hombre tuvo a bien seguir añadiendo a la renta.

No había terminado 1697 y las partes decidieron modificar lo que el año antes habían acordado. En lo sucesivo, aunque siguiera pagando las 14 gallinas, prefería satisfacer cada año por aquellas tierras 4.840 reales, en lugar de los 2.700, algo menos del doble. La cantidad acordada era la misma que había pagado el arrendatario precedente, tío del nuevo colono. La cantidad que denominaba la nueva renta fue acordada en moneda contable, aunque el arrendatario tendría que satisfacerla en la corriente que circulara y en dos plazos, cada uno de ellos por la mitad de aquella cantidad. El primero sería el correspondiente al día de Santiago y el segundo, junto con el pago anual de las gallinas, al de la pascua de navidad. Ninguna de las liquidaciones tendría que ser efectiva hasta 1698.

A cambio, el contrato tendría vigencia mientras no llegara para el arrendatario el día que no tiene final, la interrupción radical del tiempo que con discutible sentido enfático entonces llamaban comienzo de la vida eterna. Además, había obtenido una interesante ventaja. No tendría que liquidar diezmo alguno de cualquiera de los productos vegetales que obtuviera de aquellas tierras cada campaña, ni de cereales ni de semillas, a lo que podían comprometerse los cedentes porque se arrogaban el derecho sobre esta carga, de la que por tanto se beneficiaría el arrendatario. Habían transigido los contratantes con que su valor estaba subrogado en el del metálico anual y las gallinas.

Finalmente, los beneficiados, en un arrebato de generosidad, por su parte concedieron que la otra como adehalas solo liquidara cada año 12 gallinas, en lugar de las 14 precedentes, comprometiéndose a pagarlas en pluma. La costumbre había naturalizado otra transacción, que el valor de las adehalas pudiera liquidarse en efectivo. Pero los padres de la corporación las querían buenas, gordas y vivas, e incluso exigieron que la primera docena les fuera entregada en la inmediata navidad, antes que fuera obligado satisfacer cualquiera de los pagos previstos por el contrato firmado.

El arrendamiento se hizo a pasto y labor, según costumbre. Era regular que la cesión de explotaciones tomara como referencia los hábitos laborales que habían alcanzado la categoría de técnicas de cultivo. Para que coincidiera la vigencia del acuerdo con el comienzo del año natural, tiempo neutro para el campo de los cereales porque pasaba por el letargo del invierno, como primera actividad, en las tierras cedidas al arrendatario se le reconocía el barbecho, trabajo sin fruto que la tiranía del procedimiento había impuesto. Entrar barbechando era, en los contratos, el reconocimiento escrito de la transferencia material del dominio por un tiempo que habría de transcurrir tan inexorable como los ciclos naturales se suceden. Como así era admitido el comienzo de la injerencia, era inevitable reconocer que el primer ingreso productivo que el arrendatario obtendría quedaba aplazado hasta el verano del año siguiente, año y medio después de la entrada en vigor del acuerdo, puesto que las tierras, solo barbechadas a consecuencia de la forma de la incursión acordada para los orígenes, no podrían sembrarse hasta el otoño del año que había comenzado el uno de enero de la firma. A la ventura de un indefinido buen fin quedaba confiada la certeza de aquel ingreso.

Nuestro virtuoso arrendatario era un hombre calculador. Formalizó su contrato a finales de julio de 1697, justo el día de Santiago, cuando para muchos acuerdos entre partes cumplía el primer semestre de los pagos anuales que hubieran comprometido. Había convencido al responsable de los clérigos mancomunados, que se hacía titular abad, para que admitiera la vigencia retroactiva del pacto. Como aún estaba vigente el acuerdo trienal firmado en 1694, las limitaciones técnicas a la producción que pudiera imponer el nuevo contrato, la obligación de entrar barbechando, que estaba remitida al uno de enero precedente, quedaban neutralizadas. Para julio de 1697 podría estar, a un tiempo, barbechando una parte de las tierras cedidas y cultivando otra. Mientras firmaba aquel contrato, además de regidor por tiempo indefinido, era ya el alférez mayor de la población donde residía, cargo que lo convertía en el responsable del destacamento militar destinado al lugar. Además, ya hacía ostentación del título de gentilhombre de cámara del rey.

Por aquel acuerdo, la propiedad no se reservaba nada, ni dehesas, ejidos o pastos, ni abrevaderos o aguas, fueran estantes, manantes o corrientes; ni cualquiera de las otras cosas que hubiera en aquellas tierras. Además, al arrendatario quedaba autorizado por los dueños el subarriendo, por un plazo máximo de tres años, siempre que en el traspaso constara que la propiedad del cortijo correspondía a la universidad de los beneficiados. Pero a cambio, para ella, por aquel acuerdo, ganaba una sustanciosa compensación que la relevaba de invertir en el incremento de su potencia productiva. Durante los dos primeros años de vigencia del contrato el arrendatario tendría que levantar en el cortijo un edificio, íntegramente a su costa.

Debía invertir en la obra quinientos ducados. Procederían de sus ingresos, en modo alguno podría descontar el gasto del costo de la cesión de la tierra capitalizada o renta. Así quedaba comprometida como obligación la metamorfosis de una parte del beneficio en capital. Teniendo en cuenta que el resultado sería un bien raíz, que se sumaría e incrementaría el valor que en el mercado de la tierra tuviera el cortijo, era una transferencia de los ingresos de la explotación a favor de los dominios que habría que sumar a la renta y al diezmo.

Si en el plazo de los dos años acordados el arrendatario no invirtiera los quinientos ducados convenidos en aquel fin, los dueños del cortijo, mediante apremio, se los cobrarían de los bienes del arrendatario, y a su costa emprenderían los trabajos. Lo más sorprendente es que para asegurar este compromiso el arrendatario hipotecó 12 aranzadas de olivar y 8 aranzadas de viña, que incluían 3 de tierra campa, casa, bodega, lagar y vasija, si bien sobre la viña su dueño ya pagaba un tributo redimible de 80 ducados de principal. Cuando constara que la obra había sido ejecutada por el valor acordado tales bienes quedarían libres de carga. Pero si ocurriera que el arrendatario muriera antes de acometer la obra, la obligación de hacerla pasaría a sus herederos.

La poco justificable hipoteca emerge como la parte visible de un compromiso que pudo incluir la financiación de la obra por parte de la misma corporación beneficiada por el incremento del capital, lo que le agregaría al contrato la dosis de sensatez que aparenta faltarle. Aunque esto no modificaría la obligada transferencia de beneficio propio a capital ajeno, la aplazaría en los términos en que hubiera sido prevista la cesión del principal para financiar el proyecto, decididos por la forma de la redención y, en consecuencia, por el tipo de interés que correspondiera aplicar.

La organización del espacio en el nuevo edificio quedaría al arbitrio del arrendatario y es posible que la obra se ejecutara pronto. En una declaración de bienes de hacia 1750, probablemente relacionada con la Única, se mencionan las piezas que entonces componían la edificación, y por un subarriendo o traspaso del arrendamiento, de 1764, se sabe del estado de las dependencias en aquel momento. Para la segunda mitad de siglo, por un par de documentos, uno gráfico y otro escrito, suficientes para aventurar una reconstrucción fiel, neutralizadas las ambigüedades, se adquiere certeza sobre la forma que tuvo el edificio, aunque la dedicación de los espacios, medio común para identificarlos, fue evolucionando con el tiempo. Un cuarto de yeros, que al mismo tiempo sería cuarto del aperador; el gallinero, al que se asocia una recámara, y un palomar, así como el campanario, relacionado con el pórtico solo aparecen citados en la descripción de 1764. Además, había un pozo y un pilar de mampostería.

Formaba el edificio un cuerpo único dispuesto en ángulo recto, de unas 35 por 35 varas por el lado exterior. El que podemos considerar convencionalmente cuerpo superior, tal vez orientado en dirección oeste-este, además del ingreso, habilitado por su lado izquierdo, estaba separado en tres piezas, una gañanía, la cuadra y el patio que precedía y servía de tránsito a esta. En el cuerpo perpendicular estaba la otra gañanía y el tornero, y sin comunicación con las precedentes la capilla con su sacristía y su pórtico.

La primera pieza interior o gañanía tenía 12 varas y media de largo por 4 y cuarta de ancho y 3 y media de altura hasta el entresuelo, cámara intermedia que servía de granero alto, donde el cereal podía ser almacenado con menos exposición a la humedad, gracias a la mayor circulación relativa de aire. Estaba cubierta con una armadura.

La cuadra o caballeriza de bestias tenía 19 varas y media de largo, 4 de ancho y 2 y cuarta por la parte más baja, la que marcaba la línea del derrame de las aguas. Justificándolos por su anchura, incluso algo menor que en la gañanía, aunque es más probable que desearan enfatizar su longitud, los documentos precisan que en el eje en esta dirección en aquel espacio habían construido con ladrillo tres machos o pilares para sostener los maderos del techo y quitarles el cimbre. Al lado del muro superior estaban adosados los pesebres y en el opuesto estaba habilitada la puerta que daba paso al patio o corral. En la descripción del edificio de 1764 se identifican separadas una caballeriza de caballerías mayores y la caballeriza de burras.

El patio era un espacio descubierto de 21 varas de largo, 8 y media de ancho y 3 y media de altura. Estaba cerrado, excepto por su lado izquierdo, en donde una puerta comunicaba con el pasillo de ingreso desde el exterior.

La segunda pieza interior había sido destinada originalmente a granero bajo, pero con el tiempo fue una agregación a la gañanía. La transformación debió ser consecuencia del incremento de la población laboral radicada en la explotación, compatible con la disminución del producto obtenido por el arrendatario si este, a su vez, hubiera cedido parte de la tierra para que fuera puesta en cultivo por ejemplo por el cuerpo incrementado de los trabajadores directos. Era también un espacio muy amplio, de 20 varas menos un tercio de longitud, 4 y media de ancho y 3 y media de altura por la parte mas baja. Aunque los textos no hacen referencia a él, la documentación gráfica permite deducir que la techumbre de esta pieza también estaba en parte soportada por un potente machón, aún más grueso que los construidos en la cuadra. Estaba situado en su mitad superior, algo desplazado a la izquierda, de modo que simultáneamente dividía el ingreso desde la habitación contigua por ese lado, el tornero, y modificaba la entrada por el lado superior desde el pasillo, a cuya delimitación como espacio cuadrangular de tránsito, a un tiempo comunicado con el ingreso, el patio y este antiguo granero, contribuía.

El tornero o casa de tornas era una habitación de 17 varas y media de longitud, 5 y cuarta de ancho y 2 y media de altura. Estaba cubierto con techo de armadura y era el lugar donde estaba instalada la tahona que menciona el proyecto. En 1750 se le llama el amasijo y en 1764, en relación con la casa de tornas, además de la tahona se mencionan el cuartillo ante la tahona y el portal del horno. La entrada única al edificio desde el exterior llevaba inmediatamente al extremo superior de esta habitación, desde donde a su vez el movimiento era distribuido a las gañanías y el patio, según la posición relativa de los tres puntos cardinales restantes.

La capilla era la prolongación del cuerpo del tornero, así como la sacristía lo era de la segunda gañanía, de las que aisladas quedaban por gruesos muros. La primera tenía unas 12 varas de longitud y 5 y cuarta de anchura, y la segunda 7 varas y media de longitud y 4 y media de ancho. Una y otra estaban comunicadas por una puerta, habilitada en el muro que las separaba al extremo superior, observada desde el lado de la sacristía. El ara de las celebraciones, en el testero de fondo de la capilla, se apoyaba sobre el muro compartido con el tornero.

Al pórtico la documentación lo llama siempre el portalejo, porque efectivamente, para la arquitectura, estaba adosado a la puerta de entrada a la capilla, en el lado menor opuesto al altar o pies del sucinto templo. Tal vez fuera una obra posterior a la primitiva, o decidida después que el proyecto fuera acordado, porque fue ejecutado como edificación anexa al cuerpo de la obra toda. Ocupaba una superficie de 9 varas de largo y 4 y media de longitud, y alcanzaba una altura de 3 varas. Fue un espacio abierto a todas las direcciones de los vientos. Su arquitectura vertical se limitó a la construcción de seis pilares, ordenados en el sentido de la longitud dos a dos; los del testero apoyados sobre el muro del edificio rector, los opuestos triplicados en su volumen para formar el ángulo que delimitara por los laterales y el margen inferior su espacio y los centrales equidistantes de las dos series de los extremos. También fue cubierto con una armadura.

Fue comprometido el promotor de las obras a que se fabricaran de albañilería, carpintería y teja. Excepto para los elementos en los que se menciona el ladrillo, la edificación vertical sería de tapia, mientras que las cubiertas las resolvieron con armaduras de madera de pino de la tierra y de flandes combinados con castaño. Los pares de piernas de las armaduras que cada habitación necesitó los desbastaron a base de madera de flandes, mientras que la carpintería de arnados o nudillos fue resuelta con pino de la tierra o, en ocasiones, con madera de castaño. Para los tirantes que sujetaban por su base los pares los pinos de la tierra o de flandes fueron los preferidos, pero la tablazón habitualmente fue de madera de pino de la tierra, no obstante lo cual para el mismo trabajo a veces fueron utilizadas cañas. En la obra del entresuelo las vigas se hicieron con pino de la tierra y la tablazón de flandes. Para el exterior bastó con tejas, canales y redoblones. La obra fue completada con la carpintería de once puertas de madera corriente, cada una con su correspondiente llave, más las de la capilla y sacristía, cada una de las cuales también tenía su respectiva llave.

Concluida, la obra sería inspeccionada por maestros examinadores de la albañilería y de la carpintería.

El edificio construido, y atendido cuanto en él hubiera que reparar con el transcurso del tiempo, una vez terminado el arrendamiento quedarían en propiedad de la corporación de los clérigos, sin que esta tuviera que pagar algo o descontar de la renta en alguna medida. La universidad además se reservó la posibilidad de visitar cada tres años, mientras viviera el arrendatario, las casas del cortijo con la asistencia de maestros albañiles y carpinteros; visitas que podrían decidir si eran necesarias nuevas obras. Porque cualquier reparación que la edificación necesitara, fuera de obra mayor o menor, se haría a cuenta del arrendatario. Siguiendo estas previsiones, al menos en 1764 fueron acometidas renovaciones que afectaron sobre todo a las cubiertas. Pares, vigas, arnados, tablazón y tirantes fueron renovados donde el estado de la edificación lo necesitaba. Al exterior, hubo que levantar estribos para al menos los muros de cuatro dependencias, así como reforzar sus aristas.

Tan exaltado se sintió por aquellas obras el promotor que además fundó una memoria perpetua en la capilla oratorio del cortijo que había construido. Consistiría en una misa rezada muy de mañana todos los domingos y fiestas de precepto del año, para que la oyeran quienes trabajaran en él y su comarca. El patrono de la memoria sería la universidad y a su satisfacción quedaba obligado uno de los sacerdotes carmelitas descalzos del convento de la orden establecido en la población. Así debía actuar el convento porque así los había decidido el fundador.

Para que encontrara satisfacción en el cumplimento de su obligación canónica, este con aquel fin entregó 18.600 reales a la comunidad de los carmelitas en 1730, año para el que es posible que ya sintiera próxima la muerte. En el primer compromiso quedó a cargo del fundador poner bagaje, así como mantenerlo, para llevar y traer al celebrante, proporcionarle alimento y cama, y a las ceremonias cera, hostias y vino, aunque pensó luego que era más conveniente que el bagaje, los alimento y cama y las hostias, la cera y el vino de la celebración quedaran a cargo del convento. Aceptaron las partes esta cláusula nueva, previa agregación de 3.575 reales a los 18.600 ya comprometidos, con lo que la pensión de la memoria sumó el capital de 22.175 reales, los mismos que el promotor entregó al convento. La fundación de esta nueva obra pía se concluyó en diciembre de 1731, y los 22.175 reales ingresaron en el arca de los principales del convento.

Si esta cantidad, conceptuada como pensión, tal como era preceptivo en los censos consignativos, forma habitual del crédito rural cuando se combinaba con las memorias, fuera el valor de unos intereses, liquidarían de una vez el principal, quizás también los intereses acumulados durante 33 años, que la corporación de los beneficiados hubiera cedido al arrendatario para financiar la construcción de la mampostería del cortijo. Los beneficiados habrían decidido transferir la renta del dinero que hubieran vendido, cuya inversión en realidad capitalizaría un bien suyo, a los carmelitas, según se hacía cuando para las transacciones financieras cruzadas se recurría a la modalidad que en la región las fuentes llaman tributo.

Durante los años siguientes se mantuvo el acuerdo. El fundador y su esposa, durante más de diez, además del convenio, sostuvieron el gravamen sobre los religiosos con toda la magnificencia que les era peculiar, previniendo a todas las incomodidades y gastos derivados del acuerdo.

El cortijo permaneció cedido ininterrumpidamente al mismo arrendatario por el mismo precio hasta 1733, año de su muerte. Entonces lo arrendó la viuda para tres años, y con idéntica frecuencia fue renovando el contrato hasta 1743. Durante aquella década la renta osciló entre 3.500 reales y 12 gallinas más el diezmo y 4.400 reales y 12 gallinas.

Con idéntico celo, a partir de 1738 la capilla del cortijo había sido visitada por la autoridad episcopal, que delegaba la inspección en el vicario de la comarca eclesiástica o en un cura de la población. Las visitas fueron algo tan regular que se conservan al menos 17 actas de ellas que alcanzan hasta 1817.

En la declaración de bienes de hacia 1750 consta que en la capilla del cortijo se celebraba misa los domingos y días festivos, y hasta agosto de 1770 con seguridad la memoria fue atendida por el convento de carmelitas de la población. Pero pasados aquellos casi cuarenta años, los responsables del convento reflexionaron. De los 22.175 reales ingresados como pensión en 1731, en el mejor de los casos solo podían ingresar el 3 %, tal como estaba tasado para los censos por cuya mediación los habían cedido para rentabilzarlos, lo que ascendía a 665 reales y 1 cuartillo al año. Por término medio, los domingos y fiestas del año eran 85, de donde resultaba que no llegaba a 8 reales la remuneración de cada sacrificio, aunque en aquel momento la tarifa para esta clase de celebraciones estaba fijada en 8 reales.

Los gastos necesarios para mantener todo el año una bestia, los alimentos y los utensilios del altar habían crecido mucho en el transcurso de aquellos años. Sumados causaban menoscabo en las subsistencias que la congregación necesitaba. El gasto continuo que originaban sobrepasaba los réditos de la memoria. En estimación letrada, el capital de la fundación no daba ni para la mitad de la congrua.

Los malos pasos entre la población y el cortijo, sobre todo en invierno, y que la misa fuera antes de la aurora, obligaban, para no perjudicar a quien alquilaba la bestia, a que fuera ocupada por dos leguas de ida y otras dos de vuelta, desde la tarde anterior al festivo y hasta mediada la mañana siguiente. En consecuencia, era necesario pagar por su uso para cada uno de las 85 jornadas dos días enteros, lo que sumaban 170 días al año. Esto elevaba el precio anual del alquiler, sin contar el alimento de la bestia, aun estimando el más bajo, a unos 680 reales. Por tanto, les resultaba imprescindible disponer de bagaje propio y mantenerlo. Tener bestia propia significaba incurrir en un costo aún mayor. La frecuencia de la obligación y su atención en exclusiva elevaban el costo, como lo estaban comprobando, a casi 100 ducados. Esto suponía mucho más que los réditos de los 200 ducados o 2.200 reales que tenían destinados a este fin; incluso más que los réditos de todo el capital asignado a la obra por el fundador.

Los religiosos sufrían incomodidades y peligros cuando salían al campo. A fuerza de santa obediencia, debían caminar dos leguas de ida y otras dos de vuelta, por un camino malo y pantanoso en invierno, expuestos sobre una cabalgadura, aun sin práctica en montarla, a cualquier clase de temporal en todas las estaciones; y a pasar una mala noche y peor madrugada. Además de un costo, al convento le resultaba embarazoso mantener siempre en el cortijo una cama adecuada para el religioso que había de acudir, y su alimento era allí dos tercios más caro que en el convento.

También eran gastos dignos de tomarse en cuenta los de cera, hostias y vino. Solo por estos conceptos era necesario emplear cada año más de 1.300 reales, cantidad que casi duplicaba los 665 reales y 1 cuartillo de los réditos.

Había ocurrido además que en el transcurso de aquellos años el convento había tenido la desgracia de perder al menos parte tanto de los réditos como del capital correspondientes a la memoria. De los censos contratados con los 22.175 reales, en 1770 estaban redimidos 200 ducados, que permanecían en el arca de los depósitos del convento. Se daban por perdidos otros 1.375 reales, que habían sido impuestos sobre una finca anteriormente gravada con otros censos, cuyo valor no bastó para la liquidación de toda la deuda. De otros 200 ducados se admitía que eran confusos. Al resto del capital la fuente solo se refiere como mayor cantidad de este convento.

Reconocían por último los carmelitas que la misa se decía tan temprano por iniciativa de los arrendatarios; tanto que precedía a la hora a la que solían levantarse para el trabajo los que estaban ocupados en el cortijo, quienes el día anterior se habían ido a la cama agotados por la fatiga. Muchos trabajadores, incluso del cortijo, toleraban eludir el precepto por no negarse el descanso que necesitaban. De acuerdo con lo que estaba admitido, creían los carmelitas que si no se celebrara misa en el cortijo los trabajadores estarían relevados de acudir a ella por la distancia a la población.

A fines de 1770 los frailes desistieron de este cargo, y la universidad, que era el patrono de la fundación, no encontraba a quién encargarla. Tan defraudado estaba el convento que se declaró dispuesto a restituir íntegramente los fondos de la dotación. No obstante, fue persuadido para que continuara. En un contrato de arrendamiento firmado en 1808 el costo del oficio religioso, en el que aún permanecía la misma comunidad, estaba descargado íntegramente sobre el arrendatario. Afortunadamente la crisis que amenazó con dejar a los trabajadores sin misa había quedado resuelta. El cuidado de las almas laborales se había convertido en un costo del trabajo que, gracias a una obra pía, no modificaba directamente el valor de la renta.


Desierto diferido

Ánderson Bonardes

Gracias a los documentos redactados en el momento de la ocupación, es posible saber que el conquistador castellano fue extendiendo en el confín del mediodía occidental un procedimiento original para la creación de suelo agrario, en el que los siglos sucesivos perseveraron.

Las razones de la guerra pudieron ser responsables de la destrucción de una parte del bosque regional hasta entonces superviviente. El ejército que llegaba del norte, según los cronistas relataron, aplicaba con generosidad la táctica de la tierra quemada. No tendría sentido atribuir a esta manera de hostigar, pasada la circunstancia crítica de la contienda, la sucesiva contracción del medio biológico precedente en beneficio del agrícola que servía a los ocupantes. A partir de su éxito actuarían en la dirección económica inversa.

El procedimiento innovador se puede restaurar con tolerable semejanza combinando lo que describen los testimonios escritos con lo que el paisaje rural aún deja ver.

La limitada capacidad de ocupación del espacio adquirido con las armas, consecuencia de una inmigración débil a las siempre inseguras tierras de frontera, y el alto valor relativo de la economía ganadera, dentro de toda la castellana de la época, recomendarían desde el principio la destrucción moderada del bosque, cuyo producto, denominado dehesa, en algunos lugares ha sobrevivido. Al tiempo que permitía el aprovechamiento extensivo de sus pastos, en beneficio del ganado de cualquier clase, consentía un cultivo que podía ser suficiente para poblaciones pequeñas. La fórmula tenía dos ventajas automáticas. El costo de la roturación podía moderarse, puesto que solo era necesario entresacar los árboles para crear un artificio que aún podía denominarse bosque, y la fertilización del espacio cultivado estaba garantizada por la presencia simultánea del ganado. Cualquiera de las dos iniciativas era inversión. Por tanto, capitalizaba una tierra cuya utilidad posteriormente tendría que ocupar un lugar entre las demás productivas.

Es posible saber con certeza, gracias a las iniciativas más tardías, que el principio de la población, en las zonas donde la inseguridad se prolongó, estuvo asociado a la promoción de las dehesas. Para aquellas comunidades el espacio transformado con este procedimiento fue el principio del suyo, que más adelante garantizarían las instituciones municipales. Proceder de esta manera, sobre moderar los costos de la capitalización del suelo, permitiría más adelante manejar a discreción la vida del bosque intervenido, según exigiera el plan acordado por quienes de él se sirvieran; dando preferencia al aprovechamiento ganadero, si de este se obtenía la mejor renta, impulsando la ocupación agrícola si la demanda de su producto era más lucrativa.

Raramente estas decisiones se tomarían en condiciones de equidad. Las roturaciones, necesarias para que una tierra pudiera mantener cultivos, exigieron siempre un importante esfuerzo inversor, incluso si el gasto fue reducido al mínimo por el recurso a la ignición del bosque. Descepar sería una operación inevitable y obligaría a emplear cantidades extraordinarias de energía durante jornadas. Solo si el monte no incluyera árboles resultaría una operación asequible para un inversor modesto. La coacción de la que podía valerse el señorío pudo enmascarar esta capitalización de la tierra. Bastaría con que fuera hecha valiéndose del trabajo debido al que estuvieran obligados quienes vivían a él sujetos a cambio de la radicación. Sería una inversión de ingresos genuina, sin forma intermedia, hasta tal punto transparente que también permite ver que su origen está en el poder señorial, igualmente capaz para imponer tanto su deducción como su traslado a otras formas.

El área ocupada que tuviera ya la mayor concentración humana dispondría de una reserva de bosque menor, porque la mayor densidad de personas obligaba a un aprovechamiento más intenso de las posibilidades del suelo; bajo el supuesto de que era la agricultura la que lo permitía y que su destino primordial era asegurar la alimentación de los hombres. En ella la posibilidad para capitalizar el suelo por medio de la roturación sería menor, su grado de acumulación de esta forma de capital sería más alto. Por esta razón, la fuerza de las armas habría tenido que mediar para que cambiara de manos el trabajo atesorado en el suelo durante los tiempos precedentes. También por esa causa las decisiones que pudieran afectar a la transformación del bosque que aún existiera en aquellos lugares estarían más concentradas en pocas voluntades, puesto que en imponer su dominio sobre ellas se habrían esforzado los inversores en la empresa militar.

Cuanto se conoce de estos comportamientos permite afirmar que este procedimiento se impuso desde aquel momento original para toda la época moderna en toda la región; como permaneció, para el mismo espacio, durante todo ese tiempo, el régimen dominical correspondiente. A las ventajas que tuvo para el origen de la población, que es la premisa más sencilla que permite el análisis, el tiempo, aceptada la constante legal, fue añadiendo otra, un extraordinario grado de fecundidad a su favor. Las tierras que eran pacidas indefinidamente por el ganado acumulaban la mayor cantidad de fertilizante que las técnicas antiguas, que fueron mucho más un orden, resultado tanto de hábitos como de imposiciones, que unos medios, pusieron al alcance de la agricultura. Los animales, gracias a que sus costumbres depositorias se regían por el principio de azar, garantizaban la fecundidad general y homogénea del suelo que hollaban. Tomar como primera decisión entresacar la arboleda, costo que podía reducirse a mínimos de manera discrecional y pausada, y convertir el bosque inducido en hábitat del ganado era, aparte el producto proporcionado por este, de la clase que fuera, una inversión segura a un plazo indefinido. Así se iría manteniendo la reserva más importante de tierra, a un tiempo la más capitalizada por acumulación, margen superior del sistema agrario meridional.

La salida al mercado de todo el capital acumulado en estas tierras, cuando llegaba el momento, fuera oportuno o forzado, arriesgaba también la extinción definitiva del bosque superviviente en ellas, principio de su declive como tesoro de inversiones. Aunque en los términos más generales pueda aceptarse que la roturación irreversible solo tuviera sentido cuando se incrementaba de modo estable la demanda del producto agrícola, tal vez sea muy apresurado creer que el aumento sostenido de esta se nutrió siempre de los factores de una ecuación tan inmediata.

Durante siglos, aun teniendo el espacio íntegramente roturado capacidad sobrada para colmar las necesidades alimenticias de las poblaciones, se prefirió siempre contener cuanto fuera posible esta potencia, para evitar la caída del precio del producto y completar las necesidades de la demanda, en caso necesario, con importaciones masivas de grano, circunstancialmente muy lucrativas. El control sobre el crecimiento del espacio cultivado, gracias a esta manera de actuar, no fue obstáculo para el aumento del tamaño de las comunidades humanas radicadas, en particular en la última fase de la época moderna, interesante asimismo a la agricultura de los cereales porque a la vez permitía la reducción del costo del trabajo; tanto menos cuanto que la combinación de aquel beneficio con este gasto estimularía la evolución del ingreso obtenido por el trabajo a la asíntota del mínimo de subsistencia, su valor óptimo para quienes invirtieran en esta economía. Cuando el titular de los derechos sobre una dehesa decidía ofrecerlos en el mercado, incluyendo la posibilidad de su transformación completa en tierra campa, porque habitualmente lo hacía urgido por sus necesidades de liquidez, causa inmediata de la que se podía esperar una razón para este fenómeno, dado el origen de los dominios sobre la tierra, aspiraba a rentabilizar el extraordinario potencial de fecundidad acumulado en ella. Encomiaba, cuando la ofrecía al mejor postor, este atributo exclusivo, que permitiría cosechas excelentes al menos durante un tiempo; valor que distinguía a su mercancía de las demás, las comunes que se ofrecían en el mercado cotidiano de la compraventa de tierras y que permitía aspirar al mejor precio por cada unidad de superficie.

La ley actuaba a favor de esta posición en el mercado del suelo y de las decisiones que pudieran afectarle. Cualquier dehesa, desde su origen, era un espacio acotado, a salvo de las servidumbres que obligaban a las otras tierras, fundamento de su mayor valor relativo. Si el titular de los derechos sobre ella los poseía como juro de heredad, nada limitaba sus decisiones, cualquiera que fuese la dirección en la que deseara orientarlas; y si estaban limitados por el domino eminente regio, la facultad, arbitrada a discreción por los Consejos, permitía habilitar la puerta de la enajenación del directo. La derrota de mieses podía no afectar si se mantenía como derecho autónomo el cerramiento, y si terminaba alcanzando sería siempre porque la transformación completa se hubiera consumado, y por tanto cubierto el objetivo que con la compraventa se buscaba.

Ninguna cadena biológica era irreversible, y menos las vegetales cuyo secreto el hombre alcanzaba a manipular, salvo que la extinción accidental de alguna especie escapara a su control. Las del bosque inducido a dehesa no se contaban entre estas, y sin embargo aquella formación, en su grado más complejo, nunca se recuperó, antes fue evolucionando a su desaparición de la parte central y más extensa del espacio mencionado, hasta llegar a su pérdida completa en buena parte de la campiña profunda. El resultado de tal combinación de circunstancias fue uno de los desiertos más sorprendentes que puedan reconocerse en el planeta, más sabana que arenal, conocidas con el tiempo las alimañas que lo poblaron. Allí donde la fertilidad del suelo era más alta, en parte como consecuencia de un pasado biológico como el restituido, la población tuvo enormes dificultades para radicarse, si no es que había ido desapareciendo tal como iba contrayéndose el bosque. Simultáneamente, aunque resulte paradójico, aquella parte de la región fue consolidándose como la especializada en la agricultura de los cereales.

Aparte otros efectos, cuyo examen no corresponde al análisis pretendido, el económico que es necesario destacar, en especial para llegar más lejos en la observación de la renta de la tierra, es que con el bosque desapareció la conciencia de la lenta, efectiva e insustituible capitalización del suelo, si es que se deseaba destinarlo a la  agricultura, mezcla de roturación con abonado a bajísimos costos durante siglos. No habiendo cepas que arrancar, ni horizonte herbáceo pacido a la sombra de árboles, pareció con el tiempo que la fecundidad del suelo era obra de la naturaleza. Lo que ante sus ojos tuvieran los observadores del paisaje suroccidental ibérico a fines de la época moderna, ya muy emancipado de su ser biológico espontáneo, con más razón pudo estimular la amnesia en las tierras inglesas, patria del pensamiento económico, desde antes abocadas a incrementar el aprovechamiento del suelo por medio de la agricultura. El resultado fue que el núcleo de la primera teoría de la renta de la tierra fue descargado íntegro sobre la estrecha franja de la fecundidad espontánea, impidiendo que el espectro más abierto de los factores de capitalización del suelo agrícola oxigenara la exégesis de los hechos. Tan restringido quedó el punto de vista que contaminó lo que en su momento pretendió ser la primera crítica a aquel cuerpo teórico, hasta el punto que tampoco en este frente fundó doctrina propia.