El banquete funesto

Recopilador

Como parte del rito funerario que se popularizó a partir de la dinastía décimo octava, y que durante el imperio nuevo se extendió aún más, para decorar las tumbas privadas entre egipcios fue habitual recurrir a la representación de escenas alusivas al renacimiento.

Es cierto que de ellas hay indicios que corresponden a los imperios antiguo y medio. Pero es indiscutible que durante la última fase de la plenitud egipcia idénticos mensajes, con una frecuencia que carece de precedentes, con la misma intención serían repetidos en las pinturas murales de las cámaras donde eran depositados los sarcófagos, cajas fuertes.

Una manifestación de estas convicciones, probablemente la más inocente, fue el recurso a ciertos principios expresivos. Como la norma ya era un medio que podía preservar la explicación de una idea, si cuanto fuera prescrito era cumplido con parsimonia, porque las creencias sobre la posibilidad de recuperar la vida tras la muerte habían llegado a ese estado, en la decoración de las tumbas la idea del renacimiento llegó a estar codificada en una gama de colores, y hasta reglado su uso.

Puede demostrarse que ya durante la décimo novena dinastía amarillo, negro y rojo, aplicados en vivos colores planos, no eran usados con criterios que se puedan llamar cromáticos. Aún estaban muy lejos del pensamiento de los decoradores los efectos que sobre la retina pudiera tener el espectro. Entonces a cada color se había delegado un sentido simbólico, y no propiedades de luz o de contraste.

La tesis puede ser discutida, y se podría citar un buen número de textos, entre ellos algunos de egiptólogos consagrados, que impugnan el prejuicio iconológico que ha contaminado la interpretación contemporánea de los testimonios.

El autor, tras examinar las pruebas y los argumentos, porque su origen, que en su momento le valió decepciones, aislamiento y hasta ostracismo contra el que se rebeló, combatiendo por su causa en el corazón mismo de la hidra, ahora ciega y solitaria e impedida, fue suficiente para que fuera excluido del continente en el que quiso naturalizarse, entonces carente de conocimientos de economía, desposeído de patrimonio que le permitiera invertir en iniciativas empresariales aptas para proporcionarle tiempo libre durante el que ejercer como gentil egiptólogo, fatalmente marcado por ascendientes que habían dado con sus huesos en campos de concentración, tras apostar al caballo perdedor, aun a sabiendas que cargaría con demasiado peso, sus patas trabadas, toda la iglesia de los católicos en su contra y el ejército que hubiera debido defenderlos corrompido por las ansias de poder, ha decidido impugnarlos con la colecta de las pruebas que en la dirección opuesta militan, carente de avales más favorables que los de las pasiones declaradas, que deberían aconsejarle discreción a su punto de vista, moderación en el uso del lenguaje.

El negro, naturalmente un color, asociado al cementerio, colmaba el perfil de un cuerpo humano cuando al pintarlo se quería expresar que antes había existido, que ya había agotado las etapas sucesivas de vida y muerte, y que por lo tanto había madurado para acceder al anhelado renacimiento, así como alcanzado el instante anterior a la recuperación de la vida. El amarillo expresaba que se había satisfecho con éxito la metamorfosis deseada, la que permitía nacer de nuevo, y el rojo, extremo y superior, radical y disconforme cuando desplegado en banderas, fue reservado para significar que se había conseguido el don más singular, la existencia eterna.

Quizás un economista, porque hubiera evolucionado a empresario, y en su beneficio hubiera atesorado el trabajo ajeno, en parte recibido gracias al patrimonio heredado, espurio puesto que procedente de la más feroz venganza que en la sierra conocieran los siglos, estaría nunca incapacitado para ser miembro entusiasta y generoso de una sociedad de egiptología, aun con responsabilidades directivas, pudo impugnar esta idea presentando la siguiente prueba.

También desde la dinastía décimo octava fue costumbre que el cuerpo del hombre se pintara de rojo, mientras que el de la mujer se representaba casi siempre de amarillo. En su opinión, cargaba con sentido biológico el uso de los colores que eran regulares en la decoración de las tumbas, en modo alguno instantes de una secuencia vital cíclica.

El autor, habiendo observado tiempo atrás esta diferencia cromática, sobre cuya trascendencia pública ha coleccionado otras interpretaciones, sabe también que existe determinada explicación sobre el peso que entre egipcios para cada sexo tenía el matrimonio, un convenio del que ya le resultaba imposible escapar al varón, permanente esperanza de recuperar la vida, gracias al feliz tránsito de la viudedad, para la mujer.

No es necesario polemizar más sobre la cuestión cromática, prolongar una disensión que tampoco ya podría resolverse, por cuanto hasta a los miembros de las sociedades de egiptología les puede sobrevenir su final, brutal quiebra más que de proyectos de ideas, cuyo aprovechamiento podría valer importantes conquistas para el patrimonio de las familias cuya fusión ha sido sellada ante el altar. Tampoco el lenguaje de los colores es la respuesta completa al éxito que finalmente tuvieron las creencias sobre el renacimiento entre los egipcios antiguos.

Para propagarlas, algunos creadores de las escenas, siguieran o no una pauta de significados cuando recurrían a los pigmentos funerarios, prefirieron expresar el concepto principal no mediante un código cerrado sino por analogía, sirviéndose de relatos que con el tiempo también se consolidaron como tópicos. Representaciones a gran escala en los muros de las tumbas expresaron una y otra vez la creencia en el renacimiento, pero ahora contando determinadas historias.

La crítica, durante demasiado tiempo, ha preferido aceptarlas como escenas de la vida cotidiana. Ateniéndose a esta interpretación, algunas sociedades de egiptología las han perpetuado como valiosos y encantadores cuadros de la actividad común de los egipcios de hace más de tres mil años. No hay razón para contradecir que bajo este criterio puedan ser estimadas. Pero el observador independiente solo hasta cierto límite debe entenderlas de un modo tan ingenuo.

Una escena de este tipo es la que representa al inexcusable titular de la tumba pescando en la marisma. El pez, o aún con más frecuencia los dos peces que el protagonista de la escena cobra, clavados en el arpón que sostiene, son del tipo tilapia, unos animales que tienen la curiosa costumbre de tragarse a sus crías cuando les sobreviene algún peligro, y que las regurgitan una vez que vuelven a sentirse tranquilos. Tan singular hecho pudo convertirse en una escena frecuentada en las tumbas porque era una perfecta alegoría del deseo de recuperar la vida y alcanzar una existencia recurrente.

La caza con bumerán, en un ambiente similar, otra escena sin grandeza, por lo común simétrica a la de pesca, expresaba de una manera equivalente la misma idea, gracias al explícito valor simbólico del proyectil que retorna a las manos del cazador, una vez lanzado contra la pieza deseada. Podía señalarla de modo aún más directo porque evocaba el mito según el cual el don de la caza le había sido concedido a Osiris, a la vez que las facultades de comer y hablar, tras su resurrección.

Sin embargo, si el punto de vista correcto para interpretar los relatos figurados es su inequívoca referencia simbólica al renacimiento, de todas las escenas que eran habituales en la decoración de las tumbas en aquellos tiempos la más sorprendente sería la del banquete, puesto que es una de las más repetidas y probablemente la que más fortuna tendría, sin abandonar el ambiente fúnebre, durante el resto de los siglos de la antigüedad.

No parece que puedan relacionarse satisfactoriamente la celebración de un banquete y una tumba, salvo que se piense en el canibalismo, bárbaro acto en absoluto no adecuado al civilizado Egipto, aun del imperio nuevo.

Pero tampoco pudo Carson, cuando le fueron pedidas las justificaciones que el reglamento prescribía, decir por qué en la sierra brotaban los egiptólogos, como el cerezo tardío o las margaritas espontáneas, en prados tarde cercados, sin recurrir a una serie de argumentos tan divergentes que todavía hacen dudar de su veracidad.

La hidra, solo a la procreación reservada, en el goce de su madurez, entre cada acto fecundante de su hidro extenuado, disponía de tiempo suficiente para toda clase de cálculos. Desde que le naciera su primer descendiente femenino supo a quien sería destinada, un varón proveniente de pobladores antiguos, eslabón de una linaje a las dehesas de más encinas adscrito.

Gracias a que el hidro ejercía donde nacían las decisiones, disponía de informes que trasladados a su cónyuge, nativa de tierras próximas a donde se extingue la existencia, aun de ratas, crecida entre las carencias con las que beneficiaron a la humanidad sus defensores, le permitieron posar el índice donde los nombres tenían tanta fuerza que alcanzaban hasta el confín de las tierras acotadas.

Ningún combatiente errante, entre malezas refugiado, el mayor de los héroes condecorado por la derrota, quien hubiera arriesgado su vida sabiendo que el desastre la completaría, no tendrían a los ojos de la hidra tanto valor.

La abnegación preterida, sin aprecio la virtud, ¿que hubiera triunfado el patrimonio a cambio podía justificar la emergencia de un egiptólogo donde solo piedras informes, sin proporción alguna ni estereotomía definida, emergían?

Carson hubo de confesar primero que carecía de argumentos que pudiera defender, salvo la evidencia de los hechos. Con otras ideas debía especular, en otra dirección tendría que llevar sus indagaciones.

Habiendo sabido que el egiptólogo sobre el que debía interesarse tenía la formación que permite tomar la iniciativa en la creación de las empresas, averiguó que con insistencia había capitaneado iniciativas de toda índole, corchotaponeras unas, de cerdo autóctono otras, incluso de anisados fuertes, ninguna de las cuales había remunerado sobre el riesgo el capital invertido. Sospechó en consecuencia que la egiptología montaraz tenía un sentido más profundo.

Del mismo modo, otra razón justifica que la escena del banquete formara parte de la decoración funeraria. Estudiando con detalle sus variantes, ha podido demostrarse, aunque con la opinión en contra de una parte de las sociedades de egiptología, que contiene un valioso mensaje codificado relacionable con la idea de renacimiento. Entre todas acumulan suficientes indicios que con limitadas variantes acentúan insistentemente el sentido erótico del momento representado. Esa es la clave alegórica, ese es el objeto de la discusión.

La flor de loto en estas escenas es un elemento persistente, y en ellas siempre ocupa un lugar protagonista. La llevan las mujeres en torno al cuello, en las pelucas o en la mano, aunque hay ocasiones en las que quienes la portan son hombres, unos sobre la oreja, su tallo adaptado a la curva del pabellón auricular, otros entre los labios, su tallo mordido por los dientes de las sonrisas.

El loto, que también era para los egipcios lo que para cierta imaginación contemporánea la intocable rosa, podía actuar como símbolo de resurrección de nuevo gracias a un aval mítico, el mismo que permitía que la caza con bumerán llevara a esa idea. Se aceptaba, a partir de una de las leyendas de la creación, que el dios del sol había nacido de una flor de loto. Dado que tan principalísimo ser celeste cada día retornaba, el loto pudo convertirse en símbolo por excelencia del renacimiento.

Sin embargo, hasta aquí la escena del banquete, incluyendo estas referencias, no habría pasado de la forma simbólica de expresar las ideas mediante el mismo procedimiento alusivo que se empleaba en las composiciones de pesca o caza. La pendiente hacia referencias más explícitas del sentido recto de estas escenas la fueron formando otros detalles de los murales que las representaban, enriqueciendo la idea de renacimiento con la fecunda ambigüedad.

Las damas que comparecen en las escenas no solo hacían ostentación del loto sino que también llevaban mandrágoras, aspiraban su aroma o unas a otras se las ocultaban. La mandrágora destila un savia tan enajenante que tanto podía ser utilizada como veneno, todavía en la antigüedad clásica, como feliz afrodisíaco, manipulada con prudencia.

Las vestiduras transparentes, que revelaban más de lo que ocultaban, los afeites y las joyas de aquellas seductoras mujeres, de turgentes semiesferas nativas, subrayaban asimismo la atmósfera propicia a saciar con la copulación complementaria el apetito despertado por los manjares servidos.

Sobre sus cabezas llevaban pesadas pelucas trenzadas y rizadas, un aditamento cargado de sentido en un ambiente como el evocado solo por un hecho común a todas las civilizaciones antiguas, en las que el cabello estaba relacionado con el vigor de la edad. Entre los egipcios su importancia estaba subrayada por el frecuente recurso a las pelucas en cualquier situación, y en particular cuando una mujer se preparaba para la intimidad.

Todavía las pelucas estaban coronadas por un cono de ungüento, porque también el olor tenía una importancia considerable en la cultura copulativa de los egipcios. Poco a poco la grasa depositada dentro del cono que remataba la peluca se iba fundiendo, según subía la temperatura del cuerpo, hecho a partir del que liberaba el perfume que debía impregnar la estancia donde el encuentro estuviera ocurriendo.

A las hidras, aun habiendo agotado por el vínculo a sus hidros, les ocurre que se muestran celosas de su intimidad hasta el punto de creerla exclusiva, como el ciego convencido de que la humanidad vivía condenada a las tinieblas. Inducen a sus hijas, habiendo contraído matrimonio con dirigentes de sociedades de egiptología, incapaces de mantener a la sombra iniciativas empresariales en las que las hidras, antes aún de la pubertad de su descendiente, habían cifrado sus proyectos, a que nieguen ante sus cónyuges, sumisos a la voluntad complementaria en la lid del tálamo, que el placer de la cópula sea común, menos aún que pueda ser publicado.

Se aseguran así, puesto que promotoras remotas de ideas insensatas, una vez consumado su tránsito, que el más animoso de los contradictores de las tesis de la egiptología societaria elija el memorial de mármol que cubra el féretro donde yazca, feliz meseta de sonoros ecos, como el lugar idóneo para emplearse en zapatetas.

Aunque se siguiera recargando el sentido de las alusiones, de seguir por este camino la escena del banquete no habría trascendido la efusión simbólica. La clave que la saca de esos límites, la que justifica que sea asunto frecuentado en la decoración de las tumbas, que gane el sentido trascendente que hereda el culto funerario común de los ritos faraónicos y que explica toda esta asociación de elementos; la que descubre el lugar de donde toman cada uno de ellos su significado, y no a la inversa, porque no sería correcto pensar que por tener ese significado fueran elegidos para la representación, es de orden lógico, similar a la que se venía aplicando a la escritura.

(Continuará)


La cara oculta de la Luna

Emendatio ope ingenii et retitutio textus per divinativo

Sentía Inanna imperiosos amores por el pastor Dumuzi, de aquellos que a la voluntad imponen el deseo y a los actos la pasión, a consecuencia de la gallarda figura de quien con el sexo de los varones cargaba entre sus piernas, pendiendo de su vientre, henchido cuando en reposo. Mas ocurrió que el lánguido Dumuzi, a pesar de contar con la predilección de una diosa, murió y hubo de domiciliarse en el mundo subterráneo. Decidió entonces Inanna bajar a los infiernos para rescatarlo, para lo que se veía obligada a competir con su hermana, de nombre Ereshkigal, por la soberanía que a ella le estaba reconocida sobre el mundo inferior. Derrocada de su negra posición, sustituida por ella, podría liberar a su amado según le conviniera. Ocurría sin embargo que aun para dioses estaba rigurosamente prohibido entrar en la morada de los muertos.

No obstante, avanza Inanna decidida por aquel sórdido dominio, y conforme atraviesa una a una sus siete puertas el portero que las custodia la va despojando de sus adornos y vestidos, aditamentos cuyo brocado degradaba su hermoso cuerpo. Era el precio que el rijoso portero exigía para consentir que quedara expedito lo que para los demás estaba cerrado. No contaba con el atrevimiento de Inanna. Para satisfacción del vigilante, cuando atraviesa el último umbral se exhibe desnuda, encarnación del estado primigenio de la materia lúbrica.

El atento guardián mientras la observa se da por satisfecho, a pesar de que con su ardid finalmente ha traicionado la fidelidad que a la señora del mundo inferior debía.

Ereshkigal, que ha permanecido a la expectativa de las sumisas evoluciones de su hermana, tanto como a las lascivas declinaciones de su portero, mientras observa ha conseguido averiguar el propósito que lleva a Inanna a comportarse de una manera tan descarada. Nada importa a la señora del último lugar que sea el amor hacia un apuesto varón el que induzca a la intrusa a emplearse así, ni que seduzca a su vigilante simplemente cumpliendo con exactitud las rigurosas reglas que quien debía atender a su deber le impone. Más le indigna que invada sus dominios e intente suplantarla. Su negro corazón concibe el lúcido temor de que más allá de sus apasionados gestos se ocultan planes ambiciosos. Decide acabar con Inanna. Tanta es su ira, y con tanta fuerza consigue concentrarla en sus ojos, que solo con una certera mirada Ereshkigal la mata.

Prudentemente, Inanna, antes de emprender el descenso a los infiernos, había declarado sus propósitos a su fiel amiga Ninshubur, a quien le había confiado instrucciones precisas sobre cómo actuar para el caso de que los acontecimientos le fueran desfavorables. La ocasión era la prevista y Ninshubur lo supo en su corazón antes que noticia alguna de los sucesos inferiores le llegara.

Siguiendo las indicaciones recibidas, en vista del retraso de Inanna, Ninshubur del viaje que su afectuosa amiga ha emprendido informa a Enlil y Nanna-sin, los dioses a quienes pide su socorro. Mas estos no quieren saber nada de lo que en aquel momento por lealtad se les demanda. Ya ha llegado a su conocimiento que Inanna ha contravenido un principio sagrado, que a pesar de saber que estaba prohibido penetrar en el mundo de los muertos ha osado adentrarse en aquel territorio oscuro dispuesta a emplear medios arteros. No obstante, el gran Enlil, aun viéndose en la obligación de ser fiel a lo que era aceptado por todos los dioses, meditaba la manera de aliviar la situación a la que se había visto arrastrada Inanna.

Supo así, más adelante, encontrar la manera de ayudar a la bella hembra, sin que su auxilio fuese una afrenta para su hermana afrentada. Indiscutible era el dominio de Ereshkigal sobre los infiernos, y en todo debía ser respetado. Pero no había sido consumado daño irreparable contra ella, salvo la invasión de un territorio, con fines que podían admitirse como legítimos y sin causar mayor daño. Severa en exceso parecía una irreversible condena a muerte de Inanna como reparación al allanamiento. Ereshkigal sin duda se había excedido.

Decidió Enlil, en consecuencia, algo sencillo y a su alcance para corregir el rigor de aquel castigo, crear dos mensajeros y enviarlos al mundo inferior con el alimento y el agua de la vida, para que a Inanna, una vez encontrada, la reanimaran y la retornaran al mundo de los vivos, sin mayor innovación en el que había sido su estado previo. Con seguridad Ereshkigal no podría oponer objeción alguna a tan justa salida.

Afrontaron su destino quienes, porque ya adultos hubieron de nacer, apremiados por el tiempo vivían, y emprendieron al instante el descenso. No está declarado por quienes conocieron los hechos cómo fue, esta vez, que sortear la vigilancia de quien tenía encomendado que nadie vivo franqueara las puertas -cuya reiterada desconfianza se sucedía- consiguieran los enviados. Pero sí consta que fue a fuerza de engaños que pudieron llegar hasta el cadáver de la diosa.

Arrebatada por la cegadora crueldad, su propia hermana había decidido que quedara colgado de un clavo indefinidamente, como si la envuelta de un cuerpo hubiera sido vaciada. En aquel penoso estado la hallaron los mensajeros que Enlil había enviado. Cuando, descendido, se hubieron hecho con él, imposible les fue no suspender sus actos para admirarlo, hermoso aun a pesar de su lividez, sin ropa alguna, puesto que había sido condenado a permanecer en aquella escarnecedora impudicia para mayor afrenta de quien lo poseyera.

De inmediato la reaniman con el divino viático, del que los mensajeros son portadores, y los tres emprenden el camino de vuelta a la vida.

Todo transcurre según lo previsto. Mas ahora que llegan a las puertas que deben franquear, los siete jueces del infierno, que, como las siete puertas, a entorpecer el paso se dirigen, no quieren que Inanna salga. “No basta con que haya retornado a la vida por voluntad de Enlil”, dictan severos. “Si quiere abandonar este lugar, antes debe traer a alguien que la reemplace, porque el número de los muertos de ningún modo puede disminuir”. Nada de esto había entrado en los cálculos de quien tan sabiamente había trazado aquel plan.

Devuelta a su conciencia, renace para la acción, y consigue la decidida Inanna a los jueces arrancarles un pacto que le permite, por fin, abandonar los infiernos, aunque con la condición de por el momento. En sustancia fue este. Podría retornar a la tierra para buscar a quien la sustituyera (así lo aceptaban sus jueces) pero a cambio de que el candidato fuera seleccionado de entre los seres divinos. En caso de que no consiguiera encontrar entre los dioses a quien la reemplazara, Inanna tendría que retornar a ocupar su desesperante plaza.

Para asegurarse de que así se cumpliría, pusieron los jueces por escolta a Inanna una legión de demonios. Debían cuidar del respeto a lo acordado y, llegado el caso, ejecutores tendrían que ser de la sentencia que aquel pacto contenía; si la necesidad obligaba, que por la fuerza fuese llevado a los infiernos quien la señalada plaza ocupara. Traían, además, el encargo expreso y secreto de hacer volver a Inanna a los infiernos, igualmente de manera forzada, si así fuera requerido por su resistencia, si es que la diosa renacida no encontraba en plazo moderado a un sustituto entre las divinidades.

De tan inesperado modo fue cómo Inanna volvió a la tierra, por primera vez, después de haber habitado en el mundo de los muertos.

No pone gran empeño Inanna en buscar a quien la reemplace durante los primeros días de su renacimiento. Con astucias se prodiga en visitas y entrevistas, y en ellas se demora, sirviéndose de la excusa de estar tentando a quienes cree capacitados para sustituirla; como si aun entre los inmortales fuese fácil hallar alguien dispuesto a jugar con la muerte. Los circuitos se amplían, las detenciones de dilatan, los días de recuperada vida se prolongan formando una cadena que entusiasma solo porque se suceden.

Desde que retornara, reservaba el momento más apacible para el reencuentro con su fiel Ninshubur, a quien deseaba expresar vivamente su agradecimiento, y con quien en secreto pretende urdir algún ardid para deshacerse de su apremiante escolta, que le sigue a todas partes, que la urge a cada instante con el recuerdo de la obligación que tiene contraída; ahora por la boca de un demonio de voz estentórea, luego con una mirada que ensombrece el siniestro rostro de otra criatura deforme. Sinceros sentimientos de mutua estima inspiran el reencuentro entre las amigas, y los delicados gestos, ante quienes por instante alguno renuncian a su celoso cerco, los manifiestan de la más contenida forma. Mas no escapa a la codiciosa mirada de aquellos seres inferiores el intenso sentido fraterno de las recíprocas muestras de la mayor alegría, que en su presencia las amigas intercambian. Con manifiesta maldad concluyen los demonios, a la vista de la tierna escena, que a ellos debe corresponder la iniciativa, puesto que quien debe tenerla nada hace por cumplir lo que ha prometido. Ningún candidato para sustituir a Inanna mejor que su querida Ninshubur.

Con tan torcida pretensión los demonios trazan un plan para apoderarse de la fiel amiga y precipitarse con ella a las cavernas ínfimas. Pero, por fortuna, la diosa lo descubre a tiempo y consigue impedirlo en el último momento, cuando a punto están de consumar su fatal designio los seres que bajo la dictadura de la muerte viven. Al sentirse descubiertos, antes que ceder a cualquier súplica de Inanna, la urgen una vez más, aunque ya en los términos más explícitos y apremiantes; y de la manera más severa, para que cumpla con la obligación que fatalmente ha contraído.

Marcada por este pertinaz destino, Inanna, desesperada, va de un lugar a otro. Llama a una y a otra puerta divina, desolada por saber que será imposible encontrar entre los seres superiores quien esté dispuesto a unirse a los mortales, aun después de haber colmado su indefinida vida. Marchan Inanna y la rigurosa caravana, que siempre la sigue, primero a la ciudad de Bad-Tibira y luego, con el mismo triste designio, a la de Umma. Los dioses protectores de cada una de ellas, sucesivamente, se arrastran suplicantes ante Inanna, tras oír su demanda, pidiéndole que los releve de tan exigente muestra de los deberes fraternales. A su pesar, Inanna los comprende, cede a sus angustiosas súplicas y de una y otra triste se ausenta.

Por fin llega a Uruk, su patria. Aunque ya desespera de encontrar a alguien que se apiade de su estado extremo, es su último recurso. En su ciudad es querida.

Al cruzar sus puertas queda sobrecogida por hechos inexplicables. Dumuzi está allí y está vivo. Signo precursor del indeseado curso por donde van discurriendo los acontecimientos, su corazón no salta de alegría al verlo. Allí está, ante sus ojos, vestido ricamente. La creciente incredulidad de Inanna se convierte en indignación cuando descubre que está sentado en el trono y se ha convertido en el rey de la gran urbe. El infiel amado no solo ha retornado a la vida, sin que ella lo supiera, sino que además goza de la mejor vida que a un mortal quepa, mientras ella pena y se arrastra por haber intentado rescatarlo de las entrañas del infierno aun siendo divina. “¿Cómo habrá podido volver a pasar las fronteras del lugar de donde jamás se regresa?”.

No pudo contener Inanna su airada reacción. Concentró en Dumuzi la mirada de la muerte, la antigua propiedad que las divinas mujeres mantienen en reserva, ella también con toda la potencia de su deseo cargada en la voluntad de fulminarlo.

Viéndose Dumuzi fatalmente acorralado por los más hirientes ojos, y a punto de sucumbir a la fascinación, decide pedir a su cuñado, Utu, diestro en artes mágicas, que lo convierta en serpiente. Ninguna humillación le parece más oportuna que arrastrarse por la tierra, con tal de contener la concentrada ira de la diosa. Ejecuta Utu lo que de él se espera, y con este silbante camuflaje Dumuzi no solo elude el asfixiante hipnotismo con el que Inanna está a punto de fulminarlo, sino que escapa también a la asimismo amenazante mirada de su hermana Geshtinanna, la esposa de Utu, mudo testigo del sortilegio.

Busca el maleable Dumuzi refugio en el redil de las ovejas, al que acude porque conoce, y donde espera acogida natural. Pero, entre sus tiernas compañeras, su nueva condición espanta. Huyen poseídos por el miedo los jóvenes corderos, cobijan en su seno las madres recientes sus crías, mientras vuelven el rostro presas del pavor. Todo queda desolado en torno al retorcido pastor que cubierto de polvo se arrastra.

Atraídos por su nueva naturaleza, escalofriante, hasta él llegan los demonios, pero ahora capitaneados y conducidos por la mismísima iracunda Inanna. Su decisión ya está tomada, de la manera más concluyente, no la aplazará más. Con aquellas siniestras criaturas ha llegado a un acuerdo. En vista de que ningún dios está dispuesto a reemplazarla, renuncia a su deseo de liberar a Dumuzi de la muerte. Por lo que a ella respecta, puede ser de nuevo conducido a los infiernos.

Allí los demonios lo detienen y allí mismo lo torturan, sin dudar que así cumplen con lo que a ellos estaba ordenado. Y, antes que pueda reaccionar, ya lo llevan de camino al mundo inferior.

En doloroso estado queda el gentil pastor, postrado, sin esperanza, despojado de cualquier bien, y persuadido de que jamás la vida volverá a colmar su cuerpo. Desconocía Dumuzi que la clase de odio concebido por Ereshkigal contra su hermana incluía el ardid de competir por su amado. Pero así debían ocurrir las cosas por el momento, porque aún la severa señora de los infiernos no había satisfecho la parte principal de su venganza.

En vista de los sufrimientos del condenado, Ereshkigal proclama ante todos que siente una profunda y sincera compasión por él. Declara, en consecuencia, que ha decidido que en lo sucesivo quede su condena reducida a solo la mitad de cada año. Durante la otra mitad le estaría permitido abandonar los infiernos y retornar al mundo de los vivos. Pero su vuelta a la vida estaría limitada por una condición. Durante el tiempo que Dumuzi estuviera ausente, tendría que ser sustituido por la imprudente Inanna. De esta manera debía ser castigado su atrevimiento, sin que alguien, por eso, contraviniera lo que Enlil había dictado, para que por todos fuera respetado y cumplido.

Y así fue cómo Inanna, morada celeste, se convirtió en la primera divinidad en ser también huésped periódico del infierno, y cómo su vida quedó a un tiempo separada y unida a la de Dumuzi, el primer ser en morir y resucitar.


Errores sin menoscabo

Nicomedes Delgado

Para el siglo sexto anterior a la era la fuente sagrada permite conocer la atención concedida a las imágenes que en Babilonia eran adoradas. Incluye testimonios que hoy capacitan para restituirlas en su valor material, así como para saber el aprecio relativo que recibían, con un grado de certeza y detalle que por otros medios en modo alguno sería posible.

Se trataba de representaciones de dioses destinadas a los templos, donde recibían culto. Identificaban las creencias que se relacionaban con el resplandor del sol y la luz de la luna, las principales, y otras vinculadas a las estrellas, el relámpago, el viento, las nubes o el fuego. Aunque cada percepción, cuando llegaba a ser un objeto, había ganado una metamorfosis, que era masculina para satisfacer la representación de las abstracciones de este género, femenina si del otro, cada una de las cuales a una parte de los devotos satisfacía su noción del orden trascendente, es probable que ya entonces todas fueran versiones del concepto unitario del ser divino.

En los sexos, por efecto de las nociones más acendradas, que no solo consentían que fueran descripciones explícitas de cuerpos humanos los simulacros cuya condición divina podía ser evocada con nuestra anatomía, y en la distancia que puede separarlos, apenas un palmo, poco más en los casos más extraordinarios, tal vez hubiera una causa de las diferencias entre los precios que unos y otros alcanzaban en sus respectivos mercados.

Las fabricaban artesanos y orfebres especializados, quienes por su trabajo cobraban una cantidad importante. Podría explicar que sus exigencias fueran altas que de la configuración de cualquiera, al menos la cara debía quedar al descubierto, y en ella bien definidos los ojos, e incluso la cuenca natural que ocupan habían de reproducirla con fidelidad. También que utilizaran para ejecutarlas oro, plata y madera. Pero dado que aquellas materias no eran empleadas siempre de la misma forma, ni en las mismas proporciones, su combinación daba origen a distintas calidades de las piezas y, con toda seguridad, a distintos precios, aun siendo todos trabajos resueltos con recursos de alta estimación.

También fueron ofrecidas tres clases, según cantidad y combinación de las materias que elegían autores y clientes para su factura: las de metal precioso, las de madera chapada con oro y plata y las de solo madera dorada y plateada. Aunque de efectos similares, las tres clases impondrían tres costos bien diferenciados y tres frecuencias de demanda, decrecientes según aquellos. Las de oro y plata eran encargadas en pocas ocasiones, las recubiertas de láminas de ambos metales atraían a una porción intermedia de la clientela y las talladas en madera eran las que con más frecuencia adquirían para exponerlas en los templos. El patrón lo imponían las fabricadas recurriendo solo al metal precioso, que luego las más reiteradas pretendían imitar para conseguir un efecto de belleza similar al que con las más apreciadas se obtenía.

De la calidad de los recubrimientos metálicos usados para las del segundo tipo da idea que cuando el oro era aplicado sus conservadores no lograban que brillara, anomalía cuya causa, gracias a un dato deslizado por los informantes, se puede conocer. Las imágenes ejecutadas según este procedimiento eran atacadas por la herrumbre. Luego el hierro, como aleado y en una medida que sería variable, participaba en la composición de aquellos recubrimientos.

De la talla de las imágenes en madera, porque eran las más frecuentes, también los detalles que proporcionan las fuentes permiten aproximar su valor material. Se atenían al mismo patrón, con un grado de precisión anatómica cuyo fin descubre otra alusión, al tiempo que revela los detalles que preocupaban a los autores. Su lengua la limaba un artesano adiestrado para este fin. Gracias a su trabajo especializado, las tallas ganarían el grado más estimado en la descripción de los cuerpos, extrema veracidad necesaria para conseguir la mayor aceptación.

El relato anatómico minucioso no era incompatible con que las imágenes fueran concebidas de manera que sus pies no fueran visibles. Los testigos afirman sin ambigüedad que las tallas carecían de pies. Pudo ocurrir que este efecto no fuera una decisión del autor de la escultura, sino la imposición de una costumbre, una creencia o una superstición, cuyo resultado fuera que el cuerpo representado con madera no pudiera ser por completo visible para quienes lo observaran, y que la anatomía oculta se pudiera resolver de modo sumario o esquemático. Sin embargo, sobre su acabado recaía el mayor costo. Las imágenes lignarias eran policromadas con tonos de oro y plata hasta tal punto que llamaban la atención. Eran tan doradas y plateadas que los pigmentos que les aplicaban evidenciaban que habían sido utilizados con el exceso habitual en las piezas más pobres de cualquier arte.

Una vez terminado el trabajo del escultor, las representaciones de los dioses eran cubiertas con vestidos, con los que eran envueltas, para que poco más que sus rostros quedaran al descubierto. Para su confección se utilizaban paños de púrpura y de lino.

No es seguro que los trajes fueran el resultado de la combinación de las dos modalidades de tejido, puesto que eran compatibles el prestigioso tinte fenicio y el uso con fines textiles de la fibra que de la linaza crece. Pero los medios de información, en algunas ocasiones, al referirse a estos vestidos, mencionan solo la púrpura, de la que dicen que era utilizada para envolver las imágenes de un modo especial. Conocido el celo con el que los tirios reservaron la fórmula para la fabricación de su tintura, es más probable que la púrpura a la que la fuente se refiere fuera al mismo tiempo un tejido, y que por tanto el vestido de lino fuera una modalidad de traje o una prenda distinguida por la confección para que fuera indumentaria de las imágenes.

De la hechura de los trajes que se confeccionaban solo sabemos que eran similares, tanto en corte como en acabado, a las que entonces eran usadas allí, en la propia Babilonia. Porque variaban según sexo, sus diferencias de calidad sobre todo las marcarían las clases de tela que fueran necesarias para consumarlas. Sobre el efecto que causaban, una parte de los transmisores, adoptando una actitud que revela su falta de independencia a la hora de enjuiciar los hechos narrados, afirma que el resultado para su aspecto era tal, una vez acabada, que se la podía comparar con el de los peñascos que sacaban de los montes en las canteras. Así hablaban porque tenían el propósito de enfatizar su tosquedad.

Para proveer a su correcta identificación, completaba cada imagen un juego de sus atributos, así como una colección de lámparas, que ardían junto a ella para contribuir a la iluminación del lugar donde cada una estaba. Porque solo parcialmente es posible conocer tanto unos como otras, el sesgo del texto en este lugar tal vez pretendió inducir la lectura, para que quien la hiciera pensara que el papel que el orfebre tenía reservado en la creación de las imágenes adquiría su mayor responsabilidad llegado este momento.

Para las cabezas de las imágenes fundían coronas de oro, a cuya elaboración aplicaban el mismo criterio o el mismo gusto utilizado en el arreglo de una joven babilonia presumida, de cuyo ajuar las coronas de metal precioso serían una parte. Había imágenes que empuñaban un cetro, similar al que ostentaban los gobernadores de provincia en la baja Mesopotamia cuando impartían justicia criminal hasta el grado punitivo de la muerte, que aplicaban en caso de ofensa a la autoridad que representaban. Era un atributo propio de las imágenes que evocaban fuerzas de la naturaleza desatadas cuando se manifestaban en el grado más elevado de su poder, a su vez símbolo de la más alta capacidad de intervenir en la vida humana que a los dioses reconocían; y del riesgo que se podía correr al dudar de su autoridad, mucho si se llegaba a ofenderla, porque en el colmo de su soberbia soberanía, como los más despiadados jueces, eran capaces para castigar con el aniquilamiento.

Otras imágenes tenían en su diestra espada y hacha, ambas referencia a la fortaleza frente a las amenazas que permanentemente acechaban a la especie humana. Aunque los informantes, llegados a este lugar, otra vez presa de su incontenible intención de denostar, declinan al sarcasmo, pretendiendo que tales medios se entregaban a las imágenes para que pudieran defenderse y hacer frente a los frecuentes robos que sufrían, para los devotos expresaban la necesidad de afrontar las adversidades de la guerra.

Determinada vertiente de los atributos de las imágenes resulta sin embargo oscura. Las fuentes afirman que alrededor de ellas y sobre sus cabezas revoloteaban lechuzas, vencejos y otros pájaros, e incluso que gatos se movían en sus inmediaciones. El modo en que estas compañías son mencionadas no permite decidir si se trataba de la reproducción de animales, cuya presencia en los templos era tolerada por tratarse de formas parlantes de las respectivas virtudes que los devotos atribuían a los seres divinos, o si es una observación que pretende dar idea de la degradación y el descuido en los que caía la atención debida a los lugares sagrados, que los autores radicales utilizan como contrapunto, en apariencia narrativo, a favor de su discurso infamante. Parece más probable que fueran representaciones figuradas, que en cada caso servían para completar o asegurar la identificación correcta del significado de cada dios, para que los ingenuos creyentes consintieran mejor los maniquíes que admitían como presencias de seres superiores.

El balance del análisis de una y otra modalidad de imagen, así como de sus respectivas indumentarias y atributos, tiene que reconocer todavía otra razón del costo diferencial. La fuente afirma que de la ejecución en madera estaban excluidos por completo los orfebres. Renunciar al trabajo de una parte de los especialistas redundaría en un costo inferior.

Todas las decisiones a favor de los niveles más bajos del gasto, a los que preferentemente optaban los encargos, puesto que las imágenes en madera eran las más frecuentes, habilitarían la escala de descenso hasta el grado de ejecución límite. Se alcanzaría cuando se excluyera por completo el trabajo de los profesionales dedicados a la fabricación de las imágenes. Esta posibilidad se advierte tras el excesivo acabado de las piezas policromadas, al alcance de la voluntad de los creyentes sin pudor ni destreza. Una parte de ellas pudo ser fruto del trabajo espontáneo de algunos de sus devotos. No cotizaría en el mercado de los simulacros sagrados, lo que en modo alguno le impediría tener un costo y al mismo tiempo alto valor simbólico. Por tanto, la diferencia de precios también pudo ser el resultado de una constante amenaza de ruptura del marco racional que se esperaba de los mercados.

El costo efectivo que cada imagen tuviera, para quienes actuaban como demandantes en aquellas transacciones, tal vez estuviera modificado por otra circunstancia aún.

A las representaciones de los dioses acudían los devotos en busca de beneficios privados, antes que de asuntos que concernieran a sus semejantes, porque la pugna por la salvación del ser propio ya era entre los babilonios una virtud reconocida a consecuencia de su mejor resultado civil. Les solicitaban riquezas y dinero, que proporcionaran bienes a los hombres, y desde luego que les dieran la lluvia, capital confiado a la naturaleza. También que descargaran a los humanos de cualquier necesidad en la que pudieran hallarse, que arrancaran al débil de las manos del poderoso, que tuvieran piedad de la viuda e hicieran bien al huérfano, y que liberaran y protegieran al agraviado.

Por supuesto que también recurrían a ellas por razones de salud. Cuando un mudo no podía hablar, lo llevaban ante determinada imagen, a la que pedían que le devolviera el habla, porque a ella se le reconocían poderes sobre las lenguas que para todos los fines de su vida emplean los hombres. De manera similar actuaban en el caso de un ciego, para el que se pedía la devolución de la vista, arpón capaz para cobrar presa entre todas las palabras. Incluso incurriendo en el exceso de la exigencia, se les solicitaba que libraran a las personas de la muerte, vecino indiferente que no respeta la vida de nadie.

Hay que reconocer no obstante que no terminaba el recurso a ellas donde se agotaban los asuntos privados. También se las apelaba para las cuestiones públicas a las que se concedía mayor valor, como obtener justicia en toda clase de pleitos y defenderse de ladrones y salteadores. Y se confiaba en su poder cuando había que dirimir sobre asuntos fundamentales de estado, como maldecir y bendecir a los reyes, gestos a cuyas consecuencias prácticas, que eran la deposición y la instauración de los monarcas, se les reconocían ventajas; hacer ver a las naciones señales en el cielo y resistir al rey y al ejército enemigos.

Las evoluciones de los creyentes ante las imágenes, con el objeto de predisponerlas a favor de sus deseos, podían tomar formas diversas. Unos les hacían votos, mientras que otros las favorecían, y adoptaban ante ellas una actitud protectora y curativa. También había quienes en una suerte de rito negativo les hacían daño, probablemente fundados en la creencia de que con un trato así estimulaban mejor su reacción, o quizás confiando en la misma fuerza que alimentaba la magia negra, si lo que esperaban de la divinidad era que su fuerza se desencadenara para causar mal a alguien, beneficio que nunca los seres divinos han negado a los hombres.

El tráfico con las imágenes, con el fin de ganarse su confianza y asegurarse a cambio del gesto piadoso la recompensa a la que sus devotos aspiraban, se completaba presentándoles dádivas. Los datos disponibles dejan abierta una amplia gama de posibilidades, en lo que a bienes objeto de las ofrendas se refiere. Normalmente sus adeptos les hacían llegar recursos materiales que estimaban, entre los que se contaban piezas de oro y plata, y sobre todo adquisiciones que se hubieran hecho para con ellas alimentarse.

El rito que seguían en el transcurso de los actos durante los que sus oblaciones eran presentadas lo comparan las fuentes con las ofrendas que se hacían a los muertos, lo que en apariencia no hace más que cambiar de lugar el problema, puesto que la documentación niega datos sobre la modalidad de manifestación piadosa vigente en aquellos momentos. Pero a este propósito cita accidentalmente un detalle que resulta significativo. Mientras hacían sus ofrendas, quienes las consagraban gritaban ante las imágenes, tal como se hacía en cierta clase de banquetes fúnebres.

La relación entre ambos indicios, que comparten la mención a las ceremonias que inspira la muerte, es suficiente para pensar que a las imágenes tal vez les fueran hechas las ofrendas no solo ostensiblemente, a la vista de todos, en el templo, proclamándolas a viva voz, sino que ante ellas, como en las comidas rituales funestas, los bienes tal vez fueran repartidos entre los partícipes. Es posible llegar a este término porque además es muy probable que el rito de las ofrendas incluyera la renuncia cruenta a determinados animales, que así se convertirían en víctimas propiciatorias.

No obstante, el texto dice que la parte del ritual de las sagradas renuncias que provocaba humo se desarrollaba dentro del templo. Si esto ocurría, resulta inverosímil que los ritos asociados a los sacrificios de seres vivos, que ahora es primordial reconstruir, fueran holocaustos. En las liturgias vigentes durante la plena antigüedad era la parte anterior a los templos, al aire libre, la que habitualmente se utilizaba para exponer al fuego los animales sacrificados, cuya deglución completaba la experiencia trascendente. El humo al que hacen referencia los textos pudo provocarlo quemar incienso, un bien que igualmente era una ofrenda, aunque tal vez el efecto de ese gesto no fuera digno de considerarse ni siquiera estela provocada por una combustión.

Si no de todas, de presentar al menos una parte de las ofrendas ante las imágenes las mujeres eran las encargadas, lo que puede ser vindicativo del preferente culto a las representaciones favorables a la condición femenina. No parece que su participación en estas ceremonias estuviera limitada por normas destinadas a guardar la pureza simbólica que a tales actos suele ir asociada. Tanto las que acababan de dar a luz como las que estaban en el regular estado que los textos sagrados consideraban de impureza tocaban sus víctimas sin ninguna restricción.

De la magnitud de todas las formas de la devoción, de las que eran objeto las imágenes cada día, habla el polvo que en el templo levantaban los pies de los que entraban, prueba de un constante trasiego de personas, mientras que de las que ocasionalmente eran representadas los textos mencionan las procesiones que salían de sus respectivos santuarios, cuando las imágenes eran llevadas a hombros. Tanto por delante como por detrás, a las imágenes las acompañaba una turba que se entregaba a invocarlas con desigual fortuna. A los observadores que no habían vivido esta clase de manifestaciones, los cortejos multitudinarios que en torno a los simulacros divinos se formaban infundían temor.

Cuando sinceramente se aspira a disponer de todos los elementos de juicio que permiten completar una teoría de las diferencias de los precios, más allá de los límites que imponen las visiones parciales a las que se resignan las áreas del conocimiento cuando se compartimentan; puesto que en esos casos cualquier formulación teórica se somete a unos límites que evita traspasar; por tanto, se asegura ser parcial o incompleta, no del todo útil en consecuencia; todas las actitudes de los devotos ante las imágenes deben analizarse. Complementadas, descubren que su valor trascendía del material de su ejecución.

Al culto regular de las imágenes estaban dedicados sus sacerdotes. Para que fuera advertida su condición, vestían túnicas y se rapaban las barbas, así como la cabeza, a pesar de lo cual no tenían inconveniente en exponerla al descubierto, incluso en invierno. La primera lectura de los textos lleva a pensar que su oficio litúrgico era pasivo y estático, en modo alguno productivo, porque cada uno, en sus respectivos templos, cuando comparecía en público permanecía sentado. Pero no sería acertada la exégesis si se mantuviera en estos límites. Los sacerdotes también tenían a su cargo cultos que requerían su actividad.

Muy probablemente eran quienes voceaban delante de las imágenes con ocasión de las ofrendas, lo que les otorgaría un papel protagonista en el desarrollo de tales celebraciones, tal como era común en el oficio. Eran además los responsables de la seguridad y la custodia de los simulacros sagrados, aunque los textos no afirman positivamente que fuera cargo directo del sacerdocio su cuidado, ni que se entregaran personalmente a las tareas a que obligara. Pero sí se puede demostrar que a su cargo estaba encender las lámparas que había junto a las imágenes. Aceptado que su guarda era el fundamento de su estatuto, es posible adjudicarles la responsabilidad material de su conservación, que podrían ejercer mediante delegados.

La parte cotidiana de este cargo consistía en lavarles la cara, limpiarlas y cambiarles la indumentaria. Como sus rostros eran ennegrecidos por la humareda que dentro del templo había, y como el polvo que levantaban los pies de los que entraban lo ensuciaban y lo recubrían espesamente, hasta el punto que podía llenar la cuenca de los ojos, para desprender de él toda la suciedad era necesario asearlas con frecuencia. También, dado que el oro con que recubrían las imágenes para embellecerlas no lograba mantenerlas deslumbrantes, a consecuencia de la herrumbre que criaba, hacía falta pulirlo hasta que de nuevo le saliera brillo. Y a causa del continuado uso de los trajes, que se aprovechaban hasta el extremo que se pudrían encima de ellas, asimismo era imprescindible quitarles y ponerles los vestidos. Decidía pues sobre la responsabilidad diaria de los sacerdotes en la conservación de las imágenes su relativa fragilidad, porque una vez colocadas en el templo, debían permanecer expuestas indefinidamente, sin alterar su aspecto ni su posición, hasta el momento que fueran por completo inservibles.

Además, igualmente a causa de su deber como custodios de las esculturas divinas, los sacerdotes se preocupaban de asegurar todas las entradas a los templos donde recibían culto con puertas dotadas con cerrojos, puntales y traviesas, que cerraban para que no fueran saqueadas por los ladrones, quienes aspiraban a quitarles el oro, la plata y la vestimenta que las cubría. El grado de seguridad que con estos medios desplegaban era similar al que se creaba en torno al rey cuando se trataba de evitarle toda clase de ofensas.

También habían de mantenerse vigilantes ante cierto peligro que siempre las amenazó. Si por algún accidente en los templos el fuego llegaba a prender, las imágenes eran una presa fácil para las llamas. En los recintos sagrados el riesgo de incendio debió ser tan constante que en muchas ocasiones se consumaría del peor modo, puesto que las efigies más vulnerables, las de madera, eran también las más habituales. Tan excepcionales agresiones alcanzaban el grado más terrible cuando sobrevenían guerras o calamidades, circunstancias en las que los sacerdotes se veían obligados a tomar las decisiones más radicales. Entonces deliberaban entre ellos cuál era el lugar idóneo donde quedar ocultos, para garantizar la preservación de objetos tan apreciados, y en él se escondían con los que tenían a su cargo.

Aquellos sacerdotes nunca fueron por completo célibes. La concordancia en plural de las frases que hablan de sus mujeres impide tener certeza sobre una propiedad de sus matrimonios, nada insignificante para sondear otra vertiente de las causas por las cuales los precios cambian de un momento a otro, entre lugares: que al menos a una parte de ellos le estuviera consentida la poligamia. Pero sí es posible saber que la convivencia matrimonial les proporcionaba descendencia, que con sus progenitores compartía el hogar, razón de gasto aún más grave que la originada por el trato conyugal con más de una mujer.

Las fuentes afirman que los ingresos que por medio de las ofrendas obtuvieran los templos no solo atendían la representación de las renuncias ante las imágenes. Igualmente servían para atender las necesidades cotidianas del sacerdote y su familia. Al parecer, aquellos sobrecargados varones justificaban esta manera de actuar manifestando que las raciones que eran ofrendadas a las imágenes eran tan abundantes que no era posible consumirlas al momento, por lo que entre sus ocupaciones debía estar también poner lo sobrante en conserva, para que la donación no fuera defraudada ni en todo ni en parte. Nadie puede hacerlos responsables de que los procedimientos de conserva fueran entonces pocos y limitados, ni de que sus respectivas despensas, embriones unidos por un cordón a los almacenes matrices, se vieran en la obligación de mantenerse siempre abastecidas, sin que por eso decayera la representación pública del sacrificio a la que estaban obligados.

Quizás mal aconsejados por las necesidades que la manutención del hogar origina, que con frecuencia llegan al grado de la exigencia que urge, la custodia sacerdotal de los bienes privativos de las imágenes excedió la vigilia ante la caducidad, y no fue siempre todo lo edificante que se podía esperar de esta clase de sujetos, hasta quedar expuestos a la vergüenza ante sus contemporáneos. Ocurrió a veces, según los textos antiguos, que las víctimas de las oblaciones las vendieron para sacar mayor provecho de ellas, quitaron a las imágenes su indumentaria para emplearla en vestir a sus mujeres y a sus hijos, y tomaron para sí, no ya los bienes perecederos que amenazaban con perderse inútilmente, sino el oro y la plata donados a las imágenes, que entonces estaban ganando propiedades monetarias, para emplearlo en gastos propios.

Como el autor crítico generaliza afirmando que los sacerdotes, cuando comparecían en público, llevaban la túnica desgarrada; y también las fuentes los acusan de que escapaban y se ponían a salvo, en caso de que el templo se incendiara, y de que al llegar la guerra, cuando buscaban el mejor lugar para ocultarse, antes pensaban en salvar sus vidas; se puede creer que todo lo que concierne a la administración del patrimonio de las imágenes los antiguos también lo dejaron escrito con el propósito de agraviarlos.

Cuando se enfatiza que los sacerdotes hacían un empleo discrecional del oro y la plata donados, probablemente se está abusando, previa conjetura sobre el destino de los bienes allegados a los templos, de un hecho que era parte de su responsabilidad. Los sacerdotes eran quienes demandaban las imágenes, y por tanto quedaban obligados a liquidar cada precio que les fuera pedido, recurriendo a los fondos de las fábricas. Ha quedado establecido que el oro y la plata de los que disponían los templos donde las imágenes recibían culto procedían de las ofrendas. Dado que a las imágenes pertenecía un patrimonio tan valioso, que además estaba adquiriendo propiedades monetarias, es posible que una parte de los ingresos obtenidos en estas especies, por iniciativa de los sacerdotes, en ejercicio de la responsabilidad que habían adquirido, asimismo fuera aplicada a la fabricación de otras nuevas, a su conservación y a restaurar las que ya existieran cuando llegara el caso. También pudo ocurrir que una parte de los deberes de los sacerdotes de los templos fuera destinar lo que obtenían como ofrenda, en alguna medida, a la atención de las necesidades de los pobres y los enfermos, lo que justificaría su obligación de almacenar y la posibilidad de que hicieran uso de las despensas a discreción.

Pero lamentablemente, solo recurriendo a los remotos correspondientes, no es posible adquirir la certeza sobre los movimientos de caja de aquellas instituciones. La sombra crece, más que por el lado de los gastos, que podrían ser bastante justificados solo con las indicaciones que hacen las fuentes, que en modo alguno comprometen la honradez de los sacerdotes, por el de los ingresos, aunque resulte paradójico. No es seguro que la donación fuera la única forma de ingreso de los metales más estimados en las arcas de las fábricas.

Las mujeres que por decisión propia en Babilonia se entregaban a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad, solo una vez en su vida, como quien se impone una peregrinación esforzada, formando grupos se sentaban junto a los caminos. Se manifestaban a los transeúntes varones ceñidas con una cuerda, traslación del himen, de la que hacían ostentación mientras permanecía íntegra, para de este modo señalar que en su caso el rito que colmaba sus creencias, discretamente denominado por la cadena que ha transmitido los textos prostitución sagrada, no se había consumado. La espera hasta el momento que cada cual celebraría, mostrando cada cual su peculiar éxtasis, la entretenían quemando, como si fuera un incienso, salvado, procedente de la molturación doméstica de los cereales. A estas emanaciones algunos atribuyen valor afrodisíaco, aunque no está demostrado que la combustión de la cáscara del grano tenga tan alta propiedad. Es posible que en el camino de la tradición se contaminara la inspiración de los vapores del salvado, que obra el aparato respiratorio, con el curso que habitualmente sigue la fibra en el tracto digestivo. Es más probable que mantuvieran aquel rito en la confianza de que así ejecutaban un procedimiento mágico que contribuía a precipitar el fin deseado.

En aquella actitud permanecían hasta que eran solicitadas por algún transeúnte, a quien entonces asistía el derecho a romper la cuerda, sirviéndose del vigor de su edad. Era costumbre que cuando alguna había conseguido que la eligieran, aun antes de acoplarse con quien la designaba, afeara a las que todavía debían permanecer a la espera que no hubieran sido halladas atractivas, y que por tanto su cuerda aún no hubiera sido cortada por algún poderoso varón.

Pero en Babilonia, en el siglo sexto anterior a la era, no solo se ejercía aquel rito en las encrucijadas y sus vías de acceso. El texto menciona también a las prostitutas de la terraza, una referencia que unánimemente la crítica ha interpretado del mismo modo. En las cubiertas de los templos, bajo las cuales recibían culto las imágenes, asimismo tenía su sede un grupo de mujeres que a esta actividad prefería consagrarse. Así pues, aparte las que se entregaran a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad una vez en su vida y por iniciativa propia, en los templos de la gran ciudad había mujeres consagradas a la santa prostitución de manera estable. Por esta razón se adquiere la autoridad para pensar que las primitivas creencias sobre la participación personal en los cultos a la fecundidad habían alcanzado algún grado de sensual regeneración a principios de aquel siglo. Averiguar de quién partió la iniciativa puede ser decisivo para deducir las premisas del comportamiento diferencial de los precios.

Según afirman las fuentes, con ellas corrompían su comportamiento los sacerdotes encargados de la custodia de las imágenes. De ahí que se haya elaborado cierta especie, sirviéndose de los mismos procedimientos razonables de los que se sirve la teoría de los precios. Los sacerdotes, por efecto de aquel trato, tal vez utilizaran el oro y la plata que administraban para incentivar a las prostitutas que mantenían en los respectivos templos. Según este modo de explicar los hechos, que colma el conocimiento del valor que en Babilonia concedían a las imágenes, es muy probable que lo hicieran guiados por el instinto de la inversión, pensando que de este modo atraían la participación de los varones, titulares preferentes de los patrimonios, en las actividades del templo, de tal modo que incrementaran las donaciones.

Los sacerdotes entregarían una parte no despreciable del oro y la plata, ingresados por donación, a las prostitutas sagradas, para de este modo propagar la obtención de nuevos ingresos. La espiral de la demanda incrementaría el número de las consagradas estables, y de este modo, cada vez más, el costo y el mantenimiento de las imágenes se irían socializando. Por tanto, los sacerdotes pudieron incrementar las ganancias de sus sedes sirviéndose de unos medios no del todo ilegítimos, cobertura moral que bastaría para avalar, en caso de que fuera necesario, su desviación al gasto privado.

Si los malos consejos en la administración, o las urgencias de los consumos de las familias levíticas, desviaron una parte de los cuantiosos frutos que aquella actividad atrajera, finalmente habría que reconocer que el precio de las imágenes sería variable en función de: las advocaciones, cada una de las cuales imantaría un número distinto de devotos, y por tanto de donaciones; la figura, complexión y número de las prostitutas sagradas de los templos, que desestabilizarían el factor anterior; y la diversidad de las fórmulas conyugales que a los sacerdotes comprometiera, así como el rango al que correspondiera el tamaño de sus respectivas descendencias. Teorizar con estos factores el valor de la devoción, una vez retornada al mundo material, permitiría aislar una parte no despreciable de los factores que consentirían la variación de los precios.


Orígenes de la República I.1

Gastón Barea

Para corresponder a su hallazgo, edificaría Hiram un santuario dedicado a Melqart, convencido de que las grandes ideas parecen eternas si las retiene la arquitectura, que en apetencias compite con la naturaleza, y que si se lo propone puede durar siglos.

El santuario sería edificado en el lugar donde, según una tradición inestable, ya se había manifestado el dios a su predecesor, el Viejo Rey. No se le habría hecho presente bajo la forma de manantial o cueva, ni elegiría un meteoro o un cataclismo para irrumpir. En aquella ocasión parece que fue una inspiración verbal, a través de la cual la divinidad ya habría revelado su origen genuino, la que a su receptor sorprendió, mientras descansaba sobre una prominencia al sureste de la isla, dedicado a la lectura, desde la que veía la ensenada que ahora los visitantes eligen para su esparcimiento porque creen que es la más hermosa de un litoral único.

A decir de una de las escasas fuentes que registran estos acontecimientos, que no obstante afirma haber recogido buen número de testimonios de sus predecesoras, el Viejo Rey, una vez que conociera al dios por infusión, antes de abandonar este mundo, creyendo que a la revelación convendría un edificio que la conmemorara, todavía hizo algunas previsiones. Para que en la elección de su emplazamiento, y en la posición relativa del edificio sagrado, quedara claro su origen semita dio indicaciones precisas. Dado que para erigir la ciudad, sus pobladores habían elegido el lado oeste de la isla prevista por el designio colonizador, entonces próxima a la costa, la misma que la leyenda aceptaría como una de las Piedras Ambrosianas, el lugar preciso donde se levantara el santuario debía ser una colina rocosa que estaba al este. A su lado pasaría el canal que la separaba del continente, cuya orientación correspondía aproximadamente al actual trazado de la calle que lleva el nombre de Mohammad El-Zayyat. Aquel extremo de la isla podía ser segregado. Carecía de habitantes porque hasta entonces había acogido enterramientos.

Designó además el sitio exacto donde debía levantarse el edificio, el campo que labraba un hombre de estirpe ugarita al que sus contemporáneos conocían con el nombre de Baesa, y todavía arrasó la casa en la que se cobijaba, desmontó las cepas de los cedros que en la parcela habían sobrevivido y niveló para meseta su cima. En opinión del Viejo Rey era el lugar adecuado para representar la ciudad, tal como un faro el santuario donde el dios residiría. El templo que se levantara indicaría a los navegantes de la urbe la ruta que debía conducir a buen puerto sus vidas, hasta entonces consumidas por el comercio.

Pero solo una parte de estas previsiones contribuyó a la obra que después se propuso Hiram. Para concordarla con su idea de la Monarquía, quiso, en primera lugar, al santuario sumar el palacio, y para edificar ambos eligió a Nekao, hijo de Nebal, egipcio de Pi Ramsés, y de la viuda Arbida. Había llegado hasta el Líbano en una de las caravanas que hacían la ruta por el litoral, a través del Sinaí y el Neguev. Para entonces, ya conocía Hiram la calidad del trabajo que ejecutaba para otros, y tan valioso le pareció que desde el principio contó con su confianza. Primero lo puso al frente de la leva de la casa de Barca, una vez que el rey hubiera decidido que con trabajo de levas, requerido a los linajes como un servicio debido, se levantara la obra. Después, le otorgó el puesto de mayor responsabilidad en el proyecto, previa garantía de que durante los trabajos no se oirían martillazos, ni en el solar sagrado ni en su edificio, ni sierras, ni ruido de instrumento de hierro alguno, porque desde la cantera las piedras hasta donde fuera levantado el santuario llegarían preparadas.

Para adecuar la colina al complejo, aun habiendo sido en parte preparada para aquel fin por un rey -si bien cuando ya era anciano-, Nekao tuvo que transformarla por completo. El resultado de este esfuerzo fue un gigantesco soporte para la fábrica que los textos llaman Zócalo. En algún lugar, los comentaristas de las fuentes, sirviéndose de las palabras más frecuentes, con abuso de la confianza que en todas el lector deposita, y queriendo ocultar el sentido recto que Zócalo sugiere, dicen que Hiram mandó erigirlo para cerrar la brecha abierta por la ciudad que su padre había proyectado. Expresándose así, querían significar que con aquel bloque quedaría colmado el abismo que Melqart había abierto entre los propósitos del Viejo Rey, el precursor de la obra, y la magnificencia que para ella ansiaba su hijo.

En realidad, el Zócalo fue un recurso ideado para crear el plano horizontal que sirviera de cimiento a la parte edificada del complejo. La forma de la colina, si se quería partir de una superficie nivelada, obligaba a desmontar de un lado mucha más tierra de la que el Viejo Rey ya había removido, y a Hiram no le pareció conveniente que una obra sagrada estuviera asentada solo sobre tierra removida. Era mejor que descansara sobre una masa de piedra compacta. Una mampostería tan ambiciosa solo podía contenerla un muro, de impresionante grosor, que bajara hasta la roca del valle. Tendrían que sostenerlo gruesos contrafuertes de insuperada potencia, elevados desde las más profundas gargantas hasta la cima del monte.

Concluido el muro, que alcanzó cierta altura por la parte occidental y escasa por el norte, pero tanta por sus lados oriental y meridional que parece poco verosímil, su arquitectura fue suficiente para contener toda la tierra y los bloques de piedra desmontados de un lado y acumulados en otro. Así se creó un terraplén, que se apoyaba sobre los restos de la colina rocosa, sobre el que el arquitecto podría levantar el santuario y la casa del rey.

Si antes que Hiram pisara la tierra en aquel lugar hubo un monte, la obra que por iniciativa de aquel hombre se hizo mejoró lo que cualquier otro ser, injustamente tenido por superior, allí hubiera levantado. Al desorden espontáneo sustituyó la regla de la arquitectura, y donde antes la mirada no se detuviera, ahora la ambición de un hombre enamorado de la divinidad habría conseguido colmar la vista. Si enorme era lo que había compuesto la obra ingente de la naturaleza, gigante fue lo que un hombre, por aproximarse a su dios, le sobrepuso.

Para emplazar el templo en la parcela fue elegido su lado norte. Allí unos anticuarios encontraron el rastro del edificio hace unos cuatrocientos años, y dejaron constancia que de él no se había conservado vestigio arquitectónico alguno. Por esta causa, la responsabilidad de conocer su características ha recaído íntegramente sobre las fuentes escritas, y como la lengua es por naturaleza ambigua, nada de lo que se refiere a esta iniciativa parece del todo resuelto. No obstante, solo queda exponerse al riesgo.

Así pues, del caos tradicional en el que con el tiempo el templo cayó solo las palabras lo pueden rescatar, para llevarlo por una vía más segura, hasta donde la imaginación pueda figurarlo. Eso es lo que nos proponemos, previo examen de los testimonios escritos que hemos podido coleccionar. Para evitar que una inadecuada elección de las palabras desvíe la atención de quien pueda aprovechar lo que la escritura inevitablemente inmortaliza, a lo largo del relato que sigue habrá que referir algunas medidas, forma del lenguaje cuya reiteración resulta enojosa, y por cuyo uso continuado es obligado pedir disculpas de antemano.

De las afirmaciones sobre la invención del santuario debidas al ingenio de los logógrafos, la primera que resulta particularmente oscura es la que hace referencia a su titular. Dice que en Tiro había un templo dedicado al dios Molok-Cronos, único testimonio que literalmente se expresa así. Es una simplificación no del todo desinteresada, a juzgar por lo que luego repetirían las escrituras sagradas. Depurada la transmisión de injerencias tan comprometidas, puede interpretarse como una referencia a que el templo desde su origen estuvo dedicado a Melqart, lo que por los demás era previsible.

Sobre cuándo fue tomada la iniciativa, algunos de los que siguen la cronología más alta creen que el origen de la decisión se remonta a la guerra de Troya, por lo que cualquier obra de las erigidas sobre el Zócalo tendría que ser anterior a la fundación de la ciudad, lo que carece de sentido. Tal vez por eso Herodoto, que quizás tuviera contacto con estas transferencias menos juiciosas, con más sensatez sostiene que el templo sería el origen de la ciudad. Actuaría así aconsejado por su sentido crítico, no porque dispusiera de informes positivos sobre el orden de los hechos.

El templo, para cuya ejecución Hiram se atuvo al dibujo primitivo, también inspirado, según los textos, a su progenitor por el propio Melqart, ocupó una superficie de algo menos de cien mil metros cuadrados. Su perímetro exterior dibujaba sobre el solar preparado un cuadrado de poco más de trescientos metros de longitud por cada lado, cada uno de ellos orientado hacia uno de los puntos cardinales.

Observada completa, podían distinguirse en la fábrica del santuario dos partes, los atrios y la más importante, la que legítimamente los autores llaman la casa del dios o templo mismo.

Ante la obra quedaba libre un espacio llano y con suficiente amplitud, como un patio que todo lo circunvalara, que lo abarcara todo a la vez, un lugar abierto, nombrado el gran patio por oposición al que a veces es llamado patio interior, o patio dentro del cual estaba alzado el templo.

Pero estas denominaciones inestables pueden llevar a error, más aún cuando tan semejantes son a las que el primer testimonio usa para presentar partes similares del palacio. Los atrios del santuario, al margen de lo que uniera todo el complejo, formaban dos series de recintos que pueden distinguirse con precisión, los atrios exteriores, que eran el de los paganos y el de los tirios, representación en aquel universo de la mansión terrestre en la que viven los hombres, y el atrio interior o de los sacerdotes, reservado para las celebraciones, cielo en cuyo centro brillaba el edificio principal.

La anchura de la lonja que rodeaba todo el complejo terminaba por su lado interior en un potente muro, tal como un pilono, que habrá que llamar exterior, levantado sobre el solar siguiendo el dibujo de un cuadrado. Cada uno de sus lados tenía una longitud de doscientos cuarenta metros. En todo el contorno exterior los muros fueron esculpidos con relieves de grifos, palmeras y capullos abiertos, asuntos que también fueron tallados en sus paredes por la parte de dentro. Envueltas por el muro, y apoyada en él la primera fila, había en sentido de la profundidad galerías cubiertas, formadas con columnas a distancias regulares. Delimitaban y sostenían cuatro pórticos, uno por cada lado del cuadrado, los llamados pórticos de los paganos, después denominados en conjunto pórtico de Hiram. Fueron elogiados por los materiales de su fábrica, su bella construcción, la suntuosidad que los distinguía y sus dimensiones.

El espacio inmediato a estos pórticos, entre la última fila de columnas y el otro muro -el muro interior- de nuevo quedaba al descubierto. El área así delimitada fue distinguida con el nombre de atrio de los paganos, el atrio periférico o más alejado del centro del santuario. El acceso a estos pórticos y a su atrio era libre. Estaban abiertos a quien aun no siendo tirio hacia el imponente edificio se sintiera atraído.

El muro interior, envuelto por el atrio de los paganos, marcaba el espacio reservado en exclusiva para los melqaritas, un área en la que a los extranjeros el acceso estaba prohibido bajo pena de muerte. Este muro menor también delimitaba un cuadrado, ahora circundante de una superficie de cuarenta mil metros, todo él elevado sobre una gran meseta. Para pasar a su interior era por tanto necesario subir unas gradas, acceso precedente a cada una de las tres puertas, que fueron abiertas al centro de tres de los lados del muro, el oriental, el sur y el norte, y luego cerradas con batientes revestidos de bronce. Un espacioso y profundo pasillo acogía tras cada una a los que podían transitar al otro lado.

Ante ellos, a partir de allí, se extendía todo el espacio de los tirios, ordenado por división de la superficie en nueve cuadrículas iguales, tres por cada lado. De todas las cuadrículas, siete componían en conjunto lo que hay que denominar el atrio de los tirios, que también ha sido llamado atrio exterior, atrio grande, atrio del pueblo, gran pórtico y gran basílica, aunque la última denominación procede ya de las versiones tardías del texto. Fue elegida con la intención de evocar al lector más reciente que los pórticos que envolvían y distinguían este atrio eran triples, como los que eran levantados en las basílicas de los romanos, según cierta literatura arquitectónica a su vez versionada.

El atrio de los tirios sobrepasaba a otro cualquiera en muchos aspectos. Su extraordinaria hermosura era consecuencia de que aquel orden de siete cuadrículas iguales había sido dotado de similar arquitectura, siete zonas regidas por la misma regla de elementos elegidos y de relación entre ellos, las mismas en que todo el atrio podría ser descompuesto sin que parte alguna desdijera del todo.

Cada una de las siete zonas fue delimitada con pórticos, uno por lado, lo que daría un total de veintiuno, porque todos los interiores servían a un tiempo a lados compartidos por dos zonas. No obstante, otros dos más fueron levantados, los que daban paso a la zona más reservada, la asentada sobre las dos cuadrículas restantes.

Cualquiera de aquellos veintitrés pórticos fue edificado con tres órdenes de piedras labradas, tres filas de piedras, unidas entre sí mediante entablamentos de cedro o filas de vigas de cedro. Con aquellas maderas que formaban la armadura que cubría cada pórtico también los soportes quedaban con más firmeza unidos entre sí y las columnas con el muro que envolvía el atrio, y toda la trabazón así aseguraba la estabilidad de la obra. Además, aquellas cubiertas, porque eran planas, permitían recorrer toda la red de los pórticos a su altura, y desde allí observar desde lo alto todo el templo.

A partir de aquí la construcción sería de ladrillo, y es probable que subiera más de una planta, aunque su número sería distinto y su altura variable según las necesidades. Pero su existencia por encima de los pórticos, incluso sobre los pórticos de los paganos, la certifica la alusión de la fuente a las escaleras hechas con madera de cedro que servían para comunicarlas.

Allí habrían sido habilitadas las cámaras para toda clase de trabajos de la casa del Señor de la ciudad; cámaras para los sacerdotes, cantores y otros oficiantes, así como dependencias para el consejo de ancianos, para la escuela de teología, para las prostitutas sagradas y otros oficios imprescindibles del templo. Y también tendrían como destino estos aposentos guardar cuantos utensilios necesitara el desempeño del culto divino, enseres que ocasionalmente debían encontrar dispuestos en el correcto lugar litúrgico los celebrantes, y a los que luego bastaba con que fueran conservados.

El resto de la superficie de cada una de las siete áreas -el que entre los pórticos quedaba- permaneció como zona descubierta o patio. Cada uno de ellos podía denominarse por su posición relativa a la rosa de los vientos. El situado en el ángulo suroccidental podía llamarse el que mira al ábrego; el inmediato en dirección este, que ocupaba el centro del lado sur, el que da al austro; el del ángulo entre el sur y el este, patio orientado al euro; el que estaba al centro del lado este, el patio que mira al levante; el inmediato en dirección norte, mitad del lado septentrional y mitad del este, patio del aquilón; el del centro del lado norte, patio del septentrión; y el del ángulo noroeste, patio que afronta al cauro.

Tres pórticos quedaban interrumpidos por los pasillos de entrada desde el atrio de los paganos, y otros tres más hacia el interior, los correspondientes en paralelo a los tres inmediatos al muro, también lo estaban por razones semejantes. Así quedaban organizadas tres vías de entrada, que franqueaban el paso al área más reservada, cada una de ellas abierta sobre el mismo eje que sus correspondientes más alejadas, las que daban entrada desde el exterior del santuario. A la entrada del oriente correspondía otra al oriente, a la del sur otra al sur y a la norte la suya.

Dos de las cuadrículas, de las nueve iguales e imaginarias en que fue dividido el espacio de los tirios, estaban ordenadas de otro modo con el fin de acoger la parte más destacada de toda la obra. La superficie que entre las dos sumaban fue aún más elevada que todo lo demás, y el pórtico que tendría que haberlas separado no fue construido, para que la vista del edificio principal allí levantado no quedara interrumpida por obstáculo alguno. El espacio más alto estaba partido, en el sentido de su longitud, en dos zonas, una menor, cuadrangular, de superficie idéntica a la de cada patio adyacente, y la mayor, de la misma anchura pero más larga, porque añadía a una superficie como la otra la que hubiera ocupado el pórtico intermedio que se había dejado de construir. La primera parcela estaba sobre el lado este del área ahora descrita y la más grande sobre el oeste.

Solo una cerca separaba ambos dominios. Aunque la marca construida era la menos visible por su masa, era la más llamativa por la posición de sus vanos. Ninguna de las dos pequeñas aberturas que en ella habían sido habilitadas, para que de una a otra zona fuera posible el paso, estaba situada en el centro de la cerca, alineada sobre el eje que los vanos de aquel lado oriental regían. Semejante eje era solo un lugar geométrico invisible que ordenaba la simetría de los dos vanos, pero ninguno había en aquel lugar central afrontado a la puerta principal del templo. Así se hizo por razones de respeto y reverencia, para que quienes al atrio salieran desde el edificio insigne no dieran la espalda a la puerta del lugar sagrado, que indicaba la posición, al fondo, del sitio más santo.

La zona cuadrangular estaba descubierta. Era el último de los atrios o patios, el interior según los Crónicas, de los sacerdotes, según la precisión de las Memorias. Estaba en medio del santuario, ante el templo mismo, y su denominación más restringida viene de que allí encontraba su espacio casi toda la función sacerdotal. De ahí derivaba que solo estuviera abierto a quienes la desempeñaban, bien a título pleno bien a sus ministros, y que al contrario su acceso estuviera prohibido al resto del pueblo, los monarcas incluidos. En el atrio de los sacerdotes eran celebrados los sacramentos del sacrificio en todas sus versiones.

Centrado en la otra parcela, la rectangular, la última que de todo este espacio queda por describir, estaba el templo sagrado, la obra concentrada de un lugar santo. A él se podía llegar desde el palacio por un acceso que sin embargo es desconocido, incluso para Newton, y sobre el que no resulta fácil conjeturar. Por la forma del edificio, que era de planta alargada o rectangular y por sus cuatro costados libre o exento, nada serio puede deducirse sobre una posible vía de acceso, fuera a ras de suelo o volada porque usara las plantas más elevadas de los pórticos. Al contrario, parece que la posibilidad queda del todo excluida, salvo que la entrada reservada desde el lugar donde el monarca vivía fuera subterránea; extremo no improbable, habida cuenta de que entre los cimientos habían encerrado volumen bastante para habilitar mundos inferiores.

Las descripciones conservadas distinguen en el edificio del templo tres piezas, partes o recintos principales, sucesivos en el sentido de la profundidad. Para explicarlos al lector contemporáneo, resulta adecuado llamarlos nártex, nave y cella respectivamente. De todos, sus medidas, su arquitectura y el revestimiento de sus muros son conocidos.

El nártex que estaba delante de la nave hacía de vestíbulo o tránsito desde los sucesivos atrios abiertos a la parte del todo cubierta del santuario. Tenía ocho metros de longitud en el sentido del ancho del edificio del que formaba parte, y de profundidad en el sentido del largo cuatro y medio, o algo menos, aunque no faltan textos que dicen que solo tenía cuatro. A él se entraba por una puerta única, única entrada al templo, afrontada al este; de modo que la cabecera, justo el lado opuesto del edificio, estaba orientada a occidente. Hiram decidió que todo aquel pórtico fue recubierto por dentro con láminas de oro puro.

Unas cámaras anexas a uno y otro lado, respetando el orden simétrico de los sitios edificados, con toda probabilidad servían para guardar los vasos y los utensilios de más valor. Estas serían las cámaras que el Cronicón llama despensas, no porque en ellas fueran guardados alimentos o bebidas, sino porque entre sus destinos pudo estar el de alacena de las vestiduras sagradas, y al construirlas fueron trabadas las mismas formas con las que aquellos magistrales ejecutores de la divina voluntad hicieron las más comunes despensas del trigo, del vino o del aceite, de las que luego será preciso fijar un texto que deje constancia de que existieron.

La fachada del nártex era la más importante de todas las del santuario. Su altura al exterior era la mayor, cuarenta y ocho metros. Estaba levantada con un triple orden, cada uno de ellos tetrástilo. Cada orden correspondía a una planta. La primera acogía el vestíbulo y cámaras ya descritos, la segunda estaba reservada a los cenáculos y la tercera solo era torre. Las plantas de estas dos eran en todo semejantes a la del piso inferior.

Nave y cella formaban un cuerpo diferenciado de veinticuatro metros de longitud, ocho de anchura y diez de alto, según la versión griega, o doce, según la fenicia. Pero la nave sola, aunque de ancho fuera igual a la cella, tenía dieciséis metros de longitud, el doble que la cella, y así entre los dos sumaban los veinticuatro. La altura más probable de la nave tal vez fuera diez metros. En torno al cuerpo único que las dos dependencias formaban, adosada al muro común que las encerraba, fue además construida una galería de habitaciones que lo envolvía por completo.

La nave delante de la cella estuvo destinada a gran sala de culto. Al interior estaba adornado con pilastras y fue revestida de madera de ciprés, recubierta con láminas de oro fino, tras haber tallado sobre ella palmas y cadenillas. Los montantes de la puerta de la nave, y tal vez el cabecero, eran de madera de acebuche y ocupaban la cuarta parte del vano. Sobre los montantes fueron instalados dos batientes de madera de abeto, cada uno a base de dos planchas giratorias, sobre los que los hábiles artífices habían esculpido grifos, palmeras y capullos abiertos, y luego embutido oro sobre la decoración. La puerta de la nave era en todo semejante a la que guardaba la entrada a la cella.

En esta sala de culto alzaron un altar de cedro, el conocido como altar del incienso. Estuvo colocado justo delante de la entrada a la cella, haciendo coincidir el eje de ambos, altar y entrada. Era el segundo altar del santuario, porque dos eran también los altares de los santuarios itinerantes, el del holocausto y el de los perfumes. Así se garantizó que los dos altares sobrevivieran en el templo.

En la nave también estaban las mesas y los candelabros. Entre las mesas, los textos citan la de los panes de oblación o panes de la presencia. Los candelabros eran diez, y debían arder en la nave, según el rito, delante de la cella, cinco a la derecha de su entrada y otros cinco a su izquierda.

Ha sido motivo de controversia dónde fueron colocadas dos estelas o columnas fundidas en bronce para adorno del santuario. Las fuentes no son a este propósito definitivas. Serían dos labores independientes y exentas, que equivaldrían a las estelas de los santuarios cananeos o a las que tuviera el templo de Jerusalén o el Idalion chipriota, documentadas por medios escritos o arqueológicos. Algunas referencias al lugar donde estaban son muy imprecisas. Se contentan con declarar que las dos columnas se hallaban en el pórtico del santuario, sin que sea dado precisar en cual porque los pórticos fueron muchos. Quizás pudo ser que en aquella indicación se hubiera deslizado la palabra pórtico en lugar de atrio, más exacta, no por error sino con evidente falta de propiedad. Cada atrio, en sentido general, estaba compuesto con dos piezas, los pórticos que lo rodeaban y el patio, zona descubierta o atrio en sentido particular. De ser así, sería fácil interpretar que quien de esta manera escribió pudo pretender una indicación del atrio en el que con más facilidad podría pensarse solo hablando en singular, el atrio de los sacerdotes. Coincidiría entonces con aquellas otras referencias que se limitan a decir, también con una económica administración de las palabras, que nunca son un gasto inútil, que las dos columnas fueron alzadas ante el atrio. Sin que deje de parecer innecesario demorarse en escrúpulos, valdrá especular con que esta mención puede también tomarse por una reducida del atrio de los sacerdotes.

Pero los que así hablan añaden una pista valiosa para iluminar la exégesis, aunque de nuevo su forma de explicar cree la duda. Dicen que las columnas estaban una a un lado de la entrada y la otra al otro. Tal precisión podría tomarse por un deseo, no bien satisfecho, porque no es ejecutado con fortuna, de evocar la entrada al nártex. No puede quien de este modo escribió referir la entrada al atrio de los sacerdotes, porque a él se llegaba por tres vías distintas. Debió redactar de manera que la entrada referida no fuera nunca tomada por entrada al atrio, sino por entrada desde el atrio; si bien con más facilidad pudo decir que hablaba de la entrada al templo en sentido propio.

No le habría faltado justificación para hablar con palabras sencillas. Son bastantes los que declaran sin dudas que aquellas dos famosas columnas fueron erigidas jalonando la entrada al nártex de la nave, ante la fachada del vestíbulo, como los obeliscos egipcios eran levantados ante el pilono. Las refieren llanamente diciendo que había dos pilares libres o entregados flanqueando la entrada al templo.

Pero aún hay quien va más allá, aunque quizás sin intención de llegar tan lejos, y dice que las columnas fueron erigidas delante de la nave, una a la derecha y otra a la izquierda. La interpretación recta de esta topografía debe deducir, por consecuencia de la escueta expresión, que también hay quien cree que las dos columnas estarían dentro del nártex mismo, ante la puerta de la nave.

Y todavía algunos complican el rescate de aquella fábrica con otras indicaciones, tal vez insuficientes, tal vez sinceras opiniones separadas, que sin embargo invitan a localizar las columnas en algún lugar próximo a la nave. Unos dicen sencillamente que delante de la sala fueron levantadas las dos columnas, mientras que otros que a los dos lados de la entrada al espacio sagrado estaban las dos estelas. Así como la primera forma lleva a pensar en el espacio inmediato a la entrada a la nave, la segunda admitiría, al tiempo que esta misma interpretación, otra aún más restringida: que de este modo es mencionada la entrada a la cella. Esta, expuesta de manera sencilla, es por fin la posibilidad más admitida, porque está apoyada en el texto primordial, que las dos columnas estuvieron a cada lado de la entrada a la cella.

Si no resuelve el problema de manera definitiva, el testimonio métrico, mucho más estable, al menos puede contribuir a formar una opinión más sólida. Cada columna, dicen las fuentes, tenía una altura de dieciocho codos, un hilo de doce medía su circunferencia y sobre cada una había un capitel, que en cada caso tenía por única longitud de la vertical cinco codos.

Otro testimonio afirma que las columnas eran de treinta y cinco codos de alto. Debe tratarse de un error, a consecuencia de una lectura precipitada, que después ha llegado hasta el copista como lección deficiente. Dieciocho más doce son treinta, y cinco, treintaicinco. Porque ya leía con la idea del canon clásico, el que copiaba se vio en la obligación de sumar a la altura del fuste la del capitel, y por precipitación sumó también el perímetro de aquel.

Tal deducción, a la vez que puede tomarse por la prueba de aquel error, se convierte en aval indirecto de la certeza del primer testimonio. La lección correcta sería dieciocho más cinco, veintitrés codos, si lo que se desea es saber la altura total de la pieza. Veintitrés codos equivalen a poco más de nueve metros. No es concluyente el dato, pero es una dimensión que parece más proporcionada a los espacios cerrados que a los abiertos, lo que concentraría las posibilidades de localización en las entradas a la nave y a la cella.

La cella, cámara del fondo o templo en sentido propio, era la parte excelente del edificio. Ha sido además llamada de muchas maneras, santuario en sentido propio, oráculo, sala o casa del propiciatorio, sala del santo de los santos o simplemente santo de los santos; y, con la claridad a que el lugar invita, también fue llamado el lugar más sagrado. Fue construido en la zona más reservada del edificio para depositar en medio el testimonio de la epifanía de Melqart, protegido por dos grifos. Tenía sus tres dimensiones idénticas. Su longitud, correspondiente al ancho de la casa, era de ocho metros, y su anchura de otros ocho. También su altura era la misma cantidad de las mismas unidades, lo que significa que entre la altura de la nave y la de la cella había dos metros de diferencia en favor de aquella. De ahí habrá que deducir que el pavimento de la cella debió estar más alto que la nave un par de metros, y aún más alto que el vestíbulo. El suelo de la cella debía ser el más elevado de todos para que formara como un estrado para el testimonio.

El interior de este lugar más santo fue revestido de planchas de cedro desde el suelo hasta las vigas, y luego la madera fue recubierta con oro fino o puro, oro de Parvayim. Absolutamente todo fue así enriquecido, las vigas, los umbrales, sus paredes y sus puertas; hasta el piso fue pavimentado con oro, al interior y al exterior [?]. Tal cantidad de metal fue necesaria emplear con este fin que alcanzó hasta los seiscientos talentos de peso, incluidos los cincuenta siclos que fueron consumidos en la fundición de los clavos.

Pero no terminó ahí el rico adorno que debía engrandecer el lugar más santo. Para darle más brillo, sobre el oro fueron incrustadas piedras preciosas.

Hay quien dice que para separar nave y cella solo había una mampara. Pero, además de que esta posibilidad no concordaría con todo lo que sobre este lugar hasta aquí por lo escrito ha sido posible rescatar, puede presentarse un testimonio distinto más rico en detalles, minuciosidad de los datos que le da una apariencia que lo hace más aceptable. Explican que en el lugar correspondiente al velo que había en los santuarios itinerantes, de estirpe egipcia, en el templo fueron instaladas unas puertas de madera, las que comunicaban el santo de los santos con la nave. Su dintel y sus jambas ocupaban la quinta parte del vano, sus dos batientes fueron hechos de madera de acebuche, sobre estos fueron esculpidos grifos, palmas y capullos abiertos, y los grifos y las palmeras fueron por último revestidos con láminas de oro.

Recorridos ambos cielos, el atrio interior y el santo, parece que se entrara en el tercer cielo al llegar al santo de los santos, cuya penumbra durante el día recordaba el crepúsculo durante el que se manifestó el dios al Viejo Rey, según este dejó relatado. Pero allí se asentaba el mismo Melqart sobre los grifos, y la luz lo representaba. La cella recibía luz del exterior a través de unas ventanas situadas sobre el muro del fondo. De esta manera, los rayos del sol entraban sin ser interrumpidos, sin que mediara objeto de reflexión, desde occidente, a la hora del atardecer, al ocaso, cuando el día estaba para morir. Entonces la luz se posaba sobre el testimonio.

Fueron tallados para la cella dos grifos sobre madera de acebuche, o de olivo simplemente, por último cubierta de oro. Cada grifo, figurado pasante, de diez codos de altura, fue colocado en aquel recinto con su cara vuelta hacia la sala. Como los toros asirios, tenían sus alas, de cinco codos de longitud cada una, desplegadas sobre el testimonio, como si lo protegieran. Desde la punta de un ala hasta la punta de la otra del mismo grifo había diez codos de distancia, de modo que la abarcada por las cuatro alas extendidas era de veinte. El ala de un grifo tocaba una pared lateral de la sala y la opuesta del segundo la pared opuesta, mientras que las dos interiores se tocaban entre sí en el centro del espacio sagrado.

El testimonio conservado en la cella era el que insistentemente es llamado en los textos primordiales testimonio de la epifanía. Con este nombre lo distinguían porque representaba la elección hecha por el dios a favor de la ciudad. Estaba contenido en una caja de madera de acacia, chapada en oro y con anillas para que los sacerdotes pudieran transportarla. Ocupó el lugar preferente del templo, tras un acto solemne.

Los cenáculos estaban construidos sobre el edificio principal del templo, en una segunda planta. La superficie que ocupaban era equivalente a la de todo el cuerpo unitario en el que estaban fundidos nártex, nave y cella en la planta baja. Debían estar separados en al menos cinco partes, para coincidir con la organización de la fábrica que tenían debajo, ya separada en vestíbulo con dos dependencias a su lado, sala de culto y santísimo. Todas estas partes pueden ser consideradas genéricamente cenáculo, aunque aquella división debió responder a diversos usos. Pero en realidad se ignoran la finalidad, los nombres y otros datos de cada una de las posibles dependencias segregadas. Como la cella, todo el cenáculo fue recubierto de oro.

Recíprocamente, aprovechando el espacio liberado por el cimiento de los muros, fue habilitado bajo el santuario un edificio interior, donde fueron localizadas ciertas dependencias subterráneas, según ratifican diversos testimonios escritos. En aquellas estancias hubo espaciosos habitáculos, abiertos por vaciado de la masa de tierra y piedra que la mole construida descargaba. Quedaron situados bajo los pórticos del atrio de los tirios y del atrio de los sacerdotes, y también, respetando la anchura que exigían los cimientos, debajo del templo mismo. Para todos, el acceso único era una entrada abierta en el ala derecha del edificio.

La obra hecha entre los cimientos quedó para almacenes o tesoros, y como despensas y alacenas para uso de las cocinas. Eran muchos y grandes aquellos almacenes y tenían capacidad en primer lugar para guardar el vino, el aceite y el trigo procedentes de los diezmos y primicias que por todos los súbditos eran pagados. Las impresionantes cantidades que por ellos eran recogidas en el templo pueden deducirse de que servían para alimentar a los sacerdotes, que eran treinta y ocho mil con sus respectivas familias. En aquellas dependencias subterráneas también era almacenado la madera y todo lo necesario para el culto.

Por dentro no era posible ver la piedra. Los paramentos fueron revestidos con planchas de madera de cedro, desde el suelo hasta las vigas del techo. Paredes y puertas fueron talladas con grifos, palmeras, capullos abiertos, calabazas y otros adornos florales. Las habitaciones fueron cubiertas con artesonados de cedro y los suelos fueron pavimentados con planchas de ciprés.

Visto todo el santuario desde el lado oriental, el que permitía admirar las construcciones más elevadas y de mayor dignidad y majestad, aparecían en primer término la valla exterior, de dos metros y medio de altura. Por detrás, el muro exterior y la planta alta del pórtico de los gentiles, y en lo más alto los pórticos de los tirios, que sobresalían soberbios por encima de cuanto los rodeaba. Era el cuerpo más extenso, ordenado como galería de tres alturas, del que destacaba sobre todo la serie de ventanas con celosías que adornaban sus muros. Pero todavía más alta aparecía la portada del templo, fachada del vestíbulo o nártex, que había quedado levantada con un triple orden de columnas.


Principios constitucionales

Aquiles Bonardes

Los poderes, porque los sostiene el ánimo cambiante de las poblaciones, cuya degradación la garantizan los medios legales creados para uniformarlas, afloran hoy y luego quedan abatidos, con la misma inconstancia que cambia el valor de las acciones del banco al que se le han confiado los ahorros, cuyos movimientos están regidos por unas densidades del aire que solo el padre sol, hiriente e inalcanzable, gracias al calor que les infunde decide.

A comienzos del periodo llamado predinástico, aproximadamente contemporáneo del protohistórico mesopotámico, en Egipto cada aldea era autónoma y estaba regida por su jefe. El poder de aquel hombre único se sostenía sobre su reputación como productor de lluvias, suficiente para valerle el respeto de todos y hacerlo estimable a los ojos de sus vecinos, hasta el punto que lo hacía inmune. Tan extraordinaria consideración, que la legislación contemporánea ha mantenido para que de ella se beneficie la aristocracia de los que gobiernan, parecía justa, no obstante proceder de una capacidad tan rara; tan concentrada que hasta podría parecer escasa y poco valiosa, menos aún causa suficiente para otorgar la dignidad más alta a persona alguna. Si era capaz para originar lluvias es que tenía poderes sobre el más remoto de los medios de control del caudal del Nilo. De las lluvias dependía el incremento de aquel soberbio cauce, el que con regularidad cada año debía provocar la inundación que era fuente imprescindible para cualquier forma de vida en el desierto. No es extraordinario, considerado un hombre productor de lluvias donde son escasas, que fuera admitido como soberano único.

El reconocimiento al poder deducido de la capacidad para producir lluvia, hasta tiempos recientes, se ha mantenido en algunas tribus africanas. En una parte de ellas ha sobrevivido una institución similar, conocida gracias a descripciones certeras de viajeros aventurados. Relatos que se refieren a Fachoda, tierra recóndita que tampoco pudo escapar a la guerra, registran prácticas parecidas en algunos de los pueblos colindantes con los aludidos. La antigua institución convive en todas estas poblaciones con el pronóstico del tiempo con tanta naturalidad cuanta el complaciente observador occidental, siempre comprensivo cuando ha puesto de por medio enormes distancias, que cargan en relación directa su presupuesto anual, esté dispuesto a reconocerle. Con excelente criterio, el visitante, se negará a ver la televisión local, lo que le impedirá juzgar sobre la calidad de sus partes meteorológicos.

Con una facilidad que a todos los recién llegados entusiasma, y da confianza y alivio, actuando como verificación reconfortante del acierto cuando se eligió el destino, puede observar el viajero culto, en un lugar inmediato a su hotel, todo lo que del antiguo productor de lluvias queda. A quienes aún encarnan aquellas creencias remotas ya no se les puede admitir en propiedad como reyes, pero tampoco deben ser clasificados en la categoría de brujos; menos aún, a consecuencia de juicios ofuscados, en la de pícaros. De su porte y de la dignidad con que comparecen, debidamente ataviados, hasta del trato que reciben, basado en antiquísimas reglas de cortesía, inexplicablemente supervivientes, se colige su ancestral rango.

Tanto como estimados eran aquellos hombres podían ser denostados, y he aquí lo más sorprendente de cuanto ha sido posible averiguar, gracias a las reliquias que ha salvado la documentación etnográfica sobre aquellas inveteradas costumbres. En algunas de las tribus mencionadas el extraordinario poder de estos soberanos, hasta no hace mucho, era contrapesado con la muerte a manos de los gobernados, si llegara la ocasión en que los súbditos creyeran que la propiedad del hombre singular decaía, como declina la sombra del gnomon, la cabeza del áspid; una crisis que los hechos ponían en evidencia; severa versión de la teoría que justifica la prevalencia del principio de soberanía que hoy rige nuestros estados, y de cuya conquista a tan remotos antepasados, en modo alguno inciviles, hay que reconocer autores.

La crítica no cree brutal o extraordinario este arriesgado juego, porque cualquier clase de aventura de esta clase es arriesgada, y a ninguna le cabe la gradación de la barbarie que sus promotores, para su garantía personal, desearían salvar. A favor de su argumento, como prueba, remiten al orden que rigió un sistema derivado de un principio similar, y aun así sabiamente constituido.

Entre los griegos organizaron un rito, que encarnaba un hombre al que llamaban fármaco, para que representara la impureza o miasma que la ciudad sufría, y de la que había que desprenderse para que el orden público se mantuviera. Lo expulsaban fuera de la comunidad, y en la mayor parte de sus poblaciones era llevado al grado extremo del sacrificio, una manera quirúrgica de necrosar la cápsula contaminante. En Éfeso, ciudad de la Jonia, era lapidado, y su muerte está también documentada para Leucade, donde con el propósito de cumplir con este papel, cuando la crueldad se había protegido bajo el rito, elegían a un condenado, al que finalmente arrojaban al mar durante las fiestas en honor del sanante Apolo.

La relación del rito del fármaco con Apolo los exégetas la han extraído de su faceta terapéutica. Además de terminar con la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieran, las flechas de Apolo tenían otra propiedad, que podían inocular las epidemias que exterminan a los hombres. Por la misma causa, sujeta a su voluntad, que podía difundir cualquier pestilencia, podía remediar los padecimientos humanos. Estaba dentro de sus poderes comportarse tanto de un modo como del contrario. Aquel sentido fue registrado por los relatos sobre la fundación de los templos dedicados a Apolo en Dídima y en Bassai, según los cuales ambos fueron erigidos para que cesara la epidemia que en cada caso agraviaba a sus poblaciones. Por similares razones a las que tuvieron quienes vivían en Dídima y en Bassai, sería naturalizado en Roma a partir del siglo quinto. Ofrecer el fármaco al dios del arco sería en consecuencia satisfacer la detracción por enfermedad de las poblaciones, decisión idéntica a reconocer su poder sobre la salud de estas.

En Abdera y en Massalia, colonias fundadas por griegos, el fármaco era alimentado a expensas de la ciudad durante un año, gasto que no parecía dispendio del presupuesto público, aun en las épocas menos expansivas, porque luego era expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consumaba no era un sacrificio, aunque tuviera como consecuencia la muerte de un hombre, sino un rito de purificación.

En ocasiones, las liturgias a las que era sometido el fármaco eran de crueldad moderada. En Atenas, la mejor de las ciudades griegas, según los relatos clásicos el sacrificio del fármaco no pasaba de una alegoría, tan explícita como estimulante. Durante la celebración de las targelias en honor de Apolo un hombre y una mujer eran flagelados en los genitales, a continuación paseados por la ciudad, tumefactos donde más púrpura aflora, y luego expulsados. El refinamiento ateniense habría derivado la purga a castración simbólica, poniendo al descubierto que en la emigración forzada, por consejo del radicalismo político, podía ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad.

Con el tiempo esta institución política griega, después convertida a elecciones entregadas al sufragio universal, llegó a un estado similar a la del chivo expiatorio, mantenida por algunas culturas orientales, por la cual sobre un animal eran acumuladas todas las faltas de los hombres. Con carga tan abrumadora era enviado al desierto, para que allí muriera sin misericordia y de ese modo desaparecieran con él las faltas de las que era portador.

Entre los germanos antiguos, a decir de las fuentes clásicas, de las que es obligado mencionar, tratando este asunto, por la deuda que por su causa carga sobre las explicaciones, al incomparable Tácito Córnico, hombre estival durante años afincado en el litoral del sur orientado a África; su rey justificaba que solo a él correspondiera el poder porque a él estaba reservado el papel de intermediario entre la comunidad de los hombres y el mundo de los dioses. Así debía ser porque en exclusiva le estaba concedido, antes del comienzo de los tiempos, que en él se concentrara toda la potencia sagrada. En tales términos se había dictado su origen constitucional por quienes entre ellos habían fundado el pensamiento político, juego verbal de cuya tentación nunca pudieron sustraerse los antiguos.

A consecuencia de aquella concesión capital, cumplía con las tareas de sacerdote y sacrificador supremo, de modo que alguno de aquellos cualificados autores, que con tanto provecho y frecuencia pueden leerse, pensando en un hecho similar, conocido para sus lectores, a propósito pudo decir que actuaba para toda la tribu como el padre con su familia. Era costumbre entre los antiguos de occidente, antes que la clase de los sacerdotes redujera cualquier sacrificio a la condición de oficio de su dominio, que fuera el padre de cada familia el responsable de celebrar los misterios, en beneficio de todos sus consanguíneos, sin discriminación de grado o clase de vínculo, incluido todo lo que sobrevenía a un varón a consecuencia de su contrato matrimonial.

Ente los germanos en absoluto no disponía aquel hombre único de poderes soberanos, hasta tomados en cuenta los legislativos. Todos estaban depositados en otro órgano de gobierno, de un antiguo y estricto régimen; una institución colegiada que conseguía actuar como un solo hombre en las ocasiones críticas. A quien había recibido el poder individual exclusivo le bastaba ser la encarnación de la vía directa hacia los dioses para gozar de la plenitud y la inmunidad que la realeza concede a uno solo entre todos. De sus fundamentos podría decirse que eran religiosos, si no fuera porque, como es inevitable cuando con las creencias se organizan iglesias, eran precisamente políticos.

Los linajes reales estaban justificados porque, a quienes habían alcanzado aquella gracia, se les toleraba entroncados con seres superiores. Bastaban afirmaciones sobre la certeza de que tales vínculos existían para que avalada quedara la teoría justificativa del rigor con que era aplicada tan sencilla costumbre, consentida por gente lúcida que prefería guardar silencio porque carecía de argumentos sólidos para contradecir los excesos y la osadía. El monarca solo podía elegirse entre los miembros de familias ya antes apartadas para colmar con seguridad calculada el fin deseado.

De esta justificación derivaba una exigencia compensatoria. Por ser persona sagrada por nacimiento, había que suponerla en condiciones de otorgar el bienestar a sus súbditos, y la prosperidad al territorio que habitaban. Solo pensar en la posibilidad de que no llegara a la satisfacción de lo que se esperaba del ejercicio de su poder era una afrenta a su condición real, que también era divina, y hasta delito de lesa majestad podía ser para la legislación penal más rigurosa. No era insensato ni cruel el control de la Monarquía que de esta exigencia derivaba. Para su rey, quienes estaban sujetos a su autoridad, antes pedían que fuera favorecido por la abundancia que por la victoria.

Lamentablemente no todos los reyes eran agraciados por las circunstancias. Los mejores eran los que vivían en tiempos naturalmente prósperos. El espontáneo ciclo de la vida colmaba a los que bajo su jurisdicción se mantenían activos, y el monarca lucraba los buenos tiempos representando en púbico eficaces sacrificios, subido a una tribuna, rodeado por sus fieles. Tan inequívoco signo de la acción divina veían en esta clase especial de buen gobierno que su recuerdo quedaba perpetuado por el culto que a sus tumbas dedicaban durante generaciones después. Los herederos de quienes habían recibido el beneficio de su mediación eficaz vivían convencidos que favorecían, aun muertos, el lugar en el que estaban, y desde allí alcanzaba todas las tierras y a todas las gentes del país. Así se convertían en genios tutelares de quienes se mantenían vigentes para la vida activa.

Por la misma razón, los años de escasez igualmente recaían sobre desgraciados reyes, abrumándolos. He aquí –memoria mantenida por los textos para que sirviera de ejemplo a la posteridad– el caso del pobre Dómaldi, quien se vio envuelto en una de las más angustiosas tragedias que por estas circunstancias hayan ocurrido.

El rey Dómaldi, heredero de Visbur, su padre, gobernaba Suecia. Ocurrió que al poco de recaer sobre él tan alta responsabilidad la escasez y el hambre se enseñorearon de su país. No era desconocida entre los suecos aquella calamidad, y para afrontarla algunas soluciones ya habían instituido. Según lo que en ocasiones similares se había decidido, como la más prudente medida política que primero convenía tomar optaron por organizar grandes sacrificios. Upsala, población septentrional, aislada y fría, más concentrada porque menor era el número de sus curtidos habitantes, fue el lugar elegido para una celebración solemne. Todos concedían al lugar un gran prestigio, tocante a la comunicación con los dioses, que deben sobrevivir sujetos al capricho de las emergencias. Cuando hubo llegado el siguiente sombrío otoño, allí sacrificaron bueyes para hacerse acreedores de la magnanimidad de quienes decidían por encima de los hombres.

Pero el año que siguió no fue mejor.

No fueron los suecos presa de la impaciencia, aunque por su constitución supieran que sería necesario tomar medidas tales que por su valentía con más probabilidad harían volver al curso deseado la vida.

Siguieron su cauce las estaciones, que persistieron en la esterilidad. Al llegar al segundo oscuro otoño con las despensas vacías, más drásticos puesto que más acobardados, decidieron sacrificar a un hombre. Era el siguiente grado de la oblación prescrita para la crisis. Pero tampoco la consecuencia de tan extrema decisión fue la deseada. El nuevo año incluso tuvo peor comportamiento que el precedente.

Había oficiado en ambos sacrificios Dómaldi, en ejercicio de su alta responsabilidad. De su decisión habían dependido primero la portentosa hecatombe y luego la ofrenda cruel de un hombre en la plenitud de sus días. El efecto inverso que ambos ritos habían tenido puso al descubierto la raíz litúrgica, no tanto del mal como de la crisis política, más grave que la peor de las pestes.

No era un indicio juzgado superficialmente el que a esta explicación los conducía. La misma teoría teológica que estaba en el origen de la justificación del sistema político había deducido, para las extremas circunstancias, que las razones de la adversidad podían ser dos. La más inmediata era atribuible al ejercicio del sacerdocio supremo que al rey le estaba reservado. Alguna falta litúrgica, aun cometida por descuido, podía ser castigada por los dioses del modo más severo.

Pero en aquella ocasión, por efecto del ingenio que la incertidumbre despierta en los mejores pensadores, fue explicado que la ineficacia radical de los ritos, aunque hubieran sido reiterados y recrecidos en intensidad, podía ser consecuencia, no de la falta de pulcritud en las ceremonias, sino de que la persona sobre la que hubiera recaído el derecho a la realeza podía ser inconveniente. En cualquiera de los dos supuestos, de bloqueo constitucional, no había más opción que inmolar al rey.

Fue necesario apelar al supremo oficiante, quien por el momento prefirió mantenerse sordo ante las insistentes y cada vez más directas insinuaciones sobre su probable colapso. Oportunamente algunos habían recordado que aún quedaba el recurso supremo a la asamblea, conscientes de la gravedad de ciertas situaciones, que exige medidas radicales aunque ceñidas a la ley. Gracias a aquella réplica, todavía por algún tiempo pudo el rey, en tan crítico estado, contener la descomposición de su poder.

Llegado el tercer negro otoño, los suecos de nuevo decidieron reunirse en Upsala, más sagrada y más gélida. Esta vez hasta allí llegaron los súbditos en gran número. Hasta los abstencionistas radicales, que habían rehusado en los años anteriores participar en las ceremonias santas, allí estaban. Celebraron ante su monarca la asamblea de los hombres, la que solían reservar para las ocasiones decisivas. Circunspectos fueron los pocos discursos ante ella declamados, corta su duración, escueta la retórica de los oradores. Todos, incluido el propio monarca, sabían de qué se trataba.

Terminada estuvo la junta cuando fue unánime la opinión sobre el origen de la escasez. Decidieron, en consecuencia, que la solución definitiva a sus problemas se consumara en el transcurso de un solemne sacrificio. Estaban convencidos de que así sucedería por fin un buen año.

En el mismo instante en que fue tomada aquella decisión Dómaldi desapareció, como ante los ojos del espectador atónito se evaporaba el cuerpo rebelde de Caryl Chessman. Encarnación del estado, se consideraba inmune y, como es habitual consecuencia a cuya regulación la ley se resiste, no estaba dispuesto a cumplir con el principio constitucional, modalidad de ruptura del ciclo de las instituciones hoy llamada golpe de estado, mucho más antigua que su nombre.

La crisis, como la veda, quedó abierta. Los suecos reunidos en aquella decisiva asamblea se juramentaron para capturar a Dómaldi. Fue buscado por los bosques y en las inmediaciones del lago, en las casas más apartadas, en las grutas ocultas que solo refugio de bestias eran, antes de que fuera dada por concluida la magna reunión. Habían acordado que era necesario matarlo en el mismo lugar donde la trágica decisión se había tomado, para esparcir su sangre sobre el altar que presidía el lugar sagrado y a su alrededor. Pensaban que con aquel rito purgarían la inconveniencia que padecían. Con el sacrificio del rey pretendían hacer desaparecer un personaje cuya existencia había sido reputada contraproducente para la comunidad. Por ser consecuencia de la opinión de la mayoría, era admitido como imperativo contra el que decisión alguna podía ser opuesta.

Finalmente Dómaldi fue encontrado, exhausto y hambriento, las escasas ropas que vestía desgarradas, el rostro hirsuto, solo reconocible por el puente que desde sus ojos la nariz trazaba hasta sus labios.

Detenido y llevado por la fuerza al lugar de los ritos públicos, a diferencia de lo que era habitual entre los suecos cuando se trataba del sacrificio de un hombre común, la ceremonia de la ofrenda del monarca no era seguida por un banquete a costa de su cuerpo. La inmolación de la víctima extraordinaria fue suficiente para cerrar el ciclo de las ceremonias.
Fue limpia la última, acordada entre los que estaban interesados en las consecuencias favorables de la recuperación del equilibrio litúrgico. Como no había necesidad de ensañamiento, mediante la deglución por los súbditos del hombre sacrificado, tampoco había por qué representar una inútil e injustificada venganza, menos aún un rito de acción de gracias ni de cumplimiento de un débito del que los dioses fueran acreedores. Se trataba en exclusiva de un acto constitucional, la abolición de un linaje real que se había mostrado estéril. De antemano, el monarca estaba destinado a la inmolación por justos principios políticos.

Bastó la significativa dispersión de la sangre que el cuerpo del rey había vertido para que fuera consumada. Cuanta potencia pudiera contener, a consecuencia de aquel gesto, quedó pulverizada. Con la muerte del rey culminaba la crisis, más alto no podía dirigirse proyecto de cambio alguno. La expulsión por sacrificio del elemento que impedía el correcto desarrollo de la vida colectiva permitía la renovación de la responsabilidad política. A partir de aquel momento otro linaje reservado para cargar con la realeza debía servir a todos.


Orígenes de la República III

Gastón Barea

Poco antes del año 820 previo a la era ocupaba el trono de Tiro el rey Matan I. El poder que por consenso de sus súbditos había adquirido le había permitido erigirse también en señor de la vecina Sidón, algunas millas al norte de Tiro, en la misma costa, así como en dueño de las riquezas de una isla que igualmente había quedado sujeta a su dominio, Chipre, en una posición mucho más septentrional, al oeste del golfo de Alejandreta.

Siendo grandes sus poderes, la sensatez a Matan le recomendaba dar más valor a la vida que de sus allegados recibía. Colmaban su existencia dos hijos, Elisha o Alashiya, cuyo nombre, adaptado al código castellano, ha dado Elisa, la mayor de sus descendientes, y Pumayyaton, que en la misma lengua es conocido como Pigmalión. Con sus nombres celebraban los hijos de Matan el poder que el monarca había ganado sobre aquella isla, puesto que Elisa derivaría del antiguo de Chipre, Alashiya, y el de su hermano habría denominado a un dios de aquel lugar.

Aunque en su vida privada se regocijara con esta felicidad, a la que no deseaba poner nombre para evitar contaminarla, no era completa la dicha de Matan. Tenía que compartir su poder con Acherbas o Zakarbaal, nombre transformado en Asdrúbal, personaje rico y poderoso, dueño de extensísimas tierras en Fenicia. Probablemente por esta causa acumulaba además la autoridad religiosa de Tiro, el sumo sacerdocio de Melqart, nombre de un dios que vertido a la lengua corriente equivale a la expresión señor o rey de la ciudad.

A la suprema responsabilidad sacerdotal la constitución de la ciudad reservaba un lugar inmediato al del rey, en el orden de las autoridades, y a su dueño además le otorgaba el primer lugar del rango social, jerarquía de la que solo estaba exceptuado el monarca. Pero más todavía lo equiparaba al soberano que aquel hombre, miembro de la familia real, al mismo tiempo fuera tío de sus dos descendientes, Elisa y su hermano Pigmalión.

Sobraban razones para que Asdrúbal y Matan fueran rivales. Los acontecimientos que decidieron el futuro de ambos, así como de las instituciones que representaban, transcurridos ya casi tres mil años, han llegado hasta el presente por conductos diversos, unos literales y otros alegóricos, todos tan interesados por la verdad como fragmentarios. Con las piezas que cada uno suministra es posible ensayar la composición de la secuencia narrativa más ajustada al rescate de los hechos útiles al fin principal de este texto, que debe interesarse por el origen de la constitución de los estados.

Fue el dominio sobre Sidón, así como la posibilidad de extenderlo hasta Chipre, que obligaba a organizar empresas coloniales, el motivo próximo del enfrentamiento declarado entre los dos rivales, aunque nada hacía prever que hasta el origen del poder pudiera alcanzar la crisis. Dos opciones políticas pugnaban por garantizar los medios que permitieran el control simultáneo de la metrópoli y los territorios separados de ella por el mar a los que ya era posible aspirar. A una le parecía que el mejor modo de asegurarlo era mantener el orden estatal inalterado, porque inalterada permanecería la sumisión de los que se habían mostrado débiles ante la fuerza que había llegado de lejos. Otra pretendía la renovación de los principios del poder, porque eran más las tierras descubiertas y distintas las personas que las habitaban. A la cabeza de la primera estaba quien tenía a un tiempo la mayor autoridad religiosa y un extenso patrimonio, y la segunda quedó personificada por el rey legítimo.

Aun contando a su favor con su posición preeminente, acertó a eludir por el momento la pugna Matan aprovechando una feliz iniciativa de Asdrúbal. Había decidido formalizar ante el rey la solicitud en matrimonio de Elisa, su sobrina. Con satisfacción el monarca decidió entregarla, haciendo ponderación de que era virgen intacta, dulce deber que hacía únicas las primeras nupcias. No formaba parte del plan institucional que Asdrúbal fuera el esposo feliz de Elisa, ni que Elisa lo amara. Mas habiendo discurrido de este modo el azar de los deseos, la crisis pareció mejor resuelta y más improbable el enfrentamiento entre rivales.

Porque creyó Matan llegado el momento para descargarse del peso con el que lo abrumaban las instituciones, satisfecho por haber cumplido a un tiempo sus deberes paternos y políticos, para completar la bendición que las nupcias habían resultado tuvo el propósito de transferir el trono a sus dos descendientes. Vivía convencido que ninguno se sentiría relegado por el padre compartiéndolo ambos, y que cada uno, convertido en líder, podría encauzar los respectivos proyectos de las facciones organizadas. Porque el poder quedaría repartido, para tomar cualquier decisión sería necesario alcanzar el acuerdo entre ellas.

Fue suficiente para que se reactivara la crisis entre quienes pugnaban por imponer su respectiva solución constitucional. Los que en las instituciones decidían se opusieron a tal salida y optaron por Pigmalión como sucesor único. Con tal arte actuaron, presionando a favor de la opción encarnada por el hombre, que hacia el año 820 el rey Matan I, incapacitado ya para retroceder en su proyecto de abandonar el poder, cedía el trono de Tiro a su hijo varón, entonces apenas un muchacho de once años.

A partir de entonces en Tiro quedaran enfrentados el joven monarca, apoyado por la parte reformista de sus súbditos, y un grupo de la aristocracia hasta entonces no interesado en el comercio colonial, a cuya cabeza se colocaría Asdrúbal, por su matrimonio partícipe en los derechos sucesorios, por su condición sacerdotal dueño de los poderes más sagrados.

Pasaron siete años, durante los cuales Pigmalión también creció en aversión a su oponente. Había concebido contra su adversario tal odio que la codicia bastó para que la rivalidad política degenerara a conspiración. Para colmar sus deseos de dominio, y al mismo tiempo arrebatarle sus riquezas, decidió acabar con Asdrúbal y encargó su asesinato a un sicario.

Estaba el sumo sacerdote oficiando solo ante el altar que le valía su poder mientras que tras él permanecía oculto el emisario fatal. Sin que la solemnidad del acto o la condición del lugar fueran bastantes para detenerlo, decide actuar y consuma el homicidio, doblemente sacrílego. Luego, levanta el cuerpo exánime, que había caído sobre el ara y, completando las instrucciones recibidas, lo entierra en un lugar inhóspito, con el deseo de ocultar cualquier rastro de la afrenta.

Aunque durante su transcurso permaneciera sentado en su trono, todo el peso del crimen había recaído sobre Pigmalión, cuyas circunstancias su ignominia arrastraban hasta límites infrecuentes. No solo había acabado con un hombre significado y había destrozado su bienestar y el de los suyos. Se trataba además de su tío, que por vía de matrimonio se había convertido también en su hermano civil. Pero aún más multiplicaba su infamia que el asesinato lo hubiera consumado sin dejar de ser rey de Tiro y con el único propósito de perpetuarse en aquel estado.

Para mantener oculto el crimen, con sus propias manos se deshizo Pigmalión del instrumento de su odio, único depositario del secreto. Aliado al silencio, llevó al extremo su maldad. Con frecuencia acudía al hogar desolado para consolar a su hermana y hacerle concebir esperanzas sobre el retorno del esposo desaparecido.

Pero una noche Elisa, mientras dormía, recuperó la imagen de Asdrúbal. Estaba demacrado y en su pecho una herida permanecía abierta. Por sus venas ya no corría la sangre y sus ropas estaban desgarradas. Le relató los hechos de los que había sido víctima y le permitió ver los rastros que su muerte había dejado en el lugar ultrajado. Su sangre, derramada sobre el altar, se había confundido con la vertida por las víctimas propiciatorias que a diario ofrecía.

Le advierte además que debe huir de inmediato y dejar su mundo, porque ella también corre peligro, y le da señas de tesoros sepultados bajo tierra, cuya existencia ha sido ignorada durante mucho tiempo. Le adelanta que es una cantidad enorme de oro y plata, de la que puede servirse para el viaje que la ponga a salvo, hasta un lugar lejos de la muerte. Días después, el hallazgo de las riquezas ocultas, prefiguradas por la infusión onírica, verifica y da alas al conocimiento adquirido por el sueño.

Decide Elisa huir de su hermano y recluta socios para la empresa. Se le juntan quienes ya han dejado que su adversidad degenere a temor o alcance el grado de desprecio a Pigmalión. Sobresalen, en el grupo de los que ya saben que el sumo sacerdote ha muerto, y aun así le son fieles, una parte de los que se apellidan príncipes a consecuencia de la responsabilidad que en la jerarquía del poder la constitución de Tiro les reconocía. Al tomar una decisión a favor de aquel proyecto, dada su condición, son conscientes de que se convierten en exiliados.

Resignados a reconocerse perdedores de la contienda política, más aún que de sus derechos civiles, sabedores de que viajaban para apartarse de Tiro, porque sin embargo no la detestaban proyectaron crear una colonia inmaculada, clase de población que al preservar las relaciones con la metrópoli no les obligaba a renunciar a derecho alguno y podía satisfacer todas sus aspiraciones: el negocio comercial, las económicas; la supervivencia de los vínculos entre la patria y la nueva población, las políticas.

Bajo estas convicciones, antes de partir rindieron homenaje a Melqart, ya divinidad protectora de las aventuras marítimas. Una parte de los relatos afirma que a continuación Astarté, la diosa que entre los fenicios simbolizaba la fecundidad, les proporcionó un augurio. En el lugar que eligieran para establecerse debían encontrar una cabeza de caballo, que sería el signo inequívoco de que por siglos la ciudad que levantaran quedaría invicta en la guerra y en la paz permanecería fecunda.

Se adueñan de naves que estaban en el puerto, las llenan con el oro y la plata rescatados y, acogidos a la noche, salen de Tiro huyendo en secreto. Comandaba la flota tiria en la que Elisa huía Bitias, uno de los príncipes de la ciudad, y con ellos iba también, entre otros, Barcas, igualmente de la clase aristocrática. Una importante cantidad de riquezas y hombres escapaban a la tiranía de Pigmalión, con Elisa se iban por el mar caudales que el avaro rey ansiaba. El caudillo de aquella hazaña una mujer estaba siendo, su propia hermana, poniéndose a la cabeza de un grupo de fieles al esposo muerto. Transcurría el año 814, séptimo del reinado de Pigmalión, treinta y ocho antes de la primera olimpiada.

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La primera escala de la expedición fue Chipre, aunque no con la intención de poblar en aquel territorio, demasiado próximo a Tiro. Los fugitivos anclaron allí en busca de alianzas. Demandaron primero el apoyo del templo que tenía dedicado en Kition la diosa Astarté, al que debían creer, con fundamento en la legitimidad, obligado a prestarles su concurso para cumplir el proyecto de fundar la colonia que habían proyectado. No defraudó las esperanzas de los prófugos. Se unió a los aristócratas que huían quien ostentaba en aquel templo la responsabilidad del sumo sacerdocio. Consintió arriesgarse a la aventura a cambio de que allí donde se establecieran, cumplida la travesía, el oficio sacerdotal quedara limitado a su familia, para la que permanecería hereditario. Además, impuso que en aquel lugar regiría la prostitución sagrada, rito consecuente con una parte de las creencias sobre la fecundidad que se habían naturalizado en Levante. Con ambos dictados pretendía garantizar que el poder de la religión que compartían continuara en el sitio que eligieran para quedarse.

Los compromisos contraídos con los exiliados, que por necesitar apoyo no tuvieron otra posibilidad que resignarse a las contraofertas sacerdotales, anudaron la alianza de la isla con ellos y equivalieron a un acuerdo que a los chipriotas permitía participar en las instituciones que en la colonia proyectada fueran creadas. La población promotora de la nueva ciudad tendría una doble procedencia, un grupo aristocrático de Tiro, que además representaba una opción política distinta a la reinante, y otro originario de la isla de Chipre, asimismo con raíces teocráticas. Así lo acordaron y así la primera ciudad de la isla, por medio de su autoridad religiosa, también tomó distancias de Tiro y debilitó la posición del fatal rey metropolitano. Antes de zarpar, todavía reclutaron en la isla las ochenta niñas que habrían de entregarse a la prostitución venerable.

Salida de Chipre, tras dura travesía la expedición paró en el lugar del norte de África donde está el golfo de Túnez, similar al bucle que en los abridores que también descorchan, no así en los que reducen a la palanca más elemental su trabajo, permite que salte la chapa de la botella que contiene la cerveza, no néctar de dioses mas apta para héroes. En donde atracaron fueron acogidos los viajeros con saludos y regalos por los de Utica, una colonia creada por la misma Tiro años antes en aquella costa. Pero tras ellos estaba la región de Libia, menos hospitalaria, poblada por los muxitanos, aguerridos combatientes que se mostraban intratables en cualquier contienda. Su rey era Hiarbas, quien no obstante decidió dar libre entrada en su territorio a los que llegaban, causa de que los navegantes también fueran bien recibidos por los naturales que vivían próximos al litoral. En aquella circunstancia a Elisa la llamaron Deido o Dido, que quiere decir La Errante.

Una familia de los relatos explica que fue entonces cuando los exiliados encontraron la cabeza de caballo que Astarté les había pronosticado, y que por eso decidieron comprar en aquel sitio un solar. Otra cree que este paso es un injerto tardío derivado de las posteriores monedas cartaginesas, una de cuyas figuras fue la cabeza de un caballo, y no un remoto y poco probable augurio. Pero todos coinciden en que Elisa y los suyos, en aquel momento, viéndose vagar sin rumbo por aquellas tierras, ajustándose a las leyes de Hiarbas, para erigir sus hogares le compraron suelo inmediato a la playa, sin más recursos que los que pudiera proporcionarles la ventura en las aguas del litoral.

Tal vez fuera Hiarbas, a pesar de su predisposición favorable hacia ellos, quien impusiera un límite a los inmigrantes: para establecerse solo podrían adquirir el terreno que cubrieren con una piel de buey. Pero también es posible que los recién llegados, sintiéndose en realidad repelidos por el derecho que los africanos les habían reconocido, se limitaran a acordar con ellos la compra de un trozo de terreno tan grande como pudiera contener una piel de toro, razón por la cual se proveerían de una.

Fuera por una o por otra causa, los nativos se rieron ante la insignificancia bien de la concesión bien de la demanda, y creyeron una vergüenza negar cualquier posibilidad a una composición tan ridícula. La consintieron y a ella se comprometieron mediante juramento, urgidos por conocer cuál sería el plan concebido para crear la nueva población. No podían imaginar cómo una ciudad podía construirse en una porción de terreno tan exigua.

Elisa, como respuesta, cortó en tiras finísimas la piel del animal y con ellas delimitado un amplio perímetro, suficiente para erigir una ciudad, al tiempo que para respetar el acuerdo de adquirir a los nativos tanto terreno como abarcarse pudiera con la reiterada piel. El campo acotado para ciudad decidieron llamarlo Byrsa, según todas las versiones de la leyenda, porque era el espacio que la piel de un buey había podido circundar.

Se ha demostrado que toda esta parte de la historia en realidad está sostenida por una etimología popular, ideada desde la lengua griega. Byrsa, que efectivamente significa cuero o piel de buey en aquella lengua, es el nombre con que fue conocido en griego el lugar más fuerte de la ciudad que se creara. Es probable que los griegos eligieran la palabra byrsa para denominar aquella colina por semejanza de sonidos con determinada voz semítica. Brt, cuyo significado los autores de los relatos antiguos ignoraron, en la lengua de los fenicios significó ciudadela fortificada o fortaleza, lo que en latín se entiende por oppidum o arx. Brt se habría asimilado a la palabra griega byrsa y tal convergencia fonética habría dado origen después a la leyenda de la piel cortada en tiras.

La amplificación griega sería un buen ejemplo de cómo, en tantas ocasiones, procede la literatura de los mitos, que explica las causas por las palabras, que es tanto como deducir la causa por el efecto: primero existe la palabra y luego una historia sugerida por el significado de aquel nombre en la lengua que la usa. De la palabra byrsa habría derivado el momento de los acontecimientos primitivos de la nueva ciudad que al relato pasó como una de los más ingeniosos. En realidad, toda la inventiva habría que reconocérsela a algún narrador en griego.

Pero, por paradójico que parezca, la modesta elaboración legendaria de un griego antiguo por la crítica contemporánea ha sido reconocida como garantía de autenticidad de una parte del relato, porque acoge con la fábula un testimonio que es incapaz para no respetar, continente de una etimología tan sólida que la convierte en una irrefutable prueba. Aquella colina fue el lugar donde los tirios disidentes fundaron su ciudad, y aquel lugar terminaría siendo la acrópolis de la población una vez crecida, el mismo que por naturaleza separa del llano la colina desde antiguo conocida con aquel nombre.

Pero tan significativo como el rastro arqueológico que la reliquia filológica ha conseguido salvar es el hecho de que Elisa, una mujer que guía una expedición de cualificados prófugos políticos, nacida en la primera de las ciudades fenicias como miembro de su aristocracia, actúa sin embargo en esta parte del relato como el oikistés griego. Tal como los romanos y los propios cartagineses transmitieron, consumada su arriesgada actuación, efectivamente fundó una colonia sobre el solar adquirido, del cual marcó sus límites para que fueran levantadas unas murallas que protegieran el área habitada y, para completarla, a su obra la llamó Qart-hadasht, que significa ciudad nueva, queriendo evocar que se trataba de la nueva Tiro, nombre con el tiempo transformado en Cartago para adaptarlo a esta lengua.

Justo por la concordancia entre el testimonio lingüístico y el papel de oikistés, esta manera de proceder a una parte de los analistas le hace dudar de la autenticidad de muchos de los sucesos precedentemente expuestos, todos coincidentes con la condición que conviene a los protagonistas de las fundaciones de las polis. El lector contemporáneo, más aún el que se interese por los orígenes de la República, debe aceptar que buen número de elementos de cultura helénica, contaminados por los medios de transimisión, mediaran en ella los latinos o los cartagineses, han podido deformar y hasta condenar a las sombras elementos de aquel hecho principal que habrá de dar por irremediablemente perdidos.

A juzgar por los elementos del relato más explícitamente orientales, que a pesar de todo son reconocibles y suficientes, no obstante es posible conjeturar que los autores originales del mito que documenta la fundación de la primera república de la antigüedad tal vez pertenecieran a la familia real de Tiro, y que con más seguridad se los pueda encontrar entre quienes, perteneciendo a aquella rama, se mantuvieron incontaminados porque en ellos prevaleció su fidelidad al templo metropolitano de Melqart, magno depositario de relatos según testimonia Herodoto, una filiación muy precisa que incrementaría el valor de los hechos verosímiles que contiene.

La decisión sobre la empresa colonizadora se habría tomado en oposición a la bárbara autoridad reinante en la metrópoli. Sería consecuencia directa de las luchas políticas que a fines del siglo noveno en Tiro ocurrieran, y del ascenso allí de grupos de activos ciudadanos que no encontraban en la metrópoli saturada un lugar institucional satisfactorio a sus apetencias de dominio, estimuladas por el comercio a larga distancia. La pujanza que habían adquirido la prueba en el relato que la zona donde Cartago fue fundada era conocida por los emigrantes, puesto que allí, por iniciativa de Tiro, antes había sido creada la ciudad de Utica. La nueva colonia sería por tanto el éxito de estos, y la obra política que la sostuvo mérito de una de las partes enfrentadas en la metrópoli, justo la que al principio había sido derrotada, a la que los comerciantes más decididos se habría coaligado.

Es probable que los nuevos ciudadanos, o más propiamente cartagineses, al principio rompieran su contacto con las instituciones tirias a consecuencia de aquella crisis, a su vez efecto de sus luchas civiles, y así se mantuvieran durante las primeras generaciones, como prueba en la leyenda la decidida voluntad de permanecer independientes en el lado occidental del Mediterráneo.

Tan claro deseo de emancipación, y no su sumisión a una autoridad, es el que permite considerarla desde el principio entidad institucional autónoma. En términos que resultan muy explícitos, una rama de una de las versiones de la leyenda afirma que Elisa se constituyó en la única rectora de aquel lugar y sus habitantes, a los que administraba justicia, y que quienes con premura a ella obedientes huyeron en su obediencia a continuación se deleitaron.

Mas la peculiaridad del nuevo régimen no fue la soberanía femenina, de la que en oriente ya existía buen número de precedentes. Habría sido el injerto teocrático, emergencia del grupo derrotado en la metrópoli, que por iniciativa de los aristócratas exiliados fue agregado a la constitución de la ciudad nueva. El orden institucional que en su origen a Cartago le fuera adjudicado sería obra de familias desprendidas de la nueva aristocracia tiria asociadas a grupos también conservadores, tanto de la metrópoli como de Chipre, y solo a ellas permanecería vinculado.

Por lo poco que se sabe de las relaciones entre Tiro y Cartago, la colonia nunca se consideró una entidad política del todo independiente. Aunque la decisión de ruptura con la población del origen fuera inequívoca, y al principio se evitaran las relaciones, con el templo de Melqart de Tiro jamás se rompió, lo que se puede explicar por el origen de uno los grupos comprometidos, que no habría renunciado a los fundamentos de su poder, e interpretarse como que aquel hizo de institución matriz, o fuente que confería legitimidad a la colonia; como antes, porque las consagraba, había hecho con otras.

Aunque no esté recogida por ninguna de las versiones del relato del principio, otra tradición explica que desde la fundación de la ciudad los cartagineses, cada año, enviaron una embajada a Tiro para llevar una ofrenda al templo de Melqart. Consistía en la décima parte de las ganancias obtenidas por la colonia durante cada ejercicio. Varios siglos después de su fundación, Cartago aún pagaba el tributo a Tiro, en unas condiciones similares a las que sometían a las pequeñas ciudades y aldeas del reino original. Aunque la nueva ciudad no se considerase obligada a la autoridad metropolitana, de la que era enemiga declarada, sí se reconocía en el orden de las colonias porque a la ciudad matriz se vinculaba a través del templo de la divinidad que personificaba la ciudad, por una vía de autoridad que sería admitida como superior.

La consecuencia más importante de este peculiar injerto teocrático, para la historia de la constitución de los estados, fue que imposibilitó que Cartago fuera gobernada por un rey, tal como en las ciudades autónomas fenicias. Si la unidad indivisible de la monarquía procedía del principio constitucional según el cual el rey era la residencia transitoria de Melqart, auténtico señor o rey de la ciudad, imposible que ningún otro lugar pudiera disponer de la misma soberanía. Tendrían que ser los magistrados valorados como jueces por los observadores clásicos, que a través del latín en castellano fueron llamados sufetes, los encargados de la responsabilidad de gobierno en la ciudad nueva, tal como ocurría en las demás ciudades subordinadas a la metrópoli.

Con la fundación de Cartago habría triunfado otra constitución de la ciudad antigua, admirada por la reflexión política más cualificada entre los clásicos. A la circunstancial relación que dio origen a la República genuina, porque así los antiguos la valoraron, por encima de la romana, incluso por autores que contribuyeron a la cultura latina, que permitió la participación de un poderoso templo, hay que concederle más importancia que a la iniciativa de disidentes dispuestos a aventurarse en negocios por cuenta propia.

Afortunadamente la lejanía, con el tiempo, hizo que las colonias terminaran siendo independientes de hecho, y por tanto inexcusablemente ciudadanas. Así fue instituida la Primera República, tierra de tirios, estirpe de Agenor, y así juzgará un lector leal cuál debe ser la enseñanza que se extraiga de tan singular acontecimiento.

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El final de esta historia oscila según cuál sea la versión seguida. La canónica virgiliana, que una tradición inapelable ha consagrado, concluye en los siguientes términos.

Quiso Elisa edificar en su solar, donde luego estaría el centro de Cartago, un inmenso templo en honor de Astarté, tan rico en dones como la augusta protección de la diosa merecía. Por todo él lució el bronce; en el umbral, realzado con majestad por una extensa escalinata, en la reluciente trabazón de las vigas y en las puertas de hoja doble y rechinantes quicios. En aquel mismo lugar hubo con el tiempo una arboleda de sombra acogedora. Con idénticos criterios levantó Elisa su palacio y en él un templete de mármol, dedicado a prolongar la memoria del marido muerto. Era su propósito guardar en él las prendas que por su ausencia adoraba y que con ella había traído. Con amorosa dedicación lo mantuvo adornado de ínfulas blancas y guirnaldas verdes.

Dos temores convivían con Elisa en Cartago. Uno, que Pigmalión, su hermano, se abalanzara a arrasar la ciudad por ella creada; otro, que Hiarbas la arrastrara a Getulia prisionera. Lo más duro era el acoso de quienes le pedían matrimonio, el rey de Libia el primero. Concluida la fundación, loco de celos por la viva memoria de Asdrúbal, quiso desposar a Elisa aun recurriendo a amenazas, y todavía con insistencia la solicitaba sin éxito. Persistía en recordarle las circunstancias de su llegada errante y la astucia que le perdonara, y que le había aplicado con generosidad sus leyes y permitido que consumara la fundación. En todo había consentido porque ya para entonces había concebido su amor por ella.

Ana, su hermana, le hacía ver el peligro de persistir en aquella actitud, tenazmente fiel a un fantasma; aunque comprendiera que, enferma de dolor, no la atrajera novio alguno, de Tiro o de Libia, y que despreciara a Hiarbas y a otros jefes de África, en sus trofeos tan ilustre.

Ante la amenaza de una guerra, no pudo mantenerse firme y en beneficio de su pueblo se vio forzada a aceptar.

Aterrada por sus hados, la infeliz Elisa al fin invocó la muerte y un espantoso prodigio impulsó más la fatal intención contra su vida. Sobre el ara donde el incienso humea, al colocar su ofrenda se le antoja ver ennegrecida la sagrada linfa y el vino convertido en sangre impura. Del templete de mármol dedicado a Asdrúbal, al llegar la noche, oye que salen voces, llamadas del esposo ido. Un triste búho, al lanzar solitario desde los tejados su sollozo funeral, parece que prolonga en llanto aquel quejido. Y de nuevo la aterran pronósticos terribles de antiguos vates.

Vencida por el dolor, Elisa da entrada en su alma a las furias y firme determina morir. Consigo acuerda el momento y el ardid para su ejecución. Finge aplacar los manes de su esposo. Dice a su hermana que en secreto, dentro del palacio y al aire libre, erija una pira; que amontone junto a ella las prendas que aquel hombre que amara dejó suspensas en la estancia, el feliz tálamo ¡ay! en que ambos yacieran. Pretende Elisa que será un consuelo acabar con las últimas memorias de aquel ser para siempre ido.

Cumple presurosa Ana lo mandado. La reina, cuando ve ya hacinada en el patio la gigante pira de pino y roble, engalana el recinto con guirnaldas y fúnebre follaje. En lo alto coloca el lecho con todas las vestiduras, con la espada abandonada y la efigie del marido. Bien sabe a dónde se encamina. Altares hay en torno. Una hechicera, suelto el cabello, con voces atronadoras a cien divinidades apellida: Erebo, Caos, Hécate triforme y el triple rostro de la virgen Diana. Primero vierte agua, que parece la fuente del Averno; luego toma unos tallos verdes, segados con segur de bronce a la luz de la luna y que una leche de veneno letal destilan; y por último un mechón cortado de la frente de un potrillo, arrancado a las ansias de su madre.

Elisa, con el vestido desceñido y un pie desnudo, en sus manos piadosas ante las aras presenta la mola. A la vista de la muerte, por sus testigos pone a los dioses y a los astros, conocedores de su lamentable hado; y si algún numen en su guarda tuviera a tan desgraciada amante, le suplica que, justo brazo del destino, le ayude entonces. A Barce, la nodriza de Siqueo, dice:

-Ve, querida, que Ana pronto me busque aquí; que antes rocíe con agua lustral su cuerpo, y que traiga con las víctimas los dones que fueron prescritos; que así venga, y tú también ciñe tus sienes con las ínfulas. Quiero, dile, poner fin a los ritos ya empezados a honra de Jove Leteo, y con ellos dar un término a mi afán, al ver las llamas cebándose en los restos de aquel descendiente de la estirpe de Agenor.

Aprovecha Elisa y se lanza al patio del palacio. Presa de súbito furor, de un vuelo sube la gradería de la pira. Está en su cima cuando las llamas son más altas. La espada desenvaina, no destinada a tan fatal intento. Sobre el lecho nupcial se tiende, y grave pronuncia sus últimas palabras:

-He vivido mi vida, el noble curso que me abrió la Fortuna he recorrido. He levantado una gran ciudad; sus regios muros, los míos, vi surgir. Vengué a mi esposo y castigué a mi hermano por su crimen.

Hablaba aún y la ven sus doncellas desplomarse sobre la espada. El hierro espuma con la sangre, sus miembros se desatan. Todavía pudo Elisa oír a su hermana llamarla a gritos por su nombre. Desmayada de terror, lastimándose el rostro con las uñas y con los puños el pecho, Ana se abalanza entre la servidumbre. Escala la pira. Contra el seno acaricia a Elisa moribunda y restañar quiere, entre abrazos y gemidos, los brotes de la sangre con sus ropas. Inútil su piadosa cura, inútiles sus maldiciones y lamentos.

La muerte de Elisa las llamas de la hoguera consumaron. Fiel a la memoria de su marido, había eludido el matrimonio con Hiarbas. Por haberse inmolado de esta forma, sus acompañantes la divinizaron, y sus descendientes conservaron su culto hasta los últimos días de la Cartago púnica.

Para la crítica que acepta esta versión, la certera evocación del principio de independencia a través del símbolo de la inmolación en el fuego, a iniciativa de la promotora de aquel nuevo estado, hace sospechosamente original la conclusión de la vieja historia sobre la fundación de Cartago. La raíz política de la ciudad nueva estaría fielmente representada por un rito que tomó la forma de sacrificio humano, bajo la variante específica de la inmolación ritual. Así serían conmemorados a un tiempo el acto heroico de la huida, la aventura de la travesía y la feliz semilla de una población nueva. El bien de una comunidad superior justificaría la inmolación por fuego que se impone la protagonista.

Es necesario reconocer el acierto de esta teoría y habrá que aceptar que pudo ser en honor de la heroína, que es tanto como decir a mayor gloria de la independencia de la ciudad, que se hicieran los primeros sacrificios humanos en Cartago, y que estos quedaran reservados a las familias vinculadas directamente con las instituciones de gobierno.

La segunda versión, que procede de la parte menos autorizada de las tradiciones, mantiene pequeñas variantes que sin embargo son decisivas para la interpretación de los asuntos que interesan.

Quiso Elisa edificar en su solar, donde luego estaría el centro de Cartago, un inmenso templo en honor de Astarté, tan rico en dones como la augusta protección de la diosa merecía. Por todo él lució el bronce; en el umbral, realzado con majestad por una extensa escalinata, en la reluciente trabazón de las vigas y en las puertas de hoja doble y quicios chirriantes; en el mismo lugar donde con el tiempo hubo una arboleda de sombra acogedora. Con idéntico canon levantó Elisa su palacio y en él un templete de mármol, destinado a perpetuar la memoria de su difunto marido. Era su propósito guardar en él las prendas que por su ausencia adoraba y que con ella había traído. Con amorosa dedicación lo mantuvo adornado de ínfulas blancas y guirnaldas verdes.

Dos temores convivían con Elisa en Cartago. Uno, que Pigmalión, su hermano, se abalanzara a arrasar la ciudad por ella creada; otro, que Hiarbas la arrastrara a Getulia prisionera. Lo más duro era el acoso de quienes le pedían matrimonio, el rey de Libia el primero. Concluida la fundación, loco de celos por la viva memoria de Asdrúbal, quiso desposar a Elisa aun recurriendo a amenazas, y todavía con insistencia la solicitaba sin éxito. Persistía en recordarle las circunstancias de su llegada errante y la astucia que le perdonara, y que le había aplicado con generosidad sus leyes y permitido que consumara la fundación. En todo había consentido porque ya para entonces había concebido su amor por ella.

Ana, su hermana, le hacía ver el peligro de persistir en aquella actitud, tenazmente fiel a un fantasma; aunque comprendiera que, enferma de dolor, no la atrajera novio alguno, de Tiro o de Libia, y que despreciara a Hiarbas y a otros jefes de África, en sus trofeos tan ilustre.

Ante la amenaza de una guerra, no pudo mantenerse firme y en beneficio de su pueblo se vio forzada a aceptar.

Aterrada por sus hados, la infeliz Elisa al fin invocó la muerte y un espantoso prodigio impulsó más su fatal intención contra la vida. Sobre el ara donde el incienso humea, al colocar su ofrenda se le antoja ver ennegrecida la sagrada linfa y el vino convertido en sangre impura. Del templete de mármol dedicado a Asdrúbal, al llegar la noche, oye que salen voces, llamadas del esposo ido. Un triste búho, al lanzar solitario desde los tejados su sollozo funeral, parece que prolonga en llanto aquel quejido. Y de nuevo la aterran pronósticos terribles de antiguos vates.

Vencida por la angustia, Elisa da entrada en su alma a las furias y firme determina acabar. Consigo acuerda el momento y el ardid necesarios. Finge aplacar los manes de su esposo. Dice a su hermana que en secreto, dentro del palacio y al aire libre, erija una pira; que amontone junto a ella las prendas que aquel hombre que amara dejó suspensas en la estancia, el feliz tálamo ¡ay! en que ambos yacieran. Pretende Elisa que será un consuelo acabar con las últimas memorias de aquel ser para siempre ido. Desea que Hiarbas sea testigo de su renuncia y solicita su presencia.

Cumple presurosa Ana lo mandado. La reina, cuando ve ya hacinada en el patio la gigantesca pira de pino y roble, engalana el recinto con guirnaldas y fúnebre follaje. En lo alto coloca el lecho con todas las vestiduras, con la espada abandonada y la efigie del marido. Bien sabe a dónde se encamina. Altares hay en torno. Una hechicera, suelto el cabello, con voces atronadoras a cien divinidades apellida: Erebo, Caos, Hécate triforme y el triple rostro de la virgen Diana. Primero vierte agua, que parece la fuente del Averno; luego toma unos tallos verdes, segados con segur de bronce a la luz de la luna y que una leche de veneno letal destilan; y por último un mechón cortado de la frente de un potrillo, arrancado a las ansias de su madre.

Elisa, con el vestido desceñido y un pie desnudo, en sus manos piadosas ante las aras presenta la mola. A la vista de la muerte, por sus testigos pone a los dioses y a los astros, conocedores de su lamentable hado; y si algún numen en su guarda tuviera a tan desgraciada amante, le suplica que, justo brazo del destino, le ayude entonces. A Barce, la nodriza de Asdrúbal, dice:

-Ve, querida, que Hiarbas pronto me busque aquí; que antes rocíe con agua lustral su cuerpo, y que traiga con las víctimas los dones que fueron prescritos; que así venga, y tú también ciñe tus sienes con las ínfulas. Quiero, dile, poner fin a los ritos ya empezados a honra de Jove Leteo, y con ellos dar un término a mi afán, al ver las llamas cebándose en los restos de aquel descendiente de la estirpe de Agenor.

Aprovecha Elisa y se lanza al patio del palacio. Presa de súbito furor, de un vuelo sube la grada de la pira. Está en su cima cuando las llamas son más altas. La espada desenvaina, no destinada a tan fatal intento. Sobre el lecho nupcial se tiende, y grave pronuncia estas palabras:

-He vivido mi vida, el noble curso que me abrió la Fortuna he recorrido. He levantado una gran ciudad; sus regios muros, los míos, vi surgir. Vengué a mi esposo y castigué a mi hermano por su crimen.

Al oírla hablar así, Hiarbas teme lo peor. Se apresura a contener la furia de Elisa, que contra su vida atenta. Se abalanza entre los presentes y escala la pira. Cuando abraza a Elisa para inmovilizarla, el hierro espuma con su sangre, sus miembros se desatan. Lo ven las doncellas desplomarse sobre la espada. Pudo entonces Elisa oír a su hermana llamarla a gritos por su nombre. Desmayada de terror, lastimándose el rostro con las uñas y con los puños el pecho, Ana corre en auxilio de Hiarbas. Contra el seno lo acaricia moribundo y restañar quiere, entre abrazos y gemidos, los brotes de la sangre con sus ropas. Inútil su piadosa cura, inútiles sus maldiciones y lamentos.

La muerte de Hiarbas las llamas de la hoguera consumaron. Fiel a la memoria de su marido, había eludido Elisa el matrimonio con quien tanto la hostigaba. Por haber actuado de esta forma, sus acompañantes la divinizaron, y sus descendientes conservaron su culto hasta los últimos días de la Cartago púnica.

Los elementos comunes del final del relato remiten a la arquitectura original tiria, que combinaba templo y palacio, e incorporaba espacios destinados a servir a los ritos semíticos más característicos, como los jardines evocadores de bosques sagrados. Al contrario, es muy probable que sea un anacronismo adjudicar el primer templo de la ciudad a Astarté. Sería mucho más verosímil su dedicación a Melqart. Con el tiempo, el templo del dios tirio edificado en Cartago, de cuya existencia los testimonios son reiterados, será también en la colonia el lugar donde se concentren las actividades que son una parte imprescindible de este relato.


Holocausto

Cosme Pettigrew

Cruel versión de la egersis, el sacrificio de niños al dios que los fenicios adoraban se naturalizó en occidente. El siglo cuarto debió ser el del triunfo de la bárbara costumbre, también el que conociera su práctica más viciada.

Tal como ocurriera entre los fenicios, los ciudadanos de Cartago se habrían impuesto la costumbre de ofrecer en sacrificio hijos de las familias más nobles antes que alcanzaran la pubertad. Era su deseo preservar como patrimonio de la aristocracia un acto que adquiría enorme relevancia pública gracias a su monstruosidad.

Hasta el comienzo de aquel siglo la costumbre se había consolidado y sobrevivía como un deber, pero en su transcurso el legado recibido de los antepasados debió entrar en decadencia y, en vez de extinguirse, degeneró. Las familias que no tenían hijos, y que sin embargo inopinadamente se creían obligadas a cumplir con el deber del sacrificio, compraban recién nacidos para destinarlos a tal fin.

Aún fue posible alcanzar un grado más alto de perversión. Se convirtió en un hábito que las principales familias de la ciudad a las más necesitadas les compraran algunos de sus hijos, para que suplantaran a quienes de aquellas estuvieran destinados a consumirse. Cuando los adquirían, durante un tiempo los alimentaban, para que a la vista de la grey urbana representaran dignamente el papel de víctimas para el que habían sido reservados.

Refiriéndose al rito al que los niños vicarios eran sometidos, añaden las fuentes que seguía habiendo una parte de la ceremonia que consistía en degollarlos, acto en cuyo transcurso a la madre que a cada cual había dado vida se le permitía estar presente. Si tomaba esta decisión, incurría en dos obligaciones, permanecer cerca de su hijo cuando la ofrenda iba a ser completada al tiempo que contenía sus lágrimas y gemidos. Justifican los autores antiguos el segundo deber con la necesidad de no poner sobre aviso de lo que por último ocurriría a la criatura que iba a ser sacrificada, para que fuera conducida al ara ignorante de su destino.

La cadena de crueldades alcanzaba el deleite en el dolor imponiendo otra condición a la madre del sacrificado. Si, por incapacidad para contener sus sentimientos, derramaba alguna lágrima, o gemía alguna vez, quedaba públicamente deshonrada, y además perdía el dinero que por su infame venta debía percibir. La deshonra era el pago a una promesa incumplida, que tendría que haberse formalizado antes del comienzo de la ceremonia; el impago de la transacción, la respuesta a la infidelidad al mismo contrato, previsor de las exigencias rituales. Incluiría, además de las condiciones que explícitamente se mencionan, una cláusula según la cual el pago del hijo vendido no se efectuaría hasta que la inmolación no se hubiera consumado. Asimismo, estaría previsto que incurrir en el incumplimiento de las condiciones prescritas no extinguiría en el mismo instante el efecto del acuerdo. Lo que había sido previsto seguía su curso y el niño vicario, aun admitiendo la contravención de las condiciones, debía ser sacrificado.

Tan corruptas maneras de proceder fueron las responsables de que a fines de aquel turbulento siglo al rito del sacrificio infantil los ciudadanos de Cartago aplicaran una brutal corrección. Circunstancias políticas encadenadas, y no iniciativas civiles, condujeron al exceso lo que hasta entonces solo había llegado a la degeneración. La mayor responsabilidad, en la excitación morbosa del sacrificio de los niños, correspondió a los acontecimientos de 310, cuando Cartago llegó a ser asediada por Agatocles, el tirano de Siracusa, en Sicilia, la isla donde empezaba para los cartagineses la parte europea de su imperio transcontinental. A consecuencia de la iniciativa de Agatocles por primera vez Cartago llegó a temer por su existencia como república independiente.

El miedo provocado por un enemigo acampado ante los muros de la ciudad, a la vista y casi tangible, los condujo a incurrir en una superstición similar a la que había paralizado al ejército que un siglo antes cercara Agrigento. La adversidad era tan abrumadora que los cartagineses prefirieron convencerse de que estaban siendo víctimas de un castigo. Sufrían el pago que merecían por no haber cumplido con un deber que había sido prescrito por sus mayores. El dios al que los sacrificios de niños eran ofrecidos estaba indignado con ellos porque una antigua obligación, que fueran hijos de familias nobles los entregados al holocausto, a lo que estaban comprometidas por su condición, había sido relegada. La respuesta del dios a la falta de escrúpulos había sido ignorar a quienes no lo atendían según exigía su rango.

Aquellas inquietudes convocaron a los ciudadanos de Cartago para que se constituyeran, tal como tenían prescrito, cuando habían de enfrentarse a una crisis, y con las formalidades requeridas por el respeto a las instituciones.

Mandaron al Melqart de Tiro oro y ofrendas sagradas. Hacía mucho que al dios de la metrópoli no enviaban, tal como antes era costumbre, el diezmo de los ingresos del estado, aunque ahora las rentas reportaran más beneficios. Como reconocimiento, en los demás templos de Tiro fue permitido que se erigieran reproducciones de los santuarios áureos de los templos cartagineses, para que los fieles pidieran por los buenos sucesos de la colonia.

Celebrado su consejo, decidieron que había llegado el momento de reconciliarse con el dios de las grandes exigencias. Transfirieron su poder a una comisión constituida para el caso, cuyo principal encargo hubo de ser restaurar el ritual de las extraordinarias ofrendas con la mayor pulcritud litúrgica. La comisión empezó por averiguar el estado al que en aquel momento había llegado la práctica de los antiguos ritos. Fue entonces cuando quedó reconocido de manera oficial que los recursos viciados se habían extendido entre quienes estaban obligados por las prescripciones tradicionales, que era frecuente entre ellos que fueran sacrificadas víctimas vicarias.

La expiación de las culpas empezó por la propagación pública del vicio adquirido, aunque todos supieran de su existencia. Además, los comisionados corroboraron que aquel era motivo suficiente para que les hubiera ignorado el dios que merecía que la vida apenas comenzada le fuera ofrecida, e incluso para que se sintiera insultado y se comportara con los cartagineses como un enemigo. Era necesario reaccionar de manera drástica, el dios que los rechazaba ahora tenía que renovar sus favores. Para atraérselo, no solo debía ser rescatado el rito, ateniéndose a los antiguos principios de su promoción pública, sino que, como reconocimiento a su inabarcable grandeza, el rescate de la debida pulcritud ritual tenía que ser solemnizado con una ofrenda de magnitud desconocida.

El peso del estado cayó sobre quienes la tradición había convertido en deudores del dios. La autoridad, urgida por salir al paso de lo que quienes habían examinado el caso habían sentenciado como falta grave, se mostró exigente. Ella sería la que esta vez sorteara, entre los descendientes de las casas de la aristocracia, una selección de doscientos niños, para que en aquel delicado instante fueran ofrendados en representación del estado. Por azar querían transferir a quienes disponían de los derechos políticos la responsabilidad de contribuir, sacrificándose, a que sobrevivieran.

Como la sujeción a un número es tan rígida como injusta, quienes también recibían del estado su beneficio, y se habían visto excluidos de la purga por obra del azar, sintiéndose tan concernidos como los que habían sido estigmatizados por la ciega justicia, se apresuraron a manifestar su mejor disposición a satisfacer también las recompensas con que fuera necesario calmar al dios. Espontáneamente, sin que nadie lo exigiera, hasta trescientas familias más comprometieron sus hijos, para que igualmente fueran inmolados en aquella excepcional ocasión. Actuaban de aquel modo no solo por solidaridad constitucional, sino también porque la opinión de sus convecinos, que en las repúblicas tiene tanto poder como en las monarquías, los forzó a sentirse tan responsables de aquel estado de indiferencia con el que el dios los castigaba como los que ya habían sido alcanzados por el sacrificio. La negra sombra del vicio, en el que por sustitución de las víctimas habían incurrido todos, parecería más onerosa a quienes habían sido favorecidos por la fortuna.

También algunos inconscientes, de familias no obligadas constitucionalmente a hacer la cruel ofrenda, se sentirían estúpidamente conmovidos, y ofrecieran voluntariamente sus descendientes para que fueran sumados al colosal holocausto. Suele ocurrir que los comportamientos aristocráticos arrastren, a consecuencia de un incontenible deseo de equipararse a quienes los personifican, a quienes viven condenados al anonimato.

Para cuando las celebraciones estaban corrompidas por el sacrificio vicario, habían maquinado en Cartago un gigantesco ingenio torturador, convencidos de que el tamaño era suficiente para disuadir a las almas gregarias de la grandeza del acontecimiento, tal como ocurre en la ópera, donde la magnitud de los decorados y el despliegue de figurantes son bastantes para convencer a los espectadores ocasionales de la grandeza de la representación. Habían fundido en bronce una imagen del dios cruel en dimensiones colosales. Lo representaba con los brazos flexionados, con sus antebrazos dirigidos hacia quien la contemplara de frente. En beneficio de su sanguinario destino los dotaron de un sencillo mecanismo. Terminados en unas manos abiertas con las palmas hacia arriba, sobre ellas era depositada cada víctima cuando se iba a ejecutar el holocausto. Activando la palanca prevista, el par de manos cedía en declive y el niño rodaba justo hasta la vertical donde habían excavado un pozo, en cuyo fondo, con ocasión de los ritos, hacía las veces de horno incinerador un gigantesco brasero ardiente. Así la victima caía en el fuego y el sacrificio se consumaba.

La ocasión que las circunstancias de 310 ofrecían era excepcional para hacer del sobrecogedor aparato el más afortunado uso que los siglos de Cartago conocieran. Con los designados por el estado, más los que por sí mismas habían aportado otras familias, estuvieran o no obligadas a ello, fue convocado el mayor holocausto de niños de los que haya memoria.

Se decidió que la celebración fuera abierta y a ella acudió la parte de los habitantes de la ciudad referida como pueblo en las fuentes, porción no comprometida con el sacrificio en el sentido activo, que podía creerse víctima de la desatención de la que había sido objeto el dios de las supremas renuncias. No sería erróneo pensar, porque también pudo ser una condición, que al menos una parte de esta masa fuera entusiasta receptora de los espectáculos cruentos, sensibilidad que en los tiempos antiguos sorprendía a los hombres antes de que su conciencia fuera alertada por alguna calificación moral de los actos que presenciaban, y que los transportaba hasta la simpatía con el torturador.

La ceremonia estuvo bajo la responsabilidad directa de al menos un sacerdote celebrante. Tal como había llegado a ser habitual, los niños que habían sido admitidos al sacrificio fueron posados sobre las manos del gigantesco dios, por ellas rodaron hasta caer en el pozo que debajo habían previsto. Allí se fueron consumiendo sobre las maderas que ardían en la hoguera dispuesta para la ocasión, también de excepcionales proporciones.

Relatan quienes aparentan ser privilegiados espectadores de aquella singular hecatombe que los niños, tal como eran llevados al lugar donde su existencia tendría que terminar, gritaban y lloraban. Sus conmovidos padres los acariciaban y besaban y se esforzaban por acallar tan desgarradoras manifestaciones de dolor. Pretendían así evitar que la criatura alcanzara presa del llanto el momento climácico del sacrificio, puesto que, tal como había quedado establecido, semejante actitud era motivo de la deshonra. Los organizadores del acto, a quienes no parecería adecuado que las expresiones de las víctimas llegaran hasta quienes asistían a la ceremonia como espectadores, ya habían acordado que ningún consuelo bastara para contener la desesperación de quienes iban camino de la muerte. Para sobrepasar cualquier lamento, se había reunido en las inmediaciones de la colosal estatua una elemental orquesta, con cuyos sonidos, creados por flautas de pocos orificios e instrumentos de percusión, quedaba colmado el aire.

A consecuencia de la violenta pérdida de humedad que las llamas provocaban, los cuerpos de los niños se contraían. El efecto de la radical desecación resultaba sobrecogedor. Al rostro de los sacrificados la mandíbula inferior se le desprendía, provocando aquella clase de expresión que desde la antigüedad, y a este propósito, con cruel ironía fue conocida como risa sardónica. Con el peculiar sentido etimológico que afecta a tantas explicaciones antiguas, los escoliastas añaden que el adjetivo estaba justificado porque de Cerdeña era nativa una planta letal cuya ingestión provocaba convulsiones que ascendían hasta el rostro de la víctima, que moría separando cuanto es posible las mandíbulas. La boca expresaba una rígida y escalofriante mueca, solo semejante a la sonrisa sardónica en la tensión de los músculos del rostro.

Siendo ya excesivo lo que hasta aquí se habían concedido, ahí no terminó lo que las fuentes amplificaron sobre aquella desconcertante imagen. Para algunos de nuestros informadores de ahí habría derivado luego una fabulosa especie, que también durante la antigüedad ya circuló: que las víctimas de aquellos sacrificios morían riendo. Los más escépticos, que prefirieron no creer tan brutal inversión de los términos, optaron por contar que los niños, ya cuando eran conducidos al sacrificio, cubrían su rostro con una máscara, similar a la que usaban los actores en el teatro, que representaba una cara en la que se había dibujado una sonrisa arcaica.

Las fuentes que informan sobre aquel magno sacrificio todavía proporcionan un detalle ritual que no puede ser asociado a los anteriores, ni valorado de la misma manera. Dicen que los niños, cuando se precipitaban a la hoguera que en el pozo ardía, ya no estaban vivos. Antes, el sacerdote celebrante, bajo cuya suprema responsabilidad había quedado la ejecución de toda la ceremonia, valiéndose de algún procedimiento que no era percibido por los asistentes, les iba dando la muerte.

Carezco de medios para saber si se trató de una novedad adoptada para la ocasión, o si fue la manifestación del respeto a uno de los principios litúrgicos que en origen regían la celebración. Que se tratara de un gesto que escapaba a la atención de los espectadores permite sospechar lo primero. Hasta aquí los textos no mencionaban nada parecido, ni siquiera insinuaban algo que permitiera pensar que la víctima era inmolada una vez muerta. La lectura de los que hacen referencia a la práctica regular del rito en los tiempos precedentes induce a interpretar que las víctimas llegaban vivas al sacrificio. Se podría concluir que la mención explícita de este detalle, tratándose de la memorable ocasión, es la prueba de una concesión final que, desde el mayor de los rigores, impuesto con el propósito de extremar los beneficios del acto, se hizo a la masiva y hasta espontánea disposición favorable al sacrificio de los ciudadanos de Cartago.

Tanta fue que con bastante probabilidad, en su transcurso, llegó el instante en el que alguien juzgó desproporcionado el número de aspirantes a la muerte. Para cuidar de la pulcritud litúrgica que la ocasión exigía, tal como desde el principio la autoridad pública se había impuesto, únicamente fueron admitidos a la inmolación los más señalados descendientes de las familias significadas de Cartago, tanto por razón de estirpe como porque hasta las más altas posiciones los hubiera elevado el poder por ellas acopiado. Así se había procedido cuando eran respetadas las reglas del sacrificio y así debía hacerse ahora. Los ciudadanos se habían mostrado particularmente exigentes a este propósito, porque el principio de restauración de las formas debidas al reconocimiento de la divinidad que se pudieran rescatar, ateniéndose a la tradición, la superstición común los había convertido en un talismán. También porque de esta manera se esperaba sobrepasar el momento de dificultad que la ciudad vivía, liberarla del enemigo que la asediaba y ganar para ella de nuevo la tranquilidad. Pesaban tanto los criterios políticos en aquella decisión que tuvieron preferencia sobre cualquier otro valor que al acto se pudiera otorgar. No todas las víctimas espontáneas fueron admitidas y resultó que la cifra de niños sacrificados en aquella ocasión, que nunca antes los siglos habían conocido, ni aun después podrían conocer, alcanzó los quinientos, verosímil como magnitud porque el resultado de un plan promovido desde el estado fue.


Orígenes de la República II.1.1

Gastón Barea

Sobrevivía entre los tirios una creencia: que en tiempos de la guerra de Troya, antes de que terminara el segundo milenio que precedió a nuestra era, los príncipes de las ciudades fenicias tenían por costumbre sacrificar a sus hijos más queridos. Actuaban así en casos extraordinarios, como la guerra y los otros desastres que causan las calamidades humanas, en honor de un dios cuyo nombre era El. Su mito lo representaba como un monarca que había reinado sobre su país y había sido padre de un hijo, nacido de su unión con una ninfa coterránea llamada Anobret, al que por los signos que lo distinguían había llamado Ieud o Ieoud, nombre que entre los antiguos semitas estaba reservado a los unigénitos. En el transcurso del reinado de El, ante una inminente amenaza al país, para conjurar la adversidad el rey preparó un altar, impuso a su hijo los atributos de la condición que el destino había cargado sobre sus hombros y lo sacrificó. Muerto el padre, gracias a los méritos a los que por su crueldad se había hecho acreedor, ganó la condición divina y fue reconocido en el astro que después representaría a Cronos.

Tomando autoridad de este precedente, a El quedó asociada la idea de que el sacrificio de una vida humana cuando empieza es una renuncia tan alta que a los dioses puede arrancar las más generosas decisiones a favor de los hombres, aun tratándose de los trances más inopinados. Para sucesivas generaciones, cuando entre los fenicios ocurrían grandes calamidades, fueran guerras, pestes, plagas, sequías o desabastecimientos, los príncipes de sus ciudades se atenían al deber del sacrificio de alguno de sus hijos, más aún si eran de los más queridos. Lo presentaban al dios con el deseo de apaciguar los demonios vengativos, convencidos de que actuando así evitaban la destrucción de todos. Los elegidos eran inmolados en el curso de una ceremonia misteriosa, una parte de la cual consistía en degollarlos.

A partir de entonces esta manera de proceder se convirtió en costumbre. Llegadas las adversidades habituales, la aristocracia fenicia, que mantenía la creencia en aquella manifestación divina y en las exigencias que le convenían, frecuentó el sacrificio en su honor de los hijos más hermosos de las mejores familias, y la historia de los semitas del Líbano se llenó de esta clase de celebraciones.


El ser civil

Recopilador

La aventura de poblar era tan exigente como la iniciación, cultura de origen remoto que ya tenía un papel reservado en el orden de la ciudad antigua, el único marco para el concurso político hasta entonces creado por la humanidad.

Tras el adoctrinamiento previsto, debía sancionar que un individuo había cambiado, y en los casos que fuera necesaria solemnizar su entrada en el grupo al que se hubiera destinado. Los ritos de iniciación celebraban las fronteras entre las clases de edad, dado que la vida, así del hombre como de la mujer, estaba sujeta a cambios tan inexorables como manifiestos. El cumplimento de los ritos correspondientes, que sancionaban el aprendizaje, buscaba el beneplácito de quienes ya pertenecían al grupo en el que se ingresaba.

Para rescatar toda la complejidad de los ritos de iniciación y sus significados demográficos pueden tomarse como referencia los de la Grecia antigua, porque la documentación sobre ellos que la cultura occidental ha conservado es abundante y permite conocer tales costumbres en estados sucesivos de su curso. La ciudad clásica hizo cuanto su constitución puso a su alcance para disolver las formas más primitivas de aquellas costumbres, trasladándolas al continente del mito. Ateniéndose a este procedimiento, inconveniente a la excelencia, al tiempo que adaptar la iniciación a las necesidades institucionales perentorias consiguió que el rito retuviera el sentido ancestral de aquellas celebraciones.

En algunas regiones helénicas, especialmente en las más atrasadas, todavía en el siglo cuarto antes de la era los ritos de iniciación conservaban rasgos de barbarie, más propios de épocas prehistóricas que de la cultura alejandrina; tanto que, por ejemplo, aún mantenían la metamorfosis de un hombre en lobo, llamada licantropía, e incluso en ocasiones forzaban sacrificios humanos, hábito que con el tiempo había quedado reducido a la excepción.

La característica más destacada de las fórmulas de iniciación helénicas era la marginación temporal a la que era sometido el catecúmeno. Separado de su mundo cotidiano, y trasladado al ambiente que se juzgaba más apropiado para su instrucción, mientras sufría el aislamiento conocía los secretos del medio en el que debía ingresar. La iniciación masculina llegaba al momento crítico cuando se solemnizaba la conversión del muchacho en un hombre gracias a su capacidad para ser soldado. Demostrada, su aptitud al tiempo le valía la integración plena en los mundos civil y religioso.

En cualquiera de las poblaciones antiguas cuya supervivencia estaba ligada a la guerra, preparar a quienes podían ser capaces de saldarla con la victoria era un deber de sus gobernantes. Los que estaban en la edad de combatir eran imprescindibles cuando la victoria decidía la supervivencia de todos, y no había comunidad que entonces estuviera a salvo de esta obligación, como no existía la que estuviera siempre abrumada por su peso. Cualquiera de ellas debía tener regulados los procedimientos de iniciación de sus guerreros.

En Esparta el rito normalizado de la iniciación, largo y previsor, quedó instituido por la agogé, el sistema educativo de promoción estatal cuyo comienzo estaba atribuido al legislador Licurgo, legendario creador de la constitución lacedemonia. Los que bajo su poder debían someterse a la educación ciudadana eran distribuidos en tres grupos según edad, que en total consumían el tiempo de la vida comprendido entre los siete y los veinte años. El objetivo de aquel plan educativo era sobre todo militar, aspecto por el que la agogé ha sido comparada con iniciativas recientes de inspiración totalitaria, una extralimitación que aún no ha sido corregida ni será fácil que el tiempo allane y que ha permitido que a Esparta se le haya reconvenido el rigor de las instituciones que creara para educar a su juventud.

Es cierto que aquella escuela conservaba algunos de los rasgos más primitivos de la iniciación, como la prueba conocida con el nombre de cripteia, aislamiento del neófito en un medio hostil para forzar su instinto de supervivencia. Pero, incluso si reliquias como esta se admitieran como un exceso, es más correcto reconocer que la agogé instituida había perdido la mayor parte del contenido más cruel de la iniciación primitiva. Una vez convertida en un procedimiento que alcanzaba a toda la población, actuó como un medio para la asimilación juvenil, que los magistrados de la ciudad utilizaron con sentido político. Sin embargo, es muy instructivo observar que al mismo tiempo ciertos ritos, porque fueron injertados con creencias religiosas, ayudaron a mantener un resto de la peor iniciación.

En Ortia, una de las poblaciones que dieron origen a Esparta, sobrevivió un santuario en el que recibía culto una Artemis al que algunos atribuyen antecedentes escitas. Pudo tener su origen en creencias sobre la fecundidad elaboradas antes que en la cultura helénica los dioses fueran personificados y habitaran en el Olimpo. La primitiva imagen de madera que allí era el objeto de las pasiones supersticiosas era plana y ligera. Cierta leyenda explicaba su invención entre ramas de mimbre de tal modo tejidas que la sostenían alzada. De ahí habrían derivado los dos epítetos con los que sus devotos la calificaban: Lygodesma, que quiere decir atada con mimbre, y Ortia o enhiesta. Prevaleció el segundo porque evocaba lo que resultaba visible, la rigidez del xoanon que era el objeto; circunstancia que pone en duda la veracidad del topónimo correspondiente a una de las aldeas primitivas, porque pudo derivar de un adjetivo, tanto como las características de la imagen. Cualquiera de los dos en parte pudo proceder de las etimologías atrevidas que consienten los topónimos.

Otra leyenda explicaba que habiendo decidido quienes habitaban las poblaciones originarias de Esparta ofrecer un holocausto a la Artemis Ortia, se enfrentaron entre sí de manera que las heridas de muerte que se infligieron vertieron sangre sobre el altar donde a la diosa le eran ofrecidos los sacrificios, y a continuación, sin que mediaran otras intercesiones, una asoladora peste los inoculó. Decidieron los desconsolados pacientes de la enfermedad fatal consultar un oráculo. Su intervención hizo posible que el miasma que del xoanon fluía se calmara, pero a cambio les ordenó asperjar con sangre humana el altar de la diosa, mandato para cuyo cumplimiento fue necesario sacrificar un hombre elegido al azar. Por esta circunstancia sus primitivos adoradores pretendían que aquella imagen podía causar daño y llevar a la locura a quienes la afrontaban, y que incluso inducía a los que le ofrendaban sacrificios a darse muerte.

El contenido cruento de aquella tradición sobrevivió en una fiesta en honor de la Artemis Ortia que obligaba a un periodo de reclusión en el campo, versión de la cripteia, y a un combate ritual entre dos grupos de efebos, del que no estaba ausente cierta manifestación de sadismo. Pero sobre todo se naturalizó un rito de iniciación juvenil en el que esta diosa pedía sangre humana. Junto al altar de Artemis Ortia en Esparta debían ser azotados los jóvenes. La versión de la sangre nueva durante esta ceremonia se ha interpretado como traslación de los sacrificios humanos que en otro tiempo fueran ofrecidos a la diosa, argumento a favor del cual no se han acumulado suficientes pruebas. A la precedente ofrenda cruel la habría sustituido una exhibición de entereza, que al tiempo que consiguió mantenerse cruenta, porque al altar de Artemis siguió impregnándolo la sangre vertida, y gracias a esta iniciativa en lo sucesivo permanecería cubierto de sangre humana, no debía conducir a la muerte.

Habría sido Licurgo el patrocinador de los azotes a los adolescentes a cambio de la muerte. Viviría convencido de que la flagelación, además de identificarlos con un ser divino, a los jóvenes fortalecía y los capacitaba para resistir cualquier prueba que debieren soportar cuando les llegara la ocasión de actuar en la guerra a favor del lugar que los había visto nacer. Al menos los primeros responsables de la ciudad habrían legislado convencidos de que flagelar a sus adolescentes servía para forjarlos adultos e inculcarles la indiferencia ante la adversidad, con tanta convicción que la crítica antigua reconocía a esta ceremonia poder para inmunizar a los combatientes capturados por el enemigo. Si los jóvenes soldados cayeran prisioneros, aunque fueran torturados, habiendo sido templados por los azotes con más probabilidad mantendrían el secreto de la constitución que a su pueblo hacía más fuerte. Cuando los vigoleros utilizaran los látigos progenitores de la elocuencia, responderían al tormento con risas y rivalizarían con sus verdugos en aguante. La analítica actual, que recurre a la razón para explicar el mismo fenómeno, admite también que, por soportar los azotes, quien los recibía, como transferidos por los haces de ramas que eran utilizados en aquel acto, adquiría el vigor y la resistencia necesarios para prolongar la vida, como vigorizada queda la parte ya inmune de quienes se han expuesto a la enfermedad.

La ceremonia de la flagelación se celebraba cada año y se prolongaba a lo largo de un día completo. A ella los efebos comparecían desnudos, y para recibir los golpes debían levantar los brazos, en una posición similar a la que eran forzados los castigados por el delito de latrocinio. Como reconocimiento al legendario origen de la imagen a la que adoraban, para ejecutar la ceremonia se utilizaban varas de mimbre. El lugar designado para que con ellas fueran afligidos era el altar de los sacrificios que al exterior antecedía al santuario. Algunas fuentes precisan que recibían los azotes sobre el altar mismo, aunque otros, con una simplificación que no es inadecuada, afirman que los flagelados manaban sangre en las inmediaciones del ara.

En el transcurso de la ceremonia, afrontando a los efebos, una sacerdotisa manifestaba la primitiva imagen de la diosa conservada en el templo. Si quienes los flagelaban, porque contuviera sus brazos la alcurnia o la belleza, se emplearan sin esfuerzo, la imagen llegaba a pesar tanto que quien la tenía protestaba su incapacidad para sostenerla. La grávida sacerdotisa impugnaba el comportamiento de los azotadores, acusándolos de no consumir una fuerza que por su prevaricación se amparaba en la imagen.

El rito evolucionó hacia una competición durante la que los jóvenes se enfrentaban entre sí para averiguar quién aguantaría los azotes con más entereza y por más tiempo. Por esta causa se resistían a reaccionar a los golpes con algún signo de debilidad y aparecer blandos ante sus progenitores, que orgullosos asistían a la ceremonia. Antes que padecer con sus penalidades, los alentaban a que soportaran el dolor y resistieran cuanto les fuera posible. Cuando no respondían a este consejo de la fama, prorrumpían en unas imprecaciones contra ellos que cargaban con sus peores imprecaciones.

Muchos de los que sufrían los azotes caían mientras se esforzaban por sobreponerse al dolor. Solo algunos conseguían mantenerse en esta actitud. Pero al persistir en el sufrimiento se exponían al riesgo de la muerte. A decir de algunos relatos, un buen número de los sometidos a la experiencia murieron en el transcurso de aquella suerte de ordalía, aunque es muy posible que su referencia a los efectos más trágicos de la flagelación hubiera optado por la dramatización excesiva de hechos circunscritos, y que casi todos los adolescentes que eran expuestos al látigo resistieran la prueba. Añaden que si efectivamente les sobrevenía la Funesta los encontraba arrogantes y hasta entusiasmados, y solo en el instante postrero daban alguna muestra de debilidad. Consumada la defunción, por iniciativa de la autoridad pública, era conmemorada con una estatua del fallecido, que quedaba expuesta al reconocimiento de las generaciones próximas en algún lugar de la ciudad habitualmente concurrido.

El rito fue completado con danzas que efebos por separado debían bailar, y otras que en grupo protagonizaban las jóvenes. Parece que en los primeros tiempos de la prueba clásica los varones recibían como recompensa una hoz, símbolo agrario, pero con el tiempo la valía de los más fuertes era reconocida con una corona, de sentido político. Además, entre ellos se declaraba un vencedor, que también era objeto de la encomiástica consideración pública.

En Atenas los ritos de iniciación masculina eran muy parecidos a los de Esparta, según se observa recurriendo al análisis de la institución llamada efebía, en muchos aspectos no muy diferente de la agogé. La iniciación ateniense comenzaba con la entrada en la fratría, el fragmento inmediato de cada tribu, y la ofrenda del cabello, signo de virilidad. A continuación, durante dos años, el joven era convertido en un peripolos, lo que le obligaba a vivir separado de su familia y marginado de la ciudad, en las agrestes regiones fronterizas, recibiendo el entrenamiento que necesitan los soldados. Al término de aquella exigente interrupción de los lazos anudados por la sangre, equivalente a la que impuso la cultura posterior para los internados, el efebo ateniense había adquirido la condición de hoplita, nombre que designaba al combatiente regular de la infantería helénica.

Pero también en Atenas, cima de la civilización antigua, sobrevivieron ciertos ritos que conservaban antiguas prácticas relacionadas con la iniciación masculina, algunos de ellos cargados de un sentido más explícito del que pudo quedar retenido por las conmemoraciones religiosas celebradas en Esparta, tanto que tampoco pudieron escapar a viejas costumbres cruentas.

En la festividad de las oscoforias era conmemorado el regreso de Teseo después de haber dado muerte al Minotauro, gesto universalmente reconocido como símbolo de que el protagonista había superado con éxito su iniciación. Su liturgia no tenía consecuencias sangrientas. Sin embargo, la imagen de Artemis Tauropolos, a la que entonces se le rendía culto en la ciudad, según un mito muy próximo a una parte del relato referido al correspondiente xoanon espartano, había sido llevada allí desde la Táuride por Ifigenia, donde había presidido sacrificios humanos. Por esta razón, entre los atenienses aquella Artemis también demandaba en algunas ocasiones sangre de varón, aunque no exigía la muerte del individuo que la vertiera.

Pero la celebración pública ateniense que más indicios proporciona al estudio de los ritos de iniciación era la procesión hasta el santuario de Atenea en Falero, uno de los puertos de Atenas, cuyos protagonistas eran muchachos vestidos con ropas femeninas. En su transcurso tenía lugar una carrera entre ellos, quienes por grupos extraídos de las tribus competían entre sí. Aunque no en la dirección que desvelan los ritos regulares de Esparta, la costumbre conservada en Falero abre al conocimiento de estas ceremonias una vía tan singular como poco valorada.

Se habría normalizado en los rituales griegos de paso a la juventud, para que tuvieran la suficiente fuerza de evocación para los adeptos, que fuera representada una secuencia de opuestos muy elementales, la principal de las cuales fue el contraste entre hombre y mujer. En las fiestas más populares las representaciones que hacían referencia a la suplantación de sexos terminaron siendo frecuentes. La confrontación de comportamientos, que podía facilitar a los que concurrieran a estas celebraciones la comprensión de los tránsitos biológicos, fue mantenida en la ambigüedad por la recreación de las costumbres elaborada por los recreadores de ciertos mitos. A la cultura griega la parte menos civilizada de los ritos iniciáticos sería vertida mediante sus relatos.

El del robo del ganado, que infligió Heracles a Gerión, a quien desposeyó de sus toros, expondría una versión de las actividades de iniciación que conocían los jóvenes guerreros, haciendo al héroe representar el papel convencional que en el tránsito corresponde a los hombres. Prosperando en la idea de la fuerza, un atributo que al guerrero debe serle supuesto, encarnó también la potencia sexual masculina en la explanación que quedó a cargo del mito de las cincuenta hijas de Tespies, a cuarenta y nueve de las cuales fecundó con éxito.

Pero otra leyenda retuvo a Heracles vestido de mujer. En esta ocasión actuaba al servicio de las tareas domésticas de la reina Onfale de Lidia, con quien, por quedar prendado de su ambigüedad, como el conocido autor de memorias funerarias, no tuvo inconveniente en intercambiar papeles. Los analistas juzgan que esta historia parece el residuo de un antiguo rito de iniciación en la adolescencia, aunque la fortuna que pudiera tener la metamorfosis para la comprensión del singular varón no pueda ser reconstruida con la misma facilidad que se leen sus argumentos.

La luz intermitente que procede de este papel del héroe se mantuvo viva durante más tiempo del que pudiera sospecharse. La alentaron algunas liturgias, como la conservada en la isla de Cos, donde el sacerdote que sacrificaba a Heracles se vestía con ropas de mujer. En esta ceremonia, y en sus correspondientes relatos, pudo quedar contenido el intercambio de papeles que también en las ceremonias matrimoniales, otro de los ritos de paso más celebrados por la vida común, se representaba.

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Existió durante la antigüedad otra flagelación ritual. Ocurría durante las lupercales, fiestas de la purificación célebres en Roma, que el 15 de febrero de cada año eran renovadas. Según un primer ciclo de leyendas, habían sido instituidas por Evandro, el legendario rey de los arcadios, responsable de su llegada hasta el Palatino, uno de los montes donde luego estaría la mayor ciudad del mundo antiguo. Su intención habría sido perpetuar el honor debido a Pan Liceo, la divinidad que personificaba la potencia masculina en su esplendor, tal como era conmemorada en el primer monte de la Arcadia, de nombre Liceo, durante unas fiestas tan herméticas que sus actos propios ya son irrecuperables, aun cuando fuera posible abrir la vista pública del último de los juicios para que sus iniciados los verbalizaran. Porque sus protagonistas, de ser resucitados para el acto, si depusieran en él, caso de que les fuera permitida la declaración por sus correligionarios, a quienes hay que suponer igualmente devueltos a la vida, supuesto que el portento habría de tener alcance universal, que en cualquier circunstancia castigaban de la forma más cruel la revelación de los secretos societarios, por haber incurrido en el comportamiento de los injustos, aunque juraran declarar con sinceridad y se atuvieran con rigor notarial a la descripción de sus experiencias, serían despreciados como testigos y sus testimonios anulados.

Pan Liceo, por su semejanza externa, posteriormente sería asimilado a Fauno, y por eso también sería llamado Fauno Luperco, epíteto que se proponía presentarlo como protector del lobo, razón por la cual este animal sería su símbolo. Entre las propiedades que de tan singular ser más estimaban sus devotos estaría la protección contra Februo, divinidad para unos de origen etrusco para otros sabina, con el tiempo asimilada a Plutón, el dios de las profundidades terrestres que carecen de luz, porque como él era presagio de muerte. Una rama injertada en este tronco mitológico pretendió que aquella divinidad no era masculina, antes del género complementario, y que el nombre de la diosa era Februa. Entre sus méritos estaría haber generado a un par de seres divinos, uno de ellos nada menos que Marte y el otro Plutón, por otro nombre Febrio.

Con el tiempo, ha crecido en autoridad la manera de explicar el origen de las lupercales que prefiere descargar toda la responsabilidad sobre los precedentes. Februa o februatio habría sido un festival celebrado cada año en una fecha que hoy se identifica como el quince del mes de febrero, rito del que algunos piensan que procedía de los sabinos. Se centraba en un acto de lavado o de limpieza, de los que son propios de la primavera, en parte ingenuamente justificado por la crítica por la recurrencia de las lluvias durante la estación. Aquel festival más tarde sería absorbido por las lupercales, de las que se convertiría en una parte que sin embargo no es fácil detectar a través de los actos conocidos de estas. Quienes trabajan con esta teoría sostienen además que con el tiempo, sirviéndose del hecho vivo del festival, fue inventado por los romanos un dios de nombre Februus, quien personificaría el mes y las celebraciones de la purificación.

Las pruebas filológicas trastocan sin demasiado esfuerzo todas las teorías sobre los orígenes februarios de las lupercales. Dos son los troncos étimos que permiten hacer deducciones, de los que derivarían las voces primigenias en las que como tesoros durante tiempo ignorados se habrían conservado los hechos originales, los cuales, una vez vertidos a las lenguas vigentes, más apropiado sería llamar arqueológicos. El primero es februus. Gracias a la autorizada voz de Virgilio, refrendada por sus comentaristas, sería el nombre correspondiente a un ínfero, o divinidad de los mundos subterráneos, consentida como tal entre los etruscos, de donde provendría su origen más remoto demostrable. De donde se colige que una divinidad, generada por la imaginación de los vecinos del norte, en contra de una parte de las deducciones sí pudo estar en el origen de la celebración.

El otro que permiten detectar los textos es februum, palabra a la que ya reconocían los antiguos procedencia de la lengua de los sabinos. Varrón, que escribió a fines de la república romana, poco antes del cambio de era para el lector que interpreta según el sistema cronológico vigente en la cultura occidental, avala un uso de la palabra que con el tiempo ha resultado ambiguo. Queriendo significar medio para alcanzar la pureza, parece que su sentido recto terminaba en ciertos ritos cargados por creencias trascedentes, según los cuales era posible restaurar una pretendida pureza esencial del hombre, a su vez concebida como un bien genuino que hubiera sufrido mancha y que por este acto lustral recuperaba su brillo primitivo. Sería la raíz festiva sabina detectada por la teoría precedente. De februum también procedería februo, el verbo que en Varrón expresa la acción que busca como consecuencia la reiterada purificación.

Pero habiendo admitido que la voz incluía la condición de medio, se dijo después que el februum era un instrumento usado durante las ceremonias que satisfacían aquellas creencias. Una parte de los intérpretes contemporáneos ha llegado a identificarlo con una correa, cuyo plural aparece en las descripciones de las lupercales renovadas para referirse a las tiras con las que golpeaban los lupercos. De este modo se podría demostrar que el nexo entre februatio, un sustantivo que ya está vigente a fines de la república romana, y lupercales pudo proceder del uso de medios rituales comunes.

Por extensión, Ovidio reserva februa para referirse a las fiestas que podríamos traducir por februales, las celebradas para conseguir aquel efecto purificador. De esta manera fue alimentada la falsa imagen que en su origen sabino la februatio también se llamaba februa. De ahí, siguiendo la misma autoridad, habría derivado el nombre febrero, entonces el último del año, aplicado al del calendario durante el que eran celebradas las insignes ceremonias lustrales. Ovidio también pretendió que su origen estaba retenido por la palabra februare, que creía procedente de una voz etrusca referida a la purificación, y que al latín pasó precisando su alusión a los medios utilizados para ella, sobre todo a los relacionados con el agua.

Como derivación habría sido posible el epíteto februalis, purificadora, que la lengua antigua superviviente reservaba para hacer referencia a Juno como deidad por cuya mediación se restauraba la limpieza moral. Como no se documenta hasta autores del imperio, como Sexto Pompeyo Festo, e incluso tardíos, como Félix Capella, atribuirle a los ciclos legendarios de Juno cualquier responsabilidad en la formación de la fiesta, como pretende una parte de la elaboración mitológica derivada, parece inconsecuente. Así lo confirma februlis, variante de februalis, y, ya en Arnobio, también de comienzos del bajo imperio, februtis. Februamentum, que se documenta en Censorino, igualmente a principios de la fase final del imperio, habría sido el correspondiente sustantivo referido entonces a la ceremonia de purificación.

Para una parte de los intérpretes, todo este cúmulo de teología, con más frecuencia divergente que concordante, confluyó en la denominación de la fiesta clásica, que se propuso ser la síntesis de lupus, o lobo, e hircus, o cabrón. Ninguno de estos elementos salvajes aparece en los que las palabras detectan como antecedentes, y sí en las elaboraciones mitológicas, a todas luces posteriores y de un ingenio que en ocasiones ha sido impugnado.

La liturgia de las lupercales era atendida por una corporación sacerdotal, cuyos miembros eran conocidos como lupercos. Su poder, porque como la potencia masculina era efímero, debía ser renovado cada año eligiéndolos entre ciudadanos ilustres que hubieran sobrevivido al acecho y la caza de fieras en un bosque durante el tiempo de su iniciación a la edad adulta, tiempo de tránsito durante el que habrían actuado como licántropos.

Aquellos hombres excepcionales el 15 de febrero de cada año se daban cita en el monte Palatino para acudir a la gruta del Lupercal, que también sería conocida como gruta Ruminal en memoria de Rómulo. Las raíces de una higuera crecida en aquel lugar, asimismo venerada con el nombre de Ruminalis, habrían retenido la cesta en donde previamente hubieran sido depositados el futuro monarca y su hermano Remo. En aquel lugar Fauno Luperco, adquiriendo la forma de una loba, habría amamantado a los gemelos, aunque a la diosa que presidía la ceremonia, y en cuyo honor era celebrada la fiesta, la llamaran Luperca y participara a la vez de dos naturalezas, la de loba y la de cabra.

En el transcurso de la celebración, a la sombra de la higuera sagrada, eran sacrificados dos animales impuros. Sobre el primero, un perro, que en aquel acto suplantaría al lobo, no hay dudas. Pero las opiniones se dividen cuando se esfuerzan por identificar el segundo. En unos textos se lee que era una cabra y en otros que un cabrón, animal más propiamente impuro por su condición masculina.

La divergencia de las opiniones tiene consecuencias para la correcta restitución de la siguiente fase del rito. Consumados los sacrificios, los lupercos se impregnaban la frente con el cuchillo de la ofrenda, del que aún caían las gotas de la sangre del animal que habían sacrificado en segundo lugar. El fluido con el que se manchaban quería significar su enfrentamiento con los animales, tal como si volvieran de una jornada de caza, aunque parece más acertada la interpretación que afirma que los lupercos iban ungidos con la sangre del segundo de los animales impuros para fortalecerse con su linfa vital.

A continuación el rastro de sangre que el cuchillo había dejado sobre la frente era disuelto, sirviéndose de una guedeja del pelo del animal sacrificado, antes empapada con su destilación láctea, que bien podría ser de mama en caso de que fuese hembra la ofrendada pero que tendría que ser el flujo seminal en el caso de que hubiera sido un macho. Las interpretaciones se inclinan por la segunda posibilidad porque en aquel instante los lupercos, como sátiros energúmenos, estallaban en una carcajada ritual.

Después cortaban en tiras la piel del probable cabrón sacrificado, las que recibían el expresivo nombre de februa según la parte de la etimología adelantada. Con la apariencia que habían dado a sus rostros y desnudos, a lo sumo subrayando sus miembros semiacontecidos con taparrabos de cuero, salían por las inmediaciones del monte Palatino, pidiendo a Fauno Luperco la fertilidad y que protegiera a sus devotos contra la muerte, vertiente jaculatoria que ya consentiría la interferencia del poder inferior elaborado por una parte de la mitología.

Con las februa los lupercos hacían látigos, de los que se servían para golpear como si fueran miembros viriles, de exclusivo uso masculino, a todas las mujeres romanas que encontraban a su paso. Ser azotada por tan explícitas tiras de cuero lánguido estaba consentido por quienes las aceptaban, al tiempo que como un acto benefactor que las purificaba como un encuentro fecundante, no obstante la laxitud. Tan regocijada manera de valorar los hechos habría comenzado en los insostenibles tiempos del reinado de Rómulo, cuando las mujeres romanas habrían degenerado a la esterilidad. Entonces, una vez que hubieron consultado un oráculo de Juno, que ejercía en el bosque Esquilo, actuaron de un modo correspondiente porque, con un énfasis que solo cuando hubieran transcurrido los siglos se reencarnaría en la retórica radical, las sorprendió con el siguiente enigma: «Madres del Lacio, que os fecunde un cabrón velludo». El recurso a Juno para justificar este momento del rito indica su inserción tardía en la ceremonia. Al contrario, el cabrón demuestra un estadio sumamente primitivo del mito.

Con los azotes, las carnes de las mujeres alcanzaban un característico color púrpura, signo cromático que interpretaban los festejadores como indicio del incremento de su fertilidad. Para entonces, el púrpura había ganado un valor simbólico peculiar. Entre los romanos distinguía a las prostitutas sagradas, ancestral rama levítica, por esta causa con el tiempo repudiada y por la vertiente eunuca del sacerdocio condenada al anatema, que se había naturalizado en aquellas creencias. En momentos que no han sido precisados, las iniciadas en estas prácticas que recibían el nombre de lobas copulaban con los lupercos en el Ara Máxima, el lugar que en Roma sacralizaba los ritos más viejos en celebración de la fecundidad.

Los lupercos, para cuando comparecían desnudos manchados sus rostros con la sangre de animales impuros, golpeando con sus látigos como si fueran vergas de uso masculino, completaron su indumentaria con pieles de lobo, manera de proceder que pudo ser respuesta a uno de los contenidos conmemorados por las lupercales, hasta aquí no satisfactoriamente aclarado. Algunos creen que así ocurría porque vistiendo de esa manera completaban su simulación de la vuelta de la caza. Pero la crítica más exigente lo vincula a los antiguos ritos de iniciación militar, que pretendían transformar al guerrero en una fiera, porque un guerrero, si quería ser apto para la batalla, estaba obligado a transformarse en una bestia.


Orígenes de la República I

Gastón Barea

Era en Tiro, la primera entre las poblaciones fenicias, el siglo décimo anterior a la era. Allí había alcanzado la Monarquía, que en el orden de la civilización precede a la República, el poder que a sus súbditos obligó a consentirla. El que unos hombres ganan sobre otros, que a comienzos del milenio en aquel lugar estaba preparándose para que lo acumulara una persona, aspiraba a perpetuarse sirviéndose de las creencias religiosas; porque su dueño lo hallara conquista de la civilización, para un más recto gobierno de la comunidad de los sumisos o como un agravio despótico que sobre ellos cayera, consciente de que cualquier teología era una construcción verbal, diestra, si ejecutada de manera recta, siniestra, si torcida, encaminada a ordenar el desconcierto en el que degeneraba la falta de certeza sobre el porvenir que a los vivos aguardaba, una abstracción que la existencia defraudaba cada amanecer con un persistente e insobornable presente.

Como Hiram fuera el promotor de este cambio, y en Tiro entonces empezaba el culto a Melqart, la invención de este dios se le atribuye. Esta habría sido la clave de su ardid, aunque la transmisión de los textos ha ignorado hasta aquí la responsabilidad que en su origen tal vez deba reconocérsele a su predecesor, a decir de algunos el verdadero fundador de la primera dinastía real entre los tirios, sobre cuya existencia las fuentes conjeturan; a quien, por los pocos datos que los textos proporcionan, solo podemos llamar el Viejo Rey.

La astucia de tan sabio precursor habría consistido en identificar al dios con el monarca. La habría consumado sirviéndose de un epónimo, procedimiento que antes elegía una parte de los investigadores más versados para explicar el origen de una ciudad. El nombre que distingue un lugar, de etimología oscura casi siempre, porque en los topónimos, como en los cementerios ocurre con los cuerpos, van quedando aprisionadas todas las lenguas que han pasado por él, incluidas las desconocidas y herméticas, aprovechando las sombras de la ignorancia, tan aliadas del sabio como del ladrón, era personificado, y esto bastaba para explicar el principio de sus habitantes.

En el caso de Tiro el ardid fue aplicado en una dirección no del todo torcida y que no despreciaba lo que las costumbres ya tenían consentido. Todo consintió en llamar Melqart al nuevo dios, palabra que vertida a nuestra lengua equivale a la expresión señor o rey de la ciudad. Más que como topónimo, porque su significado podía ser interpretado por afinidad con los nombres de los vivos, la palabra podía parecer el nombre de una persona.

Si por su apariencia de patronímico podía representar un ser que hubiera vivido, el ingenioso creador pudo presentarla como la primera persona de la población, así como el antepasado único de todos los habitantes entonces presentes en ella. Luego, bastaría forzar la coincidencia de la condición divina con la de epónimo para que el nombre cobrara ventaja. Como, además de una representación del antepasado común, por su etimología podía ser aceptado como señor o rey de la ciudad, el rey de aquel momento, porque gobernaba sobre ella, tendría que aparecer ante sus contemporáneos como su descendiente en línea directa. Así Melqart quedaba constituido como el antepasado más remoto del rey actual, y de esta manera tan sencilla, sin otros artificios, por pura contaminación verbal también el rey vivo de la ciudad, que era Hiram, quedaría inmediatamente divinizado.

Aquella ingeniosa combinación de recursos ya fue recibida con justas reflexiones por Herodoto, quien sostenía que Melqart era inseparable del principio de Tiro, que sus antigüedades respectivas eran una y que en aquel caso templo de Melqart y ciudad eran la misma cosa. Valiéndose de su autoridad, se naturalizó después una opinión, que aquellas noticias habían sido recogidas por el incansable viajero de boca de los sacerdotes del dios, custodios de tan venerable leyenda -parte interesada en una explicación así, diestros, si no siniestros, manipuladores de una lengua-, en beneficio del primer pensamiento metafísico, que fue el teológico, a cuyas manos había sido confiada.

Con el tiempo, los más esforzados pensadores del clero primitivo habrían adornado aquel principio con fábulas alegóricas. Para una de ellas idearon que un dios había ordenado a Melqart llegar hasta unas enigmáticas Piedras Ambrosianas. Según su versión canónica de la leyenda, aquellas piedras eran dos rocas a la deriva sobre las que había un olivo en llamas por encima del cual un águila amenazadora volaba. Melqart, para completar la orden del dios, capturaría el águila, cortaría el olivo y se adueñaría de las rocas y las inmovilizaría. Así habrían quedado ancladas al fondo marino y podría fundarse sobre ellas Tiro, la primera de las ciudades de los fenicios.

No es posible justificar el sentido del adjetivo que por obra de los sabios teólogos correspondió a las Piedras. He indagado sobre ambos y he llegado a una conclusión sobre la que sin embargo mantengo reservas. Tal vez tenga el mismo que inspiró la elección del nombre del único Ambrosio que he conocido. Era el último vástago de una larga familia, conocida entre sus convecinos como Los Cipotillos. Toleraba mal el responsable de su generación, hasta entonces padre solo de hembras, que sobreviviera en lo sucesivo, por la única línea de varón que podría combatir el paso del tiempo, un apelativo que consideraba una ofensa. Decidió llamar a su última esperanza Ambrosio, convencido de que nadie repararía en su malsonante filiación cuando a él se refiriere, dada la singularidad del nombre que había elegido; y de que tal decisión tendría, para todo el linaje, tan feliz consecuencia profiláctica que bendeciría a progenitor, antepasados y futuros descendientes.

Es posible que el traductor griego del mito que explicaba el origen de Tiro, porque encontrara un nombre que no pudo verter a su lengua, para enfatizar su valor elevara a la inmortalidad las piedras que había encontrado en el relato, sentido propio del adjetivo por el que se había decidido; así como el padre de Ambrosio, porque pretendía que su obra alcanzara hasta las generaciones futuras, ofuscado por una enemistad sorda que no podía justificar, retó a sus contemporáneos con un nombre que previó inmune a su maledicencia. El magnetismo de la palabra elegida en ambos casos accionaría un beneficio que en el primero nadie se habría propuesto.