Segunda batalla de Hímera

Cosme Pettigrew

Tras desembarcar en Sicilia, avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones. Una tras otra marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exigía la prudencia. Amílcar, el comandante de las tropas, protegido por su guardia personal, iba al frente de la primera división. Nada se le oponía a su paso. Se desplazaba por la línea próxima a la costa y, a través de las vías naturales que los lechos de las corrientes abrían, al mes del comienzo de la expedición ya estaba con sus hombres en el valle del Hímera, donde juzgó que las condiciones eran las más favorables a su proyecto, y se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupara podía verse, al otro lado del cauce, la ciudad conocida con el mismo nombre que el río.

Al campamento que había instalado en aquel lugar dos exhaustos soldados llegaron, ambos como los griegos equipados, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron dónde aguardaba a sus adversarios, las armas en pabellón, las caballerías almohazadas, él mismo espectador de todos los movimientos. Los enemigos a los que Amílcar quería derrotar, aseguraron, estaban todavía a unos ciento sesenta kilómetros al este, en las proximidades de Mesina.

Confiando en aquella información, aceptado el desafío de la oportunidad, llevado por el deseo de aprovechar la ventaja que inesperadamente había adquirido, optó el cartaginés por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí, primera entre las de aquella costa. Ordenó que todo el ejército cruzara el río desde una orilla a la otra, sin pérdida de tiempo, sin esperar a que las cuatro divisiones del cuerpo expedicionario que dirigía estuvieran reagrupadas, a pesar de que durante aquella operación cada una de ellas, cuando recorriera el valle, quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos de su ejército debían darse.

Eligió Amílcar Trabia como lugar adecuado para abordar el río, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir, también idónea para instalar al otro lado su campamento. Mientras que la primera división ya atravesaba la llanura más allá de la orilla opuesta, una vez cruzado el vado, la segunda a punto estaba de pasarlo. Las otras dos avanzaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición elegida por el comandante de la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda por momentos próxima recomendaba fue sin embargo preterida.

La primera división se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar. Estaba el general aguardando a que llegaran las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender a continuación el asalto, cuando de nuevo fueron capturados dos espías, esta vez siracusanos, en las proximidades del sitio donde ya se levantaba el campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados y alarmantes. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sureste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.

Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.

Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron el río por otro vado, por debajo del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera envolvieron y cortaron la llegada de la segunda división, a la que atacaron. No estaba preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún sobre las aguas como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.

Observaba Amílcar, desde el alto que había elegido para dirigir los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Ante sus ojos, la segunda división estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar el signo de la contienda. No tuvo más que precipitarse en la desigual batalla de la que hasta entonces solo espectador era. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que consiguieron abrir brecha.

Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción, detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó aquel a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Cuando por fin lo decidieron, un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente de la costa de Panormo, al noroeste, las sorprendió.

En el transcurso de la refriega imprevista se hizo visible a los combatientes un hombre con apariencia y equipo de campesino, al que una parte de ellos, a la que debió parecerle familiar, empezó a llamar Hannón. Carecía de las armas que a los infantes distingue, y en su lugar manejaba con una destreza inusual un arado, tomado por la esteva, ahora trazando círculos a su alrededor, que impedían a los enemigos acercársele, ahora blandiéndolo como una poderosa maza. Tras deshacerse, gracias a tan infrecuente manejo del artefacto, de muchos enemigos, a los que ultimaba hundiéndoles la afilada reja en el pecho, de la misma imprevista manera que había comparecido desapareció.

Tras tan oportuna intervención, aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento cartaginés, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería. Al contrario, la lucha abierta en la llanura se prolongó durante varias horas, y la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados, mientras Gelón contemplaba la escena desde lejos, incapacitado para socorrer a los suyos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido.

Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que la batalla habían iniciado, un buen número pereció ahogado en las aguas del río. Muchos fueron los valientes guerreros de Siracusa que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan abnegados llegaron a ser que tales héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que su memoria fuera conservada por el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria.

Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Pero los textos han silenciado cualquier nombre distinto al de Hannón, héroe de aquel imprevisto encuentro. Como su comparecencia, su empleo y hasta su desaparición militaban a favor de un prodigio, los cartagineses acordaron consultar a los dioses por tan singular contribución a su victoria. Nada quisieron responderles sobre la portentosa personalidad de quien algunos habían llamado por aquel nombre, el más rudo de los combatientes hasta entonces visto por los cartagineses. Pero les ordenaron que en lo sucesivo, mientras Cartago sobreviviera, lo honraran como héroe.