Las batallas de san Romano
A Dante Émerson la guerra lo atraía.
Cualquiera de nosotros podría jurar, ante la instancia más rigurosa, una vez constituida como tribunal, que pocos hombres más amantes de la paz habrá que Dante. En la paz de sus días, y en sus fecundos silencios, encontraba la serenidad que necesitaba para sentirse pletórico. Para todos deseaba el mismo estado. ¿Cómo hubiera podido pretender que alguien fuera vulnerado por la violencia en el grado más severo? Repetía una y otra vez que la guerra era la peor de las tragedias, porque si una tragedia era el mal que se imponía sobre la voluntad, ninguna, por magnitud, se le podría comparar. A cada oportunidad invocaba al destino para que con todos sus medios impidiera que su vida sufriera tan trágica experiencia. Todas las generaciones que han conocido la guerra, decía, si no son exterminadas, quedan inútiles, como si una fuerza a la que no fuera posible oponerse las hubiera neutralizado y, valiéndose de su poder, las hubiera conducido a renunciar a la acción. Todas terminaban siendo resignadas.
No era la guerra sufrida durante la vida la que lo seducía. En los textos que frecuentaba y nos leía cada vez que lo creía oportuno, que siempre fiaban a la guerra la energía que mantenía vivo el relato, había descubierto que nada se podría hallar que al hombre hiciera más noble que consentir y dar por descontadas las consecuencias de hacer frente sin condiciones a la violencia en el grado más alto.
Reiteradamente nos alentaba a que indagáramos las invariantes de aquel mal, que tan lejos podía llevar a lo que aparentaba ser lo mejor del hombre. Si volviéramos sobre los relatos antiguos, que tanto persistían en la narración bélica, nos proponía, tendríamos que encontrar algo no muy diferente a lo que con tanta claridad se hacía visible en los cuadros que recrean batallas, que se esfuerzan por reiterar la misma escena con escasas variaciones. En la insistencia obsesiva en la misma forma tenía que estar el secreto que al hombre lleva desde sus miserias a la nobleza genuina.
Una parte de nosotros se ha atenido a sus pautas, y ha insistido en investigar valiéndose del relato el origen de tan poderosa tragedia.
Es la guerra
Diomedes del Ponto
En la Palestina antigua, el momento de mayor tensión hasta ahora conocido tuvo su origen, antes que en la agresividad de Akenatón, en su actitud pasiva. Dushrata de Mitanni provocó a los hititas avanzando hacia el Tauro, muralla natural de Anatolia. Cuando los hititas replicaron, Akenatón, en aquel momento la persona que encarnaba la tercera potencia regional, no reaccionó, aunque ya era habitual que la tercera fuerza de la zona fuera la decisiva en las desavenencias, puesto que su apoyo a una de las partes enfrentadas rompía cualquier equilibrio que se hubiera pactado, aun a sus espaldas. Akenatón estaba absorbido por los asuntos de su reino y poca atención quiso dirigir a los acontecimientos de Asia.
Al principio, el prestigio de Egipto indujo a quienes ya habían comprometido sus decisiones a la acción con cautela. Pero Mitanni fue destruida por los hititas y su país ocupado por el sur hasta Alepo y Alalaj. Los hititas, aleccionados por la vida en la meseta, eludieron el enfrentamiento directo con Egipto. Prefirieron fomentar, por cuantos medios tenían a su alcance, entre los vasallos que en Asia tenía la potencia africana las intrigas y el sabotaje.
Del poder que entonces los hititas desplegaron en Levante, y de la eficacia de sus métodos de intimidación y agresión indirecta, da idea que las ciudades que hasta entonces se mantenían dentro de la órbita egipcia, faltas del apoyo de su potencia, se vieron precisadas a modificar sus lealtades. Aun así, los aliados y vasallos de Asia que consiguieron mantenerse fieles, todavía una parte importante de la región, dirigieron informes y peticiones de ayuda a Egipto. Por el momento, a pesar del peligro al que estaban expuestos sus intereses, no recibieron la respuesta deseada, y todavía aún más comprometidos pudieron verse.
Hacia 1360 el gran Supiluliumas, rey hitita, torpemente inducido a una lucha dinástica con la casa real mitannia, cruzó las montañas, marchó hacia el sur y en campañas que duraron cinco años sojuzgó toda Siria, e incluso es posible que llegara a conquistar Palestina. Tan enérgicas iniciativas consiguieron acabar definitivamente con el reino de Mitanni.
Entonces Egipto no podía intentar el rescate de su puesto en Asia sin antes haber restaurado el orden interno, una vez pasada la crisis constitucional abierta por el excesivo reinado de Akenatón. Superada, gracias a la feliz iniciativa de Horemheb, Egipto estuvo en condiciones para dar la réplica al expansivo poder hitita. Fue Seti I, faraón entre fines del siglo décimo cuarto y principios del décimo tercero, quien inició la reconquista de las posiciones egipcias en Siria y Palestina. Los sucesivos ensayos fueron por año más eficaces y los avances igualmente acumulados. Sería un exceso describirlos. Baste decir que el nuevo equilibrio fue impuesto en la zona cuando el hijo de Seti I, Ramsés II, faraón cuyo reinado se estima comprendido entre 1290 y 1224, tomó la iniciativa. El alcance y el sentido político de sus acciones militares puede demostrarlos el relato de una batalla, la que fijó las posiciones de las fuerzas que compitieron por el dominio de la zona, hititas desde el norte, egipcios desde el sur, del modo más decidido.
De nuevo aseguradas sus posiciones en el delta, tanto al norte como al oeste, Ramsés II pudo volverse para afrontar la grave situación que en Asia se había creado. Allí los hititas, bajo la dirección de su rey Muwatalli, otra vez avanzaban sobre Siria, después de que Seti I los hubiera detenido por algún tiempo.
Por entonces los egipcios habían consolidado su posesión de la costa de Amurru, donde, al norte de Beirut, desemboca el río que hoy es conocido con el nombre de Nahr-el-Kelb. La línea del curso fluvial era en aquel momento una vía estratégica para los intereses egipcios en la zona porque permitía penetrar en el país desde la costa, y el transporte rápido hacia el interior de los abastecimientos que por mar llegaban. Gracias a este vector y a su origen, que aseguraba el desembarco, venía sosteniéndose la posición de Egipto en la región.
Mas Ramsés, durante el año quinto de su reinado, decidió enfrentarse al enemigo del norte de un modo más decidido, porque la presencia hitita en las proximidades de los territorios que eran del interés egipcio por días era amenazante. Partiendo de la fortaleza fronteriza de Tjel, marchó por tierra, con un ejército integrado por unos veinte mil hombres, en dirección a Siria.
Avanzaba el ejército egipcio hacia el norte organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Amón, Re, Ptah y Seth. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Ramsés, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por Palestina. Subió por la línea próxima a la costa y, a través del Líbano, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Orontes, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad de Kadesh, aliada entonces de los hititas.
Al campamento que momentáneamente había instalado al alcanzar el río llegaron dos beduinos, quienes declararon ser desertores del ejército hitita, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al norte, cerca de Alepo. Juzgando por aquella información, decidió entonces Ramsés cruzar el Orontes desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra los hititas marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí.
Eligió Shabtuna, la actual Ribleh, como lugar adecuado para atravesar el río e idóneo para instalar su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Amón atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Re a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al sur, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda cada vez más próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
Pasado el Orontes que hubo la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de Kadesh. Estaba el faraón aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías hititas en las proximidades del campamento egipcio. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio entre las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por todo Asia Menor, el rey hitita lo había concentrado al otro lado de Kadesh, al nordeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Ramsés ordenara.
Reprendió severamente el rey egipcio a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió al visir y a otro mensajero, en veloces carros subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas egipcias. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas hititas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los egipcios, y de esta manera cortaron la llegada de la división Re, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del hitita que estuviera.
Observaba Ramsés desde el alto elegido para dirigir los movimientos de las tropas las acosadas y las enemigas, ya subido en su carro de combate y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. La división Re estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el faraón guardaba. De súbito, Ramsés se precipitó en la desigual batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Ramsés mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante el combate. Frente a ellos se batían dos mil quinientos carros hititas, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento egipcio a causa de esta precipitada acción, detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó aquel a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo de su saqueo. Un inesperado contingente de reclutas egipcios, procedente del noroeste, de la costa de Amurru, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los hititas habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.
La lucha abierta en la llanura se prolongó durante varias horas, y la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de carros enfrentados. Finalmente los egipcios vencieron. Los hititas que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Orontes, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos carros que la batalla habían iniciado, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.
Su rey Muwatalli contemplaba la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros hititas que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de tales héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas egipcias no fueron menos graves, mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Ramsés, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.
Kadesh no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Esta vez Ramsés prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas. Deseaba entonces de su enemigo la derrota completa.
A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso se fue imponiendo implacable el ejército egipcio, acción tras acción, hasta que el rey hitita decidió detener el derramamiento de sangre y envió al faraón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.
Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo, para reordenar el grueso de los combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente del territorio de Amurru, aun cuando el egipcio lo hubiera atravesado inopinadamente y considerase aquel país excelente retaguardia. Los generales egipcios, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad de las demandas de Muwatalli. Ramsés, al recibirlas, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde el campo enemigo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los hititas, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Ramsés con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Egipto.
No fue aquella la paz definitiva, sino una tregua. Durante los años sucesivos se reprodujeron los enfrentamientos entre el ejército hitita y el egipcio en la parte de Asia por la que entonces habían dirimido, aunque en ninguno de los casos conocidos la lucha alcanzó la grandeza de aquel combate a orillas del Orontes, que en lo sucesivo los siglos conocerían como la batalla de Kadesh, aunque de nuevo fuera el propio Ramsés quien la condujera.
Al frente de sus tropas, más tarde lucharía contra Dapur, ciudad de hititas próxima a Tunip, probablemente de la tierra de Amurru, a medio camino entre Kadesh y Alepo. Debió ocurrir este enfrentamiento durante el año octavo de su reinado. Entonces de nuevo dio sus habituales muestras de valor excepcional porque no se vistió su armadura hasta pasadas dos horas de combate. Aquel mismo año también sostuvo enfrentamientos contra ciudades más meridionales de la misma región, entre ellas Caná de Galilea. Habían pasado tres años desde la batalla de Kadesh y aún había guerra en el norte de Palestina.
El tratado de paz definitivo entre hititas y egipcios, que pondría fin y fronteras estables a los enfrentamientos por el dominio del Asia próxima, fue también una obra ejecutada durante el reinado de Ramsés II, porque los hombres grandes para la guerra, que no cierran los ojos cuando ante ellos pasa la muerte, son los más sólidos garantes de la paz. Llegó, como un fruto que hubiera necesitado muchas estaciones para madurar, durante su vigésimo primer año.
Reinaba ya entre los hititas Khatushili III, después de que se hubiera consumado el tiempo del valeroso Muwatalli y aun entre ambos hubiera reinado Murshili III. Decidió Khatushili, cuando ya vivía el tiempo de su poder, enviar mensajeros ante el faraón. Eran portadores de una tableta de plata con un texto para tratado escrito con cuneiforme en la lengua franca de aquellos tiempos. Tan egregia presentación era la que consideraba digna del beneficio de la paz largamente buscado. En realidad su texto ya había sido aceptado por ambas partes. En él Ramsés II y Khatushili III recordaban que, a pesar de haber celebrado una concordia anterior, no había sido posible evitar la reciente guerra. Como aquella paz no fuera garantía contra el derramamiento de sangre, declaraban que el nuevo tratado la aseguraría para el tiempo que vivieran y para el porvenir. La premisa que juzgaban necesaria para que fuera erigida sobre bases duraderas era la renuncia por uno y otro firmante a cualquier conquista territorial en lo sucesivo. Además, para anudarla con más fuerza, se prometían mutua ayuda frente a enemigos exteriores y recíproca extradición de refugiados y exiliados políticos. Y, como en la alta antigüedad para los reyes no era inmoral desear el mal, además quedaron escritas maldiciones contra cualquiera que violare el tratado, bendiciones para el que lo respetare y varios dioses, así hititas como egipcios, convocados como testigos del pacto celebrado.
No constan en el texto del tratado las fronteras acordadas, lo que no debe interpretarse como presagio de la fragilidad de una amistad a tan alto grado llevada, con tan legítima complacencia proclamada. Palestina no era el objeto de la disputa porque desde tiempo atrás estaba en manos egipcias. La incertidumbre se cierne como sombra sobre el mapa de Siria, territorio en el que en consecuencia no es posible marcar hasta dónde había alcanzado el poder de los norteafricanos.
El tratado de paz fue ratificado trece años después de su primitiva firma. Consistió la corroboración en que el rey hitita envió a Ramsés III su hija mayor, ya avanzada la edad provecta del faraón, para que hiciera la gracia de convertirla en su esposa. Era el más preciado de los presentes que una larga comitiva, colmada de regalos, llevaba desde Hati hasta Egipto. Y, todavía algo después, también la hermana más joven de la princesa hitita fue hasta Egipto a la vanguardia de otra carga de presentes.
Tal vez los hechos de Ramsés, así como las decisiones de las que se beneficiaron quienes le sucedieron en el primer trono de África, merezcan el reconocimiento más alto, el que a los héroes tributa la épica. No es probable que en la primera antigüedad puedan encontrarse circunstancias, personas y gestos tan dignos de encomio, ni incluso tomando distancia, permitiendo que bajo el objetivo queden otros seres y otras épocas. Tan grande, extenso y digno de estima es el relato que de la batalla de Kadesh y sus consecuencias ha persistido. Ni el mulo, ni menos aún la cebada, energía que sostuvo su existencia en las tierras meridionales, merecen menos. Tanta responsabilidad les corresponde en la forja de la nobleza anónima que durante siglos, hasta que fue exterminada por la más sangrienta de las venganzas, urdida por la peor de las ambiciones, engrandeció a los hombres por nacimiento condenados a vivir como seres del sur.
La primera batalla de Hímera
Diodalsas de Agrigento
Arengaba a sus soldados Gelón, convencido de que la palabra los animaría a la batalla. Comparecía ante ellos vestido con su armadura de cuero, curtida con la piel de un novillo agreste, destetado tarde, resistente y flexible; subido a la tribuna, a primera hora de la mañana, cuando los antiguos se aprestaban para el combate, más alto que el sol, más cegador que la ira.
Desconfiaba de los descabalados signos premonitorios, así como de las alegorías que componían los vates, porque procedía del campo, el lugar donde los terrores los cura más el tedio que el cansancio. Ni el sanguinario lobo marciano, para cuya justificación se confesaba incapaz, ni las sierpes que petrificaban con la mirada, en su conciencia tan impenetrables como el pórfido, adornaban su pecho. Reconocía más poder al celo que los hombres ponen en la satisfacción de sus pasiones, porque de la tierra tenía que esperar beneficio cuando junto a él, sin animosidad, ocultaban sus propósitos; porque nublan las decisiones, ciegan la conciencia, precipitan los actos antes de que comience la reflexión.
Les había recordado el tiempo que llevaban fuera de sus hogares, donde el calor de la lumbre podía reconfortar cuerpos indeseados, puesto que siendo del sexo propio. Les había encarecido el reconocimiento que les debía, por lo que habían dejado de cultivar, de beneficiar las ganancias de unos negocios que otros satisfarían sin abrir la boca. Les estaba encomiando el botín que les podía dispensar el asalto, que desde aquel momento les concedía sin límite de tiempo, cuando; decidido a invocar a los dioses, porque a su juicio convenía satisfacer las supersticiones circunstantes; a cuyo concurso apelaba pidiéndoles que consintieran el fracaso de los enemigos, el derramamiento de su sangre, que sus cuerpos insepultos permanecieran eternamente en el campo de batalla, sin que deudos ni allegados acordaran entregarlos a la tierra; a uno de los hoplitas le sobrevinieron ganas de relajar, por el aro de su intimidad posterior, la presión que sobre el tracto digestivo, tan largo como indisciplinado, habían acumulado las judías del rancho precedente. Fue oír el pedo, más caucásico que zíngaro, y todos los soldados, como un solo hombre, se postraron. Quedó en suspenso el orador, la mirada ciega, el verbo mudo.
Durante los segundos siguientes, prolongados por el silencio más ominoso que hubiera sufrido a lo largo de su abnegada vida de soldado, fecunda en momentos de espera, se esforzó por recuperar la compostura, y acertó a construir un argumento. Explicó que todo lo que en la tierra tronaba era un presagio de Zeus Salvador. Nadie quebrantó la genuflexión, ningún rostro se alzó, ninguna mirada impugnó el agnosticismo probado del orador, que a diario prodigaba imprecaciones contra toda clase de seres superiores.
Percibido el acierto de su interpretación, en su honor comprometió a todos en el voto de un sacrificio, para que probara su agradecimiento a una manifestación tan explícita de la divinidad, y los invitó a cantar el peán, que celebraba el poder de las flechas que dispara el arco de Apolo. Aprobaron los soldados el acierto del compromiso con un grito gregario y deforme, lo prolongaron entonando los versos prescritos y sin que hubiera tiempo para la reflexión Gelón reanudó el argumento interrumpido, el que encomiaba las venturas del botín.
Mientras tanto, avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones, que eran conocidas con los nombres de cuatro de sus principales dioses, Melqart, Astarté, Tanit y Baal. En el orden en que han sido citadas marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exige la táctica. Amílcar, protegido por su guardia personal, iba al frente de la división primera. Nada se le opuso a su paso por la isla. Se desplazó por la línea próxima a la costa y, a través de los pasos naturales, al mes del comienzo de la expedición, ya estaba con sus hombres en el alto valle del Hímera, el río que habría de servir de frontera entre los contendientes. Allí se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupó podía verse la ciudad del mismo nombre.
Al campamento que momentáneamente había instalado al alcanzar el río llegaron dos soldados equipados como los griegos, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron su posición. Dijeron que los enemigos a los que querían hostigar estaban todavía nada menos que a unos ciento sesenta kilómetros al este, cerca de Mesina. Juzgando por aquella información, decidió entonces Amílcar cruzar el Hímera desde una banda a la otra. Quería aprovechar la ventaja que el ejército que contra el tirano de Gela marchaba había adquirido. Aunque muy lejos las tropas que podían acudir en su socorro, a causa de la oportunidad había optado por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí sin demora.
Eligió Trabia como lugar adecuado para desde él abordar el río e idóneo para instalar en sus inmediaciones su campamento, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir. Dispuso que el ejército cruzara la llanura del valle sin pérdida de tiempo, sin esperar a que estuviera reagrupado, a pesar de que durante aquella operación cada una de las cuatro unidades que la recorriera quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos del ejército debían darse. Mientras que la división de Melqart atravesaba la llanura, una vez vadeado el río, la de Astarté a punto estaba ya de cruzarlo. Las otras dos aún estaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición de quien era responsable de toda la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
Una vez que hubo pasado el Hímera la primera división, se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar, una posición al noroeste de la ciudad. Estaba el general aguardando que llegaran a su lugar las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender el asalto, cuando fueron capturados dos espías siracusanos en las proximidades del campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sudeste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.
Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas mientras tanto modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron por otro vado practicable el río, más al sur del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera cortaron la llegada de la división Astarté, a la que atacaron. No estaba la división preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.
Observaba Amílcar desde el alto elegido para decidir sobre los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar de signo la contienda. Astarté estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. De súbito, Amílcar se precipitó a la batalla de la que hasta entonces solo espectador era, solo, sin que alguien alcanzara a acompañarlo. Allí Amílcar mostró todo su valor. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones durante todo el tiempo que el combate se prolongó. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que no obstante consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción y detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente del noroeste, de un lugar en la costa próximo a Panormo, las sorprendió cuando ya iniciaban el asalto. Aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería.
La lucha abierta en la llanura se prolongó varias horas, durante las que la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados. Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, de la parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que habían iniciado la batalla, muchos perecieron ahogados en las aguas del río.
Gelón estaba contemplando la escena desde la otra orilla, incapacitado para socorrerlos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido. Muchos fueron los valientes guerreros siracusanos que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan arrojados fueron que buena parte de aquellos héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que sus nombres fueran escritos en el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria. Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Mas sus cronistas han silenciado cualquier nombre distinto al de Amílcar, vencedor único de aquel imprevisto encuentro.
Pero Hímera no fue aún ocupada por quienes habían vencido en la primera jornada. Amílcar prefirió retirarse hacia el sur de la ciudad y allí reorganizar todas sus tropas, inspirado por la pasión de conseguir de su enemigo la derrota completa.
A la mañana siguiente, fueron reanudados los combates. En su transcurso, una vez rehabilitado por el descanso, se fue imponiendo implacable el ejército siracusano, acción tras acción, hasta que el general cartaginés decidió detener el derramamiento de sangre y envió a Gelón una carta en la que le ofrecía la sumisión y la paz.
Tal vez fuera esta iniciativa un intento de ganar tiempo para reordenar el grueso de sus sorprendidos combatientes que sobrevivían y mejorar sus posiciones. Es probable que entonces contase a su favor con el apoyo de la gente de Panormo, aun cuando la hubiera atravesado sin detenerse, y considerase aquel país excelente retaguardia.
Los generales siracusanos, en aquellas circunstancias, consideraron más útil para sus intereses no dudar de la sinceridad del enemigo. Gelón, al recibir las demandas de Amílcar, los había convocado y les había dado a conocer el contenido de la carta que desde su campo le había llegado. Los nobles consejeros no vieron el menor inconveniente en aceptar cuanto los cartagineses, por medio de su rey, ofrecían. Así fue decidido, y con la aprobación de sus más responsables hombres Gelón con todo su ejército emprendió el camino de vuelta a Mesina.
La batalla terrestre, junto al río Hímera, terminó con la victoria de Gelón. Dicen que el día del último encuentro las tropas que conducían los cartagineses estuvieron luchando contra los griegos desde la aurora hasta muy avanzada la tarde; tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el combate. Los aliados, que estaban en minoría, consiguieron una victoria terminante. Al concluir la jornada era indudable que la gloria era para Terón y el señor de Siracusa. Una gran fracción del ejército cartaginés fue muerta, mientras que el resto, a excepción de un pequeño contingente, capituló y cayó prisionero.
Ocurrió aquella victoria el mismo día que la de los griegos sobre los persas en Salamina, durante la última semana de septiembre del año 480, una coincidencia que desde antiguo una parte de los intérpretes piensan que no fue casual.
El epílogo de la derrota corroboró el desastre. La escuadra cartaginesa fue incendiada por los vencedores y la parte de las tropas cartaginesas que había conseguido escapar a la prisión de su enemigo, que aun así alcanzó a embarcar en veinte navíos de guerra, se hundió sorprendida por una tormenta. Solo unos pocos llegaron a Cartago en un bote. Los cartagineses, temiendo la presencia de Gelón en África, se apresuraron a pedirle la paz, que pronto les fue concedida bajo aceptables condiciones.
Pero lo más notable fue que en el transcurso de la última jornada, a los ojos de los griegos Amílcar desapareció cuando estaba siendo derrotado. No fue encontrado vivo ni muerto, en lugar alguno, a pesar de que Gelón mandó que todo fuera rastreado en su busca. Según unos, Amílcar fue muerto por los jinetes siracusanos, mientras ofrecía un gran sacrificio a Poseidón, posibilidad que no fue avalada por la evidencia del cadáver.
Otras dos versiones de su misteriosa desaparición han intentado colmar este vacío. La interpretación siciliota pretende que Amílcar huyó sin dejar rastro, perdida la batalla. Entre los cartagineses circuló una historia sobre lo sucedido que les resultaba más verosímil. Mientras duraba la contienda, Amílcar permanecía en su campamento y ofrecía sacrificios incesantemente, en busca de presagios favorables, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Cuando estaba haciendo libaciones sobre las víctimas, vio que sus tropas se daban a la fuga. Fue entonces cuando se arrojó a las llamas y quedó reducido a cenizas.
Desde aquel momento al general Amílcar los cartagineses ofrecieron sacrificios como a un héroe, y le erigieron monumentos en todas sus ciudades coloniales, el más grande en la misma Cartago. Una parte de la veneración con que fue mantenida su memoria procede de la creencia en que nació predestinado. El nombre con el que fue conocido era la adaptación al griego del fenicio Abd Melqart, que significa servidor de Melqart, el imponente dios tirio. Amílcar, general cartaginés, durante la guerra que tuvo lugar en Sicilia durante el siglo quinto anterior a nuestra era, por la fuerza de su nombre hubo de suicidarse lanzándose a la hoguera, como se hacía entre cartagineses responsables desde los tiempos de Elisa, la fundadora de la ciudad.
Segunda batalla de Hímera
Cosme Pettigrew
Tras desembarcar en Sicilia, avanzaba el ejército cartaginés hacia el este organizado en cuatro divisiones. Una tras otra marchaban y entre ellas guardaban el intervalo que exigía la prudencia. Amílcar, el comandante de las tropas, protegido por su guardia personal, iba al frente de la primera división. Nada se le oponía a su paso. Se desplazaba por la línea próxima a la costa y, a través de las vías naturales que los lechos de las corrientes abrían, al mes del comienzo de la expedición ya estaba con sus hombres en el valle del Hímera, donde juzgó que las condiciones eran las más favorables a su proyecto, y se detuvo. Desde la posición que su ejército ocupara podía verse, al otro lado del cauce, la ciudad conocida con el mismo nombre que el río.
Al campamento que había instalado en aquel lugar dos exhaustos soldados llegaron, ambos como los griegos equipados, quienes declararon ser desertores del ejército de Gelón, del que revelaron dónde aguardaba a sus adversarios, las armas en pabellón, las caballerías almohazadas, él mismo espectador de todos los movimientos. Los enemigos a los que Amílcar quería derrotar, aseguraron, estaban todavía a unos ciento sesenta kilómetros al este, en las proximidades de Mesina.
Confiando en aquella información, aceptado el desafío de la oportunidad, llevado por el deseo de aprovechar la ventaja que inesperadamente había adquirido, optó el cartaginés por atacar la estratégica ciudad que tenía frente a sí, primera entre las de aquella costa. Ordenó que todo el ejército cruzara el río desde una orilla a la otra, sin pérdida de tiempo, sin esperar a que las cuatro divisiones del cuerpo expedicionario que dirigía estuvieran reagrupadas, a pesar de que durante aquella operación cada una de ellas, cuando recorriera el valle, quedaría durante algún tiempo al descubierto. La premura por aprovechar la ventaja adquirida por la delación permitía sacrificar la mutua protección que los cuerpos de su ejército debían darse.
Eligió Amílcar Trabia como lugar adecuado para abordar el río, una posición al noroeste de la urbe fortificada que pretendía rendir, también idónea para instalar al otro lado su campamento. Mientras que la primera división ya atravesaba la llanura más allá de la orilla opuesta, una vez cruzado el vado, la segunda a punto estaba de pasarlo. Las otras dos avanzaban mucho más al oeste, tanto que en aquel momento, desde la posición elegida por el comandante de la tropa, ni se divisaban todavía. La prudencia que la contienda por momentos próxima recomendaba fue sin embargo preterida.
La primera división se detuvo en el lugar previamente elegido para acampar. Estaba el general aguardando a que llegaran las divisiones restantes, para ordenarlas para el combate y emprender a continuación el asalto, cuando de nuevo fueron capturados dos espías, esta vez siracusanos, en las proximidades del sitio donde ya se levantaba el campamento cartaginés. Era la primera hora de la tarde, cuando el sol quema los cuerpos y las alimañas buscan refugio bajo las piedras. Torturados a palos, revelaron informes inesperados y alarmantes. Tras haber reunido un poderoso ejército, reclutándolo por toda la isla, Gelón lo había concentrado al otro lado de Hímera, al sureste y por debajo de su cota, y allí oculto aguardaba los movimientos que Amílcar ordenara.
Reprendió severamente el general cartaginés a los oficiales encargados de la exploración del campo, que tan mal le habían servido, pero no tuvo más que afrontar con decisión y premura el inesperado y desfavorable cambio de los acontecimientos. Ante la amenazante posición del enemigo, que auguraba un inminente enfrentamiento, urgió a su comandante y a otro mensajero, en veloces corceles subidos, para que fueran en busca del resto de las tropas cartaginesas. Debían apremiarlas a que avivaran su avance.
Con un sorprendente dominio de sus movimientos, sabedoras con toda probabilidad de que habían sido descubiertas, las tropas siracusanas modificaron su posición al sur de la ciudad, y sin pérdida de tiempo tomaron la iniciativa. Cruzaron el río por otro vado, por debajo del que estaban utilizando los cartagineses, y de esta manera envolvieron y cortaron la llegada de la segunda división, a la que atacaron. No estaba preparada para hacer frente a enemigo alguno, marchando aún sobre las aguas como estaba, aun avisada de la proximidad del siracusano que estuviera.
Observaba Amílcar, desde el alto que había elegido para dirigir los movimientos de las tropas, las acosadas y las enemigas, ya subido en su caballo y con sus armas prestas. Ante sus ojos, la segunda división estaba siendo fatalmente castigada por el flanco descubierto y en desorden huía hacia el campamento que el general guardaba. Sombrío, en silencio, meditaba el fatal desenlace que sobrevendría de no cambiar el signo de la contienda. No tuvo más que precipitarse en la desigual batalla de la que hasta entonces solo espectador era. Sin perder un instante, su guardia personal siguió sus pasos y secundó sus heroicas acciones. Frente a ellos se batían dos mil quinientos jinetes siracusanos, entre los que consiguieron abrir brecha.
Desprotegido el campamento cartaginés a causa de esta precipitada acción, detenida la división que llegaba antes de alcanzarlo, quedó aquel a merced de las tropas enemigas. Mas no supieron aprovechar la ventaja que así se les ofrecía. Demoraron en exceso el comienzo del saqueo. Cuando por fin lo decidieron, un inesperado contingente de reclutas cartagineses, procedente de la costa de Panormo, al noroeste, las sorprendió.
En el transcurso de la refriega imprevista se hizo visible a los combatientes un hombre con apariencia y equipo de campesino, al que una parte de ellos, a la que debió parecerle familiar, empezó a llamar Hannón. Carecía de las armas que a los infantes distingue, y en su lugar manejaba con una destreza inusual un arado, tomado por la esteva, ahora trazando círculos a su alrededor, que impedían a los enemigos acercársele, ahora blandiéndolo como una poderosa maza. Tras deshacerse, gracias a tan infrecuente manejo del artefacto, de muchos enemigos, a los que ultimaba hundiéndoles la afilada reja en el pecho, de la misma imprevista manera que había comparecido desapareció.
Tras tan oportuna intervención, aun cuando los siracusanos habían terminado por penetrar en el campamento cartaginés, de ningún modo consiguieron destruirlo, menos aún convertir en victoria lo que de antemano podía haberse asegurado que un éxito sería. Al contrario, la lucha abierta en la llanura se prolongó durante varias horas, y la batalla se estuvo decidiendo entre los dos cuerpos de caballería enfrentados, mientras Gelón contemplaba la escena desde lejos, incapacitado para socorrer a los suyos, con rostro sereno, solo por el orgullo del que el soldado se nutre mantenido.
Finalmente, los cartagineses vencieron. Los siracusanos que no habían sido muertos fueron desplazados hacia el cauce del Hímera, y con él a sus espaldas cercados. Del resto de hombres que sobrevivía, parte conservada de los dos mil quinientos jinetes que la batalla habían iniciado, un buen número pereció ahogado en las aguas del río. Muchos fueron los valientes guerreros de Siracusa que dejaron la vida en el transcurso de aquella batalla. Tan abnegados llegaron a ser que tales héroes recibieron, como reconocimiento de sus encarnizados enemigos, que su memoria fuera conservada por el único relato posible de la jornada, para que la posteridad supiera de su arrojo y los tuviera por legítimos dueños de la gloria.
Las pérdidas cartaginesas no fueron menos graves. Pero los textos han silenciado cualquier nombre distinto al de Hannón, héroe de aquel imprevisto encuentro. Como su comparecencia, su empleo y hasta su desaparición militaban a favor de un prodigio, los cartagineses acordaron consultar a los dioses por tan singular contribución a su victoria. Nada quisieron responderles sobre la portentosa personalidad de quien algunos habían llamado por aquel nombre, el más rudo de los combatientes hasta entonces visto por los cartagineses. Pero les ordenaron que en lo sucesivo, mientras Cartago sobreviviera, lo honraran como héroe.
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