Pérdida funesta

Telmo Dubonet

Habían pasado una de sus jornadas festivas, luego de que cuando amanecía, aún los dos amándose bajo las sábanas, su hija saltara sobre ellos y los interrumpiera cuando ella ya se disponía a cabalgar sobre él. Fueron de compras, comieron en la calle, celebraron que al día siguiente no había que ir a trabajar. Nadie sabe cómo terminaron en una casa de apuestas, las filas de butacas como las de los antros donde los chinos juegan a la bolsa. En la pizarra, un responsable, que tenía todo el aspecto de un profesor de latín al que nunca quiso, exponía los resultados de la quiniela de fútbol, de la que ellos tenían su resguardo. Explicaba que la apuesta que ellos tenían en la mano había sido múltiple y combinada, y sobre la pizarra especulaba con los resultados, e invitaba a los asistentes a que los siguieran cada uno con su resguardo.

No entendían nada de lo que aquel hombre decía, tal como si estuvieran oyendo a un profesor de latín. Pero se confiaron a sus deducciones. Resultó que la apuesta colectiva había ingresado una importante cantidad. El responsable, sobre la misma pizarra donde había presentado los resultados, hizo los cálculos de lo que tocaba a cada uno de los que habían jugado el mismo boleto. Tocaban a poco más de dos euros cada uno. Se levantaron decepcionados y se fueron.

Tampoco se sabe cómo se hicieron con un lote de figuras de un belén, completo, suficiente para montarlo. Perfecto para deleitar a su hija. Lo metieron en una caja y se encaminaron a casa.

Cuando llegaron a la plazoleta que formaban los tres bloques de la urbanización donde vivían, les avisaron que en la parte de atrás había desechos de madera, restos de muebles, que bien podrían servirles para soportar y decorar el belén. Pidió a su mujer que lo aguardara y fue a verlos. Eran listones lo bastante escuadrados y tablas bien conservadas. Eligió una, no demasiado larga, robusta y ancha, que podría servirle como soporte de la escena, aunque tenía un defecto. Aún mantenía una buena porción de puntillas clavadas, unas retorcidas, otras sobresalientes y amenazantes.

Soltó la caja con la figuras y se puso a la tarea de sacar de la tabla las puntillas. Un martillo que había en una caja de herramientas abierta junto a las maderas le facilitó la tarea. Otros dos hombres habían llegado y se ocupaban en lo mismo que él. La tarea era complicada. Unas puntillas se habían mantenido rectas y se podían extraer con facilidad golpeándolas por la punta, en el sentido inverso al de los golpes que las habían embutido en la madera. Pero otras, con el ir y venir de las maderas, su acumulación desordenada, se habían retorcido. Era necesario levantarlas con las orejeras del martillo, enderezarlas y, una vez medianamente recompuestas, golpearlas con cuidado de que no volvieran a torcerse.

Pero todo el tiempo que se tomó en completar aquel trabajo valió la pena. Consiguió dejar limpia la madera, aunque mantuviera algunas de las huellas más hondas que las puntillas habían dejado.

Con el tablón bajo el brazo, fue a recuperar su caja de figuras. Había desaparecido. Preguntó a los otros dos hombres que se movían entre los restos de maderas. “Ah, ¿era de usted la caja?”, preguntó uno de ellos, el del pelo cano, mientras el otro, moreno, los miraba. “Claro”, le respondió. “Pues está en uno de los coches. Venga.”

Reparó entonces que ambos vestían levitas negras y chisteras. Quien le había respondido lo llevó hasta los coches, los dos grises, del tipo ranchera, y abrió la puerta trasera de ambos, mientras el otro los acompañaba expectante.

Cuando Odescalchi volvió su mirada a lo que contenían los dos coches encontró que no tenían asientos traseros, que estaban tapizados en gris y que cada uno contenía un ataúd. “No recuerdo en cuál de los dos lo puse”, le dijo el hombre del pelo cano. “Lo que sí recuerdo es que quedó cerca de la mano. Busque, busque usted mismo.”

Renunció al belén aquel año, y en los sucesivos tampoco los habría en su casa. Bastaría con un árbol de navidad.