Una gran explotación
Publicado: junio 13, 2017 Archivado en: Silas Roberto | Tags: agraria, economía Deja un comentarioSilas Roberto
El siguiente documento describe con una precisión poco habitual una gran explotación moderna.
No está fechado. Pero hay una versión simplificada de la misma imagen, de 1751.

(Corresponde a la microfilmación realizada por el CECOMi sobre las Respuestas Generales depositadas en Simancas e individualizada por pueblos según el Catastro)
El autor de esta versión, al igual que el del primer documento, afirma que la dimensión de ese espacio era, de levante a poniente, media legua; de norte a sur, un cuarto; y de circunferencia, legua y media. La concordancia de forma y dimensiones es suficiente para fechar la primera imagen, la descriptiva, con bastante precisión. Es muy probable que corresponda a mediados del siglo XVIII.
Las descripciones que contiene, así como la información que las complementa, invitan a revisar algunas de las características que entonces distinguían a las mayores unidades de producción, las más codiciadas, las que cargaban con la responsabilidad del crecimiento económico, una ingeniosa manera de explicar las conquistas del trabajo. Para quienes la aceptan, tiene la gran ventaja de que centrifuga el remanente de la riqueza sin perjudicar al beneficio y satisface a quienes lo rentabilizan.
En la zona donde estaba localizada, inmediatamente al oeste de la capital de la región, a la gran explotación preferían llamarla hacienda. Cuando se trata de unidades producción del rango más alto, es una denominación intercambiable con la de cortijo, más frecuente cuanto más al este se observe el fenómeno. Ninguna de las dos afecta a su contenido genuino, la tierra y su compleja dedicación, aunque es cierto que se prefirió llamar hacienda a las explotaciones cuya dedicación preferente terminó siendo la producción de aceituna y cortijo a la que se destinaba en primer lugar a la producción de trigo.
Como la imagen permite saber, en este caso la voz hacienda además tiene un sentido restringido. Se refiere precisamente al edificio principal de las tierras concentradas, de la cual a la derecha se traza su planta y abajo la vista del alzado de su mejor fachada, la del lado sur. Situado en el centro de la explotación, era un complejo organizado en torno a un par de patios, uno anterior, tal vez relacionado con las actividades productivas, y otro posterior, quizás doméstico. Anexas, tenía acotadas tres áreas, quizás corrales, y en la fachada principal se levantaban dos torres que jalonaban la entrada, muy probablemente concebidas para que contribuyeran a los contrapesos de las prensas de los dos molinos construidos en el cuerpo del complejo que reproduce el dibujo del alzado.
Los dueños no residían en la explotación. Vivían en la capital, aunque dadas las características del edificio es posible que lo ocuparan durante una época del año, como residencia para el descanso. Es posible además que en el cuerpo anterior estuviese concentrado todo el hábitat de la explotación, en la que residían de manera permanente al menos cuatro familias, aunque las casas disponibles eran nueve, todas del dueño de la explotación. Tal vez una de ellas fuera la de don Juan Bruno de Ortega, quien en la información escrita se identifica como labrador. Es posible que la explotación, en aquel momento, le hubiera sido cedida en arrendamiento y que hubiera decidido residir en ella. La proximidad de un buen número de pequeñas poblaciones, hasta siete, no haría muy diferente la residencia en un núcleo de la plenamente rural. Otra debió ser la del hortelano, Andrés García, y otra, la de José Jiménez, quien se declara trabajador del campo. Por otra parte, un mayordomo gestionaba la hacienda y en ella había un guarda.
Sus amos la poseían como heredamiento, según una parte de la información escrita, mientras otra dice que se trataba de un donadío. Sin entrar a discutir el valor que para la residencia de ellos pudo tener cualquiera de estos atributos, cuyo origen legal se remontaba a quinientos años antes, lo que da sentido a cualquiera de las dos calificaciones en el momento del que se trata es que disponen del bien como juro de heredad. Habían ganado la capacidad de transmitirlo sin renunciar al dominio que hubieran acumulado sobre él desde que estuviera bajo su poder.
Como era habitual entre las familias de su rango, el mayorazgo se había encargado de perpetuar la cadena de las transmisiones. Pero los atributos que, con el paso de los años, habían añadido al poder sobre la tierra elevaban su calidad y hacían más codiciable el derecho a transmitirla. Del señorío de la corona habían obtenido para ella las jurisdicciones civil y criminal, en tales condiciones que les permitían imponer penas a los delitos cometidos dentro de sus lindes, y en las causas civiles ejecutar las sentencias. Este poder judicial se ejecutaba mediante la tolerancia o capacidad para nombrar directamente los cargos de la administración de justicia. Con un alcalde ordinario era suficiente, porque no se trataba tanto de asegurar la justicia entre una población elástica, dependiente de las fases del trabajo agropecuario, cuanto un medio que permitía, una vez reguladas unilateralmente las penas pecuniarias por el titular del dominio, ingresar unas rentas más estables y extensas que las que permitía la servidumbre personal. No obstante, como esta no se había extinguido, el vasallaje tal vez sobreviviera en los derechos cobrados a cambio de la ocupación de las casas que los activos del campo ocuparan en el edificio de la explotación. Aunque lo que en sus límites tal vez les proporcionaran los mejores ingresos fueran las alcabalas, otro derecho sobre vasallos adquirido al señorío la corona para sumarlo a los ya rentables atributos que había ido acumulando aquella tierra. Entonces las alcabalas, o rentas deducidas a la circulación de bienes, sería un ingreso nada despreciable en una explotación como aquella, del primer rango, dada la gama de productos comercializables que proporcionaba. Además, había ganado el derecho de cerramiento para una parte de las tierras de la explotación, lo que al tiempo que incrementaba su valor limitaba los derechos comunales.
Era una unidad de explotación extensa. Su tamaño, según los testimonios escritos, alcanzaba las 1.550 unidades de superficie. Su dedicación productiva principal, tal como era regular en estas grandes unidades, era lo que en el lenguaje del momento se llamaba sementera o sembradura de secano. Ocupaba 240 de aquellas 1.550 unidades de superficie. La instantánea permite deducir algunas de sus características, tanto de localización relativa como de calidad. Eran las tierras a un lado de la hacienda entendida como edificio central de la unidad de explotación, el oeste. El río era su eje, y hasta sus dos orillas llegaban las tierras de mayor calidad, que el autor del plano, aludiendo a su topografía y a la categoría de su suelo, identifica como vega. Pensando en su dedicación las llama tierras de labor. Tanto su emplazamiento como su extensión, marcada en el dibujo por una línea discontinua, las tenía claras el dueño. Su régimen de producción sería relativamente intenso. Es probable que esta fracción se cultivara solo con trigo y cebada según una frecuencia que se podría resumir con dos tipos. Las más potentes tal vez se cultivaran interrumpidamente, año tras año, y las demás producirían dos de cada tres años.
Hacia levante, el resto del espacio de labor en el plano se identifica con el regionalismo tierra calma, deformación de la expresión castellana tierra campa, el nombre que se daba a la tierra roturada que se había desprovisto de cualquier vegetación que pudiera competir con el cultivo al que, una vez preparada, se dedicara. La denominación regional tierra calma había ganado un matiz valioso para identificar el régimen de cultivo de esta parte de las tierras. Se aplicaba específicamente a la tierra que se barbechaba. En esta explotación era la tierra de menor calidad relativa, dentro de las de cultivo herbáceo regular. Actuaba como reserva cíclica, a la que se recurría con un periodicidad bienal, para obtener una cosecha en dos años, en cualquier caso en una cantidad dictada por las oportunidades de hacer negocio con el grano. Cuando la tierra calma era de la mejor posible, además de sembrar trigo y cebada en la parte activa, en el barbecho se sembraban de manera muy flexible arvejones, garbanzos, habas y yeros. En las de menor calidad solo se sembraba trigo.
El olivar era el otro gran cultivo de la explotación, al otro lado del edificio central, el este, donde ocupaba un espacio continuo, una superficie que se puede estimar en otras casi 200 unidades. Se trataba de olivar hecho, en plena producción, a excepción de una modesta parcela al norte, ganada a la tierra de labor, que el autor del plano llama estacada, lo que permite interpretar que había sido plantada recientemente y aún no era productiva. El estaconal se habría plantado siguiendo algún método, ortogonal o al tresbolillo, mientras que el olivar consolidado, más antiguo, estaría desordenado. La proximidad de esta decisión es una buena prueba de la fase expansiva que estaría conociendo el cultivo.
Inmediata al camino, en el límite oeste del área ocupada por los olivares, sobrevivía una parcela de viña, cuya superficie la imagen amplía, probablemente con el deseo de enfatizar su presencia en la explotación, junto a la hacienda. La información paralela estima que ocupaba solo una fanega. En ella había una pequeña edificación, a la que se podía entrar desde el camino, probable resto de la entidad que en otro tiempo pudo tener la explotación de las viñas en aquellas tierras. Pudo ser el centro de los trabajos de aquella parcela.
Al sur del área de los olivares estaba localizada la parcela de huerta, despensa viva, algo habitual en esta clase de unidades de producción, reservada al consumo de quienes trabajaban en ella. Si se compara con la que representa la viña, se llega a la conclusión de que en este caso la imagen deben ser solo tópica, localizadora de la superficie considerada genéricamente huerta. Según la evaluación escrita, ocupaba algo menos de doce fanegas, sumando el espacio ocupado por hortalizas y el de los frutales, que se dispersarían al azar por toda ella, por no ser regular plantarlos a los márgenes. Las especies frutales que tenía plantadas eran almendro, ciruelo, damasco, encina de huerta, granado, higuera, membrillo y peral. Era la única área regada de la explotación. Observada la distancia que la separaba del río, se puede pensar que aprovechaba un alumbramiento subterráneo de aguas, con pozo, noria y alberca reguladora del consumo diario de agua.
El resto del espacio de la explotación, en la imagen, son las dehesas, una en el extremo de levante, y la otra, la mayor, en el confín de poniente. Las dos eran un espacio ocupado por montes y pastos, un complejo vegetal que hay que suponer formado con áreas de bosque integral, otras del llamado monte bajo y otras en las que predominaría la vegetación herbácea, en proporciones que no es posible precisar. Ni el estado en que se encontraran sería irreversible ni su evolución sería lineal. El bosque tanto podría degenerar como recuperarse, según evolucionaran los planes del señor, que solía reservarse los derechos sobre el bosque, o los intereses de la casa que explotara las tierras, si tuviera capacidad para roturar. En aquel momento, según la información escrita, se había segregado una parcela para crear un pequeño bosque alóctono de pinar, que ocuparía unas 50 unidades de superficie. La demanda de la madera de pino para la carpintería de ribera incentivaba estas decisiones.
Aunque en la imagen su dimensión relativa parece menor, si hacemos los cálculos, y seguimos el rastro de la información escrita, las dehesas ocuparían algo más de 1.100 unidades de superficie, unos dos tercios de toda la explotación. Al autor del plano debió parecerle poco oportuno expresar con más exactitud sus dimensiones. Su idea de lo que tenía que contener un plano parece más inspirada por el trasunto del valor relativo de cada área, de manera que el dibujo fuera más expresivo del peso específico que la renta de cada uso del suelo podía proporcionar a quien lo explotaba.
De toda la superficie de las dehesas, algo más de dos tercios estaban acotados o cerrados, en ejercicio del derecho adquirido por el dominio. En aquellas casi 800 unidades de superficie la reserva de pastos era absoluta, y efectivamente de ellas solo se explotaban los pastos, un aprovechamiento ganadero que estaba reservado con preferencia a la cría del ganado vacuno, la única especie que las dehesas de aquella explotación mantenían. De las algo más de 300 fanegas restantes se obtenía bellota, el subproducto que se sacaba del escamondo o limpieza de los árboles y leña, y en alguna parte de ellas habría colmenas, porque a través de los textos se documenta positivamente que la explotación producía miel y cera.
Las grandes unidades de explotación de la época eran complejas. Acumulaban grandes cantidades de tierra y la gama más amplia posible de aprovechamientos del suelo con los procedimientos agropecuarios vigentes. No eran brutales plantaciones sometidas a un estricto régimen de monocultivo. Su producto era todo lo diverso que las demandas del producto alimenticio aconsejaban, pero en ellas regía un claro orden jerárquico del destino que había que dar al suelo, a cuya cabeza estaba la dedicación al trigo, que dictaba un tiránico orden de aprovechamientos en su beneficio, porque el beneficio que proporcionaba inmediatamente era el más alto posible. Cualquier otra iniciativa, que no estaba excluida de antemano, le estaba sometida.
Su orden interior expresaba esa prevalencia. Así como el río, vía de comunicación natural que conectaba los espacios más allá de los límites que impusiera el dominio, hacía de eje de las tierras de labor; la totalidad del espacio analizado estaba integrado por una línea artificial propia, perpendicular al río, el camino que la atravesaba en sentido longitudinal, de este a oeste. Su trazado y su posición, como un eje vertebral, ordenaban sus movimientos interiores. Gracias a él, el edificio de la hacienda, tal como lo localiza el plano, tiene una posición, aunque algo escorada a favor de los cultivos arbóreos y arbustivos, matizadamente central con respecto a todo el espacio que ocupaba la explotación, una posición decisiva sobre todas las tierras, la que equilibraría los movimientos internos.
Aquel orden del espacio pone al descubierto el papel que le estaba reservado a las dehesas. Basta observar su posición relativa para considerarlas la parte marginal del complejo productivo. Pero el tamaño relativo que en este caso tienen, unos dos tercios de la explotación, revela a qué grado llegaba la marginación de las tierras en las grandes unidades de explotación y qué importancia podían llegar a tener. Como la imagen demuestra, el fenómeno no parece determinado por la calidad del suelo, sino por su posición respecto del centro de los movimientos dentro de aquella unidad de trabajos. Serían la reserva marginal interna organizada. Sobre ellas no cargaban más límites que las obligaciones comunales, las mismas que recaían sobre cualquiera clase de tierras, cualquiera que fuese su titularidad.
Las grandes unidades de explotación trabajaban a favor del desierto. Las poblaciones radicadas en ellas eran las imprescindibles para mantener, por cesión vía arrendamiento, el dominio sobre el espacio. Esas decisiones, que dependían de quienes eran sus titulares, dejaban un amplio margen de libertad a quienes decidían hacerse responsables de su empleo productivo. De ellos dependía el empleo anual de suelo, la generación del producto, el consumo de trabajo y el reparto de la renta entre todos los interesados en que aquel orden sobreviviera.

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