Informes de Hilario Carson el retórico
Publicado: mayo 26, 2020 Archivado en: Severo Canseco | Tags: historias Deja un comentarioSevero Canseco, documentalista, ed.
1.
He identificado a Genaro. Es un hombre singular. Desde su nacimiento está cargado de lastres, tantos que le impiden caminar, hablar de manera inteligible, articular las manos, salvo para engarfiar lo que queda al alcance de sus brazos, que hasta hoy mueve bien.
A primera hora de la noche, cada día, a la puerta de una bodega de muchas botas y poco embotellado, celebra su supervivencia, siervo de su soledad, con la mano izquierda parcialmente contraída, los dedos del centro lo bastante ágiles para mantener la copa en una posición que evite la versión de su contenido, un gesto para el que, según he podido averiguar, gracias a la legión de sus compadecientes, pronto se mostró hábil.
Su madre, nacida en Cambados, hija de un minero proveniente de Mieres, fallecido joven a consecuencia de la silicosis, lo que a su viuda le granjeó una peluquería remuneradora de su silencio, aparte la pensión, le entrega la vida. Suple todas sus carencias; las del aseo, cualquiera de las relacionadas con la alimentación, y por supuesto las del movimiento, que satisface y sobrepasa empujando la silla de ruedas durante las horas que sea necesario, incluidas las que dedica a la bodega, sobre las que su juicio es altamente reprobatorio. No cree que deba envenenar su sangre con graduaciones inmoderadas de vinos criados con soleras. Tomar el aire en el parque, observar a los transeúntes ausentes, divertirse con los dueños de perros insensatos que los miman, serían para él, en su opinión, buenos recursos espirituales, suficientes para proporcionarle el equilibrio que la vida sedente necesita, tal como el peso muerto que mantiene su silla recta.
A la tercera copa (apúntamelo, le dicen los parroquianos a Damián, el impasible montañés encargado de la bodega) comienzan las deudas. El crédito que el tabernero les permite parece que le ha revelado a Genaro un mundo tenebroso, más que el fondo de sus perspectivas vitales. “Necesito trescientos”, le proponen al hombre cuando, ya serenos, a primera hora del día siguiente a la penúltima, los deudores vuelven a la bodega con más buena voluntad que algo con que saldar lo que les sigue apuntado. Genaro cree que el bueno de Damián se expone innecesariamente al riesgo de los impagos. “No tendrá otra solución”, ha debido anotar para sí. Se habrá visto en la obligación de actuar así con los morosos si por lo menos quiere mantener la esperanza en ingresar algo, imagino que se dice.
Sin embargo, por lo que comentan sus colegas de la última hora, sus más fieles, ha deducido que traficar con cantidades modestas a Damián le da seguridad, e incluso, para la mayor parte de las veces, que le parece preferible comprometerse confiando en quienes le piden cifras insignificantes. Con todos acuerda plazos para la devolución largos, flexibles y, al mismo tiempo, severos. Nadie pronuncia palabra, ni hay apretón de manos ni interés declarado. Rubrican con los ojos, más rigurosos que la lengua de los hotentotes (que, hasta donde sé, carece de asíndeton, prosopopeya y hasta de la muy excelente macrología, entre otras vanidades contaminantes de las expresiones magmáticas que cada lengua ingenia).
Pero, una vez cerrada la taberna, en la habitación que tras la barra aísla una cortina, por si la palabra que no es posible oír, y las miradas rubrican, no fuera eficaz; por si los plazos comprometidos vencieran, o cualquiera de ellos, sin que el deudor hubiera hecho la devolución del dinero, el tabernero les hace firmar un documento que él acepta trazando al pie un aspa que solo él reconoce como propia.
2.
Ayer enterraron a Tina, una madre consumida por su abnegada entrega a quien veía (y, de haber vivido, mucho tendría que ver) tan restringida su existencia. Todos han lamentado que el pobre Genaro, a partir de ahora, quede expuesto al riesgo de quedar abandonado a una suerte fatal. La maldición con la que debe cargar su vida es suficiente para que, a cambio de su desvalimiento, reciba el reconocimiento de una inagotable conmiseración sin interés.
El desastre al que ha quedado expuesto su fragmento de vida a su hermano Martín, Martín Humano el lógico, lo ha conmovido lo suficiente como para hacerse cargo de él. No lo asea, tampoco le da de comer. Para satisfacer cualquiera de estas urgencias ha decidido contratar a una mujer joven, muy esférica desde cualquiera de sus múltiples puntos de vista, y prodigiosamente rubia, aun así amerindia pura, ante cuya asistencia Genaro, privado del habla, bajo la gorra que lo protege de los rigores del invierno, de las inclemencias del verano, de las miradas indiscretas de los que se sorprenden cuando lo miran sedente e inmóvil y no obstante engarfiando una copa, da muestras de aprobación con una mueca. Quienes lo conocen mejor están seguros de que se trata de una sonrisa.
El hermano se ha impuesto suplir con su esfuerzo sus otras necesidades de hombre inerte. Cada tarde, como su madre ha hecho durante años, empujando la misma incombustible silla de ruedas, lo acompaña hasta donde pueda una vez más alzar, la mano engarfiada, su copa de vino decantado por la bota de amontillado.
A Genaro la reiterada protección, que al mismo tiempo es insistente frecuentación de la misma taberna, la lucidez que le proporcionan los vinos de buena crianza le van permitiendo depurar las virtudes que para él, al tiempo que le ha negado tantas, la naturaleza ha reservado. Como quienes tienen que sobrevivir en la guerra, a los que el destino les otorga el valor como sucedáneo de la lucidez, comprimidos en un orden tan exigente y brutal como el que impone la abstinencia carnal al humillado clero, a Genaro, privado de la vida autómata, le ha conferido, por inspiración imprevista, la virtud del áspid financiero.
Valiéndose de la experiencia adquirida en la barra de la bodega, las horas de su soledad inmaculada, a partir de un momento incierto, al parecer las ha ido invirtiendo en meditar sobre el expansivo y fecundante círculo que pueden trazar las monedas y los billetes, y la inabarcable longitud del radio que llegan a tener sus imprevisibles ondas. De un tiempo a esta parte, concentra su atención en calcular qué podría hacer más rentables los acuerdos que hasta ahora solo ha visto comprometer en la excelente taberna, que por su gama de vinos, generosos y secos, por su colección de botas centenarias, donde escanciar según clase soleras, para que el mundo tenga todos los colores, el futuro, la más prometedoras de las remuneraciones sin proponérselo expresamente, ha ganado virtudes de bolsa, como el ágora o los casinos, el burdel o la timba, que conocen las propiedades del numerario casi tan bien como los bancos.
Para los créditos reservados a la habitación tras la cortina por el tabernero Damián se acuerdan compromisos entre acreedores y deudores, según ha podido saber, que se someten entre sí por razones no siempre racionales, tanto por su origen como por su residencia. El cruce de estos dos términos cierra un círculo peculiar. Aunque la red de relaciones que los compromete la tejen en el lugar donde ahora viven aquí, en el sur del sol, parte de un origen único, en torno a una lejana ciudad, King Candela le dicen, en donde antes de partir cada uno de los comprometidos, sea deudor o acreedor, dispone de la condición de vecino, lo que incluye que cualquiera de ellos dispone allí de patrimonio raíz. Tanto se puede cerrar el bien delimitado círculo del paisanaje concentrado en aquellas transacciones que incluso se puede aherrojar con la consanguinidad.
Ha sido suficiente para que haya presumido que la presión del cerco étnico incrementa el valor de las rentas que los emigrantes de las montañas todavía acumulan cuando vienen a trabajar al sur del sol. Una parte de las que obtengan, ha deducido, la invertirán en el crédito entre ellos. Así, si no aumentan el ingreso adquirido con su trabajo, porque no le consta que unos a otros se cobren intereses, aseguran su preservación, una actitud que tiene mucho de prudencia. El traslado a las montañas de King Candela del dinero ganado en el sur, que debe completar miles de kilómetros, en esta época de inseguridad está expuesto a toda clase de riesgos. Prestarlo a quienes son conocidos, tanto ellos como sus familias, será una buena manera de eludir los peligros y poder recuperarlo cuando lo necesiten.
Pero los originarios de King Candela y su tierra, ha sabido después, en la habitación tras la barra comprometen cláusulas que solo rigen entre ellos. Además de someter a la devolución a sus personas, lo que si las cosas no van bien debe solucionarse a costa de su libertad, algunos deudores arriesgan en la transacción los bienes que llegan a adquirir en el lugar a donde por temporadas vienen, donde residen de manera precaria. Como si los apostaran en una partida de cartas al descubierto. Por eso sus movimientos de ida y retorno, tan inexorables como los de un péndulo, contando con este horizonte, elijarán siempre como punto de destino el sur del sol, tan definido como estable es el de partida, donde cuando menos algún arraigo ganan. Sin embargo, otros se ven forzados a más, hasta verse en el trance de tener que hipotecar todo lo que les pueda corresponder de todos los bienes que en King Candela lleguen a ser herederos, sean tierras o casas.
Al fondo de la red solidaria que cada día urden, aunque lo pretendan, no han podido evitar, al menos para Genaro, que quede al descubierto que sus préstamos son en realidad una aspiración a adquirir derechos sobre el patrimonio del deudor, sea el de su lugar de origen o el ganado en el lugar al que han inmigrado; una táctica tras la que se perfilan unos hombres de medios tan limitados en donde tienen su origen que transitoriamente deben trabajar en el sur, no obstante sólidos, aferrados a esta condición, limitados por la desconfianza y permanentemente armados con astucias tan afiladas como colmillos de serpiente.
Valiéndose de las garantías que unos a otros se dan, a veces los acreedores ingenian e imponen maneras de saldar sorprendentes. Por un deudor, en la taberna, porque lo dijo para que todos lo oyeran, ha sabido que las cantidades que en dos ocasiones su sobrino le había prestado, para hacer frente a algunas urgencias que había tenido, tan perentorias que sumaban una cifra que triplicaba las que habitualmente concede el tabernero, ya se las había devuelto. Y que sin embargo, por el mucho cariño que a su sobrino le tenía, dado el cuidado especial que con él había tenido siempre que lo había necesitado, además de estarle muy agradecido, por su propia voluntad días antes le había donado su participación en el negocio en el que había invertido en donde ahora está residiendo, aquí, en el sur dorado, una tierra sembrada y en plena producción, de la que le correspondería una centésima parte. Aquel mismo día, al sobrino, horas más tarde, en el mismo lugar, otros le oyeron decir que ya se había dado por pagado de las cantidades que le había prestado a su tío, y que le estaba muy agradecido por la donación que le había hecho y el mucho amor que demostraba tenerle. No ha tenido que hacer mucho esfuerzo Genaro para deducir que tan grato regalo, dijera lo que dijese cualquiera de las partes, ha sido el pago de la deuda que el tío había contraído, y que de su cruce con un préstamo nunca devuelto el híbrido ha nacido en realidad es una simple permuta de bien por dinero, como en todas las compraventas.
3.
En secreto, Genaro ha decidido concederse más tiempo para reflexionar sobre los préstamos que entre candelarios, tras la barra de la bodega, acuerdan. La consecuencia ha sido que ha incrementado aún más su presencia en la taberna, tanto que su hermano Martín no ha podido soportar la intensidad de consumo de vino con que las rémoras de Genaro, a consecuencia de una arcana ley de las compensaciones, han sido satisfechas. Ha hecho todo lo que ha estado a su alcance para equiparar su velocidad de ingestión de manzanilla en rama, brava y masculina, aconsejado por el deseo de que no se sintiera menospreciado. Su corazón ha estallado apenas transcurridas seis semanas desde el momento en que tomó a su cargo la tutoría del incapacitado. Hoy, a esta hora, de nuevo amenaza la supervivencia de Genaro el trágico cuerpo en el que vive encerrado desde el principio de sus días. Pero creo que aún no ha llegado para él el momento en el que le sea dictada la sentencia definitiva.
Uno de los deudores de uno de los créditos entre provenientes de King Candela ha muerto ayer. Era de una población a pocos kilómetros al norte de sus montañas. Él y dos coterráneos al menos habían formado un grupo. Habían venido sin sus familias al sur, para trabajar en la recolección, y tomado una vivienda juntos. Los compañeros del que ha muerto, a través de consulado interpuesto, le han comunicado la noticia a la viuda, quien ha autorizado a uno de ellos para que sea el albacea de su piedad.
Estaba a punto de cumplir con su obligación cuando la autoridad judicial ha intervenido a causa del crédito que el difunto había comprometido, una vez que la contraparte le ha presentado el documento que había firmado en su favor. Han actuado los representantes de la justicia de acuerdo con el procedimiento que en estas circunstancias es obligado. Los compañeros del difunto, previo pacto, han decidido actuar solidariamente. Todos han comparecido ante ella con una declaración idéntica que ha permitido satisfacer las exigencias del procedimiento para resarcir el crédito.
Pero en el transcurso de las averiguaciones judiciales se ha sabido que otro deudor, que se identifica también como trabajador temporalmente venido al sur de los rayos implacables para la recolección, al mismo tiempo es beneficiario de una parcela de tierra cuyos ingresos estaba en trance de perder a causa del impago de la deuda crediticia que por su parte había adquirido. La actividad que lo califica es tan dependiente de los contratos de temporada como todas las que son aludidas con la misma palabra que se aplica a todos los que se empelan en el mismo trabajo, y, por lo que su procedencia permite suponer, la condición personal que para ella lo faculta es semejante a tantas con el mismo origen. A la autoridad judicial le ha aconsejado prolongar sus indagaciones comprobar que había acordado el disfrute de aquella parcela en marzo.
Para fines del invierno el ciclo germinativo de los cultivos en los que había de emplearse estaba ya muy avanzado, si no a punto de concluir. El espacio que se puso a su disposición desborda con creces la más exigente de las expectativas de tierra de quienes llegan al sur. No tendría mucho sentido hacerse cargo de ella entonces. Salvo que el acceso al espacio productivo estuviera siempre abierto para algunos de los que llegan de fuera con el fin de emplearse en la recolección. Si se comprometen a tener una parcela cuando queda poco tiempo para siembra, germinación y madurez del fruto que pudieran proyectar, es obligado pensar que solo estará a su alcance el recurso a cultivos de ciclo tan corto que sean compatibles con la recolección. Tendrán que ajustarse, en el más optimista de los supuestos, al tiempo transcurrido entre fines de la primavera y el verano, un tiempo durante el cual cualquier planta se agostaría. No es verosímil. Solo se podría admitir que la parcela, para ser viable como explotación, tendría sembrarse, como muy tarde, a principios del año natural, en cuyo caso el vínculo con el recolector que la tome tendría que haberse originado como muy tarde a comienzos del invierno, unos tres meses antes de lo que en este caso demuestra. Porque si quien la toma se propusiera prepararla para el año siguiente, porque el tiempo del que dispusiera se lo permitiera, su vínculo con la inmigración contratada para recolectar, que es estacional, tendría que incluir un desplazamiento episódico, de King Candela al sur, de mayor duración que el tiempo máximo que se puede dedicar a la recolección.
Interrogado por el juez un candelario que actúa como encargado de una explotación de frutos, le ha proporcionado una pista más segura. A cambio de su trabajo, como parte de su remuneración, recibe una parcela de dos hectáreas. La población laboral que mantiene el vínculo de temporada con los dueños de los cultivos que recolecta, sus contratantes, también puede intercambiar su trabajo con el cultivo en un trozo de tierra de una especie distinta a la que había justificado que su trabajo fuera requerido. Así pues, las condiciones de su contrato de trabajo, que obligaría a mantenerlo ocupado por encima del máximo de los cuatro meses de la recolección, confirman que a los empleados en aquel cultivo que sean inmigrantes les permiten acceder a la parcela no necesariamente solo en las épocas de mayor oferta de trabajo.
Aunque nada impide que un inmigrante pueda ejercer su trabajo bajo las condiciones de la inestabilidad más alta posible, las limitadas a la recolección, parece, tal como indican este y otros casos más explícitos que el incansable juez sigue instruyendo, que el intercambio de trabajo por una parcela se concentra en la parte de los trabajadores que es más estable, o cuyo vínculo con el amo es más duradero. Todo eso convertiría definitivamente en un contrasentido la posibilidad de que la parcela se utilice para recompensar a los inmigrantes que se ocupan solo en la recolección, los que acuden en masa a la oferta de trabajo corta e intensa concentrada en el momento decisivo del ciclo anual.
4.
El empeño del juez Osborne, severo e incorruptible, sensible y condescendiente con las debilidades, su persistencia en la prosecución del caso del inmigrante difunto, han conseguido encontrar una manera bastante satisfactoria de explicar toda esta extraña concatenación. Tanto el deudor que no había conseguido hacer frente a los impagos como el difunto que había sido protegido por sus compañeros aun después de su muerte, quizás no tanto a su esposa, se habían afincado transitoriamente como mozos de posada, y como tales el juez los ha reconocido.
Al ser aceptados legalmente bajo la condición de mozos, su hospedero ha dado por supuesto que eran solteros o que vivían solos. Desde luego que, aunque no todos fueran solteros, la distancia, y que se desplazaran solos o en grupos solidarios, compuestos exclusivamente por hombres, no solo les permite aparentarlo, sino que a efectos prácticos pueden actuar de manera equivalente sin que nada se lo impida. Y al radicarlos en posada o casa ajena en la manera de declarar su localización ha incluido la condición de que son residentes transeúntes, y por tanto inmigrantes que se alojan temporalmente en el sur acogiéndose a los espacios disponibles en el hogar que les ha ofrecido.
Los mozos de King Candela no dejan mucho margen al juicio que sobre su condición laboral y sus obligaciones pudiera hacerse. Para la práctica totalidad de los que ha descubierto que residen en posada o casa ajena, el juez Osborne ha dejado establecido, por lo se puede averiguar, que su vínculo laboral está más cerca del momento de máxima concentración de trabajo que de la demanda de actividad humana durante todo el ciclo. En su mayor parte son sin duda inmigrantes que acuden al trabajo estacional de la recolección.
Pues bien. Estos mozos de posada también se hacen responsables de pequeñas parcelas de cultivo aun en marzo. La mayoría son pequeñas, de en torno a la media hectárea, a lo sumo una y media o dos. Cuándo y por qué ocurre tan manifiesta anomalía ha podido finalmente desvelarlo el juez gracias a un grupo de recolectores que se aloja en casa de una mujer que a su vez es apodada La Gallega. Las ocho hectáreas que ha acumulado el grupo de candelarios no son una parte de la satisfacción de su trabajo individual, fuera percibido de esta manera o en solo una parcela cuyo espacio es necesario usufructuar mancomunadamente, la forma más primitiva de regentarla, sino que son una parte de las obligaciones que han contraído por efecto de su residencia. Aunque haya quienes disfrutan parcelas, aun siendo inmigrantes, porque las reciben directamente del amo que los contrata, entre los mozos de posada, a partir de este caso Osborne ha podido establecer que es la patrona que los aloja la que se las subarrienda, con el señuelo de que de esta manera podrán expandir todo lo posible la renta que obtienen de su estancia en la tierra de promisión si la invierten contando con todas las facilidades que les proporciona. Así, a la inmigración incentivada por la recolección se le abre la puerta al acceso a la tierra de promisión, no por la vía del intercambio con trabajo, sino por la residencia estacional. Y he aquí lo que ha resultado lo más aleccionador. Para su cultivo, porque llegan apenas provistos con sus ropas, necesitan un crédito, que obtienen en el mercado circunscrito a las afinidades, la residencia y las cesiones de tierra asociadas a ambas.
Si todo ocurre sin incidentes, la recogida del fruto de la parcela que han tomado con su alojamiento, a quienes la han trabajado les permitirá pagar el precio de los dos servicios, el de la tierra y el de la residencia, devolver el préstamo y todavía sacarle algún rendimiento a la venta del producto que de aquella puedan obtener. Pero en caso de impago del crédito que hayan comprometido para cultivarla, el prestamista, tal como está establecido tras la cortina de la taberna, reclama para sí el producto de la parcela, o en su defecto los ingresos obtenidos gracias al trabajo de recolección, como recompensa a los riesgos que ha corrido, que en realidad son ninguno.
5.
Genaro ha meditado sobre todo esto y ha concentrado todos sus saberes en encontrar una posición propia en tan bien urdida red. Ha concluido que para disfrutar la mejor es suficiente con que arriende las tierras para las que La Gallega actúa como intermediaria. Después de que el juez Osborne, una vez sentenciados los sorprendentes casos que había instruido, ha vuelto su atención hacia otros asuntos, así lo ha puesto en práctica.
En condiciones normales, el cobro de la renta a los mozos es más que suficiente para pagar el arrendamiento primitivo de las tierras que Genaro compromete al por mayor para luego dividirlas en parcelas, pagar su comisión a La Gallega y obtener un buen beneficio sin riesgo. El valor de las tierras tomadas al por mayor lo puede multiplicar por cuatro por lo menos al dividirlo en parcelas de poca extensión. Como además Genaro, valiéndose de los fondos del tabernero, que no cobra intereses sino fidelidades, sin dejar de acogerse a la sombra de La Gallega, oferta los préstamos para que los mozos puedan cultivar la parcela, exigiendo a cambio como garantía solo el producto que de ella obtengan, el negocio le está siendo lo suficientemente lucrativo y sin pérdidas como para consolidarlo. Prefiere tan restricto y competitivo mercado porque La Gallega, valiéndose de la inscripción, puede estimar el patrimonio de sus alojados y prever sus comportamientos cuando los acoge.
6.
La defunción del hermano ha convertido la responsabilidad del cuidado de Genaro en una competición entre sus parientes. Ha ganado la partida el sobrino que ha propuesto a los demás una condición que ninguno, salvo él, ha sido capaz de aceptar, la renuncia previa a cualquier legado por razón de parentesco. Ha llevado su abnegación tan lejos que además se ha comprometido ante ellos a ir con Genaro a un santuario en el que tiene puestas todas sus esperanzas. Les ha presagiado que los poderes del lugar harán que camine.
El santuario se llama El Oasis y lo regenta Madame Eleanor, nacida Soledad. Deslumbrado por las virtudes del lugar, al que su sobrino lo ha llevado a diario durante una quincena, cubierto por el vino mediocre que allí sirven, Genaro anoche se levantó de la silla y efectivamente anduvo, entre dos y tres metros, en dirección a Dorita, la estrella del local, a la que solicitó en matrimonio, testamento en mano, antes de desplomarse. La boda entre el sobrino y Dorita se había celebrado sin más testigos que dos camareros la víspera del óbito.
Madame Eleanor ha costeado una inscripción conmemorativa del milagro, para que se conserve en El Oasis para siempre jamás, y el sobrino, para recompensar tan solidario gesto, a su costa ha renovado mesas, sillas y manteles del local, lo que apenas le ha supuesto una diezmilésima parte de las bendiciones que la precaria salud del Genaro ha derramado sobre su vida.
Es todo lo que he podido averiguar.
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