Un tipo me tiene desconcertado
Publicado: abril 13, 2018 Archivado en: Segismundo Raya | Tags: historias Deja un comentarioSegismundo Raya
Volví a verlo ayer después de no sé cuánto tiempo. Cruzaba la avenida a la ventura, acompañado por su padre, o tal vez un tío, quizás algún vecino, o simplemente un conocido que lo acompañaba por casualidad, porque se hubieran encontrado, o porque fueran compañeros de trabajo e hicieran juntos una parte del trayecto. Puede que fuera su día de descanso, o que viva una fase de incapacidad laboral, impuesta por una enfermedad, si bien leve, al menos en apariencia, o por una cesantía, espero que transitoria, a la vista de como está el mercado laboral, que devora a sus hijos con la crueldad de un dios antiguo. Vestía una cazadora negra y los inevitables vaqueros, se había dejado algo de barba y ocultaba los ojos bajo unas gafas oscuras. Nada que sirviera para identificarlo.
Lo he colocado en el autobús, en la parada haciendo cola, en los últimos asientos, asido a una barra; como cualquier condenado a la cadena perpetua del trabajo, una pena que jamás redimen quienes, como él, tienen que utilizar el transporte público. Si tuviera dinero, quizás se consintiera la frivolidad de viajar algún día en el autobús urbano. Pero su indumentaria lo denunciaría. No, no; no es un potentado. Viste ropa corriente, de la que se compra en rebajas en las tiendas o incluso en los puestos de ocasión que montan los domingos en las afueras. Además, soy yo el que no frecuento el autobús. Solo lo uso cuando tengo que ir a la imprenta o al hospital. No tengo justificación para imaginarlo en ese lugar, rico o pobre, comprimido entre cuerpos sacudidos por los vaivenes.
Tal vez sea alguien que frecuenta las calles del barrio, una de las caras transeúntes que cada día se cruzan sin que la atención encuentre nada digno de elección. Las de esa clase se van sedimentando en el fondo de la memoria indistintamente, transportadas por las corrientes del trasiego de cuerpos. No, no, desde luego que no. No puede ser un vecino. De ser un vecino, lo tendría identificado, aunque solo fuera por frecuencia, la más probable cuando se trata de los encuentros fortuitos. En el barrio hasta las caras indigestas terminan entrando en la conciencia, donde vegetan en reserva.
En el ambulatorio. Es posible, últimamente lo frecuento mucho, demasiado quizás. Cosas de la edad de piedra. Para rescatarlo tendría que imaginarlo con una bata blanca, con un fonendoscopio al cuello; algo envarado, distante, frío en el saludo, si se digna saludar, insensible para la enfermedad, ante la que actúa como si no hubiera más medicina que la forense. Pero, no; no tiene pinta de médico. Ni siquiera de enfermero. Para ser médico le falta algo de altura, y para ser enfermero, corpulencia. Los médicos son todos altos, independientemente de su talla, y la bonhomía y tacto de los enfermeros se expande como se expande su cuerpo. No es que no tenga cara de buena persona. Pero casi todos los enfermeros son enfermeras.
¿Será empleado del banco? Puede ser. Es inevitable que lo visite. La frecuencia con que ahora lo piso va creciendo tanto como disminuyen sus atenciones. Ya casi todo lo que tramito en el banco lo hago yo mismo, no obstante lo cual tiene la deferencia de cobrarme por ello; a pesar de lo cual retiene codiciosamente todo mi dinero y lo emplea como le parece conveniente, sin contar con mi voluntad, en los negocios que cree más lucrativos, sin pagarme réditos dignos de este nombre. No, no. Este hombre no tiene cara de cínico. Además, solo raramente paso más allá del cajero automático, y ahora en los bancos solo atienden chicas con las faldas ceñidas y tacones muy altos.
En un bar. Sí, es más probable. Los establecimientos de esta clase los frecuento más que los ambulatorios y los bancos. Por mi causa, no por la suya. Ahí lo veo más claro, vestido de negro, bien afeitado, correcto sin excederse. Como hombre sencillo, bien educado, que ha nacido en un barrio de la periferia, que ha tenido que ganarse la vida desde muy joven, al que nunca le han asustado los trabajos por difíciles y duros que sean. Antes que consentir la miseria de su familia, de su madre especialmente, que desde muy joven tuvo que hacer frente a la vida, con él a cuestas, sin padre. Todo lo reivindica como un buen hijo circunstancialmente camarero. Hasta las bolsas bajo los ojos que oculta tras las gafas oscuras. Debe trasnochar. Tal vez por algo más que las exigencias de su trabajo. ¿Qué hará la madre, mientras lo espera? ¿Contará las horas, supondrá toda clase de contratiempos? Durante un rato, él pretenderá que no hace caso a nada de esto. Mediada la madrugada, detestará su comportamiento.
Renuncio. No consigo darme la satisfacción de la certeza del recuerdo, la que hace que al superponer dos imágenes, la que está a la vista y la que guarda la memoria, encajen como una evidencia y ganen la gloria de la tercera dimensión, la de la profundidad, como si se contemplaran a través de un estereoscopio. Nadie como él hasta ahora me había torturado la memoria, y creo que por primera vez la he llevado al límite del fracaso. Ya puedo estar seguro de que más allá, aunque me esfuerce, no hay nada más que pensamiento y especulación.
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