Abelardo y Menesteo

Nicomedes Delgado

1. No garantiza la fraternidad la convivencia feliz. No hay que remontarse al origen de la humanidad para encontrar ejemplos que ilustrarían cómo el vínculo que une a los hermanos más distancia que acerca. Tampoco es la mayor desgracia que la consanguinidad los separe, supuesto que la proximidad, en los casos aludidos, fue circunstancia que permitió que entre los unidos por el destino se consumaran actos reprobables.

     Los hombres equilibrados, serenos, que toman sus decisiones con reflexión, que han organizado su vida contra imprevistos, aunque no son abstemios no se permiten con el alcohol más trato que el justificado por las buenas relaciones. El premio de su envidiable existencia no lo han recibido sin esfuerzo, tanto más digno de admiración si su magnitud a veces les ha costado el pelo.

     Al contrario, otros hombres se abandonan a los sentidos sin fuerza para oponerles un gramo de voluntad. Tiranizan su vida con desórdenes que los someten y los humillan de manera vergonzosa ante sus semejantes, inmisericordes cuando elevan sus dictámenes al inapelable tribunal de las opiniones. Los gestos de su cuerpo llegan a ser inarmónicos, las decisiones que activan los mecanismos, motores inconstantes, la mirada, sin dirección definida, perdida en un lugar vacío. Factores principales de tan degenerada existencia con frecuencia son el vino y toda clase de licores.

2. Un accidente puede ser la causa de un feliz desorden, como una abrumadora deuda el origen de una insolvencia liberadora. La literatura especializada ha difundido el caso de varones que, por detestar el trabajo, por las mañanas, de camino al autobús, reaccionan parando en las peores casas de venta de licor. Acumulan retrasos, descuidos, ausencias durante jornadas enteras que ponen en peligro su vínculo con la empresa. La mediación fraterna consigue detener en el último momento el fulminante despido. Para el hermano, la salvación es un retorno a la condena.

     Pero frecuentar el alcohol de alta graduación, entre otras consecuencias detestables, proporciona el beneficio de la pérdida de la vista. Para quien trabaja en la fabricación de componentes de alta precisión se convierte en un aliado impagable. Actúan como paliativo temporal unas gruesas gafas de pasta negra. Un tribunal médico, inexorablemente, dicta sentencia y condena a olvidarse de cualquier actividad laboral. A partir de aquel momento, el hombre de las gafas de pasta negra, mantenidas con irregular fortuna sobre su ganchuda nariz, es probable que se convierta en un vegetante pensionado, mientras que su hermano, sin un pelo en la cabeza, tal vez haya de acudir todas las mañanas a la pequeña oficina donde, sin límite de tiempo, cuida de las rentas de la familia, de la que todavía puede ser parte principal su anciana madre.

3. Confiar el manejo del numerario a personas que tienen demostrada incapacidad para actos elementales es dilapidar la fortuna. El papel moneda no fue inventado para que el viento lo arrastre, ni su progenitor en metal para que ruede.

     Una persona que ha sido declarada inútil para el trabajo por un tribunal médico no es, desde luego, persona incapaz para los actos cotidianos, el de la compra entre ellos. El accidente que se haya cruzado en su vida solo lo ha invalidado para una función, la determinada que le requirió quien tuvo la iniciativa del contrato laboral. Liberado de la servidumbre del trabajo, la grandeza de la vida elemental se despliega con toda su hermosura ante él, y la percibe con una intensidad que hasta entonces, arrastrado por las prisas y las preocupaciones, no podía sentir.

     Caso distinto es el de quien ha llegado a una situación así degradado por el consumo de alcohol. A él nada se le puede confiar. Está permanentemente al borde de la recaída, del fatal vértigo que le provoca la puerta de una taberna. Hasta tal grado puede llegar la pérdida de control que toda clase de licores le causen pérdida de la noción del valor del dinero. En modo alguno se debe consentir que maneje moneda alguna. Su pensión ha de serle administrada.

     La fortuna, en estas ocasiones, proporciona a los desvalidos agraciados por la inactividad y el subsidio un hermano, útil a tan alto fin tanto si gasta melenas como si es calvo inmisericorde. En el más favorable de los casos, ocurre que ambos sean solteros y en consecuencia la solidaridad entre ellos quede anudada con una fuerza que de otro modo no los favorecería.

4. Cuando se ha incurrido en incapacidad laboral absoluta el estómago no dimite de sus funciones, porque actividad y estómago siguen caminos divergentes. Suceden así las cosas aun cuando el régimen de administración de los bienes domésticos sea muy estricto.

     Tres personas pueden vivir con poco, más aún si una de ellas ha caído irreversiblemente en la ancianidad y las otras dos están instaladas en la edad provecta, aun sin haber abandonado el celibato. Un régimen de comidas equilibrado, cenas ligeras, prescindir por completo del alcohol como una parte de la alimentación, no solo garantiza la salud, sino que satisface el principio de la economía, que se funda en hacer del gasto el menos activo de los factores del intercambio.

     Si una familia, unida y blindada por vínculos primitivos, ha de renunciar a la dirección de su progenitora porque haya rodado hasta la senilidad, y en modo alguno puede confiarse al gobierno de quien un tribunal médico ha declarado inútil, para ver cumplidos a satisfacción los dos fundamentos de la vida doméstica solo puede confiar en el sacrificio del más apto. Sobre sus hombros recae el peso de la reflexión, el cálculo, la elaboración de los planes estratégicos acertados, el plan de comidas.

     Horas habrá de entregar a su deber, días de gestión y preocupaciones, y amargas noches de insomnio le sobrevendrán cuando en la oscuridad, en sofocante secuencia de instantáneas inconexas, ante sus ojos perdidos en las tinieblas se restauren las recriminaciones con las que durante el día el hermano lo abrumara. Son poseídos los declarados inútiles para el trabajo por una voracidad inagotable. La pensión con la que contribuyen al sostén de su espacio doméstico, decenas de veces al día la invocan como si un derecho a obtener trato de favor hubieran consolidado. Tan generoso ingreso, en su opinión, los hace acreedores a un régimen alimenticio regalado, dado que su estómago no ha dimitido de la existencia ni ha sido encontrado en modo alguno defectuoso. No solo debe convivir con esa tortura, sino que ha de mostrarse insensible a tales protestas, si quiere ser leal en la administración de los bienes que el destino ha puestos en sus manos.

5. Ha desarrollado la ciencia cotidiana de la economía la posibilidad de acceder al consumo aunque se carezca de medios de pago. Los grandes hombres de negocio, hace siglos, idearon ingeniosos sistemas de crédito. Mientras tanto, los tenderos, que tampoco dormían, se atuvieron a pizarras y otras modalidades de la anotación.

     Los hombres, aun habiendo sido sentenciados como inútiles, disponen de autonomía; por el bien de su familia, que durante una parte de la jornada, para su descanso, debe quedar liberada de su custodia, y por el del propio carente, que recupera equilibrio en la medida en que se siente libre. Supongamos que a un hombre de esta clase, que disfruta de su tiempo de libertad, le sobreviene, próximas las dos de la tarde, un hambre atroz. Como, aunque pensionado, su estado lo reduce a la condición de administrado, carece de numerario con el que hacer frente a la urgencia. Conocedor de sus límites y sus deseos, de un bar en el centro habrá examinado su oferta, su disimulada situación, la bonhomía de los camareros y hasta la modesta calidad de sus servicios.

     Satisfecho su estómago con algo de comida y algo de vino, explicará a quienes le atienden el estado al que se ve reducido, aun siendo ventajosamente pensionado. Carece de independencia económica, a pesar de lo cual ninguno de sus apremios vegetativos ha desaparecido. Ruega por que le concedan la comprensión y el más compasivo de los camareros la otorga, no sin advertir al demandante que su nombre queda inscrito en lugar por todos visible, bajo el cual habrá de figurar, hasta tanto la deuda contraída a causa de su voracidad se satisfaga, la cifra que ante la humanidad toda lo acusa.

6. Debe quien carga con la tutoría impuesta por sentencia firme actuar con decisión, reprimir el comportamiento desviado, ser cruel en ocasiones, incluso cuando el objeto de las acciones extremas es el propio hermano.

     Si a ocurrir llega, habilitado el cuidado ajeno entre sus preocupaciones, que quien carga con generosidad inapreciable con el deber de custodia sorprende acodado en la barra de un bar al que del mundo debe proteger, aun a su pesar, monta en cólera, descarga en sus palabras ansiedad y desvaríos, insatisfacciones y deseos de poner en fuga a quien es el origen de desazones tan poco deseadas como satisfactorias. En público lo acusa de permitirse relajaciones que en modo alguno le convienen, de actuar contra la razón y el orden, de ser poco sensible con quienes por él se preocupan; artífice maldito de meditada conspiración contra el bien que a la humanidad mantiene alerta y al que dedica su tiempo y sus esfuerzos, el cómputo de sus días de trabajo, la restauración de la aurora cada amanecer para ojos que tal vez prefirieran contemplar la sombra del cuerpo que le habilita la existencia reducida a la isla del cénit.

     Cegado por la cólera, actúa solo para sí y su deber. Desoye las reconvenciones de los más serenos concurrentes, las peticiones de magnanimidad que desde el otro extremo de la barra le llegan, los consejos que los expertos en semejantes estados proponen por su iniciativa. Toda su atención es para la restauración del orden. No repara en que pueda hablar desentonado, desplazar de su lugar a la parte de la clientela que se interpone en su camino o incluso actuar con fuerza, sin disimular complacencia con el objeto cuyos cuidados le valen decidir sobre el fin al que aplicar una sustanciosa pensión. Ni en la ignominiosa declaración pública de una deuda, inscrita en una pizarra, llega a reparar.

7. Porque son las deudas sentencias, como las condenas cargas que han de sobrevenir, el tiempo que media hasta su consumación extrae de la incertidumbre más dolor que el más placentero de los medios que se hayan ideado para causar el mal. Después, hacer frente a deudas que no se han contraído acelera el pulso, comprime el pecho y causa desasosiego.

     El tránsito por la ciudad obliga a buscar atajos, tomar por calles secundarias, recorrer caminos inesperados. Tan movidos por las prisas están los transeúntes que el desorden moral al que conducen puede encerrar en laberintos, conducir a callejones sin salida, llevar ante la puerta de establecimientos de ínfima categoría, agazapados a la vuelta de una esquina, como el asaltante que se vale de la sorpresa para satisfacer sus ansias de causar un atropello.

     Al tiempo, hay camareros que frecuentan la costumbre de aguardar a la puerta de su establecimiento la llegada de la clientela, desde donde la otean, la envuelven con la mirada y, bien asentados los pies en el escalón, de ella tiran haciendo fuerza, como de una red copada que desearan abrir y verter con toda su prometedora abundancia una vez cruzado el umbral del negocio que regentan.

     Puede permitirles la circunstancia avistar el rostro conocido del hermano de un cliente, hombre que frecuenta el lugar desprovisto de todo amparo, arrastrado hasta allí por la incontenible pasión, aferrada como la raíz de la planta, que en el subsuelo de un disciplinado hogar crece. No es para despreciar el momento. El generoso camarero, ágil calculador de los sumandos sobre los que su casa se sostiene, detiene al transeúnte y le informa, sin circunloquios ni tanteos, de la causa de su conversación, los hechos que la alientan y los efectos que de ella espera.

     Conocida por el íntegro varón la magnitud de la reiterada deuda, es víctima de otro acceso de ira. Enrojece hasta la cumbre de la calva, hace aspas con los brazos, patea el lugar sobre el que se posa, y de imprecaciones irrepetibles, inapropiadas para su manera regular de conducirse, se llena su boca.

     De improviso le asalta un sofoco. Le falta el aire, se tambalea, los transeúntes lo sujetan y el mismo camarero que lo avistó en tan mala hora, causa primera de su siniestro, en el instante en que el cuerpo de la víctima se desovilla acierta a interponer entre él y el pavimento una silla de la terraza. Lo asisten con abanicos improvisados y un vaso de agua, de nulo desembolso; y al poco, entre expresiones de agradecimiento y palabras tranquilizadoras, se sobrepone y se marcha.

8. El estado de dependencia corrompe hasta tal grado los comportamientos que inspira decisiones contrarias a la convivencia. Sin que las reglas del buen trato dentro de la familia se vean de algún modo violentadas, los pacientes del mutuo contacto son capaces de sembrar el hogar de trampas veladas, agresiones por medio interpuesto, asaltos de pacíficos objetos que hasta la fecha tenían demostrada su radical condición de inertes.

     Si se es gobernador de la despensa, y al tiempo se ha sufrido una doble agresión –la noticia sobrecogedora y la humillante obligación, tras el inevitable desfallecimiento, de liquidar una deuda contraída por el pariente más próximo, desinhibido insolvente– se está en condiciones de arriesgar los siguientes términos para dictar la ecuación alimenticia. Supuesto que los hombres bastantemente pensionados, armados de sus conmovedoras gafas de pasta negra, acodados en la barra de un bar engullen cuencos de espinacas, platos de boquerones y competente cantidad de copas de tinto, están en condiciones de tolerar como comida principal de la jornada una ligera sopa, ocasionalmente completada con algunos fideos. 

     Que el calzador desaparezca de la mesilla de noche no es un contratiempo mayor. Pero si quien lo sustrae conoce el carácter de quien ha de sufrir las consecuencias, puede meditar esta acción como un procedimiento altamente eficaz para provocar un desastre de incalculables consecuencias. No será el peor que el necesitado del auxilio de tan modesto recurso, se vea en la obligación de utilizar y en consecuencia irritar uno de sus dedos índice. La sofocante búsqueda del objeto, la desesperación que no encontrarlo provoca, las voces a las que por efecto se puede ver abocado a propagar son motivos acumulados para que en la cumbre de una calva, una vez más, se concentren los impulsos del corazón, las corrientes sanguíneas que mantienen palpitante la vida. No siempre accesos de esta clase terminan en los hospitales, aunque en ningún caso se podrá garantizar que no encuentren la ruta que hasta ellos conduzca.   

9. Padecer estados contrarios a la voluntad puede tener los peores efectos, aunque participe una decisión personal en la secuencia de los hechos que los provoquen. Actuar bajo coacción, explícita o inducida, causa una compresión del flujo vital que en el grado más severo puede llevar al colapso del motor que lo impulsa.

     Hay ocasiones en las que el progenitor al que se custodia, que permanece acogido a la protección del hogar durante el invierno, llegado el buen tiempo, demanda el contacto con el trasiego urbano, que vivifica. No pueden sus descendientes negarles tan elemental desahogo, y están en la obligación de colmar el placer que la reanudación al ciclo de la vida dé con su armónica compañía. Saldrán madre e hijos formando grupo con la modesta aspiración de sentarse en la terraza de algún bar, más para complacerse en la observación del tránsito de personas y bultos que por tomar algo.

     Venido camarero que las mesas atiende, ninguno debe sorprenderse, si entre los concurrentes está un pensionado –en otra hora declarado no apto, tanto para el trabajo como para el curso regular de numerario–, de que la ocasión alcance el grado de banquete. Buen número de platos y vino a la altura serán felizmente aprobados por quien origen de la familia fue, inspirada por su despliegue público en el momento adecuado y no por gustar de manjar alguno. Tras las gafas de pasta, sin embargo, sostenidas sobre una amplia sonrisa, se verá la ocasión propicia para no dar a mandíbula y estómago, coordinados según conviene a la salud, tregua ni sosiego.

     Puede ocurrir entonces que otro de los concurrentes, aun calvo y severo administrador, contemple con melancólica mirada la ostentación. Alternará la observación de los platos con las miradas a la imparable boca de quien gafas de pasta comparta con vergonzosa voracidad. Las reflexiones a las que el desolador estado de la humanidad que contempla le lleven le incapacitarán para probar bocado, desconsolado, rendido por último, exhausto tras la dura batalla que por jornadas se prolonga. Amargura e ira contenida, en combinación fatal, podrán provocar la definitiva crisis cardiaca que con su vida concluya.

10. A sobrevivir a la muerte de un hermano, según quienes mejor conocen el alma de los hombres, ayuda participar en su sepelio. La severidad de los actos funerales purifica el espíritu. Los antiguos a la contemplación de los males ajenos ya le reconocían propiedades curativas. Si quien los protagoniza es pariente inmediato, el grado de salud que la muerte ajena puede proporcionar puede llegar al grado del rejuvenecimiento.

     La solemnidad de una ceremonia es parte de su acción profiláctica. Celebrantes de negro y elocuentes, comitivas parsimoniosas que hacen estación en los lugares memorables, contención y mesura ante los dolorosos encuentros que el dilatado recorrido hasta la tumba pone al paso son parte de una asombrosa recuperación, como la disciplina que a las tomas ha de aplicarse permite que la enfermedad sea desterrada. La quebrada voz que rompe el silencio, solitaria, convocando a las últimas preces que circunspectos todos han de secundar, inspirados por la misma conmoción, con la escueta réplica a la que obliga el rezo, es la última fuente de donde la depuración del espíritu se alimenta. Hasta lo más alto vuelan los sentimientos, íntimamente desbordados, cuando la tumba es sellada, si es que era calvo y pariente en primer grado el que en su hermética inviolabilidad yacerá indefinidamente.

     Recibir la expresión de solidaridad de parientes y conocidos reconforta. Pero no es que los actos encadenados a las expresiones más elementales de la vida, que ofrecen la oportunidad en contadas ocasiones, por unas horas conviertan en seres de primer orden a quienes se ven arrastrados a ser sus actores. La íntima satisfacción que un sepelio da procede de que el peso del suceso carga íntegro sobre quien ya, en modo alguno, puede sentirlo. Los dolientes son protagonistas sin costo, como los invitados a un banquete, que desatan sus ansias sin el menor comedimiento, y hasta a costa de su salud están dispuestos a proporcionarse satisfacción.

     El melancólico retorno al hogar, el gesto cotidiano, tras cruzar el umbral, que termina en la percha; el contrapunto del silencio universal que alcanza hasta el último rincón, idos los parientes y amigos, terminadas todas las ceremonias, es descanso y satisfacción, como el guerrero recibe de la amputación del miembro degenerado a causa de la batalla paz; la paz que aún no alcanza a los demás combatientes en el campo, como tampoco llega hasta los congéneres de la misma calle el relevo que la muerte da a quienes cargan con la convivencia con parientes del primer grado.

11. El tinto tiene propiedades curativas. Las opiniones sobre el origen de esta virtud están divididas. Mientras unos la atribuyen al alcohol, capaz de cauterizar úlceras y conservar los cuerpos durante años, otros otorgan al tanino toda la responsabilidad. Carezco de fundamento, tanto como de medios, para comprometer mi opinión en alguna de las dos direcciones. Pero observo en los portadores de gafas de pasta negra que están habituados a su consumo que la piel les cambia de color, potencia su tono y aún alcanza un estado de tensión y dureza que a sus dueños los hace insensibles a los cambios de temperatura y a los moderados golpes a que la vida común cada día expone. Si diera mi voto a favor de quienes piensan en las propiedades curtientes del tanino sería honrado con cuanto he podido discernir por mi propio criterio, aunque debería reconocer que el alcohol, en las circunstancias que imagino, no sería inocuo y actuaría como la colofonia en el arco. No es responsable de la música, pero su concurso puede permitir que sea más melodiosa. Aceptaría, al tiempo, que esta variedad de vino, más que curar, estaciona la enfermedad y para la vida abre un cauce paralelo por el que le permite proseguir sin accidentes graves.      Tinto en abundancia como única atención a los males del cuerpo, más la conciencia reconfortante de haber cumplido con los deberes fraternos que de los sepelios proceden, en la parte que al alma se le debe, pueden tener el sorprendente efecto de rescatar para la vida activa a quien hasta entonces, paciente de un mal crónico irreversible, sobrevivía vegetativo. Podrá recuperarse para la iniciativa y la voluntad, para la administración del hogar y la dirección de la familia, y hasta para el indefinido manejo de numerario. Mas habiendo sido declarado inútil por un tribunal, y convenientemente pensionado, es poco probable que los efectos saludables combinados del vino y un entierro lo devuelvan al trabajo.

 


Sepelio in blue

Nicomedes Delgado

Todos los días, porque cada uno es idéntico a otro, cuando se vuelve al hogar acecha la monotonía. Cada día pueden suceder encuentros inesperados. Porque no son imprevisibles, castigan con una elaboración de la conciencia que nos resignamos a admitir como sorpresa.

Siempre sale al paso un transeúnte que reconocemos, con el que en algún momento mantuvimos relación, luego extinguida. Se cruza con nosotros y nos corta la mirada en el peor momento. El principio del comportamiento gregario, en parte por herencia biológica, en otra a consecuencia de los hábitos consentidos, faculta para prever en esos casos los diálogos. Jamás he podido imaginar un diálogo en el que yo no dispusiera de la palabra y mi interlocutor, inteligente y aprobatorio, oyera atentamente mis argumentos. Ninguno de los diálogos entre él y nosotros que nos habíamos anticipado ocurre cuando se verifica el encuentro inesperado. Corridos, seguimos nuestro camino.

En aquella ocasión se trataba de un hombre que convivía con alguien que su conocido había conocido. Por una vez, se detuvieron y le dio la trágica noticia, como cumpliendo un encargo. La buena mujer padecía una irreversible y trágica pérdida de memoria. Los buenos sentimientos arrastraron al antiguo amante hasta su puerta. Una visita puede ser consoladora y hasta lenitiva. Quizás le ayudara a recuperar algo del pasado.

Se reiteraron las visitas y hasta el visitante se sintió dispuesto a liberar al varón prominente activo, aunque fuera por unas horas, de la pesada carga que había caído sobre sus hombros. Lo invitó a que saliera, mientras él cuidaba de la enferma.

Fue la enferma hasta la cocina, para beber. Al cabo de unos segundos, el visitante sintió en su espalda el trazo frío de la punta de un cuchillo, la hendidura sangrando. Cuando volvió el rostro, reconoció la dulce sonrisa en la que en tantas ocasiones se había deleitado. No fue necesario dar demasiadas explicaciones al médico que practicó las curas de una herida superficial, poco más que un rasguño.

No desistió el visitante de la obligación que se había impuesto. Volvió a la casa de la enferma, reiteró su ofrecimiento liberador y lo extendió a la administración de las dosis de los medicamentos que durante las ausencias de su compañero, ahora más prolongadas, eran necesarias.

La muerte no fue inmediata. Han pasado semanas y nada indica que deban practicarse pruebas forenses para averiguar su causa.

No conozco cementerio en despoblado, como tampoco tengo noticias de sombras en la oscuridad o de los afamados sonidos del silencio. Carezco de cultura doliente, porque me he impuesto la obligación de no concurrir a entierro en el que no sea imprescindible, un acontecimiento único e inexcusable.

Nadie podrá tomar en serio cuanto digo porque carece del valor del auténtico testimonio. Propiamente es una conjetura, que no obstante juzgo bastante fundada.

Incurriría en un injustificable error el cerebro de las operaciones que interpretara -habiendo calculado peso, posición y declive del cuerpo a cuya apropiación aspira-, a sabiendas de los costos de energía inexcusables, que la circunstancia de concurrentes al hecho, por la que un juez no podría encausarlo, es irrelevante. Así los urbanistas, que se encargan de pensar, e imaginar de manera que los sentidos lo perciban, los predios dotados de servicios a la población, viva o funesta. Aunque el más previsor de los planeadores haya pretendido segregar el campo de los bienaventurados, en previsión de que puedan sufrir el contagio de los cuerpos activos, desterrándolo a lugares apartados donde descarnarse en paz, la población, voraz como los insectos que trituran las maderas, lo cerca, hacia él se dirige y por último lo coloniza.

Terminado el sepelio, al jardinero del cementerio le hice un encargo:

-Por favor, que en esa tumba jamás falten las flores.


Pasto de las llamas

Nicomedes Delgado

Gracias al esfuerzo de los cronistas modernos, aún podemos recordar que en las alturas que las llamas eligen para vivir crecía una planta tan desconocida en Europa como las llamas mismas, antes de que ambas llegaran a noticia del mundo. No despertó la especie vegetal por su valor botánico mayor interés durante los primeros años de la relación colonial con América, ni por tanto fue mucha la literatura que engendró. Tampoco fue descrito uso útil de la planta, razón por la que algunos juzgan que su memoria degeneró al olvido en poco tiempo. Pero el afortunado Hernán Díaz de Bobadilla, en su Descripción de las excelencias del Perú, alcanzó a registrar uno. Dejó escrito que con ella los indígenas fabricaban una pasta que legítimamente quien observaba los hechos se creía obligado a llamar papel, aunque la composición del producto difiriera de la que ya prevalecía en Occidente.

Cuando se conoció la novedad en la parte del mundo que habitamos los europeos, como otras de su clase provocó la natural polémica sobre si debía aceptarse que oriente había sido el origen de la fórmula que tanto éxito ha tenido, o si por el contrario el mérito de la invención tendría que corresponder a los habitantes de las montañas medias de la América meridional.

La polémica siguiente ya dio origen a una estimable copia de escritos, y el eco que despertó ganó cierta audiencia más allá de los textos. Pero lo que resulta a nuestro propósito más relevante es que de ella se valió un naturalista del siglo décimo octavo para llevar los datos hasta entonces disponibles a un lugar insospechado. Gracias a que rescató lo que se había escrito durante el siglo décimo sexto, todavía alcanzó a observar el sorprendente efecto que aquel producto provocaba en las llamas. Sus extraordinarias observaciones pueden ser resumidas en la más exacta de sus frases. “Cuando la recibían como alimento, las encendía”. Para que el lector pondere el tamaño de su trabajo y el alcance de sus descubrimientos es necesario que conozca el relato de sus esfuerzos.

Siguiendo la pista que le trazaban los citados escritos, el naturalista ilustrado subió hasta las alturas donde habitaban las llamas, donde lamentablemente pudo comprobar que la planta descrita por quienes le habían precedido se había extinguido. El efecto visible de la pérdida era que las llamas languidecían. No se podía decir que la supervivencia de los animales estuviera amenazada, ni que en la complexión de los ejemplares vivos algún indicio hubiera de carencia de algún compuesto vital. Pero la falta de energía de sus movimientos era indudable. Bastaba ver cómo evolucionaban en el prado, cómo cortejaban, con qué espíritu acometían el apareamiento tanto machos como hembras.

Había llegado su experiencia al estado de estancamiento cuando recordó la noticia sobre la pasta de papel que se fabricaba con la hierba que mencionaban sus predecesores. Para su proyecto, tal como lo había concebido a este lado del Atlántico, la discutida pasta no habría de ser uno de los objetos de su exploración. Pero la vía muerta por la que venía avanzando le aconsejaba tantear otras. Indagó entre los indígenas para confirmar las noticias que poseía, y para su satisfacción pudo saber que las cosas eran tal como las había leído. Con la hierba referida se había fabricado entre ellos la pasta de su papel.

La respuesta afirmativa animó su trabajo, siguió investigando en la misma dirección y todavía pudo averiguar más. Si la hierba había desaparecido había sido a causa de una encomiable pasión, la que los jesuitas habían puesto en la infinita tarea de la propaganda de la fe. Aconsejados por su espíritu misionero, habían elaborado unos alfabetos que permitían convertir los toscos signos con los que era transcrita la lengua indígena al latín. Pretendían de este modo tender el puente que les facilitaría el acceso al mejor conocimiento de cuanto trascendente puede saberse.

Llevados por su afán divulgador, los buenos padres de la compañía habían impreso miles de cartillas de alfabetización. Mas la iniciativa editorial de los misioneros había sobrepasado las necesidades. De este modo había agotado los recursos que el monte ofrecía para disponer del soporte de la impresión, y más adelante la febril decisión originado el efecto de inhibir el crecimiento de la planta prima. Desde que los jesuitas mandaran segar todas las matas no había vuelto a salir ninguna en toda la zona, y no se tenían noticias de que en otras subsistiera.

La mayoría de los folletos entonces impresos estaban almacenados a la espera de que fueran solicitados por los nuevos padres. Pero la misión ahora otra vez estaba bajo control de una orden distinta, la misma que extendía su autoridad sobre toda la región. Desde que recuperara el dominio sobre aquellos territorios, los folletos que los jesuitas habían mandado imprimir en ningún momento habían sido solicitados, y permanecían donde habían sido depositados hacía ya más de cincuenta años.

Nuestro analista dedujo con rapidez. Aquel mismo día dio a comer unas cartillas a las llamas, que las recibieron sin señal alguna de rechazo.

Repitió la experiencia al día siguiente, y tampoco entonces los animales repudiaron porción alguna de la letra impresa. Lo mismo ocurrió al tercer día. Mas para entonces nuestro hombre, buen observador, ya apreciaba que no era la misma parte de la manada la que acudía cada día a su reclamo. No dejaba de ser chocante. A su parecer, los animales deberían retornar atraídos por el instinto, si es que el alimento recuperado era idóneo.

Decidió marcar las llamas que acudían cada jornada al reclamo de los libros. Intencionadamente restringió la cantidad de folletos que depositaba en los improvisados comederos, y con más ingenio que habilidad consiguió, con una brocha al extremo de un largo vástago, sirviéndose de elementales pigmentos disueltos en cal, marcar con un color distinto las de cada tanda.

Al cabo de una semana había acabado con sus recursos cromáticos. Ninguno de los días de su experimento había vuelto al lugar donde les proporcionaba el que a su parecer era exquisito alimento ejemplar que ya lo hubiera comido. ¿Lo rechazarían? ¿Habría cambiado su metabolismo? ¿Serían presa de una enfermedad por efecto de la inesperada ingestión? ¿Morirían entre espasmos?

Decidió averiguar qué estaba pasando.

Al octavo día se las compuso para que las llamas entraran en una corraleta, en cuyo suelo había arrojado dos o tres cubos de unos de sus pigmentos. Cuando hubieron comido las llamas el papel, a lo que aguardó paciente tras una roca contigua, todo consistió en seguir las huellas que las criaturas iban dejando. Mientras caminaba siguiendo el rastro de las pisadas, nubes amenazaban con la tormenta del fracaso el experimento de nuestro valiente empirista. Por fortuna no descargaron.

La manada que aquel día se alimentara con las cartillas no se había dispersado. Pero eso no era lo más sorprendente. Habían acudido a un lugar al que estaban acogidas las demás que habían comido papeles. Allí estaban las llamas verdes, las rojas, las amarillas, las celestes, y todas actuaban de manera extraordinaria. Unas cabriolaban, otras piafaban, las había que saltaban y aún en el aire eran capaces para juntar las cuatro patas y adoptar excelentes figuras de levitantes.

No tardó en encontrar la explicación buscada. A partir de aquel momento toda su atención se concentró en aquel lugar, y durante días y días, regulando meditadamente el gasto de papel de aquellos animales, a escondidas, fue observando el extraordinario comportamiento de las llamas, el cual, finalmente, describió en un sorprendente libro que decidió titular Pasto de las llamas. No he conseguido rescatar más que su referencia. No hay rastro del texto en colección literaria que conozca. Solo me queda, como homenaje y reconocimiento a tan extraordinaria obra, imponerme el deber de restaurar aquel título.


Errores sin menoscabo

Nicomedes Delgado

Para el siglo sexto anterior a la era la fuente sagrada permite conocer la atención concedida a las imágenes que en Babilonia eran adoradas. Incluye testimonios que hoy capacitan para restituirlas en su valor material, así como para saber el aprecio relativo que recibían, con un grado de certeza y detalle que por otros medios en modo alguno sería posible.

Se trataba de representaciones de dioses destinadas a los templos, donde recibían culto. Identificaban las creencias que se relacionaban con el resplandor del sol y la luz de la luna, las principales, y otras vinculadas a las estrellas, el relámpago, el viento, las nubes o el fuego. Aunque cada percepción, cuando llegaba a ser un objeto, había ganado una metamorfosis, que era masculina para satisfacer la representación de las abstracciones de este género, femenina si del otro, cada una de las cuales a una parte de los devotos satisfacía su noción del orden trascendente, es probable que ya entonces todas fueran versiones del concepto unitario del ser divino.

En los sexos, por efecto de las nociones más acendradas, que no solo consentían que fueran descripciones explícitas de cuerpos humanos los simulacros cuya condición divina podía ser evocada con nuestra anatomía, y en la distancia que puede separarlos, apenas un palmo, poco más en los casos más extraordinarios, tal vez hubiera una causa de las diferencias entre los precios que unos y otros alcanzaban en sus respectivos mercados.

Las fabricaban artesanos y orfebres especializados, quienes por su trabajo cobraban una cantidad importante. Podría explicar que sus exigencias fueran altas que de la configuración de cualquiera, al menos la cara debía quedar al descubierto, y en ella bien definidos los ojos, e incluso la cuenca natural que ocupan habían de reproducirla con fidelidad. También que utilizaran para ejecutarlas oro, plata y madera. Pero dado que aquellas materias no eran empleadas siempre de la misma forma, ni en las mismas proporciones, su combinación daba origen a distintas calidades de las piezas y, con toda seguridad, a distintos precios, aun siendo todos trabajos resueltos con recursos de alta estimación.

También fueron ofrecidas tres clases, según cantidad y combinación de las materias que elegían autores y clientes para su factura: las de metal precioso, las de madera chapada con oro y plata y las de solo madera dorada y plateada. Aunque de efectos similares, las tres clases impondrían tres costos bien diferenciados y tres frecuencias de demanda, decrecientes según aquellos. Las de oro y plata eran encargadas en pocas ocasiones, las recubiertas de láminas de ambos metales atraían a una porción intermedia de la clientela y las talladas en madera eran las que con más frecuencia adquirían para exponerlas en los templos. El patrón lo imponían las fabricadas recurriendo solo al metal precioso, que luego las más reiteradas pretendían imitar para conseguir un efecto de belleza similar al que con las más apreciadas se obtenía.

De la calidad de los recubrimientos metálicos usados para las del segundo tipo da idea que cuando el oro era aplicado sus conservadores no lograban que brillara, anomalía cuya causa, gracias a un dato deslizado por los informantes, se puede conocer. Las imágenes ejecutadas según este procedimiento eran atacadas por la herrumbre. Luego el hierro, como aleado y en una medida que sería variable, participaba en la composición de aquellos recubrimientos.

De la talla de las imágenes en madera, porque eran las más frecuentes, también los detalles que proporcionan las fuentes permiten aproximar su valor material. Se atenían al mismo patrón, con un grado de precisión anatómica cuyo fin descubre otra alusión, al tiempo que revela los detalles que preocupaban a los autores. Su lengua la limaba un artesano adiestrado para este fin. Gracias a su trabajo especializado, las tallas ganarían el grado más estimado en la descripción de los cuerpos, extrema veracidad necesaria para conseguir la mayor aceptación.

El relato anatómico minucioso no era incompatible con que las imágenes fueran concebidas de manera que sus pies no fueran visibles. Los testigos afirman sin ambigüedad que las tallas carecían de pies. Pudo ocurrir que este efecto no fuera una decisión del autor de la escultura, sino la imposición de una costumbre, una creencia o una superstición, cuyo resultado fuera que el cuerpo representado con madera no pudiera ser por completo visible para quienes lo observaran, y que la anatomía oculta se pudiera resolver de modo sumario o esquemático. Sin embargo, sobre su acabado recaía el mayor costo. Las imágenes lignarias eran policromadas con tonos de oro y plata hasta tal punto que llamaban la atención. Eran tan doradas y plateadas que los pigmentos que les aplicaban evidenciaban que habían sido utilizados con el exceso habitual en las piezas más pobres de cualquier arte.

Una vez terminado el trabajo del escultor, las representaciones de los dioses eran cubiertas con vestidos, con los que eran envueltas, para que poco más que sus rostros quedaran al descubierto. Para su confección se utilizaban paños de púrpura y de lino.

No es seguro que los trajes fueran el resultado de la combinación de las dos modalidades de tejido, puesto que eran compatibles el prestigioso tinte fenicio y el uso con fines textiles de la fibra que de la linaza crece. Pero los medios de información, en algunas ocasiones, al referirse a estos vestidos, mencionan solo la púrpura, de la que dicen que era utilizada para envolver las imágenes de un modo especial. Conocido el celo con el que los tirios reservaron la fórmula para la fabricación de su tintura, es más probable que la púrpura a la que la fuente se refiere fuera al mismo tiempo un tejido, y que por tanto el vestido de lino fuera una modalidad de traje o una prenda distinguida por la confección para que fuera indumentaria de las imágenes.

De la hechura de los trajes que se confeccionaban solo sabemos que eran similares, tanto en corte como en acabado, a las que entonces eran usadas allí, en la propia Babilonia. Porque variaban según sexo, sus diferencias de calidad sobre todo las marcarían las clases de tela que fueran necesarias para consumarlas. Sobre el efecto que causaban, una parte de los transmisores, adoptando una actitud que revela su falta de independencia a la hora de enjuiciar los hechos narrados, afirma que el resultado para su aspecto era tal, una vez acabada, que se la podía comparar con el de los peñascos que sacaban de los montes en las canteras. Así hablaban porque tenían el propósito de enfatizar su tosquedad.

Para proveer a su correcta identificación, completaba cada imagen un juego de sus atributos, así como una colección de lámparas, que ardían junto a ella para contribuir a la iluminación del lugar donde cada una estaba. Porque solo parcialmente es posible conocer tanto unos como otras, el sesgo del texto en este lugar tal vez pretendió inducir la lectura, para que quien la hiciera pensara que el papel que el orfebre tenía reservado en la creación de las imágenes adquiría su mayor responsabilidad llegado este momento.

Para las cabezas de las imágenes fundían coronas de oro, a cuya elaboración aplicaban el mismo criterio o el mismo gusto utilizado en el arreglo de una joven babilonia presumida, de cuyo ajuar las coronas de metal precioso serían una parte. Había imágenes que empuñaban un cetro, similar al que ostentaban los gobernadores de provincia en la baja Mesopotamia cuando impartían justicia criminal hasta el grado punitivo de la muerte, que aplicaban en caso de ofensa a la autoridad que representaban. Era un atributo propio de las imágenes que evocaban fuerzas de la naturaleza desatadas cuando se manifestaban en el grado más elevado de su poder, a su vez símbolo de la más alta capacidad de intervenir en la vida humana que a los dioses reconocían; y del riesgo que se podía correr al dudar de su autoridad, mucho si se llegaba a ofenderla, porque en el colmo de su soberbia soberanía, como los más despiadados jueces, eran capaces para castigar con el aniquilamiento.

Otras imágenes tenían en su diestra espada y hacha, ambas referencia a la fortaleza frente a las amenazas que permanentemente acechaban a la especie humana. Aunque los informantes, llegados a este lugar, otra vez presa de su incontenible intención de denostar, declinan al sarcasmo, pretendiendo que tales medios se entregaban a las imágenes para que pudieran defenderse y hacer frente a los frecuentes robos que sufrían, para los devotos expresaban la necesidad de afrontar las adversidades de la guerra.

Determinada vertiente de los atributos de las imágenes resulta sin embargo oscura. Las fuentes afirman que alrededor de ellas y sobre sus cabezas revoloteaban lechuzas, vencejos y otros pájaros, e incluso que gatos se movían en sus inmediaciones. El modo en que estas compañías son mencionadas no permite decidir si se trataba de la reproducción de animales, cuya presencia en los templos era tolerada por tratarse de formas parlantes de las respectivas virtudes que los devotos atribuían a los seres divinos, o si es una observación que pretende dar idea de la degradación y el descuido en los que caía la atención debida a los lugares sagrados, que los autores radicales utilizan como contrapunto, en apariencia narrativo, a favor de su discurso infamante. Parece más probable que fueran representaciones figuradas, que en cada caso servían para completar o asegurar la identificación correcta del significado de cada dios, para que los ingenuos creyentes consintieran mejor los maniquíes que admitían como presencias de seres superiores.

El balance del análisis de una y otra modalidad de imagen, así como de sus respectivas indumentarias y atributos, tiene que reconocer todavía otra razón del costo diferencial. La fuente afirma que de la ejecución en madera estaban excluidos por completo los orfebres. Renunciar al trabajo de una parte de los especialistas redundaría en un costo inferior.

Todas las decisiones a favor de los niveles más bajos del gasto, a los que preferentemente optaban los encargos, puesto que las imágenes en madera eran las más frecuentes, habilitarían la escala de descenso hasta el grado de ejecución límite. Se alcanzaría cuando se excluyera por completo el trabajo de los profesionales dedicados a la fabricación de las imágenes. Esta posibilidad se advierte tras el excesivo acabado de las piezas policromadas, al alcance de la voluntad de los creyentes sin pudor ni destreza. Una parte de ellas pudo ser fruto del trabajo espontáneo de algunos de sus devotos. No cotizaría en el mercado de los simulacros sagrados, lo que en modo alguno le impediría tener un costo y al mismo tiempo alto valor simbólico. Por tanto, la diferencia de precios también pudo ser el resultado de una constante amenaza de ruptura del marco racional que se esperaba de los mercados.

El costo efectivo que cada imagen tuviera, para quienes actuaban como demandantes en aquellas transacciones, tal vez estuviera modificado por otra circunstancia aún.

A las representaciones de los dioses acudían los devotos en busca de beneficios privados, antes que de asuntos que concernieran a sus semejantes, porque la pugna por la salvación del ser propio ya era entre los babilonios una virtud reconocida a consecuencia de su mejor resultado civil. Les solicitaban riquezas y dinero, que proporcionaran bienes a los hombres, y desde luego que les dieran la lluvia, capital confiado a la naturaleza. También que descargaran a los humanos de cualquier necesidad en la que pudieran hallarse, que arrancaran al débil de las manos del poderoso, que tuvieran piedad de la viuda e hicieran bien al huérfano, y que liberaran y protegieran al agraviado.

Por supuesto que también recurrían a ellas por razones de salud. Cuando un mudo no podía hablar, lo llevaban ante determinada imagen, a la que pedían que le devolviera el habla, porque a ella se le reconocían poderes sobre las lenguas que para todos los fines de su vida emplean los hombres. De manera similar actuaban en el caso de un ciego, para el que se pedía la devolución de la vista, arpón capaz para cobrar presa entre todas las palabras. Incluso incurriendo en el exceso de la exigencia, se les solicitaba que libraran a las personas de la muerte, vecino indiferente que no respeta la vida de nadie.

Hay que reconocer no obstante que no terminaba el recurso a ellas donde se agotaban los asuntos privados. También se las apelaba para las cuestiones públicas a las que se concedía mayor valor, como obtener justicia en toda clase de pleitos y defenderse de ladrones y salteadores. Y se confiaba en su poder cuando había que dirimir sobre asuntos fundamentales de estado, como maldecir y bendecir a los reyes, gestos a cuyas consecuencias prácticas, que eran la deposición y la instauración de los monarcas, se les reconocían ventajas; hacer ver a las naciones señales en el cielo y resistir al rey y al ejército enemigos.

Las evoluciones de los creyentes ante las imágenes, con el objeto de predisponerlas a favor de sus deseos, podían tomar formas diversas. Unos les hacían votos, mientras que otros las favorecían, y adoptaban ante ellas una actitud protectora y curativa. También había quienes en una suerte de rito negativo les hacían daño, probablemente fundados en la creencia de que con un trato así estimulaban mejor su reacción, o quizás confiando en la misma fuerza que alimentaba la magia negra, si lo que esperaban de la divinidad era que su fuerza se desencadenara para causar mal a alguien, beneficio que nunca los seres divinos han negado a los hombres.

El tráfico con las imágenes, con el fin de ganarse su confianza y asegurarse a cambio del gesto piadoso la recompensa a la que sus devotos aspiraban, se completaba presentándoles dádivas. Los datos disponibles dejan abierta una amplia gama de posibilidades, en lo que a bienes objeto de las ofrendas se refiere. Normalmente sus adeptos les hacían llegar recursos materiales que estimaban, entre los que se contaban piezas de oro y plata, y sobre todo adquisiciones que se hubieran hecho para con ellas alimentarse.

El rito que seguían en el transcurso de los actos durante los que sus oblaciones eran presentadas lo comparan las fuentes con las ofrendas que se hacían a los muertos, lo que en apariencia no hace más que cambiar de lugar el problema, puesto que la documentación niega datos sobre la modalidad de manifestación piadosa vigente en aquellos momentos. Pero a este propósito cita accidentalmente un detalle que resulta significativo. Mientras hacían sus ofrendas, quienes las consagraban gritaban ante las imágenes, tal como se hacía en cierta clase de banquetes fúnebres.

La relación entre ambos indicios, que comparten la mención a las ceremonias que inspira la muerte, es suficiente para pensar que a las imágenes tal vez les fueran hechas las ofrendas no solo ostensiblemente, a la vista de todos, en el templo, proclamándolas a viva voz, sino que ante ellas, como en las comidas rituales funestas, los bienes tal vez fueran repartidos entre los partícipes. Es posible llegar a este término porque además es muy probable que el rito de las ofrendas incluyera la renuncia cruenta a determinados animales, que así se convertirían en víctimas propiciatorias.

No obstante, el texto dice que la parte del ritual de las sagradas renuncias que provocaba humo se desarrollaba dentro del templo. Si esto ocurría, resulta inverosímil que los ritos asociados a los sacrificios de seres vivos, que ahora es primordial reconstruir, fueran holocaustos. En las liturgias vigentes durante la plena antigüedad era la parte anterior a los templos, al aire libre, la que habitualmente se utilizaba para exponer al fuego los animales sacrificados, cuya deglución completaba la experiencia trascendente. El humo al que hacen referencia los textos pudo provocarlo quemar incienso, un bien que igualmente era una ofrenda, aunque tal vez el efecto de ese gesto no fuera digno de considerarse ni siquiera estela provocada por una combustión.

Si no de todas, de presentar al menos una parte de las ofrendas ante las imágenes las mujeres eran las encargadas, lo que puede ser vindicativo del preferente culto a las representaciones favorables a la condición femenina. No parece que su participación en estas ceremonias estuviera limitada por normas destinadas a guardar la pureza simbólica que a tales actos suele ir asociada. Tanto las que acababan de dar a luz como las que estaban en el regular estado que los textos sagrados consideraban de impureza tocaban sus víctimas sin ninguna restricción.

De la magnitud de todas las formas de la devoción, de las que eran objeto las imágenes cada día, habla el polvo que en el templo levantaban los pies de los que entraban, prueba de un constante trasiego de personas, mientras que de las que ocasionalmente eran representadas los textos mencionan las procesiones que salían de sus respectivos santuarios, cuando las imágenes eran llevadas a hombros. Tanto por delante como por detrás, a las imágenes las acompañaba una turba que se entregaba a invocarlas con desigual fortuna. A los observadores que no habían vivido esta clase de manifestaciones, los cortejos multitudinarios que en torno a los simulacros divinos se formaban infundían temor.

Cuando sinceramente se aspira a disponer de todos los elementos de juicio que permiten completar una teoría de las diferencias de los precios, más allá de los límites que imponen las visiones parciales a las que se resignan las áreas del conocimiento cuando se compartimentan; puesto que en esos casos cualquier formulación teórica se somete a unos límites que evita traspasar; por tanto, se asegura ser parcial o incompleta, no del todo útil en consecuencia; todas las actitudes de los devotos ante las imágenes deben analizarse. Complementadas, descubren que su valor trascendía del material de su ejecución.

Al culto regular de las imágenes estaban dedicados sus sacerdotes. Para que fuera advertida su condición, vestían túnicas y se rapaban las barbas, así como la cabeza, a pesar de lo cual no tenían inconveniente en exponerla al descubierto, incluso en invierno. La primera lectura de los textos lleva a pensar que su oficio litúrgico era pasivo y estático, en modo alguno productivo, porque cada uno, en sus respectivos templos, cuando comparecía en público permanecía sentado. Pero no sería acertada la exégesis si se mantuviera en estos límites. Los sacerdotes también tenían a su cargo cultos que requerían su actividad.

Muy probablemente eran quienes voceaban delante de las imágenes con ocasión de las ofrendas, lo que les otorgaría un papel protagonista en el desarrollo de tales celebraciones, tal como era común en el oficio. Eran además los responsables de la seguridad y la custodia de los simulacros sagrados, aunque los textos no afirman positivamente que fuera cargo directo del sacerdocio su cuidado, ni que se entregaran personalmente a las tareas a que obligara. Pero sí se puede demostrar que a su cargo estaba encender las lámparas que había junto a las imágenes. Aceptado que su guarda era el fundamento de su estatuto, es posible adjudicarles la responsabilidad material de su conservación, que podrían ejercer mediante delegados.

La parte cotidiana de este cargo consistía en lavarles la cara, limpiarlas y cambiarles la indumentaria. Como sus rostros eran ennegrecidos por la humareda que dentro del templo había, y como el polvo que levantaban los pies de los que entraban lo ensuciaban y lo recubrían espesamente, hasta el punto que podía llenar la cuenca de los ojos, para desprender de él toda la suciedad era necesario asearlas con frecuencia. También, dado que el oro con que recubrían las imágenes para embellecerlas no lograba mantenerlas deslumbrantes, a consecuencia de la herrumbre que criaba, hacía falta pulirlo hasta que de nuevo le saliera brillo. Y a causa del continuado uso de los trajes, que se aprovechaban hasta el extremo que se pudrían encima de ellas, asimismo era imprescindible quitarles y ponerles los vestidos. Decidía pues sobre la responsabilidad diaria de los sacerdotes en la conservación de las imágenes su relativa fragilidad, porque una vez colocadas en el templo, debían permanecer expuestas indefinidamente, sin alterar su aspecto ni su posición, hasta el momento que fueran por completo inservibles.

Además, igualmente a causa de su deber como custodios de las esculturas divinas, los sacerdotes se preocupaban de asegurar todas las entradas a los templos donde recibían culto con puertas dotadas con cerrojos, puntales y traviesas, que cerraban para que no fueran saqueadas por los ladrones, quienes aspiraban a quitarles el oro, la plata y la vestimenta que las cubría. El grado de seguridad que con estos medios desplegaban era similar al que se creaba en torno al rey cuando se trataba de evitarle toda clase de ofensas.

También habían de mantenerse vigilantes ante cierto peligro que siempre las amenazó. Si por algún accidente en los templos el fuego llegaba a prender, las imágenes eran una presa fácil para las llamas. En los recintos sagrados el riesgo de incendio debió ser tan constante que en muchas ocasiones se consumaría del peor modo, puesto que las efigies más vulnerables, las de madera, eran también las más habituales. Tan excepcionales agresiones alcanzaban el grado más terrible cuando sobrevenían guerras o calamidades, circunstancias en las que los sacerdotes se veían obligados a tomar las decisiones más radicales. Entonces deliberaban entre ellos cuál era el lugar idóneo donde quedar ocultos, para garantizar la preservación de objetos tan apreciados, y en él se escondían con los que tenían a su cargo.

Aquellos sacerdotes nunca fueron por completo célibes. La concordancia en plural de las frases que hablan de sus mujeres impide tener certeza sobre una propiedad de sus matrimonios, nada insignificante para sondear otra vertiente de las causas por las cuales los precios cambian de un momento a otro, entre lugares: que al menos a una parte de ellos le estuviera consentida la poligamia. Pero sí es posible saber que la convivencia matrimonial les proporcionaba descendencia, que con sus progenitores compartía el hogar, razón de gasto aún más grave que la originada por el trato conyugal con más de una mujer.

Las fuentes afirman que los ingresos que por medio de las ofrendas obtuvieran los templos no solo atendían la representación de las renuncias ante las imágenes. Igualmente servían para atender las necesidades cotidianas del sacerdote y su familia. Al parecer, aquellos sobrecargados varones justificaban esta manera de actuar manifestando que las raciones que eran ofrendadas a las imágenes eran tan abundantes que no era posible consumirlas al momento, por lo que entre sus ocupaciones debía estar también poner lo sobrante en conserva, para que la donación no fuera defraudada ni en todo ni en parte. Nadie puede hacerlos responsables de que los procedimientos de conserva fueran entonces pocos y limitados, ni de que sus respectivas despensas, embriones unidos por un cordón a los almacenes matrices, se vieran en la obligación de mantenerse siempre abastecidas, sin que por eso decayera la representación pública del sacrificio a la que estaban obligados.

Quizás mal aconsejados por las necesidades que la manutención del hogar origina, que con frecuencia llegan al grado de la exigencia que urge, la custodia sacerdotal de los bienes privativos de las imágenes excedió la vigilia ante la caducidad, y no fue siempre todo lo edificante que se podía esperar de esta clase de sujetos, hasta quedar expuestos a la vergüenza ante sus contemporáneos. Ocurrió a veces, según los textos antiguos, que las víctimas de las oblaciones las vendieron para sacar mayor provecho de ellas, quitaron a las imágenes su indumentaria para emplearla en vestir a sus mujeres y a sus hijos, y tomaron para sí, no ya los bienes perecederos que amenazaban con perderse inútilmente, sino el oro y la plata donados a las imágenes, que entonces estaban ganando propiedades monetarias, para emplearlo en gastos propios.

Como el autor crítico generaliza afirmando que los sacerdotes, cuando comparecían en público, llevaban la túnica desgarrada; y también las fuentes los acusan de que escapaban y se ponían a salvo, en caso de que el templo se incendiara, y de que al llegar la guerra, cuando buscaban el mejor lugar para ocultarse, antes pensaban en salvar sus vidas; se puede creer que todo lo que concierne a la administración del patrimonio de las imágenes los antiguos también lo dejaron escrito con el propósito de agraviarlos.

Cuando se enfatiza que los sacerdotes hacían un empleo discrecional del oro y la plata donados, probablemente se está abusando, previa conjetura sobre el destino de los bienes allegados a los templos, de un hecho que era parte de su responsabilidad. Los sacerdotes eran quienes demandaban las imágenes, y por tanto quedaban obligados a liquidar cada precio que les fuera pedido, recurriendo a los fondos de las fábricas. Ha quedado establecido que el oro y la plata de los que disponían los templos donde las imágenes recibían culto procedían de las ofrendas. Dado que a las imágenes pertenecía un patrimonio tan valioso, que además estaba adquiriendo propiedades monetarias, es posible que una parte de los ingresos obtenidos en estas especies, por iniciativa de los sacerdotes, en ejercicio de la responsabilidad que habían adquirido, asimismo fuera aplicada a la fabricación de otras nuevas, a su conservación y a restaurar las que ya existieran cuando llegara el caso. También pudo ocurrir que una parte de los deberes de los sacerdotes de los templos fuera destinar lo que obtenían como ofrenda, en alguna medida, a la atención de las necesidades de los pobres y los enfermos, lo que justificaría su obligación de almacenar y la posibilidad de que hicieran uso de las despensas a discreción.

Pero lamentablemente, solo recurriendo a los remotos correspondientes, no es posible adquirir la certeza sobre los movimientos de caja de aquellas instituciones. La sombra crece, más que por el lado de los gastos, que podrían ser bastante justificados solo con las indicaciones que hacen las fuentes, que en modo alguno comprometen la honradez de los sacerdotes, por el de los ingresos, aunque resulte paradójico. No es seguro que la donación fuera la única forma de ingreso de los metales más estimados en las arcas de las fábricas.

Las mujeres que por decisión propia en Babilonia se entregaban a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad, solo una vez en su vida, como quien se impone una peregrinación esforzada, formando grupos se sentaban junto a los caminos. Se manifestaban a los transeúntes varones ceñidas con una cuerda, traslación del himen, de la que hacían ostentación mientras permanecía íntegra, para de este modo señalar que en su caso el rito que colmaba sus creencias, discretamente denominado por la cadena que ha transmitido los textos prostitución sagrada, no se había consumado. La espera hasta el momento que cada cual celebraría, mostrando cada cual su peculiar éxtasis, la entretenían quemando, como si fuera un incienso, salvado, procedente de la molturación doméstica de los cereales. A estas emanaciones algunos atribuyen valor afrodisíaco, aunque no está demostrado que la combustión de la cáscara del grano tenga tan alta propiedad. Es posible que en el camino de la tradición se contaminara la inspiración de los vapores del salvado, que obra el aparato respiratorio, con el curso que habitualmente sigue la fibra en el tracto digestivo. Es más probable que mantuvieran aquel rito en la confianza de que así ejecutaban un procedimiento mágico que contribuía a precipitar el fin deseado.

En aquella actitud permanecían hasta que eran solicitadas por algún transeúnte, a quien entonces asistía el derecho a romper la cuerda, sirviéndose del vigor de su edad. Era costumbre que cuando alguna había conseguido que la eligieran, aun antes de acoplarse con quien la designaba, afeara a las que todavía debían permanecer a la espera que no hubieran sido halladas atractivas, y que por tanto su cuerda aún no hubiera sido cortada por algún poderoso varón.

Pero en Babilonia, en el siglo sexto anterior a la era, no solo se ejercía aquel rito en las encrucijadas y sus vías de acceso. El texto menciona también a las prostitutas de la terraza, una referencia que unánimemente la crítica ha interpretado del mismo modo. En las cubiertas de los templos, bajo las cuales recibían culto las imágenes, asimismo tenía su sede un grupo de mujeres que a esta actividad prefería consagrarse. Así pues, aparte las que se entregaran a las creencias relacionadas con el culto a la fecundidad una vez en su vida y por iniciativa propia, en los templos de la gran ciudad había mujeres consagradas a la santa prostitución de manera estable. Por esta razón se adquiere la autoridad para pensar que las primitivas creencias sobre la participación personal en los cultos a la fecundidad habían alcanzado algún grado de sensual regeneración a principios de aquel siglo. Averiguar de quién partió la iniciativa puede ser decisivo para deducir las premisas del comportamiento diferencial de los precios.

Según afirman las fuentes, con ellas corrompían su comportamiento los sacerdotes encargados de la custodia de las imágenes. De ahí que se haya elaborado cierta especie, sirviéndose de los mismos procedimientos razonables de los que se sirve la teoría de los precios. Los sacerdotes, por efecto de aquel trato, tal vez utilizaran el oro y la plata que administraban para incentivar a las prostitutas que mantenían en los respectivos templos. Según este modo de explicar los hechos, que colma el conocimiento del valor que en Babilonia concedían a las imágenes, es muy probable que lo hicieran guiados por el instinto de la inversión, pensando que de este modo atraían la participación de los varones, titulares preferentes de los patrimonios, en las actividades del templo, de tal modo que incrementaran las donaciones.

Los sacerdotes entregarían una parte no despreciable del oro y la plata, ingresados por donación, a las prostitutas sagradas, para de este modo propagar la obtención de nuevos ingresos. La espiral de la demanda incrementaría el número de las consagradas estables, y de este modo, cada vez más, el costo y el mantenimiento de las imágenes se irían socializando. Por tanto, los sacerdotes pudieron incrementar las ganancias de sus sedes sirviéndose de unos medios no del todo ilegítimos, cobertura moral que bastaría para avalar, en caso de que fuera necesario, su desviación al gasto privado.

Si los malos consejos en la administración, o las urgencias de los consumos de las familias levíticas, desviaron una parte de los cuantiosos frutos que aquella actividad atrajera, finalmente habría que reconocer que el precio de las imágenes sería variable en función de: las advocaciones, cada una de las cuales imantaría un número distinto de devotos, y por tanto de donaciones; la figura, complexión y número de las prostitutas sagradas de los templos, que desestabilizarían el factor anterior; y la diversidad de las fórmulas conyugales que a los sacerdotes comprometiera, así como el rango al que correspondiera el tamaño de sus respectivas descendencias. Teorizar con estos factores el valor de la devoción, una vez retornada al mundo material, permitiría aislar una parte no despreciable de los factores que consentirían la variación de los precios.