Variaciones
Publicado: enero 28, 2019 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Íbamos a completar la información que necesitábamos. Días antes habíamos agotado una estancia que creímos sería suficiente. Pero alguien nos pasó la confidencia. En el archivo de los servicios centrales había algo que podía ser muy revelador, decisivo para el punto de vista desde el que habíamos acordado tratar el asunto. Creímos que con una visita de poco más de veinticuatro horas sería suficiente.
Volvimos al hotel donde nos habíamos alojado la vez anterior. Cuando cruzábamos el primer paso de peatones, ya pudimos ver que en su fachada había algo anormal. Al llegar ante la puerta, la persiana metálica estaba casi por completo bajada. Nos asomamos por debajo y vimos que en los escalones se amontonaban objetos de todas clases, y en el vestíbulo los empleados celebraban una reunión.
Él decidió pasar por debajo de la persiana, aprovechando la franja que había quedado abierta, mientras que yo permanecí fuera, incapaz de pasar entre los objetos dispersos por los escalones. Cuando percibieron su presencia, algunos volvieron la cara. El que parecía el responsable de la reunión se levantó, se atravesó en su camino y le denegó el paso. Él insistía, le explicaba la urgencia de nuestro plan. El responsable cedió.
Se perdieron en dirección a los ascensores, mientras yo aún hacía esfuerzos por entrar. Pude por fin pasar. El hotel estaba más concurrido de lo que esperaba. Más que cerrado parecía reservado para alguna asamblea, para la que sin embargo los muebles no serían imprescindibles.
Pregunté por mi acompañante a un hombre alto, vestido con levita y corbata de lazo, sin duda empleado del hotel. Me dijo que no tenía ni idea de dónde podía estar, que él solo era el encargado de las habitaciones; que fuera a preguntar a la recepción, que estaba en la segunda planta.
Alcancé el patio central, cubierto por una montera. Era realmente suntuoso. Gigantescas columnas clásicas, dispuestas en círculo, unificaban las cuatro plantas, cada una de las cuales se asomaba al patio por las barandas que ponían límite a sus pasillos principales.
Subí a la segunda planta. Del anillo central que distribuía la circulación partían pasillos que llevaban hasta las habitaciones, cuyas puertas estaban alineadas en otros secundarios trazados ya a base de perpendiculares. El orden de su arquitectura era radicalmente distinto al del patio central. Habían dejado a la vista pilares y vigas de hormigón, y el gris de las telas que tapizaban el techo y las paredes, y el de las moquetas que cubrían el suelo, creaban una sedante penumbra, nada que ver con la luminosidad del patio.
Buscaba en cada puerta la que pudiera darme alguna señal de la presencia de mi acompañante cuando tropecé con una expedición de estudiantes. Eran decenas, apenas podía pasar entre ellos. El encargado de las habitaciones se esforzaba por separarlos y dejar libre el espacio suficiente cuando giró inesperadamente el cuello, miró al techo, lo señaló con un dedo y nos puso sobre aviso. Una de las vigas maestras de hormigón, la que atravesaba el pasillo en sentido transversal, estaba cediendo.
Corrí hacia la escalera de incendios, que estaba a mi izquierda, junto a los ascensores, al fondo de la última rama de las galerías, la más estrecha. El suelo empezó a ceder y el tramo en el que yo estaba fue cerrándose. Las vigas y los pilares dejaron de formar ángulo recto, el plano del pasillo perdía la horizontal, el techo descendía sobre nosotros. Cuatro o cinco estudiantes y yo estábamos atrapados en la asfixiante jaula asimétrica sin salida que se iba formando mientras empezó a oírse una música. Un violonchelo tocaba las variaciones Goldberg, y por debajo a sí mismo se replicaba con una versión del concierto italiano.
Al compás de la música la armadura del edificio se fue recomponiendo, tal como ocurre con las secuencias de las demoliciones que filman las agencias de noticias cuando las proyectan en retroceso. En poco tiempo pudimos bajar por las escaleras, cada vez más regulares, y salir indemnes por nuestro propio pie.
Insomnio
Publicado: abril 28, 2017 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Es inútil el centro cuando todo está cerrado, aunque no mucho más que la cama durante el día. En ocasiones hablan de mantener el comercio abierto más tiempo. No les falta razón a quienes así piensan. Así como la cama jamás negará el descanso, una tienda nunca podrá resistirse a una venta. Basta con hacerla accesible, como el dormitorio a su dueño. Y si cualquiera puede ser dormilón, que es estar dispuesto al sueño siempre, el deseo de hacer la compra puede sobrevenir en cualquier momento.
Tomemos un ejemplo. Yo mismo puedo servir. He pasado buena parte de la noche en blanco. La razón es que estoy seriamente interesado en convertirme en un hombre culto, pero culto más allá de lo superficial, más allá de la conversación que en una reunión a veces debe emprenderse con un interlocutor al que apenas conocemos. Me ha propuesto ser un experto en poesía. Sí, sí, tal como lo han leído. Experto en el más difícil arte que haya, y además en poesía grecolatina. ¿Qué me dicen? ¿Se puede aspirar a llegar más alto?
Por desgracia, mi formación de bachiller fue muy deficiente. No tuve una oportunidad seria de estudiar griego ni latín durante mi juventud. Es verdad que algunas parientes, unos próximos y otros más distantes, hicieron todo cuanto estaba en sus manos para introducirme en aquellos placeres. Honradamente debo dejar constancia de todo el agradecimiento del que soy capaz hacia tan generosas atenciones. Pero ni a ellas les podía pedir dedicación más allá de lo que por deseo propio entregaban, ni menos aún en mí había el entusiasmo o la voluntad adecuados, porque entusiasmo y voluntad de estudio en vacaciones iban siempre a otra parte, calculo que al otro hemisferio, donde en aquella estación harían más falta, mucho menos las aptitudes requeridas para tan arduas materias. Porque ¿para qué vamos a engañarnos? En el fondo es que aquellos conocimientos me resultaban inalcanzables, estaban mucho más allá de mi juvenil capacidad de comprensión.
No obstante, nada de aquello quitaba que al tiempo observara melancólico cómo mi amigo de la infancia, que a partir de entonces empezó a tomarme distancia, avanzaba con paso firme en el estudio del latín y del inglés, lenguas que para mí, a la vista de mi ineptitud para el estudio de la primera, me parecían tan extrañas y ajenas como con seguridad atractivas y seductoras, como la criatura que domina nuestros deseos y sus decisiones porque sabe que creemos que de un abrumador instinto que nos somete procede nuestra ansia de poseerla.
A esto de las dos y media de la madrugada última me desperté, no sé muy bien por qué, a vueltas con la dichosa literatura grecolatina. Tal vez haya sido porque ayer noche, que era noche de domingo, volví a ver por el centro, sentado en la terraza de un bar, de lejos, a aquel amigo, ya convertido en un sabio hombre, señor de sólida formación que si no nos ha sorprendido todavía con un nuevo sistema filosófico será porque la obra que debe legarse a los mortales de la posteridad no debe descuidarse ni en una coma, ni desdorar en nada la alta condición a la que su autor debe aspirar.
Aún no del todo consciente, un excelente Horacio, que compré meses atrás y que todavía mantenía cerrado, se me impuso. Veía en la oscuridad el exquisito grabado que evoca la descansada vida del que se aparta del mundo para deleitarse en su contemplación porque todo lo ama, porque todo lo entiende, que el inmejorable editor ha elegido para ilustrar la sobrecubierta de la memorable edición de la más exacta de las líricas.
Debí entrar en ese estado de recogimiento y ascensión que quienes se dedican a escribir poemas dicen que sobreviene cuando se sienten iluminados y forzados al gozo de la escritura más intensa. Porque cuentan que suele ser la noche, la noche plena, de madrugada y aun dormidos, cuando aquel desorden místico los abruma y los remueve, y no retornan a la calma hasta que sobre el papel la revelación ha quedado vertida, como si la escritura hubiera sido un exorcismo. Deduzco entonces que en mi caso solo he alcanzado el estado prepoético. Recibí la llamada del volumen, y como hipnotizado por él, sin pensarlo dos veces, me levanté y tomé. Y aquí me tienen ustedes, en pijama y abrigándome solo con la bata, junto a la más discreta y más aparta luz de la casa, sentado en una severa silla de respaldo recto, a vueltas con los hexámetros. Nada más.
No duré mucho, la verdad. Pero la excitación que de mi cuerpo se había adueñado me ha mantenido con los ojos abiertos, incluso en la cama y en completa oscuridad, hasta pasadas las cinco. Antes de la siete ya estaba de nuevo levantado, ahora para ir al trabajo. Ya pueden imaginar con qué cuerpo y con qué ganas. Para darme ánimos, la radio me ha comunicado la feliz noticia de que en la calle de al lado alguien ha conseguido ganar en la lotería miles de millones. Probablemente tampoco haya dormido esta noche aunque por causas mucho menos nobles, que a las siete de la mañana, quien tiene que volver al trabajo, solo puede detestar.
No sé cómo he tenido arrestos suficientes para llegar hasta aquí. Son más de las diez de la mañana. Estoy en plena jornada de exámenes, la más interminable de cuantas jornadas el demonio haya inventado para castigar mi incivilidad. Para pasar mejor el rato escribo, mientras los alumnos copian; por eso, porque ambas son razones dignas, y para no dormirme. Nada deseo más en este momento que una cama. Y fíjense, es pleno día. Allí en mi habitación está ella, sola, después de que durante la madrugada la despreciara, y en su lugar prefiriera a un poeta muerto.
Otra cosa hubiera sido, un aun ahora sería, si entonces, en plena noche, rigiera nuestros hábitos la costumbre de que el centro permaneciera abierto. Habría bastado un corto paseo y un café. Vivo a pocos cientos de metros de donde puede tomarse el mejor café de la ciudad. Ya que estaba desvelado, caminar bien abrigado entre la bruma de la noche pasada; el frío, recibiéndome como un lugar donde todo puede empezar, como una página en blanco, hubiera sido el mejor comienzo de la reiterada recuperación de la vida, adelantándome a su llega y yendo a recibirla al lugar donde mejor puede saborearse. ¿O es que puede haber algún lugar más exclusivo que el centro? Mas no ha sido posible.
Redacción
Publicado: mayo 29, 2015 Archivado en: L. Delhore | Tags: historias Deja un comentarioL. Delhore
Una ancha avenida llega hasta el colegio. Es larga y de trazado recto, sin la menor declinación. Un observador, situado en uno de sus extremos y dotado de una vista regular, verá al otro el fondo que corresponda, el campo abierto o la transversal de donde arranca sin apenas edificios. Los solares baratos ofrecidos por el ayuntamiento a un lado enseguida se llenaron de bloques de viviendas, y colmaron el trazado de aquella línea. Al otro lado el suelo no fue un costo porque solo edificios públicos allí levantaron. Y así ha quedado aquella perspectiva, sin prolongación ni ramas, sin apenas conexión con la ciudad, como los huesos de un cuerpo que hubieran despojado las aves en medio del campo.
El colegio queda en el extremo de la salida, al fondo a la derecha si se mira la recta desde el lugar donde se une a la ciudad. Justo en el punto opuesto de la avenida está el restaurante de mis padres, la casa donde vivimos. No es exactamente la esquina de la acera a la izquierda, pero poco le falta. Un par de casas entrados ya en la avenida está en el bajo el negocio y en el primer piso la vivienda.
Es un restaurante modesto. Comidas sencillas y baratas atraen a los empleados públicos y a los estudiantes, que con su insaciable apetito devoran cuanto nosotros necesitamos para vivir. No está a nuestro alcance lujo alguno. Como aquel legendario condenado, apenas si cada día acumulamos fuerzas para que nos vuelvan a nacer las entrañas que otros comen. Se diría que vegetamos. Pero vegetamos sobre la más sólida y secreta felicidad.
Mi padre procede del otro lado del planeta. Huyó de allí para evitar una vida miserable. Nada le obligaba a salir, y con seguridad habría encontrado entre los suyos un lugar en el que vivir con el corazón satisfecho. Bien sé que es un artífice del aire, el constructor de castillos sin cimientos más dotado, la pura arquitectura sin materiales andando. En el desierto levantaría el reino más colmado.
Pero se enamoró de mi madre, apenas metro y medio de frágil hermosura. Hay invernaderos, vitrinas donde colocar la porcelana en el museo. De ningún modo mi madre habría sobrevivido en un país donde al crudo invierno sucede un verano irrespirable e insano, donde las lluvias devastan a capricho las cosechas y las casas, a los hombres y a sus familias sin misericordia. Nunca he sabido cómo hizo para escapar con ella, pero la trajo al lugar adecuado. Sus mejillas siempre están sonrosadas, sobre el puro blanco de su rostro, y su mirada siempre abierta por una dulce sonrisa, sincera declaración de su dicha estable.
Para ir al colegio, mi hermano y yo podemos tomar por uno de dos caminos. El de la izquierda, que es la acera de ese lado de la avenida, está porticado. El de la derecha tiene la desventaja de que nos obliga a cruzar, y allí apenas hay el espacio suficiente para que dos personas caminen juntas.
La galería porticada es más atractiva por el tamaño de las cosas. Es el paraíso de los colores. Empieza con los luminosos de nuestro restaurante, que siguen sin cortarse hasta el final. Los bajos de todos los edificios están ocupados por comercios, entre los que con trabajo se abren un hueco las puertas de los pisos. Vive tanta gente en aquellos inmensos bloques que cualquier negocio prospera. Hay de todo, y en poco espacio cada uno tiene el suficiente para salir adelante. Solo los bancos son grandes. Los otros comercios emplean casi toda su fachada en un escaparate, y en él acumulan cuanto pueden. Para enseñar más, eligen como muestra lo más pequeño de cada clase, y cada escaparate es un mundo de colores.
De noche, solo esta mitad de la calle existe. Al otro lado los edificios públicos están vacíos y apagados. Nadie circula por allí y delante de ellos los coches esperan parados hasta el día siguiente. La vida se concentra en la línea de luz de los soportales. Nada hay más allá y todo está allí. Tampoco parece necesaria alguna cosa más, y ni siquiera se llega a pensar que pueda existir.
Nosotros ya somos de aquí, más aún porque aquí hemos nacido. Hablamos esta lengua y con ella hemos aprendido a escribir. Pero mi padre solo emplea su extraña y hermosa lengua. Se ha negado a olvidarla, y de ningún modo quiere que se contamine con las palabras que tuvieron un origen distinto al suyo. Hace cuanto puede para que nosotros la conservemos en un lugar que le es tan ajeno. Aunque si esto llegara a ocurrir debería agradecérselo a la infinita paciencia de mi madre. Mi padre emplea más tiempo en hacer protestas de conservación que en enseñarnos.
Pero domina como nadie su secreto. ¿Saben en qué consiste la seductora virtud de aquella vieja forma de expresarse? Es una lengua en aquel estado en que la escritura necesita de la invención de las palabras para ser leída. Sobre el papel solo hay un laberinto de extraños signos que no son vocales ni consonantes. Sugieren ideas, solo eso. El lector, que para hablar de hecho emplea otra lengua, pensada para entenderse en el mundo de las cosas concretas, vierte cuanto los signos le sugieren a las palabras que pronuncia. Cada texto es nuevo cada vez, aun para un mismo lector.
Mi padre ejecuta el prodigio en voz alta, como el sacerdote que leyera a sus fieles la palabra sagrada. Nos sienta a su alrededor y el periódico que alguna vez le envían le basta. Lo despliega como una carta de navegación encima de la mesa, y con el dedo va señalando las cotas que su segura derrota debe seguir. Extiende el relato como el violinista derrama su miel.
Yo sé que lo hace con método. Oyendo con atención, he podido descubrir procedimientos similares en noticias distintas. Entonces he sonreído de satisfacción, complacido como con pocas cosas. Porque de ese modo he sabido que entraba en el pensamiento de mi padre, y así él se reencarnaba en mí de la inmejorable manera que él en lo más íntimo desea.
Es rico en recursos mi soberano. En ocasiones ramifica la historia, como los fuegos artificiales que tapan las estrellas, con la misma alegría contagiosa con que aquel día sube. Otras veces la remonta hasta unos orígenes oscuros, especioso y analítico, sin que encuentre de una vez la expresión de su gusto. Aun hay otras en que, muy seguro del final, nos sorprende con un comienzo intrascendente, como la maniobra de distracción de los ejércitos antiguos. Hay días en fin que sus expresiones se llenan de símbolos y alusiones, con un orden que solo por la forma se percibe, pero cuyo secreto solo mi padre posee.
Pero no está en la lectura la clave de la felicidad que nos acoge. Soy aún más dichoso cuando pienso en ella, pero no por las palabras, sino por las escenas que imagino.
Camino con mi hermano para el colegio. Un color me recuerda alguna de las palabras que mi padre escoge. Me traslado con el pensamiento a la habitación en penumbra donde nos juntamos y me concentro en aquella escena. La veo desde arriba, y a la vez me veo en ella, como en los sueños. Lo que veo nunca ha ocurrido. Está hecho con todo lo mejor de cuanto ha sucedido, e incluso con algunos retoques que lo hacen todavía más atractivo. Aunque siga caminando, aunque ante mí pasen otros objetos y otros escaparates, señoras hermosas o viejos llamativos, si consigo concentrar mi pensamiento en aquella escena, sin dejar de ser consciente de lo que pasa a mi alrededor, la voy colmando de los detalles que me deleitan, y lo que ocurre a mi alrededor me parece tanto más hermoso cuanto más dueño de lo que pienso soy. No es la felicidad vivida lo que me satisface. Es vivir, estar en el mundo, y a la vez pensar por mí lo que en el momento en que estoy me hace dichoso.
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