Mishail Abí. 6

Eladio Conradi

No resistiría esta versión de los textos atribuidos a Mishail Abí la crítica más benevolente. Están plagados de anacronismos. ¿Cómo un escrito en la lengua fenicia, original de los comienzos del primer milenio antes de nuestra era, puede expresar conceptos tales como telúrico, convivencia, identidad o nutricio? No es admisible que sean palabras fijadas por el autor primitivo. Imposible. Tanto en la forma como en la idea abstraída corresponden a elaboraciones recientes de lenguas vivas. De alguna de ellas sería fácil deducir la filiación exacta por reciente. Es probable que en tal caso nos sorprendiera que su vida sea aún más corta que la nuestra. Bien la tradición que convergió en el escogido regalo a Seguier fue fatalmente contaminada por algún halagador sin escrúpulos, fuera el ambicioso Bosquet o con más probabilidad cualquiera de sus aduladores clientes; bien la edición de Héctor de la Ferriere fue descuidada, tal vez antológica y versionante, en unos tiempos en los que aún no regían con autoridad unas normas estables de edición leal. O bien cualquiera de las sucesivas reproducciones de lo que Ferriere publicara ha llevado el fervor arcaizante del transcriptor –el eslabón con el que nosotros hemos enlazado– a extralimitarse en sus retoques a la traducción, como ocurre con los atuendos de los actores que representan óperas de asunto histórico. Y todo esto sin hablar de las muchas expresiones cuya elaboración es sin ninguna duda posterior a la fecha pretendida para el original.

     Todo esto ha sido suficiente para que subsistan en la crítica reservas sobre la autoría aceptada. Los más atentos analistas sostienen que Misahil Abí, para este texto, es un seudónimo que oculta un doble autor, aludido con un nombre compuesto. No le falta fundamento a la conjetura. Así como Misahil es un nombre que con facilidad puede admitirse como fenicio, Abí es una forma que igualmente sin mayor objeción puede aceptarse como palabra de un origen semita más impreciso. Lo que de ningún modo parece sostenible es que en el tiempo al que pretende remitirse la forma compuesta fuera de uso ese estilo en la denominación de las personas, y menos aún que Abí ocupara posición y aparentara función de patronímico. Más probable parece que por el primer nombre autores posteriores asociados intentaran expresar la fortaleza, la entereza de carácter, la sólida y valiente voluntad de ejecución, rasgos que corresponderían a la parte dominante de la entente literaria para aquel caso acordada. Y que, por contraste, con Abí quedara evocada la vertiente más dúctil de aquella comunión, el elemento que acompaña y se amolda a las aristas del ser dominante.

     Ignora esta objeción que el hecho incontrovertible es que el nombre compuesto procede de las fuentes. El fundamento de sus observaciones alcanzaría hasta ellas, y obligaría a un examen más profundo del problema. Nada impide, sin embargo, contaminada o no en este punto la tradición, asunto que merecería tratamiento pormenorizado, pero que desde luego es caso aparte, el uso oportunista del nombre compuesto que el análisis más serio explica, por más que sus conjeturas no sean en rigor deducciones analíticas. Pudieron un par de autores aprovechar la oportunidad que les brindaba la forma en que nos ha llegado el nombre de aquel antiguo broncista para representar con apariencia de fundamento y esencia del ser su particular manera de ver las cosas.

     Al menos un principio de solución a toda esta serie de incertidumbres ofrecería la consulta directa de los fondos aportados por Dubrovski a la Biblioteca Pública de San Petersburgo. Pero primero fue el hermetismo de la institución durante casi todo el siglo pasado, representación de la desconfianza que servía de justificación al ancestral estancamiento de cualquier gestión en donde Europa había quedado reducida a una isla enorme. Y luego ha sido el manifiesto desorden que a cualquier institución desequilibra, que al descubierto ahora sin pudor cualquiera de las rusas deja ver. Cuantos han intentado el contacto con aquellos venerables escritos, bien directo o bien por medios de comunicación de cualquier índole, entre los que se cuenta el autor de estas líneas, hasta ahora han fracasado. Imprecisión de las referencias, obras en la techumbre, cesantía del oficial encargado del departamento, pérdida de la llave del estante y silencio, impenetrable e infinito silencio, han sido parte de la colección de respuestas servidas por los servicios exteriores de la vieja institución.

     Por el momento, pues, no queda más, por lo que a este asunto se refiere, que dejar las cosas en este punto. Hasta aquí alcanza cuanto ha llegado servido por la tradición. Desde Heródoto hasta Voltaire se sostuvo que el narrador que pretende ser veraz debe limitarse a escribir en beneficio del atento lector cuantos datos haya obtenido, con independencia del juicio que le merezcan, para que sea finalmente el afanoso indagador de las letras ajenas quien decida.


Mishail Abí. 5

Eladio Conradi

La Biblioteca Pública e Imperial de San Petersburgo fue por fin abierta en 1814, bastante después de muerta su feliz promotora. Gracias al sereno y meditado plan de acopio y gestión del que se había beneficiado, durante todo aquel siglo, y hasta la revolución de 1917, fue la mayor biblioteca de todas las Rusias, la que podía pasar por biblioteca nacional, y aun pudo ser considerada, entre 1850 y 1900, por la cantidad de volúmenes que en ella estaban depositados, la segunda biblioteca del mundo, tras la Nacional de París.

     Pasada la revolución soviética, por razones administrativas, dejó de ser la biblioteca preferente del estado. Pero no fue aquel cambio obstáculo para que la autoridad de su ya sedimentado prestigio se impusiera, y la vieja institución hiciera de centro que gestionara el patrimonio bibliográfico que a consecuencia de los nuevos tiempos iba siendo acumulado. En ella ingresaron millones de obras, procedentes de las colecciones privadas que habían sido confiscadas durante la más frívola de las aventuras políticas que puedan recodarse, y de otras públicas que por distintas razones habían quedado desintegradas. Como culminación de aquella ola de innovaciones, en 1932 la ya centenaria obra imperial fue rebautizada con el nombre del escritor Mijaíl Yevgráfovich Saltikov, más conocido por su semipseudónimo Saltikov-Chtedrine, cambio sobre cuya responsabilidad no debe buscarse razón alguna en la biblioteca misma. En la actualidad, restaurada como Biblioteca Nacional de San Petersburgo, este depósito gigantesco conserva la colección más completa de obras rusas anteriores a la revolución que se conozca, así como de obras extranjeras sobre Rusia.

     Desde el momento de su donación hasta hoy, la colección Dubrovski ha sido conservada en ella con tanto cuidado como escasos lectores. No deja de sorprender, habiendo sido el francés una lengua tan fundamental para la cultura rusa más occidentalizada. Habrá que responsabilizar a las dificultades para la lectura que lo escrito a mano plantea que durante décadas y décadas aquellos fondos casi nunca fueran leídos.

     Después de la revolución de 1917, algunos estudiosos repararon en ella con cierto desistimiento pero con sistema; a pesar de que durante la etapa que a partir de aquel momento comenzara, y que ha durado hasta tiempos recientes, el acceso a estos fondos, para cualquier lector no ruso, estuvo muy limitado, si no excluido. Pero durante el siglo precedente a la revolución, algún lector francés fue hasta allí arrastrado por la curiosidad, tras una penosa peregrinación, réplica de la sufrida marcha de los papeles de Seguier hasta Rusia, iniciación que lo preparaba para tan alto conocimiento. Entre los pocos que esta aventura completaron estuvo, antes que casi todos, Héctor de la Ferriere, el docto conde lionés, conocido por su afán, tan de persona sabia, de no decir lo obvio, de no alargar las frases, de decir lo justo para ser entendido. Tras sus fracasos políticos, inspirado por sus firmes convicciones republicanas, por los años sesenta del siglo XIX, entre otras decisiones acertadas, tomó la de emprender el viaje que lo llevó a San Petersburgo, donde pasó una larga temporada. Durante el tiempo que estuvo en la ciudad de los zares, trabajador infatigable, buena parte de sus esfuerzos intelectuales los concentró en la biblioteca imperial, con el propósito de conocer cuál era el contenido de los manuscritos que hasta ella habían llegado procedentes de Francia.

     A su regreso, refugiado en su castillo de Ronfeugerai, en la baja Normandía, preparó el balance de sus indagaciones. Apareció en París en el año 1867 bajo el título Dos años de misión en San Petersburgo. Manuscritos, cartas y documentos salidos de Francia en 1789. Contenía la noticia circunstanciada de cuanto había podido revisar de la colección Dubrovski, descripción que en bastantes casos alcanzaba hasta la copia literal de buen número de piezas, tal como entonces era común en los todavía indefinidos instrumentos descriptivos de las colecciones documentales, donde convivían simples referencias propias de inventarios con descripciones catalográficas o ediciones escasamente regladas.

     Con ser prolongada la estancia de Héctor de la Ferriere en San Petersburgo, y muchas las horas que dedicara al trabajo que se había impuesto, el balance de su trabajo pareció corto a sus críticos, una opinión que ha prevalecido. La masa de manuscritos que pasó por su mesa fue tanta, por efecto de su insaciable deseo de ver y ver, que resultó excesiva, y en apariencia desigual y dispersa. Tan poco fue el tiempo que pudo dedicar a cada pieza que en muchas ocasiones leyó con precipitación; de donde vendrían a derivar a veces imprecisiones, en otras indudables errores y en tantas tanta superficialidad en la interpretación que el contenido del manuscrito, conocido por el asiento que en su informe aparece, no puede saberse a ciencia cierta. Añádase que la conciencia de su limitada capacidad de consulta, la certeza de que sería imposible conocer el contenido completo de la colección, angustia que abrumó y ofuscó su trabajo desde su origen, le obligó a emplearse siempre seleccionando, y los criterios que para ello aplicó no fueron estables, definidos a partir de principios rigurosos, inspirados en ideas claras, explícitos siempre, y sí esquivos para el lector actual.

     Por reconocimiento al trabajo esforzado de la Ferriere, y a su deseo de servir a la verdad, debe quedar constancia sin embargo que por su palabra aquel pionero declaró que no creía que su campaña de lecturas fuera la culminación de empresa alguna, sino una apertura de puertas que otros lectores tendrían que franquear, el comienzo de una vida cuya muerte a él le estaba negada como consecuencia de la propia, como es común que al padre con el hijo le ocurra. Allá hay –decía, refiriéndose a los depósitos de la biblioteca imperial– maravillosos yacimientos de oro que esperan ser explotados; basta tener buena mano, voluntad y paciencia para buscar.

     El mayor mérito del conde, para quienes del gran templo de la República quieran saber, es haber rescatado, no sabemos si por la voluntad que le dictara su conciencia, la única versión por ahora conocida de los textos de Misahil Abí. No estaba entre los manuscritos orientales, sino formando parte del archivo personal que Seguier fue haciéndose, a consecuencia de su eficiente y leal gestión como administrador de la grandeza francesa; entre aquellos fondos de Seguier que genéricamente han venido siendo conocidos como manuscritos contemporáneos, simplemente porque utilizan como lengua el francés, aunque algo de híbrido deba reconocerse en su uso. Héctor de la Ferriere la descubrió en el legajo 107/I-III, descrito en su inventario como Colección de cartas originales de hombres ilustres del siglo XVII para servir a la historia, en tres carteras, 1633-1669.

     La correspondencia recibida por Seguier en su tiempo, en la parte ahora conservada en San Petersburgo, es una colección de entre dos mil quinientas y tres mil piezas, algo relativamente pequeño y abarcable, si se compara con los muchos millares que habiendo pertenecido a las series guardadas por el canciller fueron a parar en la biblioteca imperial. Es lógico que el conde fijara en ella su atención y se propusiera revisarla dentro de los límites de su campaña de pesquisa, más aún porque es una materia seductora, sabrosa y variada, ligera en ocasiones, sorprendente con bastante frecuencia, buena muestra de la dispersa apertura a temas imprevistos que puede llegar a convertir en reconfortantes las tediosas y áridas horas que es obligado dedicar a la investigación sobre documentos para cada jornada acumular, como recompensa a tantos esfuerzos, algunos gramos de oro.

     Las cartas enviadas desde las provincias al que fuera férreo responsable de la política interior francesa le informaban de todo cuanto los funcionarios, a su criterio, juzgaban de interés. Los había lacónicos, a la vez que estrictos cumplidores de su deber, corresponsales monótonos que periódicamente informaban sobre los mismos vagos asuntos con reiteradas palabras oscuras. También los había burocráticos y farragosos, extensos casuistas con aspiraciones a redactar los tratados de jurisprudencia que por fin dieran asiento a la ciencia de la recta administración de la justicia. No faltaban aquellos inevitables amantes del detalle irrelevante que casi a diario comunicaban al superior las sospechas que una palabra oída al paso, o un gesto visto en un instante, desencadenaban en quien permanentemente vivía sintiéndose perseguido por el odio que el delator merece.

     Pero igualmente los había perezosos y descuidados, frívolos funcionarios que solo en alguna ocasión descendían a contar en tono adulatorio asuntos con los que ganar la simpatía del que debía benevolente perdonar su irresponsabilidad y de este modo quedar redimidos. Nada en este caso como que el empleado provincial, la institución delegada por boca de su gestor o el señor intendente, con mayor frecuencia redactor de los textos que estaban reservados a un tiempo al trato discreto y personal mas de alta etiqueta administrativa, regalasen a Seguier con un comunicado de interés intelectual, por completo privado, para satisfacer el exigente paladar del canciller en materia científica, y así ganar pronto su favor.

     Fue François Bosquet, juez real en Provenza y Languedoc, luego obispo de Lodeve y Montpellier, uno de los que eligió el recto y ancho camino que sin dilaciones llega directo al corazón. Deslizó, como por casualidad, en una larga carta que escribiera a Seguier en 1644, ciertos pliegos, de procedencia desconocida, que a sus manos habían llegado por azar. Sabedor del interés que el canciller mantenía por aquel tipo de piezas, se complacía en adelantárselos en depurada copia. Se tomaba por lo demás la libertad de presentarlos bajo el título colectivo de Textos conservados de Misahil Abí el broncista.

     Toda aquella calculada trama de circunstancias, sabiamente culminada con tan directa declaración del contenido; como directo es finalmente el golpe del noble boxeador que antes amagó, y con desviados ademanes ha fintado, para encantar al contrincante y llevarlo hacia el lugar erróneo, donde primero lo atornilla y luego lo sucumbe; debió estar conducida al deseo que no debía ser declarado, colocarle a Seguier en pro de sus favores los pliegos que Bosquet reservaba. Fuera que el canciller desconfiara de que fueran auténticos los documentos que de manera indirecta le eran ofrecidos, fuera si no que bastó al curioso iniciador de la academia la lectura hecha por aquel medio para desecharlos; fuera aún que a su atención, entre tanta correspondencia recibida, escapara aquella novedad, el caso es que queda aquí interrumpido el conocimiento de la procedencia de los textos de Misahil Abí. De lo que Bosquet pudiera haber poseído no hemos encontrado otro rastro por ahora. A la colección de manuscritos orientales que Seguier hiciera desde luego no llegaron, por lo que, de ser cierta nuestra suposición de la enmascarada operación de venta, habrá que considerarla fallida. Solo queda la transcripción que a mediados del siglo XIX el conde Héctor de la Ferriere hiciera. Por medio de su lectura, exclusivamente, tendrá que formarse el lector cualquier juicio sobre su fiabilidad y su valor.

     Para su forjador, por el mar de bronce estaba representada el agua. Antes de que encontrara su destino en el orden de los sacrificios del clero organizado, el mar era la imagen de un lago, símbolo a favor de la teoría que sostiene que representaba el océano primordial. Cuando la naturaleza la restringe, el agua nunca debe prodigarse –dice Misahil Abí–. Aunque no haya quien de forma consciente se lo dicte ni quien lo declare, es un bien escaso, y a ella hay que dedicar atención aparte. Por eso responde sacralizando a quien de ella hace uso; es siempre agua lustral. Por ella los hombres prorrumpen en oraciones que la demandan como don a la divinidad.

     El altar de los sacrificios tenía la responsabilidad de ser el que representara el fuego. Para Hiram Abí, justificaba su presencia en aquel lugar que el fuego contiene potencias capaces para fundir la roca. Llegado el verano, quizás movidos por una pasión que los arrastra a confiar en los ritos, quienes trabajan la tierra, a la luz del crepúsculo del atardecer, queman los rastrojos con la creencia que cauterizan las heridas que ellos mismos, durante el año, abrieron en la epidermis de la madre que les asegura la vida. Agitadas cabelleras de llamas coronan el horizonte, entonces apenas una línea ondulada que se desdibuja donde la vista se pierde. Mientras transcurre la noche, la incandescencia de los campos se refleja en la bóveda celeste y tiñe la primera luz del día. Amanecido, ya consumado el sacrificio, el aire recibe el producto de la metamorfosis y lo traslada a las alturas. Vírgulas flotantes pautan el mensaje hermético y lo llevan hasta el patio de las casas, donde es interpretado como la rúbrica de un deber satisfecho.

     Con el más acertado criterio, el cuarto elemento decidió el broncista que fuera inmaterial, y que sin embargo, siempre que el templo tuviera vida, su presencia estuviera garantizada. Por las palabras de los ritos quedaba asegurada la región etérea, a la que sacerdotes y ministros, con sus votos y ofrendas, con sus cánticos, como si volaran, pretendían elevarse. En sus reflexiones sobre las virtudes del aire, reconocía que todo lo que es puede contenerse en lo que no se ve. Pero así como en los espacios abiertos las masas inasibles son una promesa, una expansión sin límites de la aptitud sensible, se tornan huidizas y misteriosas, inexpresivas, incapaces para una explicación cuando los edificios las conducen. En el templo, más aún que en las calles o en las plazas, más que en cualquier clase de construcción, son el flujo que hasta los humanos llega desde lugares más allá de sus posibilidades de percepción.


Mishail Abí. 4

Eladio Conradi

Pero estalló la revolución, frívola criatura de voracidad imprevisible, que tanto puede deglutir cualquier patrimonio como morir de inanición, como la amante caprichosa dotada de un criterio tan inestable como su humor. Por esta vez, por suerte, los manuscritos de los mauristas escaparon a sus ansias. Entre 1795 y 1796, pasados ya los tiempos terribles de la Convención, la biblioteca entera de Saint Germain des Pres pudo ser trasladada a la Biblioteca Nacional francesa sin novedad.

     En apariencia, el mal momento se había superado y todo había quedado a salvo. Pero un buen día vino a descubrirse algo no exactamente sorprendente. Durante los años inmediatamente anteriores, en aquella época de desorden que luego pudo acotarse entre 1789 y 1794, la valiosa biblioteca benedictina había sufrido pérdidas. Algunos de los manuscritos procedentes del viejo monasterio de Corbie, el más valioso de los legados acumulados por los mauristas, habían desaparecido, y, lo que para nuestro caso es más notable, también había perdido la mayor parte de la colección procedente de Seguier.

     Pasa con las amantes de fábula que satisfacen su capricho con un licor exótico, alguna joya, entre risas estentóreas nada fáciles de explicar. Antes, por insidiosa recomendación de un casi desconocido, de las manos del insensato habrá arrancado un documento de nulo valor para ella que entre sí los bancos en cadena descontarán. El hombre sin seso terminará arruinado, ella cargará con la culpa del desastre y en la sombra permanecerán los que de cualquier forma habrían ganado, sonriendo satisfechos porque en un tiempo récord lo consiguieron todo, simplemente trastocando las apariencias y dejando que los hombres fueran embaucados por sus suposiciones. Así ocurre en las circunstancias en las que el desorden social seduce a los apasionados revolucionarios. Nunca faltará quien disuelva en la estupidez hasta su sombra, y acogido a los rincones fuera de la luz del caos haga a la humanidad el gran favor de salvarse, llevando consigo cuanto es digno de ser conservado.

     Hasta ahora la historia completa de la desaparición de los manuscritos de Saint Germain no es que haya dejado de ser escrita. Pero una versión de efectos convincentes aún no ha sido leída. Solo se ha aceptado, como transacción de alguna certeza, que aquel expolio tuvo lugar durante el año 1791, tercer año de la revolución, celebrado por ser el primero constitucional. El hecho de que muchos de los manuscritos antes pertenecientes al fondo abacial hayan conservado huellas de fuego para algunos es indicio incuestionable de que las circunstancias de aquella desaparición fueron violentas. No es un testimonio suficiente. Antes parece una forzada insinuación circunstancial para desalentar los deseos de los indagadores menos exigentes. Muchos estarían dispuestos a admitir la prueba por concordancia de las apariencias, y muchos también han sido los que achacaron al desorden y a la ira de la gente sin control cuanto se podía adjudicar a su descuido, al estado de abandono en que mantuvieron tan frágiles bienes llevados hasta su tiempo por una pesada cadena de siglos.

     Sea o no acertada la valoración de la circunstancia, para explicar el extraño circuito recorrido por muchos de ellos desde el momento de su desaparición y su paradero final hace falta más. Por los más perspicaces alguna vez se ha revelado, por desgracia en textos aparecidos en revistas de escasa difusión, y aun así de forma anónima, que otros manuscritos procedentes de lo de Seguier y que habían estado en Saint Germain, sin rastro alguno de fuego, habían sido encontrados en lugares poco edificantes, desde luego sorprendentes. Con seguridad, ya en el siglo XIX fueron identificados seis, arrumbados en un almacén de los muelles de El Havre. Hecha averiguación por su perplejo descubridor, cuya descendencia ha conseguido conservarlos hasta hoy como precioso patrimonio de la familia, supo que hasta allí habían llegado calzando un envío de ricos tapices, igualmente extraviados con ocasión de los acontecimientos revolucionarios.

     Pero la mayor parte de los manuscritos desaparecidos al parecer se movió poco. Ni siquiera llegó a salir de París, y pasó los desasosegados días de las revueltas en un tranquilo y apartado rincón, a recaudo de las desbordadas calles sin gobierno. Adonde los rayos del sol no alcanzaban ya estaban en 1792 y, he aquí lo que es más difícil demostrar, aunque no sorprendente ni inexplicable. No se sabe bien cómo, muy poco después, casi todos estaban en manos del secretario de la embajada rusa en la capital francesa, el intrigante y astuto Pedro Dubrovski, algo más que un diplomático.

     Representaba este Dubrovski, como una parte de la protección que era debida a la delicada posición en la que el gobierno ruso lo había colocado, y aun mantenía, para el desempeño de encargos tan preciosos que obligaban a que en él fuera depositada toda la confianza –incluso ignorando sus actos– ser otro insaciable y voraz coleccionista, especialísimo apasionado por los manuscritos antiguos. Fue su inagotable capacidad de maniobra, unida a sus proclamadas inclinaciones, las que le valieron, en aquellas desordenadas circunstancias, la parte más valiosa de los manuscritos depositados en la abadía de Saint Germain des Pres, entre los que estaban los de incalculable valor procedentes del viejo monasterio de Corbie que también momentáneamente habían desaparecido, la base sobre la que los benedictinos pensaban consolidar sus ambiciosos proyectos historiológicos. Para completar tan preciosa coartada, así como el premio material a sus ocultas excelentes gestiones, todavía sumó al patrimonio documental adquirido en París una parte de los archivos de la Bastilla, también arrojados a la calle por las gentes enloquecidas que asaltaron la fortaleza de la festiva revolución y destrozaron sus instalaciones.

     Dubrovski concluyó sus servicios inestimables de representación diplomática antes de que terminara el siglo, y regresó a San Petersburgo en 1800. Por entonces empezaba la Biblioteca Pública e Imperial de aquel sueño urbano, como en sus inicios estaba la ciudad misma, tan joven que aún no había alcanzado el siglo de existencia, un tiempo que para la ciudad que aspiraba a ser una capital de primer orden apenas equivaldría al de la infancia. En 1800 allí todo era reciente, y la colección de libros iniciada en ella lo era aún más. Los comienzos de aquella institución, la que debía conservarla, habían ocurrido a finales del siglo XVIII, cuando Catalina la Grande quiso fundarla con un lote inicial procedente de Varsovia, donde los hermanos Zaluskie habían creado una importante biblioteca. Habían conseguido reunir unos 250.000 libros hasta el momento en el que les fueron incautados por las tropas rusas, que finalmente los trasladaron desde Varsovia a San Petersburgo en 1796, el mismo año de la muerte de la emperatriz.

     La mayor virtud de aquel enorme lote fundacional era que reunía fondos ricos en textos escritos con las lenguas de los países de Europa occidental –aparte los libros polacos, naturalmente los más numerosos–, algo especialmente estimado en la Rusia de aquellos primeros días de aquella capital. Con los textos en francés, y aún más si habían sido escritos por franceses, vino a desencadenarse en el más melancólico y alejado observatorio del mundo civilizado un apasionado universo imaginario más vigoroso que cualquier realidad, similar al que pasados los siglos ha originado en tantos lugares el inglés. Pero la pobreza en libros rusos de que adolecía en origen la biblioteca imperial causaba sonrojo; y, si bien estos podían ocupar entonces un lugar secundario en la estimación de los rectores de aquellas tierras enormes de fronteras imprecisas, con buen criterio consideraron que no era justo que lo más inmediato fuese, por un injustificable desprecio, alejado tanto que fuera perdido de vista.

     Para compensar el defecto de libros, manuscritos o impresos escritos con la lengua evangelizadora de los eslavos, ya en Rusia la biblioteca Zaluskie, fueron utilizados dos procedimientos. El primero, común y muy eficaz, pero que para que rinda beneficios necesita décadas y décadas, fue concederle a la que ahora empezaba el depósito legal. Pero para conseguir pronto los efectos deseados sobre todo le fueron agregadas colecciones personales, la mayoría adquirida por medio de compra en el interior del país. Fue este último el medio más eficaz para incrementar en poco tiempo los fondos en lengua vernácula.

     Sin embargo, para elevar la nueva biblioteca al lugar desde donde quería exhibirse, hacia el que tendría que levantar su rostro el que tuviera que admirarla, juzgaron sus promotores imprescindible engrosar sus fondos con obras procedentes del exterior occidental. La colección más estimable de cuantas pudieran representar tan exclusivo papel era, sin ninguna duda, la formada por Dubrovski. Había viajado con él desde París a San Petersburgo, no sin sufrir algunos contratiempos en el largo trayecto, entonces interceptado por innumerables fronteras y un número muy superior de sables. Inicialmente, su poseedor había planeado un sereno traslado de todo el lote desde los muelles del Sena, que efectivamente habría resultado más ventajoso, y cualquiera habría creído regular. Pero las amenazas del bloqueo, más las azarosas oscilaciones de la guerra, que entonces había tomado el mar como campo de batalla, le obligaron a optar por un penoso viaje por tierra. Tuvo que eludir vías de primer orden, descender hasta latitudes poco prácticas pero sosegadas, sobornar y mentir, engañar, en ocasiones afrontar el asalto de los ladrones que eran mantenidos por los bagajes. Gracias a esta estrategia, la peregrina caravana de los manuscritos pudo arribar a las orillas del Neva sin más novedad que algunos animales muertos, otros seriamente estragados, desperfectos en lanzas, ruedas y piezas menores de los carros, y algún herido entre los soldados de confianza, que sobornados con largueza en traje de civil hubieron de cruzar Europa, más de norte a sur y de sur a norte que de oeste a este; pero sin que daño digno de mención hubiera alcanzado a los preciados materiales que transportaba.

     Amagó Dubrovski entonces con la institución de un gabinete de lectura abierto al público, sostenido a sus expensas, para su beneficio exclusivo y deleite reservado a sus usuarios, donde la valiosa copia de ingenio por él acumulada pudiera ser admirada. Era el penúltimo monólogo del papel que debía representar, el forzado epílogo previo al final apoteósico que del fiel servidor había de esperarse. En los planes de Catalina jamás hubo lugar para que a los ojos rusos la grandeza hubiera de ser representada más allá de donde su poder alcanzaba. Tampoco es obligado coronar la ambición con el desprecio cuando el apetito puede ser colmado si se sabe mantener la boca cerrada. Al contrario, conoce quien gana poder mayor deleite en el ejercicio de la magnanimidad, virtud que le es exclusiva. Y con la cuidada elegancia que adorna las más ordenadas cortes dejó la administración rusa que las cosas terminaran por parecer lo que debían, que fuera el inapreciable y querido Dubrovski el exclusivo encargado de redondear y rematar sus muchos, valiosísimos e impagables servicios. En 1805, en un acto de generosidad que a todos sorprendió, el antiguo secretario de embajada decidió donar al gobierno ruso toda la colección de los manuscritos que había reunido; con una sola condición, en realidad casi una caída sentimental: que fuera depositada en la biblioteca imperial que se estaba formando, para contribuir a su engrandecimiento y así a perpetuar la memoria de quien la promovía. Así fue aceptado por la administración del momento, en nada quedó modificada su voluntad.

     En reconocimiento a tan especial donación, todos los valiosos manuscritos serían marcados con la inscripción Ex museo Petri Dubrovski. Pidió ser él quien con su propia mano así los identificara, para de este modo unir su caligrafía, como colofón testamentario, a los trazos salidos de las manos más cotizadas de la cultura occidental. Así le fue concedido y todos han conservado el delicado testimonio de su mano generosa, como reliquia de la más noble lealtad, distintivo que a los ojos de cualquier lector no solo los identifica sino que los engrandece.

     Además, Dubrovski obtuvo del gobierno, como justa compensación a sus inestimables servicios literarios, un nombramiento vitalicio como conservador de la soberbia biblioteca donde su colección había quedado depositada, y que aquel abnegado cargo estuviese dotado con una modesta pensión, que sin embargo le permitiría vivir con desahogo el resto de sus días; una merecida y justa recompensa a una vida dedicada al servicio de la administración en sus más delicadas y secretas vertientes. De este modo tan imprevisible las equívocas palabras fueron el mejor reconocimiento a quien tendría que permanecer en silencio hasta el fin de sus días.


Mishail Abí. 3

Eladio Conradi

La notable reputación de Seguier, pasado el tiempo de su vida, no solo fue consecuencia de su fervorosa entrega a la persecución y a la tortura. Siguiendo cierta inclinación simultánea, y no obstante paralela, a menudo una virtud que a esta clase de hombres completa tanto como sorprende, se dio a la colección de obras antiguas impresas y manuscritos de desigual valor literario. Pudo parecer en algún momento que su ingestión voraz de creaciones del ingenio humano tenía su origen en un lugar común a las dos incitaciones que daban fe de su alma única, la sanguinaria y la letrada, aquel donde arraigó la extraordinaria naturaleza de su ser. Sin embargo, ahora resulta más plausible que en su caso las letras fueran almacenadas para que actuaran como el agua, para que limpiaran las manchas de sangre vertida por su causa. Tanta vida ajena dejó la última señal de su existencia sobre las manos del canciller que la colección de libros, más que un arroyo, tuvo que ser un río caudaloso.

     El marcado contraste de los actos de su vida, relatados a su iniciativa, invita a pensar en una dirección más elevada. En el transcurso de su tiránica expedición a Normandía, en medio del terror y de las ejecuciones que durante el día daban luz a su vida, encontraba tiempo para visitar a los más oscuros libreros de viejo, para buscar en lugares apartados del trato con los mortales preciosos manuscritos. Así lo quiere su diario de aquel viaje, escrito por un funcionario bajo sus órdenes, el dócil y leal Verthamont, para quien la cesión de su nombre fue toda su gloria.

     No hay por qué dudar de que Seguier llegara a ser un hombre refinado y de alta formación. Los más grandes aman lo más grande. Son conocidas sus inclinaciones hacia la filosofía y por lo que entonces llamaban antigüedades, y hasta sintió atracción por la seductora paleografía, un juego para adultos tan inofensivo como los pasatiempos. Fue un significado amante pasivo de la nueva ciencia, entonces apenas brotando del racionalismo restaurado, y por eso cofundador, con Richelieu, de la Academia Francesa, de la que además fue un calificado protector oficial, munificencia que no impidió que fuera uno de sus más activos miembros de los orígenes.

     La deliberada ostentación que durante toda su vida hizo del deseo de formar una gran biblioteca tuvo su más alta expresión en el acopio de raros manuscritos, tanto más apreciados cuanto más raros, libros extraños para todos, no tanto para él, que los apreciaba tanto que los hizo encuadernar sin reparar en gastos. Tanto los amó que para ellos hizo construir una galería, que a la vista de quienes tan alto y tan cerca de él lograban llegar no ocultara la que podía ser la mejor prueba de sus pasiones. Según el inventario redactado a un mes de su muerte, aunque todavía en 1672, luego, en 1686, publicado como repertorio con vistas a la venta de los volúmenes, en la misma París, tras el título Catálogo de los manuscritos de la biblioteca del difunto monseñor el canciller Seguier, solo la colección de los manuscritos estuvo organizada en cuatro series: contemporáneos, latinos, griegos y orientales.

     La parte de los contemporáneos estaba formada con los que en origen habían sido los archivos personales de quien ejerciera los cargos de ministro de justicia y canciller. Todos utilizan el francés como medio de expresión. El resto es la colección que su dueño había ido formando mediante adquisiciones hechas en los lugares más escondidos, y cuya procedencia no siempre es posible decidir. Que hubiera en ella secciones griega y latina parece obligado en un hombre de su cultura, y que hiciera colección separada con los manuscritos orientales tampoco sorprende. Era algo hasta cierto punto frecuente en las mejores colecciones de aquel siglo. Pero en este último caso el criterio de segregación es solo temático. Casi nulo era entonces el conocimiento que Europa había elaborado de las antiguas lenguas de oriente. De hasta dónde había llegado, una prueba había entre sus manuscritos, un ejemplar del que parece el primer relato occidental de la escritura cuneiforme de Persépolis, copia del texto en origen escrito en latín por García Silva Figueroa, embajador español en Persia. Una primera edición de aquel texto, con el título De rerum persicarum epistola, había aparecido impresa en Amberes el año 1620. Seguier debió hacerse con el texto conectando con una tradición paralela, manuscrita, aun así estimable. Incluso entre quienes han estudiado el retroceso, los hay que consideran que volver al manuscrito fue, en su caso, una decisión digna de su alta condición, porque quien la tomó optó por un diseño sin concesiones a la inspiración innovadora. Cada vino tiene su botella… y cada libro su formato, sentencia uno de los admiradores de sus rarezas bibliográficas, aun sin tomar en consideración su contenido.

     Muerto el canciller, la viuda conservó durante años la biblioteca que había heredado en el estado en que su dueño la había legado.

     Rige en los tiempos inmediatos a la muerte la dictadura de los objetos que fueron pertenencia del difunto. Su posición inalterada sirve a la idea de que prolongan su presencia, y sin duda son origen de retornos fantasmagóricos de quien ya ha desaparecido. El deseo ferviente de quien no se resigna a la pérdida vivifica los objetos inertes, a base de expectante contemplarlos con la mirada concentrada en ellos horas y horas, hasta que la fatiga lo vence. Cuando al fin a la conciencia retorna la certeza de que los cuerpos inanimados son por naturaleza inmóviles, ha pasado el plazo de respeto a la memoria del difunto que impone la ley de la naturaleza. Para la viuda de Seguier también cumplió este plazo, y sus libros empezaron a peligrar.

     Había crecido entre los herederos la idea de vender la colección completa de los manuscritos a un solo comprador, no tanto por encontrar una oferta más respetuosa con ella cuanto por convertir todo aquel patrimonio, de una vez, sin más especulaciones, en dinero contante. La Biblioteca Real francesa ya había mostrado interés por ellos, por razones similares a las que al canciller lo habían llevado a juntarlos. Inmejorable oferta, imposible mejor comprador. Pero las cuarenta mil libras en las que los herederos, no tan urgidos por sus deudas como por su número, que las generaciones multiplican, valoraron entonces toda la colección parecieron un precio excesivo a la Casa del Rey y el traspaso no se consumó.

     Quiso la suerte, después de este primer fracaso, que la biblioteca de manuscritos del canciller no fuera disgregada en lotes ni dispersada por pequeñas colecciones. Gracias a un azar favorable, pasado algún tiempo, correspondió toda su herencia a uno de los nietos de Seguier, el ilustre Henri-Charles du Cambout de Coislin, obispo de Metz entre 1697 y 1732. Mientras estuvo en su poder, atendió a la conservación y al cuidado que merecía el patrimonio recibido, velando en especial por que los preciosos libros de raro origen se mantuvieran reunidos. Tan firme voluntad obligó al obispo a serios dispendios en obras de estantería, así como para cubrir la nómina del personal experto que debía sostenerla en uso. Nada de eso fue obstáculo para que mientras viviera su propósito no sufriera desviación alguna.

     Con ser muchos sus méritos, el mayor de ellos lo reservó para el último momento. Hombre en extremo previsor, guiado por el encomiable deseo de prolongar más allá de su muerte su virtud, antes de su fallecimiento, por medio de su testamento, tomó una decisión irrevocable. Acordó legar todo el tesoro bibliográfico que había recibido a la afamada congregación benedictina de Saint Maur, la institución entonces más cualificada para ser su dueña. Desde que la condujera Jean Mabillon, considerado por Richelieu el hombre más capaz de su tiempo, los mauristas llevaban décadas atesorando pacientemente en el monasterio de Saint Germain des Pres, en París, inestimables tesoros manuscritos de todas las épocas. Para 1732, esta congregación ya era un instituto de prestigio, más que por su esforzada religión por su virtuosa consagración a la búsqueda, estudio y publicación de documentos de alto valor histórico.

     El establecimiento encabezado por Mabillon, durante el siglo XVII y primeros años del XVIII, ya había contribuido de manera decisiva a proporcionar sólidos cimientos al análisis crítico, fundamento del conocimiento histórico, al tiempo que piedra angular de la filología, la herramienta más estimable de los procedimientos de la nueva ciencia. Tan decisiva fue aquella contribución que el tiempo ha venido a demostrar que el camino abierto por Mabillon fue trazado por las únicas cotas por donde el tránsito era posible, y jamás desde entonces ha sido necesario retornar al origen del que se hubiera partido, ni volver la vista añorándolo.

     A las estanterías habilitadas en Saint Germain des Pres fue llevada la colección de manuscritos del canciller Seguier durante 1735, a excepción de un pequeño lote previamente desprendido y de escaso valor, insignificante para el asunto que nos ocupa. Y allí, durante años, fue conservada con la dedicación y el cuidado que merecía.


Mishail Abí. 2

Eladio Conradi

La mejor creación de Mishail Abí, sin embargo, no debe buscarse entre las piezas por él fundidas, ni es necesario especular cuál pudo ser la primera, si el altar, la tribuna o el mar. De una parte de las fuentes se deduce que su mejor producto fue el sentido que diera con sus obras al atrio de los sacerdotes. Gracias a que aquel lugar fue su destino, conseguiría representar en el lugar sagrado las cuatro sustancias elementales de la primera física.

     La tribuna, asentada sobre su sólido zócalo de bronce, representaba la tierra, el bien gracias al cual los hombres confiados a la vida pasiva ganan su identidad, valor al que delegan sus esfuerzos, materia sensible que entre sus manos les permite satisfacerse con el pulso que los verifica vivos, dominio sobre el espacio que les confiere derechos y vía que, emprendida, porque se prolonga insobornable, les proporciona la seguridad de un orden infinito; materia que emerge en cualquiera de los actos de los pueblos que para regular sus relaciones, porque han pasado el umbral de la agricultura benefactora, que los consagra productores, han debido radicarse. La tierra es la fuente de donde mana cuanto existe, y el abismo al que finalmente se precipita quien vive, lo que come, el lugar que habita, su cuerpo exánime y vacío. Toda la experiencia de los antepasados en la tierra yace disuelta, y de la tierra se levanta como los cuerpos desahuciados de sus tumbas. Nutre cuanto existe y da cobijo a cuanto se extingue; poso de sedimentos transgresores, férrica masa, fluido que las corrientes perezosas empantanan, destello de la cal, corrosión de la roca que nutre el metabolismo radicular.

     Así fue teorizado por Mishail Abí, tal como puede leerse en una versión de sus textos originales que lamentablemente escaparon a la perspicacia de la crítica y cuya autoría sin embargo es discutida. La copia del manuscrito en la que está basada la edición que seguimos procede de la que hoy es la biblioteca principal de San Petersburgo, una de las más sólidas instituciones dedicadas al cuidado del libro en el mundo. Es una sencilla y buena versión de un original remoto, cuyo rastro debió perderse mucho antes de que existiera la lengua en la que fue escrita. Pudo ser uno de los primeros que usara el alfabeto, aunque para expresar el mismo viejo idioma de la Mesopotamia primera, elevado a modelo para la expresión escrita en donde sería levantada la definitiva e irreversible torre de Babel. El autor de la copia escribió su francés con una letra caligráfica clara, aunque tardía, hace más de trescientos años, desde luego en el transcurso del siglo XVII.

     Perteneció aquel traslado a los archivos del canciller Seguier. Basta la mención de esta circunstancia para tener una idea precisa de sus características externas, y hasta de sus rasgos de estilo, lengua e incluso ortografía. Porque en las colecciones de textos de aquel hombre, pieza angular de la administración francesa por razón de sus cargos, convergen variantes ortográficas locales y modismos de región tan reconocibles como útiles para una precisa deducción externa. Tan característicos son que pueden asegurar hasta un grado de precisión sorprendente cualquier conjetura deducida de la forma de la expresión escrita; tanto que hasta un analista poco experimentado podría juzgar.

     Aquellos documentos luego formaron parte de la colección de autógrafos y cartas llamada Dubrovski, una sorprendente concentración de lo que estuvo disperso cuando hace un siglo todo tendía a descomponerse; la misma que durante el frívolo tiempo soviético de la historia rusa, versión política de las caprichosas vanguardias, fue clasificada en el departamento de manuscritos de la que por aquellos felices tiempos de seguras convicciones debió cargar con el nombre de Biblioteca Gubernamental Pública Saltikov-Chtedrine de Leningrado.

     Es oportuno aclarar origen e historia de la colección que formara Seguier con cuantos detalles hemos podido reunir; lo que es posible, al menos en parte, gracias a los materiales refundidos por L. D. Delisle, autor de una obra que tituló El gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional, un completo trabajo que como obra definitiva apareció en París en el transcurso del año 1874.

     La historia conocida de los manuscritos arranca del propio Pierre Seguier, el canciller Seguier, eminencia gris de una época en la que las decisiones que afectaban a todo el mundo se tomaban en París. Vivió entre 1588 y 1672, y desde su nacimiento su carrera estaba decidida. Habría de satisfacerse con la alta burocracia parlamentaria, la magistratura pretoria de la administración gala moderna. Fue suficiente para que llegara a ser uno de los hombres de estado más importantes de su época, porque en la organización gubernamental de aquel siglo de grandeza, primero bajo la dirección de Richelieu y después a las órdenes de Mazarino, ocupó el lugar inmediato al primer ministro. Reunió las dos responsabilidades de gobierno más eminentes, ministro de justicia, cargo para el que fue nombrado en 1633, y canciller de Francia, una responsabilidad que, sin que dejara de ser compatible con la que antes había adquirido, desempeñó a partir de 1635. Gracias a aquella acumulación de confianza, durante cuarenta años ocuparía el centro de la política francesa, y viviría seguro entre los que tenían las más altas responsabilidades y el mayor poder. Personajes de tanto nombre como el propio Richelieu o Luis XIII, el mismísimo Luis XIV, Mazarino, Ana de Austria o Colbert le otorgaron su confianza. De su valía personal y de su capacidad para responder a tantas obligaciones, así como de su enorme poder, da finalmente idea el siguiente hecho. Cuando Seguier murió, Luis XIV, el gran Luis XIV, se vio obligado a separar los dos cargos que el excepcional hombre había desempeñado, y por necesidades del oficio público otorgar cada uno de ellos a una persona distinta, momento a partir del cual jamás volvieron a unirse.

     De las altas responsabilidades recibidas, la de mayor peso fue la cancillería. En aquella administración, el canciller hacía de jefe de la política exterior. Seguier, por esta razón, fue acumulando en sus archivos documentos sobre las relaciones que la gran potencia continental del momento mantenía con las que solo podían aspirar a emularla. De la enorme trascendencia de aquellos documentos da idea que todo lo relacionado con la guerra, que entonces era la de los Treinta Años, entre otros incursos en la materia exterior, eran motivo de su discreta atención.

     Pero Seguier prefirió concentrarse en los asuntos internos por razón de la jefatura suprema de la justicia, cargo menos honorable pero, por conjetura deducible, más recompensado. A consecuencia de esa responsabilidad era el jefe de los organismos centrales de la potestad que sobre todas distingue a la realeza, y por tanto de cuantos como intendentes delegados regían los tribunales en las provincias. Por la misma razón, asimismo, era el director de todos los departamentos, gubernamentales o provinciales, que tuvieran el encargo de velar por el mantenimiento del orden. Toda la materia que afectara al recto gobierno de los súbditos del rey de Francia, tanto de justicia como la anterior de policía, era de su incumbencia, y en particular la información reservada que siempre debe conocer quien tiene que tomar decisiones políticas firmes y acertadas en las situaciones más comprometidas y a su debido tiempo. Era tan delicado cometido el que le obligaba a mantener expedita y fluida, veloz y reproductiva, una extensa red de corresponsales tendida sobre toda la superficie del estado.

     En poco tiempo llegó Pierre Seguier a ser un conocedor proverbial de los asuntos internos, y a desarrollar, no puede asegurarse si en consecuencia o como origen, una extrema pasión por tan embriagante parte de sus responsabilidades, tanto que jamás lo extenuaba. Empleaba los más eficaces medios de información y espionaje a su alcance contra los conspiradores de cualquier signo sin parar en límite alguno. Reprimía con mano decidida –él mismo un látigo de acero con correas guarnecidas con púas– todo tipo de motín o sedición. Torturaba sin vacilar, si llegaba el caso, a los que permanecían sobrecogidos y mudos, días y días, en las cóncavas mazmorras de altas naves. Tan extraordinaria fue su fama como complacido cumplidor de su deber de policía que su nombre terminó cercado de una sórdida y absorbente sonoridad, como el negro nimbo que distingue al diablo. Durante mucho tiempo sería recordado como el implacable inductor de los más severos castigos contra la población civil amotinada. De todos, el que una fama más siniestra le valió fue el que durante unas pocas semanas descargó sin descanso contra los rebeldes normandos.

     No sería imprescindible decir que por esta causa Seguier terminó siendo extraordinariamente odiado, si no fuera porque llegó a ganar un grado raro en la consideración de sus pertinaces malevolentes. Alcanzó a ser despreciado con la vehemencia que por alta y grande parece que puede llegar al cambio de estado, como la acumulación de calor que transustancia los líquidos; que hace que el odio, de ser natural gaseoso, porque es emanación de las pasiones, cristalice en fluido, y destile un venenoso humor vítreo que en quien lo concibe, a partir de aquel instante, inyecta la sentencia de muerte; licor vital que al tiempo lo sostiene y alimenta y lo mantiene entre los mortales activo solo para la venganza, deseo que contamina todo el cuerpo y va generando cada gesto y alienta el ser; tanto que, cumplida, quien lo produjera termina por no generarlo, decae y, si no muere, vegeta.

     A partir de su gesta de Normandía, la presencia pública del canciller llegó a ser excepcional, desconfiado de preservar su vida. Fue una prudente decisión, porque el vapor que el odio destila el aliento de quien lo acumula lo difunde al aire en grado letal. A lo sumo, su presencia a los demás llegaba como la firma categórica que un asunto zanjaba al pie de un escrito. Cuando en 1648 estalló la Fronda, en cuanto la muta fue dueña de París, por todos los medios intentó celebrar un festín con el cuerpo del canciller servido en cuartos. Hubo preparadas ruedas y estacas con su nombre escrito, al tiempo que crueles homicidas levantaban corazones de funcionarios, siervos de los sacrificios, clavados en las puntas de sus picas al grito de ¡No hay fiesta si el corazón no la siente! Solo un azar benévolo, que actuó contra sus innumerables aspirantes a verdugo, le permitió prolongar su existencia.

 


Mishail Abí. 1

Eladio Conradi

Con ser majestuoso el edificio, la obra de fundición que para el templo de Melqart hizo Mishail Abí por encargo de la República lo sobrepasó. Tantos fueron los bienes ofrendados, fundidos con tan enorme cantidad de bronce, que no se puede calcular su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que Adom Barek había atesorado para proveer a la fábrica. El obrador que debía moldearlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos ahora identifican con un yacimiento al este de la población que ha sobrevivido, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación. Además, todo lo consagrado, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años por Adom Barek, también fue traído por la República al templo y puesto en sus tesoros.

     Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes Mishail Abí fundió el altar de los holocaustos, el mar y el dosel de las celebraciones.

     El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa a la fábrica principal era el lado oeste, frente al pórtico, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que le daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental.

     En la cima fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla, y en su parte más baja, con una depresión. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar. La parrilla que cubría el ara debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando, y la depresión, recoger la sangre que manaba de las víctimas. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo. Los restos que caían desde arriba luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Erik Magdal, habilitado a propósito para guardarlas.

     Fue colocada en el ángulo sureste del atrio de los sacerdotes la segunda obra magna de Mishail el broncista, el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral a las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, debían representar quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.

     No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquiliza al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se remita. Es tan indeterminado su enunciado que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre en innumerables ocasiones con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia desorientan a sus lectores. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando además el misterio aparente está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue cargando con el estigma de reservado.

     Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, subrayaría las dificultades que se interponían en el que solo podía ser el tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era impenetrable. Lo haría atraído por la tentación permanente, mientras se cuenta, de alcanzar la lengua que se propone llevar al límite el alumbramiento de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Todo lo que había quedado ensombrecido era inservible. El origen de la oscuridad en la que se había encallado el relato pudo ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto, al que se aliaría después una secuencia de copias cada vez más alejada del sentido original de las palabras. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.

     El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Mishail Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema un impúber, la víctima propiciatoria del holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Mishail hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que también debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas asimismo en una sola pieza. Las calabazas daban toda la vuelta al mar, a lo largo de los diez o doce metros del perímetro.

     Descansaba el mar sobre doce bueyes o toros exentos, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio más reciente de los que ocupan la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios interiores: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden del espacio descubierto del santuario.

     En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto. Aunque la tradición no lo reconoce como obra de nuestro excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. La República mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el ángulo noreste del atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada refutación; no incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Mishail Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.

 


El negocio de los fármacos

Eladio Conradi

Un hombre al que llamaban fármaco era designado entre los que vivían al amparo del tejido de una ciudad, regida por poderes que se contrapesaban, para que personificara cualquier miasma pública que sus habitantes acusaran, y de la que había que desprenderse para que el orden creado a favor de sus vecinos prosiguiera su curso en paz. Por decreto de su primer magistrado, lo expulsaban de la comunidad, hasta el grado que en ocasiones quienes se atenían a esta manera de proceder podían llevarlo al sacrificio. En los casos extremos, era el recurso más prudente para necrosar la cápsula contaminante que amenazaba la supervivencia de las buenas relaciones, sabiamente constituidas, demasiado vulnerables cuando van envejeciendo quienes las encarnan. En algunas circunstancias lo lapidaban, y creían conjurado el peligro cuando quedaba oculto bajo las piedras, y en otras su muerte estaba tan reconocida como el mejor recurso cívico que daba origen a una fiesta en la que todos los ciudadanos se solazaban.

     Con el propósito de que cumpliera con el mismo papel, hubo constituciones urbanas, asimismo magistrales, que eligieron para que personificara aquel deber a un condenado a muerte, que la sentencia de un tribunal designado por su primer juez ya había descontado al censo que cada año sancionaba el origen y la condición ciudadana de cada hombre. Lo arrojaban al mar durante unas solemnes celebraciones en honor de uno de sus dioses, al que la ceremonia se asociaba en reconocimiento de sus propiedades terapéuticas. Las flechas que lanzaba su arco singular, atributo de su poder, además de ultimar la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieren, tenían otra propiedad, asimismo saludable. Cuando las disparaba, en quienes alcanzaran podían inocular cualquiera de las epidemias que exterminan a los hombres. Y, por la misma causa que podía alentar una peste devastadora, a su criterio quedaba remediar los padecimientos humanos, puesto que el agresor era divino, la condición reservada a una parte tan selecta de los seres concebidos por los hombres rectores de los estados que con el recurso limitado de los sentidos no era posible percibir. Solo por gozar de tan inalcanzable condición estaba dentro de sus posibilidades comportarse así, en ocasiones benefactor, otras veces cruel. Para adelantarse a la segunda posibilidad, al ofrecerle el fármaco sus rendidos devotos satisfacían, previo cálculo de su costo, la detracción por enfermedad de la población, como quien salda de antemano una deuda de juego que pudiera contraer.

     En un par de colonias promovidas por hombres procedentes de la misma civilización, la iniciativa había sido mejorada en beneficio de la constitución de cada una de ellas, también magistral, cualquiera tan expuesta a las agresiones de los nativos que las circundaban que exigía instituciones de excepción. Allí el fármaco era alimentado a expensas del erario público durante un año, un gasto que no parecía un dispendio del presupuesto, aun en las épocas menos expansivas, que ya entonces eran las que sucedían a la caída de su producto bruto y la deflación de los precios, que sin misericordia arruina a los empresarios, y a tan pocos permite sobrevivir guiados por el designio de crear puestos de trabajo a favor de sus rendidos semejantes, bendiciones tan merecedoras de agradecimiento como las que imparten los ungidos por la gracia intangible que santifica a quienes solo ellos saben que han sido elegidos; porque luego era expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consumaba no era un sacrificio, a decir de las opiniones del momento que recogió Tácito Córnico, el príncipe de los etnógrafos clásicos, aunque tuviera como consecuencia la muerte de un hombre, ejemplar de valor relativo, dada su sobreabundancia en la metrópoli, desde donde no dejaban de exponerse a la travesía del mar, las sirenas que se les atravesaban en su derrota y sus riesgos; sino un rito benefactor que a todos los habitantes de aquellas ciudades purificaba.

     En ocasiones, las ingeniosas liturgias ideadas para enaltecer al fármaco que proveía la salud cívica eran de una crueldad a la vez moderada y festiva. En la mejor de las mejores ciudades, según los relatos que convergen en los textos de nuestro etnógrafo, su sacrificio nunca pasaba de ser una alegoría, a un tiempo explícita y estimulante, y por tanto también saludable. Como parte de las fiestas en honor del caprichoso dios que con sus flechas tanto prodigaba su protección como se comportaba de manera cruel, un hombre y una mujer eran flagelados en los genitales, y a continuación, ya tumefacta la parte donde más púrpura aflora, los paseaban desnudos, y luego los expulsaban. El refinamiento de quienes habían sido capaces de idear tan explícitos ritos quedaba patente en su ingenio para verter el exterminio sangriento a una castración alegórica, algo mucho menos cruel que la muerte. Neutralizar los genitales de alguien no lo priva de la vida, aunque sí de ser su autor, y pone al descubierto que en la emigración forzada, cuando estaba inspirada por el radicalismo político, podía ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad, así juzgada un lastre para los que ya vivían.

     Pero la institución política destinada a conjurar el desorden, antes que con el fármaco, ganó un estado transitorio con el recurso al chivo expiatorio, que aún durante bastante tiempo muchas ciudades lo mantuvieron. Sobre un animal superlativo, valiéndose de los improperios más sonoros, tanto más depurados cuanto más zafios, eran acumuladas todas las faltas de los hombres. En algunas de ellas ya había sucedido que llamar a alguien cabrón, la voz que representa la potencia excedida para procrear, la más reconocida por la genética veterinaria, que la aparta y la estimula cuando queda a su alcance, hubiera evolucionado a ignominia. Con una abrumadora carga de insultos demoledores, el animal, que para otras ya no tenía que ser un vigoroso macho de retorcidas prominencias óseas, sino que podía ser cualquier ejemplar de las especies que la naturaleza ha distinguido con el alto atributo de los cuernos, que a los animales corona y a los hombres desazona, era enviado al desierto, para que allí muriera sin misericordia. De ese modo delegaban al caos de los orígenes, suprema potestad judicial que retorna cada amanecer, que desaparecieran con él todas las faltas de las que gracias a las más escogidas palabras se le hacía portador.