Historia cartaginesa de Sicilia
Publicado: mayo 1, 2013 Archivado en: Diodalsas de Agrigento | Tags: guerra Deja un comentarioDiodalsas de Agrigento
En el año 494-493 Anaxilao, hijo de Cretines, miembro de una familia de la aristocracia que gobernaba en Regio, población que afrontaba a Sicilia al extremo suroccidental de la península itálica, derrocó la oligarquía y se convirtió en el tirano de la ciudad. Su primera acción estuvo dirigida a recuperar Zankle, la ciudad al otro lado del estrecho de Mesina, tradicionalmente aliada estratégica de Regio, cuyos ingresos dependían del control de la navegación en aquellos lugares de obligado tránsito. A falta de otras riquezas, necesitaba de Zankle, que en los últimos tiempos era ajena a esa amistad porque hacia sí la habían atraído los tiranos de Gela, ciudad principal de la costa meridional de la isla.
Anaxilao se anexionó Zankle y organizó sobre las dos orillas su único dominio. Para la conquista contó con la ayuda de los refugiados samios y milesios que en la ciudad vivían, allí instalados tras la insurrección de los jonios contra los persas. Pero, desconfiando de ellos, al poco fueron rechazados por Anaxilao. Para ocupar su lugar hizo venir mesenios, quienes cambiaron el nombre de Zankle por el de Messana, actual Mesina.
Ocurrió después, en el año 491, que murió Hipócrates, el tirano de Gela, padre de un par de aspirantes a su puesto. Tuteló su minoría Gelón, hijo de Dinómenes, quien acabó con la crisis apoyándose en tropas mercenarias. Alcanzada la estabilidad, ignoró a los sucesores y se erigió él mismo en tirano, modalidad de autócrata que suplantaba al monarca ignorando la apariencia de legitimidad que la religión le confería.
Mientras tanto, en Siracusa, lugar principal del frente este de la isla, un gobierno oligárquico había sido sustituido por otro democrático. La aristocracia de la ciudad, repelida por el poder disoluto, buscó refugio en Cásmenas y solicitó de Gelón la ayuda necesaria para recuperar su dominio. Gelón empleó los medios a su alcance para cercar al nuevo régimen y en el año 485 a él se rindió su gobierno.
Cumpliendo lo acordado, el tirano de Gela restituyó el poder a los aristócratas, aunque en la práctica incorporó la ciudad a sus dominios, hasta el punto que la convirtió en el centro de su estado. Era el lugar con más población de la isla, estaba orientada a Italia y a Grecia, hacía de centro comercial y tenía uno de los mejores puertos del Mediterráneo. Ocupaba una posición central si se tenían en cuenta todos los dominios de quien entonces la controlaba.
Engrandeció Gelón su nueva capital. Más de la mitad de los habitantes de Gela fueron transferidos a ella con derechos de ciudadanía. Como, al tiempo, en Camarina hubo una rebelión contra el gobernador, obediente a Gelón, la ciudad fue destruida y sus habitantes asimismo trasladados a Siracusa. Algo similar ocurrió con otras dos ciudades menores, Mégara Hiblea y Eubea de Sicilia, también arrasadas ambas y sus territorios incorporados al de Siracusa.
Al conquistar Gelón Siracusa, Anaxilao, como había arrebatado Zankle a la influencia de Gela, temió por su posición y se sintió amenazado por la probable vecindad de la gran ciudad que se extendía. No tuvo más que buscar sus propias alianzas. Se casó con una hija de Terilo, hijo de Crinipo, el tirano de Hímera, ciudad al oeste de Zankle, en la costa norte de la isla, vecina a los territorios cartagineses.
Del mismo modo que los demás tiranos de Sicilia habían buscado la ayuda de los cartagineses, temerosos del aumento del poder dinoménida, la prudencia de Terilo lo había congraciado con los dueños del próximo norte de África. Amílcar, quien luego dirigiría el ejército cartaginés, hijo de Hannón, sufete de los cartagineses, y de una siracusana, era amigo personal de Terilo. Para asegurar su posición, Anaxilao se ligó con un pacto de hospitalidad a Cartago, la única potencia capaz de ayudarle en un enfrentamiento con Gelón. Cartago decidió la alianza con él porque aspiraba a controlar el estrecho de Mesina, pensando en sus intereses comerciales en el mar Tirreno.
En 489-488 Terón, hijo de Enesidemo, implantó la tiranía en Acragante, ciudad al centro del sur de Sicilia. Poco después fortaleció sus buenas relaciones con el que ya era el mayor tirano de la isla, en aquel momento aún extendiendo sus influencias, con un doble lazo. Terón se casó con una sobrina de Gelón y este con la hija de aquel. El objetivo del gran tirano, al concertar este acuerdo, era apoderarse de los emporios cartagineses en Sicilia, impuestos sobre la fracción más occidental, entre los que destacaban Panormo y Selinunte. En las alianzas anudadas con los matrimonios anidaba un proyecto dinástico que miraba a la unificación de Sicilia.
La ocasión para que los cartagineses intervinieran en Sicilia la provocó Terón, el suegro del señor de Siracusa. En el año 483-482 expulsó de Hímera a Terilo, para extender sus dominios desde la costa sur hasta la norte y crear una banda de contención para la presencia cartaginesa en la fracción occidental de las tierras insulares. Las fuerzas combinadas de Gelón y Terón de Acragante atacaron la parte occidental de Sicilia. Es posible que Terón atacara a Terilo con el pretexto de que acudía al auxilio que le pedían exiliados de Hímera.
Con el destronamiento y destierro de Terilo, Terón de Acragante se convirtió en el señor de Hímera, y con la conquista de Hímera Anaxilao empezó a ver con preocupación cómo los dominios de Acragante alcanzaban hasta lugares vecinos a los suyos en la misma costa norte. El destronado de Hímera llamó a los cartagineses para que lo ayudaran. En su auxilio, Terilo los requirió con los deberes de hospitalidad contraídos. En la renovación de la alianza entre Terilo y los cartagineses medió Anaxilao, el señor de Regio, quien hizo valer su ascendiente sobre Hannón porque Cidipa, su esposa, era hija de Terilo.
Amílcar, cartaginés por línea paterna pero siracusano por la materna, todavía no era jefe del ejército, sino solo miembro de la influyente minoría que regía Cartago. A cambio de los deberes invocados, los cartagineses obtuvieron la dirección del ejército para Amílcar, quien a su vez exigió a Anaxilao que le entregara a sus dos hijos como rehenes. A los cartagineses entregó Anaxilao sus hijos para que fueran retenidos, con el deseo de que aquellos interviniesen en Sicilia y vengasen a su suegro, quien con idéntica celeridad recibió el apoyo incondicional de su yerno. Terilo había llevado a Anaxilao de Regio y a su huésped Amílcar a una expedición de venganza. Tejida frente a él esta alianza, el rey de Acragante solo pudo persistir en el apoyo de Gelón, quien por esta causa tuvo que suspender sus deberes con los griegos.
A partir de entonces los cartagineses decidieron prepararse para un ataque a Sicilia. La solicitud para que interviniera en sus asuntos culminaba ambiciosos planes de expansión de Cartago, que aspiraba al dominio sobre toda la isla. El gobierno norteafricano acogió con agrado la petición hecha por Terilo, porque le proporcionaba un estratégico punto de partida en la parte griega.
Los preparativos para satisfacer sus aspiraciones se prolongaron tres años, durante los cuales el estado invirtió enormes sumas de dinero e hizo considerables dispendios de energía en la proyectada expedición. Por el mismo tiempo, Jerjes hacía los suyos para la invasión de Grecia.
A propósito de estos, en el año 481, Gelón fue requerido por los griegos confederados para que se uniera a la alianza contra Persia. Pudo ser argumento de los embajadores que le enviaron este probable plan estratégico de Jerjes: si lograra dominar la Grecia peninsular, sus próximos objetivos serían Sicilia e Italia. Los griegos, ya bajo la próxima amenaza de Jerjes, con tan negra premonición intentaban atraer a Gelón, el hombre con el mayor dominio sobre las tierras de Sicilia. Pero recelaba Gelón de la alianza que le solicitaban y pretextó que en otro tiempo los griegos no le habían ayudado contra los cartagineses. Gelón nunca se había enfrentado a las tropas de Cartago, aunque sí se había aliado con Terón de Acragante en el año 483 para apoderarse de los emporios cartagineses de Sicilia occidental.
Gelón evitó comprometerse con una negativa expresa. Prometió a la embajada griega doscientos trirremes, veinte mil hoplitas, dos mil jinetes, dos mil arqueros, dos mil honderos y un contingente de caballería ligera de dos mil hombres. Además, se comprometió a suministrar trigo a todos los efectivos griegos hasta que hubiera concluido la guerra. A cambio exigió sucesivamente la jefatura de las fuerzas griegas contra el bárbaro, el mando sobre la armada y el del ejército; de lo contrario, no acudiría en socorro de los griegos ni enviaría refuerzo alguno. Sabedor de que sus condiciones no serían aceptadas, Gelón, ante la posibilidad de un ataque cartaginés contra Sicilia, evitaba así cualquier obligación de apoyo a los griegos.
Tan pronto Gelón supo que Jerjes había cruzado el Helesponto, con tres penteconteros zarpó Cadmo, hijo de Escita, natural de Cos, con destino a Delfos, dado que los sacerdotes de Apolo, que por su oráculo adquirían poder sobre la anfictionía, habían mantenido una conveniente actitud ambigua ante la invasión. Llevaba elevadas sumas de dinero y propuestas de amistad, así como una orden, que debía esperar a que la guerra se decidiera. Si era el bárbaro el vencedor, le entregaría el dinero, la tierra y el agua, en nombre de los territorios sobre los que Gelón ejercía su dominio. Si los griegos vencían, debía regresar a Sicilia.
Sobre la coincidencia de los planes de Cartago y Persia, algunos pensaron en una acción concertada entre ambas potencias para atacar a los griegos a la vez en el este y en el oeste. Jerjes, tras decidirse a iniciar su campaña contra Grecia, habría concluido con los cartagineses un pacto ofensivo. Mientras él actuara contra la metrópoli, ellos deberían atacar a los griegos de Sicilia y el sur de Italia, porque Gelón y sus aliados eran la única fuerza capaz para reforzar a los griegos de la metrópoli. Es posible que sincronizaran las operaciones que cada cual preparaba, para así evitar el apoyo mutuo de los griegos, aunque más bien parece fortuita la coincidencia entre ambas iniciativas y que la alianza nunca existió. Además, los acontecimientos de Sicilia bastan para explicar la intervención cartaginesa.
Amílcar, que llegaría a sufete de Cartago por su valía personal, dirigió la expedición cartaginesa. En los tres años de preparación, la potencia africana había puesto en pie de guerra una flota de doscientos navíos y un ejército de unos treinta mil hombres, tamaño que algunas fuentes elevan a la cifra de trescientos mil, que la crítica ha valorado inverosímil. Estaba integrado por cartagineses, súbditos libios e iberos y tropas mercenarias. El estado cartaginés había reclutado con éxito combatientes a sueldo en casi todo el Mediterráneo occidental: en el norte de África, Cerdeña, Córcega, Península Ibérica, Galia y Liguria, habituales en los contingentes púnicos, e incluso en el África negra. Además, había equipado tres mil buques de carga para transportar a Sicilia caballos, equipo y víveres.
Avanzado ya el año 480, la expedición militar zarpó de Cartago con Amílcar al frente, en calidad de jefe de tan poderoso contingente. Su intención habría sido mantener en secreto el momento y el lugar del desembarco del ejército. De lo contrario, los aliados griegos, conocedores del terreno, habrían reunido sus tropas en un lugar que les fuera favorable y, bien preparados para el momento del desembarco de los invasores, podrían haberle causado serios contratiempos. Si nadie hubiera podido prever el punto donde comenzaría la ofensiva cartaginesa, los griegos se verían obligados a dispersar sus fuerzas.
Ateniéndose al plan previsto, desembarcó en el verano del año 480 en Panormo, a unos 45 kilómetros al oeste de Hímera, aunque no sin novedad. Los barcos que transportaban caballos y carros de guerra se habían perdido en la travesía durante una tempestad, lo que algunos vates interpretaron como un mal presagio.
Desde Panormo avanzó el ejército cartaginés por tierra hasta Hímera, con la intención de recuperarla para Terilo. Al oeste de la ciudad estableció Amílcar un fondeadero y un campamento. Después, se dirigió con sus tropas escogidas contra la ciudad y arrolló sin dificultades dignas de mención a los himereos que se le enfrentaron. Tampoco las tropas de Terón de Acragante que le salieron al paso pudieron cambiar el curso del avance, por lo que, sin abandonar Hímera, se dirigió a Gelón, el tirano de Siracusa, para pedirle ayuda.
Ante la iniciativa de las tropas cartaginesas, Gelón había tenido que dividir sus fuerzas. Su flota hubo de permanecer inmovilizada, interceptada en el estrecho de Mesina por la de Anaxilao, mientras que los efectivos terrestres, encabezados por el propio Gelón, se dirigieron a Hímera a marchas forzadas con cincuenta mil infantes y más de cinco mil jinetes para atender a la llamada de Terón.
Hasta entonces todo había transcurrido según los deseos de Amílcar. Pronto todo cambió con la aparición de las tropas siracusanas. Los cartagineses, cuyos caballos se habían perdido en la travesía, disponían de una caballería apenas digna de mención. Los jinetes de Gelón, sin una fuerza que pudiera equiparárseles, capturaron a unos diez mil enemigos, parte relevante de una desprotegida tropa. Consciente de su desventaja, el general cartaginés se esforzó en reclutar jinetes entre sus aliados en Sicilia. Ordenó que al menos la caballería de Selinunte fuera hasta Hímera. El mensajero que llevaba la respuesta de los selinuntios a Amílcar fue apresado por las gentes de Gelón. El tirano de Siracusa aprovechó hábilmente la información obtenida del mensajero. Sus jinetes se hicieron pasar por los aliados selinuntios que Amílcar esperaba, fueron hasta la base naval cartaginesa, mataron a los jefes e incendiaron el fondeadero de los barcos.
La batalla terrestre, junto al río Hímera, terminó con la victoria de Gelón. Dicen que el día del encuentro las tropas que conducían los cartagineses estuvieron luchando contra los griegos desde la aurora hasta muy avanzada la tarde; tanto tiempo, según cuentan, se prolongó el combate. Los aliados, que estaban en minoría, consiguieron una victoria terminante. Al concluir la jornada era indudable que la gloria era para Terón y el señor de Siracusa. Una gran fracción del ejército cartaginés fue muerta, mientras que el resto, a excepción de un pequeño contingente, capituló y cayó prisionero.
Ocurrió la victoria sobre el señor de Hímera y sus aliados, en Sicilia, y la de los griegos sobre los persas, en Salamina, el mismo día, durante la última semana de septiembre del año 480, una coincidencia que desde antiguo una parte de los intérpretes piensan que no fue casual.
El epílogo de la derrota corroboró el desastre. La escuadra cartaginesa fue incendiada y la parte de las tropas cartaginesas que había conseguido escapar a la prisión de su enemigo, que aun así alcanzó a embarcar en veinte navíos de guerra, se hundió sorprendida por una tormenta. Solo unos pocos llegaron a Cartago en un pequeño bote. Los cartagineses, temiendo la presencia de Gelón en África, le pidieron de inmediato la paz, que pronto les fue concedida bajo aceptables condiciones.
En el transcurso de la batalla, a los ojos de los griegos Amílcar desapareció cuando estaba siendo derrotado. No fue encontrado vivo ni muerto, en lugar alguno, a pesar de que Gelón mandó que todo fuera rastreado en su busca. Según unos, Amílcar fue muerto por los jinetes siracusanos, mientras ofrecía un gran sacrificio a Poseidón, posibilidad que no fue avalada por la evidencia del cadáver.
Otras dos versiones de su misteriosa desaparición han intentado colmar este vacío. La interpretación siciliota pretende que Amílcar huyó sin dejar rastro, perdida la batalla. Entre los cartagineses circuló una historia sobre lo sucedido que les resultaba más verosímil. Mientras duraba la contienda, Amílcar permanecía en su campamento y ofrecía sacrificios incesantemente, en busca de presagios favorables, inmolando sobre una gran pira reses enteras. Cuando estaba haciendo libaciones sobre las víctimas, vio que sus tropas se daban a la fuga. Fue entonces cuando se arrojó a las llamas y quedó reducido a cenizas.
Desde aquel momento al general Amílcar los cartagineses ofrecieron sacrificios como a un héroe, y le erigieron monumentos en todas sus ciudades coloniales, el más grande en la misma Cartago. Una parte de la veneración con que fue mantenida su memoria procede de la creencia en la predestinación. El nombre con el que fue conocido era la adaptación al griego del fenicio Abd Melqart, que significa servidor de Melqart, el imponente dios tirio. Así pues Amílcar, general cartaginés, durante la guerra que tuvo lugar en Sicilia durante el siglo quinto anterior a nuestra era, se suicidó lanzándose a la hoguera, como se hacía entre cartagineses responsables desde los tiempos de Elisa, la fundadora de la ciudad.
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