Incidente

Desiderio Iparraguirre

Un arriero, al que llamaban Colmillo, en la tarde del ocho de septiembre había dejado los mulos de su recua pastando en un cortinal. Estaba en las inmediaciones de un monasterio, regente de un lugar santo, un manantial de aguas milagrosas, centro para las celebraciones de los días singulares, polo de ocurrentes de toda especie cuando se conmemoraba cualquiera de los ingenios de la astucia religiosa. Aquel día era sagrado para los devotos de la natividad, y a él, devoto radical de la potencia generatriz, porque lo era de la fecundación, se confió Colmillo.

     Al otro lado del camino que pasaba ante la puerta de tan rentable lugar estaba el cortijo que labraba la sociedad Moreno y Escribano, uno de los más cotizados de las inmediaciones de la población, de los llamados de ruedo, donde los días comunes el trabajo los condenaba al infierno.

     Machos y hembras los había dejado su dueño sujetos con una traba, un ingenio para la custodia pasiva que consistía en una cuerda corta, reforzada con un trenzado, que a los animales inmovilizaba las manos. No les impedía desplazarse a saltos, mientras iban cortando con sus dientes el pasto, pero les agotaba cualquier ansia de recorrer distancias. A Colmillo le parecía suficiente para dormir tranquilo, confiado en que no saldrían de la parcela. No contaba con la brisa nocturna de los últimos días del verano, que saturó el aire con el hipómanes de las yeguas estabuladas en el cortijo. Quienes lo explotaban las mantenían para que las elegidas por la fortuna fueran madres de ejemplares para la remonta, y todas contribuyeran, llegada la estación, a los trabajos de la trilla.

     Uno de los machos mulares sin castrar, enardecido por la carga del aire, se deshizo de la traba, se extravió y se fue para las yeguas. Que fuera o no estéril solo los hechos llegarían a demostrarlo, pero desde aquel momento el poderoso mestizo dejó constancia de que la naturaleza no había renunciado a nada cuando fue concebido. No tuvo suficiente con una. Maltrató e hirió a varias, buena parte de las cuales estaban preñadas. Su lujuria llegó a tanto que una de las yeguas, que bien podía haber sido su madre, quedó herida por una mordedura, profunda y sangrante, realmente grave.

     Los regentes del cortijo, cuando a la mañana siguiente vieron los estragos que había causado el monstruo, se temieron graves perjuicios para su capital, mientras que Colmillo, avisado por el hermano portero del cenobio, se apresuraba a recoger al macho yacente, exhausto, sus dientes de bestia a la vista, la lengua colgando, su rostro contraído en una sonrisa sardónica.

     Enseguida dispuso que la yegua herida fuera curada por su cuenta, y el día siguiente las partes, de común acuerdo, designaron a un mariscal, Alceste de nombre, para que evaluara los daños que hubieran sufrido las inocentes ninfas. Sería su certificado el que discerniera si los había causado cualquier desgracia de las que tienen su origen en los accidentes que afectan a los équidos, o en el maltrato y el caldeo padecido a causa de la brega del macho. En el segundo supuesto el arriero tendría que hacer frente al fuego de su ejemplar. Tendría que liquidar a los consocios todos los perjuicios y daños apreciados a las yeguas, más los malos partos que pudieran ocurrir en el transcurso de los dos meses siguientes. Y si durante ese tiempo muriera alguna de ellas, como la que había sufrido la mordedura del mulo, los indemnizaría con su valor. Pero si pasara el plazo convenido sin ningún contratiempo, el arriero quedaría relevado de cualquier obligación.

     Alceste, de palabra, ante las partes, y por escrito para el juez de campo, podría congratularse de que nada había trascendido a mayores, en parte gracias a sus cuidados, salvo que tres de las yeguas habían quedado preñadas. El mariscal, Colmillo, Escribano y Moreno celebrarían el prodigio, y el arriero, como recompensa al mal trago que hubiera hecho pasar a todos, decidiría renunciar a cualquier derecho sobre los potros que nacieran.


Reconociendo a Faulkner

Desiderio Iparraguirre

Cuenta Pausanias (V, 27, 1-4) que Formis de Ménalo prosperó tanto al servicio de Gelón, el tirano de Siracusa, y de su hermano y sucesor Hierón, que en agradecimiento a su hado hizo ofrendas en Delfos y Olimpia a sus respectivas divinidades protectoras.

     Para Olimpia mandó fundir dos caballos de bronce, y para cada uno de ellos, su auriga, que debía figurar de pie tomando al suyo de la rienda. A cada uno de los dos grupos se le dio el lugar que merecía en el Altis, el bosque sagrado de Zeus donde se alzaba el santuario, junto a tantas ofrendas de mérito que en él se iban concentrando.

     Sin ser una obra notable, uno de los caballos terminó sobresaliendo entre las más apreciadas por los visitantes. Los caballos machos que pasaban cerca de él entraban en celo cualquier día del año, y no solo en primavera. Escapaban a quienes los llevaban o rompían sus ataduras y saltaban sobre él, con mucha más furia que cuando montaban a las yeguas. Se esforzaban en acometerlo una y otra vez, y una y otra vez sus patas se deslizaban sobre el bronce de la grupa. Presas de un furor, persistían en el fracaso cuantas veces se les consentía, y esto los encelaba aún más. A quienes los manejaban, si querían hacerse con ellos de nuevo, solo les quedaba azotarlos y tirar de las riendas hasta conseguir apartarlos de tan prodigioso ejemplar.

     Nadie encontraba más explicación para aquel comportamiento que la mediación de un mago, quien con sus artes habría infundido en el bronce el hipómanes, un maleficio que volvía locos a los caballos.

     Cuando se indagó en busca del nigromante responsable de tan perversos poderes, se encontró que Zanes, que cuidaba una yeguada vecina, prestaba una atención especial a aquel ejemplar. Periódicamente, volvía al Altis y untaba el bronce con un preparado para que no perdiera su prestancia.

     Nunca quiso confesar la fórmula de la solución de tan brillantes efectos, si bien todos sabían que era el más diestro de los manipuladores de yeguas. Raramente defraudaban el gasto que a su amo le suponía el alquiler de un semental cada año.

     Desaparecido Zanes, el cuidado de aquel caballo, tal como su oficio, quedó a cargo de sus herederos, quienes durante generaciones lo mantuvieron sin que se extinguieran ni el hipómanes ni sus efectos.


Cuidado con el perro

Desiderio Iparraguirre

1. Sobre la pólvora, he aquí lo que escribieron los romanos del bajo imperio.

Entre los getas, pueblo de vida precaria, veneran como alma de la tierra lo que llaman arena ardiente. No conocen su origen ni por qué medio obtenerla. Solo saben que si, por imprevisión, su itinerante campamento es instalado en lugares de fino polvo negro, encendido el hogar alienta en ocasiones un estertor que pone en fuga a quienes a él están plácidamente acogidos.

En la Germania puede leerse que entre los pueblos que habitan lado allá del Rhin utilizan con fines terapéuticos una sustancia, negra y brillante, que toman de ciertos lugares del monte. Sobre la herida abierta vierten un fino hilo del mineral, apenas una cadena de granos. Prenden el reguero por un extremo, las chispas trepan sobre la piel y en un instante la llaga cauteriza. Solo el guerrero más íntegro soporta la cura sin perder el sentido. La velocísima llama provoca un intenso dolor que desata los miembros de los sujetos a la cura. Pero el crudo procedimiento bien vale por sus efectos. Al instante los hombres que han sufrido una sola herida son recuperados para el combate, y los más bravos ni aguardar quieren a que la carne se enfríe.

Son los escitas pueblo entre el que rigen leyes aún más ajenas a la constitución de la ciudad. La vida errante, la falta de gobierno en materia civil, tiranizan a tribus innumerables. Entre los dominios del desorden no es el menos perjudicial el del alimento. Ingieren lo nutritivo mezclado con lo que causa mal, no disciernen el alimento que germina en vida del que la drena, y todo en mezcla casual devoran sin concierto. Por efecto del recto sentido natural, que se impone al curso de las cosas, sobreviven. Pero hay ocasiones en las que en masa caen víctimas de su monstruoso apetito.

Gustan sazonar las carnes, que devoran crudas, con cierto polvo que encuentran en áreas minerales, no lejos de donde otras sales se forman. Consumido en pequeñas dosis, no tiene otros efectos que los habituales entre los que sufren desórdenes gástricos. Pero el exceso tiene efectos letales cuando se ingiere acompañado de alcoholes muy vivaces.

No ignoran que este puede ser el desenlace. Así como conocen que otras sustancias en depósito sobre las carnes que cazan las corroen, saben que el polvo brillante, como lo llaman por expresión, arde y explota al calor. El resultado del brutal abuso es un mortal desgarro del estómago.

2. El cuidado de los animales es civilización. Domesticar es ganar para el orden humano lo que en su estado primitivo permanece disperso y sin fin propio; lo que es tanto como decir organizar. Porque no hay más armonía que la que el hombre impone con sus actos. Allí donde la mano del ser humano alcanza toca el dedo de Dios, porque de Dios la obra se realiza en el hombre y este es su agente.

Como la ciudad, la obra más grandiosa del hombre todo, así el beneficio de lo humano se extiende; de forma asimétrica, algo más por allí, un poco menos por acá, con lentitud, a veces con dudas e incluso con dolorosos retrocesos. Pero el bien avanza inexorable, seguro de sí, en la dirección única posible.

El bosque es húmedo y tenebroso. Conserva en estado latente el medio en el que el principio de la vida germinó. Es lo que ha sobrevivido del caos original en tierra firme. Con razón el bosque es refugio de alimañas y seres horribles. El campo cultivado, que es ya obra del hombre, es sin embargo grosera obra; y concesiva. Recrea el medio hostil en cantidad y tamaño que pueda el hombre doblegarlo. Pero así multiplica las especies parásitas que, como la yedra al coloso, sin agresión aparente puedan minarlo.

Con la cría de animales las cosas ocurren de modo muy distinto. La acción es directa. Cada ejemplar de cada especie que es sometido al rigor de la disciplina doméstica es una conquista. Una pesada serpiente de masa asfixiante, que destila gélido veneno por sus colmillos, cae a este lado apenas se aplique una correcta ortodoncia. Nada en exceso violento, nada que desnaturalice la animal virilidad. Los efectos pueden ser benéficos para todos. La serpiente podrá gozar de una vida regalada, que no es el peor producto del mundo conducido por los caminos del hombre. Este, con este eslabón, será, si no más grande, más extenso.

De todos los animales, el más apto para la civilización es el perro. Reproduce como ninguno los hábitos del hombre. Qué decir de su capacidad para expresarse. El rostro del perro puede figurar todos los estados del alma. Así como la voz del hombre presta su timbre a la reproducción más amplia de los sonidos, la cara del perro, como la del histrión, fija el sentimiento de su dueño. Nada causal hay en este sensible registro. Siglos de paciente educación han ido ideando las máscaras que el buen can con satisfacción se pone.

La virtud que lo distingue es, más allá de la fidelidad, la obediencia. Obsérvese la generosa reacción de aquel perro que a un gesto de su dueño indaga el aire, recorre en horizontal el trayecto equivalente al tiro curvo, acude al lugar y retorna a sus pies perplejo y con la boca vacía. ¿Es que hay otro animal capaz de ponerse al servicio de los efectos de un acto que no siquiera empezó? Cuanto más tiempo emplee el hombre en amaestrar perros, menos tendrá que invertir en hacer cosa alguna. El perro, de todos modos, actuará.

3. El aire no aloja los cuerpos como la cera al bronce. Ni la resistencia es tanta ni la impronta tan indeleble. Por fortuna. Viviríamos de lo contrario en una selva peligrosa, próxima a la parálisis. Pero qué duda cabe que el dulce aire acoge de distinto grado lo que debe envolver. Basta con experimentar el efecto que a nuestra vista causan unos y otros cuerpos. Con la vista se mide la rectitud de la presencia de los cuerpos en el espacio, y así como la enfermedad se deja ver solo por los estragos perceptibles en la figura, un lugar inadecuado mancha el aura del objeto. No es visible por sí misma, pero afecta a su reflexión de la luz. El cuerpo mal puesto resulta más opaco, consume más energía, queda relegado a la condición de objeto oscuro.

Es cierto que como hay mujeres que se arreglan para parecer jóvenes, piezas hay que pugnan por salir a la luz. No obstante, el aire las trata con la misma crueldad que la cosmética. Acusan el exceso de maquillaje y el pulso ya es incapaz de conseguir un perfilado exacto.

Porque el aire es, con su gentileza y su amabilidad, con ese no ser capaz de negarse, el sutil indicio de todo. Se adensa osco donde una masa es excesiva, y allí donde el cuerpo es digno de caricias lo rodea ligero, sutil y transparente. De ahí que deba admitirse que hay un lugar correcto para cada cuerpo. El arte de encontrarlo es la poética del espacio.

Amante del orden es quien recibe placer de la justa posición. Está dotado por naturaleza para percibir lo que bien está, y acusa al instante la colocación dislocada o cualquier alteración de la debida armonía. Donde vive se respira calma y luz, y el equilibrio todo lo domina.

Claro que también hay genios desastre del lugar. Bien son torpes radicales, bien convictos conspiradores. También los hay que trabajan en la mesa de al lado.
El primero tiene el sentido local embotado. Poca disposición al nacimiento, la falta de tacto y cultivo, una escandalosa desorientación, escasa frecuentación del espacio urbano, todos estos y más pueden ser agentes responsables y coadyuvantes a la atrofia. No es este el medio donde el demonio crece. Antes bien, la conciencia de la virtud, el recto sentido de la luz, la percepción eficiente del lugar adecuado son aptitudes que inspiran y nutren el mal. Gozar de ellas en grado inferior a otros, alcanzar hasta la conciencia de la inferioridad, son fuente de su tortura y motor de sus malévolos actos.

Quien trabaja en la mesa contigua mezcla con sabiduría fatal ambos tipos, y aún añade algún carácter más. Su tiránico imperio se levanta sobre un negro fondo de licor demoníaco puro, viscoso e inestable. Más sabio que el común de los localizadores, aunque no el que más, alcanza a verter su saber en torpeza, con exactitud tal que el más topo parece. Pero añade alevosía a sus actos. Actúa a hurtadillas, aprovecha cualquier ausencia del compañero de la mesa contigua –por la izquierda– para enfollonarle el escritorio.

Un día es la goma, que debe estar a la derecha, algo por encima del ángulo de la hoja, al auxilio de la mano que escribe y suelta el lápiz cuando quien la manda acusa el error o decide la corrección. La mano actúa automática y encuentra el vacío. Otro día es un clip, el clip del borrador del informe. Quien repasa el proyecto, sentado en la mesa contigua por la izquierda, debe acudir al despacho para confirmar cierto extremo. El fatídico dislocador hurta la fíbula. El compañero de la mesa contigua –por la izquierda–, ya vuelto, cree volverse loco. Correcto localizador, bien conoce la imposibilidad de que un cuerpo se extinga sin un destello de luz.

Así se van acumulando las agresiones al buen orden.

No sabe a lo que se arriesga quien trabaja en la mesa contigua –por la derecha. Los correctos localizadores, gente educada y de genio estable, que prestan atención y hasta cuidado a todo lo que a su alrededor se mueva, reaccionan de forma airada e imprevisible cuando el orden debido se trastoca. En particular, si han de vérselas con un compañero de la mesa contigua, por la derecha.

4. De la alimentación del animal doméstico podría discutirse su papel agente. Hay pruebas positivas sobre la reducción de hipopótamos criados en piscina, por ejemplo. Cierto compuesto de almidón y viruta tiene virtudes menguantes. Administrado en dosis adecuadas, convierte el bulto ingobernable en poco más que una cómoda colchoneta. El producto no se consigue de un día para otro, pero el premio compensa la paciencia.

Más aún la literatura especializada ha descrito la acción del alimento sobre el carácter. Agresivos caimanes, violentos cocodrilos, sanguinarios tigres quedan reducidos a discretos camaleones o gatos falderos cuando tratan con el vecindario. Las recetas específicas en algunos casos son complejas y hasta peligrosas. Algunas incluyen sedas ilegales, pero tienen la ventaja de sus resultados, casi infalibles en plazos brevísimos.

No faltan experiencias negativas y hasta contrarias. También abundan en los textos descripciones tales. Pero parecen interesadas, patrocinio de temerarios promotores de la alimentación espontánea y natural, no siempre aceptables. Aquella defensa a favor de la alimentación instintiva del león, por ejemplo, eludió describir las heridas de su cuidador.

Otra cosa es que se discuta el doble efecto de la comida sobre el animal, empeño complejo que a un tiempo amaestre y modifique la constitución física de cada pieza. Estamos en condiciones de afirmar que esa simbiosis es posible. Está al alcance del hombre el perro bomba inteligente.

Tómese un cachorro de perro salchicha. Es importante la raza por la relación entre volumen y masa útil. A la comida diaria añádasele, desde el primer instante, un condimento de pólvora. Al principio la dosis será suave, para evitar una indigestión prematura. Pero con idéntico mimo, jornada a jornada, se irá graduando la sazón en orden creciente. El animal irá asimilando con la ración el explosivo, y tal como su masa integra metabolizada pongamos por caso la pata de una gallina, está comprobado que hace con la pólvora, con la novedad que nutre sus carnes en estado casi puro. Carbón y azufre no modifican su estado a consecuencia de la ingestión, mientras que el nitrato potásico inicialmente se pierde por efecto de los jugos gástricos caninos. Basta completar la dieta con una dosis rica en sales naturales para que se recupere el nitro. No es defecto el excesivo consumo de agua que resulta, ni las consecuencias que a la larga pueda tener esta parte del consumo para el motor de la circulación. Agua no debe faltarle a un perro jamás y es un insumo barato. En cuanto al corazón, no se arriesga nada. De tener prevista una vida de duración regular es posible que se viera acortada por un accidente cardiaco. Pero estando destinada esta crianza a un fin más próximo, el riesgo queda al margen de cualquier cálculo.

Porque la materia explosiva se forma en apenas unos meses. Se sostiene el tiempo del proceso sobre una correcta gradación de la dosis de pólvora, que ha de ser de incremento constante. La causa estimula la consecuencia y es cada día mayor la proporción asimilada. Ayudan a un acelerado metabolismo unas carreritas después de una breve siesta tras las comidas. Muscula el ejemplar más, y más adquiere la apariencia de un contundente cartucho.

Lo notable del procedimiento es que basta esta dieta para que el animal desarrolle el instinto concordante. Por sí mismo acude a lugares aptos para cualquier modalidad de sabotaje: pedestales de próceres, estratégicos postes de la red de alta tensión, torres de comunicaciones. Eleva a refinamiento la receta que vela su premeditado fin con los gestos de alguna evacuación.

No se inclina sin embargo al trato humano. Si se desea el afectivo contacto con las piernas, de hombre o de mujer, es necesaria una doma aplicada. Admite la fórmula que sea paralela al régimen. Debe elegirse persona conocida, familiar al trato, de modo que clasificarla pueda por su medio común, que es el olfato. Los reiterados encuentros, la repetitiva llamada del conocido y sus invariables caricias conseguirán en un plazo razonable lo que se desea, ver al diminuto y simpático ejemplar diligente, en trazo recto, meneando el rabo, hacia su objetivo.

5. El regalo es el bálsamo de la belicosa convivencia. La diplomacia desde antiguo lo eligió como heraldo. No hay objeto por sí mismo apto. Puede valer cualquiera, siempre que a su acreedor llegue en aquel momento, el único.

Cuando el regalo es tentativo, conviene algún dato sobre las inclinaciones de quien lo recibe.

Un regalo perfecto es una botella de orujo. Mejor aún, alcohol de noventa en una botella de anís. El lugar, la plaza al atardecer, cuando vecinos, conocidos y compañeros de la mesa de al lado –por la derecha–, impenitentes fumadores, conversan y pasean. El gesto adecuado, una entrega torpe, la botella contra el suelo, el licor evaporándose.

“Qué consuelo sería ver que Gurú, diligente, caminara en línea recta hacia donde la botella se hubiera estrellado.”

–Vamos, chuchito. Vamos.

6. El levantamiento de un cuerpo destrozado es una operación delicada. Nos referimos a la parte forense. Deben acopiarse los trozos con mimo de relojero. En cada porción puede haber una prueba para la causa.

Cuando sucede a una explosión siempre hay un centro, el lugar que con más intensidad sufrió la honda. Pueden distinguirse destrozos con o sin diana. Se denomina en el habla legal presa cazada el cuerpo que experimentó el impacto del proyectil. Se distingue así de la pieza alcanzada solo por la honda o por la posible metralla. Es discernible la distancia a la causa por grado de carbonización. Las tablas de Durrell y Loman resuelven en longitud, mediante un escueto análisis al microscopio y la adhesión a un reactivo ácido.

Habiendo sido pólvora la raíz del absoluto desgarro el olor ambiente contribuye. Pero la costra chamuscada es menos gruesa. Si los agentes judiciales demoran, solo por testimonio podrá tomarse el dato. El análisis físico y la degradación corrosiva, al disponer de una masa más limitada, dan resultados imprecisos.

7. Decae de un tiempo a esta parte el feliz hábito de rendir homenaje a la memoria del amigo, bien sea solo conocido, puesto que en la mesa contigua –por la derecha– mantuvo su fugitiva presencia. Deo volente, este hábito habrá de ser recuperado. Por desgracia, la impiedad ha llegado a grados insostenibles.