De nuevo sobre Mlk
Publicado: junio 12, 2015 Archivado en: Calixto Alencar | Tags: constitución Deja un comentarioCalixto Alencar
Aunque los textos de los monumentos funerarios cartagineses sean lacónicos, el análisis filológico se las ha ingeniado para apurar la información que contienen. Entre los estudiosos que han llevado al límite tan hermética colección textual, destaca Paul G. Mosca, especialista en epigrafía púnica. Docente a principios de los noventa en la universidad de la Columbia británica, escribió una tesis, que presentó en Harvard en 1975, a la que puso por título El sacrificio infantil en la religión cananea e israelita: un estudio sobe Molk y MLK. En ella estudió las inscripciones de las estelas de los tofets, aprovechando la feliz circunstancia de que a partir del siglo cuarto el material epigráfico que suministra la arqueología es muy abundante. Una insistente fórmula votiva, asociada al criterio de cantidad, se vuelve así un precioso aliado que permite nuevas conclusiones. Su radical importancia deriva, además, de que por primera vez intentó reunir en un solo análisis todas las tradiciones textuales supervivientes, las clásicas pero también la púnica rescatada, y con él dar respuesta concordada a los principales problemas que plantea la arqueología de Cartago.
En su opinión, lo que tiene mayor interés para avanzar en el conocimiento de los ritos del tófet es la lectura acertada de los tipos de ofrenda, según los nombres que para ellos usan las inscripciones. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, antes de pasar examen a la galería de interpretaciones, que cualquiera de las lecciones que se han ensayado parte de que era un sacrificio el principal acto del rito. Semejante punto de partida no debe considerarse una realidad demostrada, ni por tanto las lecturas de esta parte de los textos definitiva. En conjunto, las fórmulas solo evidencian que existieron ritos privados, cuyo sentido exacto se nos escapa, fijados en monumentos que se presentan como ofrendas individuales y se justifican como don, regalo, promesa o prestación a cambio de una gracia recibida. Pero nada más.
La lectura más llamativa, y de más gravedad en relación con los ritos de los tofets, ha sido la de la palabra molk, leída con un significado muy comprometido. Parece que la palabra solo es usada en el tófet de Cartago, donde aparece con la epigrafía de los monumentos funerarios, aunque la palabra molk es mencionada con frecuencia en el Antiguo Testamento. Por eso fueron los filólogos de la Biblia los que tomaron la iniciativa. Vocalizaron mlk, según la tradición admitida, moloch, y aplicaron a su interpretación, antes de que decidieran sobre el sentido definitivo de la palabra, lo que dice el texto sagrado. Que los judíos antiguos, en ciertas épocas, discontinuas y de distinta duración, adoraban a una divinidad extraña a la religión de Yavé, el dios que en el texto recibido es llamado Moloch. Así impusieron un significado, el que fue durante siglos aceptado por razones únicamente basadas en una autoridad ahora sagrada.
La posibilidad de que mlk no fuera el nombre de un dios fue por primera vez avanzada en los años treinta. Eissfeldt demostró entonces, de modo inapelable, que la lectura moloch era consecuencia de un error de interpretación. Paul G. Mosca recuperó esta idea de Eissfeldt y añadió que, al menos desde el punto de vista púnico, y a juzgar por las inscripciones del tófet, es seguro que la palabra mlk no designa a un dios sino un rito de sacrificio. En su opinión mlk, que ahora vocalizaba molk, había que interpretarla como la expresión reservada al acto del sacrificio. Hay quien ha llegado más allá y ha afirmado que en la lengua de las inscripciones votivas molk es desde luego una modalidad de sacrificio, pero no una modalidad cualquiera, sino el sacrificio por antonomasia, es decir, el sacrificio de la víctima humana. Pero esta conclusión, si nos atenemos a los límites del testimonio filológico, es excesiva. Como réplica hay quien ha interpretado que mlk es sinónimo de mtnt, una palabra que también aparece en las fórmulas de las inscripciones votivas, y que ambas solo significan don u ofrenda.
Lo más aceptable de todo parece que la sola palabra mlk sea raíz indicativa de solo sacrificio, sin nada que denote modalidad, tal como puede conjeturarse por ejemplo a partir de la expresión mlk´mr, que en seguida analizamos. También podría aceptarse como interpretación que en el rito de base mlk la víctima sería sacrificada a la divinidad destruyéndola con fuego. Ese sería el significado estricto de la palabra mlk. La conclusión, tan aceptable como vigencia tenga esta lectura, es obligada: el ritual de los tofets incluía al menos un sacrificio del tipo holocausto.
Parece que la fórmula que se expresa mlk´mr hace referencia a un sacrificio de sustitución en el que la víctima es una oveja, aunque con más exactitud tal vez sea la ofrenda de un cordero. Claro que otros simplemente afirman que en la lengua de las inscripciones mlk´mr es el sacrificio de la víctima de sustitución, sean los que fueren sustituido y sustituto. O ni aun eso, que mlk´mr puede expresar el sacrificio de un cordero con el fin de cumplir un voto.
En todo este laberinto de opiniones parece reflejarse la duda de los arqueólogos, porque también los arqueólogos meditan si había sustitución o no, cómo y cuándo. Puede que por prudencia los filólogos hayan respetado el rastro de sus hermanos más atrevidos, que en estos problemas va marcándoles el camino que deben seguir. Pero también se aprecia la huella de la retrolectura, de estirpe filológica pura. Puede demostrarse que mlk´mr fue vocalizado molchomor en latín.
En las estelas de Ngaous, en Argelia, puede leerse por ejemplo “sacrum magnum nocturnum molchomor”, en una expresión cuya referencia al ritual de sustitución no es puesta en duda por nadie. Del texto se deduce que el sacrificio de sustitución se celebraba de noche y, además, que el molchomor incluía víctimas tales como corderos y cabras. También es seguro que una ofrenda morchomor era lo mismo que una molchomor y que ambas se resumen en la expresión latina agnum pro vicario. Porque también en las inscripciones votivas de Ngaous se alude a la víctima morchomor con expresiones del tipo vita pro vita, sanguine pro sanguine o anima pro anima.
El acierto es en este caso indiscutible. La lengua latina actúa como medio de verificación de la lectura del texto semítico. Pero hay que advertir que el tiempo al que pertenecen las expresiones en latín es posterior al 146 anterior a la era, y que por tanto se refieren a un ambiente que no es propiamente púnico. La retrolectura que alcanza hasta la Cartago de la plenitud incluiría el supuesto de que los ritos sobreviven al arrasamiento romano.
Como también son conocidas las tarifas púnicas de los sacrificios de animales, se pueden leer con la intención de verificar si la interpretación de la palabra compuesta mlk´mr es correcta. Los textos de las tarifas fueron escritos para clavarlos a la entrada de los templos o de los recintos sagrados. Los sacerdotes y los oficiantes del culto informaban con detalle de los precios de cada ofrenda animal, que podía ser de buey, carnero, cordero, pájaro y otras aves, así como de piezas fruto de una cacería. Explicaban los distintos ritos del sacrificio y advertían sobre las normas a tener en cuenta para el reparto del sacrificado animal entre la divinidad, el sacerdote y quien lo ofrecía. El oferente podía consumar el sacrificio por su propia mano. Si ejecutaba el donante, el sacerdote percibía una parte proporcional de la víctima, pero si además intervenía la parte de la ofrenda que recibía era mayor. De este modo se aseguraba la existencia de la clase sacerdotal y de los oficiantes de los santuarios, además de sus rentas y subsistencias. Al mismo tiempo, se conseguía que la comunidad de los creyentes fuera parte activa del culto, si lo deseaba.
Las tarifas conocidas se remontan a los siglos cuarto y tercero anteriores a la era. Lamentablemente nada dice la literatura especializada sobre si en sus textos se recurría, para referirse a ciertos sacrificios de animales, al giro mlk´mr. La llamada tarifa de Marsella seguramente procede de Cartago. Cita por orden de estimación descendente los animales aptos para el sacrificio: bueyes, terneras, ciervos, carneros, machos cabríos, corderos, cabritos, cervatillos y pájaros. También admite las ofrendas de granos y las libaciones de aceite o leche. Se puede fechar hacia el siglo tercero anterior a la era. En ella está prescrita la parte de la víctima que corresponde al sacerdote y la que está a disposición del oferente, y precisa el estipendio que quien hace la ofrenda debe dar por el sacrificio.
Menos seguras son las lecciones de otras palabras que el propio Mosca patrocina, aunque no menos interesantes. Mlk b`l expresaría ofrenda en lugar de un lactante. De ser exacta, habría que aceptar dos cosas: que un lactante podía ser el objeto principal de ciertas ofrendas y que efectivamente se practicaba la sustitución. Mlb´ba´al designaría la ofrenda hecha por un noble, cuyo objeto sería un niño procedente de familia aristocrática, mientras que la expresión mlk adam, que no aparece en Cartago, aunque sí en el tófet de Constantina, en Argelia, designaría el sacrificio de un niño salido del pueblo.
Más allá de las consideraciones sociales, a las que se prestan los dos últimos giros, lo más importante es que concuerdan con los análisis óseos, aunque sea en la parte más obvia. Sobre todo la lectura de la expresión mlk adam sería consecuente y demostrativa de que los niños podían ser sacrificados. Aceptado que la raíz mlk indica holocausto y que lo que aparece enterrado con mayor frecuencia son huesos de niño, lo que por el texto se declara es concluyente. Alguno de los estudiosos de las inscripciones del siglo cuarto anterior a la era descubiertas por Icard y Gielly en el tófet de Cartago reconoce en ellas la declaración de los sacrificios de niños.
Biblos
Publicado: mayo 22, 2015 Archivado en: Calixto Alencar | Tags: constitución Deja un comentarioCalixto Alencar
1. En la costa de Levante, durante el tercer milenio, activas ciudades marítimas, pobladas por hombres capaces para el trabajo de cubierta y la carpintería de ribera, cuando el arado permanecía inactivo, a un tiempo aptos para la estiba y el corte de los cedros, una vez almacenados los cereales, tales como Arados, Biblos, Sidón o Tiro, promovieron relaciones sumamente ventajosas para ellas, a juzgar por el largo fruto que les sobrevino, la mediación entre Egipto y Siria. Su común emplazamiento a lo largo de la costa, así como la relativa equidistancia entre ellas, les permitiría reservarse y compartir un papel estratégico en el contacto a distancias largas, el mismo que las convertiría en el centro de una región extensa.
No todas habrían tenido su origen a un tiempo, aunque todas en el curso de aquel milenio pretendieran disfrutar de idéntica fortuna.
Tiro pudo entonces materializar los más recientes experimentos de la población confiada al contacto con el mar. Cuenta Herodoto, que visitó hacia 450 antes de la era el templo que en aquella ciudad habían dedicado al dios que con enunciativa decisión terminaron llamando Melqart (el rey de la ciudad), que sus sacerdotes le habían proporcionado un valioso informe cronológico. El santuario que aún veneraban, decían, había tenido su origen al tiempo que la ciudad era fundada, feliz suceso ocurrido 2300 años antes. En la valoración de este dato la literatura sobre el lugar es unánime. Su relativa precisión permite suponer que los sacerdotes hablaban con fundamento, e incluso es probable que lo hicieran tras haberlo deducido de algún testimonio conservado en los archivos que tuvieran a su cargo. El origen de la ciudad podría fecharse, por tanto, hacia 2750.
Afortunadamente, la síntesis de todo el trabajo arqueológico que en aquel lugar se ha desarrollado, tras décadas de campañas y esfuerzos, permite llegar a una conclusión concordante. Las prospecciones hasta ahora satisfechas en el centro de la Tiro insular, que es la del origen, han descubierto veintisiete niveles, cuyas fechas estarían comprendidas, a juicio de quienes aplican los procedimientos químicos, entre 2900 y 750. Así pues, a lo largo del tercer milenio, la actividad de Tiro, una vez emprendida, no habría hecho más que crecer.
2. Pero la plaza pionera tal vez fuera Biblos. Su nombre actual, Jebail, un lugar a 40 kilómetros al norte de Beirut, aún recuerda su primer nombre escrito, Gubal, topónimo semita citado así por los textos sumerios como por los egipcios desde aquel tercer milenio. Fueron los griegos los que lo transformaron en Biblos, y por la tiránica autoridad que los conocedores de la lengua helénica impusieron entre nosotros, que no es ajena a la que siempre quiso para sí, alentó y sostuvo la iglesia de Roma, este ha prevalecido en castellano, la lengua que imaginara la vida de los sufridos súbditos de dos señores al menos. Algunas estimaciones sobre su origen lo remontan varios milenios atrás, aunque es más probable que su primitiva población ocurriera a fines del cuarto milenio.
De todas aquellas ciudades, por sus sólidas relaciones con Egipto, ya en el tercer milenio bastantemente organizadas, resultaría entonces decisiva, para la estrategia que por el momento se impuso para las ciudades hacia las que la población fluía, porque estaban a orillas del mar, la posición de Biblos. Mantenía relación preferente con Egipto. Su importancia y su bien fundada necesidad de sobra las avalan los restos arqueológicos hallados en la ciudad, testimonio de valor extraordinario para además conocer los vínculos entre el singular reino unificado y todo el Mediterráneo oriental.
Los lugares de hallazgo de los objetos egipcios en Biblos, en una alta proporción, son los templos y sus áreas adyacentes, donde abundan. Resultan identificables en bastantes casos porque reiteran su presencia piezas con los nombres de los faraones de las dinastías del imperio antiguo. Hasta ahora la referencia más remota corresponde a la segunda dinastía, años en torno a 2700. En el templo llamado de la Dama de Biblos fueron encontrados vasos de alabastro enviados por el faraón Khasekhemuy, el último de aquella serie de reyes. De la cuarta dinastía, que tuvo su tiempo a mediados del mismo milenio, fue encontrado sobre soporte similar el cartucho del faraón famoso Keops, de la cuarta dinastía, cuyo reinado los egipcios hubieron de soportar hacia 2550; y también de aquel linaje la imprevisible tierra del próximo Levante ha querido conservar la memoria del nombre del no menos funesto faraón Micerinos, de hacia 2475.
Igualmente valiosa, por ser un documento explícito, es la parte de una estatua que por estilo parece del faraón Niuserre, quinta dinastía, hacia 2400, y de fines de la misma han sido hallados otros restos que pueden fecharse hacia 2350. De tiempos de la sexta son vasos que atestiguan la activa presencia de norteafricanos en el lugar desde que sus monarcas comenzaran a sucederse, en torno a 2300; época de la que también nos ha llegado el cartucho del faraón Pepi I, probablemente el más significado de los de aquella serie, de hacia 2275. Por último, un texto de tiempos de la séptima, crítica época que comienza hacia 2150, confirma con rotunda claridad la permanencia de los vínculos entre Egipto y Biblos a fines del tercer milenio.
A todos estos testimonios precisos pueden añadirse, como prueba más general de las relaciones entre nuestra ciudad y el norte de África, objetos sin inscripción pero de indudable estilo faraónico, tan frecuentes en la zona donde se localiza la población; figuritas de fayenza que representan animales, que han sido coleccionadas en número estimable, más una buena serie de escarabeos, cuentas y otros adornos de poco valor.
Las referencias a contactos con Biblos, para los tiempos del imperio antiguo, en las fuentes egipcias son en comparación escasas. Por la Piedra de Palermo se supo que durante el reinado de Esnofru, faraón que reinó hacia 2550, primero de la cuarta dinastía, fue adquirida la carga de madera que portaban cuarenta barcos procedentes de Biblos. Este nombre aparece citado en una mastaba de Guiza, construida hacia 2500, y también consta en los textos que más tarde un funcionario de Asuán, que visitó Opone con el gobernador de Elefantina, estuvo en Biblos, cuyos barcos parecían adecuados para el viaje hasta aquella región egipcia.
3. No hay margen para mucha especulación sobre las razones del contacto regular entre Egipto y Biblos. El relativo silencio de las fuentes jeroglíficas hace suponer la posición preeminente de la potencia norteafricana, aceptando la escasa mención como prueba de arrogante menosprecio hacia el que era considerado inferior. Basta admitir que se hubiera constituido como reino Egipto todo para por fuerza concederle la posición prevalente en aquella desigual relación.
Pero no parece que la actitud egipcia fuera al principio un excesivo interés por imponer su presencia en la zona, menos aún de control, o incluso de fuerza, en el área de Levante. A diferencia de lo que ocurrirá en tiempos posteriores, para todo el imperio antiguo los datos sobre la influencia directa que hubiera podido ejercer Egipto en toda Asia occidental son muy escasos, y esto ya parece significativo, aunque de ningún modo una demostración. Por lo poco que de ellos puede extraerse, lo más acertado y también lo más prudente parece deducir que la intervención que con sentido estratégico Egipto promoviera en aquella zona prefirió concentrarse en las ciudades del sur de Palestina, no obstante lo cual los datos más explícitos apuntan hacia algo más al norte.
Es cierto que tampoco es mucho lo que sobre esta porción específica del problema puede decirse. Las fuentes egipcias son igualmente pobres en referencias a las relaciones particulares entre el valle del Nilo y Palestina durante el imperio antiguo. Aun así, de algunas expediciones guerreras que partieron de Egipto hay jugosas referencias dispersas.
El dato alusivo al hecho de armas que más puede remontarse en el tiempo, a la vez que excepcionalmente detallado, es el viejo relato que contiene la biografía de Uni, militar que sirvió a Pepi I, faraón de la sexta dinastía, hacia 2250. Registra cómo aquel personaje condujo un ejército egipcio, reforzado con mercenarios nubios, contra la población sedentaria de una zona no especificada de Palestina. Organizó su acción en cinco campañas sucesivas y la culminó con un ataque coordinado por tierra y por mar que tuvo como escenario, para el encuentro con las fuerzas enemigas, las proximidades de un lugar denominado el Hocico de la Gacela, sitio que en ocasiones ha sido identificado con el monte Carmelo; hasta el punto que quizás con excesiva ligereza se ha llegado a afirmar que el ejército egipcio, durante la sexta dinastía, hizo incursiones hasta aquel monte palestino, queriendo encarecer así que esta fue la latitud límite septentrional del avance egipcio por tierras de Asia durante el tercer milenio; lo que no puede tomarse por rigurosamente cierto, por más que sea verosímil e indirectamente indicativo de que Egipto quizás entonces prefiriera ganar con rapidez posiciones en la frontera noreste, sirviéndose de la más fácil incursión costera.
A esta misma época está referida una serie de representaciones de ataques contra plazas fuertes asiáticas que figuran en tumbas de la sexta dinastía, construidas entre 2300 y 2150, más otras que están en enterramientos de finales de la undécima, cuyo tiempo coincide con el final del tercer milenio. No son informes de los que pueda deducirse localización exacta ni alcance de los acontecimientos.
Un último dato ayuda, si no a evaluar con precisión, sí a estimar la magnitud real de aquellas campañas. No es posible relacionarlo con las incursiones mencionadas porque la documentación no es tan explícita, pero resulta valiosísimo puesto en conexión con los escasos hechos que ha sido posible recopilar. Hacia 2200 Jericó fue destruido, así como otros lugares próximos de la misma geografía Palestina, según puede juzgarse por pruebas que aporta la arqueología. Podría admitirse como una de mayor magnitud que los testimonios escritos y gráficos, y vendría a confirmar que los ataques egipcios, al parecer, fueron dirigidos con preferencia contra la zona urbanizada de Palestina, algunas de cuyas ciudades ya poseían importantes fortificaciones. Asimismo indicaría que la destrucción de ciudades al sur de Palestina pudo tener como finalidad crear una banda fronteriza que a Egipto sirviera como protección, al modo de los grandes reyes medievales, que intentaban protegerse con sus anchas marcas.
4. Más que la voluntad de dominio directo sobre las tierras inmediatas, con el concurso de las armas, a los egipcios, a quienes por su agresiva presencia en Asia de antemano debe serles reconocida la iniciativa en estas relaciones, parece que durante el tercer milenio interesaba el comercio. Desde fines del anterior cuando menos, mucho antes de que los faraones decidieran reducirla a la condición de frontera, Palestina había representado otro papel en las relaciones exteriores que a los poderosos vecinos africanos interesaba mantener. Probablemente aquella modesta región fuera entonces una zona muy aislada, a consecuencia de su difícil naturaleza y de su aún más complicada población.
Unos vínculos especiales fueron los que en aquellos tiempos le valió contactar con otros mundos.
Arad, yacimiento en la frontera sur de Palestina, es por ahora el que ha proporcionado información más precisa para observar con la mayor exactitud el contenido de aquellos iniciales contactos, que unos y otros estuvieron interesados en mantener durante toda la primera mitad del tercer milenio. Se trata de un buen número de testimonios referidos a una singular red de intercambio que aúna un hecho decisivo, no inmediatamente visible.
Ya en el cambio de milenio los egipcios decidieron instalar factorías para la depuración del mineral de cobre en la Palestina meridional. La producción de aquellas fábricas serviría para cubrir las necesidades de metal en las ciudades palestinas que lo transformaban. Pero la demanda Palestina de un producto especializado no podía ser grande porque su economía no lo requería. La razón decisiva del orden que allí vino a concentrarse estaba en el más potente mercado próximo que de este abastecimiento necesitara. Seguro que en Egipto el mineral de cobre entonces encontraría a sus más cualificados clientes, la demanda más exigente y de envidiable tamaño, también el mercado más estable en el área que ahora consideramos. Nada hay que pruebe que aquellas factorías fueran el suministrador preferente de Egipto, mucho menos exclusivo. Para los egipcios estas poblaciones solo debieron ser una de las fuentes que los surtía de cobre. Pero, a consecuencia de tan poderoso estímulo, ganó vida una serie de poblaciones en aquel lugar, de las que Arad es el caso más destacado por mejor conocido. Aquellas factorías, según los datos que el excepcional yacimiento palestino proporciona, estarían activas entre los años 3000 y 2700, trescientos años durante los cuales, gracias a ellas, la frontera de la presencia humana llegó a latitudes muy meridionales en las tierras de Levante.
La materia prima para surtir estas factorías venía de lugares inmediatos, aunque a estos alcanzaba desde tierras bastante más remotas. Al norte del Neguev, área inmediata a Arad por el sur y situada entre Palestina y el Sinaí, también había aparecido ya en aquel tiempo una serie de ciudades que mantenían contacto preferente con una zona muy marcada por sus características geográficas, al sur de la península del Sinaí; un lugar en el que cuando comenzaba la cultura del bronce arraigaron poblaciones, gracias a que quienes se aventuraron a la ocupación de aquel remoto solar habían decidido dedicarse a la extracción del mineral de cobre que el país permitía. Observada toda la tierra a la que pertenece este rincón parece el fondo de una bolsa, sitio para el que no es fácil explicar el origen de sus habitantes. Si además del perímetro terrestre se tienen en cuenta la multitud de vías marítimas que podrían converger en aquel vértice, que desde las próximas costas africanas y asiáticas puede sin dificultad ser alcanzado, más bien resulta una compleja encrucijada.
La salida al exterior del producto del trabajo de los sinaítas del mediodía, obligado destino por la escasez del consumo local, si es que entre ellos era utilizado, se podría haber organizado por dos rutas divergentes. La primera, la noroeste, que podría haber llegado hasta el Uadi Tumilat, una de las líneas de comunicación entre Egipto y el Sinaí con el tiempo más frecuentadas, habría tenido unos trescientos kilómetros de longitud. La otra, orientada en la dirección noreste, costeando por su ribera sinaítica el golfo de Aqaba, a través de la Arabá tendría que haber llegado hasta la región de Edom, y por ahí hasta el Neguev y el sur de Palestina. Como la anterior, esta también obligaba a recorrer unos trescientos kilómetros, y su trazado litoral tampoco debía afrontar mayores obstáculos. No había en el espacio razón aparente en favor de una o de otra ruta.
De los dos trazados, el que de antemano puede parecer más probable es el que lleva más cerca de las tierras de Egipto, aceptado que la más potente demanda del mineral estaba entonces allí concentrada. Pero finalmente fue elegida la segunda ruta. El mineral extraído en el Sinaí terminó saliendo al exterior gracias a la mediación de unas ciudades probablemente levantadas en el Neguev septentrional con sentido de la oportunidad. Si era distribuido por toda la región desde esta línea de ciudades en excluyente régimen de monopolio, además de inducidas a la condición de mercado, resultaban decisivas. Quienes lo necesitaran en ellas lo tendrían a su alcance, bien que en las condiciones decididas por las ofertantes. Aquellos por su parte habrían organizado en la limitada región que entre los dos ocupaban un orden no menos excluyente. A los suministradores los habrían mantenido a raya en el sur, reservándose la transformación del producto que le servían al norte. Fue así como una doble frontera económica quedó trazada en aquel lugar. Hasta las ciudades septentrionales del Neguev llegaba el mineral y en las ciudades del sur de Palestina el mineral era transformado en metal.
5. Pero todavía un tercer factor concurrió a tan intensas y concentradas circunstancias. Por el mismo tiempo, y asimismo desde comienzos del tercer milenio al menos, entre Egipto y Palestina también fue sostenido un activo comercio, para cuya continuidad fue necesaria la iniciativa y el sostén del estado más fuerte. Los productos que desde el noreste bajaban hasta el delta fueron el vino y el aceite, de los que Palestina ya pudo poner a disposición del comercio sus excedentes. Iban destinados a los almacenes del faraón y su familia. A cambio, las ciudades palestinas recibían objetos de prestigio, sobre todo las vajillas de piedra, reservadas para las comidas más pesadas.
Demostraciones arqueológicas de este tipo de bienes importados a Palestina las hay para lugares muy distantes entre sí, unas en latitudes muy septentrionales y otras en las extremadamente meridionales, lo que sería manifestación de que el comercio del producto exótico abarcó toda la región. En un lugar actualmente conocido como Quirbet el-Querak, aunque probablemente llamado antes Bet-Yerá o Bet-Yeran, imponente fortaleza situada en la orilla sudoeste del mar de Galilea, enorme balsa de agua, luego conocida como Lago Tiberíades, al norte de Palestina, la excavación ha rescatado un tipo de jarro, alargado y con base achatada, cuyo origen ha sido fechado hacia 2800. El estilo al que corresponde recibe el nombre de Abidos, denominación adquirida por la que distingue a aquella ciudad entre las egipcias, puesto que en su área ha aparecido en mayor abundancia. Piezas de tipo semejante datan el comienzo en aquel lugar del contacto regular con los egipcios que el comercio forzara aún antes, en la época del faraón Menes, afamado nombre y desconocido personaje que son no obstante aceptados como principio de la primera dinastía, años en torno a 2900. Cerámica de características equiparables aparece finalmente también en una amplia y bien distribuida ciudad de las de aquella banda sur de Palestina, situada a unos treinta kilómetros al este de Berseba, justo en el límite de la aludida frontera meridional. Por lo que indican las pruebas extraídas de su solar puede afirmarse que fue destruida hacia 2700.
6. Precisamente esta fecha puede considerarse como el límite en el tiempo de la supervivencia del sistema mantenido por los tres elementos, un equilibrio delicado. Después de 2700 todas las factorías desaparecieron. Las circunstancias del abandono de la actividad metálica en aquellas poblaciones debieron ser críticas. La destrucción de la ciudad al este de Berseba es una consecuencia más violenta de lo que cabe esperar del fin de las actividades comerciales. Lamentablemente no hay más datos que permitan ser más precisos en la descripción del ambiente vivido por aquellos a quienes tocó conocer el final de la fundición del cobre en Palestina. Por alguna razón que aún no está aclarada de manera incontestable, a partir de aquel momento el orden para la producción de metal de cobre que se había organizado resultó inviable. La idea que los observadores aceptan como base sobre la que elaborar un argumento explicativo, para que sea aceptado como un hecho el cese de la actividad, es que Egipto debió compensar esta fuente de abastecimiento del metal estratégico con otras. Tampoco hay fundamento suficiente para afirmar que los sucesos de más al sur sean una consecuencia de este giro de los acontecimientos. Lo cierto es que al colapso de las instalaciones palestinas siguió el de las relaciones entre las ciudades del Neguev y el Sinaí. Poco a poco se fueron extinguiendo, hasta que finalmente desparecieron por completo durante el periodo comprendido entre 2600 y 2500.
Para una apreciación más exacta de lo que pudo interferir en aquel enigmático final, en la medida que los limitados indicios lo permiten, porque las historias remotas sobre frágiles cimientos deben ser sostenidas, al mismo tiempo es importante reconocer que después de 2700, aun así, las relaciones de intercambio ente Egipto y Palestina continuaron. Al final de la transformación del mineral de cobre no acompañó una ruptura de los vínculos entre los dos territorios. La diferencia entre lo que ocurría hasta aquí y lo que durante los siguientes doscientos años ocurrió fue que las relaciones ahora se sostuvieron solo sobre el comercio del producto agrícola.
Pero también a estas llegó su final. Después de 2500 empezaron a ser realmente escasas, y probablemente poco después también desaparecieron del todo. Arad es de nuevo la mejor guía para marcar los tiempos de esta decadencia. La progresiva extinción de la vida en aquel lugar, hasta culminar en su definitivo abandono, está íntegramente comprendida dentro del periodo que va de 2600 a 2500. Los vínculos entre Egipto y Palestina quedaron rotos durante un tiempo, desde luego los comerciales. El veredicto debe ser inequívoco. Para fechas a partir de 2500 la arqueología palestina apenas proporciona objetos egipcios. Es la prueba incontestable del fin de una etapa en aquellas relaciones bilaterales.
7. La explicación sobre por qué el sistema de extracción, beneficio y comercio del cobre fue de aquel modo ordenado en el espacio puede ser ensayada con fundada verosimilitud. Es opinión común que sus orígenes hay que buscarlos en Egipto, si bien no tanto en su posición como en sus movimientos. Fue su potente atractivo el que indujo a organizar aquel sistema precisamente dándole la apariencia de indirecto; el que llevó a la conducción del producto extraído hacia el Neguev, a su oferta en los lugares mencionados y a que allí fuera posible conseguir su más ventajosa captación; el que aconsejó que la decantación del mineral fuera completada en tierras inmediatas.
Pero la explicación no es satisfactoria si queda reducida a los factores relacionados con la economía del metal. Considerados solo estos, aquella combinación de piezas y su sierva localización no resultarían más ventajosas para los egipcios, sino resignada humillación de las gentes del Sinaí, del Neguev y de Palestina al caprichoso dictado de quien estaba en condiciones de imponerlo. Solo esa poderosa razón justificaría que suya fuera su promoción, y no en exclusiva del orden de los hechos que en el espacio habría prevalecido, sino de cuantos pudieran justificarse por dominantes y no por necesidad juiciosas causas no económicas.
Haciendo las cuentas nada más que con los sumandos que en suma dan cobre fundido no convence aquella organización. Para los egipcios no habría ventaja en que con el desplazamiento de la mena planeado descargaran sobe los comerciantes del mineral los altos costos del movimiento del producto sin transformar. Lo mismo podrían haber conseguido induciendo la circulación por la otra ruta. Bien se justifica que para reducir aún más los costos de su comercio prefirieran mover el producto transformado en metal cargando con el mínimo gasto de una radical inversión única, la que necesitó la creación de las factorías donde el metal fuera fundido. Pero también esto podrían haberlo hecho los promotores de la obra industrial a la salida de la línea del Uadi Tumilat, con la ventaja añadida de que el producto estaría más cerca de su lugar de mayor consumo. ¿Por qué entonces la conducción del metal hacia el sur de Palestina, supuesto que todo el movimiento está al servicio de la preponderante demanda egipcia?
Cabe recurrir al argumento de la celosa custodia de las fórmulas para la obtención del producto final. Como a partir de comienzos del milenio tendría alcance estratégico poseer la fórmula de la aleación basada en el cobre, y no tanto la depuración del metal, así reducido a la modesta condición de materia prima secundaria, sus huraños conocedores, los egipcios, podrían haber protegido su reservado conocimiento alejando de su país las factorías de obtención del metal. Mayor beneficio aún obtendrían, solo beneficio económico todavía, de su simultáneo desconocimiento por los explotadores de las minas. Lo último bien puede ser admitido incluso con relación al primer proceso, el de la obtención del cobre. Así quedaría mejor explicado que estos cargasen con el desaforado costo del transporte del mineral; por más que las cantidades de metal que en estos tiempos iniciales del bronce eran necesarias eran muy limitadas, y por tanto la masa de mineral que sería obligado mover no excesivamente voluminosa, en consecuencia el coste del transporte de la piedra no demasiado alto.
Pero, aceptado como cierto el control exclusivo de las técnicas de la transformación por los egipcios, nada hay en lo propuesto que obligue a pensar que la relación entre la obtención del metal y el trazado de la ruta hasta el Neguev fuera necesaria, menos aún la localización de las factorías del cobre en Palestina. Si los egipcios eran poseedores excluyentes de los secretos de la obtención del bronce en aquella región, y en su tierra los mantenían reservados, mayor protección les habrían proporcionado sin arriesgar una parte intermedia de la manufactura completa con una localización en el exterior. Tanto más favorable les habría sido para el buen cuidado del secreto industrial hacia su país conducir el mineral sin más.
¿Qué cabría decir entonces sobre que no lo hicieran así? Quizás sea necesario incluir otros hechos en la especulación, hechos no del todo a nuestro alcance, porque el análisis de las fuentes disponibles no los proporciona, aunque muchos sean los posibles que los conocidos sugieren; porque la asociación de las ideas es más fructífera que la más sacrificada de las excavaciones. Con solo los comprobados, excluida la anterior especulación, tienta la deslumbrante pero poco reflexiva posibilidad de que en consecuencia a las poblaciones del sur de Palestina debería tocar entonces ser las que realmente gozaran del secreto estratégico de la transformación del mineral, y que fuera esto lo que indujera a que las rutas de salida del mineral llegaran hasta allí, y lo que a sus arrogantes vecinos del suroeste obligara a desplazarse hasta sus tierras para obtener el producto que necesitaban. No es buena consecuencia esta, ni idea sostenible por tanto que quien la defienda no llegue a sentir sonrojo. Desconsidera los hechos de que la elaboración fuera parcial y sobre todo que los egipcios fueran los promotores de las factorías. Ambos imperativos excluyen radicalmente la posibilidad por un momento estimada.
Si fuera cierto, para algún momento, que dio pie a que potencias políticas se afianzaran en el próximo oriente el conocimiento reservado de la fabricación del bronce, la comprobada múltiple difusión de la sencilla técnica de obtención del decisivo producto, vigoroso hecho hace tiempo sobradamente demostrado por los viejos prehistoriadores, que con pocos medios con valentía defendieron ideas que el tiempo, y los acontecimientos irreversibles que trae, ha obligado a reconocerles, al alcance de las más toscas tecnologías, pronto eximiría a esta causa de la responsabilidad del orden del sistema de explotación y comercio del mineral descrito. No obstante, de ningún modo excluiría una explicación de su origen tomando en consideración que a comienzos del milenio el conocimiento de la fórmula sí pudo ser excluyente, en cuya valoración temporal podría ser este factor estimado, y así explicar tanto el principio como el fin de aquel ciclo. Durante trescientos años las factorías egipcias del sur de Palestina habrían conseguido mantener una parte importante del monopolio técnico. Luego la difusión de las técnicas pudo ser responsable de la crisis del sistema.
Más futuro debió corresponderle a la creencia en la importancia de la posesión del secreto como simple literatura, y a la suya añadió la simplificación de confundir el saber con la riqueza. Lo más sorprendente es que diera origen a la ridícula tópica de la piedra filosofal, y que tanto embaucado por el conocimiento hermético diera crédito, aun en tiempos contemporáneos, a una manera usuraria de expresar el conocimiento, porque usura es prometer mucho a cambio de poco, previa exigencia de mucho siendo poco lo que realmente se ofrece. La cábala es su producto y es admirable que haya admirado como lenguaje, el perfecto lenguaje; que haya suplantado a la soñada lengua dorada del hombre que tomó por nombre el del lugar de nacimiento del inventor de la literatura sobre el arte. Es sorprendente que el ansia de oro haya dado origen a la idea de que la literatura alcanza su mejor efecto cuando su conocimiento es hermético. Debe ser por eso que con frecuencia el mérito literario es justificado por la posesión de una condición natural a la que sus más apasionados defensores llaman talento. Hay que agradecer a la afortunada certeza que las palabras invariablemente garantizan la devolución de esta reducida manera de ver las cosas al lugar que le corresponde. Seguro recuerda el lector que talento fue aquella medida antigua colmo de la cantidad de peso que los griegos soñaron como idónea moneda y que jamás fueron capaces de acuñar. Nunca pasó de ser moneda de cuenta.
Pero aceptado el argumento de origen, y deducido con fundamento que los egipcios son los dueños del secreto de consecuencias más que económicas, solo una razón quedaría para justificar que fueran las factorías intermedias precisamente localizadas en el sur de Palestina, la existencia en aquel lugar del reactivo necesario para la obtención del metal. Las tierras que en superficie proporcionan cal en cantidades estimables se han mostrado como lugares decisivos para la radicación de la primitiva producción de metal fundido en una extensa geografía, incluso como en este caso imponiéndose sobre el costo del transporte del mineral. Se diría que las cantidades de reactivo calizo que las fórmulas antiguas necesitaban eran, si no mayores, tal vez más costosas, incluyendo entre los factores económicos no solo los contables, sino también los primordiales, que son los que miden en tiempo el gasto más oneroso de la actividad. A este propósito es conveniente tener en cuenta que la idea de minería contemporánea es poco apta para la más remota antigüedad, y aun para la plena y la baja. No eran excavados pozos y galerías. A lo máximo, hoyos de aproximadamente un metro de profundidad, extracciones en secuencia de poco más o menos un metro cúbico de material geológico. Es cierto que en aquella zona las tierras de Palestina podrían aportar este factor, pero no es tan exclusivo allí como para que deba considerarse decisivo.
8. Ninguna propiedad puede por el momento reconocerse a Palestina que justifique convenciendo que la radicación en su solar de factorías para la obtención de cobre fue necesaria. Definitivamente solo queda un indicio seguro para llegar a una explicación sobre cómo pudo ser que estando la demanda al este del mineral extraído en el sur fuera llevado al norte para transformarlo. Es el que proporciona el elemento más estable, el comercio entre Palestina y Egipto cuyo contenido principal es el producto agrícola, que obliga en consecuencia a tomar en consideración causas más allá del metal.
La supervivencia de aquel comercio paralelo durante unos quinientos años del tercer milenio fuerza a reconocer la existencia de una ruta independiente. Esto, que probablemente es lo más acertado que pueda afirmarse en todo este asunto sin abandonar el arriesgado terreno de la especulación, no está sin embargo fundado sobre pruebas documentales que sean concluyentes. Obliga a suponer que Egipto ya habría abierto y frecuentaría la más fácil de las rutas de conexión entre el delta del Nilo y Asia, la septentrional; aquella que terminaría siendo famosa vía y que discurría paralela a la costa del Mediterráneo, evitaba los desiertos del interior del Sinaí y llegaba hasta el sur de Palestina con pasable acomodo. Si esta ruta estaba sostenida antes por el flujo de productos agrícolas desde Palestina es algo que no puede ser demostrado con los datos actuales. Pero que, tras la decadencia de las ciudades dedicadas a la transformación del producto mineral, siguiera siendo frecuentada con ese destino indica al menos que aquel intercambio fue de mayor alcance, cuando menos en el tiempo. Aunque bien pudiera ser que el sueño de esta razón engendrara el moderado monstruo de una figura. Justificada la de los productos agrícolas como una ruta con contenido propio, quien la piensa, sin pensarlo, se vería arrastrado a imaginarla como una línea con distinto trazado en el espacio.
Pero cabe imaginar que la ruta de la costa podría tener más contenidos y encerrar más proyectos que el inmediato del cobre. Bajo las seductoras condiciones de la probabilidad, parece seguro que el contenido comercial de aquella ruta ya debía ser más amplio que el metálico, y que el sistema para el cobre ideado sería la consecuencia de que aquella ya estaba abierta y que desde antes tenía otros contenidos que la hacían útil y hasta necesaria; aunque todavía tienta una posibilidad más ambiciosa, que el cobre fuera solo una calculada pieza más de un más amplio entramado político, y que eso precisamente justificara que con toda intención fuera descargada sobre ella también este producto. En el fondo todo obedecería a un calculado plan meditado por quienes tenían que velar por los intereses egipcios. Sí, tal vez tan segura y cómoda ruta fuera la consecuencia de un planteamiento estratégico para el que se hubiera calculado que el secundario país palestino quedara integrado en el mundo de las influencias egipcias, concediéndole un estimable papel secundario a cambio de su lealtad, o al menos de su alianza. Así resultaría que el potente reino norteafricano habría promovido un sistema de movimiento del mineral que se justificaría porque desde su posición el lugar hacia el que fluía era de este modo para él más accesible, que no es exactamente lo mismo que más económico. Con la relativa certeza de que la afirmación es apropiada, se podría decir, concediendo al enunciado el debido tono diplomático, que los dueños del producto sin elaborar habían ido al encuentro de los egipcios, que por allí pasaban. ¿Sería la ruptura por parte de los palestinos de este sensato buen vivir lo que provocaría que luego se vieran reducidos a frontera militar? 9. Pero que finalmente también el intercambio agrícola fuera abandonado probaría el alcance último que para los egipcios aquel plan tendría. De nuevo para descubrirlo la evidencia decisiva sobre las razones del cambio la proporciona el medio arqueológico. Así como a partir de 2500 los objetos egipcios escasean en Palestina, hacia 2500 empiezan a encontrarse muchos en Biblos y en toda Siria, que es tanto como decir que la relaciones comerciales entre Palestina y Egipto disminuyeron cuando comenzó a utilizarse la vía marítima hacia Biblos.
Eso significaría que tras una tranquila e indecisa fase de tanteo, durante la cual serían probadas distintas rutas para la conexión comercial con el exterior, quien llevaba la iniciativa en el proyecto de expansión, que era Egipto, para sus contactos con Asia renunció durante mucho tiempo a las vicisitudes de la ruta terrestre, siempre más insegura y por comparación con la marítima más costosa, aunque pueda resultar más arriesgada. Porque lo que finalmente resolvió la situación, he aquí lo inesperado, fue que Egipto habría preferido a partir de mediados del tercer milenio servirse de las facilidades de la ruta marítima, que le conducía directamente a Biblos, y desde allí a los centros sirios, entre ellos la decisiva Ebla. Sería la sustitución del modelo de presencia industrial por otro de tipo solo comercial, que también podríamos llamar usando un lenguaje más común modelo colonial.
Así, pues, el sur de Palestina habría sido el área para la penetración de las influencias egipcias en el Asia suroccidental, pero solo durante la primera mitad del tercer milenio. Buscando explicaciones en causas más remotas a este final de la historia del sur de Levante hay quien ha recordado que entre fines del cuarto milenio, y durante toda la primera mitad del tercero, había ocurrido también que Palestina había quedado ligeramente retrasada respecto a Mesopotamia y Egipto, a pesar de la interesada presencia de este en su solar. Es verdad que desde que comenzara el tercer milenio Palestina estuvo en contacto con Siria, región a la que su mayor proximidad a Mesopotamia le hacía beneficiarse de tan poderoso estímulo. Pero el efecto positivo para Palestina no se hizo notar. Todavía durante mucho tiempo desconoció la escritura, al contrario que Mesopotamia y Egipto, que para aquellos siglos poseían ya hasta relatos históricos.
En el fondo de la decisión final egipcia estaría en consecuencia el desconocimiento de la escritura, según esta explicación, lo que sería tanto como atribuir el origen del modelo colonial a necesidades impuestas por innovaciones ocurridas en el campo del uso de las lenguas. Parece excesivo, mas no del todo desorientado. A estas alturas ya resulta indiscutible que es la finalidad contable la que está en el origen del tránsito de la marca del sello sobre arcilla a los signos cuneiformes al menos. No es muy aventurado suponerle un origen derivado de situaciones similares al hierático egipcio. El control escrito del movimiento comercial a larga distancia, responsabilidad que como hemos reiterado fue en origen una parte de las preocupaciones de la administración faraónica, demostraría la rentabilidad de cada relación y obligaría a la selección de los lugares, a la depuración de los procedimientos del contacto económico y de intercambio. De ahí pudo derivar la conclusión de que podría ser más ventajoso concentrar en un lugar la relación, reducir el vínculo al comercio y que era necesario, para un seguro efecto positivo sobre el beneficio, contar con corresponsales permanentes en el lugar elegido, tales que fueran capaces de llevar por escrito el control de las operaciones así como de comunicar sus resultados. Biblos tenía esta ventaja.
Mlk
Publicado: mayo 15, 2015 Archivado en: Calixto Alencar | Tags: constitución Deja un comentarioCalixto Alencar
Para denominar el sacrificio infantil, una parte de la interpretación de los Textos Sagrados utiliza el término con el que la crítica actual suele referirse a él. Admite que molk es el nombre técnico que corresponde al sacrificio infantil que aquellos nos permiten conocer, la misma palabra que se suele utilizar para referirse al sacrificio infantil cartaginés, y que en consecuencia asimismo se podría denominar sacrificio molk.
Está generalmente admitido, desde que Paul G. Mosca lo demostrara, que molk es una palabra que expresa simplemente el acto del sacrificio, aunque en razón de la vía por la que fue documentada, y del análisis al que fueron aplicadas las conclusiones de este filólogo, por antonomasia con ella se denomina el infantil. Tomando fundamento en esta idea, es posible leer entre los intérpretes que la palabra mlk designa un tipo de sacrificio y es de origen fenicio, e incluso hay quien aconsejado por el deseo de ser muy preciso dice que molk, que se puede traducir por ofrenda, era el nombre que solían dar a la modalidad de sacrificio que se le aplicaba a un niño recién nacido.
Pero estas opiniones representan la parte más actual de una corriente que durante mucho tiempo ha ido en otra dirección. Desde hace siglos, el nombre que el sacrificio infantil recibe en el texto sagrado ha sido objeto de una fuerte corrupción tanto para la versión del Texto Sagrado como por parte de sus comentaristas. Cualquiera de las dos intervenciones en el patrimonio escrito ha contribuido, de manera deliberada o accidental, a crear cierta confusión, sobre todo cuando se ha tratado de identificar las divinidades a las que el sacrificio infantil documentado por la Fuente pudiera ser ofrecido.
En la transmisión de los textos el instrumento de la corrupción ha sido la vocalización de la palabra con la que se le denomina. La que tuvo más fortuna durante siglos fue la conversión de mlk en Moloch o Molok. Esta manera de proceder no solo hizo legible la palabra al lector de las lenguas clásicas, sino que incluyó una personificación. La doble coincidencia creó autoridad y tanto ha prevalecido que todavía se lee en su forma original entre algunos intérpretes del Texto Sagrado: que a Moloch eran hechos los sacrificios de niños, que los niños eran quemados en honor de Moloch o que una parte fundamental del culto a Moloch consistía en el sacrificio humano. Dando por sentada la personificación, el argumento se ha prolongado hasta el punto que se afirma que según el Antiguo Testamento Moloch fue un dios fenicio, cuya personalidad se podría identificar con la del clásico Cronos devorador de sus hijos. La supervivencia de toda esta manera de argumentar hay que admitirla como la expresión de la exégesis más sumisa a la condición sagrada del Texto, que también ha sido la más autorizada por la tradición.
Difundidas ya las demostraciones de Mosca, ahora es raro que todavía se mantengan literalmente afirmaciones como las recién reproducidas. Pero, ante la evidencia de que la Fuente afirma que el sacrificio era ofrecido a una divinidad cuyo nombre es una forma derivada de la palabra mlk, el efecto de las tesis de nuestro semitista se ha limitado a las versiones vocálicas, aun en el caso de los exégetas que se han mostrado más atrevidos. La transformación más difundida es la que patrocina que donde antes se leía Moloch ahora debe leerse Mólek. Esto lleva a otra parte de los comentaristas a concluir que la Fuente no deja ninguna duda sobre que el sacrificio de niños era ofrecido en honor de Mólek, que la expresión empleada para referirse a este sacrificio es la de pasar ante Mólek o, en el mejor de los casos, que los textos hablan de sacrificios ofrecidos al dios Mólek; en realidad palabra fenicio-púnica que designa un tipo de sacrificio, porque en la lengua hebrea Mólek fue aceptado como el nombre de un dios.
Una de las teorías más elaboradas a partir de las síntesis de la lectura Mólek con la última de las interpretaciones es la que pretende que la palabra, de indudable origen fenicio, fue divinizada en Ugarit, donde en su opinión aparecería entre la lista de los dioses. Dejando al margen que una palabra de origen fenicio jamás podría haber sido divinizada en Ugarit, porque la cultura fenicia es posterior a la ugarítica, debe constar que en la lista de los dioses de Ugarit no figura divinidad alguna con este nombre.
Mas, de las elaboraciones que sobre esta base se han sostenido, la más atrevida es la que argumenta que en realidad la vocalización Mólek fue hecha por aliteración a partir de la palabra boset, vergüenza, cuya vocalización es idéntica, para así obtener un efecto implícitamente condenatorio. Salvo que se demuestre que la vocalización de bst precede a la de mlk, esta idea carece de sentido, puesto que cualquiera de las dos vocalizaciones es una operación derivada con el objeto de verter la lengua semítica a la clásica. Por tanto, con este cambio de vocalización, por mucha fortuna que haya encontrado en la literatura que lo sigue, en realidad nada ha cambiado respecto de la situación anterior.
Pero admitir una variante a partir de la vocalización ha contribuido a flexibilizar la denominación del dios hasta límites que no han dejado de ser fecundos. Por ejemplo, Mólek es leído por algunos como Mélk, y otros incluso se atreven a interpretarlo como Milkom, un dios ammonita. Para el fin de vincularlo con el holocausto infantil además es presentado por la exégesis como el dios del mundo subterráneo al que eran sacrificados los niños.
Otro de los experimentos provocados por el mismo estímulo ha llevado a un ensayo bastante más complejo, porque pretende que cuando el sacrificio infantil fue objeto de la lengua hebrea habría sido alterado el significado común del término –mlk– probablemente a consecuencia de su semejanza con la palabra hebrea que significa rey –mélek–, que no pocas veces sirve también como epíteto divino y que por tanto con facilidad pudo dar origen a la correspondiente personificación. Presenta como prueba de que las cosas pudieron ocurrir así la singular expresión Puede haber preparado un tofet también para el rey, que puede leerse en el Texto Sagrado. A su parecer, en esta frase la alusión al rey sería solo un juego de palabras, puesto que en el texto original realmente se leería simplemente mlk. El sorprendente sentido que finalmente tendría la expresión en la lectura que hemos copiado, además de su condición extraordinaria, más bien parecen prueba de la forzada interpretación. Resulta más admisible la lectura de la palabra mélek sencillamente como personificación.
En la misma línea, otros han elaborado una tesis aún más comprometida. Parte del principio de que en realidad la vocalización Mélek, el rey, es una deformación de la vocalización que juzga correcta, Mólek, porque pudo entenderse que el sacrificio era ofrecido a Mélek, un epíteto divino que en este caso se pretende relacionado con la cultura yebusea. Lo que sabemos sobre los epítetos de la divinidad de la Jerusalén anterior a la llegada de los hebreos más bien indica que prevaleció el de Adonai, como se averigua a través del nombre conocido del rey yebuseo de Jerusalén. Pero sí es cierto que adonai, mi señor, en su forma singular se aplicó también en el sentido de rey, aunque no estamos seguros de que esto ocurriera entre los yebuseos.
La verdad es que los ensayos inspirados por los cambios en la vocalización resultan en exceso complejos y el balance de los respectivos esfuerzos es cuando menos confuso. Pero cualquiera de ellos comparte una virtud, que salva y respeta la personificación de la palabra, un imponderable dictado por el Texto Sagrado, al que la filología bíblica no renuncia porque gramaticalmente es inapelable. Es una obligación aceptar la personificación de la palabra porque así obliga a deducirlo la forma en que el Texto está redactado.
Gracias a esta conservadora actitud, en nuestra opinión se abre la vía más útil para explicar el uso que de la palabra mlk hacen los Autores Sagrados, el problema que realmente hay que dirimir. Probablemente la crítica está forzando la interpretación cuando quiere que la palabra rey –mélek– identifica a la divinidad a la que era ofrecido el sacrificio infantil. Pero persistiendo en la vía de la evidencia textual devuelve a la vía de la interpretación que la palabra rey efectivamente denomina en la tradición religiosa que desciende de Ugarit una divinidad, Melqart ya en el primer milenio y en la lengua de Tiro, la misma que antes ha sido con preferencia conocida como Señor o Baal. Eso obligaría a aceptar que es muy probable que el Autor Sagrado no fuera muy descaminado cuando identificó mlk con una divinidad, por más que efectivamente nunca existiera dios de nombre Moloch, Mólek o Mélek. Lo correcto sería leer Baal donde en el texto sagrado aparece Mlk.
Nada de esto contradice la conclusión de Mosca. Ninguno de estos argumentos niega que molk designe en la lengua de los cartagineses el acto del sacrificio. Lo que a nuestro parecer ocurrió en términos textuales fue que la peculiaridad del sacrificio infantil, que legítimamente pudo ser denominado con aquella palabra común, fue retenida por el Autor Sagrado justo manteniendo esa palabra, procedente de una lengua distinta a la que utilizaba. Esto, y la conciencia de que aquel acto era ofrecido a una divinidad definida, hicieron que ya él mismo decidiera divinizar la palabra. Actuando así, si nuestras interpretaciones son correctas, el Autor Sagrado habría conseguido expresar de la forma más directa posible que en Palestina en la época a la que nos referimos el sacrificio infantil era ofrecido a un indeterminado Baal, que nosotros hemos de interpretar como la divinidad que representaba el principio masculino en los cultos a la fecundidad.
La verdad es que nuestra conclusión no lleva a ningún lugar desconocido. Aunque pueda sorprender, es un hecho que la mayoría de los intérpretes, por más que hayan recorrido con la palabra mlk otros caminos, aceptan que el sacrificio infantil era ofrecido en honor de ese mismo indeterminado Baal sobre el que hemos descargado toda la tradición. Algunos, haciendo gala de unos recursos de erudición suministrados por medios muy precisos, señalan exactamente que estaban dedicados a Baal Hammón. En el Texto Sagrado hay párrafos que afirman positivamente que los niños eran sacrificados a las imágenes, las cuales eran destinatarias directas o inmediatas de ellos porque para ellas representaban el papel litúrgico de alimento. De manera más general, hay quien interpreta que los inmolaban a los dioses de Canaán, y otros se limitan a señalar que eran ofrecidos a dioses extranjeros. Las conclusiones más indefinidas son las que expresan quienes, queriendo marcar las distancias, hablan en términos negativos. Dicen que los sacrificios infantiles estaban solo dirigidos a divinidades extrañas al dios único o a la religión que distinguía al pueblo elegido. Ninguna de estas inconcretas opiniones es incompatible con que el dios al que preferentemente fueran ofrecidos estos sacrificios, o de cuyo ritual puede proceder, fuera Baal.
Pero en el origen, sobre el destinatario de los sacrificios de niños, la opinión de los intérpretes está dividida. Una parte opina que además los hebreos ofrecían sacrificios infantiles tanto a Baal como a Yavé. En modo alguno resuelve algo útil a nuestros fines entrar en esta polémica, pero no es inconveniente indicar que en el Texto Sagrado puede leerse una justificación dogmática del sacrificio infantil que fuera practicado por los seguidores de la religión del dios único. Que el sacrificio infantil llegara a convertirse en una institución de los elegidos está allí argumentado en los siguientes términos.
Amenazaba Yavé con que si no le servían como dictaba, servirían a los enemigos que contra ellos enviaría, una nación venida de lejos, de los extremos de la tierra, amenazadora desde lo más lejano como el águila que se cierne desde lo alto del cielo; una nación de rostro fiero de la que ni su extraña lengua conocerían. Asediaría todas sus ciudades, en toda la tierra que le hubiera dado Yavé los cercaría.
Tendrían que comer entonces el fruto de sus entrañas, la carne de los hijos y las hijas que Yavé les hubiera dado, a consecuencia del asedio y de la angustia a que les reduciría aquel enemigo. El más delicado y tierno de entre los suyos miraría con malos ojos a su hermano, e incluso a la esposa de su corazón y a los hijos que le quedaran, hasta en el odio extremo de negarse a compartir con todos la carne de sus propios hijos se vería. Porque inevitablemente tendría que comerse a sus hijos, al no quedarle ya nada que llevarse a la boca, a consecuencia del asedio y la angustia a que les reduciría el enemigo en todas sus ciudades.
La más tierna y delicada de las mujeres tiernas y delicadas mirará con malos ojos al esposo de su corazón, e incluso a su hijo y a su hija, hasta a las secundinas salidas de su seno y a los hijos que dé a luz. Pues inevitablemente los comerá a escondidas, por la privación de todo, durante el asedio y la angustia a que los reduciría el enemigo en todas sus ciudades.
Pusieron sus monstruos abominables en la casa que llaman por mi nombre, profanándola, y fraguaron los altos de Baal que hay en el valle de Ben Hinnom para hacer pasar por el fuego a sus hijos e hijas en honor de Moloc –lo que no les mandé ni me pasó por las mientes–, obrando semejante abominación con el fin de hacer pecar a Judá.
Incluso llegué a darles preceptos que no eran buenos y normas con las que no podrían vivir, y los contaminé con sus propias ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todo primogénito, a fin de infundirles horror, para que supieran que yo soy Yavé.
Están ensangrentadas sus manos, han cometido adulterio con sus basuras, y hasta a sus hijos, que me habían dado a luz, los han hecho pasar por el fuego como alimento para ellas. Han llegado a hacerme hasta esto: han contaminado mi santuario en este día y han profanado mis sábados; después de haber inmolado sus hijos a sus basuras, el mismo día, han entrado en mi santuario para profanarlo. Esto es lo que han hecho en mi propia casa.
Los Textos Sagrados con frecuencia son producto de añadido de piezas de distinta procedencia. En este caso es evidente que así ocurre, y el resultado es cierta falta de consecuencia en la argumentación. Pero son demasiado terminantes y directos los términos de los últimos párrafos como para ignorarlos. Para imponerse por el horror Yavé habría decidido convertir en precepto la inmolación del primogénito.
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