Geografía de los precios

Bartolomé Desmoulins

La mejor encuesta moderna también acredita valor digno de encomio al suministrar informes sobre los precios que regían los mercados de cada especie cultivada por cada población. Aunque la información no es tan depurada como la que proporcionaría un cuadro de cotizaciones, o la contabilidad que registrara unos gastos efectivos, porque los declarantes hablaron, cuando les tocó expresarse sobre este asunto, de manera muy grosera, promediando con unas exigencias que se pueden presumir relajadas los valores, según dicen, de nada menos que un quinquenio, con ajuste a determinadas cifras, que más parecen obra de los redactores del documento que de sus informantes, no impide, además del cálculo propuesto, reconstruir la conciencia que de la fragmentación de los mercados de los productos agrarios, el mayor lastre del crecimiento económico antiguo hasta aquí admitido por la teoría, tuvieran entonces quienes convivieran con ella. La atención que ahora es obligado dedicarle puede ser útil, llegado el momento, para alentar argumentaciones de distinto alcance. El análisis de los precios sobre un fondo geográfico, a consecuencia de que sea necesario tomar este punto de vista, descubre factores que pueden revelar ideas que de otro modo quedarían ocultas, caudal de información secundario o derivado, en modo alguno de menos valor. A su favor se podría afirmar, en sentido opuesto, que tienen toda la solidez de los juicios, capaces para imponerse sobre opiniones y apariencias. Con los datos del análisis de los precios que suministra la encuesta, aun actuando con las precauciones que recomiendan las salvedades adelantadas como advertencia, a la clase de los hechos inapelables podrían enviarse las habituales observaciones sobre la fragmentación de los mercados.

Si se toman como testimonio más revelador los precios de los dos cultivos principales cuando alcanzan a convertirse en mercancías, a mediados del siglo décimo octavo las diferencias de cotización entre mercados locales serían de órdenes muy distintos a los que pudiéramos observar entre bienes de similar estimación para la misma escala de concurrencia ahora. En el marco de las 31 poblaciones de la muestra el precio de la cebada, donde se cotiza más es más de la mitad mayor del que tiene donde se paga menos por ella, y el del trigo casi se duplica. No pueden caber dudas sobre que existía conciencia del valor que tenían las distancias para el comportamiento de los mercados, ni de las oportunidades que para el negocio comercial por esta razón estaban siempre al alcance, aun partiendo del supuesto de la estabilidad de los precios que las declaraciones incluyen porque promedian, el menos probable de las economías que son objeto de observación en estos análisis. Avanzar en el esclarecimiento de lo que justificaba que pudieran los contemporáneos concebir esperanzas de lucro por esta causa, porque el documento es desabridamente hermético cuando debiera afrontar estas explicaciones, es lo que permiten moderadamente, mediante aproximaciones de flanco, los juicios que se pueden fundar sobre un mapa, más aún si se combinan con otros instrumentos de cerco asequibles.

En el dominio de la dispersión la sierra septentrional, otra vez, parece un mundo tan equilibrado y homogéneo, tan constantes se presentan sus cadenas de circunstancias, que alienta el enunciado tentativo de algunas como si fueran las reguladoras de los fenómenos que ahora se aspira a desvelar. Si se exceptúa por el momento un caso, que igualmente es el más aislado, sus poblaciones son las que a un tiempo descubren los precios regulares más altos y con menor distancia entre sí. Mientras que el trecho entre la cotización más alta y la menor era en los mercados del trigo de dos unidades monetarias de cuenta, equivalentes a una décima parte de la base o precio más bajo, en los de cebada la diferencia se reducía a sólo un real contable, también décima parte del valor de la cifra menor. La mayor cantidad de tiempo que consume el movimiento en tierras con mayores pendientes relativas, porque el análisis topográfico enseña que es un hecho generalizado en la zona, es el factor común que cuenta con mayores posibilidades explicativas, dados los medios disponibles para restituir ahora la época. Si se añade a esta posibilidad una conclusión precedente, que se trata del dominio natural de las rozas o agricultura itinerante, que aquí los precios sean regularmente algo más altos habría que atribuírselo al costo añadido que en tiempo exige la producción de los cereales. Y aunque se trate de tierras con reserva de espacio, la práctica de las rozas, que consume grandes cantidades de tierra expuestas permanentemente a la pérdida de suelo a causa de las pendientes, incrementa el valor relativo del espacio cultivado con cereales hasta límites equiparables a los de otras zonas, en la mayor parte de los casos; a límites muy altos en los términos, o dominios disponibles para la población radicada, más pequeños. No sería correcto sin embargo alentar, con afirmaciones como las precedentes, la idea de que la satisfactoria correspondencia entre las dos constantes, pendientes y rozas, y un modo de agotar las posibilidades agrícolas del suelo disponible para cada población es capaz para dar cuenta de la homogeneidad de los mercados de los que se trata. A similares comportamientos de los precios podían corresponder estados opuestos del aprovechamiento del suelo: cuatro quintas partes de todo el posible frente a poco más de la quinta. Sólo el caso que antes quedó apartado, por comparación con los otros observados, parece indicar cierta consecuencia entre precios de los cereales y espacio dedicado a su cultivo. A un bajo aprovechamiento del suelo con este fin, algo superior a la décima parte, correspondían los precios más bajos de la zona. Si se recurre a un cuarto factor, el tamaño de las respectivas poblaciones, también disponible, no se avanza mucho en el aislamiento tentativo de razones que permitan construir un relato plausible del comportamiento en el espacio de los mercados básicos. Sin salir del ámbito de la población moderada (poco más de 2.500 habitantes es el tamaño de la mayor y algo más de 500 el de la menor) tampoco es posible descubrir dependencia directa entre cantidad de habitantes de un lugar y los precios de sus cereales. Justo los dos casos extremos mencionados se atenían a las mismas cotizaciones medias de los cereales. Teniendo en cuenta, por lo que se refiere a los precios, que se trata de cifras groseras, depuestas por interesados, solo queda retornar al punto de partida y reconocer, aunque falten buenas razones para explicarlo, que los contemporáneos al fenómeno en la sierra del norte vivían conscientes de que en sus mercados del trigo y de la cebada regía la conexión mutua. Es lo que significa el hecho del que ha quedado constancia al principio. Si entre los precios de los mercados de la zona, tanto en los que se comerciaba con trigo como en los que cotizaba la cebada, la diferencia mayor era de la décima parte del menor, en la sierra septentrional al menos a mediados del siglo décimo octavo sus mercados habían creado ya un área estable de intercambios por encima de la dimensión local.

Cuando algo así ocurre deben existir, según enseñan los principios generales, una red de comunicaciones, un sistema de transportes y comerciantes interesados en el beneficio que proporcione colocar en otro las mercancías captadas en un lugar. Sobre la red de comunicaciones entonces hábil en la zona hace unos años fue ensayada una experiencia para recuperar sus itinerarios con resultado satisfactorio. Aunque preocupada por sus conexiones con el sistema de primer orden de la región, que localizaba su nudo en latitudes más al sur, pudo demostrar su densidad en el confín occidental y sobre todo cuál era su trazado. No había rincón del espacio regional, por lateral que fuera, que estuviera aislado, aunque sus vías, como cualquiera entonces, solo fueran transitables durante una parte del año a lomos de caballerías. Tampoco en ninguna población faltaban arrieros que sostuvieran la fracción regular del sistema de transportes, a los que se sumaban, cuando los trabajos agrícolas lo permitían, quienes disponiendo de ganado de labor apto para el transporte deseaban complementar con el comercio sus ingresos anuales. Es posible perfilar los rasgos del comerciante interesado en el grano de aquella sierra porque se han difundido pruebas de su existencia. A mediados del siglo décimo octavo el arzobispo, que cuando menos detraía para sí una cantidad algo por debajo de la sexta parte de los diezmos, prefería liquidar los de la sierra del norte cobrados en especie -precisamente los que cargaban las cosechas de los cereales con la décima parte de su volumen- en el lugar donde eran recaudados, antes que transportarlos a su sede, localizada en la capital de la región. El costo de una operación así, porque el precio del transporte, calculado por unidad itineraria, era entonces muy alto, hubiera sobrepasado la mejor compensación que pudiera permitir su venta, en las condiciones de comercio habituales en los mercados con demanda más a favor del comerciante que operaba en la región. Siendo regular esta decisión, si se recapitula se puede obtener una secuencia explicativa de la peculiaridad de aquellos mercados a poco que se inviertan los términos. Pudiendo contar las poblaciones de la zona con la salida a la venta de esta fracción del producto, su captación por quienes estuvieran interesados en su posterior expedición, que actuarían en todos los mercados locales, podrían ser los responsables directos de una primitiva homogeneidad de los precios que al final podría dar origen también a los precios medios más altos y generalizados de la región. La pendiente, que puede proponerse como responsable del incremento de los costos de la producción de las rozas, con más probabilidad pudo actuar como el estimulante al alza de los precios de transporte, al menos en el interior de la zona, que repercutió en el valor final que el grano alcanzaba en los mercados locales. Todo esto sería satisfactorio si las demandas locales, expresadas por el tamaño de sus poblaciones, fueran correspondientes al comportamiento de los precios, o si el estímulo al espacio cultivado con cereales pudiera reconocerse como obra inmediata de cualquiera de estos dos factores. Ya se sabe que los hechos no ocurrieron así. Es probable que el comportamiento del arzobispo fuera más consecuencia que causa.

La experiencia que permitió restaurar parte de la red de comunicaciones de aquellos territorios, cruzada con informes que enlazaban con decisiones estratégicas tomadas en la baja edad media, puso al descubierto la vigencia continuada de un eje de comunicaciones norte-sur, que partía del pie de la sierra septentrional para ganar en línea recta la costa, por donde se drenaba el cereal. Su captación por comerciantes, similares a los que se pueden detectar en las compraventas episcopales, tendría la ventaja, como origen de las explicaciones sobre el comportamiento de los precios, que podría dar cuenta de la reacción de todo el producto, y no sólo de la décima parte, y podría emancipar definitivamente los precios de las demandas locales, estimadas por el tamaño de las respectivas poblaciones, y de la diversa respuesta de los espacios dedicados por cada una al cultivo de los cereales. Incluso tal atracción podría explicar, con una dosis mayor de flexibilidad, una gama de iniciativas sobre el uso del suelo útil tan abierta, siendo las poblaciones a la vez modestas y divergentes en tamaño, que podía aconsejar a más de la mitad de ellas emplear en la siembra de cereales en torno a la mitad de sus espacios cultivables. Hasta las rozas, que todas practicaban, casi exclusivas de las tierras comunicadas con el eje referido, podrían ser concebidas como recurso límite, próximo al agotamiento de las posibilidades biológicas, al servicio de una atractiva economía comercial.

En el área del gran valle central, donde los precios, tomados como un todo, son más moderados que en la sierra del norte, los comportamientos mercantiles que se pueden observar por medio de las cotizaciones eran al mismo tiempo muy distintos, tanto que coincidían en el mismo espacio máximo y mínimo absolutos del trigo. Parece aconsejable, para esta parte de la geografía de los precios, antes que una explicación única, frente a la cual los datos se muestran celosamente herméticos por contradictorios, aproximaciones a los argumentos más capaces para representar buenas razones con los datos disponibles en cada situación, estrategia que puede permitir por acumulación depurar las ideas a las que se conceden las mayores posibilidades para dar cuenta de las divergencias de aquellos comportamientos de los precios de los cereales. Las esperanzas del analista pueden ser tan legítimamente ambiciosas cuanto quieran, a condición de que sepan resignarse a los medios disponibles. El desgaste, el acoso paciente, la dosificación de las fuerzas propias sin agotar nunca la reserva, que alimenta la perseverancia, no son reconocidos como grandes virtudes, las que elevan a los hombres hasta el grado de la admiración, los hace dignos de la confianza de sus semejantes, hasta el punto que lo gratifiquen con la capacidad para decidir por ellos, en héroes pueden convertirlos, cumplido todo este tránsito sin ser sorprendidos en actos indignos, a horas inapropiadas, en brazos no tan cálidos como los que tonifican el contacto cotidiano en el lecho del hogar.

Debe ser una meta moral, exigible a cualquiera, aspirar a una condición tan alta. Pero en las maniobras de aproximación actuar siempre con espíritu aventurero puede ser contradictorio, porque el precio a pagar por el esfuerzo, aun tratándose de una operación secundaria, puede equivaler al aliento. Cuando debe ser tan largo y amplio que ha de pasar por teorías de la dehesa, cálculos sobre inversiones en simiente y hasta discusiones sobre unidades métricas, aspirar a cada vuelta de página a que las ideas desfilen deslumbrantes, como el alférez al mando de su sección, el camarero que sirve en convenciones o las olas que se suceden ante la mirada átona de los veraneantes, puede ser, aún más que agotador para quien se esfuerza en maniobras con argumentos seductores, bandera bajo la cual se vayan reuniendo los desertores.

Dejar constancia de que allí donde se pagaban los precios más altos, tanto de la cebada como del trigo, para producirlos la población aprovechaba su unidad territorial sólo en una quinta parte puede ser suficiente aunque resulte modesto, porque identifica una relación inmediata entre factores que parece posible. Si disponiendo de espacio, para satisfacer el consumo de dos bienes básicos no se incrementaba su producción, fuera porque el suelo que se hubiera formado no fuera capaz o porque no se había invertido en prepararlo, los hombres se exponían a sus precios altos, porque la oferta del producto local podía quedar por debajo de la necesidad que de él hubiera. Concurría además una circunstancia que hace aún más verosímil esta afirmación. El número de habitantes del lugar donde se observan estos fenómenos era el mayor de los analizados, dentro de los límites de la encuesta, entre los de su tercio de la región. Pudiendo con legitimidad identificar tamaño de la población con dimensión de la demanda, al menos por lo que se refiere al trigo, porque su harina panificada era el alimento común, tanto más la presión de los compradores del producto local pudo estimular al alza los precios de su mercado. Solo una objeción podría oponérsele a esta cadena de sucesos que parece tan real. Se trataba de una población litoral, clase de posición para la que se reconoce una mayor capacidad para abastecerse de grano, dado que su transporte en masa entonces lo absorbía la vía marítima. Esta otra circunstancia podría explicar que sus hombres volvieran la espalda al uso agrícola del suelo, que prefirieran obtener por el comercio lo que tendrían que aguardar del cultivo, pero no que los precios fueran altos. Al contrario, la llegada de mercancía a través del mar tendría que facilitar su moderación. Pero ocurría que el lugar observado como punto de encuentro mercantil, además de localizarse a orillas del mar, era fronterizo. Por esta circunstancia su tamaño, el del mercado, crecería con la afluencia de transeúntes en busca de la oportunidad que les pudiera ofrecer situar la mercancía al otro lado de la línea, donde el valor lo medía otra moneda cuyo manejo para el cambio, porque era otra operación de compraventa, que cuando coincidía con la precedente era apodíctica, podría añadir incentivo y beneficio.

Analizar a esta escala quizás reduzca los hallazgos a las causalidades directas, distantes de la brillantez de las abstracciones, las responsables de los enunciados legales más sólidos, de eficacia apreciable; tanto más si una parte de las ideas ya argumentadas, habiendo resistido razonablemente la confrontación con los hechos, pueden ser útiles para entender lo que ocurría en otros lugares. Una pequeña población, que no disponía de mucho espacio que aprovechar, casi lo había agotado dedicándolo al cultivo de los dos cereales básicos. Tal como era presumible, sus precios, en su mercado, eran altos, en un orden de magnitud inmediato tras el mayor. Su localización lejos de la costa, en un área bien comunicada pero con una de las frecuencias más altas de lugares habitados, junto con su débil población, casi la menor absoluta, comprimía sus posibilidades de abastecimiento exterior hasta los límites que causaban el efecto observado.

Que en un lugar deshabitado hubiera un mercado de cereales parece un contrasentido, a pesar de lo cual la fuente insiste en que tal cosa ocurría. Durante décadas se discutió sobre el significado que había de atribuirse a la clasificación por este documento de un lugar como deshabitado, y no obstante lo registrara. Cuando se aplica a la región, es muy probable que el primitivo sea legal y no biológico, aunque tenga que incluir el segundo, porque, como para identificarlo en todos los casos recurre a un topónimo, siempre designará -con la misma precisión que el enunciado de unas coordenadas- la posición discreta de una célula humana. Aunque la palabra elegida para expresar la categoría de la presencia de los hombres en el espacio, que fue la voz despoblado, con el tiempo consagrada por los trabajos censales hispánicos, parece incluir una precisa historia de cada uno de tales lugares, a pesar de lo cual invariablemente hubiera concluido con la extinción de una comunidad precedente, se puede demostrar que el objeto primitivo de ese modo de enunciar fue dejar constancia de que el lugar así designado disponía de jurisdicción propia, distinta a la de todo el espacio que lo envolvía, cuando aquel no disponía de término propio y por tanto estaba incluido en otro municipio, un asunto, el del señorío jurisdiccional, que preocupaba especialmente a los promotores de aquella encuesta y que con la distorsión, a quien después la utiliza como medio para restaurar la plenitud del siglo décimo octavo, amenaza constantemente.

Para muchas unidades de explotación agropecuaria sus dueños compraron a la corona, con servicios de toda clase, tanto más útiles si habían sido vertidos al instrumento que regulaba la medida del valor, en el siglo décimo séptimo más que en épocas precedentes, la jurisdicción completa sobre ellas, lo que, si les permitía la esporádica administración de justicia, incluía habitualmente el mucho más cotidiano derecho de cerramiento, que también pudo adquirirse por separado, aunque no tuviera tan altas consecuencias institucionales, por el cual aquellas tierras quedaban exentas del costo, en modo alguno despreciable, que solía llamarse derrota de mieses, interesante para el aprovechamiento comunal de al menos los rastrojos propios. La vertiente agraria de esta composición legal obliga por tanto a impugnar el prejuicio sobre la población al que condena el sentido administrativo de la voz elegida para designar el tipo, cuyo propósito literal pudo ser que no cupieran dudas sobre la inexistencia de siervos en aquella clase de señoríos. Ya se ha reconocido, en otro lugar, que en las instalaciones que eran comunes en el sudoeste, a la descripción de cuyos atributos a mediados del siglo décimo octavo también se dirige este texto, si estaban activas tenían que sostenerse sobre un ciclo biológico humano pautado por el movimiento. No eran en ella probables los nacimientos, las defunciones eran esporádicas, pero las migraciones eran constantes; desde las llamadas pendulares, si la explotación soportaba los costos del desplazamiento cotidiano hasta el hogar estable, hasta las que el análisis clasifica, aun con las escalas contemporáneas, entre regiones. El flujo permanente de personas hasta aquellos nódulos de la población, a falta del crecimiento vegetativo, garantizaba que ninguno de estos lugares, si permanecía activo, estuviera en momento alguno despoblado. El tamaño de sus poblaciones, si bien que toda fuera transeúnte, conocía un ciclo anual cuyo máximo coincidía con la plenitud del verano, cuando la mies era segada y la parva separada del grano, actividades que consumían la mayor cantidad de trabajo del año, absoluta y en relación con el tiempo que exigían, y cuyo mínimo venía con el invierno durmiente, cuando en las instalaciones de la explotación solo tenían que asistir quienes habían cargado con la servidumbre al ganado de labor, cuya alimentación diaria era insoslayable. En algunas instalaciones rurales había días de invierno (es conocido porque se han conservado testimonios documentales que lo relatan con la debida puntualidad) tan sonámbulos que toda la actividad que en ellas hubiera podía quedar a cargo de una persona, a lo sumo auxiliada por su familia. Bajo su responsabilidad había quedado la guarda y vigilancia de la empresa, lo que en modo alguno le impedía proveer a las necesidades del ganado.

Es suficiente reconocer la existencia de este núcleo mínimo de población para aceptar que en las instalaciones rurales pudieron mantenerse mercados de cereales, imposibles sin la presencia humana. Pudieron actuar como lugares comerciales pasivos. Cualquier instalación rural servía como almacén del producto. Las denominaciones de sus espacios, subdivisiones del volumen único, porque eran funcionales demuestran que cobijaban grano. Colindantes se encontraban los pajares. Un comprador podía acudir a ella con la esperanza fundada de una oferta de grano, y con la certeza del monopolio, porque en sus coordenadas era única entre las de una escala que agotaba todo el espacio disponible en los cultivos del trigo y la cebada. Como el caso de la muestra enseña, tendría que pagar por cualquiera de los dos granos un precio relativamente alto.

En el orden siguiente, el de las poblaciones radicadas con idénticos comportamientos de los mercados, tal como expresan los mismos precios que se pagan en la explotación, el análisis debe reconocerse incapaz para elegir causas posibles que ayuden a explicarlos. Los elementos puestos a su disposición para esta experiencia –vías de comunicación, tamaño de las poblaciones (porque son, en este caso, de los mercados en potencia) y proporción del suelo dedicado por cada una al cultivo de los cereales– se muestran erráticos en los tres casos que lo representan. Solo es posible reconocer, como argumento común, que la aproximación a los comportamientos más frecuentes durante las compraventas, muy probablemente porque son por naturaleza los más gregarios, bien son de una complejidad que desborda la provisión de elementos bien tienen su origen en otro orden de razones, que podrían ser menos previsibles por más elementales. Habiendo preferido que el esfuerzo se dirigiera al aislamiento de las raíces del fenómeno, de nuevo se corre el peligro de no tomar en consideración lo que es una evidencia en la superficie. Los tres casos a los que se ha hecho referencia no estarían en la obligación de explicar variaciones de los precios en el espacio de clase alguna, puesto que son idénticos. Al contrario, son otra prueba de que entre los mercados locales podía haber conexión, de la que se encargaban comerciantes y arrieros y a cuya actividad, en este análisis, aun así no se le ha concedido papel alguno. Tampoco es inconveniente para seguir poniendo a prueba el plan previsto, que como todos los experimentos está en la obligación de consumarse ateniéndose al principio de ensayo y error. Además de la justificación de método, a su favor militan las covariaciones que es posible seguir observando.

Una población próxima al centro regional, de las que habían descargado una parte de su actividad económica sobre su abastecimiento de pan, el de la capital, aprovechando a la vez su posición y la norma que se preocupaba desde antiguo por que no faltara un suministro al que también desde siglos atrás se le había concedido un alto valor político, proporcional a los poderes concentrados en los lugares, que empleaba la mitad de su espacio en el cultivo de los cereales y que concentraba algo menos de 5.000 habitantes, un tamaño poco más que medio para los tiempo y lugar, mantenía los precios de su mercado local en una posición muy próxima a los valores centrales. Puede pensarse, con estos datos, que había conseguido un estado de equilibrio. Contando con que la molturación del grano y su panificación, así como el transporte a la capital del producto elaborado, para el que era suministro energético útil la cebada, no saldrían del dominio de la población, a la que le permitirían obtener el valor más alto de una línea productiva única, que se hubiera mantenido una reserva muy importante de espacio, gracias a un cálculo ajustado a la doble demanda, la local, importante, y la externa inmediata, de dimensiones tales que no era capaz para satisfacerla por completo, había permitido nivelar los precios del cereal de tal modo que no fueran un costo que asfixiara tan próspera industria y su comercio. La importación de granos hacia el lugar, si en su caso pudiera verificarse, aunque sería responsable de una parte de la contención de los precios, sólo reduciría el alcance de la explicación que ha sido posible imaginar con los datos usados, de total a parcial, pero no la invalidaría.

Como asimismo se pueden presentar como razón unos hechos, aunque se asemejan a los descritos precedentemente para un nivel de los precios próximo algo superior, se someten con relativa disciplina a cierta lógica. Eran los mismos para el trigo en tres poblaciones, descendientes, una unidad monetaria tras otra, para la cebada si se ordenan con el criterio del comprador optimista. Casi en el mismo orden eran descendentes los espacios que cada una de las poblaciones destinaba al cultivo de los cereales. El incremento relativo del espacio dedicado a la cebada, en el limitado campo de observación ganado gracias al descenso de su precio, tensaba las cotizaciones del trigo para mantenerlas a un nivel tonificante, para que pudieran aprovechar las demandas locales, cuyos tamaños, de las poblaciones respectivas, una vez más, en dos de los tres casos eran casi idénticos. Podrían ser buenas demostraciones de las agriculturas de los cereales sostenidas sobre el ajuste a una demanda local modesta y cerrada a consecuencia de su limitado tamaño, aunque pudieran recurrir a ejes de las comunicaciones, factor, tratando de las interiores, que parece del todo relegado cuando se desciende por debajo de cierto grado de uso del espacio. Si al cultivo de los cereales solo se le dedicaba la cuarta parte del disponible o menos, aun siendo las que tomaban tales iniciativas poblaciones de un tamaño notable, por encima de mil, los precios de los dos cereales se hundían idénticamente. De ahí que sea obligado deducir que la demanda local, porque el espacio disponible era todavía mucho, estaba satisfecha por la producción propia, y aún sería capaz para cubrir más si aquélla se incrementara.

Al contrario, el orden más bajo observado era una obra directa de las comunicaciones fluviales, un clásico del comportamiento de las variaciones de los precios del cereal en el espacio. Una población con casi dos mil habitantes a orillas del primer cauce de la región, río arriba de la capital, tenía más de la mitad de su espacio agotado por los cultivos dominantes, a pesar de lo cual el precio del trigo que en ella se comerciaba era menos de la mitad que el de donde se pagaba más, mientras que el de la cebada, en relación con el más alto, solo perdía la mitad de su valor. El grano que descendiera por el río, para alcanzar el codiciable mercado de la capital, en parte derivaría a la población para satisfacer desde fuera sus necesidades. Llegaría a una cotización tan capaz para competir, porque aún una parte de la población lo demandaría, que esta prefería aceptar el precio que finalmente fijara el mercado local antes que invertir en su producción sobre la reserva todavía disponible, así liberada para otros usos; gracias a que el transporte fluvial, rápido y al que se oponían menos barreras fiscales, cargaba el precio definitivo con unos costos muy inferiores a los que soportaba el terrestre.

Así como se identifican ciclos en el tiempo parece que los hubiera en el espacio, como si la sección transversal del valle fuera igualmente la representación simplificada del movimiento de las cosas según pasan días o meses, las horas y las vidas enteras. Porque los precios antiguos, que en las estribaciones del norte se portaban de una manera tan homogénea, una vez completada la experiencia de su paso por el valle, que los aproximaba al abismo del desorden, de nuevo ganaban una apariencia de equilibrio cuando ascendían las primeras pendientes de la alta muralla suroriental. Allí las cotizaciones más altas, que para el trigo lo eran en el mismo grado que en su par del norte, algo menos para la cebada, parecían directamente estimuladas por el tamaño de las poblaciones. La del mayor absoluto que haya entrado en el campo de observación permitido por la muestra, que reunía poco menos de 27.000 personas, localizada muy cerca del límite este de esta tercera porción del espacio regional, es también la de los precios del trigo más altos. Con la mitad de su espacio local dedicado a cultivar cereales, también parece materializar cierto equilibrio. Permite descomponer al detalle el mayor grado de diversidad en el uso del espacio agrícola cuya observación haya sido posible. Del mismo modo que cualquier división del trabajo era inevitablemente germen de mercados, la apertura de la producción agrícola a bienes distintos al cereal obligaba a quienes así decidían a convertirse en demandantes de trigo, si se atenían a las reglas de consumo alimenticio que se reconocen como habituales. La dedicación de la mitad del espacio disponible al cultivo de los cereales, porque es la cifra en torno a la cual puede reunirse un tercio de los casos de la muestra, al tiempo que cualquiera de las demás proporciones posibles significaría, para todos los analizados, frecuencias muy inferiores, representaba para aquellas agriculturas una frontera consciente, a la que decidían atenerse para de este modo desactivar en parte el alto riesgo económico cargado en la concentración en un producto, el cereal de consumo común, cuyo valor conocía fuertes oscilaciones. Podría tratarse de una frontera correspondiente al tamaño de la población que tomara una decisión así, por la vía intelectual convencionalmente llamada sistema de cultivos, si a su vez todo el espacio del que pudieran disponer sus hombres se hubiera constituido, bajo el estatuto de término, proporcionado a un número de habitantes. Está demostrado que las poblaciones de la época son estables, cuando no estacionarias, lo que añadiría verosimilitud al supuesto, y convendría a reconocer que causa directa de cierta tensión al alza de los precios, como ocurre en este caso, pudo ser un incremento positivo reciente del crecimiento de la población.

Hay otras dos, de un total de tres que inmovilizan el escalón inmediato inferior del nivel de los precios, que podrían avalar este cuadro de circunstancias. Aunque una de ellas parece haber agotado algo más su reserva de espacio, las dos, en la jerarquía de las poblaciones según tamaño, ocupan las posiciones segunda y tercera, quedándoles la frontera de los 6.000 habitantes por debajo. Dar por bueno que cierta tensión al alza de los precios del cereal, tanto mayor cuanto más grande es el tamaño de las poblaciones, es consecuencia de alguna propensión a su incremento, sostenida durante algún tiempo y simultánea a un estancamiento en el uso del espacio, es también reconocer el aislamiento relativo de las comunidades humanas que pasan por esta experiencia. A ellas no llegaría del exterior la masa de grano suficiente para contrarrestar la presión añadida a los mercados por el incremento del número de personas que alimentar. Es una razón que de nuevo puede parecer adecuada a las pendientes que tendrían que vencer las acémilas, que incrementan el precio del grano en razón directa a la cantidad de tiempo que necesitaban consumir en el esfuerzo para vencerlas. En la otra población cuyos precios eran altos este factor pudo actuar porque estaba localizada donde la sierra era más severa. Pero es más probable que fuera un sumando disuasorio absoluto, al margen de todas las decisiones. Una concentración humana moderadamente alta, como respuesta a los obstáculos al movimiento, y una aplicación al cultivo de los cereales por debajo de la cuarta parte del espacio del que dispusiera, consecuente con las dificultades para conservar el suelo que añaden las pendientes, cuya demolición obligaría a invertir cantidades fuera del alcance de los beneficios que reportan los ciclos productivos, son bastantes para explicar de manera convincente, en aquel medio, tal comportamiento del precio, como no es necesario mucho más argumento que el del sistema de transportes para dar cuenta del último comportamiento de los precios en el espacio.

El primer puerto del Mediterráneo en el litoral del sur, a solo unos 20 kilómetros del límite este de la región, se había convertido en un importante polo hacia el que fluían bienes desde el valle. Es probable que empresas de arriería consolidadas se hubieran constituido en las poblaciones que jalonaban otro de los ejes del sistema de comunicaciones meridional, que unía el centro de la región con el mencionado puerto a través del tercio de su espacio en el que ahora la atención debe concentrarse. Tres de las poblaciones de esa ruta, una parte de cuyos habitantes se declaraba dedicada de manera estable a la modalidad de comercio referida, han quedado incluidas en la muestra. Sus precios de los cereales son los más bajos de la zona, tanto para el trigo como para la cebada. El tránsito sostenido de recuas por sus calles, habitadas por comunidades de menos de 2.000 personas, permitiría que se beneficiaran de precios asequibles, aun teniendo los recursos agrícolas de sus espacios casi agotados. Una de las poblaciones había conseguido hacer compatible la dedicación de casi todo su suelo a la producción de los cereales, la mayor presión de un grupo humano sobre el espacio que permite documentar la muestra, con la bonanza de las cotizaciones, coincidencia singular.

Aún queda por mencionar un par de mercados locales, cuyos precios son en un caso casi idénticos a los que se relacionan con la primera ruta del comercio oriental, en otro solo algo más altos. Las poblaciones que nutren sus demandas eran muy similares en tamaño, poco menos de 3.000. Del uso del espacio que en una de ellas hacían no hay buena información, y del que hicieran en la otra se puede afirmar que se aproximaba al que ha quedado reconocido como comportamiento más probable, el que prefiere limitar a la mitad del espacio disponible su empleo en el cultivo de cereales. Su respectiva vecindad al primer puerto mediterráneo del sur, aunque no fueran nudos del eje de comunicaciones terrestres que conducía hasta él, permite presumir que pudieron beneficiarse también, en sus mercados de cereales, del tránsito por sus caminos de quienes estaban interesados en la actividad comercial que atrajeran las línea secundarias que llevaban al eje de la red.


Portes

Bartolomé Desmoulins

A mediados del siglo décimo sexto, para corresponder a la tasa del grano, la administración de la corona tasó el transporte de las fanegas de trigo y cebada. El objetivo declarado de las tarifas públicas era marcar un límite máximo para los precios, algo finalmente tan complicado como descansar los lunes, pedir perdón, sonreír a la madre del cónyuge o envasar el vacío en una botella con el encomiable propósito de ponerlo a la venta. El de los gobernantes que tomaron estas decisiones, según quedó escrito en las declaraciones de los motivos que pretendían justificarlas, era evitar que se incrementara en exceso el costo del bien de consumo básico.

Para el transporte, aquellas decisiones impusieron un modo de calcular los costos del servicio, llamados portes, que en lo sucesivo marcaría la formación de su precio. Simplificaron el procedimiento para que fueran acordados en unidades monetarias por legua y fanega. Por cada saco regular, origen de la persistente unidad de capacidad, variable como todas las antiguas, pero equivalente en cifras groseras a poco más de 50 litros, que contuviera cualquiera de aquellos dos bienes mientras eran desplazados se podrían pedir, a causa del esfuerzo, como máximo 6 maravedíes por cada legua recorrida, medida itineraria también sujeta a cambios de valor según territorios pero cuyo tamaño tipo se aproximaba a los 5,5 kilómetros. Cercano ya el fin de la misma centuria, la misma tasa fue actualizada a 10 maravedíes por legua y fanega, lo que equivaldría a unos 42 maravedíes por tonelada y kilómetro, para conceder reconocimiento legal a la presión al alza que los precios en aquel mercado estaban imponiendo.

La vigencia de esta una manera de acordar lo que había de pagarse al demandante del transporte la demuestran los precios documentados en contratos no sujetos al máximo, suscritos durante la época moderna. Para una parte de ellos rigieron valores comprendidos entre 10 y 20 maravedíes por legua y fanega, aceptados a mediados del siglo décimo octavo. Un acuerdo entre partes, completado en 1769, por los mismos conceptos aceptó como canon 14 maravedíes.

Pero los precios conminatorios, tan exigentes como poco sensibles a los cambios, dejaron de usarse ya en el mismo siglo décimo sexto, y cien años después de acordada la tasa ya no la tenían en cuenta ni arrieros ni comerciantes. No era más respetada que la que regía para los granos, idénticamente inútil. Por la misma razón que causan baja en los ejércitos totalitarios los más incapaces, arguyendo volumen del tórax, déficit de la estatura o pie cavo. León Hernández, astuto mediador de negocios transnacionales en un despoblado, tanto que llegó a ser desnombrado, fue excluido del servicio a causa de la deformidad de su pie. Plasmó en un secante su planta, y los doctores jurados certificaron que cargaba con un puente de un ojo tan abierto que su radio era mayor que la suma de las superficies sobre las que descargaba el peso de su cuerpo, respectivamente anterior y posterior a la comba. Había concertado con su novia de entonces, tricotadora hábil y modesta, de cuerpo redondeado por masas discretas, acogedoras, con tienda abierta por cuenta propia en las dependencias exteriores de una casa propiedad de su madre, por las que jamás le pidió nada, salvo una promesa de que sus días no terminarían en un asilo de caridad, anticuado, atendido por monjas, exigentes de la pensión que a causa de la agonía de su tiempo la beneficiaria percibiera, fuera del estado o de un fondo en el que los ahorros invertidos permitieran deducir ingresos, cumplidos los requisitos de la póliza; que lo esperaría, si fuera necesario. Había alcanzado ya la plenitud de su astucia, y acordó una sociedad con otro negociante, cuya actividad se había consolidado en poblaciones más próximas al centro de la región, incluidas actividades recreativas. Fueron las relaciones con aquel hombre de ardides las que le permitieron la natividad de sus días de ternura. Vivía convencido de que ya los conocía, gracias a la hábil tricotadora, que recompensaba sus encuentros con cálculos y conversaciones sobre el costo del hogar que compartirían en el futuro. Pero, gracias al conocimiento adquirido, tuvo conciencia del alcance de su apostura.

No obstante, a mediados del siglo siguiente, décimo séptimo, fue restaurada la tasa del transporte, nunca del todo derogada porque la ficción de la norma entonces era capaz para sostener la percepción de una autoridad cándida. La tasa del transporte había tenido un efecto inverso al buscado, aceptando que fuera el mismo que el declarado paternalmente en los documentos. El encomiable plan para evitar que se disparara el costo de los dos consumos básicos sirvió durante siglos a la justificación para incrementar el precio tasado de los cereales. El procedimiento para el cálculo del precio del movimiento que la tasa habilitó, a quienes traficaban con los portes, si querían obtener un beneficio fácil les permitía manipular la declaración de los trayectos recorridos, aunque fuera escasamente, gracias a que era ponderado a partir de unidades mínimas de volumen y longitud.

Una cuenta de arrieros de fines del siglo décimo séptimo enseña impúdicamente el huevo de los beneficios generados por el transporte durante la época moderna, una vez que se había naturalizado la opinión de que era un costo alto. Para mover 600 arrobas de mercancías entre el prelitoral cantábrico y la capital donde ya había radicado su sede una corona que unificaba los territorios de casi todos los reinos hispánicos, evaluables como la parte mayor de la península occidental del continente clásico, no tanto su contenido, que acumulaba injertos hérulos, tracios, eslavos y hasta arios, fueron empleados 12 arrieros y 50 mulos. Los gastos de los arrieros ascendieron a 300 reales, 400 hubo que emplearlos en la cebada para las bestias y 250 para el resto de necesidades surgidas a lo largo del viaje. Dado que los transportistas cobraron ateniéndose a la fórmula regular, a razón de 34 maravedíes por tonelada y kilómetro, el total de sus ingresos ascendió a 2.400 reales. Deducido el gasto, el ingreso neto resultante fue de 1.450 reales. Gracias a la nota se descubre que la voracidad de quienes arriesgaban moviéndose, petrificado el principio de cálculo por unidades de capacidad e itineraria, conquistó margen para descargar los factores del costo.

Pero, por si no fuera suficiente, el ingenio para multiplicar las oportunidades del costo se mostró fecundo, porque la capacidad para inventar carece de límites. Así León Hernández, que recibió la comunicación del tribunal médico una vez que hubiera decidido, porque era incapaz de sobreponerse a una renuncia temporal al tráfico de frontera que le inyectaba dinamita en las venas, exrostrarse con un clavo su ojo izquierdo. Había evaluado sus ingresos en una cantidad muy por encima del horizonte, al otro lado de la línea entre los dos estados, que le permitía alcanzar su vista. Así como Aníbal, por haberse expuesto a las aguas estancadas del lago Trasimeno, una vez recibidas innúmeras heridas, curadas de urgencia en campaña, perdió un ojo, trofeo que le valió más fama que cualquiera de sus victorias, conseguidas con un equipo limitado, esperanzas defraudadas, cálculos transportados por la orina a lo largo de la uretra, alcanzó la cima de su gloria, León ganó el corazón de la secretaria de su socio, cuya madre, que había enviudado joven, estaba a su cargo.

Una vez que fuera equiparado a Robert de Niro, por aquella época en la plenitud de sus días, tal como aún es posible admirarlo como Travis Bickle en Taxi Driver, admitió el costo que la persistente salud de Isadora, en casa de pocas plantas viviendo, contigua a la de su hermana, no tan felizmente viuda; cuyo cónyuge, empleado en una fábrica de cerveza, durante años se había resistido a cambiar de domicilio, afrontado a la factoría, puesto que todavía amaneciendo, ya el verano vigente, el aroma del lúpulo lo despertaba, aunque por último había consentido tomar un piso en la misma planta, hacer las tareas del hogar, gestionar los pagos mensuales, pasear en solitario, una vez perdida buena parte de su olfato; añadía a la servidumbre de los tuertos.

Si se deseaba incrementar aún más el beneficio, ya entonces se podía recurrir a cobrar el transporte por jornadas empleadas en la operación, en vez de por unidades de carga y longitud. Gracias a este precedente, se fue naturalizando la fórmula de los conciertos ponderados, para la que se tomaron como factores formadores del precio del transporte una serie tan dilatada de circunstancias imprevisibles que el precio final difícilmente se podía homologar.

Las características topográficas y materiales de la vía de comunicación podían justificarse como modificantes inmediatos. Eran más baratos los transportes en llano que en cuesta, y a consecuencia de la falta de buenos caminos podía, según un testimonio, recaer sobre el precio del grano el sobrecosto de 10 reales por legua en cada carga, sin contar con que el transporte por vía fluvial era más barato que el terrestre.

Para mediados del siglo décimo octavo, cuanto más largo era un desplazamiento, fuera en tiempo o en distancia, más caro debía resultar. Obtener mayores ingresos por razón de distancia, aceptado el procedimiento común de cálculo de los costos, no presentaba inconvenientes. Pero para incrementar los ingresos en función del tiempo, entre quienes ofertaban el servicio regía una evidencia, que la velocidad era inversamente proporcional a la duración del viaje, de modo que cuanto más durara mejores debían ser las caballerías y mayores los riesgos de cualquier clase, matices que podían ser ocasión de incremento de los gastos.

Movilizado por etapas, el precio del transporte del grano era algo más alto que si se desplazaba sin paradas, aunque los trayectos fueran más largos. Así lo demuestra la comparación de valores referidos a una misma distancia. Mientras que el costo de un transporte continuado era de 15 reales 28 maravedíes por fanega, en dos etapas la primera costaba 9 reales/fanega y la segunda 7 reales 27 maravedíes. Luego la diferencia entre una y otra modalidad era de 1 real menos 1 maravedí. Parte del beneficio que podía originar el incremento más remunerativo derivaba hacia las posadas, donde hacían sus estaciones los transportistas.

El carro era aproximadamente el doble de caro que el animal. Para una distancia entre 70 y 75 kilómetros, un vehículo con una capacidad para 36 arrobas cobraba entre 7,5 y 8 reales, mientras que una bestia que cargaba 7 arrobas cobraba 30 maravedíes. Esto suponía un gasto de más de 7,5 maravedíes por arroba, cuando se optaba por el carro, frente a solo 4,3 si se optaba por el traslado a lomos de animal. Los costos que para los transportistas ocasionaban las diferencias a favor del traslado en carro, a mediados del siglo décimo octavo, eran la manutención del ganado y la de los mozos. Por eso, en su momento, el precio del transporte a lomos de animal, más que alto, a quienes lo pagaban llegó a parecerles excesivo.

Nunca la tricotadora presumió, mientras transcurrieron sus días serenos, que el tiempo que había empleado en complementar el suministro de su tienda, a cargo de textiles del nordeste, tuviera que convertirlo en un gasto deducible. Llegaba por correo ordinario, cargado en vagones mercancía, y León, con el documento por el que ella lo autorizaba, pasaba a recogerlo, con el beneplácito de los empleados de la oficina, a cargo del tío de un amigo con el que compartía ocios y deportes, juegos de esfuerzo, antes de que fuera llamado a filas.

–De poco te servirá demorarte –le oí decirle, una vez que acudí al estanco frontero, repuesto de fumadores ahorrativos, previsores del costo que el suministro a granel, a economías dependientes y de ingresos limitados, suponía; porque pasaba por la puerta y rechacé justificar con un mal disimulado despiste seguir sin saludar; el escaparate colmado de colores, apenas del ancho de una ventana, la luz de plena mañana segregando cada cual para que cada ojo infantil los agregara en una suma, cuyo resultado cada plexo solar desbordaría.

Cuando, conocida la secretaria, tuvo que pagar los portes, la tricotadora los incluyó en su declaración de gravámenes.

Pero existían circunstancias que permitían que el transporte de mercancías en vehículos, por razón de volumen, fuera más asequible que el que se hacía a lomos de animales. El transporte en carro podía ser más barato que el transporte en animal cuando la densidad de la red era alta y las vías muy accesibles por razón de estado del firme. Al menos, esta era una de las convicciones con las que se hacían planes para la innovación de las comunicaciones en la época.

Al contrario, encarecía aún más el transporte que en algunos sitios fuera necesario trasvasar la carga a lomo de animal. En ocasiones, podía parecer conveniente pasarla de carro a bestia, porque lo impusiera el estado de las vías de comunicación. Pero sobre todo era una operación ineludible cuando el producto llegaba a través del mar envasado en barricas. Entonces, para cumplir con el transporte desde los puertos del litoral al interior, debía ser enfardado, envase necesario para adaptar la mercancía al transporte de herradura.

Las precedentes cosechas de forrajes y legumbres, que modificaban tanto el precio de estas como de los pastos con los que se combinaban, concurrían al costo de la alimentación del ganado para el transporte. A mediados del siglo décimo octavo, para hacer frente a este gasto, cuando había que cubrir largas distancias era un recurso habitual vender algunos animales en el trayecto. Y también eran contabilizados como costos, tratándose del desplazamiento a larga distancia, las reparaciones del medio de transporte y la sustitución de los mulos que morían.


Vive oculto

Bartolomé Desmoulins

Entre los antiguos, fue difundida con éxito la siguiente creencia. Habitaban en algunos lugares de África unos hechiceros que secaban árboles, e incluso daban muerte a niños, si los encomiaban. Por esta causa algunos temieron ser elogiados por un hechicero, fuera que las palabras salieran de su boca o de la de otro pero en su presencia, porque a su alabanza cualquiera de ellos podía añadir palabras de hechizo o de encantamiento que pasaran inadvertidas. De la misma creencia provino la superstición de referirse a uno mismo con denuestos y desprecios, porque el elogio pronunciado con vanidad podía hechizar.

Investigada por quienes aceptaban aquella especie, descubrieron que la cualificada capacidad de aquellos antiguos hechiceros no provenía de sus palabras, que en sus sortilegios eran solo un ardid embaucador, sino de un hecho singular. En la visión poseían cierta cualidad emponzoñada y casi corpórea, inductora de la enfermedad o la muerte.

El alma de alguien profundamente inclinado al mal tenía la marca de hacer daño, y el cuerpo, unido al alma mediante los movimientos del corazón, también se veía transformado, y su transformación llegaba hasta los ojos. El mal había sido introducido por la naturaleza para castigo de las mentes embrutecidas. Le pareció bien a la naturaleza, así como engendró en el hombre la costumbre de alimentarse con entrañas humanas, tomada de los animales salvajes, producir en todo el cuerpo y también en los ojos de algunos una especie de veneno, para que no existiera ningún mal que no lo tuviera también el hombre. El cuerpo era empujado por el alma y, afectado por el mal, se convertía en causa o instrumento del daño. El alma o la imaginación dañada empujaban los cuerpos, que parecían desprender venenos después que veían. Desde los ojos se podía emponzoñar algo que estuviera fuera de él, sobre todo si era fácilmente mutable, como el niño, más débil y por eso con más facilidad víctima de aquella señal. Como réplica, dada su especial virulencia contra la infancia, había quienes colgaban del cuello de los niños dijes deformes para alejar hechizos y fascinaciones, que tenían el efecto de apartar los ojos de los que contemplaban a las criaturas fijamente.

Se temió la vileza del que miraba, pero también fue motivo del recelo fascinante solo la exagerada fealdad, porque era concebida como imagen del mal. Presentaron como ironía cruel de esta superstición la que por obra del destino se obró en cierta hembra, nacida en matrimonio legal, a quien su padre decidió poner por nombre Bárbara, mujer buena y de carácter apacible, que con el tiempo resultó de una fealdad extrema. Algo similar que le habría ocurrido a una buena madre, que por incontinencia, y exceso de celo en el cumplimiento de sus compromisos familiares, puso a su hijo por nombre Emiliano Adrián, siendo que el apellido del padre era Cristóbal. Decisión tan desaforada obró a través del metabolismo del muchacho. Resultó de una fealdad triple, fruto de la deformidad que su cuerpo había adquirido a causa de su enorme tamaño. Al mismo orden correspondió lo que ocurriera con el esclavo Esopo, el más feo de todos los hombres que haya descrito la literatura antigua. Su dueño lo regaló a un vecino con la esperanza de que su casa quedara encantada.

Cuando se trataba de mujeres hechiceras, poseían tan gran maldad en su corazón como en su mismo cuerpo, y fácilmente emponzoñaban con la fuerza de su imaginación natural. Tan poderosa era su imaginación que llegaban a dañar a los niños más débiles, igualmente cuando se dirigían hacia ellos con los ojos, mientras los contemplaban fascinadores. Hasta podían matar a quienes eran capaces de concebir en su mente mediante su imaginación penetrante, e incluso a sí mismas.

Un efecto moderado tal fuerza era que los ojos de la mujer en menstruación, el estado en el que la condición femenina acumulaba más poder, eran capaces de emponzoñar el espejo, aunque, por lo que se refiere a los espejos manchados por mujeres en periodo de menstruación, aún no se había dilucidado del todo si se debía a la vista o al aliento.

Fue buscada la razón de tan portentosa manera de manejar así la adulación como la mirada, tanto en hombres como en mujeres, y encontraron que sus causantes genuinos, los primitivos hechiceros africanos, eran híbridos descendientes de dos etnias singulares. Una la de los tribalios, gente tracia que se movía en zonas bajo influencia del cauce inferior del Danubio. La otra la de los ilirios, asentados en la costa oriental del Adriático. Cualquiera de ellos había hechizado con la vista y provocado la muerte, con más facilidad a los muchachos, cuando miraba atentamente durante largo tiempo y con ojos particularmente airados.

Evolucionaron estas creencias a la idea de que a quienes hablan de sí de manera elogiosa les sobreviene la envidia como desgracia, un hallazgo cuya convergencia con los precedentes más remotos registró la cultura griega antigua con una palabra, la que eligió para expresar la acción de fascinar, que indica a la vez envidiar. Por eso a quienes actuaban movidos por la envidia se les tenía por instrumentos de la fascinación.

Por tanto, el daño de la fascinación procedería de los ojos, y no de los labios de quienes elogiaban a personas objeto de sus alabanzas, por fascinar definitivamente se entendió apropiarse por la mirada y se tuvo por fascinado al que quedaba sujeto por lo que veía.


Apeles y Diomedes


 Bartolomé Desmoulins

1. Quedan consagrados por la docencia aquellos a quienes la vocación elige. No entra en el número de los santos todo el ejército que nutre en el día tan abnegada obra, como no todos los marineros, aun leales combatientes, alcanzan la gloria que, por la batalla sobre las olas, solo en el fondo aguarda. No basta el deseo para llegar al grado excelso, y muchos son los que solo por la oportunidad que una satisfactoria pensión justifica buscan en aquella dedicación refugio. Son los hijos impuros de una impura relación, cuya existencia por desgracia es independiente de la repugnancia que inspiran.

     Actúa la alta selectora con la circunspección de las más extraordinarias damas, hembras portentosas siempre. Jamás deja ver sus intenciones. Como el arrebatado amante, que nunca llega a la conciencia de que fue seducido, los elegidos por la vocación solo sienten que su dedo los ha tocado como generosa entrega y fruto de una impulsiva voluntad, por la que se sienten poseídos. Acuden solícitos a su presencia, a ella se rinden, y ella como sobrecogida por el inopinado efecto de su natural existencia solo con un estremecido rubor los recibe.

     No era Apeles de la clase de los elegidos. Sobre la vocación tenía ciertas ideas que he podido rescatar gracias a los relatos de gente con la que convivía, por más que deba declarar mi duda sobre la veracidad literal de algunos de los textos recibidos; como en general mantengo mis dudas sobre todos los datos con los que he podido redactar esta memoria, un asunto sobre el que en este momento no creo oportuno demorarme pero que en alguna ocasión habrá de ser tratado, en ningún lugar mejor que en estas fictivas páginas que tan amablemente me han sido ofrecidas, y ahora con generosidad por primera vez me acogen, con todo el detalle que merece.

     Había llegado hasta aquel empleo por un camino secundario. Ya muy joven se había convencido de que su puesto estaba en la banca, en el lugar más próximo a la caja fuerte. Su padre prefería localizar la felicidad en un lugar más próximo a donde dormían, y su madre, dotada de excelente sentido de la orientación, había decidido localizar la suya no mucho más lejos del lugar elegido por su marido. Por eso fue que para sus ambiciosos proyectos no contó con el aliento de su familia, ni de ella quiso apartarse en la derrota.

     Sin saber bien por qué, se vio envuelto en una alocada carrera que finalmente lo  había llevado hacia un insensato trabajo, al menos en su opinión. ¿O no era una pérdida de tiempo empeñarse en mantener a las criaturas apartadas del mundo a la edad a la que más deseos de mezclarse con él tienen? Era trabajo condenado al fracaso, como demostraba que a la menor aprovecharan para invertir todo el tiempo del que podían disponer en enredarse en una vida vertiginosa. ¿No resultaba trabajo inútil volver cada día a repetir tareas cuya única finalidad era crear las condiciones apropiadas para de nuevo empezarlas, para así indefinidamente poder emprenderlas con el único objetivo de otra vez reiniciarlas? A este sinsentido conducía el fin no declarado de aquella actividad, mantener a los inquietos jóvenes recluidos.

     No es necesario insistir en que su dedicación era muy tibia, que su esfuerzo solo lo justificara por la necesidad. De ahí derivaba que de la vocación pensara que era una estúpida manera de proporcionar gratis trabajo suplementario. De los que se declaraban en público hombres con vocación, personas que por otra parte no le resultaban especialmente confiables, solo había oído que aun después de la jornada laboral seguían preocupados y activos para el trabajo.

     La falta de fe en la que tenía que vivir había derivado a un estado de venganza que sostenía con admirable decoro. Detestaba explicar. Para darse una recompensa por estar obligado a violentarse a diario, de continuo mentía. Enseñaba propagando mentiras.

     Cuando, por ejemplo, le preguntaban por el origen del oráculo fabulaba en términos parecidos a estos: “Hay lugares en donde la piedad, un don natural del que los hombres más virtuosos se benefician, se ve favorecida. Lo achacan algunos a la composición de la roca, pero creo que se alcanza por transferencia de las ideas sobre el magnetismo. Otros sostienen que deriva de las condiciones atmosféricas habituales en el lugar donde este fenómeno se experimenta, lo que por otra parte parece que es pensar con el deseo de bienestar. Pero lo cierto es que hay puntos del planeta en los que se verifica el espontáneo deseo de rezar. Al pasar por ellos, cuando se detienen, los hombres piadosos, una vez desnudos, enuncian con elocuencia altas ideas dirigidas a un anónimo ser, en ocasiones tratado en singular, en otras como ser plural, de entidad indefinida pero al que se interpela dando por supuestas su altura y su nobleza. Tales son los oráculos.”

     Si el asunto sobre el que se le pedía una explicación era el orden dórico afirmaba que aquella forma del despotismo solo podía explicarse como consecuencia del deshonesto proceder de ciertos hombres belicosos, que por su temida arrogancia podían actuar al margen de cualquier control. Habían llegado hasta las tierras civilizadas con las armas en la mano y mediante el terror habían impuesto su desorden.

     Su fortuna era que en la improvisación estaba todo el secreto de su placer, lo que le permitía consumar su perenne fraude con la mayor naturalidad y cierto aire grave que le valía un vago prestigio. Los alumnos oían sus explicaciones boquiabiertos, y esto era bastante para que el demagogo se creciera. Pero reconocía que en aquel estado llevaba toda la ventaja, y que el placer que podía proporcionarse en uso de su preeminencia no pasaba de ser moderado. La calma del placer absoluto la alcanzaba cuando tenía la certeza de que sus acciones eran provocativas y en modo alguno percibidas por los alumnos.

     No obstante, siempre conservó un prudente fondo de duda, porque el descreído radical necesita de una fundamental falta de certeza que dé sentido a su proceder. Hacía memoria y recordaba cómo había llegado a detestar radicalmente a quienes de entre los que le enseñaron durante su juventud había llegado a detestar radicalmente. Estaba seguro de haber descubierto en ellos su maldad, más allá de cuanto aparentaran. ¿Habría ocurrido alguna vez algo parecido en su caso?

 

2. Cierto día le sobrevino la urgencia de cortarse el pelo mientras paseaba. Entró en el primer establecimiento que encontró al paso, un lugar de excelente aspecto en uno de los mejores barrios de la ciudad y con unas tarifas realmente interesantes.

     Apeles era discreto en todo, y la parte pública de su felicidad la cifraba en no ser visto, propósito que conseguía colmar con el éxito solo cuando se cruzaba con los ciegos. Al tratarse con los demás, aceptaba como recompensa suficiente ser educadamente ignorado. Para Apeles era suficiente para espiar el mundo en el que vivía y conspirar contra él con entera libertad. Mas a la vez, convencido del alto valor moral de los buenos modales, detestaba que la correcta frialdad en el trato llegara hasta el ofensivo silencio. Saludó al entrar en el establecimiento y a cambio recibió la bienvenida de al menos sus empleados.

     Antes de que hubiera tomado asiento, uno de ellos, desocupado en aquel momento, acudió solícito junto a él para ofrecerle su atención. Correspondió a la amabilidad de la que le hacía objeto con una cortés aprobación, y tomando el asiento que le presentaba se abandonó a sus actos.

     Había algo en su mirada que le resultaba familiar. Mientras el muchacho lo disponía todo, a través del espejo escrutaba su rostro. La ansiedad que esta certeza provoca lo mantuvo errático durante un buen cuarto de hora. Colocó la cara detrás de algunas ventanillas, aunque lo cierto era que muchas no había frecuentado recientemente. Probó con mostradores, algo más presentes en su vida. Tampoco consiguió radicarlo con certeza. Imaginó entonces distintos uniformes y los fue poniendo sucesivamente bajo aquel rostro, aun teniendo la certeza de que el que actualmente le correspondía era otro.

     Mientras tanto, el muchacho ya cortaba entusiasmado. Exhibía una sonrisa de satisfacción que le llenaba toda la cara, y manejaba con asombrosa rapidez tijera y peine. Los mechones caían como copos a un lado y a otro de su rostro. El peluquero permanecía en silencio y no manifestaba el menor deseo de mantener una conversación con su cliente, en contra de lo habitual. Solo pelaba y pelaba a una velocidad que por momentos se incrementaba.

     Parecía padecer un estado febril. Sí, sobre el labio superior tenía una cadena de diminutas gotitas transparentes. Algo le ocurría. Repetía más de lo habitual, con nerviosos gestos, el velocísimo chasquido de las tijeras al aire, con el que los barberos tonifican la agilidad de sus dedos. Y lo hacía cada vez más cerca del rostro de Apeles.

     Una idea cruzó como fulminante su cabeza. “¿Habrá sido alumno mío?”, temió.

     Aún no había terminado su trabajo cuando aquel muchacho de mirada enfebrecida por fin rompió su silencio. Le ofreció rasurarlo. Ya tenía la navaja preparada y sonreía indicándosela, mientras lo miraba a través del espejo.

     Antes de que hubiera transcurrido el tiempo necesario para dar una respuesta satisfactoria, Apeles había alcanzado el umbral del establecimiento. Una última torva mirada fue toda la despedida que prodigó por su parte, mientras enojado se arrancaba del cuello el lienzo con el que lo habían preservado de sus propios pelos y lo lanzaba contra el suelo. Liquidó la cuenta a un aprendiz que salió tras sus pasos, sin importarle que tan humillante escena pudiera ser vista por los transeúntes.

 

3. Pasaron los días, tantos que sumaron meses. En el entretanto todos habían completado el periodo del anual descanso, que a quienes a aquella actividad se dedicaban correspondía. El recto Diomedes, rétor capaz a quien Apeles estimaba con sinceridad y de quien recibía en correspondencia una leal amistad, al verlo entrar de nuevo en el despacho que compartían apostrofó:

     -No corresponde a tu edad tu presencia.

     -¿Acaso crees que puede haber alguna presencia ajena a la edad? –replicó Apeles.

     -Al contrario. Una y otra son mitades que encajan y se complementan, como el amo y el esclavo. Y así como la condición de amo se desvanecería al faltar el esclavo, hay  que reconocer que el sostén del esclavo es el amo.

     -De modo entonces que edad sin presencia no podrían existir, porque de no haber edad no habría presencia.

     -Desde luego. Y aún más. Del mismo modo que el amo prevalece sobre el esclavo, porque ese es el orden necesario para la existencia de ambos, la presencia debe quedar sometida a la edad.

     Las clases que Apeles impartió aquel curso resultaron mucho más monótonas de lo habitual, y más todavía las del curso siguiente. Se limitaba a breves explicaciones y solo si era reiteradamente requerido para que las diera. Decididamente había entrado en la decadencia, y como tantos se resistía a aceptar la llegada de la vejez. Motivos había para pensar así. En el colmo de su indignidad, tal vez con la inútil pretensión de parecer joven, había decidido dejarse crecer el pelo.