Campañas

Antón Fagasta

Viajábamos la señorita Valparaíso y yo para buscar los documentos elementales que en los pueblos se encuentran. Con su impagable auxilio, emprendí con el mejor ánimo la investigación en sucesivas campañas de verano, mientras que las vacaciones intermedias –las de navidad y semana santa– las aprovechaba, no sin apresurarme, para completar las pequeñas lagunas que en la mecánica y embrutecedora toma de datos siempre iban quedando.

Fuimos a todos los archivos que había previsto, y a algunos más que aprovechábamos al paso, y no siempre obtuvimos buenos frutos. Nuestras excursiones diplomáticas nos permitieron conocer estados de la documentación muy distintos, regímenes para su administración que en algunos casos rozaban lo imposible, pero sobre todo mucha amabilidad de parte de los empleados públicos, cuya obligación sobre la custodia y gestión de los respectivos archivos nadie les había adjudicado, y que sin embargo con toda la dedicación que estaba a su alcance mantenían.

Un 20 de agosto fuimos atendidos por uno de ellos, una cordial Mercedes. Para llegar hasta el depósito, que estaba a su cargo, tuvimos que viajar con ella desde el edificio principal del ayuntamiento hasta uno de los barrios del pueblo, donde en aquel momento estaba guardado. Allí, bajo la supervisión de nuestra acompañante, vimos satisfecho nuestro objetivo. Nos franqueó el acceso a los fondos del municipio previo pago de una tasa de doscientas pesetas. Jamás supimos en concepto de qué las habíamos pagado, ni nadie nos explicó en qué parte de las ordenanzas estaba prevista. Sobre las dos dudas siempre hemos guardado todo el silencio que el interés por salvar los obstáculos que pudieran interponerse a nuestro deseos nos había recomendado.

La época por la que hicimos estas excursiones puede ser fácilmente reconocida por cierta obra pública, como el final de la época moderna en los templos españoles o el tiempo de Mussolini en muchos edificios, así italianos como extranjeros. Regía entonces el gusto de los promotores públicos la obra de los arquitectos que siguieron un movimiento, efímero y popular a la vez, que se conoció con distintas denominaciones, entre las que triunfó la expresión arte postmoderno. Probablemente, con esta manera de entenderse, quienes propusieron y ejecutaron aquellas ideas, tanto en arquitectura como en pintura, pretendían sugerir determinadas posibilidades para la creación. Pero, para la obra que llegó hasta muchas poblaciones, el arte ejecutado en los edificios quedó reducido a un escueto código, el mismo que debió valerle su aceptación.

El día que llegamos a uno de nuestros pueblos su ayuntamiento estaba estrenando un edificio levantado según este código. El orden interior que su autor había creado, en torno a un patio cubierto, conseguía los efectos de conexión entre departamentos, actividad permanente y vanguardia gracias a pasillos volados y superpuestos, que servían a la comunicación entre lados opuestos de un mismo nivel. El bronce dorado y bruñido de las barandas, trazadas como redes de cuadrados cruzados con aspas, cegados parcialmente con paneles opacos, combinado con la madera, daba a las fachadas interiores un aspecto actual y aristocrático que el movimiento de empleados y visitantes justificaba.

Pudimos poner a prueba aquel ingenioso sistema de plantas, pasillos y barandas. Cuando entramos en el edificio, de información no remitieron al despacho de don José María Muñoz, entonces secretario del alcalde. Desde este nos mandaron al secretario de la institución, que entonces ocupaba su puesto de manera accidental, quien por último nos envió a su secretaria, Mari, que amablemente nos condujo hasta la colección de los documentos.

Un 24 de agosto llegamos hasta uno de los pueblos más sombríos que entonces conociéramos. Así como la nueva restauración de la monarquía, en su primera época, quedará unida a la versión más reciente de la arquitectura historicista, la anterior, cuyo origen se remonta al último cuarto del siglo décimo noveno, dejó edificios inconfundibles, probablemente los primeros de mampostería compleja que se extendieron por la región. Eran obras cuyo regular volumen en su momento original debió sobresalir del que a sus lados otras casas tuvieran. Solo cuando los edificios estaban levantados en parcelas delimitadas por la confluencia de calles, la arista de la esquina se eliminaba en beneficio de una moderada curva. Todos los ejemplares conservados que recuerdo tienen dos plantas e integran en la misma corpulenta obra ladrillo, en pocas ocasiones explícito, e hierro, que queda reservado a la rejería y a ciertos detalles decorativos. Rara es la fachada que no está centrada por un solemne cierro de metal fundido y cristal y cuya línea de separación entre las plantas no esté marcada al exterior por una larga cenefa de menudo y rígido tema vegetal, igualmente compuesta con módulos de hierro extraídos de un mismo molde.

El edificio que ocupaba el ayuntamiento era de los que presentaban a la vista el ladrillo rojo, combinado con losa esmaltada de color verde, en todo el plano de su fachada. Parecía demasiado grande y vetusto. Se interpretaba como la única prueba conservada de una pasada grandeza. Desde el vestíbulo hasta la escalera que llegaba hasta la planta principal, tanto el interior como todo su mobiliario parecían abandonados y supervivientes de un pasado que debió darles más sentido. La documentación que allí conservaban estaba contaminada por el mismo aire. Había sufrido tan seria falta de cuidados antes de parar en la triste instalación en la que había conseguido abrirse un hueco que sobrevivía en mal estado, a causa de la humedad, y seriamente minada por lagunas.

La visita que hicimos un blanco día de enero resultó infructuosa por una razón similar, pero tampoco previsible. La sede del ayuntamiento estaba en obras, por lo que sus instalaciones habían sido alojadas provisionalmente en unas cocheras. En el reparto transitorio de refugios, al archivo municipal le había correspondido un almacén, donde la documentación, amontonada, era inaccesible. Aquella escena, que nos permitieron ver como prueba de que nuestras aspiraciones no podían ser atendidas, todavía era muy frecuente a principios de los ochenta. Entonces muchos archivos municipales eran solo almacenes de papel desordenados, a la vez que depósitos de objetos desechados.

Un día de pleno verano, aunque resultó uno de los más fecundos de aquella campaña, empezamos con mal pie. En una de las poblaciones seleccionadas un funcionario, sobre el que habían pasado demasiados años de servicio, no nos dejó consultar el archivo del municipio.

El responsable de su actitud fue un estúpido equívoco.

Para acreditarnos, cuando llegábamos a los ayuntamientos, explicábamos que hasta allí nos habían conducido los inventarios publicados, cuyos costos, desde el humano o de organización de los depósitos hasta el material de las ediciones, habían sufragado las diputaciones provinciales. Esperábamos que tal prueba rememorara una actuación que se había sostenido sobre la seriedad, y que se había saldado de manera satisfactoria para instituciones e interesados. Nuestro interlocutor, aquel funcionario cargado de años, de cuanto vio y nos oyó seleccionó la palabra diputación, suficiente para eclipsar todas las demás.

Conservo mal el recuerdo de los exabruptos que el buen hombre descargó contra la institución, aunque sí estoy seguro que lo oía bajo la impresión de que habíamos activado un oscuro mecanismo, tan fuera de su control como del nuestro. Entre acusación e insulto, pudo ponerse a salvo un argumento, que después nos pareció la justificación de su radical actitud, una deuda no saldada por la administración provincial. Había creído que nuestro remoto vínculo con ella era suficiente para negarnos cualquier derecho a intervenir en algo relacionado con aquel ayuntamiento. No hubo manera de convencerlo para que nos excluyera de su prejuicio. Aunque hicimos propósito de volver, nunca reunimos valor suficiente para enfrentarnos de nuevo a él.

Una madrugada, sugestionado por la incertidumbre, tuve una feliz premonición sobre el progreso de nuestras exploraciones.

Estaba anocheciendo y a la vuelta de una curva, tras bajar por una estrecha carretera una cuesta, ya conocida de otras ocasiones, a cuyos márgenes crecía abundante vegetación de un verde muy sombrío, vimos la señorita Valparaíso y yo, en una parte de la encrucijada que en aquel lugar se formaba, un estrecho sendero, también cercado por abundante vegetación.

Sabíamos a dónde conducía. Pero, dada la hora y la necesidad de confirmar que nuestra orientación era acertada, decidimos bajar del coche y preguntar en las pocas casas que en aquel lugar se habían juntado. Las reconocí como las Ventas de Tintín, no obstante lo cual le pregunté al primer hombre, de mediana edad, que me salió al paso.

Se mostró hermético ante mi pregunta sobre el lugar en el que estábamos y, sin pronunciar palabra, volvió su mirada cómplice a otro hombre similar, algo más moreno, que había tras él, ocupado en trasegar forraje desde una carretilla a un pesebre.

Decidido a obtener de ellos alguna palabra, aventuré mi pronóstico:

–Estas son las Ventas de Tintín –afirmé, esforzándome por parecer seguro.
Sonrieron satisfechos los dos hombres y, tras intercambiar de nuevo miradas, por fin decidieron hablar. Al contrario de lo que antes hicieran, ahora se comportaron con una locuacidad sumamente hospitalaria.

–Hace años viajamos a Rusia –nos contaron–. Entramos en un bar y nos sentamos en un velador. Pedimos de beber y charlamos. En la conversación, alguno de nosotros pronunció el nombre de este lugar. Un hombre que, sentado junto a nuestra mesa, nos daba la espalda, giró y nos dijo: `Yo soy de las Ventas de Tintín.´

“`No es posible´, respondimos. Pero él insistió y nos dio pruebas de que efectivamente era así. Además, teníamos que admitir lo que aseguraba porque hablaba como nosotros. Congeniamos y se unió a nuestro grupo. La mujer de uno de los que con nosotros iba, que era rusa, le mostró a su hijo, un niño que todavía no andaba. Nuestro paisano se emocionó.

“`No es porque añore las Ventas de Tintín. Es por el niño´ aclaró su compañera. `No hemos podido tener hijos. Es núlido.´

“Cuando nuestra vecina de mesa pronunció la palabra núlido todos, ella y su compañero, los visitantes, todos los que oíamos el relato, explotamos en sanas carcajadas de satisfacción.”
También la señorita Valparaíso y yo, y unos y otros lo celebramos.

El trabajo que nos permitieron en otra población, pequeña y hospitalaria, pasado el tiempo, siempre lo hemos recordado como uno de los más afortunados que aquellas campañas rindieron, y en ocasiones lo hemos revivido con cariño. No es imposible que al efecto contribuyera que cuando llegamos la primera vez estaban ultimando los preparativos de su feria, que celebraban en torno al 15 de agosto. Desde la habitación donde trabajamos, con la ventana abierta, en el piso bajo del edificio consistorial, podíamos ver cómo en la plaza consolidaban el escenario sobre el que actuaría una orquesta, y tendían de un árbol a otro las guirnaldas de las luces. Habían previsto que toda la plaza fuera la pista de baile, cercada con mesas y sillas de baraja, que los vecinos ocuparían para cenar al aire libre, contando con la provisión que trajeran de sus despensas. La celebración que pudimos evocar la convertimos en entusiasmo por aquel mundo y su gente.

Pero al brillo que con el tiempo tuvieron aquellos recuerdos contribuyó más quien nos descubría las peculiaridades de la celebración, el mismo funcionario que con una atención discreta y sin excesos nos había facilitado la consulta. Con solicitud, satisfacía la curiosidad que nos despertaba lo que por la ventana veíamos, sin por eso distraernos de nuestro trabajo con indiscreciones. Su figura de hombre enjuto y porte amable y sencillo, pelo cano y gafas, que se protegía aun en pleno verano con una rebeca, ha representado para nosotros desde entonces la del hombre bondadoso hasta el extremo de no manifestar fastidio alguno, y que mucho antes ha aprendido a saborear la vida en secreto, observándola desde cualquiera de sus márgenes. Cuando hubimos terminado nuestro trabajo, su sentido de las buenas relaciones lo colmó negándose a cobrarnos las copias que le habíamos encargado.

A la población central de un antiguo y extenso dominio no llegamos hasta meses después, a mediados del siguiente mes de junio, un día por la mañana. Podría mencionar su nombre y forzarlo para componer una imagen. Pero me parece poco afortunado, tal vez porque he visto hacerlo repetidamente y he podido juzgar los resultados. Sabiendo que el nombre de muchas poblaciones es la asimilación, por proximidad de sonidos, a una palabra de la lengua de llegada de otra que procede de otras distintas y anteriores, la explicación a la que aspira cualquier ingeniosa etimología normalmente resulta pobre. Por fortuna, los avances de la investigación toponímica suelen dinamitar los ingenios más poéticos. Pero no se puede evitar que la falsa etimología, por más injustificada que sea la imagen a la que conduzca, cree conciencia, y que quienes la acepten actúen inspirados por ella. Aquel día pudimos comprobar que entre los habitantes de aquella población, sin saber muy bien por qué oscuro determinante de su identidad, regía el angustioso caos de la niebla, tal como aparentaba haber quedado retenido por su nombre.

Al llegar al ayuntamiento, solicitamos del conserje indicaciones sobre el lugar al que debíamos dirigirnos para consultar el archivo. Nos envió a Paco, el secretario del alcalde, quien nos recibió de inmediato. Oyó nuestro propósito y creyó que quien podía atenderlo era don Cristóbal Rodríguez, entonces encargado del juzgado de paz. Hombre prudente y calculador, don Cristóbal decidió que el asunto que nos ocupaba era digno de ser conocido por el alcalde en persona, por lo que nos recomendaba que solicitáramos entrevistarnos con él. Así lo hicimos a continuación. Sin vernos en la necesidad de soportar una larga espera, el alcalde nos hizo pasar a su despacho y oyó con atención cuanto le expusimos. Concluyó que el hombre adecuado para resolver lo que le demandábamos era Paco, su secretario, al que ya conocíamos, a quien no obstante amablemente nos presentó. Reflexionó de nuevo Paco sobre la decisión que debía tomar, y como era previsible otra vez dedujo que nuestro hombre era don Cristóbal Rodríguez. Retornamos a este, ahora provistos de todas las formalidades que le satisfacían, y de él por último obtuvimos la aceptación del encargo que se le estaba haciendo, atendernos en la consulta del archivo municipal.

Lamentablemente, sobre que habíamos consumido buena parte de la mañana entre despachos, don Cristóbal tenía que hacer compatibles sus obligaciones en el juzgado de paz con la atención al archivo y la biblioteca municipales, lo que le impedía hacer las dos cosas a un tiempo. Como al juzgado se dedicaba por la mañana, en el archivo solo podía atendernos por la tarde. Saldamos, pues, nuestra primera jornada en aquel lugar con el compromiso de vernos una tarde próxima y una despedida. Seis días después, ya comenzado el mes de julio, pudimos volver, una calurosa tarde, y en el antiguo hospital, tan correctamente recuperado como dotado del equipo que necesitaba para cumplir con su nuevo destino, en una sala alta, hacer nuestras consultas.

Nuestros contactos con los archivos cuyos registros necesitábamos fue bastante aceptable. Solo dos fueron por completo inútiles, aunque, víctima de la precipitación, cuando disponía de pocos días cometía errores que me obligaban a volver sobre los pasos dados.

Devorador insaciable de mi tiempo libre, en realidad no sabía muy bien a dónde iba, y si alguien me preguntaba cuál era el objetivo de mi trabajo, con la mayor candidez le hablaba de mis metas, la elaboración del excelente instrumento analítico que pretendía, en el que pensaba como si se tratara del más depurado ingenio, y que sinceramente era mi única aspiración. Mis interlocutores no sabían muy bien lo que habían oído, o si realmente habían entendido, no ya lo que les explicaba, que les traía sin cuidado, sino el fondo de mis explicaciones. Unos me miraban perplejos, suspendida su atención por unos instantes, y otros sonreían benévolos y permanecían en silencio. ¿Realmente pensaba así? Pero ¿qué había del tiempo y del esfuerzo invertidos? ¿Y del dinero? ¿Qué era lo que obtenía a cambio de todo aquello?

Tengo que reconocer que para nada tenía una respuesta que pudiera considerar razonable. Empleaba en aquel trabajo el tiempo de mis vacaciones, gastaba una parte de mis ingresos en satisfacer mi voluntad y, en cuanto al esfuerzo, no me parecía un consumo que se pudiera tener en cuenta, porque lo administraba con la pletórica y exclusiva generosidad con la que se puede malgastar cuando alguien se siente libre. ¿Tenía que esperar algo más?

Hoy me veo en la obligación de reconocer que el punto de vista insensato era el mío. Han pasado muchos años, y mi posición en la sociedad en modo alguno se ha modificado, a pesar del esfuerzo hecho. ¿Algún trabajo merece la entrega que exige, si no se obtiene a cambio alguna mejora en la posición que es inevitable ocupar cuando no queda otro remedio que vivir hundido en el lodo de la vida madura?

Lo peor fue que inevitablemente, a causa de mi irresponsabilidad, con gran insensatez por mi parte, había enredado a la señorita Valparaíso y a nuestra querida descendencia común en mis poco sólidas aspiraciones. Cruzamos los inhóspitos campos calcinados una y otra vez, en todas las direcciones, bajo tórridas temperaturas, y lo que más siento es que entonces el coche en el que viajábamos no tenía aire acondicionado y nuestra hija tenía entre ocho y nueve años. Creo que hubo momentos en que sufrió alucinaciones. Conservo pruebas de cierto día de julio cuando, yendo desde la capital a una de las poblaciones más distantes, sobre una de las tarjetas que utilizábamos para tomar notas, entre ondas, evocadoras del cuerpo que pierde consistencia cuando se derrite, escribió como único epígrafe Sol de verano. Afortunadamente no parece que nada de aquello le afectara a lo que es necesario para sobrevivir y goza de buena salud, y hoy concentra todos sus esfuerzos en organizar la más feliz de las convivencias.

Si cuento todo esto es porque quiero que mi experiencia sirva para que nadie más, en lo sucesivo, se aventure en una investigación por cuenta propia. Quien emprenda un proyecto de estos que siempre lo haga bajo la dirección de una autoridad reconocida, que elija un tema adecuado a lo que indiquen las necesidades del conocimiento, que nadie mejor que ella puede saber cuál es, y que no crea que por su cuenta puede resolver grandes tareas; que valore con exactitud los gastos de toda índole que el trabajo le pueda originar y que vea si puede efectivamente obtener por su intervención recompensa suficiente. Pero, sobre todo, que trabaje en condiciones saludables y que con su insensatez no arrastre a otros a los sufrimientos que cualquier trabajo inflige.