Mishail Abí. 6
Publicado: diciembre 8, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
No resistiría esta versión de los textos atribuidos a Mishail Abí la crítica más benevolente. Están plagados de anacronismos. ¿Cómo un escrito en la lengua fenicia, original de los comienzos del primer milenio antes de nuestra era, puede expresar conceptos tales como telúrico, convivencia, identidad o nutricio? No es admisible que sean palabras fijadas por el autor primitivo. Imposible. Tanto en la forma como en la idea abstraída corresponden a elaboraciones recientes de lenguas vivas. De alguna de ellas sería fácil deducir la filiación exacta por reciente. Es probable que en tal caso nos sorprendiera que su vida sea aún más corta que la nuestra. Bien la tradición que convergió en el escogido regalo a Seguier fue fatalmente contaminada por algún halagador sin escrúpulos, fuera el ambicioso Bosquet o con más probabilidad cualquiera de sus aduladores clientes; bien la edición de Héctor de la Ferriere fue descuidada, tal vez antológica y versionante, en unos tiempos en los que aún no regían con autoridad unas normas estables de edición leal. O bien cualquiera de las sucesivas reproducciones de lo que Ferriere publicara ha llevado el fervor arcaizante del transcriptor –el eslabón con el que nosotros hemos enlazado– a extralimitarse en sus retoques a la traducción, como ocurre con los atuendos de los actores que representan óperas de asunto histórico. Y todo esto sin hablar de las muchas expresiones cuya elaboración es sin ninguna duda posterior a la fecha pretendida para el original.
Todo esto ha sido suficiente para que subsistan en la crítica reservas sobre la autoría aceptada. Los más atentos analistas sostienen que Misahil Abí, para este texto, es un seudónimo que oculta un doble autor, aludido con un nombre compuesto. No le falta fundamento a la conjetura. Así como Misahil es un nombre que con facilidad puede admitirse como fenicio, Abí es una forma que igualmente sin mayor objeción puede aceptarse como palabra de un origen semita más impreciso. Lo que de ningún modo parece sostenible es que en el tiempo al que pretende remitirse la forma compuesta fuera de uso ese estilo en la denominación de las personas, y menos aún que Abí ocupara posición y aparentara función de patronímico. Más probable parece que por el primer nombre autores posteriores asociados intentaran expresar la fortaleza, la entereza de carácter, la sólida y valiente voluntad de ejecución, rasgos que corresponderían a la parte dominante de la entente literaria para aquel caso acordada. Y que, por contraste, con Abí quedara evocada la vertiente más dúctil de aquella comunión, el elemento que acompaña y se amolda a las aristas del ser dominante.
Ignora esta objeción que el hecho incontrovertible es que el nombre compuesto procede de las fuentes. El fundamento de sus observaciones alcanzaría hasta ellas, y obligaría a un examen más profundo del problema. Nada impide, sin embargo, contaminada o no en este punto la tradición, asunto que merecería tratamiento pormenorizado, pero que desde luego es caso aparte, el uso oportunista del nombre compuesto que el análisis más serio explica, por más que sus conjeturas no sean en rigor deducciones analíticas. Pudieron un par de autores aprovechar la oportunidad que les brindaba la forma en que nos ha llegado el nombre de aquel antiguo broncista para representar con apariencia de fundamento y esencia del ser su particular manera de ver las cosas.
Al menos un principio de solución a toda esta serie de incertidumbres ofrecería la consulta directa de los fondos aportados por Dubrovski a la Biblioteca Pública de San Petersburgo. Pero primero fue el hermetismo de la institución durante casi todo el siglo pasado, representación de la desconfianza que servía de justificación al ancestral estancamiento de cualquier gestión en donde Europa había quedado reducida a una isla enorme. Y luego ha sido el manifiesto desorden que a cualquier institución desequilibra, que al descubierto ahora sin pudor cualquiera de las rusas deja ver. Cuantos han intentado el contacto con aquellos venerables escritos, bien directo o bien por medios de comunicación de cualquier índole, entre los que se cuenta el autor de estas líneas, hasta ahora han fracasado. Imprecisión de las referencias, obras en la techumbre, cesantía del oficial encargado del departamento, pérdida de la llave del estante y silencio, impenetrable e infinito silencio, han sido parte de la colección de respuestas servidas por los servicios exteriores de la vieja institución.
Por el momento, pues, no queda más, por lo que a este asunto se refiere, que dejar las cosas en este punto. Hasta aquí alcanza cuanto ha llegado servido por la tradición. Desde Heródoto hasta Voltaire se sostuvo que el narrador que pretende ser veraz debe limitarse a escribir en beneficio del atento lector cuantos datos haya obtenido, con independencia del juicio que le merezcan, para que sea finalmente el afanoso indagador de las letras ajenas quien decida.
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