Mishail Abí. 5

Eladio Conradi

La Biblioteca Pública e Imperial de San Petersburgo fue por fin abierta en 1814, bastante después de muerta su feliz promotora. Gracias al sereno y meditado plan de acopio y gestión del que se había beneficiado, durante todo aquel siglo, y hasta la revolución de 1917, fue la mayor biblioteca de todas las Rusias, la que podía pasar por biblioteca nacional, y aun pudo ser considerada, entre 1850 y 1900, por la cantidad de volúmenes que en ella estaban depositados, la segunda biblioteca del mundo, tras la Nacional de París.

     Pasada la revolución soviética, por razones administrativas, dejó de ser la biblioteca preferente del estado. Pero no fue aquel cambio obstáculo para que la autoridad de su ya sedimentado prestigio se impusiera, y la vieja institución hiciera de centro que gestionara el patrimonio bibliográfico que a consecuencia de los nuevos tiempos iba siendo acumulado. En ella ingresaron millones de obras, procedentes de las colecciones privadas que habían sido confiscadas durante la más frívola de las aventuras políticas que puedan recodarse, y de otras públicas que por distintas razones habían quedado desintegradas. Como culminación de aquella ola de innovaciones, en 1932 la ya centenaria obra imperial fue rebautizada con el nombre del escritor Mijaíl Yevgráfovich Saltikov, más conocido por su semipseudónimo Saltikov-Chtedrine, cambio sobre cuya responsabilidad no debe buscarse razón alguna en la biblioteca misma. En la actualidad, restaurada como Biblioteca Nacional de San Petersburgo, este depósito gigantesco conserva la colección más completa de obras rusas anteriores a la revolución que se conozca, así como de obras extranjeras sobre Rusia.

     Desde el momento de su donación hasta hoy, la colección Dubrovski ha sido conservada en ella con tanto cuidado como escasos lectores. No deja de sorprender, habiendo sido el francés una lengua tan fundamental para la cultura rusa más occidentalizada. Habrá que responsabilizar a las dificultades para la lectura que lo escrito a mano plantea que durante décadas y décadas aquellos fondos casi nunca fueran leídos.

     Después de la revolución de 1917, algunos estudiosos repararon en ella con cierto desistimiento pero con sistema; a pesar de que durante la etapa que a partir de aquel momento comenzara, y que ha durado hasta tiempos recientes, el acceso a estos fondos, para cualquier lector no ruso, estuvo muy limitado, si no excluido. Pero durante el siglo precedente a la revolución, algún lector francés fue hasta allí arrastrado por la curiosidad, tras una penosa peregrinación, réplica de la sufrida marcha de los papeles de Seguier hasta Rusia, iniciación que lo preparaba para tan alto conocimiento. Entre los pocos que esta aventura completaron estuvo, antes que casi todos, Héctor de la Ferriere, el docto conde lionés, conocido por su afán, tan de persona sabia, de no decir lo obvio, de no alargar las frases, de decir lo justo para ser entendido. Tras sus fracasos políticos, inspirado por sus firmes convicciones republicanas, por los años sesenta del siglo XIX, entre otras decisiones acertadas, tomó la de emprender el viaje que lo llevó a San Petersburgo, donde pasó una larga temporada. Durante el tiempo que estuvo en la ciudad de los zares, trabajador infatigable, buena parte de sus esfuerzos intelectuales los concentró en la biblioteca imperial, con el propósito de conocer cuál era el contenido de los manuscritos que hasta ella habían llegado procedentes de Francia.

     A su regreso, refugiado en su castillo de Ronfeugerai, en la baja Normandía, preparó el balance de sus indagaciones. Apareció en París en el año 1867 bajo el título Dos años de misión en San Petersburgo. Manuscritos, cartas y documentos salidos de Francia en 1789. Contenía la noticia circunstanciada de cuanto había podido revisar de la colección Dubrovski, descripción que en bastantes casos alcanzaba hasta la copia literal de buen número de piezas, tal como entonces era común en los todavía indefinidos instrumentos descriptivos de las colecciones documentales, donde convivían simples referencias propias de inventarios con descripciones catalográficas o ediciones escasamente regladas.

     Con ser prolongada la estancia de Héctor de la Ferriere en San Petersburgo, y muchas las horas que dedicara al trabajo que se había impuesto, el balance de su trabajo pareció corto a sus críticos, una opinión que ha prevalecido. La masa de manuscritos que pasó por su mesa fue tanta, por efecto de su insaciable deseo de ver y ver, que resultó excesiva, y en apariencia desigual y dispersa. Tan poco fue el tiempo que pudo dedicar a cada pieza que en muchas ocasiones leyó con precipitación; de donde vendrían a derivar a veces imprecisiones, en otras indudables errores y en tantas tanta superficialidad en la interpretación que el contenido del manuscrito, conocido por el asiento que en su informe aparece, no puede saberse a ciencia cierta. Añádase que la conciencia de su limitada capacidad de consulta, la certeza de que sería imposible conocer el contenido completo de la colección, angustia que abrumó y ofuscó su trabajo desde su origen, le obligó a emplearse siempre seleccionando, y los criterios que para ello aplicó no fueron estables, definidos a partir de principios rigurosos, inspirados en ideas claras, explícitos siempre, y sí esquivos para el lector actual.

     Por reconocimiento al trabajo esforzado de la Ferriere, y a su deseo de servir a la verdad, debe quedar constancia sin embargo que por su palabra aquel pionero declaró que no creía que su campaña de lecturas fuera la culminación de empresa alguna, sino una apertura de puertas que otros lectores tendrían que franquear, el comienzo de una vida cuya muerte a él le estaba negada como consecuencia de la propia, como es común que al padre con el hijo le ocurra. Allá hay –decía, refiriéndose a los depósitos de la biblioteca imperial– maravillosos yacimientos de oro que esperan ser explotados; basta tener buena mano, voluntad y paciencia para buscar.

     El mayor mérito del conde, para quienes del gran templo de la República quieran saber, es haber rescatado, no sabemos si por la voluntad que le dictara su conciencia, la única versión por ahora conocida de los textos de Misahil Abí. No estaba entre los manuscritos orientales, sino formando parte del archivo personal que Seguier fue haciéndose, a consecuencia de su eficiente y leal gestión como administrador de la grandeza francesa; entre aquellos fondos de Seguier que genéricamente han venido siendo conocidos como manuscritos contemporáneos, simplemente porque utilizan como lengua el francés, aunque algo de híbrido deba reconocerse en su uso. Héctor de la Ferriere la descubrió en el legajo 107/I-III, descrito en su inventario como Colección de cartas originales de hombres ilustres del siglo XVII para servir a la historia, en tres carteras, 1633-1669.

     La correspondencia recibida por Seguier en su tiempo, en la parte ahora conservada en San Petersburgo, es una colección de entre dos mil quinientas y tres mil piezas, algo relativamente pequeño y abarcable, si se compara con los muchos millares que habiendo pertenecido a las series guardadas por el canciller fueron a parar en la biblioteca imperial. Es lógico que el conde fijara en ella su atención y se propusiera revisarla dentro de los límites de su campaña de pesquisa, más aún porque es una materia seductora, sabrosa y variada, ligera en ocasiones, sorprendente con bastante frecuencia, buena muestra de la dispersa apertura a temas imprevistos que puede llegar a convertir en reconfortantes las tediosas y áridas horas que es obligado dedicar a la investigación sobre documentos para cada jornada acumular, como recompensa a tantos esfuerzos, algunos gramos de oro.

     Las cartas enviadas desde las provincias al que fuera férreo responsable de la política interior francesa le informaban de todo cuanto los funcionarios, a su criterio, juzgaban de interés. Los había lacónicos, a la vez que estrictos cumplidores de su deber, corresponsales monótonos que periódicamente informaban sobre los mismos vagos asuntos con reiteradas palabras oscuras. También los había burocráticos y farragosos, extensos casuistas con aspiraciones a redactar los tratados de jurisprudencia que por fin dieran asiento a la ciencia de la recta administración de la justicia. No faltaban aquellos inevitables amantes del detalle irrelevante que casi a diario comunicaban al superior las sospechas que una palabra oída al paso, o un gesto visto en un instante, desencadenaban en quien permanentemente vivía sintiéndose perseguido por el odio que el delator merece.

     Pero igualmente los había perezosos y descuidados, frívolos funcionarios que solo en alguna ocasión descendían a contar en tono adulatorio asuntos con los que ganar la simpatía del que debía benevolente perdonar su irresponsabilidad y de este modo quedar redimidos. Nada en este caso como que el empleado provincial, la institución delegada por boca de su gestor o el señor intendente, con mayor frecuencia redactor de los textos que estaban reservados a un tiempo al trato discreto y personal mas de alta etiqueta administrativa, regalasen a Seguier con un comunicado de interés intelectual, por completo privado, para satisfacer el exigente paladar del canciller en materia científica, y así ganar pronto su favor.

     Fue François Bosquet, juez real en Provenza y Languedoc, luego obispo de Lodeve y Montpellier, uno de los que eligió el recto y ancho camino que sin dilaciones llega directo al corazón. Deslizó, como por casualidad, en una larga carta que escribiera a Seguier en 1644, ciertos pliegos, de procedencia desconocida, que a sus manos habían llegado por azar. Sabedor del interés que el canciller mantenía por aquel tipo de piezas, se complacía en adelantárselos en depurada copia. Se tomaba por lo demás la libertad de presentarlos bajo el título colectivo de Textos conservados de Misahil Abí el broncista.

     Toda aquella calculada trama de circunstancias, sabiamente culminada con tan directa declaración del contenido; como directo es finalmente el golpe del noble boxeador que antes amagó, y con desviados ademanes ha fintado, para encantar al contrincante y llevarlo hacia el lugar erróneo, donde primero lo atornilla y luego lo sucumbe; debió estar conducida al deseo que no debía ser declarado, colocarle a Seguier en pro de sus favores los pliegos que Bosquet reservaba. Fuera que el canciller desconfiara de que fueran auténticos los documentos que de manera indirecta le eran ofrecidos, fuera si no que bastó al curioso iniciador de la academia la lectura hecha por aquel medio para desecharlos; fuera aún que a su atención, entre tanta correspondencia recibida, escapara aquella novedad, el caso es que queda aquí interrumpido el conocimiento de la procedencia de los textos de Misahil Abí. De lo que Bosquet pudiera haber poseído no hemos encontrado otro rastro por ahora. A la colección de manuscritos orientales que Seguier hiciera desde luego no llegaron, por lo que, de ser cierta nuestra suposición de la enmascarada operación de venta, habrá que considerarla fallida. Solo queda la transcripción que a mediados del siglo XIX el conde Héctor de la Ferriere hiciera. Por medio de su lectura, exclusivamente, tendrá que formarse el lector cualquier juicio sobre su fiabilidad y su valor.

     Para su forjador, por el mar de bronce estaba representada el agua. Antes de que encontrara su destino en el orden de los sacrificios del clero organizado, el mar era la imagen de un lago, símbolo a favor de la teoría que sostiene que representaba el océano primordial. Cuando la naturaleza la restringe, el agua nunca debe prodigarse –dice Misahil Abí–. Aunque no haya quien de forma consciente se lo dicte ni quien lo declare, es un bien escaso, y a ella hay que dedicar atención aparte. Por eso responde sacralizando a quien de ella hace uso; es siempre agua lustral. Por ella los hombres prorrumpen en oraciones que la demandan como don a la divinidad.

     El altar de los sacrificios tenía la responsabilidad de ser el que representara el fuego. Para Hiram Abí, justificaba su presencia en aquel lugar que el fuego contiene potencias capaces para fundir la roca. Llegado el verano, quizás movidos por una pasión que los arrastra a confiar en los ritos, quienes trabajan la tierra, a la luz del crepúsculo del atardecer, queman los rastrojos con la creencia que cauterizan las heridas que ellos mismos, durante el año, abrieron en la epidermis de la madre que les asegura la vida. Agitadas cabelleras de llamas coronan el horizonte, entonces apenas una línea ondulada que se desdibuja donde la vista se pierde. Mientras transcurre la noche, la incandescencia de los campos se refleja en la bóveda celeste y tiñe la primera luz del día. Amanecido, ya consumado el sacrificio, el aire recibe el producto de la metamorfosis y lo traslada a las alturas. Vírgulas flotantes pautan el mensaje hermético y lo llevan hasta el patio de las casas, donde es interpretado como la rúbrica de un deber satisfecho.

     Con el más acertado criterio, el cuarto elemento decidió el broncista que fuera inmaterial, y que sin embargo, siempre que el templo tuviera vida, su presencia estuviera garantizada. Por las palabras de los ritos quedaba asegurada la región etérea, a la que sacerdotes y ministros, con sus votos y ofrendas, con sus cánticos, como si volaran, pretendían elevarse. En sus reflexiones sobre las virtudes del aire, reconocía que todo lo que es puede contenerse en lo que no se ve. Pero así como en los espacios abiertos las masas inasibles son una promesa, una expansión sin límites de la aptitud sensible, se tornan huidizas y misteriosas, inexpresivas, incapaces para una explicación cuando los edificios las conducen. En el templo, más aún que en las calles o en las plazas, más que en cualquier clase de construcción, son el flujo que hasta los humanos llega desde lugares más allá de sus posibilidades de percepción.