Mishail Abí. 2
Publicado: mayo 26, 2024 Archivado en: Eladio Conradi | Tags: historias Deja un comentarioEladio Conradi
La mejor creación de Mishail Abí, sin embargo, no debe buscarse entre las piezas por él fundidas, ni es necesario especular cuál pudo ser la primera, si el altar, la tribuna o el mar. De una parte de las fuentes se deduce que su mejor producto fue el sentido que diera con sus obras al atrio de los sacerdotes. Gracias a que aquel lugar fue su destino, conseguiría representar en el lugar sagrado las cuatro sustancias elementales de la primera física.
La tribuna, asentada sobre su sólido zócalo de bronce, representaba la tierra, el bien gracias al cual los hombres confiados a la vida pasiva ganan su identidad, valor al que delegan sus esfuerzos, materia sensible que entre sus manos les permite satisfacerse con el pulso que los verifica vivos, dominio sobre el espacio que les confiere derechos y vía que, emprendida, porque se prolonga insobornable, les proporciona la seguridad de un orden infinito; materia que emerge en cualquiera de los actos de los pueblos que para regular sus relaciones, porque han pasado el umbral de la agricultura benefactora, que los consagra productores, han debido radicarse. La tierra es la fuente de donde mana cuanto existe, y el abismo al que finalmente se precipita quien vive, lo que come, el lugar que habita, su cuerpo exánime y vacío. Toda la experiencia de los antepasados en la tierra yace disuelta, y de la tierra se levanta como los cuerpos desahuciados de sus tumbas. Nutre cuanto existe y da cobijo a cuanto se extingue; poso de sedimentos transgresores, férrica masa, fluido que las corrientes perezosas empantanan, destello de la cal, corrosión de la roca que nutre el metabolismo radicular.
Así fue teorizado por Mishail Abí, tal como puede leerse en una versión de sus textos originales que lamentablemente escaparon a la perspicacia de la crítica y cuya autoría sin embargo es discutida. La copia del manuscrito en la que está basada la edición que seguimos procede de la que hoy es la biblioteca principal de San Petersburgo, una de las más sólidas instituciones dedicadas al cuidado del libro en el mundo. Es una sencilla y buena versión de un original remoto, cuyo rastro debió perderse mucho antes de que existiera la lengua en la que fue escrita. Pudo ser uno de los primeros que usara el alfabeto, aunque para expresar el mismo viejo idioma de la Mesopotamia primera, elevado a modelo para la expresión escrita en donde sería levantada la definitiva e irreversible torre de Babel. El autor de la copia escribió su francés con una letra caligráfica clara, aunque tardía, hace más de trescientos años, desde luego en el transcurso del siglo XVII.
Perteneció aquel traslado a los archivos del canciller Seguier. Basta la mención de esta circunstancia para tener una idea precisa de sus características externas, y hasta de sus rasgos de estilo, lengua e incluso ortografía. Porque en las colecciones de textos de aquel hombre, pieza angular de la administración francesa por razón de sus cargos, convergen variantes ortográficas locales y modismos de región tan reconocibles como útiles para una precisa deducción externa. Tan característicos son que pueden asegurar hasta un grado de precisión sorprendente cualquier conjetura deducida de la forma de la expresión escrita; tanto que hasta un analista poco experimentado podría juzgar.
Aquellos documentos luego formaron parte de la colección de autógrafos y cartas llamada Dubrovski, una sorprendente concentración de lo que estuvo disperso cuando hace un siglo todo tendía a descomponerse; la misma que durante el frívolo tiempo soviético de la historia rusa, versión política de las caprichosas vanguardias, fue clasificada en el departamento de manuscritos de la que por aquellos felices tiempos de seguras convicciones debió cargar con el nombre de Biblioteca Gubernamental Pública Saltikov-Chtedrine de Leningrado.
Es oportuno aclarar origen e historia de la colección que formara Seguier con cuantos detalles hemos podido reunir; lo que es posible, al menos en parte, gracias a los materiales refundidos por L. D. Delisle, autor de una obra que tituló El gabinete de manuscritos de la Biblioteca Nacional, un completo trabajo que como obra definitiva apareció en París en el transcurso del año 1874.
La historia conocida de los manuscritos arranca del propio Pierre Seguier, el canciller Seguier, eminencia gris de una época en la que las decisiones que afectaban a todo el mundo se tomaban en París. Vivió entre 1588 y 1672, y desde su nacimiento su carrera estaba decidida. Habría de satisfacerse con la alta burocracia parlamentaria, la magistratura pretoria de la administración gala moderna. Fue suficiente para que llegara a ser uno de los hombres de estado más importantes de su época, porque en la organización gubernamental de aquel siglo de grandeza, primero bajo la dirección de Richelieu y después a las órdenes de Mazarino, ocupó el lugar inmediato al primer ministro. Reunió las dos responsabilidades de gobierno más eminentes, ministro de justicia, cargo para el que fue nombrado en 1633, y canciller de Francia, una responsabilidad que, sin que dejara de ser compatible con la que antes había adquirido, desempeñó a partir de 1635. Gracias a aquella acumulación de confianza, durante cuarenta años ocuparía el centro de la política francesa, y viviría seguro entre los que tenían las más altas responsabilidades y el mayor poder. Personajes de tanto nombre como el propio Richelieu o Luis XIII, el mismísimo Luis XIV, Mazarino, Ana de Austria o Colbert le otorgaron su confianza. De su valía personal y de su capacidad para responder a tantas obligaciones, así como de su enorme poder, da finalmente idea el siguiente hecho. Cuando Seguier murió, Luis XIV, el gran Luis XIV, se vio obligado a separar los dos cargos que el excepcional hombre había desempeñado, y por necesidades del oficio público otorgar cada uno de ellos a una persona distinta, momento a partir del cual jamás volvieron a unirse.
De las altas responsabilidades recibidas, la de mayor peso fue la cancillería. En aquella administración, el canciller hacía de jefe de la política exterior. Seguier, por esta razón, fue acumulando en sus archivos documentos sobre las relaciones que la gran potencia continental del momento mantenía con las que solo podían aspirar a emularla. De la enorme trascendencia de aquellos documentos da idea que todo lo relacionado con la guerra, que entonces era la de los Treinta Años, entre otros incursos en la materia exterior, eran motivo de su discreta atención.
Pero Seguier prefirió concentrarse en los asuntos internos por razón de la jefatura suprema de la justicia, cargo menos honorable pero, por conjetura deducible, más recompensado. A consecuencia de esa responsabilidad era el jefe de los organismos centrales de la potestad que sobre todas distingue a la realeza, y por tanto de cuantos como intendentes delegados regían los tribunales en las provincias. Por la misma razón, asimismo, era el director de todos los departamentos, gubernamentales o provinciales, que tuvieran el encargo de velar por el mantenimiento del orden. Toda la materia que afectara al recto gobierno de los súbditos del rey de Francia, tanto de justicia como la anterior de policía, era de su incumbencia, y en particular la información reservada que siempre debe conocer quien tiene que tomar decisiones políticas firmes y acertadas en las situaciones más comprometidas y a su debido tiempo. Era tan delicado cometido el que le obligaba a mantener expedita y fluida, veloz y reproductiva, una extensa red de corresponsales tendida sobre toda la superficie del estado.
En poco tiempo llegó Pierre Seguier a ser un conocedor proverbial de los asuntos internos, y a desarrollar, no puede asegurarse si en consecuencia o como origen, una extrema pasión por tan embriagante parte de sus responsabilidades, tanto que jamás lo extenuaba. Empleaba los más eficaces medios de información y espionaje a su alcance contra los conspiradores de cualquier signo sin parar en límite alguno. Reprimía con mano decidida –él mismo un látigo de acero con correas guarnecidas con púas– todo tipo de motín o sedición. Torturaba sin vacilar, si llegaba el caso, a los que permanecían sobrecogidos y mudos, días y días, en las cóncavas mazmorras de altas naves. Tan extraordinaria fue su fama como complacido cumplidor de su deber de policía que su nombre terminó cercado de una sórdida y absorbente sonoridad, como el negro nimbo que distingue al diablo. Durante mucho tiempo sería recordado como el implacable inductor de los más severos castigos contra la población civil amotinada. De todos, el que una fama más siniestra le valió fue el que durante unas pocas semanas descargó sin descanso contra los rebeldes normandos.
No sería imprescindible decir que por esta causa Seguier terminó siendo extraordinariamente odiado, si no fuera porque llegó a ganar un grado raro en la consideración de sus pertinaces malevolentes. Alcanzó a ser despreciado con la vehemencia que por alta y grande parece que puede llegar al cambio de estado, como la acumulación de calor que transustancia los líquidos; que hace que el odio, de ser natural gaseoso, porque es emanación de las pasiones, cristalice en fluido, y destile un venenoso humor vítreo que en quien lo concibe, a partir de aquel instante, inyecta la sentencia de muerte; licor vital que al tiempo lo sostiene y alimenta y lo mantiene entre los mortales activo solo para la venganza, deseo que contamina todo el cuerpo y va generando cada gesto y alienta el ser; tanto que, cumplida, quien lo produjera termina por no generarlo, decae y, si no muere, vegeta.
A partir de su gesta de Normandía, la presencia pública del canciller llegó a ser excepcional, desconfiado de preservar su vida. Fue una prudente decisión, porque el vapor que el odio destila el aliento de quien lo acumula lo difunde al aire en grado letal. A lo sumo, su presencia a los demás llegaba como la firma categórica que un asunto zanjaba al pie de un escrito. Cuando en 1648 estalló la Fronda, en cuanto la muta fue dueña de París, por todos los medios intentó celebrar un festín con el cuerpo del canciller servido en cuartos. Hubo preparadas ruedas y estacas con su nombre escrito, al tiempo que crueles homicidas levantaban corazones de funcionarios, siervos de los sacrificios, clavados en las puntas de sus picas al grito de ¡No hay fiesta si el corazón no la siente! Solo un azar benévolo, que actuó contra sus innumerables aspirantes a verdugo, le permitió prolongar su existencia.
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