Mishail Abí. 1

Eladio Conradi

Con ser majestuoso el edificio, la obra de fundición que para el templo de Melqart hizo Mishail Abí por encargo de la República lo sobrepasó. Tantos fueron los bienes ofrendados, fundidos con tan enorme cantidad de bronce, que no se puede calcular su peso, aunque todo el empleado lo tomó del que Adom Barek había atesorado para proveer a la fábrica. El obrador que debía moldearlos lo hizo instalar en un lugar próximo a la ciudad, que los arqueólogos ahora identifican con un yacimiento al este de la población que ha sobrevivido, a medio camino de la orilla oriental de un modesto cauce y las faldas de una elevación. Además, todo lo consagrado, la plata toda, el oro y los objetos acopiados durante años por Adom Barek, también fue traído por la República al templo y puesto en sus tesoros.

     Para ser colocados en el atrio de los sacerdotes Mishail Abí fundió el altar de los holocaustos, el mar y el dosel de las celebraciones.

     El altar de los holocaustos o de los sacrificios, cuya posición relativa a la fábrica principal era el lado oeste, frente al pórtico, fue emplazado justo delante del templo, en medio del patio, para que pudiera ser visible desde las tres puertas que le daban acceso. De planta cuadrada, estaba asentado sobre una roca doble, quizás mejor dos rocas cúbicas superpuestas, pódium sobre pódium de volumen decreciente según se ascendía. Hasta el más alto, sobre el que descansaba la masa de bronce, el acceso estaba limitado por una estrecha escalera, de pasos cortos y altos, trabada sobre la prolongación del eje de los pasillos del lado oriental.

     En la cima fue colocada la pieza de bronce preparada para que sirviera a los sacrificios, el altar mismo o ara en sentido propio, obra digna de admiración por sus dimensiones, su aquilatada fábrica y su capacidad. Era mueble porque debía recordar el altar de los santuarios itinerantes. Así evocaba que, como estos, siempre debía acompañar a los mortales durante la travesía de su existencia. Tenía ocho metros de largo, otros tantos de ancho y cuatro de alto, y fue dotado de un antepecho y una parrilla, y en su parte más baja, con una depresión. El antepecho, tras el que manipulaba el celebrante, delimitaba el espacio en torno al altar. La parrilla que cubría el ara debía soportar el peso de la leña, el calor del fuego que la consumía cuando estaba prendida y cribar las cenizas que el holocausto iba generando, y la depresión, recoger la sangre que manaba de las víctimas. Bajo el altar, coincidiendo con el centro del atrio, el arquitecto había previsto un sumidero al que confluían las cenizas filtradas a través del ara; un hoyo que comunicaba con los subterráneos del templo. Los restos que caían desde arriba luego eran llevados a un lugar junto a las faldas del monte Erik Magdal, habilitado a propósito para guardarlas.

     Fue colocada en el ángulo sureste del atrio de los sacerdotes la segunda obra magna de Mishail el broncista, el mar, un depósito que debía garantizar el suministro del agua lustral a las abluciones rituales de las víctimas, que, a decir de las Memorias, debían representar quienes tenían reservada la celebración de los sacrificios. Cilíndrico, estaba fundido con tanta masa de metal que las paredes de la obra tuvieron veinte centímetros de espesor. La longitud de su contorno, que pudo ser doce metros, se deduce de uno de los arquetipos por conjetura, porque la versión fenicia del texto primitivo, en el lugar donde debía informar del perímetro, escribiría diez. Reducida para la presentación escrita su forma, resultaría que de borde a borde el mar tenía una longitud de cuatro metros, y del filo que por arriba lo delimitaba hasta la base, dos. Para terminar de complicar de manera irresoluble el problema, su capacidad ha quedado oculta tras las frágiles palabras de las fuentes. En un lugar de los textos el intérprete encuentra escrito que era de dos mil medidas y en otro que valía para contener tres mil.

     No es posible en esta ocasión apelar a la salomónica deducción metrológica que tranquiliza al exégeta, porque no está especificada la clase de las medidas a la que el texto quiere que el lector se remita. Es tan indeterminado su enunciado que todo el esfuerzo de interpretación es inútil. Debe permanecer pues en estado hermético lo que carece de razón para ser motivo de misterio. Así ocurre en innumerables ocasiones con los textos antiguos, que cursan tradiciones deficientes, y por consecuencia desorientan a sus lectores. Quien confunde lo defectuoso con lo desconocido, y de esta manera se siente atraído por la pasión por averiguar causas, lo percibe como un oscuro enigma, cuya interpretación trascendería la capacidad de saber. Cuando además el misterio aparente está envuelto por números parece tanto más inaccesible, porque el conocimiento basado en cifras sigue cargando con el estigma de reservado.

     Algún provocativo redactor de la crónica, tan hábil como complacido, recreándose en el acto de la narración, subrayaría las dificultades que se interponían en el que solo podía ser el tortuoso camino que por la vía de la razón conducía al núcleo, y concluyó, en beneficio del objetivo que para su texto se había propuesto, que aquel punto esencial era impenetrable. Lo haría atraído por la tentación permanente, mientras se cuenta, de alcanzar la lengua que se propone llevar al límite el alumbramiento de las ideas. En realidad, lo que ocurría en su relato era justo lo contrario. Todo lo que había quedado ensombrecido era inservible. El origen de la oscuridad en la que se había encallado el relato pudo ser un error o una incomprensión, o un simple trasvase de un sistema métrico a otro, correcto o incorrecto, al que se aliaría después una secuencia de copias cada vez más alejada del sentido original de las palabras. La explicación detallada de cuanto la cadena de prejuicios contiene hubiera sido literariamente exacta y tal vez inmejorable.

     El borde del mar era como el borde del cáliz de la flor de la azucena, o como el filo del cáliz de la flor de lirio, y bajo el borde, a lo largo de todo el perímetro del enorme volumen, Mishail Abí colocó para adornarlo un friso que tenía como tema un impúber, la víctima propiciatoria del holocausto del rango más alto. Había diez por cada cuarenta centímetros, dispuestos en dos órdenes, con bastante probabilidad uno superior y otro inferior, y fundidos en una sola masa de relieve. Y para enriquecer el aspecto de aquel friso todavía Mishail hizo otras dos filas de calabazas, frutos duraderos que en la representación acompañaban a lo que también debía desaparecer por el sacrificio, y las puso junto al friso, fundidas asimismo en una sola pieza. Las calabazas daban toda la vuelta al mar, a lo largo de los diez o doce metros del perímetro.

     Descansaba el mar sobre doce bueyes o toros exentos, que tenían sus tercios traseros vueltos hacia el interior, de modo que encaraban a quien los mirase, como los leones del patio que está en el centro del palacio más reciente de los que ocupan la Alhambra. Pero, a diferencia de estos, estaban ordenados en cuatro grupos de tres, cada grupo orientado a una sección de los vientos cardinales, como los atrios interiores: tres al norte, otros tres al oeste, tres más al sur y tres al este. Así aquel lugar pudo parecer el origen del orden del espacio descubierto del santuario.

     En correspondencia con el mar, para componer la simetría, estaba levantada la tribuna, también conocida con el nombre de dosel de las celebraciones. Su cuerpo era de madera, pero en algún lugar de las fuentes está escrito que había sido levantada sobre un estrado asimismo de bronce, que tuvo dos metros de largo, otros dos de ancho y un metro veinte centímetros de alto. Aunque la tradición no lo reconoce como obra de nuestro excelente broncista, sí puede servir como indicio en su favor un hecho positivo. La República mandó hacer el estrado de bronce para que fuera colocado en el ángulo noreste del atrio de los sacerdotes. No sería correcto no adjudicarle aquella obra, puesto que también en bronce fue fundida. A nada compromete la reiterada refutación; no incurre en responsabilidad directa alguna. Al contrario, una atribución en este lugar cierra y completa una secuencia, y ayuda a ordenar sus momentos a quien se interesa por los detalles del relato. De ningún modo se pretende que la memoria conservada de Mishail Abí se vea, por culpa de un autor que preferiría antes verse reducido al anonimato, contaminada o expuesta al entredicho. Conocidas bien las piezas que en el atrio de los sacerdotes había, hasta su orden en el espacio, y cuáles han quedado descritas de modo satisfactorio, y cuáles no, puede especularse que aquel estrado fue el zócalo sobre el que el dosel de las celebraciones pudo levantarse.