El anticuario
Publicado: enero 24, 2024 Archivado en: Remedios Alpuente | Tags: historias Deja un comentarioRemedios Alpuente
Me recibió vestido de etiqueta: un impecable frac negro, chaleco brillante sobre camisa blanca y corbata de lazo de blanco marfil. Nada que no pudiera esperarse del personaje que ha hecho de sí. La sala donde entramos estaba amueblada con los enseres imprescindibles, una pequeña mesa al centro, de madera reluciente con incrustaciones, apenas algún asiento. Al fondo, la habitación no tenía pared. Se abría a un inmenso salón donde con un sorprendente orden cientos de piezas estimables se guardaban. Todo lo que del suelo era de un mismo material estaba hecho, todo de madera era. Las paredes estaban reservadas para una infinita colección de espejos enmarcados en caprichosos marcos dorados, y del techo solo colgaba cristal, marcando el eje de cada lámpara el centro de una supuesta habitación, piezas que no podían existir porque todo estaba contenido dentro de un mismo espacio, aunque dividido estaba por cada orden de muebles.
Por fin me enseñó la joya de la casa. Era un grueso cristal en tres partes, que posó sobre la pequeña mesa de centro más próxima. Un par de impactos de bala, tan cerca uno del otro que ojos casi montados y confundidos parecían, apenas habían levantado sobre el cristal las escamas bastantes para que yo evocara aquella imagen. Tan dura era la materia. Pero las otras dos porciones del bloque único se habían separado con un corte limpio, seco y transparente, no opaco como el impacto de las balas. La asistenta, en un descuido, había dejado caer la valiosa pieza, y en el golpe contra el suelo había cedido con aquella limpieza la intimidad granítica de su esencia.
Las estatuillas de bronce, tres femeninas y otras tres masculinas, estaban expuestas aparte, en una vitrina. Las ofrecía a la venta como piezas para coleccionistas interesados en la primera antigüedad, una superchería que sin necesidad de disponer de información especializada se le podía suponer. Según me dijo, procedían de estratos contemporáneos a la primera mitad del periodo precedente al origen de la Monarquía Unitaria, tan maltratada luego por el tiempo. Por detalles en apariencia insignificantes, excelentes analistas, añadió, hacía décadas habían deducido que representaban de manera intencionada gente siria con inclinaciones herméticas. Los hombres, me hacía ver con el índice, “están representados con el potente cinturón metálico que más tarde usarían los dálmatas délficos y otros pueblos de la región”, y el gorro que distingue al más característico de ellos probablemente represente, según cree, el cónico utilizado hasta tiempos contemporáneos en el norte de aquel país del extremo oriental del Mediterráneo, “el mismo que aparece en sus monumentos de todas las épocas”. Por si esto no fuera suficiente, un par de rasgos, que eran habitualmente valorados como distintivos de las poblaciones antiguas, marcaban de manera aún más directa la singularidad de las piezas. Los hombres aparecían con el pelo corto y el bigote afeitado, siendo que sus contemporáneos y vecinos bien se afeitaban rostro y cabeza por completo, bien se dejaban crecer cabello y barba. Definitivamente, no quedaba margen para la duda sobre la intención del promotor de aquellos moldes. Su deseo era que en las estatuillas fueran reconocidos hombres de Levante, lo que acabaría de manera decisiva con la posibilidad que sin embargo había atraído más la atención de los especuladores, a los cuales no eran ajenos ni Píndaro Mejías ni sus asociados.
Otros hechos ponían sobre el rastro de una prueba aún más interesante. El primero era la confirmación por medio arqueológico de cuanto los análisis técnico y formal de las piezas indicaban. En los mismos estratos en que fueron encontradas las seis estatuillas, quienes trabajaban para los promotores de la extracción de esta clase de objetos, también encontraron sellos orientales, unos originales y otros que los imitaban. Eran una buena demostración de los lazos culturales, y de la manera en que eran anudados en el lugar de destino.
Fue esta reflexión la que dio alas a mi análisis. Cuando se detuvo en las figuras masculinas, las conclusiones no fueron muy favorables a la posibilidad de que aquellos productos demostraran una influencia llegada desde tiempos y lugares remotos. Las manos de las figuras masculinas estaban fundidas de manera que formaban un hueco cilíndrico. La intención de este acabado, le comenté, sería que cada figura sostuviera algún objeto, de cuya forma o tema al parecer no había llegado el menor rastro. A partir de esta evidencia, se había propuesto, siempre según mi amable anfitrión, que pudo tratarse de piezas añadidas, fabricadas en otro metal, como por ejemplo la plata, razón que pudo contribuir a que desaparecieran.
Pero el verdadero problema estaba en dilucidar si lo que estas estatuillas llevaban en las manos eran atributos que permitían distinguirlas como imágenes o solo eran piezas votivas. En el primer caso, los representados evocarían dioses y en el segundo serían donantes virtuosos, atenidos a la moral que los hombres debían seguir cuando reconocían y se rendían a la existencia de seres superiores.
Entre los dioses de Levante de épocas posteriores, los había que eran imaginados con un hacha en la mano. Del inmediato sur parecían provenir otras figurillas, bastante toscas, fundidas en cobre, que también representaban dioses y que portaban una lanza. Para reconocer la posibilidad de que pudiera tratarse de imágenes votivas, o representación de donantes heroicos que portaban ofrendas o votos, para ser depositados ante un ser superior, bastaba con valorar el aspecto de las figuras. De su análisis parecía desprenderse su más que probable vínculo directo con el oriente meridional. La más elemental consideración de las técnicas así lo había adelantado. Además, era tanto más probable cuanto que los que representaban las figuras de las que se trataba vestían un ancho cinturón y su sexo era ostensible. Que los hombres comparecieran desnudos probaba que se encontraban ante la divinidad.
Si parecieran convincentes estas pruebas favorables a los hilos que pudieron unir las figuras masculinas con la cultura de oriente, podría aceptarse que las tres figuras femeninas estaban creadas a partir de las mismas ideas, aunque también en este caso se hubiera dudado entre que fueran imagen de diosas o de donantes. Si porque fueran desnudas y la desnudez estuviera subrayada los ejemplares masculinos podían ser genuinos, sin necesidad de otro indicio, las femeninas debían ser apreciadas del mismo modo, porque las mujeres que representaban comparecían igualmente por completo desnudas y con el sexo muy marcado, incluso se diría que rasurado.
No obstante, en este caso había aún más indicios a favor de los posibles lazos repetidos. El característico gesto con el que estas mujeres comparecían, con los brazos bajo el seno, de tal manera cruzados que con cada mano levantaban la mama del lado opuesto, también había sido reproducido en las pequeñas figuras de los sellos para la impresión de placas de arcilla. Ningún rasgo formal más concluyente. El gesto era tan elaborado, probablemente porque se había convertido en signo distintivo de algún juego de sumisión, que no era fácil aceptar una coincidencia en las formas por azar.
Sin embargo, apostilló el anticuario, “lo que hasta este momento se ha comprobado es que el rito de orar desnudo solo ocurría en oriente.” “Bueno, no del todo”, repuse. “Tan refrescante sumisión, común a todo el mundo mediterráneo, sobrevivió con su carga supersticiosa por siglos. Cuando estaba siendo procesado, entre sus faltas, el bueno de Prisciliano confesó, algunos creen que estimulado por una tortura sabiamente dosificada, que oraba desnudo. Pero, si fuera incuestionable que la desnudez del orante es una manifestación exclusivamente oriental, tanto mejor. No solo de esta manera se podría reconocer con mayor fundamento que pudiera tratarse de camuflarlas como figurillas de donantes, sino que aportarían al tiempo la primera prueba seria en favor de que su origen estuviera próximo, por cualquier concepto, al mundo de los demonios benevolentes, fácilmente relacionables con la imagen con la que comparece Lilith. No en cualquier sitio ni ante cualquiera se desnudan los hombres.”
Las referencias a un mismo tiempo a los rasgos locales y a los elementos significativos eran lo bastante directas y sencillas como para pensar con más razón que el autor no quiso o no pudo escapar a aquella mistificación. Supuse entonces que eran obras de conocedores de su virtud por intermediarios, pero por completo consecuencia de la influencia que las representaciones de Lilith habían tenido. De allí habría provenido el sentido que su autor les diera. Juzgar con acierto sobre el sentido y los posibles vínculos de los que estas figuras pudieran hablar, concluí, era del mayor interés para conocer el valor reconocido al héroe masculino conmemorado por ellas.
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