El origen de la especie
Publicado: diciembre 14, 2023 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Narciso Sidmaringen había cursado biología en Érfurt, en cuya universidad contactó con un grupo de pintores de vanguardia que le obligó a revisar su visión del mundo.
En su mayoría eran rusos jóvenes, unos exiliados por razones de discrepancia, otros convencidos de que solo la savia occidental podría regenerar su cultura, víctima de la autocracia más impasible que haya existido.
Con las autocracias pasa como con los rayos del sol, que unos se perciben con resignación, otros con entusiasmo y otros sin que quien los padece tenga conciencia de sus perjuicios; mas con una diferencia. Así como para unidades de tiempo algo dilatadas la tolerancia de la piel, o de los ojos, son medianamente estables ante los rayos de sol, la autocracia puede tener efectos dispares aun en un continuo, de modo que quien la recibe puede sin intervalo repudiarla, combatirla, aceptarla con resignación o ignorarla. Tal es porque la emisión de las fuerzas de la autocracia es constante, mientras que la capacidad de resistencia de sus pacientes receptores oscila por el efecto inorgánico de la atención: a lo que ocurre, que absorbe, a las preocupaciones cotidianas, que distraen, o al insomnio, que la eleva a obsesión.
Los rusos de Érfurt habían decidido romper con todo. No solo donde debían dibujar triángulos trazaban líneas quebradas, donde pirámides, cilindros, o cuando alguien podía esperar de ellos una expresión emotiva, en vez de una rosa, pintaban una chimenea. Propugnaban una dieta desconcertante, sin reglas ni equilibrios, muchos cigarros, ningún alcohol y nada de siesta complementaria. Solo en la música encontraban armonía, por más que fueran incapaces de traducirla a normas que la explicaran.
Narciso, siguiendo su estela, entre citología y cultivo optó por el trombón. Hacía tiempo que deseaba averiguar la causa de un sonido que vibra en las entrañas, y que desde ese centro sube por las venas hasta la cabeza. Estaba convencido de que parte del secreto lo contenía la manera de meter el aire en los tubos. “Cuando soplan por la boquilla, los trombonistas en realidad cantan, tararean propiamente.”
Mientras soplaba, de boca de sus admirados contraventores oyó que solo en el Caribe sobrevivían los instrumentos de percusión puros. Desistió del trombón y se pasó a la conga el mismo día que presentó un proyecto de investigación de la malaria en Haití, uno de sus medios endémicos. El propósito de su coartada científica era transcribir a un pentagrama las diferencias tonales entre el bongó y la conga.
Se estableció en Petionville, emporio subsidiario. No eran su comercio, sus centros de gestión de la urbe, el trazado de sus vías las que la elevaban al orden de los fenómenos urbanos singulares. Eran sus edificios, resueltos con materiales perecederos suministrados por el medio, que permitían renovarlos permanentemente y un permanente reciclaje, más la masa compacta que entre todos, sin intervalos, componían, los que le otorgaba la condición de urbe única en el planeta.
Tuvo que adentrarse en su montaña. Encontró en una calleja una vivienda que debía compartir con dos familias, una criolla venida a menos y la otra de origen africano. Ni siquiera entre la oriunda de Gambia encontró a nadie que tocara conga o bongó, ni nada parecido, ni nadie, de su generación o de las inmediatas anteriores, había oído hablar jamás ni de bongó ni de conga alguna. Sí de leones, serpientes, marsupiales, gorilas e hipopótamos, más algunas pirañas y caimanes, y hasta de tribus antropófagas.
Terminó absorbido por ellas. Tuvo que devorar para sobrevivir, y esto le permitió doctorarse en prácticas caribes. Sentó cátedra en Port-au-Prince y de allí jamás volvió.
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