Heliogábalo
Publicado: octubre 8, 2023 Archivado en: Tadeo Coleman | Tags: historias Deja un comentarioTadeo Coleman
Heliogábalo, uno de los emperadores degenerados que proclamaba el ejército, dueño del poder efectivo, que necesitó servirse de la crueldad sin razón para justificar sus decisiones abusivas, a principios del siglo tercero de la era, para satisfacer su depravación excéntrica restauró en Roma, solo por el tiempo de su imperio, el sacrificio infantil nacido en oriente.
Su nombre anterior habría sido Vario, a causa de que Simiamira, su madre, sin cuya anuencia nunca tomó decisión alguna, lo había concebido de semen sin identificar, el mismo que mantuvo a su progenitor, ser único entre los candidatos a padre, en el anonimato.
Según Elio Lampridio, uno de los autores recopilados en la Historia Augusta, el nombre que después lo distinguió era el de un dios solar, originario de Siria (pues los fenicios llaman Heliogábalo al Sol) de donde llevó su culto a Roma y del que antes había sido sacerdote.
Aún en oriente, se había iniciado en el culto de la Magna Máter según el rito del taurobolio, durante el cual sobre el neófito caía la sangre de un toro mientras lo sacrificaban; imitó sin excederse los ritos de los galos, los sacerdotes de Cibeles que alcanzaban el grado santo una vez que se emasculaban; y tomó cuantas iniciativas rituales convenían al engrandecimiento de su dios. Cuando llegó a Roma para comenzar su gobierno, consagró a Heliogábalo el Palatino y lo hizo templo con la intención de que fuera el del dios único, tanto para judíos como para samaritanos y cristianos.
Para restaurar el sacrificio infantil con todo su rigor, designó a lo largo de toda la península itálica a hijos de familias nobles mientras aún eran niños y vivían sus progenitores, y recargó el rito con la tortura. Actualizó la verificación del comportamiento de los progenitores durante el sacrificio, tal como se mantenía durante los años en que se había recurrido a la víctima vicaria. Debían estar presentes en el acto, y su entereza frente a la adversidad decidía sobre la satisfacción del pago debido a quienes habían tenido que vender a sus hijos para que fueran primero mantenidos, luego criados tal como correspondía a la condición aristocrática de la familia oferente y finalmente entregado a las llamas. Y todavía lo innovó con el concurso de una suerte de arúspices, que actuaban bajo su dirección cuando el sacrificio, que habría prescindido del holocausto, se había consumado. Examinaban las vísceras del inocente, y si encontraban en su disposición augurios favorables daban las gracias a las divinidades que tan indignamente los habían aconsejado.
A decir de Lampridio, actuó con tan exacerbada crueldad inspirado por el deseo de multiplicar el padecimiento de quienes tenían que renunciar a ellos después de haberles dado la vida, y antes de que ningún accidente, de salud o por obra de un azar indeseado, los hubiera interferido.
Los relatos de la Historia Augusta han sobrevivido desprestigiados, y Elio Lampridio pasa por apócrifo. No sería justo que la memoria de Heliogábalo, solo por haber encontrado este camino, no mereciera la condena. Al contrario, la crueldad que el narrador le atribuye la hace más veraz. Quien ingenió la Historia Augusta se habría servido de la cobertura de un intermediario imaginario para deslizar lo que de otro modo rechazarían sus lectores.
Comentarios recientes