Publicado: febrero 24, 2023 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Sansón Galilei | Tags: trabajo, agrario |
Sansón Galilei
Desde la infancia, gracias a los programas para la detección precoz de enfermedades y malformaciones ocultas, cargo con la conciencia de un ojo vago, que en nada demora mi percepción de las monstruosidades.
Con B. Desmoulins he intercambiado, en más de una ocasión, puntos de vista sobre asuntos de interés común. Nunca nuestros encuentros han sido previstos. Por ser fortuitos, han sido más vivos que las polémicas organizadas, que prevén las conclusiones. Hemos discutido sobre metrología, crédito, gobierno de los municipios, límites de los términos, demora en el pago de las rentas por cesión de las tierras. Raras han sido las coincidencias de opiniones.
El último intercambio de juicios sobre la jornada laboral no me ocupó más que el tiempo que consumió nuestro encuentro. Solo cuando he tenido noticia de su diatriba, de tan escasa autoridad, tan intolerante, lo he recuperado. No deseo prolongar innecesariamente una polémica que me parece de escasa utilidad, pero sí deseo acogerme al derecho de réplica que en esta ocasión, creo, me asiste. La limito a un testimonio que me parece incontestable, sostenido por la potestad legislativa de Pedro I de Castilla, alguien del que nuestro B. Desmoulins, según me ha confesado en más de una ocasión, percibe la atracción que irradia del perdedor.
En 1351, con ocasión de las Cortes de Valladolid, tomó decisiones sobre los trabajadores manuales que se solían alquilar. La expresión que utiliza para referirse a ellos deja al margen, con la eficacia de la palabra precisa, a los que trabajaran sin la posibilidad de obtener una renta a cambio del esfuerzo hecho en beneficio de otro. Su objeto serían solo los que ceden su trabajo por una duración acordada, de los que ni siquiera reconoce que todo su tiempo lo emplearan con aquel provecho. Solo deja a salvo que en su caso era lo más probable.
Además de carpinteros y albañiles, menciona, como trabajadores que acceden a esta modalidad de relación, a peones, obreros, obreras y jornaleros, los que de antemano podemos reconocer como activos agrícolas esporádicos. Tampoco los artesanos especializados, como los dos que cita expresamente, serían ajenos al trabajo en el campo cuando trabajaran bajo aquellas condiciones. Es probable que ni los cualificados ni los que carecían de formación específica, gracias a las rentas así obtenidas, accedieran a los bienes patrimoniales que les permitieran avecindarse en el lugar donde vivieran. El rey, de antemano, a todos los considera solo moradores.
Mandó que a las plazas en las que acostumbraban alquilarse, del lugar donde residieran, cada día salieran con sus herramientas y su vianda en rompiendo el alba. Así se desplegaría el mercado diario en el que ofrecían su trabajo, como por días lo venderían, y así comparecerían ante sus demandantes, como los soldados a los alardes, ya equipados para emprender la faena en cuanto fueran contratados. Se actuaría de aquel modo para que abandonaran la población de partida, con el fin de hacer las labores para las que hubieran sido alquilados, en saliendo el sol. Trabajarían durante todo el día y retornarían de sus labores en el momento que les permitiera llegar de vuelta a la población en poniéndose el sol.
Hasta aquí podría admitirse parcialmente el punto de vista de B. Desmoulins. Sin duda, quienes tenían que desplazarse al campo, el tiempo que dedicaban al trabajo cada día incluía el de la transacción que terminaba en contrato y el de los trayectos de ida y vuelta.
Pero, por aquella misma moción de las Cortes, el rey también decidió que quienes trabajasen en la población donde fueran alquilados tendrían que emprender la actividad desde el momento en que es ello el sol, y debían dejarla cuando se pusiera. Creo que es concluyente. Nada dice la norma de intervalos o descansos. Claro que habría un tiempo dedicado a la comida. Pero no hay indicio de que el peculiar Pedro I, que algunos han valorado como anticipador prematuro de las innovaciones, razón que le habría valido la crisis que dio origen a su trágico final, hubiera previsto evitar intemperie alguna.
Publicado: febrero 11, 2023 | Autor: jgarcialeria | Archivado en: Bartolomé Desmoulins | Tags: trabajo, agrario |
Bartolomé Desmoulins
Alguna vez he discutido la expresión de sol a sol, referida a la duración de la jornada de trabajo, si es que se recurre a ella para dramatizar las penosas condiciones en las que se trabajaba en el medio rural antiguo. Seguro que las condiciones de trabajo eran duras, como sigue siendo cualquier dictado de regímenes productivos en los que se impone el tiempo o el rendimiento. Para que carguen con el estigma de la condena, no es necesario recurrir al melodrama que represente el día rural de trabajo como un continuo ininterrumpido mientras haya luz solar, que es lo que se pretende cuando se recurre a aquella expresión.
Antes que yo, en estas páginas, alguien ha abordado el asunto y lo ha hecho con un criterio que en buena medida comparto. Hablo de memoria, y es posible que sea demasiado esquemático. Pero, en lo fundamental, quien antes que yo ha revisado aquí este problema, ha defendido que a fines de la edad media, para algunos lugares de las vegas interiores del sudoeste, se puede documentar que la jornada laboral se computaba desde antes del amanecer, que el trabajo comenzaba cuando el sol ya había salido y que concluía cuando alcanzaba el cénit; en cuyo caso, si al mismo tiempo se recurriera a la expresión de sol a sol para resumir la duración de la jornada laboral, el primer sol sería el del primer crepúsculo y el segundo el de su mayor altura en el transcurso del día.
No siempre mi opinión sobre el parecer ajeno ha podido ser tan complaciente. En una ocasión, el ojo vago de mi interlocutor, adaptado a una vida regalada, estuvo a punto de salirse de la órbita y estrellarse contra el cristal de ventana, que no lente, que lo mantiene a resguardo, mientras le explicaba, en términos similares a los que acabo de emplear, lo que había podido saber gracias a tan valioso testimonio. Excuso las palabras a las que recurrí para vencer su cerrazón. El intercambio de puntos de vista solo pudo desembocar en una suspensión de las hostilidades que aún se rige por el armisticio, a la espera de una paz resolutiva.
Comparto la opinión sobre las dificultades para encontrar informes sobre este asunto lo bastante descriptivos como para formarse un juicio acertado. Es tan obvio para la masa de los condenados a cargar con la cadena perpetua del trabajo que como los hábitos de aseo, o los del descanso, no necesita recurrir a pormenores cuando se pone por escrito. Por eso, en su defecto, permanezco atento a cualquier referencia, sea o no directa, y la sumo a la colección de piezas sueltas que pacientemente voy formando.
Cuenta Trelawny, en sus Memorias de los últimos días de Byron y Shelley, un viaje que hizo entre Livorno y Génova a fines de septiembre de 1822, una fecha en la que aún, en la península itálica, el modo de vida rural no había sido alterado por las innovaciones tecnológicas. Viajaba a caballo al paso y en aquellas fechas aún hacía calor. A diario, él y su acompañante recorrían entre treinta y cinco y cuarenta millas. Para completar sus jornadas, se ponían en marcha a las cuatro o las cinco de la mañana, y recorrían los caminos hasta las diez o las once. Paraban entonces en algún lugar habitado, o en despoblado donde hubiera sombra y agua. Daban de comer a los caballos, desayunaban, fumaban una pipa y sesteaban. Así recompensaban el esfuerzo que les había costado la mayor parte del trayecto de cada día. Repuestos, a las cuatro o las cinco de la tarde, reanudaban el camino hasta alcanzar la próxima estación de su plan de viaje. Cada día que pasaba mejoraba el estado físico tanto de los caballos como de los hombres, y concluye: Nunca he disfrutado de un modo de vida más sano y agradable que este.
El plan de viaje de Trelawny es tan elocuente que no necesita quien lo defienda. Está regido por un principio sencillo. Para completarlo con éxito, se trataba de evitar las horas de más calor de cada jornada. De este modo, no solo se combatía cualquier contratiempo para la salud, sino que se mejoraba su estado.
En el medio rural antiguo, la misma cordura se impondría de manera espontánea. En las épocas de temperaturas más inclementes, la jornada de trabajo rural se acoplaría al ciclo térmico diario, fraccionando los tiempos de manera que se evitaran sus comportamientos extremos. Sin ninguna duda, el ciclo completo, ya en el lugar de trabajo, se ajustaría a la duración de la luz solar. Un sol, el del crepúsculo del orto, marcaría el comienzo de la jornada, y otro, el del crepúsculo del ocaso, el final. Pero, entre uno y otro, los intervalos a un tiempo se aprovecharían para reponer fuerzas y evitar las horas de exposición de resultaran más perjudiciales para hombres y animales de trabajo. Ni unos ni otros trabajarían ininterrumpidamente de sol a sol.
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