Microeconomía

Rosendo Abril

Isaías trabaja en la casa desde siempre. Ha sido nuestro chófer desde que el abuelo de Fernando, otro más de la familia, compró el primer Ford, negro como el dedo del diablo; más que negro, fúnebre; de cuatro puertas, estribo, techo alto y motor delantero; un prodigio de la mecánica contemporánea en serie. Lo compró en el puerto, recién descargado de la bodega del trasatlántico que lo había traído hasta Málaga, a donde su abuelo iba a comerciar en pasas. Fue a causa de una novia que tuvo, antes, durante y después de su matrimonio, natural de Ronda pero afincada desde niña en el litoral. El padre, calculador, consintió la relación en beneficio del capital de la empresa envasadora de la uva moscatel que administraba. Su dueño, establecido en las Molucas, había creado una factoría de especias con la esperanza de monopolizarlas en la península. Invertía en oriente lo que drenaba con la venta de las pasas, lo que descapitalizó alarmantemente la casa matriz. El padre de la novia del abuelo vio en él la oportunidad de arruinar definitivamente al empresario de las pasas y hacerse con el negocio. Todo consistía en que el abuelo, bajo nombre falso, hiciera un pedido ciclópeo de pasas, no las pagara y despareciera, tan incorpóreo como su seudónimo. La empresa quebraría y ambos la comprarían de saldo. El abuelo no tenía un duro para intervenir en el negocio. Vender su firma falsa fue toda su inversión. Un sinvergüenza sin paliativos. Su capital fue su extorsión. Sabía demasiado, y lo fue detrayendo al administrador, periódicamente. Era imprescindible que visitara regularmente Málaga y contrató a Isaías, que entonces conducía un taxi. Para retirar sus beneficios y de paso cumplir con el débito conyugal, según creía el padre, quien había asistido a una boda en Antequera, preparada por el astuto abuelo, en la que el sacristán de la iglesia, que siempre vestía sotana, celebró un solemne enlace de valor nulo. Tan falso como el registro que firmó. Con nutrida concurrencia de acólitos, músicos e invitados, todos figurantes que el padre con gusto pagó, convencido de que liquidaba una dádiva y no la obligación de un contrato. Lamentablemente, el matrimonio no procreaba, la esperanza del padre para concentrar el capital. Solo a un aborto tuvo que arriesgarse la novia, en condiciones temerarias, tras el cual las más depuradas técnicas de contención del disparo seminal, importadas de París, se impusieron. Aquel capital al abuelo, además de una doble vida, que sostenía con naturalidad y constantes viajes inexcusables, con Isaías ya al volante del Ford, le permitió dedicarse al préstamo, con tanta fortuna que fue uno de los socios fundadores de la caja de ahorros. Fue creada como patronato benefactor de la clase obrera, para que los operarios de los nuevos tiempos, del campo y de la construcción, pudieran edificar su casa a bajo interés y largo plazo. De la caja su hijo Ramón fue, desde que tuvo edad para ser responsable de sus actos mercantiles, miembro nato de su consejo de administración. Lo presidió regularmente, en alternancia con el hijo del gerente de la olivarera del Tranco, durante décadas. Cuando Ramón accedió a los cargos ilustres, Isaías aún conducía el Ford, ya contratado en exclusiva. Ahora, siempre vestido con su discreta rebeca, que envuelve una moderada panza, ya está jubilado.