La viuda de Cantor
Publicado: junio 29, 2022 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Cantor, durante años, había preparado a su hijo para la lucha olímpica, en la que antes que naciera habían vencido su abuelo materno y los dos hijos de este, sus tíos. En su casa habilitó todas las dependencias, unas para el descanso, otras para el esfuerzo; aquellas para el aseo, estas como despensa viva al servicio de la dieta adecuada a una complexión atlética, todas ateniéndose a la misma idea. En el corral instaló pesas y tensores, un fardo inerte y compacto pendiente de una cadena, una gruesa cuerda sin nudos que bajaba desde la rama más vigorosa del limonero, y cavó una hoya para que en un estanque, alimentado con el agua del pozo, cupiera un cuerpo tendido.
Antes de que el sol saliera, lo levantaba. Le obligaba a tomar un baño frío aun en invierno y lo sometía a la primera ingestión de zumos, fibra y proteínas. Las comidas de las mañanas eran pródigas en berenjenas y aceitunas negras, las carnes las dosificaba en fracciones a lo largo de la jornada.
En el pupilo el hambre se mezclaba con el deseo de ingerir alimentos prohibidos, con los que soñaba. Sonámbulo llegaba hasta la puerta de la alacena de la matanza, asegurada con llaves y travesaños. Volvía de vacío al lecho y se tendía boca abajo, y en sueños volaba.
Murió el padre. Algunos creyeron que había sido víctima del afán de emulación que había descargado sobre el hijo. Hubo quien pensó que una maldición le había sobrevenido, tal vez un accidente frente al que no pudo reaccionar. Su prestamista fue quien más lo lamentó, a sabiendas de que le había denegado su último requerimiento.
La viuda no soportó que por aquella causa las aspiraciones al matrimonio de su único varón quedaran insatisfechas. Su pundonor la fortalecía. Lo puso a punto para el siguiente certamen gimnástico conmemorativo del primero de los dioses. A él concurrieron completando el trayecto en jornadas que el púgil hacía a pie, la madre a su lado en una caballería de carga.
Ya en la ciudad, supo que los entrenadores debían acompañar a los contendientes antes de que comparecieran en público, durante la pelea y después de que hubieran abandonado la palestra, con el fin de auxiliar al pupilo y darle aliento. Pero la presencia de las mujeres en las competiciones olímpicas estaba severamente castigada, tanto que si eran descubiertas las precipitaban a un desfiladero erizado de rocas.
A sabiendas del peligro al que se exponía, la viuda se vistió como los entrenadores. Camuflando su voz y su anatomía, jadeó al combatiente, desesperó de los ardides del contrincante. Terminado el combate, la recluyeron en el recinto donde los preparadores debían aguardar el veredicto. Los jueces de su arrojo decidieron que otro fuera el vencedor, dictamen que impugnó airadamente. Tanto cargó con su ira los denuestos que la guardia que custodiaba el recinto fue a detenerla. Para evitarlo, saltó la valla del recinto donde había permanecido expectante, con tan mala fortuna que la prenda que la encubría quedó pendiente de la empalizada y su cuerpo desvelado.
Por reconocimiento a sus evidentes méritos, más que a los de sus antepasados, fue indultada. Pero, en lo sucesivo, los entrenadores debieron entrar desnudos al recinto.
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