Reconociendo a Faulkner

Desiderio Iparraguirre

Cuenta Pausanias (V, 27, 1-4) que Formis de Ménalo prosperó tanto al servicio de Gelón, el tirano de Siracusa, y de su hermano y sucesor Hierón, que en agradecimiento a su hado hizo ofrendas en Delfos y Olimpia a sus respectivas divinidades protectoras.

     Para Olimpia mandó fundir dos caballos de bronce, y para cada uno de ellos, su auriga, que debía figurar de pie tomando al suyo de la rienda. A cada uno de los dos grupos se le dio el lugar que merecía en el Altis, el bosque sagrado de Zeus donde se alzaba el santuario, junto a tantas ofrendas de mérito que en él se iban concentrando.

     Sin ser una obra notable, uno de los caballos terminó sobresaliendo entre las más apreciadas por los visitantes. Los caballos machos que pasaban cerca de él entraban en celo cualquier día del año, y no solo en primavera. Escapaban a quienes los llevaban o rompían sus ataduras y saltaban sobre él, con mucha más furia que cuando montaban a las yeguas. Se esforzaban en acometerlo una y otra vez, y una y otra vez sus patas se deslizaban sobre el bronce de la grupa. Presas de un furor, persistían en el fracaso cuantas veces se les consentía, y esto los encelaba aún más. A quienes los manejaban, si querían hacerse con ellos de nuevo, solo les quedaba azotarlos y tirar de las riendas hasta conseguir apartarlos de tan prodigioso ejemplar.

     Nadie encontraba más explicación para aquel comportamiento que la mediación de un mago, quien con sus artes habría infundido en el bronce el hipómanes, un maleficio que volvía locos a los caballos.

     Cuando se indagó en busca del nigromante responsable de tan perversos poderes, se encontró que Zanes, que cuidaba una yeguada vecina, prestaba una atención especial a aquel ejemplar. Periódicamente, volvía al Altis y untaba el bronce con un preparado para que no perdiera su prestancia.

     Nunca quiso confesar la fórmula de la solución de tan brillantes efectos, si bien todos sabían que era el más diestro de los manipuladores de yeguas. Raramente defraudaban el gasto que a su amo le suponía el alquiler de un semental cada año.

     Desaparecido Zanes, el cuidado de aquel caballo, tal como su oficio, quedó a cargo de sus herederos, quienes durante generaciones lo mantuvieron sin que se extinguieran ni el hipómanes ni sus efectos.



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