Precaución

Bartolomé Desmoulins

Todo el acopio de ganado era poco. Los contemporáneos que se empleaban en los cálculos más precisos, estimaron que para obtener 150.000 kilos de estiércol durante un año era necesario mantener 500 ovejas en régimen de pastoreo, porque creían que cada cabeza por término medio proporcionaba unos 300 kilos. Si la cabaña era bovina, se podían esperar rendimientos más concentrados. 12 vacas y 6 bueyes, según sus estimaciones, proporcionarían unos 50.000 kilos de estiércol al año, a razón de 2.778 kilos por cabeza.

     Para que una hectárea proporcionara 10,6 fanegas de trigo debía consumir los nutrientes que le suministran unos 7.000 kilos de estiércol. Una explotación de 100 fanegas de superficie, si aceptamos que una fanega era aproximadamente media hectárea, para alcanzar ese rendimiento necesitaría unos 350.000 kilos de estiércol. Aspirar a un producto que no dejaba de ser discreto le obligaría al mantenimiento simultáneo de una importante cabaña ganadera, de al menos mil ovejas más el vacuno imprescindible; para la que, con el régimen de pastoreo, necesitaría una enorme cantidad de espacio adicional.

     Emeterio decidió acopiar cuantas vacas y ovejas cupieran en sus tierras, más de la mitad de la comarca, heredadas de un padre pertinaz e incansable y mucho menos longevo de lo que había previsto. Se proponía hacerlas tan feraces que atrajeran un número de colonos que le permitiera vivir sin trabajar. Tanto estiércol acumuló en ellas que al cabo de pocos años la acidez que habían acumulado las hizo estériles. Los colonos desistían de contratarlas.

     Cuando ya había padecido las consecuencias de su exceso, desesperó tanto que, sobreponiéndose a la pasión que lo ataba al patrimonio que había recibido, contrató a Elejalde y compañía el desestercolado de sus tierras a cambio de la mitad de ellas. Confiaba en que, con el abono recibido, la otra mitad, una vez desintoxicada, sobraría para proporcionarle los rendimientos ajenos con los que había soñado.

     Elejalde, cuya compañía era una potente bomba de agua, procedió a cumplir con su parte del trato. Pasaba por las tierras de Emeterio el río Aguión, generoso y corriente, abundante en percas. Elejalde acopló su bomba a la entrada del río en las tierras de Emeterio. Las sometió a un lavado tan intenso que recuperaron su pureza.

     Cuando llegó el momento de saldar las deudas, Emeterio, como Elejalde había empleado en remediar el mal lo que juzgaba un recurso de su hacienda, rehusó pagarle. Domiciano, perspicaz hijo de Elejalde, ya acogido a las tierras de Emeterio como primer colono, lo acusó de injusto, y objetó, como compensación, el pago del canon acordado.

     A Emeterio no le sorprendió la respuesta, y se aprestó a conducir parte de su importante reserva de ganado a las tierras de Domiciano, en las que por derecho podía pastar. Elejalde acabó con su asociado, y padre e hijo decidieron emigrar.



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