Abelardo y Menesteo
Publicado: noviembre 14, 2020 Archivado en: Nicomedes Delgado | Tags: historias Deja un comentarioNicomedes Delgado
1. No garantiza la fraternidad la convivencia feliz. No hay que remontarse al origen de la humanidad para encontrar ejemplos que ilustrarían cómo el vínculo que une a los hermanos más distancia que acerca. Tampoco es la mayor desgracia que la consanguinidad los separe, supuesto que la proximidad, en los casos aludidos, fue circunstancia que permitió que entre los unidos por el destino se consumaran actos reprobables.
Los hombres equilibrados, serenos, que toman sus decisiones con reflexión, que han organizado su vida contra imprevistos, aunque no son abstemios no se permiten con el alcohol más trato que el justificado por las buenas relaciones. El premio de su envidiable existencia no lo han recibido sin esfuerzo, tanto más digno de admiración si su magnitud a veces les ha costado el pelo.
Al contrario, otros hombres se abandonan a los sentidos sin fuerza para oponerles un gramo de voluntad. Tiranizan su vida con desórdenes que los someten y los humillan de manera vergonzosa ante sus semejantes, inmisericordes cuando elevan sus dictámenes al inapelable tribunal de las opiniones. Los gestos de su cuerpo llegan a ser inarmónicos, las decisiones que activan los mecanismos, motores inconstantes, la mirada, sin dirección definida, perdida en un lugar vacío. Factores principales de tan degenerada existencia con frecuencia son el vino y toda clase de licores.
2. Un accidente puede ser la causa de un feliz desorden, como una abrumadora deuda el origen de una insolvencia liberadora. La literatura especializada ha difundido el caso de varones que, por detestar el trabajo, por las mañanas, de camino al autobús, reaccionan parando en las peores casas de venta de licor. Acumulan retrasos, descuidos, ausencias durante jornadas enteras que ponen en peligro su vínculo con la empresa. La mediación fraterna consigue detener en el último momento el fulminante despido. Para el hermano, la salvación es un retorno a la condena.
Pero frecuentar el alcohol de alta graduación, entre otras consecuencias detestables, proporciona el beneficio de la pérdida de la vista. Para quien trabaja en la fabricación de componentes de alta precisión se convierte en un aliado impagable. Actúan como paliativo temporal unas gruesas gafas de pasta negra. Un tribunal médico, inexorablemente, dicta sentencia y condena a olvidarse de cualquier actividad laboral. A partir de aquel momento, el hombre de las gafas de pasta negra, mantenidas con irregular fortuna sobre su ganchuda nariz, es probable que se convierta en un vegetante pensionado, mientras que su hermano, sin un pelo en la cabeza, tal vez haya de acudir todas las mañanas a la pequeña oficina donde, sin límite de tiempo, cuida de las rentas de la familia, de la que todavía puede ser parte principal su anciana madre.
3. Confiar el manejo del numerario a personas que tienen demostrada incapacidad para actos elementales es dilapidar la fortuna. El papel moneda no fue inventado para que el viento lo arrastre, ni su progenitor en metal para que ruede.
Una persona que ha sido declarada inútil para el trabajo por un tribunal médico no es, desde luego, persona incapaz para los actos cotidianos, el de la compra entre ellos. El accidente que se haya cruzado en su vida solo lo ha invalidado para una función, la determinada que le requirió quien tuvo la iniciativa del contrato laboral. Liberado de la servidumbre del trabajo, la grandeza de la vida elemental se despliega con toda su hermosura ante él, y la percibe con una intensidad que hasta entonces, arrastrado por las prisas y las preocupaciones, no podía sentir.
Caso distinto es el de quien ha llegado a una situación así degradado por el consumo de alcohol. A él nada se le puede confiar. Está permanentemente al borde de la recaída, del fatal vértigo que le provoca la puerta de una taberna. Hasta tal grado puede llegar la pérdida de control que toda clase de licores le causen pérdida de la noción del valor del dinero. En modo alguno se debe consentir que maneje moneda alguna. Su pensión ha de serle administrada.
La fortuna, en estas ocasiones, proporciona a los desvalidos agraciados por la inactividad y el subsidio un hermano, útil a tan alto fin tanto si gasta melenas como si es calvo inmisericorde. En el más favorable de los casos, ocurre que ambos sean solteros y en consecuencia la solidaridad entre ellos quede anudada con una fuerza que de otro modo no los favorecería.
4. Cuando se ha incurrido en incapacidad laboral absoluta el estómago no dimite de sus funciones, porque actividad y estómago siguen caminos divergentes. Suceden así las cosas aun cuando el régimen de administración de los bienes domésticos sea muy estricto.
Tres personas pueden vivir con poco, más aún si una de ellas ha caído irreversiblemente en la ancianidad y las otras dos están instaladas en la edad provecta, aun sin haber abandonado el celibato. Un régimen de comidas equilibrado, cenas ligeras, prescindir por completo del alcohol como una parte de la alimentación, no solo garantiza la salud, sino que satisface el principio de la economía, que se funda en hacer del gasto el menos activo de los factores del intercambio.
Si una familia, unida y blindada por vínculos primitivos, ha de renunciar a la dirección de su progenitora porque haya rodado hasta la senilidad, y en modo alguno puede confiarse al gobierno de quien un tribunal médico ha declarado inútil, para ver cumplidos a satisfacción los dos fundamentos de la vida doméstica solo puede confiar en el sacrificio del más apto. Sobre sus hombros recae el peso de la reflexión, el cálculo, la elaboración de los planes estratégicos acertados, el plan de comidas.
Horas habrá de entregar a su deber, días de gestión y preocupaciones, y amargas noches de insomnio le sobrevendrán cuando en la oscuridad, en sofocante secuencia de instantáneas inconexas, ante sus ojos perdidos en las tinieblas se restauren las recriminaciones con las que durante el día el hermano lo abrumara. Son poseídos los declarados inútiles para el trabajo por una voracidad inagotable. La pensión con la que contribuyen al sostén de su espacio doméstico, decenas de veces al día la invocan como si un derecho a obtener trato de favor hubieran consolidado. Tan generoso ingreso, en su opinión, los hace acreedores a un régimen alimenticio regalado, dado que su estómago no ha dimitido de la existencia ni ha sido encontrado en modo alguno defectuoso. No solo debe convivir con esa tortura, sino que ha de mostrarse insensible a tales protestas, si quiere ser leal en la administración de los bienes que el destino ha puestos en sus manos.
5. Ha desarrollado la ciencia cotidiana de la economía la posibilidad de acceder al consumo aunque se carezca de medios de pago. Los grandes hombres de negocio, hace siglos, idearon ingeniosos sistemas de crédito. Mientras tanto, los tenderos, que tampoco dormían, se atuvieron a pizarras y otras modalidades de la anotación.
Los hombres, aun habiendo sido sentenciados como inútiles, disponen de autonomía; por el bien de su familia, que durante una parte de la jornada, para su descanso, debe quedar liberada de su custodia, y por el del propio carente, que recupera equilibrio en la medida en que se siente libre. Supongamos que a un hombre de esta clase, que disfruta de su tiempo de libertad, le sobreviene, próximas las dos de la tarde, un hambre atroz. Como, aunque pensionado, su estado lo reduce a la condición de administrado, carece de numerario con el que hacer frente a la urgencia. Conocedor de sus límites y sus deseos, de un bar en el centro habrá examinado su oferta, su disimulada situación, la bonhomía de los camareros y hasta la modesta calidad de sus servicios.
Satisfecho su estómago con algo de comida y algo de vino, explicará a quienes le atienden el estado al que se ve reducido, aun siendo ventajosamente pensionado. Carece de independencia económica, a pesar de lo cual ninguno de sus apremios vegetativos ha desaparecido. Ruega por que le concedan la comprensión y el más compasivo de los camareros la otorga, no sin advertir al demandante que su nombre queda inscrito en lugar por todos visible, bajo el cual habrá de figurar, hasta tanto la deuda contraída a causa de su voracidad se satisfaga, la cifra que ante la humanidad toda lo acusa.
6. Debe quien carga con la tutoría impuesta por sentencia firme actuar con decisión, reprimir el comportamiento desviado, ser cruel en ocasiones, incluso cuando el objeto de las acciones extremas es el propio hermano.
Si a ocurrir llega, habilitado el cuidado ajeno entre sus preocupaciones, que quien carga con generosidad inapreciable con el deber de custodia sorprende acodado en la barra de un bar al que del mundo debe proteger, aun a su pesar, monta en cólera, descarga en sus palabras ansiedad y desvaríos, insatisfacciones y deseos de poner en fuga a quien es el origen de desazones tan poco deseadas como satisfactorias. En público lo acusa de permitirse relajaciones que en modo alguno le convienen, de actuar contra la razón y el orden, de ser poco sensible con quienes por él se preocupan; artífice maldito de meditada conspiración contra el bien que a la humanidad mantiene alerta y al que dedica su tiempo y sus esfuerzos, el cómputo de sus días de trabajo, la restauración de la aurora cada amanecer para ojos que tal vez prefirieran contemplar la sombra del cuerpo que le habilita la existencia reducida a la isla del cénit.
Cegado por la cólera, actúa solo para sí y su deber. Desoye las reconvenciones de los más serenos concurrentes, las peticiones de magnanimidad que desde el otro extremo de la barra le llegan, los consejos que los expertos en semejantes estados proponen por su iniciativa. Toda su atención es para la restauración del orden. No repara en que pueda hablar desentonado, desplazar de su lugar a la parte de la clientela que se interpone en su camino o incluso actuar con fuerza, sin disimular complacencia con el objeto cuyos cuidados le valen decidir sobre el fin al que aplicar una sustanciosa pensión. Ni en la ignominiosa declaración pública de una deuda, inscrita en una pizarra, llega a reparar.
7. Porque son las deudas sentencias, como las condenas cargas que han de sobrevenir, el tiempo que media hasta su consumación extrae de la incertidumbre más dolor que el más placentero de los medios que se hayan ideado para causar el mal. Después, hacer frente a deudas que no se han contraído acelera el pulso, comprime el pecho y causa desasosiego.
El tránsito por la ciudad obliga a buscar atajos, tomar por calles secundarias, recorrer caminos inesperados. Tan movidos por las prisas están los transeúntes que el desorden moral al que conducen puede encerrar en laberintos, conducir a callejones sin salida, llevar ante la puerta de establecimientos de ínfima categoría, agazapados a la vuelta de una esquina, como el asaltante que se vale de la sorpresa para satisfacer sus ansias de causar un atropello.
Al tiempo, hay camareros que frecuentan la costumbre de aguardar a la puerta de su establecimiento la llegada de la clientela, desde donde la otean, la envuelven con la mirada y, bien asentados los pies en el escalón, de ella tiran haciendo fuerza, como de una red copada que desearan abrir y verter con toda su prometedora abundancia una vez cruzado el umbral del negocio que regentan.
Puede permitirles la circunstancia avistar el rostro conocido del hermano de un cliente, hombre que frecuenta el lugar desprovisto de todo amparo, arrastrado hasta allí por la incontenible pasión, aferrada como la raíz de la planta, que en el subsuelo de un disciplinado hogar crece. No es para despreciar el momento. El generoso camarero, ágil calculador de los sumandos sobre los que su casa se sostiene, detiene al transeúnte y le informa, sin circunloquios ni tanteos, de la causa de su conversación, los hechos que la alientan y los efectos que de ella espera.
Conocida por el íntegro varón la magnitud de la reiterada deuda, es víctima de otro acceso de ira. Enrojece hasta la cumbre de la calva, hace aspas con los brazos, patea el lugar sobre el que se posa, y de imprecaciones irrepetibles, inapropiadas para su manera regular de conducirse, se llena su boca.
De improviso le asalta un sofoco. Le falta el aire, se tambalea, los transeúntes lo sujetan y el mismo camarero que lo avistó en tan mala hora, causa primera de su siniestro, en el instante en que el cuerpo de la víctima se desovilla acierta a interponer entre él y el pavimento una silla de la terraza. Lo asisten con abanicos improvisados y un vaso de agua, de nulo desembolso; y al poco, entre expresiones de agradecimiento y palabras tranquilizadoras, se sobrepone y se marcha.
8. El estado de dependencia corrompe hasta tal grado los comportamientos que inspira decisiones contrarias a la convivencia. Sin que las reglas del buen trato dentro de la familia se vean de algún modo violentadas, los pacientes del mutuo contacto son capaces de sembrar el hogar de trampas veladas, agresiones por medio interpuesto, asaltos de pacíficos objetos que hasta la fecha tenían demostrada su radical condición de inertes.
Si se es gobernador de la despensa, y al tiempo se ha sufrido una doble agresión –la noticia sobrecogedora y la humillante obligación, tras el inevitable desfallecimiento, de liquidar una deuda contraída por el pariente más próximo, desinhibido insolvente– se está en condiciones de arriesgar los siguientes términos para dictar la ecuación alimenticia. Supuesto que los hombres bastantemente pensionados, armados de sus conmovedoras gafas de pasta negra, acodados en la barra de un bar engullen cuencos de espinacas, platos de boquerones y competente cantidad de copas de tinto, están en condiciones de tolerar como comida principal de la jornada una ligera sopa, ocasionalmente completada con algunos fideos.
Que el calzador desaparezca de la mesilla de noche no es un contratiempo mayor. Pero si quien lo sustrae conoce el carácter de quien ha de sufrir las consecuencias, puede meditar esta acción como un procedimiento altamente eficaz para provocar un desastre de incalculables consecuencias. No será el peor que el necesitado del auxilio de tan modesto recurso, se vea en la obligación de utilizar y en consecuencia irritar uno de sus dedos índice. La sofocante búsqueda del objeto, la desesperación que no encontrarlo provoca, las voces a las que por efecto se puede ver abocado a propagar son motivos acumulados para que en la cumbre de una calva, una vez más, se concentren los impulsos del corazón, las corrientes sanguíneas que mantienen palpitante la vida. No siempre accesos de esta clase terminan en los hospitales, aunque en ningún caso se podrá garantizar que no encuentren la ruta que hasta ellos conduzca.
9. Padecer estados contrarios a la voluntad puede tener los peores efectos, aunque participe una decisión personal en la secuencia de los hechos que los provoquen. Actuar bajo coacción, explícita o inducida, causa una compresión del flujo vital que en el grado más severo puede llevar al colapso del motor que lo impulsa.
Hay ocasiones en las que el progenitor al que se custodia, que permanece acogido a la protección del hogar durante el invierno, llegado el buen tiempo, demanda el contacto con el trasiego urbano, que vivifica. No pueden sus descendientes negarles tan elemental desahogo, y están en la obligación de colmar el placer que la reanudación al ciclo de la vida dé con su armónica compañía. Saldrán madre e hijos formando grupo con la modesta aspiración de sentarse en la terraza de algún bar, más para complacerse en la observación del tránsito de personas y bultos que por tomar algo.
Venido camarero que las mesas atiende, ninguno debe sorprenderse, si entre los concurrentes está un pensionado –en otra hora declarado no apto, tanto para el trabajo como para el curso regular de numerario–, de que la ocasión alcance el grado de banquete. Buen número de platos y vino a la altura serán felizmente aprobados por quien origen de la familia fue, inspirada por su despliegue público en el momento adecuado y no por gustar de manjar alguno. Tras las gafas de pasta, sin embargo, sostenidas sobre una amplia sonrisa, se verá la ocasión propicia para no dar a mandíbula y estómago, coordinados según conviene a la salud, tregua ni sosiego.
Puede ocurrir entonces que otro de los concurrentes, aun calvo y severo administrador, contemple con melancólica mirada la ostentación. Alternará la observación de los platos con las miradas a la imparable boca de quien gafas de pasta comparta con vergonzosa voracidad. Las reflexiones a las que el desolador estado de la humanidad que contempla le lleven le incapacitarán para probar bocado, desconsolado, rendido por último, exhausto tras la dura batalla que por jornadas se prolonga. Amargura e ira contenida, en combinación fatal, podrán provocar la definitiva crisis cardiaca que con su vida concluya.
10. A sobrevivir a la muerte de un hermano, según quienes mejor conocen el alma de los hombres, ayuda participar en su sepelio. La severidad de los actos funerales purifica el espíritu. Los antiguos a la contemplación de los males ajenos ya le reconocían propiedades curativas. Si quien los protagoniza es pariente inmediato, el grado de salud que la muerte ajena puede proporcionar puede llegar al grado del rejuvenecimiento.
La solemnidad de una ceremonia es parte de su acción profiláctica. Celebrantes de negro y elocuentes, comitivas parsimoniosas que hacen estación en los lugares memorables, contención y mesura ante los dolorosos encuentros que el dilatado recorrido hasta la tumba pone al paso son parte de una asombrosa recuperación, como la disciplina que a las tomas ha de aplicarse permite que la enfermedad sea desterrada. La quebrada voz que rompe el silencio, solitaria, convocando a las últimas preces que circunspectos todos han de secundar, inspirados por la misma conmoción, con la escueta réplica a la que obliga el rezo, es la última fuente de donde la depuración del espíritu se alimenta. Hasta lo más alto vuelan los sentimientos, íntimamente desbordados, cuando la tumba es sellada, si es que era calvo y pariente en primer grado el que en su hermética inviolabilidad yacerá indefinidamente.
Recibir la expresión de solidaridad de parientes y conocidos reconforta. Pero no es que los actos encadenados a las expresiones más elementales de la vida, que ofrecen la oportunidad en contadas ocasiones, por unas horas conviertan en seres de primer orden a quienes se ven arrastrados a ser sus actores. La íntima satisfacción que un sepelio da procede de que el peso del suceso carga íntegro sobre quien ya, en modo alguno, puede sentirlo. Los dolientes son protagonistas sin costo, como los invitados a un banquete, que desatan sus ansias sin el menor comedimiento, y hasta a costa de su salud están dispuestos a proporcionarse satisfacción.
El melancólico retorno al hogar, el gesto cotidiano, tras cruzar el umbral, que termina en la percha; el contrapunto del silencio universal que alcanza hasta el último rincón, idos los parientes y amigos, terminadas todas las ceremonias, es descanso y satisfacción, como el guerrero recibe de la amputación del miembro degenerado a causa de la batalla paz; la paz que aún no alcanza a los demás combatientes en el campo, como tampoco llega hasta los congéneres de la misma calle el relevo que la muerte da a quienes cargan con la convivencia con parientes del primer grado.
11. El tinto tiene propiedades curativas. Las opiniones sobre el origen de esta virtud están divididas. Mientras unos la atribuyen al alcohol, capaz de cauterizar úlceras y conservar los cuerpos durante años, otros otorgan al tanino toda la responsabilidad. Carezco de fundamento, tanto como de medios, para comprometer mi opinión en alguna de las dos direcciones. Pero observo en los portadores de gafas de pasta negra que están habituados a su consumo que la piel les cambia de color, potencia su tono y aún alcanza un estado de tensión y dureza que a sus dueños los hace insensibles a los cambios de temperatura y a los moderados golpes a que la vida común cada día expone. Si diera mi voto a favor de quienes piensan en las propiedades curtientes del tanino sería honrado con cuanto he podido discernir por mi propio criterio, aunque debería reconocer que el alcohol, en las circunstancias que imagino, no sería inocuo y actuaría como la colofonia en el arco. No es responsable de la música, pero su concurso puede permitir que sea más melodiosa. Aceptaría, al tiempo, que esta variedad de vino, más que curar, estaciona la enfermedad y para la vida abre un cauce paralelo por el que le permite proseguir sin accidentes graves. Tinto en abundancia como única atención a los males del cuerpo, más la conciencia reconfortante de haber cumplido con los deberes fraternos que de los sepelios proceden, en la parte que al alma se le debe, pueden tener el sorprendente efecto de rescatar para la vida activa a quien hasta entonces, paciente de un mal crónico irreversible, sobrevivía vegetativo. Podrá recuperarse para la iniciativa y la voluntad, para la administración del hogar y la dirección de la familia, y hasta para el indefinido manejo de numerario. Mas habiendo sido declarado inútil por un tribunal, y convenientemente pensionado, es poco probable que los efectos saludables combinados del vino y un entierro lo devuelvan al trabajo.
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