Variaciones

L. Delhore

Íbamos a completar la información que necesitábamos. Días antes habíamos agotado una estancia que creímos sería suficiente. Pero alguien nos pasó la confidencia. En el archivo de los servicios centrales había algo que podía ser muy revelador, decisivo para el punto de vista desde el que habíamos acordado tratar el asunto. Creímos que con una visita de poco más de veinticuatro horas sería suficiente.

Volvimos al hotel donde nos habíamos alojado la vez anterior. Cuando cruzábamos el primer paso de peatones, ya pudimos ver que en su fachada había algo anormal. Al llegar ante la puerta, la persiana metálica estaba casi por completo bajada. Nos asomamos por debajo y vimos que en los escalones se amontonaban objetos de todas clases, y en el vestíbulo los empleados celebraban una reunión.

Él decidió pasar por debajo de la persiana, aprovechando la franja que había quedado abierta, mientras que yo permanecí fuera, incapaz de pasar entre los objetos dispersos por los escalones. Cuando percibieron su presencia, algunos volvieron la cara. El que parecía el responsable de la reunión se levantó, se atravesó en su camino y le denegó el paso. Él insistía, le explicaba la urgencia de nuestro plan. El responsable cedió.

Se perdieron en dirección a los ascensores, mientras yo aún hacía esfuerzos por entrar. Pude por fin pasar. El hotel estaba más concurrido de lo que esperaba. Más que cerrado parecía reservado para alguna asamblea, para la que sin embargo los muebles no serían imprescindibles.

Pregunté por mi acompañante a un hombre alto, vestido con levita y corbata de lazo, sin duda empleado del hotel. Me dijo que no tenía ni idea de dónde podía estar, que él solo era el encargado de las habitaciones; que fuera a preguntar a la recepción, que estaba en la segunda planta.

Alcancé el patio central, cubierto por una montera. Era realmente suntuoso. Gigantescas columnas clásicas, dispuestas en círculo, unificaban las cuatro plantas, cada una de las cuales se asomaba al patio por las barandas que ponían límite a sus pasillos principales.

Subí a la segunda planta. Del anillo central que distribuía la circulación partían pasillos que llevaban hasta las habitaciones, cuyas puertas estaban alineadas en otros secundarios trazados ya a base de perpendiculares. El orden de su arquitectura era radicalmente distinto al del patio central. Habían dejado a la vista pilares y vigas de hormigón, y el gris de las telas que tapizaban el techo y las paredes, y el de las moquetas que cubrían el suelo, creaban una sedante penumbra, nada que ver con la luminosidad del patio.

Buscaba en cada puerta la que pudiera darme alguna señal de la presencia de mi acompañante cuando tropecé con una expedición de estudiantes. Eran decenas, apenas podía pasar entre ellos. El encargado de las habitaciones se esforzaba por separarlos y dejar libre el espacio suficiente cuando giró inesperadamente el cuello, miró al techo, lo señaló con un dedo y nos puso sobre aviso. Una de las vigas maestras de hormigón, la que atravesaba el pasillo en sentido transversal, estaba cediendo.

Corrí hacia la escalera de incendios, que estaba a mi izquierda, junto a los ascensores, al fondo de la última rama de las galerías, la más estrecha. El suelo empezó a ceder y el tramo en el que yo estaba fue cerrándose. Las vigas y los pilares dejaron de formar ángulo recto, el plano del pasillo perdía la horizontal, el techo descendía sobre nosotros. Cuatro o cinco estudiantes y yo estábamos atrapados en la asfixiante jaula asimétrica sin salida que se iba formando mientras empezó a oírse una música. Un violonchelo tocaba las variaciones Goldberg, y por debajo a sí mismo se replicaba con una versión del concierto italiano.

Al compás de la música la armadura del edificio se fue recomponiendo, tal como ocurre con las secuencias de las demoliciones que filman las agencias de noticias cuando las proyectan en retroceso. En poco tiempo pudimos bajar por las escaleras, cada vez más regulares, y salir indemnes por nuestro propio pie.



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