Jeroboam I de Israel
Publicado: diciembre 17, 2018 Archivado en: Gedeón Martos | Tags: constitución Deja un comentarioGedeón Martos
Enfrentados ya Jeroboam I, el primer rey de la Israel secesionista, y el heredero de Salomón, Roboam, temió aquel, casi tanto como que lo mataran que su enemigo volviera a poseer todo el reino, si el pueblo continuaba subiendo a ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén. Tomó entonces el titubeante reciente rey consejo sobre qué hacer, y decidió que, para evitar que la parte del pueblo sobre la que proyectaba su dominio se volviera a Roboam, debía hacer dos becerros, que efectivamente por un artífice fueron ejecutados como imágenes de madera chapadas de oro, a imitación del becerro que encontró Moisés tras su ausencia a causa de la epifanía de Yavé que lo sedujo.
Dijo a continuación a su pueblo: “Basta ya de subir a Jerusalén. Este es tu dios, Israel, el que te hizo subir de la tierra de Egipto”. No estaba falto de sentido lo que el rey nuevo decía, aunque puedan parecer sus palabras una condenable caída en la idolatría. En absoluto pretendía su patrocinador que los becerros fueran representaciones de Yavé. Los toros alados, que la escritura llama querubines, eran símbolo legítimo de la presencia del dios único. Al igual que el arca, que constituía el trono de Yavé en el templo de Jerusalén, y más aún los querubines que allí había, que extendían sus alas sobre el arca custodiada en el primer santuario de la monarquía hebrea, estas figuras fueron concebidas no en calidad de dioses, sino como peana o pedestal sobre el que se entronizaría el invisible Yavé en los nuevos templos que Jeroboam había previsto promover, ateniéndose a una antigua tradición que ya hemos aludido.
Si se hubiera pretendido representar a Yavé en los dos becerros, los profetas del norte no habrían dejado de alzar su voz en contra. Pero por aquella primitiva ascendencia no fueron atacados ni por Elías ni por Eliseo, tampoco por Jehú ni por Amós, aunque rindiéndose al argumento de la ambigüedad el profeta Ajías, el contemporáneo de Jeroboam que le había adelantado su poder, los condenó, tanto como el autor del Deuteronomio. No falta tampoco una tradición, a la que es menos fácil identificar porque nos ha llegado anónima por efecto de reserva del nombre que la autoría original decidiera, aunque en apariencia sea asequible sospechar su procedencia, que niega que los becerros pudieran ser interpretados en modo alguno por imágenes de Yavé.
Pero el problema que de esta decisión podría derivar, precisamente a causa de la ambigüedad, era que para aquel momento desgraciadamente el becerro, en ocasiones para las que el tiempo modifica el ser toro, era utilizado ya como la representación y símbolo popular del dios Baal, e iba asociado a los cultos a la fecundidad a los que sus adeptos se entregaban con tanta pasión. De ahí venía el peligro de que aquellas imágenes pudieran inducir a error y hacer que los israelitas más superfluos se deslizaran hacia una grosera confusión de Yavé con el becerro, y por tanto con Baal. Era muy cierto el riesgo de sincretismo rayano con la idolatría que incluía esta decisión. El fenómeno venía haciendo estragos en las tierras de Judá incluso desde tiempos de Salomón, y los hechos posteriores se encargarían de confirmarlo. Las violentas reacciones de los profetas llegaron a Israel, por supuesto en tiempos de Elías, en el siglo IX, pero quizás ya en tiempos del mismo Jeroboam. En términos teológicos, la responsabilidad en la que habría incurrido Jeroboam al hacer los dos becerros, estaría en haber duplicado un culto hasta entonces concentrado en el arca, símbolo legítimo de la presencia divina. El Libro primero de los Reyes expresamente la reconoce en la semejanza entre los dos medios elegidos para expresar un mismo símbolo.
El proyecto de Jeroboam, sin embargo, en modo alguno era rechazar a Yavé y orientarse hacia otros cultos, sino que estaba dictado por motivos políticos. Con una decisión como esta pretendía neutralizar la atracción que el templo de Jerusalén, el centro del que a partir de ahora sería reino de Judá, pudiera seguir ejerciendo sobre su pueblo. Se esforzaba Jeroboam en guardar dentro de su reino las manifestaciones de fidelidad religiosa de los israelitas, a través de las cuales podría dar unidad a las tribus del norte y asegurarse su lealtad, al paso que podría sumar a sus ingresos los beneficios derivados de las peregrinaciones.
Mientras fundaba el reino separado de Israel, Jeroboam promovió centros religiosos propios, para que actuaran como rivales de Jerusalén, aunque aquella iniciativa, más allá de sus intenciones, llevó a los hebreos al borde del cisma religioso, una vez consumada la ruptura política.
Para acometer con éxito su proyecto nacional, se concentró en la recuperación de los santuarios de las tribus. Berseba, Guilgal y otros cuyo nombre desconocemos, fueron lugares elegidos con aquel fin, y de los hechos del santuario de Lais, a la que sus conquistadores pusieron por nombre Dan, conocemos la historia de sus accidentados orígenes.
Un hombre llamado Miká, que habitaba en la montaña de Efraim, quitó a su madre cierta cantidad de plata que sin embargo más tarde le devolvió, por lo que Yavé lo bendijo. Decidió entonces la madre destinar parte del metal a la fabricación de un ídolo, el mismo que Miká puso luego en un santuario que tenía, junto con un efod y algunos terafim, a los que entonces consideraban, según parte de la exégesis, ídolos domésticos. Completó el hombre su fundación haciendo sacerdote del santuario a un hijo suyo, lo que desde luego convenía a la recta administración del patrimonio de la familia. Pero acertó a pasar por allí un joven levita, y en conciencia Miká, que sabía que el sacerdocio de este origen era más aceptable para Yavé, decidió ofrecer a tan autorizado hombre el puesto santo y diez siclos de plata al año, el vestido y la comida. No está claro que el levita dudara y es seguro que aceptó.
Mientras tanto, cinco hombres de la tribu de Dan, que emigraba hacia el norte, hombres valientes de Sorá y Estaol, se adelantaron para explorar tierras libres donde su gente pudiera establecerse, pues hasta aquel día a Dan no le había tocado heredad entre las tribus hebreas. Llegaron a la montaña de Efraim y pasaron en ella la noche. Como estaban cerca de la casa de Miká, recurrieron al joven levita, al que conocían, para que consultara a Yavé y saber si su exploración llegaría a buen fin. “Id en paz -les dijo el sacerdote-, el viaje que hacéis está bajo la mirada de Yavé”.
Partieron y llegaron a Lais, ciudad situada en el valle que se extiende hacia Bet Rejob, donde vieron que allí las gentes vivían seguras, tranquilas y confiadas, según las costumbres de los sidonios, aunque lejos de ellos quedara Sidón, y que nada les faltaba de cuanto la tierra produce. Volvieron a donde estaban sus hermanos y les comunicaron tan felices noticias, al tiempo que los apuraban para que cuanto antes todos pudieran tomar posesión de aquel país.
Seiscientos danitas bien armados emprendieron la expedición definitiva. En su viaje hacia la que había de ser su tierra de promisión acamparon la primera noche en Quiryat Yearim y luego llegaron hasta la montaña de Efraim. Ya en la casa de Miká, los cinco exploradores informaron a sus compañeros que allí había un efod, unos terafim y un ídolo de metal fundido. Aguardaron los seiscientos con sus armas de guerra en el umbral de la puerta, donde asimismo quedó a la expectativa el levita que allí encontrara empleo, y en la casa entraron los cinco y cogieron el efod, los terafim y el ídolo de fundición. “¿Qué estáis haciendo?”, les reprendió el sacerdote. “Calla -le contestaron-, pon la mano en tu boca y ven con nosotros. Serás para nosotros padre y sacerdote. ¿Prefieres ser sacerdote de la casa de un particular a ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?”. Se alegró con la invitación el corazón del levita, tomó el efod, los terafim y la imagen y se abrió un hueco en medio de la tropa. Así todos tomaron el camino definitivo a Lais, colocando en la cabeza de la expedición a las mujeres, los niños, los rebaños y los objetos preciosos.
Estaban ya los danitas lejos de la casa de Miká cuando sus vecinos le dieron noticia de cuanto acababa de suceder en ella y salieron todos en persecución de aquellos. Logró Miká alcanzarlos y les apeló: “Me habéis quitado a mi dios, el que yo me había hecho, y a mi sacerdote, al que yo había investido. Vosotros os marcháis y a mí ¿qué me queda?”. Los danitas le respondieron: “Calla de una vez, no sea que irrites a algunos, caigan sobre vosotros y pierdas tu vida y la de tu casa”. Los danitas siguieron su camino y Miká, viendo que eran más fuertes, se volvió a su casa.
Tomaron pues los danitas el dios que Miká había fabricado y al sacerdote que le servía y marcharon contra Lais, pueblo tranquilo y confiado. Pasaron a cuchillo a la población e incendiaron la ciudad. Nadie vino en su ayuda porque estaba lejos de Sidón y no tenía relaciones con los arameos. Reconstruyeron después los danitas la ciudad y se establecieron en ella, y erigieron para sí la imagen que había hecho Miká, y allí permaneció mientras estuvo en Silo la casa de Dios.
Pero los santuarios que recibieron la mayor atención del nuevo reino del norte fueron los localizados en Dan y Betel, centros de culto famosos desde antiguo. Creados, levantados y organizados como santuarios reales, marcaban los límites del nuevo reino, y mientras que el establecido en Dan debía actuar como el centro religioso del norte, el de Betel debía serlo del sur. El acto de consagración de cada uno de los dos santuarios como los principales del nuevo reino estuvo marcado por el destino dado a los dos becerros que Jeroboam mandara hacer, que de este modo adquirieron todo su sentido. Puso Jeroboam uno de los becerros en Betel, y el pueblo fue con el otro hasta Dan. Además, para estimular su respectivo desarrollo, Dan y Betel fueron concebidos como santuarios rivales.
Poco más que el detalle de la erección del becerro en el santuario conocemos sobre el culto practicado en Dan durante la monarquía. Sí es seguro que en el viejo santuario de Lais se consiguió rendir culto a Yavé, pero parece que en un estilo poco ortodoxo, porque los danitas se sirvieron del efod para consultar a Dios y pretendieron que por este procedimiento de él recibían respuesta. Pero sobre lo ocurrido en Betel es más lo que sabemos, gracias a que cumple de manera muy satisfactoria los objetivos políticos que con esta iniciativa se había marcado el nuevo rey. Betel era un lugar idóneo para erigir un santuario por su situación, que podía atraer con facilidad a los peregrinos que marcharan hacia el sur en busca de Jerusalén. Además, podía presentar como credencial a su favor, frente a la capital de Judá, que durante siglos había sido ciudad sagrada, debido a su asociación con los patriarcas, y que por tanto había sido meta de peregrinaciones antes de que Jerusalén fuera una ciudad controlada por los hebreos. Por eso Betel se convirtió en el santuario nacional del reino del norte.
Los cambios patrocinados por el advenido monarca al principio quedaron restringidos al símbolo, porque por lo demás mantuvo que su pueblo debía seguir en la práctica de la religión que ya le era propia. Pero luego fueron tomadas ciertas decisiones en relación con el culto que modificaron aquella decisión inicial. Todo indica que en Betel fueron instituidos los primeros altos a los que rindieron culto los hebreos, porque este tipo de lugar santo por primera vez es mencionado como original del reinado de Jeroboam. Los altos levantados en Betel fueron completados con la construcción de un templo y con al menos un altar con cuernos. A partir de aquí, empezaron las complicaciones para el nuevo monarca de Israel.
Subió Jeroboam con ocasión de sus cambios al altar que había hecho en aquellos altos. Para celebrar la dedicación del nuevo templo iba a ofrecer sacrificios al único becerro que junto a sí había mantenido, y sobre el altar quemar incienso, un día quince del mes octavo. Coincidía la fecha elegida con la fiesta de las Tiendas, que seguro el lector recordará por haber sido la misma en que fue celebrada la dedicación del templo construido por el rey sabio y rijoso. Ensoberbecido Jeroboam, había discurrido por su cuenta instituir aquel mismo día de la dedicación una nueva fiesta para los israelitas, aunque parecida a la fiesta de Judá, lo que de inmediato por algunos fue juzgado como intencionada confusión.
Así las cosas, un hombre de Dios llegó a Betel procedente de Judá por orden de Yavé. Encontró a Jeroboam de pie sobre el altar, dispuesto a quemar el incienso. Siguiendo la orden que de Yavé había recibido, aquel hombre se dirigió al altar en estos peculiares términos: “Altar, altar, Yavé te anuncia que ha nacido en la casa de David un hijo de nombre Josías que sobre ti sacrificará a los sacerdotes de los altos, a quienes queman incienso sobre ti, y que huesos humanos quemará sobre ti. Esta señal de que así ocurrirá Yavé te adelanta: te romperás y la ceniza que hay sobre ti será derramada”.
Cuando Jeroboam hubo oído lo que el hombre de Dios decía al altar de Betel, desde encima del altar, extendiendo su mano, ordenó prenderle. Mas la mano que había levantado contra el profeta quedó seca y no pudo volverla hacia sí. Al instante el altar se rompió y toda la ceniza que sobre él había quedó esparcida, según la señal pronosticada de orden de Yavé por aquel hombre de Dios.
Le pidió entonces Jeroboam, sobrecogido por su poder, que aplacara el rostro de Yavé para que su mano pudiera volver sobre él. Y eso fue lo que hizo el hombre de Dios. Aplacó el rostro de Yavé y retornó la vida a la mano del rey, quien quedó tan bien como estaba antes de que la maldición le hubiera anticipado la muerte a una parte de su cuerpo, una de las que por más móvil puede parecer de las más vivas.
Invitó el impresionado Jeroboam a aquel misterioso hombre a que entrara en su casa, con el ofrecimiento de que lo reconfortaría y le haría un regalo. Sin embargo, con orgulloso desprecio hacia la modesta hospitalidad generosa -reacción que con frecuencia provoca manejar las palabras divinas, que es algo muy parecido a jugar con las cartas marcadas- le replicó el hombre de Dios: “Aunque me dieras la mitad de tu casa no entraré contigo y no comeré ni beberé agua en este lugar, porque así me lo ha ordenado la palabra de Yavé: `No comerás pan, ni beberás agua, ni volverás por el camino por el que has ido´”. Y se marchó por un camino distinto al que lo había conducido hasta Betel, dejando a Jeroboam caviloso aunque reconfortado por la íntima satisfacción que produce declarar la sincera generosidad en el extremo de la desolación.
Pero Jeroboam por nada de esto retornó de su desviado camino. A los altos de Betel adscribió sacerdotes a su iniciativa investidos que constituyeron un clero propio también para su templo, sacerdotes del común del pueblo, tales que no habían sido tomados de entre los hijos de Leví. Ellos serían los que encargados de ocuparse del culto al becerro que allí había entronizado. Persistió en esta manera de nombrarlos y a todo el que lo deseaba lo investía, favor que solo la casta sacerdotal debería dispensar. A tanto llegó el desorden en este campo que en Betel hubo profeta que se ocupó del culto, con lo que invadía el terreno de los sacerdotes, una actitud a la que se opuso Amós, el primero de los profetas escritores. Y todavía algún texto añade a modo de acusación, sin duda rayando con sus alegaciones en el exceso, que hizo sátiros para los nuevos cultos. No queda del todo claro por la lectura si fueron hombres que esta particular forma sagrada representaron o solo imágenes. Más probable parece lo segundo, aunque no por eso deba admitirse como más cierto, porque sí es segura la interpretación que lee que para servicio de los sátiros habrían sido adscritos los mismos sacerdotes que innovaban la composición regular del clero por promoción exclusiva del rey.
A decir del texto sagrado también para los altos habrían hecho cipos. Pero este es un rasgo de los cultos promocionados por Jeroboam sobre el que se duda. No hay más pruebas de que Jeroboam introdujera esta versión del culto a la fecundidad en Israel que la que aporta el autor del Libro primero de los Reyes, cuando alude a los cipos en el transcurso de la exposición de los hechos de aquel reinado. Es muy probable que quien esta parte del texto escribiera lo hiciera a mucha distancia, desde el año 560 o más tarde aún.
Toda esta manera de actuar hizo caer en pecado a la casa de Jeroboam, y esta fue la causa de su perdición y su exterminio de sobre la faz de la tierra. Con toda certeza, se cumpliría la palabra que por orden de Yavé aquel hombre de Dios había gritado contra el altar de Betel y contra todos los santuarios de los altos que había en las ciudades de Samaria. Visitaría Yavé el altar de Betel, sus cuernos serían derribados y caerían por tierra, y castigaría a Jeroboam y su descendencia. Sacudiría la casa de invierno con la casa de verano, se acabarían las casas con mobiliario o paredes adornados con incrustaciones de marfil y muchas más casas desaparecerían.
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