Seducciones y espejismos

D. Ansón

I

He aquí que Dante seducía con su palabra. Nadie podría decir que era buen orador. Sus discursos eran improvisados, y cualquier oyente, oyéndolos, podía deducir sin demasiado esfuerzo que carecía de guión u orden alguno para prever cuanto pensaba. Al hilo de la sugerencia del interlocutor, un movimiento observado, la circunstancia más insignificante, hasta un recuerdo llamado por uno de los sentidos podían sugerirlos, y a partir de cualquiera de estos accidentes los creaba. Todo consistía en alumbrar una idea, la idea, como gustaba llamarla para sí, que bien podía ser lo visto simplemente descrito con delectación, o lo sugerido en cualquiera de los infinitos órdenes de la asociación de las ideas, debidamente velada en origen, cercada luego, por fin descubierta con pompa y aparato; o confesada desde un principio, como quien declara un secreto, y luego descompuesta en piezas, y de nuevo montada como una arquitectura que haga que parezca por completo nueva.

II

Si, mirando hacia el este, en alguna ocasión han podido sentarse a contemplar el horizonte en el momento en que empieza a subir la luz anaranjada, mientras sobre la cabeza todavía un último azul permite ver la última estrella, seguro habrán pensado, como yo en algunas ocasiones (que tengo la oportunidad de ver este paisaje con la frecuencia a la que me obliga el trabajo), que el sol es un alto horno. Ninguna propiedad hay en las cosas visibles que permita pensar así, y puede parecer que solo la idea previa sobre la magnitud de la energía que el sol libera justifica la conclusión. Si creen esto, y así se explican lo que está ocurriendo en su cabeza, la repetida experiencia me dicta que están sufriendo un espejismo. Hay algo más que el ojo admirado, si no interpreta, sí recibe y hace bueno, y cómodamente lo lleva instalado sobre una sencilla historia hasta el pensamiento. La luz es tan limpia que permite creer que todo está recién hecho. La arrasadora potencia del sol que avanza como la lava del volcán una vez más ha fundido todo lo que sobrevivió hasta la negra noche, y por su obra renace.

III

¿Ves aquel paisaje? Supón que ante tu mirada despierta, atenta, en la plenitud de tu conciencia, sin artificio alguno desaparece. ¿Admiras el esbelto edificio? Imagina que ante tus ojos, sin que ni siquiera haya un parpadeo de paréntesis, se esfuma. ¿Observas y confirmas con serena ingenuidad que tus pies pisan el suelo? Piensa que de golpe el pavimento de este piso te abandona en el aire a tu peso. Que montes y valles, cauces, árboles, imprescindibles matorrales, poblaciones vistas a lo lejos, el tránsito por las carreteras, el amable ferrocarril, los grandes bloques de viviendas y la arquitectura regia, la obra inferior de la casa común, el aire mismo, hasta aquellas deliciosas criaturas que son el mayor placer que a los ojos toca juzgar, todo de golpe desapareciera, por obra del más catastrófico de los seísmos, el más violento acontecimiento que imaginarse pueda. Eso sería la muerte. Como fácilmente podrás deducir, algo imposible.



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