La boca del dragón
Publicado: abril 28, 2018 Archivado en: Daniel Ansón | Tags: historias Deja un comentarioDaniel Ansón
Las fiestas del Nacimiento han sobrevivido porque satisfacen la convivencia. El atractivo de su conmemoración, entrañable recuerdo para sus melancólicos promotores, algunos lo han justificado porque acogió celebraciones que están en trance de extinguirse. En algunos pueblos, con ocasión de ellas, con la candidez que caracteriza la vida del campo se recurre a diversiones domésticas que fomentan la convivencia entre familiares, una vez terminada la cena, motivo de encuentro y aprecio mutuo. La señora Llamas ideó una a la que llamó Boca del dragón.
En un plato la anfitriona vertió un licor añejo, decantado a partir de las mejores soleras que se conservaban en su casa, las mismas que el sano espíritu festivo de cada hogar, impaciente por celebrar las ocasiones, de sus cosechas reservaba para cada conmemoración singular. Antes de que el preparado saliera de la cocina, en el líquido había sumergido pasas, otra de las obras de la vida en el campo cuya espera del momento de disfrutarlas en familia las convierte en joyas de un valor incalculable. Cuando ya todos los convocados disfrutaban de la mutua compañía alrededor de su única mesa fraternal, en cuyo centro dispuso el plato con las pasas, prendió el licor.
Bajo la amenaza de las llamas culminó el banquete que había ofrecido a sus invitados; como en el transcurso de la celebración precedente la espada de los parientes había pendido sobre el menú ofrecido por la anfitriona. Los comensales, cuando aún ardían, con una de sus manos debían atrapar los frutos que estaban carbonizándose y comérselos.
Cualquier agresión de las llamas, en los dedos o en la boca, fue celebrada con vivas muestras de regocijo por la comunión de los consanguíneos, entre quienes los lazos de parentesco se cruzaban hasta grados tan proveedores que ni las peores quemaduras impugnaron, fuera en el lenguaje directo que se emplea en los mercados o con el recurso a las alusiones, que con el bálsamo de las palabras serenan los peores impulsos del corazón; hermanos junto a hermanos, cuñados frente a cuñadas, pacientes nueras o jacunos yernos paralizados por el rostro pétreo de suegras ingobernables.
Un tipo me tiene desconcertado
Publicado: abril 13, 2018 Archivado en: Segismundo Raya | Tags: historias Deja un comentarioSegismundo Raya
Volví a verlo ayer después de no sé cuánto tiempo. Cruzaba la avenida a la ventura, acompañado por su padre, o tal vez un tío, quizás algún vecino, o simplemente un conocido que lo acompañaba por casualidad, porque se hubieran encontrado, o porque fueran compañeros de trabajo e hicieran juntos una parte del trayecto. Puede que fuera su día de descanso, o que viva una fase de incapacidad laboral, impuesta por una enfermedad, si bien leve, al menos en apariencia, o por una cesantía, espero que transitoria, a la vista de como está el mercado laboral, que devora a sus hijos con la crueldad de un dios antiguo. Vestía una cazadora negra y los inevitables vaqueros, se había dejado algo de barba y ocultaba los ojos bajo unas gafas oscuras. Nada que sirviera para identificarlo.
Lo he colocado en el autobús, en la parada haciendo cola, en los últimos asientos, asido a una barra; como cualquier condenado a la cadena perpetua del trabajo, una pena que jamás redimen quienes, como él, tienen que utilizar el transporte público. Si tuviera dinero, quizás se consintiera la frivolidad de viajar algún día en el autobús urbano. Pero su indumentaria lo denunciaría. No, no; no es un potentado. Viste ropa corriente, de la que se compra en rebajas en las tiendas o incluso en los puestos de ocasión que montan los domingos en las afueras. Además, soy yo el que no frecuento el autobús. Solo lo uso cuando tengo que ir a la imprenta o al hospital. No tengo justificación para imaginarlo en ese lugar, rico o pobre, comprimido entre cuerpos sacudidos por los vaivenes.
Tal vez sea alguien que frecuenta las calles del barrio, una de las caras transeúntes que cada día se cruzan sin que la atención encuentre nada digno de elección. Las de esa clase se van sedimentando en el fondo de la memoria indistintamente, transportadas por las corrientes del trasiego de cuerpos. No, no, desde luego que no. No puede ser un vecino. De ser un vecino, lo tendría identificado, aunque solo fuera por frecuencia, la más probable cuando se trata de los encuentros fortuitos. En el barrio hasta las caras indigestas terminan entrando en la conciencia, donde vegetan en reserva.
En el ambulatorio. Es posible, últimamente lo frecuento mucho, demasiado quizás. Cosas de la edad de piedra. Para rescatarlo tendría que imaginarlo con una bata blanca, con un fonendoscopio al cuello; algo envarado, distante, frío en el saludo, si se digna saludar, insensible para la enfermedad, ante la que actúa como si no hubiera más medicina que la forense. Pero, no; no tiene pinta de médico. Ni siquiera de enfermero. Para ser médico le falta algo de altura, y para ser enfermero, corpulencia. Los médicos son todos altos, independientemente de su talla, y la bonhomía y tacto de los enfermeros se expande como se expande su cuerpo. No es que no tenga cara de buena persona. Pero casi todos los enfermeros son enfermeras.
¿Será empleado del banco? Puede ser. Es inevitable que lo visite. La frecuencia con que ahora lo piso va creciendo tanto como disminuyen sus atenciones. Ya casi todo lo que tramito en el banco lo hago yo mismo, no obstante lo cual tiene la deferencia de cobrarme por ello; a pesar de lo cual retiene codiciosamente todo mi dinero y lo emplea como le parece conveniente, sin contar con mi voluntad, en los negocios que cree más lucrativos, sin pagarme réditos dignos de este nombre. No, no. Este hombre no tiene cara de cínico. Además, solo raramente paso más allá del cajero automático, y ahora en los bancos solo atienden chicas con las faldas ceñidas y tacones muy altos.
En un bar. Sí, es más probable. Los establecimientos de esta clase los frecuento más que los ambulatorios y los bancos. Por mi causa, no por la suya. Ahí lo veo más claro, vestido de negro, bien afeitado, correcto sin excederse. Como hombre sencillo, bien educado, que ha nacido en un barrio de la periferia, que ha tenido que ganarse la vida desde muy joven, al que nunca le han asustado los trabajos por difíciles y duros que sean. Antes que consentir la miseria de su familia, de su madre especialmente, que desde muy joven tuvo que hacer frente a la vida, con él a cuestas, sin padre. Todo lo reivindica como un buen hijo circunstancialmente camarero. Hasta las bolsas bajo los ojos que oculta tras las gafas oscuras. Debe trasnochar. Tal vez por algo más que las exigencias de su trabajo. ¿Qué hará la madre, mientras lo espera? ¿Contará las horas, supondrá toda clase de contratiempos? Durante un rato, él pretenderá que no hace caso a nada de esto. Mediada la madrugada, detestará su comportamiento.
Renuncio. No consigo darme la satisfacción de la certeza del recuerdo, la que hace que al superponer dos imágenes, la que está a la vista y la que guarda la memoria, encajen como una evidencia y ganen la gloria de la tercera dimensión, la de la profundidad, como si se contemplaran a través de un estereoscopio. Nadie como él hasta ahora me había torturado la memoria, y creo que por primera vez la he llevado al límite del fracaso. Ya puedo estar seguro de que más allá, aunque me esfuerce, no hay nada más que pensamiento y especulación.
Gloria al conde de Tendilla
Publicado: abril 6, 2018 Archivado en: Sergei Granville | Tags: historias Deja un comentarioSergei Granville
El punto de vista inmóvil lo modifica todo. Lo tengo comprobado. Si alguien se deja arrastrar por las oleadas de transeúntes, las que desbordan la línea de espera de los semáforos por ejemplo, porque lleve prisa, ve muy reducida su perspectiva. Yo diría que queda sujeto a una visión miope, incluso que el vértigo del movimiento caótico lo ciega. En cambio, si consigue escapar a la corriente, se aparta a un lado, se acoda en una ventana o sobre un zócalo, y se entrega a contemplar el tránsito de los viandantes, su imaginación se dispara, y es capaz de conocer causas eficientes capaces para accionar la palanca que puede cambiar cualquier noción, algo que de ningún modo podría alcanzar si se mantuviera en movimiento.
Hay todavía bares con ventanas que tienen la ventaja de su cierre de guillotina. Permiten tomar una mesa en su interior, correr hacia arriba el cristal que separa al cliente de la calle y contemplar en vivo el tránsito sin dejar de estar en reposo. Puede desde allí observarse que en la calle peatonal, donde el desorden de las corrientes humanas ha conquistado todo el espacio, el movimiento incesante no es solo de personas apresuradas. Las hay que se detienen. Unos conversan con un conocido, por el que se interesan demorándose en detalles, de su salud, de la que conservan sus ascendientes, no obstante su avanzada edad, de sus acertadas adquisiciones inmobiliarias. Otros contemplan la oferta de los establecimientos, protegida por el cristal de los escaparates que refleja el rostro absorto de aspirantes a poseer bienes inalcanzables. También circulan reposadamente quienes llevan animales de compañía, cuyos hábitos y comportamientos no están por completo bajo control de quienes los pasean. Ni la disciplina adquirida por los perros es tanta que obedezcan siempre a las severas reconvenciones de sus dueños cuando actúan contraviniendo toda norma cívica, por ellos deseada, defendida y cien veces encomiada, ni las suelas de quienes se detienen a conversar o mirar invariablemente permanecen limpias.
La observación reposada puede llevar al transporte cuando depara visiones singulares, únicas en ocasiones por su elevado valor nominal. “Gloria eterna al conde de Tendilla -canta entonces la conciencia-, feliz precursor del papel moneda. Bendito sea que en 1483 los Reyes Católicos le responsabilizaran de la defensa de Alhama, donde cercado por los enemigos le faltó el oro y la plata amonedados. Por esta causa cesaba entre ellos el trato necesario a la vida, dijo el cronista, y careció de medios para pagar a las tropas el sueldo que les debía.
“Para salir al paso, mandó escribir en papeles monedas de distintos precios y los reprodujo en la cantidad que creyó necesaria, al tiempo que se cuidó de poner en juego sus poderes. Ordenó que entre quienes estaban en la ciudad aquellas palabras escritas valiesen tanto como decían y no fueran rehusadas. Para darle crédito todo el crédito que necesitaban además aseguró que cuando salieran de aquella situación, así como cada uno le devolviera los papeles en moneda escrita que tuviera, le daría su correspondiente valor en moneda de oro o de plata. Conociendo la fidelidad del conde, todos confiaron en su palabra y aceptaron que se les pagara de aquella manera. Así pudo satisfacer a los combatientes el sueldo que les debía.
“A partir de aquel momento, la moneda de papel, sin que nadie la rechazara, circuló para contratar los mantenimientos y fue un buen remedio para la necesidad en la que estaban, y cuando el conde fue relevado de sus responsabilidades en la ciudad, antes de irse, pagó a cuantos le presentaban los papeles amonedados su correspondiente valor en oro o plata, tal como estaba autorizado por su propia firma en cada uno.” De no haber sido por aquel hallazgo, la circulación de bienes se habría bloqueado. Lamentablemente, tardarían más de dos siglos en reconocer las ventajas de su hallazgo.
A cambio, el ingenio de los medios de control del papel moneda contemporáneo es admirable. La celulosa seleccionada para fabricar la pasta de papel, las tintas elegidas, el tema de la ilustración, los hologramas y las marcas de agua, todo converge a hacerlos únicos, insustituibles como medio de satisfacción. Hasta una impronta electrónica invisible que detecta la autenticidad contribuye a colmar las aspiraciones de los compradores.
Pero lavar un billete de cien euros tiene sus riesgos. La resistencia de la celulosa elegida para prensarla como papel moneda puede esponjarse, las tintas, decolorarse, las líneas que delimitan el torso de los atlantes que sostienen la fabulosa cornisa, desdibujarse, el holograma perder brillo, la marca de agua disolverse. ¡De la carga eléctrica del billete pueden saltar chispas al contacto con el agua¡ Los medios de control de los billetes que imprime el banco central europeo son un riesgo para quien encuentre un billete sucio. Pueden no ser suficientes para asegurarle el crédito, a diferencia de la palabra del conde de Tendilla, que fue capaz para resistir cualquier cantidad de tiempo, toda clase de agentes adversos.
Sin embargo, quien lo limpie someramente, pongamos con un pañuelo de papel, tiene a su favor el mercado de frutas y verduras, pescados y carnes, colmado de olores. Allí los billetes circulan sin que nadie pregunte por su procedencia, sin que haya quien impugne su origen inmediato, se recurra al que sea de los medios organolépticos.
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