El papel de su vida

Bartolomé Desmoulins

Desde su nacimiento tenía madera. Lo supo porque pronto se manifestaron en ella esa clase de inclinaciones que llamamos intelectuales. Antes de cumplir los quince años ya disponía de una interesante colección de poemas, quizás no del todo originales pero sin ninguna duda propios. Ocasionalmente los enseñaba a su profesor de literatura, quien los leía con mucha atención. Fue él quien por primera vez le dijo que estaba dotada de una sensibilidad muy particular, una afirmación que ella convirtió en el descubrimiento de una verdad y en una sólida base sobre la que levantar su vida. La animaba a que continuara por aquel camino.

     Pero fue en plena juventud, ya afincada en la ciudad, cuando descubrió el teatro. No el género, claro, que bien que lo había estudiado durante sus años de bachillerato, sino la magia de la representación. En la universidad supo de la existencia de varios grupos de aficionados que llevaban la entrega a aquella actividad hasta la militancia ferviente. Ingresó en uno, que pronto consideró algo inmaduro, y al poco en otro, que todos reconocían como el más cualificado.

     Estaba más allá de la dedicación profesional. Los que se empleaban en el teatro como profesión lo hacían llevados por el deseo de enriquecerse. Aquel grupo, que actuaba al aire libre, con el propósito declarado de acabar con todos los convencionalismos, solo trabajaba con el objeto de alcanzar la metamorfosis, la de sus miembros pero también la de los espectadores que estuvieran dispuestos a abrir los ojos a la realidad.

     No dejó de atender sin embargo su vertiente más creativa, y todavía, recién terminados sus estudios superiores, redactaba con regularidad textos muy personales, a solas, con frecuencia a altas horas de la madrugada, a veces incluso gracias a la más absoluta vigilia; la misma que le permitía percibir segundo a segundo el inefable tránsito de la absoluta penumbra a la plena luz del día. Ya no eran los inocentes versos demasiados sonoros de diez años atrás, las ingenuas vueltas a temas que nada tenían que ver con su propia vida. Ahora eran cosas que sentía en sus entrañas, como una hoguera, como un volcán que le estallara en el centro del cuerpo. Le salían con cierto desorden, es verdad, pero en una suerte de prosa poética que le parecía insuperable porque manaba de la más absoluta sinceridad.

     Fue entonces cuando decidió unir su vida a la de aquel hombre, tan varonil, tan meridional, tan apasionado. Cierto que tenía un pequeño defecto. Inevitablemente, fuese en una reunión restringida o en otra más amplia, tartamudeaba. Pero aquello le confería un encanto añadido, al que en su opinión ninguna mujer que de verdad lo sea puede dejar de concederle toda su atención. Aquello lo revelaba vulnerable y por tanto doblemente amable. Su segunda gran virtud era su amor a la poesía. Por aquellos días pocos habían penetrado la poesía de Góngora con tanto acierto como él.

     Detestaba por entonces las instituciones y la suya fue una unión de hecho. Pero poco después le surgió la oportunidad de vivir en una bonita casa entre pinos. Había que reconocer que el mundo no es perfecto y que todo al final puede ser reducido a un bien al que para acceder a él es necesario el dinero. Disponer de este exigía ciertas formalidad, y entre ellas la suma de los respectivos patrimonios, lo que solo podría tener el necesario aval público si estaba autorizado por la unión conyugal. Realmente no era nada por lo que ellos pudieran ser acusados. El mundo ya estaba mal inventado antes de que nacieran, y si cedían a formalizar su relación era por acceder a un bien que trascendía todos los prejuicios, que solo ellos sabían apreciar por su justo valor, porque en el fondo era un bien que pertenecía al orden de los bienes espirituales. La capacidad creativa de la que eran dueños, dueños exclusivos, dispondría del mejor medio en una casa entre pinos y en ella con seguridad sería multiplicada por muchos.

     Por otra parte, habían conseguido mientras tanto sendos trabajos que les permitían suficientes ingresos, fueran más o menos precarios. Lo más apreciable de aquellas ocupaciones era que les permitían mantenerse fieles a sus sentimientos y formaciones. No todo el mundo podía felicitarse de aquella posición. Para su suerte, estaban dedicados a lo que les gustaba, lo que a ellos les parecía el colmo de la felicidad. Formalizaron pues su unión y se fueron a vivir a la urbanización entre pinos.

     Había sin embargo en aquel hombre una parte excesiva, previsible por algunos actos de sus años anteriores, en su momento tomados por una virtud por quien habían decidido convertirse en la compañera de sus días: su incontinencia. No es que se empleara apasionadamente en su trabajo, que polemizara con sus interlocutores excusando contenerse en los gestos o en las palabras. Nada de eso. Es que propendía a sátiro. Como los antiguos, Carmen, que concentraba todos sus encantos en la parte anterior de su caja torácica, aquella demasía al principio la tomó por un rasgo divino. Pero no tardó en descubrir su vertiente más mortal, la que ponía en relación a su marido con otros seres vivos.

     Cuando la encantadora casa entre pinos le fue pareciendo una cárcel y el trabajo en lo que le gustaba una condena, decidió tomarse un tiempo de reflexión y alejarse cuanto fuera posible. Eligió Argentina como tierra de exilio. Estaba tan distante que casi se podía tomar por las antípodas, y aquel extraordinario país tenía la gran ventaja de que en él lo que ella consideraba sus virtudes, su extraordinaria sensibilidad, contaba con la comprensión más general. Además se podría dedicar al teatro por completo, su verdadera vocación, y aprender mucho más de cuanto hasta entonces sobre esta materia hubiera podido saber.

     Actuó en consecuencia. Durante unos años de feliz excedencia laboral se pudo dedicar por completo al teatro en el paraíso del psicoanálisis, lo que para ella equivalió a un renacimiento, y sumó a sus logros que incluso tuvo la oportunidad de conocer al mismísimo Borges en su casa de Buenos Aires. Fue el colmo de sus aspiraciones. Llegó al convencimiento de que aquello equivalía a una transfiguración, no en el objeto de su devoción, ya ciego y ausente, sino en ella misma, que por reflexión habría adquirido los dones que naturalmente irradia un ser superior.

     Cuando juzgó que ya estaba bastante santificada volvió a España. Otra vez hubo de vérselas con el hemisferio de la vida que había dejado a un lado. Su marido había organizado su vida con al menos otra mujer, mucho más joven que ella, atractiva, bien considerada en los mejores círculos; una mujer con mucho porvenir, probablemente hasta más allá de la vida de su actual cónyuge. A ella solo le quedaban un par de hijos, igualmente marcados por el signo del arte, y una casa entre los pinos. Para ganarse la vida tendría que volver a trabajar. No había cosa que deseara menos, y sin embargo no tenía a su alcance otra posibilidad para salir adelante. De nuevo tendría que dedicarse a lo que en su momento le había parecido inmejorable, porque era trabajar en lo que le gustaba, luego una condena.

     Afortunadamente era mucho lo que había aprendido sobre los medios de expresión de una actriz y sus recursos. Aquellos especiales conocimientos, adquiridos durante sus años de estancia en Argentina, fueron su salvación. De vuelta a su trabajo, dada su edad, pudo parecer la más experta de las personas que se dedicaban a aquella profesión, la más sensible, la que atesoraba mayor capacidad para entender los enigmáticos signos que el comportamiento de los seres con los que en aquella actividad había que tratar ofrecía cifrados. En realidad detestaba aquel mundo, y todo su deleite provenía de la completa eficacia de su mentira, que le valía una relativa comodidad. Así logró sobrevivir algunos años. Pero el agotamiento la iba minando, el deseo de alcanzar el más absoluto de los ocios la extenuaba.

     Fue en aquel estado cuando concibió lo que juzgó habría de ser la solución definitiva de su vida. Emplearía sus excelentes dotes de actriz en adelantar el final de su vida laboral. Si lo conseguía, dispondría de todo el tiempo del mundo y de los ingresos suficientes para mantener una existencia algo más que digna sin necesidad de trabajar. Le sobraban recursos para conseguir sin grandes problemas tan excelente estado.

     Fue desplegando su plan por fases. Cierto día comunicó a su jefe que padecía fuentes ataques de melancolía. En aquella circunstancia iba caracterizada de manera conveniente. Sus pelos, ya muy maltratados por tintes y manipulaciones, no solo parecían ajados, sino con el característico desorden con el que son representados los que sufren enajenación. Bajo sus ojos dos sombras descendían hasta los pómulos. Sus manos temblaban mientras constantemente sostenían un cigarrillo que nunca consumía por completo. Caía hecho cenizas en su manga si permanecía inmóvil o sobre su pecho cuando se lo acercaba a la boca.

     Por este procedimiento pudo tomarse varias semanas de receso. A la vuelta su aspecto era aún más desastroso, y todavía en dos o tres ocasiones más repitió la experiencia, hasta presentarse en un estado lamentable. Consiguió de este modo que finalmente la propusieran para que un tribunal examinara su estado y decidiera sobre si era conveniente que dejara del todo su trabajo, a causa de tan imparable y dolorosa decadencia.

     Pocas actuaciones habrán sido preparadas con tanta frialdad, con un estudio tan preciso de cada escena, de los papeles que se podían prever y de la reacción de actores y público. Cuando llegó el día de la comparecencia todo ocurrió según había previsto, y bien pueden imaginar el interrogatorio, los diálogos y las reacciones de nuestra primera actriz. Al salir hizo el balance de la función. Según sus cálculos, todo había salido tal como se podía esperar.

     Había señalados quince días como máximo para que el tribunal emitiera su veredicto definitivo. Mientras tanto ella debía permanecer en casa, a decir del médico que la había examinado, preocupada solo por su salud. En ese estado se encontraba cuando recibió un correo inesperado. En un apartado postal había sido depositado a su nombre un paquete.

     A la mañana siguiente fue a recogerlo. Se trataba de una grabación. Rápidamente volvió a casa. Al verla quedó sobrecogida. A tan gran actriz había correspondido un gran director. Durante su comparecencia ante el tribunal sus actitudes, sus explicaciones, sus más leves gestos habían sido registrados en tanta cantidad y con tal detalle que la secuencia de aquella que finalmente se había compuesto no dejaba lugar a dudas sobre su intención real.

     La decisión negativa del tribunal llegó a su casa dos días después, el siguiente al del suicidio.

 



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