Constitución de la Monarquía

Gastón Barea

Cuando la civilización empieza, cada aldea es autónoma y está regida por su jefe. El poder de este hombre se sostiene sobre su reputación como productor de lluvias. Si es capaz para originarlas, es que tiene poderes sobre el más remoto de los medios de control del caudal de los ríos. De las lluvias depende el incremento de sus cauces, los que cada año deben garantizar la germinación de las semillas, responsables de la vida humana donde las tierras son trabajadas aun sin perseverancia. Es suficiente para que le valga el respeto de todos y hacerlo estimable a los ojos de sus vecinos, hasta el punto que lo hacen inmune. Tan extraordinaria propiedad, que los legisladores contemporáneos han preservado para que de ella se beneficien los gobernados, parece justa solo por ser exclusiva, no obstante proceder de una capacidad tan rara, tan concentrada en unas manifestaciones de los poderes naturales que hasta podría parecer escasa, y casi imposible, menos aún una causa suficiente para otorgar la dignidad más alta a persona alguna.

     Tanto como alabados son aquellos hombres pueden ser denostados y, he aquí lo más sorprendente de cuanto ha sido posible averiguar, gracias a las reliquias de las costumbres que ha salvado el relato etnográfico de Tácito Córnico, el más sagaz de los que se hayan interesado por ellas. En algunas de las civilizaciones que se atienen a este principio, el extraordinario poder del que se hacen acreedores semejantes soberanos absolutos está contrapesado con su muerte a manos de los gobernados, si llega la ocasión en la que quienes se someten a él como súbditos creen que los atributos del hombre singular decaen, como con el paso del tiempo declina, sin que nada pueda impedirlo, la sombra del gnomon, una crisis que los hechos ponen al descubierto; tan severa puede llegar a ser esta primitiva versión de la intransigente prevalencia del principio de soberanía popular, hoy rectora de los estados, y de cuya conquista a tan remotos primitivos, en modo alguno inciviles, hay que reconocer promotores. La crítica ahora no cree que sea brutal o extraordinario tan arriesgado juego, porque acepta que cualquier aventura de la clase de las políticas es arriesgada, y a ninguna le cabe la gradación de la barbarie que sus promotores, para su garantía personal, desearían regular. Le basta recordar el orden que rige un sistema que deriva de un principio casi idéntico, y aun así sabiamente constituido.

     Un hombre al que llaman fármaco es designado para que personifique cualquier miasma que una ciudad padezca, y de la que hay que desprenderse para que el orden público prosiga su curso. Lo expulsan de la comunidad, tanto que en buena parte de los lugares que se atienen a esta manera de proceder lo llevan al grado extremo del sacrificio, una manera prudente de necrosar la cápsula contaminante que amenaza la supervivencia de las instituciones, demasiado vulnerables cuando empiezan. Hay una ciudad en la que lo lapidan, y se congratulan por ello. La celebración de su muerte también está reconocida como recurso cívico en otra, donde, con el propósito de cumplir con el mismo papel, cuando ya la crueldad se ha protegido bajo el manto de los ritos sagrados, eligen a un condenado a muerte una vez descontado al censo. Finalmente lo arrojan al mar durante unas solemnes celebraciones en honor de uno de sus dioses, al que la ceremonia se asocia en reconocimiento de sus propiedades terapéuticas. Además de ultimar la vida de sus enemigos y de cuantos le ofendieren, las flechas que lanza su arco, que es el atributo de su poder, tienen otra saludable propiedad. Cuando las dispara pueden inocular cualquiera de las epidemias que exterminan a los hombres, y, por la misma causa que puede alentar una peste, a su criterio queda remediar los padecimientos humanos. Porque es divino, algo de lo que no todos los seres pueden presumir. Solo por eso está dentro de sus posibilidades comportarse tanto de un modo como del contrario. Al ofrecerle el fármaco, sus devotos satisfacen, previo cálculo de su costo, la detracción por enfermedad de las poblaciones, como quien salda una deuda, una decisión que es idéntica a reconocer su poder sobre la salud, para de este modo prever con criterio compensatorio las flechas de sus dispararos.

     En un par de colonias, creadas por hombres procedentes de la misma civilización, la iniciativa ha sido mejorada. El fármaco es alimentado a expensas del erario público durante un año, un gasto que no parece un dispendio del presupuesto, aun en las épocas menos expansivas, como las que suceden a la caída del producto bruto o a la deflación de los precios, que sin misericordia arruina a muchos y a tan pocos permite el negocio que beneficia a todos, como la bendición que imparten los sacerdotes, porque luego es expulsado, lapidado y por último igualmente arrojado al mar. El acto que así se consuma no es un sacrificio, a decir de los testimonios que en su momento recogió Tácito Córnico, aunque tenga como consecuencia la muerte de un hombre, de bajo valor relativo dada su abundancia en aquellos lugares; sino un rito de purificación que a todos los habitantes de aquellas ciudades alcanza.

     En ocasiones, las liturgias a las que está sujeto el fármaco son de una crueldad a la vez moderada e inteligente. En la mejor de las mejores ciudades que hayan existido, según los relatos que convergen en los textos de nuestro informante, su sacrificio no pasa de ser una alegoría, a un tiempo explícita y estimulante, y por tanto saludable. Como parte de las fiestas en honor del caprichoso dios que tanto prodiga su protección como se comporta de manera cruel, un hombre y una mujer son flagelados en los genitales, y a continuación, ya tumefacta la parte donde más púrpura aflora, los pasean desnudos y luego los expulsan. El refinamiento de quienes han sido capaces de idear aquellos ritos queda patente en la versión de un exterminio a castración alegórica, algo mucho menos cruel que la muerte, porque neutralizar los genitales de alguien no lo priva de la vida, aunque sí de ser su autor, y pone al descubierto que en la emigración forzada, cuando esté inspirada por el radicalismo político, puede ocultarse una actitud beligerante contra la fecundidad, así juzgada un lastre.

     La institución política destinada a deshacerse del depositario de toda la soberanía si llega la ocasión en la que quienes se someten a él como súbditos creen que el singular gobernante decae, en algunos casos convertida a elecciones confinadas al sufragio universal, con el recurso al chivo expiatorio gana un estado transitorio, que aún mantienen algunas culturas. Sobre un animal, valiéndose de los improperios más sonoros, tanto más depurados cuanto más zafios, son acumuladas todas las faltas de los hombres. Por esta causa sucede que llamar a alguien cabrón, la voz que expresa una virtud extraordinaria de la potencia para procrear, la más reconocida por la genética veterinaria, puede evolucionar a ignominia. Con una abrumadora carga de insultos demoledores el animal, que para otros ya no tiene que ser solo un cabrón, sino que puede ser cualquier ejemplar de las especies que la naturaleza ha distinguido con el alto atributo de los cuernos, es enviado al desierto, para que allí muera sin misericordia. De ese modo delegan al caos del principio, suprema potestad judicial que retorna cada amanecer, que desaparezcan con él todas las faltas de las que gracias a las más escogidas palabras se le hace portador.

     Sin embargo, más sabio aún resulta el procedimiento que rige entre los pueblos septentrionales, por los meridionales postergados a las estepas, a pesar de que mientras tanto todas las instituciones que han sido mencionadas permanecen en su estado genuino. Su soberano absoluto o rey justifica que solo a él corresponda el poder porque es intermediario entre la comunidad de los hombres y el mundo de los dioses, sean los que quieran la índole y los contenidos de las mediaciones que las circunstancias hagan necesarias, los seres divinos, sus representaciones imaginarias o sus mediadores. Bajo esta premisa, a los linajes reales por sus súbditos les está concedido que desde antes del comienzo de los tiempos estuvieran entroncados con los seres preternaturales, y que esto les valga su poder y en ellos se concentre toda la potencia sagrada. El monarca solo puede elegirse entre los miembros de las familias que puedan justificar tan exclusiva prosapia, precedentemente apartadas para colmar con seguridad calculada los fines que todos desean. La raíz de la concesión no está en una creencia insensata, sino en las felices consecuencias que por aprobar la convención a todos alcanzan. Por ser consentida como persona sagrada por nacimiento, es obligado suponerla en condiciones de otorgar el bienestar a sus súbditos, y la prosperidad al territorio que habitan. Pensar en la posibilidad de que no llegue a satisfacer todo lo que se espera del ejercicio de su poder es una afrenta a su condición de monarca, que en realidad, por razón de parentesco, también es divina, y hasta delito de lesa majestad lo creen, tanto que lo imponen entre quienes la consienten por la legislación penal más rigurosa. En la acción benefactora de los hechos queda demostrada la conveniencia de la superchería.

     Además, a consecuencia de esta regalía, que releva a sus coterráneos de ritos enojosos, debe cumplir con las tareas de sacerdote y sacrificador supremo en beneficio de todos, de modo que nuestro autor, que con tanto provecho leemos, pensando en un hecho similar, conocido para sus lectores, a propósito puede decir que actúa para toda la tribu como el padre con su familia; una manera de hablar que al lector tal vez le resulte oscura porque entre aquella institución monárquica y el sacerdocio interfiere una decisión divina que emancipa a los padres. La segregación del sacerdocio interrumpe aquel vínculo natural, con la ventaja de que no se cuida de ser desinteresada. Fue una experiencia de los judíos tras sufrir su esclava existencia en Egipto la que le valió a la civilización aquella novedad. Emplazó Yavé a Faraón y le dijo que Israel era su primogénito y que debía dejarlo en libertad para que le diera culto. “De lo contrario -amenazó- mataré al tuyo.” El señor de Egipto se negó a obedecer lo que Yavé le ordenaba. Tan poderoso y arrogante como debía ser, ni siquiera estaba a su alcance la idea de que alguien, dios o mortal, pudiera apremiarlo con un deber. Nada hizo. Desconocía el poder de la ira de Yavé, quien cumplió su amenaza con creces. Murió en el país todo primogénito, desde el primogénito de Faraón, que en su trono se sentaba, hasta el primogénito de la esclava encargada de moler el trigo; hasta el primogénito del preso en la cárcel, así como todo primer nacido del ganado. Pero, porque también Yavé había decidido esto, todos los primogénitos de Israel quedaron a salvo.

     A consecuencia de tan severo castigo, Faraón supo que un poder mayor que el suyo existía. No dudó en dejar a Israel libre. Pero he aquí que Yavé, el autor de la libertad de todo un pueblo, exigió una compensación a los liberados. Si había amparado a los primogénitos de Israel, aquel afortunado día en que hirió a los de Egipto, había sido porque a cambio de la libertad quería consagrarlos a Él, todos, tanto los de hombre como los del ganado. Terrible decisión. Perdida ya la memoria de los ritos ancestrales, habituados a las relajadas costumbres de los hombres que vegetaban gracias a la generosidad del Nilo, ahora, vueltos a la libertad, para conmemorar el fin de la esclavitud debían instituir una condena. A partir de aquel momento los israelitas tendrían por obligación consagrar a Yavé todo primogénito varón o macho, fuera de hombre o de animal, todo el que abriera el seno materno.

     Empezó la conmemoración del castigo a Egipto y de la libertad de Israel. Los judíos sacrificaron a Yavé todo lo que abría el seno materno. Todo primer nacido, el primogénito de los hijos, el de las vacas y el de las ovejas, si era varón o macho, pertenecía a Yavé. Podía estar hasta siete días con su madre, pero al octavo había que entregarlo porque pertenecía a Yavé y debía entregársele.

     Pero ocurrió que el pueblo judío, de camino a la tierra que Yavé le tenía reservada, cayó en la idolatría. No consintió su dios aquella deslealtad. Inspiró a los hijos de Leví fueron para que fueran conscientes del sacrilegio que se había cometido. De inmediato se pusieron a sus órdenes, cada uno su espada se ciñó al costado. De Él recibieron el encargo de pasar y repasar por el campamento donde estaba el pueblo desenfrenado. Debía cada uno matar a su hermano, a su amigo y a su pariente. Con sumisa obediencia cumplieron tan duro encargo. En un día cayeron unos tres mil hombres del pueblo.

     El escarmiento había sido suficiente, el pueblo quedó arrepentido de su pecado y Yavé decidió recompensarlo, aunque fuera a costa de los sacrificados hijos de Leví, que una vez más dieron muestra de su generosa entrega y de su resignación al sufrimiento. Para gloria de Israel, también aquel día, como premio a su lealtad, recibieron la investidura como sacerdotes de Yavé; cada uno a costa de sus hijos, cada uno a costa de sus hermanos. Los primogénitos de los israelitas, los que abren el seno materno, ya no se los entregarían más a Yavé. Lo concedía a cambio de la tribu de Leví. Así lo había decidido su dios y con esta justificación fueron cargados con tan pesado deber. Los levitas fueron para Él porque todo primogénito le pertenecía, fueron tomados para Yavé en lugar de todos los primogénitos de quienes había liberado. Y hasta el ganado de los levitas fue tomado en lugar de todos los primogénitos del ganado de los israelitas.

     Pero Yavé no se los llevó al momento. Con generosidad los cedió como donados, para que sirvieran de intermediarios y guardia de su pueblo. A partir de aquel momento deberían permanecer indefinidamente, en exclusiva, en el sacerdocio.

     Quiso Moisés, entonces responsable de los emigrantes que volvían de Egipto, completar con justicia aquella transacción. Los primogénitos varones de los israelitas que tuvieran de edad un mes o más debían ser registrados por sus nombres. Así se hizo bajo su dirección. El registro, el primero de esta clase que se hacía, dio como resultado la cifra de 22.273, todos varones de un mes para arriba. Pero entonces los levitas solo sumaban 22.000 exactamente. Si los de aquella tribu habían sido tomados por Yavé a cambio de todos los primogénitos, el cambio no era equitativo.

     Como a los hombres en la tierra les corresponde ajustar las cifras, porque hasta ahí llega su idea de la justicia, porque los grandes números son de un orden que los excede, entre unos y otros vieron que la siguiente composición podía resultar buena. El resto, 273, número en que los primogénitos sobrepasaban a los levitas, sería rescatado. Bastaría con pagar cinco siclos de plata por cada uno al santuario, abono al que estarían sujetos los que estaban obligados a entregar sus primogénitos. Para entonces, los hijos de Leví ya eran responsables del santuario, el servicio principal del sacerdocio que sobre ellos había recaído, y ellos mismos, entre sus prudentes decisiones de gobierno del templo, habían previsto que el siclo del santuario fuera de veinte óbolos, veinte óbolos por siclo. Su previsión resultó feliz. Quienes estaban obligados al rescate entregaron 1.365 siclos de plata, siclos del santuario, que recibieron los sacerdotes, sus cuidadores.

     Pronto se vio sin embargo que el problema del principio permanecería indefinidamente. Así como el grupo de los levitas sería reemplazado, generación tras generación, por la cadencia biológica de su estirpe, y su número podría permanecer aproximadamente constante, por las mismas razones siempre habría nuevas criaturas cuyo seno sería abierto por primera vez. La necesidad del rescate se renovaría cada día, a cada parto. Pareció lo más prudente reconocer la evidencia. El rescate, al principio una transacción, por los levitas fue instituido como un deber. Para lo sucesivo quedó acordado que el primogénito del hombre podía rescatarse al mes de nacido. Su valor sería de cinco siclos de plata, siclos del santuario, que eran veinte óbolos, cuyo usufructo pertenecía a los sacerdotes. Fue la única tarifa del principio, y permaneció invariable indefinidamente, aunque ningún humano consagrado como anatema, porque se consagraba de modo absoluto al dios, podría ser rescatado y debía morir. No así el primer nacido de un asno, que también a partir de entonces se pudo rescatar, en cuyo caso habría que cambiar asno por cordero. De lo contrario, debía desnucarse.

     Así que aquella manera de expresarse Tácito Córnico se explica porque es costumbre entre los primitivos de occidente, antes de que la clase de los sacerdotes reduzca cualquier sacrificio a la condición de su trabajo exclusivo, que sea el padre de cada familia el responsable de celebrar los misterios, en beneficio de todos sus consanguíneos, sin discriminación de grado o clase de vínculo, incluido todo lo que a un varón le sobreviene a consecuencia de su contrato de matrimonio. En sus ofrendas, el supremo celebrante soberano debe actuar con pulcritud, y el rigor y la pureza de sus liturgias son así como sus mayores responsabilidades sus mejores garantías. Aquello le basta para gozar de la plenitud y la inmunidad que la realeza concede a uno solo entre todos los hombres cuando el estado monárquico tiene origen trascendente. En tales términos se ha fundado el orden constitucional por quienes entre han originado el pensamiento político, un uso de las palabras a cuya tentación nunca ha podido sustraerse ninguno de los pueblos primitivos que durante milenios se han enseñoreado de la Tierra. Bastan aquellas virtuosas afirmaciones para que resulte avalada la teoría justificativa del rigor con que es aplicada tan sencilla costumbre, consentida por quienes prefieren guardar silencio únicamente porque carecen de valor para contradecir los excesos, y la osadía de los atrevidos glosadores, que nutren sus ingresos con las palabras más radicales.

     Para sus reyes, quienes están sujetos a su autoridad, antes piden que sean favorecidos por la abundancia que por la victoria. Naturalmente que los mejores son los que viven en tiempos prósperos. El ciclo espontáneo de la vida colma a quienes bajo su jurisdicción se mantienen vivos para el trabajo, y el monarca lucra los buenos tiempos representando en público sacrificios eficaces, subido a una tribuna, rodeado por sus fieles, unas veces cubierta la cabeza, otras no, sin importarle que en público quede expuesta a la vista de todos su calvicie inexorable e irreversible. Tan inequívoco signo de la acción divina ven en esta clase especial de buen gobierno que su recuerdo queda perpetuado por el culto que a sus tumbas dedican las generaciones siguientes. Los herederos de quienes han recibido el beneficio de sus mediaciones viven convencidos de que los reyes benefactores favorecen, aun después de muertos, el lugar en el que están conmemorados, y desde allí su prerrogativa irradia a todas las tierras y a todas las gentes del país. Así se convierten en genios tutelares de quienes se mantienen resignados a la vida productiva.

     Sin embargo, en absoluto dispone aquel hombre único en la plenitud de los poderes soberanos, hasta tomados en cuenta los legislativos, como nunca ninguno de los soberanos absolutos, aunque lo pretenda, ha dispuesto de todos los medios que a un rey le permiten decidir. Al contrario, una parte está depositada en otro órgano de gobierno, una asamblea, que como cualquier cuerpo colegiado a duras penas consigue actuar como un solo hombre en las ocasiones críticas. Su constitución ha descargado el poder sobre la asamblea cuando los soberanos no son agraciados por las circunstancias, que con pertinacia a veces se confabulan en su contra. Así, los años de escasez, que recaen sobre aquellos reyes como las maldiciones, y los convierten en los seres más desgraciados, abrumándolos con sus pérdidas, hasta el extremo de poner en duda la perpetuación de su vida.

     Mas no es insensato ni cruel el control sobre la Monarquía que en esta exigencia tiene su origen. Como prueba, he aquí, gracias a la memoria salvada por los textos de Tácito Córnico, para que sirva de ejemplo a la posteridad, el caso del pobre Decio, quien se vio envuelto en una de las más angustiosas tragedias que por estas causas hayan ocurrido.

     Este rey, que había heredado a Ligur, su padre, gobernaba las tierras septentrionales del hemisferio norte. Pero, al poco de recaer sobre él tan alta responsabilidad, la escasez y el hambre se enseñorearon del país. No era desconocida entre los septentrionales aquella calamidad, y para afrontarla también habían concertado soluciones. Tal como en ocasiones similares habían actuado, como la más prudente medida política que primero convenía tomar optaron por organizar grandes sacrificios. Solo se trataba de verificar las aptitudes del rey. Lasala, población a elevada latitud, aislada y fría, más concentrada porque escaso era el número de sus ateridos habitantes, fue el lugar elegido para la celebración solemne. Todos concedían al lugar un gran prestigio tocante a la comunicación con los dioses, quienes, a pesar de los poderes que les han sido reconocidos por las constituciones, siempre se han visto obligados a sobrevivir sujetos al capricho de las emergencias, a los cambios de humor de sus devotos, que limitan el respeto que les tienen a los beneficios que de ellos reciben. Cuando hubo llegado el siguiente sombrío otoño, más sombrío cuanto más otoño, y más otoño cuanto más abarcado por las sombras que el otoño prolongaba cada día a causa del descenso de la declinación de los astros, allí sacrificaron portentosos bueyes de nulos atributos para hacerse acreedores de la magnanimidad de quienes tenían concedido que decidieran por encima de los hombres. Pero el año que siguió persistió en la adversidad.

     No fueron los septentrionales presos por la impaciencia, aunque por su constitución supieran que sería necesario tomar medidas tales que, por su alcance en el tiempo, con más probabilidad harían volver al curso deseado la vida. Siguieron su orden las estaciones, y por el momento no dejaron de manifestarse estériles.

     Al llegar al segundo oscuro otoño con las despensas vacías, más drásticos puesto que más acobardados, acordaron un conjuro más cruel. Decidieron sacrificar a un hombre, renuncia que era el siguiente grado de la oblación prescrita para la crisis por la constitución de aquel reino. Con tan exigente entrega, el monarca celebrante, una vez consumada, debía propiciar la naturaleza. Pero tampoco la consecuencia de una decisión tan extrema fue la que deseaban. El nuevo año incluso tuvo peor comportamiento que el precedente.

     En ambos sacrificios había oficiado como sacerdote supremo Decio en ejercicio de su alta responsabilidad. De su manipulación habían dependido primero el portentoso holocausto, y luego la ofrenda cruenta de un hombre en la plenitud de sus días. El efecto adverso que ambos ritos habían tenido puso al descubierto algo que nadie deseaba nombrar, la posible raíz litúrgica no tanto del mal como de la crisis, más grave que la peor de las pestes. No era un indicio que juzgaran superficialmente el que los conducía a aceptar esta explicación, peor que las maldiciones. La misma teoría teológica que estaba en el origen de la justificación de su sistema político había deducido, para las circunstancias extremas, que las razones de la adversidad podían ser dos. La más próxima era atribuible al ejercicio del sacerdocio supremo que al rey le estaba reservado. Alguna falta litúrgica, aun cometida por descuido, podía ser castigada por los dioses del modo más severo. Pero en aquella ocasión, por efecto del ingenio que la incertidumbre despierta en los pensadores políticos, fue explicado que la ineficacia radical de los ritos, aunque hubieran sido reiterados y recrecidos con toda la intensidad propiciatoria, podía ser consecuencia, no de la falta de pulcritud en las ceremonias, sino de la persona sobre la que hubiera recaído el derecho a la realeza, que podía ser inconveniente. En cualquiera de los supuestos, reconocido el bloqueo constitucional, estaba reglado que no había más opción que inmolar al rey.

     Fue necesario interpelar al supremo oficiante, único soberano, quien por el momento prefirió mantenerse sordo ante las insistentes y cada vez más directas insinuaciones sobre su probable colapso; una réplica gracias a la cual todavía por algún tiempo pudo, en tan crítico estado, contener la descomposición de sus poderes. Oportunamente, algunos, conscientes de la gravedad de las situaciones que exigen las medidas radicales, al tiempo que ceñidas a la ley, ya entonces habían recordado que aún quedaba el recurso supremo a la asamblea.

     Llegado el tercer negro otoño, los septentrionales de nuevo decidieron reunirse en Lasala, más sagrada según se agravaba la crisis y más gélida. Esta vez hasta allí llegaron los súbditos en un número desconocido. Hasta los abstencionistas radicales, que habían rehusado en los años anteriores participar en las ceremonias santas, allí estaban. Celebraron ante su monarca la asamblea de los hombres, la que solían reservar para las ocasiones extremas. Breves fueron los pocos discursos ante ella declamados, contenidos sus argumentos, escuetas las amplificaciones de los expertos oradores. Todos, incluido el propio monarca, sabían de qué se trataba. Estuvo terminada la junta cuando fue unánime la opinión sobre el origen de la escasez. Decidieron, en consecuencia, que la solución definitiva a sus problemas se consumara en el transcurso de un sacrificio solemne. Estaban convencidos de que así a las calamidades sucedería por fin un buen año.

     En el mismo instante en que fue tomada aquella decisión Decio desapareció, como ante los ojos del espectador atónito se evaporaba el cuerpo de Caryl Chessman sujeto a una silla con correas. Encarnación del estado, había dado en considerarse inmune, contando con el aval de los años prósperos, y, como es consecuencia habitual, a cuya regulación la ley hasta entonces se había resistido, no estaba dispuesto a cumplir con el principio constitucional, modalidad de ruptura del ciclo de las instituciones luego llamada golpe de estado y que entonces, entre los pueblos septentrionales, aún carecía de nombre porque para ellos era una respuesta desconocida.

     La crisis, como la veda, quedó abierta. Los hombres del norte reunidos en aquella decisiva asamblea acordaron que era necesario sacrificar a Decio en el mismo lugar donde la trágica decisión se tomaba, para esparcir su sangre sobre el altar que presidía el lugar sagrado y a su alrededor. Pensaban que con aquel rito purgarían la inconveniencia que padecían, que con el sacrificio solemne del rey hacían desaparecer una vida que había sido reputada contraproducente para todos. Por ser consecuencia de la opinión de la mayoría, parecía además un imperativo al que ninguna decisión podría mejorar.

     Se juramentaron para capturar a Decio. Fue buscado por los bosques y en las inmediaciones del lago, en las casas más apartadas, en las grutas ocultas que solo eran refugio de bestias, antes de que fuera dada por concluida la magna convocatoria. Finalmente fue encontrado, exhausto y hambriento, las escasas ropas que aún vestía desgarradas, el rostro hirsuto, solo reconocible por el puente que desde sus ojos la nariz trazaba hasta su labio. Detenido y llevado por la fuerza al lugar de los ritos públicos, la liturgia que a continuación debía seguirse fue preparada entre quienes estaban interesados en las consecuencias favorables a la recuperación del equilibrio dictado por sus normas constringentes. La inmolación de la víctima extraordinaria sería suficiente para cerrar el ciclo de las ceremonias prescritas.

     A diferencia de lo que era habitual entre los septentrionales cuando se trataba del sacrificio de un hombre común, a la ceremonia de la ofrenda del monarca no debía seguir un banquete a costa de su cuerpo, porque no había necesidad de ensañamiento, cuando además parecía lo más procedente evitar su reencarnación valiéndose del estómago de los súbditos. Tampoco había por qué representar una inútil e injustificada venganza, menos aún un rito de acción de gracias ni de cumplimiento de un débito del que los dioses fueran acreedores. Se trataba solo de un acto en favor del principio constitucional, la abolición de un linaje real que se había mostrado estéril. De antemano, y él lo sabía, cualquier monarca estaba expuesto al riesgo de la inmolación por tan justos principios políticos.

     Bastó la significativa dispersión de la sangre que el cuerpo del rey había vertido para que todo quedara consumado. Cuanta potencia negativa pudiera contener el cuerpo de aquel hombre, a consecuencia de un gesto tan sencillo, quedó pulverizada. Con la muerte del rey culminaba la crisis, más alto no podía dirigirse ningún proyecto de cambio. La expulsión por sacrificio de lo que impedía el correcto desarrollo de la vida común a partir de aquel momento permitía la renovación de la más alta responsabilidad política. Otro linaje reservado para cargar con la realeza podía servir a todos.



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